Te recuerdo, Víctor

(Crónica sobre un cantor asesinado tras un golpe militar)

 

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Pobre del cantor de nuestros días
que no arriesgue su cuerda
por no arriesgar su vida
”.

Pablo Milanés

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Preludio

 

Digamos, primero, que Víctor Jara no “cantaba por cantar, ni por tener buena voz”, ni por figurar en las carátulas de discos, o en afiches, ni por seducir a alguna dama. No cantaba por darse ínfulas ni por farándula. Nada de eso. Digamos que cantaba porque era un pájaro, libre y de canto ancho. Y porque siendo también guitarra, esta —lo dijo el cantor— tiene sentido y razón (y, por qué no, “corazón de tierra”).

 

Cantaba por los sobrevivientes, por los desaparecidos, por los que nunca volvieron. Por la esperanza. Por un mundo nuevo. Cantaba porque los estudiantes y los obreros y los campesinos querían que cantara. Y porque él tal vez sabía, a modo de presagio, que moriría “cantando las verdades verdaderas”.

 

Cantaba por el hombre del arado, por el hombre del barrio alto, y porque su destino de grillo (o de cigarra) era ese: cantar. Para dejar las penas y sembrar futuro. ¿Por qué canta un hombre? ¿Por qué llora un hombre? Son tantas las razones. Lo que sí es seguro es que a Víctor Jara no le faltaron razones ni emociones ni causas para el canto (y para el llanto). “Mi canto es de los andamios / para alcanzar las estrellas…”.

 

Víctor Jara es símbolo de una época frenética, de cuestionamientos, de derrumbe de ídolos, de luchas por la liberación nacional y por el establecimiento de una nueva cultura en América Latina. Su nombre está ligado a la politización de la música popular, a la búsqueda de respuestas (y de preguntas) a través del arte, y a la necesidad de una música nacional, con nuevos contenidos y nuevas formas, de alta calidad.

 

Ese cantor y director de teatro chileno también es un símbolo de los treinta mil muertos que produjo la dictadura militar de Augusto Pinochet. Y, con su repertorio, es parte de una memoria de Latinoamérica.

 

 

  1. Te recuerdo Amanda

 

Un hombre es mucho más que sus datos biográficos. Víctor Jara, nacido el 28 de septiembre de 1932, en San Ignacio, Chile, de origen campesino, hijo de Manuel, un trabajador agrario, y de Amanda, cantora (en los cuales se inspiraría para componer la canción Te recuerdo, Amanda), pasó su infancia en Lonquén, localidad cercana a Santiago de Chile.

 

Y, como muchos chicos pobres, hijos de siervos, su salida (u opción social) era o ser cura o militar. En efecto, su madre lo matriculó en el Seminario Redentorista de San Bernardo, donde estudió un año. Pero ya, desde muy adentro, lo llamaba el arte. Su mamá le había enseñado a tocar la guitarra, y en el seminario aprendió canto gregoriano. El menor de seis hermanos pintaba para artista, que era, precisamente, la condición vedada a un muchacho pobre. Sin embargo, también prestó el servicio militar y llegó a ser sargento primero.

 

Al terminar su secundaria entró en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, estudió actuación y dirección teatral y, luego, participó en los cursos de canto y danza, dictador por Margot Loyola. En 1957 tuvo sus primeros encuentros con la folclorista Violeta Parra, que, al notar sus dotes, lo animó a que cantara.

 

A los 27 años pudo dirigir por primera vez una obra de teatro, Parecido a la felicidad, del dramaturgo Alejandro Sieveking. Ahí comenzó a hacerse internacional, a viajar a Uruguay, Argentina, Venezuela y Cuba, a mostrar su trabajo. El teatro se volvió una de sus pasiones. Asistió en la dirección al célebre Atahualpa del Cioppo en la obra El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht.

 

Su primera composición musical, en 1961, fue Paloma quiero contarte, creada tras una gira por Europa. Era el principio de su carrera como juglar, que lo llevaría a grabar ocho longplays, y a cantar en peñas, universidades, sindicatos. Era ya un hombre del arte. En un encuentro con el Che Guevara, en Cuba, Jara tomó la guitarra y cantó. El Che había hablado de la necesidad de un arte popular, de elevada calidad en su forma y contenido. Cuando escuchó al chileno, lo aplaudió y le dijo: “Tú debes cantar para tu pueblo”. Y eso, exactamente, fue lo que hizo Jara durante los sesentas y hasta el día de su muerte, el 16 de septiembre de 1973.

 

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  1. Independencia y libertad

 

Ha sido usual en la historia que el artista, según el compromiso con su tiempo, sea, para los gobiernos retrógrados, una suerte de estorbo, y para los liberales, un florero, un sujeto decorativo. El uno lo reprime, el otro lo usa para sus fines. Víctor Jara, sin embargo, logró durante su trasegar político y artístico, asumir el canto y el arte con independencia y libertad.

 

Los sesentas fueron para el cantor chileno la posibilidad de aportar a las nuevas expresiones musicales, que, poco a poco, se cocinaban en la región. Los orígenes de la llamada Nueva Canción Latinoamericana, con su cuna en Chile, Argentina y Uruguay, están ligados a los movimientos sociales y políticos. La Revolución Cubana, la caída de Perón en Argentina, el surgimiento de nuevos paradigmas intelectuales, los golpes militares propiciados por Estados Unidos en distintos países, la aparición de grupos insurgentes, en fin, todos esos fenómenos influyeron en la creación de otra conciencia y en la consolidación de una canción popular, con otras sonoridades, otras formas y contenidos.

 

Al tiempo que Jara dirigía y participaba en montajes teatrales, también dedicaba su talento a la música. Chile era ya un fogón artístico, con grupos como Quilapayún, Inti-Illimani, folcloristas como Violeta Parra (se suicidó en 1967) y Patricio Manns, la Peña de los Parra (fundada en 1965), más el advenimiento de la Unidad Popular, que triunfaría en las elecciones de 1970, con Salvador Allende.

 

En 1969, Jara se ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, con Plegaria a un Labrador. Luego, en Helsinki, participó en un Mitin Mundial de Jóvenes por Vietnam, y grabó su LP “Pongo en tus manos abiertas”. Ya su música se escuchaba en todas partes. Era el juglar que mostraba, con su poesía, otras realidades. Y la posibilidad de otro humanismo, el del “Hombre Nuevo”.

 

 

  1. Contra el fascismo

 

En 1972, Víctor Jara dirigió el homenaje a Pablo Neruda, en el Estadio Nacional, cuando el poeta retornó a Chile tras ganar el Premio Nobel de Literatura (1971). Por supuesto, ni él ni nadie imaginaban que, en ese mismo escenario, un año después sería asesinado por los militares golpistas.

 

En 1973, Chile era un hervidero social, un tinglado de luchas clasistas. La Unidad Popular y el gobierno de Allende resistían los embates de sectores que aspiraban a restablecer el viejo régimen. Las señoras de la burguesía marchaban con sus cacerolas y los camioneros intentaban paralizar el país. Jara, entre tanto, participaba en un ciclo de programas de TV contra la Guerra Civil y el Fascismo, según el llamado que, en ese sentido, había hecho Neruda.

 

Grabó dos nuevos longplays que no alcanzaron a editarse. El 11 de septiembre de 1973, Víctor iba hacia la Universidad Técnica del Estado, donde debía cantar en la inauguración de una exposición (“Por la vida, contra el fascismo”). Allí, precisamente, iba a hablar Salvador Allende, en una alocución para todo el país.

 

Había un enorme afiche —premonitorio— que mostraba a una madre y su bebé, y la sombra de ambos bañada en sangre. Jara se proponía empezar una gira nacional para alertar al pueblo contra las amenazas golpistas. La exposición no se inauguró. Allende no habló desde la universidad, sino desde el Palacio de La Moneda. Los militares rodearon el claustro universitario. Y detuvieron a los profesores, alumnos y a todos los que allí estaban, incluido el cantor Víctor Jara.

 

 

  1. Los últimos compases

 

Los prisioneros, conducidos al Estadio Nacional de Santiago de Chile, oían los cañonazos sobre La Moneda. Por una emisora (Radio Magallanes) se emitía la célebre canción de Sergio Ortega, en las voces de Quilapayún: “Y ahora el pueblo / que se alza en la lucha / con voz de gigante / gritando ¡adelante! / El pueblo unido jamás será vencido”.

 

En la universidad a Víctor lo habían cogido, con su guitarra, cuando animaba a los estudiantes. “La universidad fue rodeada por soldados en carros blindados. Toda la noche estuvieron preparándose para el ataque como si tuvieran delante una fortaleza militar. Después del cañoneo, irrumpieron en el edificio y emprendieron a culatazos a los estudiantes” (Testimonio de Cecilia Coll).

 

“Cuando me detuvieron, me llevaron al Estadio de Chile. Fue por la tarde de 12 de septiembre. Allí ya había muchos prisioneros. Junto con otros presos nos ordenaron ponernos en fila con las manos en la nuca. De repente, un oficial me reconoció: —Es el médico de Salvador Allende. El comandante Manrique, un fascista empedernido, se acercó a mí, desabrochó la funda, sacó la pistola y, apuntándome a la cabeza, dijo: ‘Ha llegado tu hora’. Y dirigiéndose a los soldados, ordenó: —Sepárenlo de los demás y déjenmelo a mí. Me apartaron del grupo y me dieron un empujón que me tiró por tierra. Vi a un grupo de jóvenes que los soldados iban arreando, apuntándoles con metralletas. Al comandante le dijeron: —Son los de la Universidad Técnica. Los pusieron en fila también. Manrique recorrió la fila y señaló con el dedo a un preso: —A ese me lo dejan también a mí. No quería dar crédito a mis ojos. Se trataba de Víctor Jara” (Testimonio de Danilo Bertulin).

 

“Dos veces oí a Víctor en el Estadio de Chile. Fueron unos encuentros breves. El 13 0 14 de septiembre, por lo visto, por la mañana, pasé cerca del pasillo donde tenían a los prisioneros aislados. Allí estaba Víctor Jara, sentado en una silla de madera, extenuado, con rastros de azotes en la frente y las mejillas. Se sonrió al verme. Al día siguiente, pasé de nuevo por allí y otra vez nuestras miradas se cruzaron. Nos saludamos. Al igual que el día anterior, su rostro se iluminó con una sonrisa que me reconfortó el alma. ¡Llevaba ya tanto tiempo en ese maldito pasillo! De vez en cuando, los guardias venían por él y se lo llevaban a no sé dónde (Testimonio de Rolando Carrasco).

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  1. Jara vive

 

A Jara, como a otros prisioneros, lo torturaron. Su cara, según otros testimonios, estaba muy hinchada por los golpes. En medio de su condición, había logrado escribir parte de un poema: “Estadio de Chile”: “¿Cuántos somos en toda la patria? / La sangre del compañero presidente / golpea más fuerte que bombas y metrallas. / Así golpeará nuestro puño nuevamente. / ¡Canto, qué mal me sales / Cuando tengo que cantar espanto! Espanto como el que vivo / como el que muero, espanto…”.

 

Antes de acribillarlo a balazos, un soldado le dio un culatazo en la mandíbula. Quizá con la esperanza de apagar su canto. Qué curioso. El canto de Víctor Jara fue más sonoro a partir de su muerte, ocurrida el 16 de septiembre de 1973, poco antes de cumplir 41 años. Por ahí, tal vez llevada por las alas del viento, todavía se escucha: “No puede borrarse el canto / con sangre del buen cantor / después que ha silbado al aire / los tonos de su canción”.

El canto de Jara fue valiente. Por eso, la suya siempre será canción nueva.

 

 

Epílogo

 

A Víctor Jara le propinaron más de cuarenta balazos. Del asesinato fue encontrado culpable, en 2016, el exteniente Pedro Barrientos, que había huido de Chile en 1989 y se quedó a vivir en Estados Unidos. Una corte federal lo condenó, además, a pagar 28 millones de dólares de indemnización a la familia del cantor. El Estadio Nacional de Chile lleva el nombre de Víctor Jara.

 

 

Fuentes:

Cronología y obra de Víctor Jara (Fundación Víctor Jara).
Entrevista a la Nueva Canción Latinoamericana, John Franklin Bolívar. Editorial Universidad de Antioquia, 1994.
Carta abierta a Víctor Jara, Ángel Parra, 1987.
Crónica de la muerte de Víctor Jara. Programa Voces, Radio Nederland.

 

Nota: Escribí esta crónica conmemorativa en septiembre de 1998, cuando se cumplieron 25 años de la muerte del cantor chileno. La reproduzco ahora, a los 85 años del natalicio de Víctor Jara y a 44 de su asesinato. “La vida es eterna en cinco minutos”.

 

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El cantautor chileno Víctor Jara.

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La utopía cabalga de nuevo

(De los días aquellos en que don Quijote y otros poetas nos cantaban al oído)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Éramos tan jóvenes que pensábamos que el mundo era nuestro. Y que podíamos transformarlo. Conjeturábamos, tal vez, que el futuro traería menos desamparos y más posibilidades de figurarnos que la imaginación llegaría al poder. Y ahí, en esa congregación de utopías, estaba el movimiento social de los chilenos, al que habíamos accedido antes, plenos de ilusión, gracias a las canciones de Víctor Jara y Violeta Parra, y por habernos acercado a la Escuela Santa María de Iquique, la de la masacre de los obreros del salitre, ocurrida en 1907, en las voces sediciosas de Quilapayún.

 

También por haber conocido una obra de teatro, Los que van quedando en el camino, sobre “los que murieron sin ver la aurora”, que testimoniaba la epopeya de miles de inquilinos de la tierra, con una protesta de largo aliento, reprimida por el gobierno chileno de 1928. Ah, y recordábamos que en ese mismo año, en Colombia, se produjo la masacre de las bananeras, de parte de la United Fruit Company con la aquiescencia del gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez.

 

Estábamos todavía con la juventud empotrada en cuerpo y alma cuando quedamos estupefactos por la noticia del derrocamiento de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973. Era un sueño que se derrumbaba; lo pulverizaron Nixon y Kissinger, con la CIA, las transnacionales como la ITT, la oligarquía chilena. El asesinato (que no suicidio) del presidente, elegido tres años antes por el pueblo, nos convocaba a continuar en la profundización de las utopías. Nos enseñaba, tal vez, que transformar el mundo no es asunto de unos pocos días, y que siempre habrá enemigos (agazapados, unos; evidentes, otros) de los cambios que tengan que ver con la dignidad y el ascenso de los oprimidos.

 

Atrás habían quedado el Mayo francés, Tlatelolco y la masacre de estudiantes, los movimientos de la contracultura de los sesenta. Pero el mundo seguía hirviendo, y la muchachada parecía tener conciencia de su rol histórico, quería ser parte de las lizas y cambios sociales. Más que para interpretarlo, el mundo está hecho para transformarlo, seguíamos pensando. La utopía no se acababa con el golpe de estado de los militares chilenos. Como tampoco se había terminado con la Primavera de Praga, ni con el socialimperialismo soviético.  Y seguíamos cantando, porque no queríamos que la canción se volviera ceniza, como lo decía un poeta uruguayo.

 

Éramos todavía muy jóvenes cuando en la voz de Serrat, con palabras de Milanés, se escuchaba aquello de “yo pisaré las calles nuevamente / de lo que fue Santiago ensangrentada…”. Las utopías estaban vivas. A veces, flaqueaban. A veces, se perdían en el horizonte. Pero, como lo advirtió un argentino (Fernando Birri), hacían caminar a la gente, sobre todo a los que tenían el “divino tesoro” de la juventud.

 

Después de la liberación de Vietnam, de los poemas de Ho Chi Minh (“Todo cambia, la rueda de la gran ley gira sin pausa…”), del surgimiento de los discursos posmodernistas y del neoliberalismo, aquel modelo económico devastador que tuvo dos adalides: Ronald Reagan y Margaret Thatcher; de que con la caída del Muro de Berlín quisieron poner fin a la historia y a las utopías; estas últimas, pese a todas sus adversidades y a todos sus adversarios, siguieron viviendo.

 

Se dirá, y no sin razones, que habitamos el universo de las distopías, el país del Gran Hermano, del poder que se mete a nuestra intimidad a través de pantallas y teléfonos inteligentes; de un nuevo narcisismo que hace olvidar el mundo del afuera; que camufla las contradicciones sociales, que mimetiza las injusticias. Se observará que somos seres alienados por las mercancías, el consumo y el dios mercado. Y las transnacionales y sus adláteres podrán afirmar: ¡qué cuento de utopías, al diablo con esas vainas que no dan plata!

 

Y, en efecto, los gendarmes del mundo podrán dárselas de listos cuando dicen que para qué utopías, no pierdan el tiempo (que es oro) en esas banalidades, si nosotros tenemos marines y aviones y acorazados que los mandamos a inyectar democracia y libertades donde hay petróleo y otras riquezas naturales. Para qué cambiar lo que, según ellos, está bien: los de arriba, arriba, y los de abajo, en el infierno. En los basureros de la historia.

 

Y de pronto, con el desmoronamiento de tantas edificaciones que querían llegar al cielo, con las risotadas de burla de los que triunfaban de momento sobre los desventurados de la tierra, las utopías se mantenían en la mente y en los sueños de los que nunca cejan. En aquellos que, con Bertolt Brecht, seguían loando el estudio: “¡Estudia lo elemental! Para aquellos cuya hora ha llegado no es nunca demasiado tarde”. Y lo que parecía una consigna de paso, se volvía una salutación, un llamado a no derrumbarse: persigue el saber, empuña el libro (es un arma): “¡estás llamado a ser un dirigente!”.

 

Y en medio de las dificultades, en medio del naufragio de las ideas que convocaban a derrumbar los sistemas opresivos, el caballero andante se nos aparecía en cada esquina de la desazón, para recordarnos que la “libertad es el mayor don que a los hombres dieron los cielos”. Y sabíamos que, más que los cielos, eran las luchas, las únicas que deben ser eternas, las que servían para conquistar el paraíso terrenal. El Caballero de la Triste Figura, un hombre libre, nos seguía convidando a ser heraldos de la libertad.

 

Bueno, al fin de cuentas, convengamos en que las utopías sirven para eso, para caminar. Es suficiente. Nos llevan a hacerle eco a las palabras de un antiguo poeta: “tú marchas en busca de un mundo mejor y de un tiempo más bello”. Y cuando el desgano nos esté consumiendo, siempre habrá que evocar e invocar a ese caballero del honor, don Quijote de la Mancha, para, con León Felipe, pedirle que nos haga puesto en su montura para irnos con él a ser pastores…  El ingenioso hidalgo de algún lugar de la Mancha sigue siendo el gran utopista. Por eso continúa cabalgando.

 

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Pintura de Roberto Matta