El Nefelibata

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Parece habitante celestial, cuerpo glorioso, que a veces anda por las cornisas, como si nada, así sin sentir ni presentir que podría caer y convertirse en papilla, pero qué va, nunca camina con los pies en la tierra, y da la impresión de estar soñando siempre . No se sabe de dónde le viene esa especie de desventura, según unos, o de gracia, según los que más lo ven como un poeta, de estar alejado de la superficie terrestre, del asfalto, de no pisar la dureza del pavimento. No puede ser razonable que vaya por la calle, perplejo, a veces mirando al cielo, o en otras, observando edificios, sin tropezar, como si tuviera ojos en los pies. O en los zapatos.

 

Aunque no lo crean, se le ha visto subido en las bancas del parque, pero no a modo de discurseador o por llamar la atención con oratorias y retóricas, sino como si estuviera a punto de volar. Los mirantes se ríen al verlo; otros, menos complacientes, reniegan del tipo que les parece está haciéndose el notorio e importante porque no encuentra nada productivo para hacer, o porque, se oye decir, es un vago, un ocioso, alguien que va por el mundo interesado más en nidos y cantos de pájaros, que en las chimeneas fabriles.

 

En ocasiones, se pasea por la calle con un libro en las manos, leyéndolo, cuando ahora, es si no observar, todos, o casi todos los viandantes, van mirando sus teléfonos móviles, que a veces provoca atravesárseles con maldad, pero con sigilo, para que trastabillen y caigan. Pero, en cambio, cuando se ve al sujeto del libro que anda, lo que unos cuántos desean es acercársele, tal vez mirar por encima de su hombro o por un ladito, y curiosear sobre qué es lo que lo mantiene embebido, fija la vista en las páginas, como si, además, tuviera un radar, que hasta enrazado en murciélago estará, que no le permite resbalar e irse de bruces.

 

Se ha dicho, es lo que han visto los caminantes, que, de vez en cuando, el cielo, o, de otra manera, para ser precisos, las nubes bajan hasta él, lo rodean y envuelven, para que sea distinto a todos, que cuando esto pasa, nadie se quiere perder el espectáculo: un hombre con nubes en la cabeza, en los pies, en las manos, como si estuviera hecho de tal material, blando y como esponjoso, así se ha afirmado, y él parece no darse cuenta de la deferencia celestial, porque de eso se trata, que el éter lo privilegia, lo tiene como uno de los suyos, uno que no aspira a tener los pies sobre la tierra. Y él tan tranquilo. Tan elevado. Tan gaseoso.

 

Algunos, muy inquietos y aterrizados, lo han denominado el nebuloso. Otros, el hombre-neblina; unos de aquí, nubarrón, y de más allá, nimbo, que todos quieren nombrarlo, porque, al parecer, no responde por ningún nombre terrenal conocido. Hay quienes, por tener lo que llaman cultura, lo declaran el nefelibata, y al hacerlo, sonríen con cierta piedad. “¡ahí va el nefelibata, parece humo, parece brisa, debería fabricar algodones de azúcar…!”, se escucha, no sin pretensiones de sabelotodo. Un profesor de lenguas antiguas, dijo que el poeta Rubén Darío la usó en una composición, para referirse (quizá a Juan Ramón Jiménez) a un soñador, a uno de esos que no quiere despertar nunca. “Nefelibata contento, creo interpretar las confidencias del viento, la tierra y el mar…”.

 

Lo consideran excéntrico, posudo, demente, descocado, porque no encaja en los cánones del ciudadano común, porque, aparte de todo, no trabaja, ni se confunde con los que van y vienen, embotados, cansados, recién bañados, o con sudor del día acumulado en las axilas y las ingles. Él es un tipo que pertenece a la intangibilidad, que si lo tocas se diluye, da la impresión, y tus manos lo atraviesan, no puedes asirlo. Lo clasifican como uno que no creció, o que, por lo menos, se quedó petrificado en la infancia, porque hay quien lo ha pillado montado en un caballito de palo, que más bien debiera ser un pegaso, y también lo han descubierto cuando, con las manos abiertas, semeja un barrilete, con hilo invisible, y con él mismo como elevador. “Es cometa y cometero al mismo tiempo”, dijo no se sabe bien quién.

 

Está hecho de sueños, atemporal, y puede que dure más que aquellos que jamás se despegan del piso. Es más pariente de ángeles y querubines, que de seres que se apegan a la tierra. “Chilla en estos días de pragmatismo”, dijo una profesora universitaria que le hizo seguimiento y no resistió las ganas de advertirle que estaba en peligro de ser atropellado por un carro, así estuviera elevado, altico del suelo. Él, desde luego, no escuchó nada y siguió de largo… Camina por las nubes y lo hace sin perder el equilibrio, sin tambalearse. Quizá llegará el día en que se canse o se aburra de su condición aérea y decida volver al asfalto, se mimetice en la multitud y desaparezca para siempre. Nada está escrito al respecto y todo puede suceder.

Imagen de Ceslovas Cesnakevicius

 

 

 

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Rubén Darío, el poeta del clave sonoro

Por Reinaldo Spitaletta

 

No era, según él, un “poeta para muchedumbres”, sin concesiones, sin facilismos ni demagogias. Pero, es, sin embargo, un poeta que perdura en la memoria colectiva, en la cultura popular. Pasa, digamos, y valga la hipérbole, como con los personajes de Cervantes: casi todo el mundo, por no decir todos, saben algo o mucho de Sancho Panza, del ingenioso don Quijote, de Rocinante, aunque, huelga anotarlo, no hayan leído la portentosa novela de don Miguel. Pero, digo, a alguien se le zafa, por ejemplo, “Margarita está linda la mar…” y otro, casi que al tiempo, y como complementador del poema, agrega: “…y el viento lleva esencia sutil de azahar”.

 

Y hasta en plaza de mercado, en almacén o cantina, a algún parroquiano se le oye decir, y más si ya está entradito en años, aquello de “juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver…”, o, por qué no, con aire épico “¡Ya viene el cortejo! / ¡Ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines. / La espada se anuncia con vivo reflejo; / ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines”. Sus poemas, fragmentos de ellos, apenas unos versos, regados por escuelas y asilos; por la memoria de los que ya tienen muchos años y el olvido hace parte de su cotidianidad, mas no olvidan al poeta, y por los que poca edad tienen, y apenas están descubriendo el mundo: “¿Cuentos quieres, niña bella? Tengo muchos de contar: / de una sirena del mar, / de un ruiseñor y una estrella…”.

 

Penetrar en el corazón del pueblo debe de ser para el poeta su máximo logro. Su aspiración cumbre. Que la gente lo reconozca, que su canto haga vibrar corazones y postular pensamientos. Una conquista. Una manera de permanecer. Que olviden su nombre, pero no lo nombrado. Y, dice uno, por algo de ello sobrevive el vate nicaragüense, universal, Rubén Darío (1867-1916), sin el cual no existiría, por ejemplo, la Generación del 27 en España, ni el musical García Lorca, ni aun el doloroso Miguel Hernández. Ni Vallejo ni Neruda. Un continuador, en otras esferas, del estadounidense Whitman y del francés Víctor Hugo.

 

Ser poeta, digo sin mucho fundamento, es cuestión de oído. Bueno, en alguna proporción, porque, claro, en otros aspectos, debe tener tantísimos elementos de cultura, de historia, de geografía, de conocimiento del ser humano. Rubén Darío, o sea, su poesía, suena, es música, plena de arpegios, de acordes, y, como en el caso de las jitanjáforas, aunque no signifiquen, atraen por sus sonoridades. Y, pruébelo usted mismo, amigo lector, diga si este verso (claro, con palabras de casticidades y en buen romance) no es pura música: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto… (del Responso a Verlaine)

 

Darío pudo ser parte (no sé si todavía) de la denominada educación sentimental de varias generaciones. Resonaban en aulas y en alcobas, en patios y salones, sus composiciones. En casa, a veces mamá recitaba algún poema, o un fragmento, de aquel señor que, por lo demás, había sido cónsul honorífico de Colombia en Buenos Aires, en los días del gobierno del regenerador Rafael Núñez: “El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc; / lejanas bandadas de pájaros manchan / el fondo bruñido de pálido gris”.

 

No sé qué ensayista se preguntaba por qué continuaba viva la pluma, y más que esta, la obra poética de Darío, tras la abolición de su estética, después de haberse arrumado en los cuartos de san Alejo su léxico de maravillas y sus temas clásicos. Uno que revolucionó el lenguaje, que le dio otras dimensiones al castellano, que puso en su arte nuevas armonías, de pronto, tras otras propuestas y advenimientos de otras temáticas, pudo haber sido olvidado, convertido en pieza museística, quizá apolillada, apergaminada, pero no. Sus cantos no se apagaron, y, digo, por insistir, tal vez porque parte de sus creaciones penetraron en el corazón y el alma populares.

 

Qué de aquel ser, más bien un tipo ajeno a los escándalos, sin atracciones físicas, sin excentricidades ni aires de importancia, trascendió y ahora, cien años después de su muerte, hace que sea un imprescindible en el pentagrama poético de América y de toda la vasta lengua de Cervantes. Era un intelectual con rigor, un seguidor de Martí, del que aprenderá, entre otros aspectos, el arte de la crónica, un lector sin cansancio. José María Vargas Vila, uno de sus admiradores, tras la muerte del poeta, dejó unas evocaciones. Una de ellas, cuando se vieron en París, en 1900:

 

“y apareció como siempre, escoltado del Silencio; era su sombra; el don de la palabra le había sido concedido con parsimonia, por el Destino; el de la Elocuencia, le había sido negado; la belleza de aquel espíritu, era toda interior y profunda, hecha de abismos y de serenidades, pero áfona, rebelde a revelarse, por algo que no fuera, el ritmo musical y el golpe de ala sonoro”.

 

Darío, agregaba el autor de Ibis y Aura o las Violetas, no era un combatiente, un cuestionador. No tenía el don de la ironía, ni ninguna de las cualidades de los combatientes, de los irreverentes, pero, advertía el panfletario colombiano: “es el Genio de Darío, lo que ha hecho mi admiración por él, pero es la debilidad de Darío, la que ha hecho mi cariño y mi amistad por él; en Darío, el Poeta imponía la admiración; el Hombre, pedía la protección; era un niño perdido en un camino; hallándose con él, era preciso darle la mano y acompañarlo un largo trayecto, protegiéndolo contra su propio miedo”.

 

Darío, que, según su autobiografía, fue algo niño prodigio, que sabía leer a los tres años, se crió con cuentos de ánimas en pena y aparecidos, que le contaban dos sirvientes de su casa de infancia: Serapia y el indio Goyo. Creció en imaginaciones y en miedos.  “Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años, y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedos, me hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía, como una araña… Se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios”.

 

El poeta, que a los diecinueve años abandona Nicaragua y viaja a Chile, donde trabajará en el periódico La Época, va a encontrar en el país sureño nuevos motivos, conocerá la poesía de Pedro Balmaceda, simbolista y parnasiano, del que Darío dirá: “No ha tenido Chile más poeta que él. A nadie se le podría aplicar mejor el adjetivo de Hamlet “Dulce Príncipe”. El autor de Cantos de vida y esperanza, que muchos aprenderán varios de ellos de memoria, como aquel que comienza así: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”. La Salutación del optimista se esparció por escuelas y tertulias, e hizo pensar en albas futuras para estas tierras de promisión y barbarie.

 

En la medida del crecimiento de las ciudades, de la introducción de mecanismos de producción más modernos, de aquello que hizo a los americanos (a los de Latinoamérica) pensarse de otras maneras, las literaturas y, en este caso, la poesía, también se asumía desde otras perspectivas. Y aunque la selva, la naturaleza, la ruralidad, estuvieran presentes, el nacimiento del siglo XX traerá nuevas preocupaciones y arrebatos.

 

Según el crítico y escritor uruguayo, Ángel Rama, al tiempo que el modernismo (económico y político) acompañó el proceso de urbanización, marcó distancias con las maneras imperativas de la naturaleza, de lo montuno y selvático. Y, en ese sentido, “ninguno de sus poetas llevó tan a fondo la transmutación de lo natural en artificial, como Rubén Darío”. Y en este punto, pueden hablar de esas posiciones y novedades lingüísticas sus Prosas profanas. En la obra de Darío, que se puede apreciar incluso en sus prosas, en sus crónicas y relatos, la música sigue siendo un elemento clave de sus composiciones. Lo melodioso, las melopeas y cánticos están arriba, también subyaciendo, en su creación poética.

 

“Pero a pesar de estos principios, hay en su poesía una reiterada experiencia según la cual las palabras son elegidas por la analogía sonora mucho más que la semántica, lo que explica el continuo rizo de las aliteraciones, las rimas interiores, las repeticiones y redobles, esa sensación de inagotable fuente musical, tan poderosa como hasta autónoma del mismo autor arrastrado por el hedonismo sonoro”, advierte Rama en un extenso prólogo a la Poesía de Rubén Darío, de la editorial Ayacucho.

 

El poeta, que hará periplos por América Latina, Estados Unidos y Europa, llegó a la Argentina, cuando este país era una potencia mundial, con fábricas, torres y “un cósmico portento de obra y de pensamiento que arde en las políglotas muchedumbres”, como lo expresa en Un canto a la Argentina. Colaborador de varios periódicos, entre ellos La Nación, dirigido por Bartolomé Mitre, el nicaragüense publicó en Buenos Aires Los raros (1896), una colección de artículos sobre escritores, además de sus determinantes Prosas profanas. El modernismo a Argentina entra por su fundador, que, más tarde, su poesía influirá en la poética del tango-canción. A partir de la segunda mitad del siglo XX (y ya muerto el nica), aparecerán letristas como Enrique Cadícamo, con influjos de la poesía de Darío, como se puede apreciar en su primer libro Canciones grises: “La luna es un alfanje suspendido en lo alto / que vuelca cataratas de albor en las callejas, / y las mugrientas casas, misteriosas y viejas, / disimulan sus frentes con tintas de basalto”.

 

Después, Cadícamo escribirá muchas letras de tango y poemas populares, en los que se advierten las sonoridades  de Rubén Darío. Uno de ellos, La novia ausente, menciona directamente la Sonatina, la misma que soñó Rubén.  También Celedonio Flores, el de Mano a mano, recibió las emanaciones poéticas del vate centroamericano. La musa de Celedonio estuvo, al comienzo, muy cerca de Amado Nervo y Rubén Darío. Después, su inspiración la hallaría en los arrabales. Pero sin olvidar a Darío, del que hace alguna simpática parodia: “La bacana está triste, qué tendrá la bacana / los suspiros se escapan de su boca de rana”.

 

Darío le compuso, tal vez más por cortesía, un soneto a Colombia, el mismo que, hace años, nos hacían aprender en la escuela, junto a una babosada de Miguel Antonio Caro llamada Patria (“Patria, te adoro en mi silencio mudo…”). “Colombia es una tierra de leones; / el resplandor del cielo es su oriflama…”, así comienza el poema y continúa con “egregios paladines” y “tambores inmortales”, más bien un poemilla prescindible y de carácter diplomático.

 

Rubén Darío, muerto a los cuarenta y nueve años, sobrevivió con el periodismo y se inmortalizó con la poesía. Su música de palabras continúa sonando y, de vez en cuando, algún ebrio enamorado las recita con su andar tambaleante y con desafines:

 

«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

 

 

(Escrito en Medellín, a los cien años de la muerte de Rubén Darío)