Historia de San Marcos y el taxista

Por Reinaldo Spitaletta

 

En otros días, detrás de la puerta principal de la casa, las señoras acostumbraban pegar una estampa de San Ignacio de Loyola, en la creencia de que tenía la virtud de espantar al diablo. Táctica equivocada, a mi parecer. En realidad, el diablo, a veces, por no decir siempre, resulta mejor compañía que algunos seres dedicados a rezanderías y oficios de camándula, bueno, pero esto es asunto de cada cual. Además, como el diablo es hoy un tipo tan desprestigiado, nada temido y más bien transmutado en un nuevo desplazado, ya poco o casi nada se ven tales iconografías domésticas. Las que sí continúan abundando son las de otros santos, como San Cayetano, en las cocinas; o la de Santa Ana, a la que se solicita el favor de una casa propia; o San Judas, al que se le impetra trabajo, y un extenso catálogo de imágenes que pueden pasar por San Expedito hasta Santa Elena. Sigue en las paredes el Corazón de Jesús, a veces de inverosímil melena rubia, ojiazul y labios muy rojos, como si usara cosméticos, y a veces de cabello oscuro y ojos negros. He visto en algunas casas de Medellín, que compite con los retratos de Carlos Gardel.

Lo que hace algún tiempo me dejó un tanto desconcertado fue la presencia de una estampita extraña para mí. La tenía un taxista de Envigado pegada al tablero de su vehículo.

 

_ ¿Quién es ese santo?_, le pregunté.

_ San Marcos el del león_, dijo. _Me lo regaló una señora, una pasajera, porque sirve para las rabias_, agregó.

 

El santo de papel, en blanco y negro, de barba, tenía un libro abierto en una mano y en la otra, una pluma. A sus plantas, rendido un león (¿se acuerdan de Osvaldo Soriano o de un verso del himno nacional de Argentina?). “Ah, es el evangelista, ¿cierto?”, le dije. “No sé, en todo caso sirve para alejar las rabias”, insistió el taxista, muy sonriente. “¿Y por qué se la regalaron?”, y entonces dijo que él era muy acelerado, que discutía mucho, y que una vez una señora con la que él tuvo un encontrón por un servicio, se la obsequió.

 

No hubo tiempo de más preguntas. Era, la mía, una carrera muy breve, desde la estación del metro de Ayurá hasta la Casa Museo Otraparte. Quedé un poco desconcertado porque, que se sepa, pocas imágenes de los evangelistas tiene la gente en Antioquia. Ni Mateo ni Juan ni Lucas ni Marcos, han sido populares. Marcos, en todo caso, es el patrono de los ganaderos, pero, a su vez, de los notarios y los escribanos y los ópticos y los artesanos del vidrio. En Venecia, Italia, como todos saben, es el patrono de los enamorados y en su día, que es el 25 de abril, los novios obsequian a sus parejas con un “bocolo di rosa” como ofrenda de amor.

 

El nombre Marcos procede del latín arcaico marcus, martillo. Sin embargo, los romanos creían que era una abreviación de “marticus”, referido a Marte, dios de la guerra, del que se desprendieron además muchos nombres como Marcial, Marcelo, Marcelino, Marceliano, Marciano, Martín, etc. Y sus respectivos femeninos. No vayan a creer que yo sé de tales asuntos, sino que la estampita en el taxi me inquietó tanto que me puse tras las pistas y huellas de Marcos, el evangelista, que en realidad se llamaba Juan Marcos, según consta en los Hechos de los Apóstoles.

 

Marcos es el autor del segundo evangelio y se cree -no hay pruebas documentales- que la casa en que Jesús celebró la última cena era de su familia, lo mismo que el huerto de los olivos. Llegó a ser el secretario y el intérprete de Pedro, el apóstol, de cuya prédica deja testimonio en su libro, el más corto de los evangelios, pero tal vez el más gráfico y con un estilo de reportero, directo y desnudo. Se nota que era un buen observador. Destaca, por ejemplo, el verdor de la hierba sobre la que Jesús hizo sentar a la multitud hambrienta en el episodio de la multiplicación de los panes y los peces. Así narró la escena de los sanados por el Cristo: “Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades y a los endemoniados; y toda la ciudad se agolpó a la puerta. Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades y echó fuera muchos demonios”.

 

De Marcos se dice que nació en Jerusalén, tenía formación griega y a su nombre hebreo de Juan le agregó el romano de Marcos. Tenía un primo, de Chipre, llamado José Bar Nabuah (Bernabé), con el cual se embarcó para acompañar a Lucas y Pablo en el primer viaje apostólico por el Mediterráneo. Más tarde, acompañó a Pedro por Antioquía y Roma. Se le atribuye a Marcos, amén de virtudes de predicador, la fundación de la iglesia de Alejandría, ciudad en la que después veneraron su tumba. Sus restos se los robaron los venecianos que, en el siglo IX, se los llevaron a la catedral de San Marcos, cuya construcción duró varias centurias.

 

No pude encontrar ningún relato que dijera que Marcos fuera de genio apacible, que no se disgustara por nada, en fin. O que fuera, por ejemplo, un domador de leones. Lo de este felino está más bien relacionado con Pedro, que escribió esta frase: “Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, da vuelta alrededor de vosotros buscando a quién atacar”. Y aquí en este punto me acuerdo de Baudelaire que decía que la mayor astucia del diablo consiste en hacer creer que no existe. Hace tiempos leí un perturbador relato de Jorge Luis Borges, titulado El evangelio según Marcos, en el que hay, me parece, aires o reminiscencias de La gallina degollada, de Horacio Quiroga, y en el cual su desgraciado protagonista es un estudiante de medicina.

 

Bueno, supe también que a Marcos, sobre todo en unos bellos íconos bizantinos, se le representa con una túnica roja que, como dije antes, no se pudo apreciar en la iconografía del taxi, que no era en colores. En todas las imágenes del santo, unas de pie, otras sentado, está el león, que luce muy tranquilo. Los de la “serenísima” Venecia sí se tomaron muy a pecho la fiera, a la cual le pusieron alas, y aparece en monumentos, monedas, escudos, sellos, emblemas, banderas…

 

El taxista, siempre sonriente, se despidió con cortesía. No sé por qué me pareció que el evangelista de papel le hacía un guiño. Cuando ya iba lejos, me di cuenta de que me hacía falta un elemento esencial para el relato: el nombre del taxista. Y el de la pasajera, o la leona amansada, que le regaló la imagen. Que San Marcos los acompañe.

Marcos, el evangelista

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