Alguien canta por Florida

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Mientras caminaba por la plaza San Martín, bajo la sombra verde de los tilos y mirando de reojo los besos sobre las bancas de cemento —también encima de la yerba—, advino a mi memoria una frase del viejo (que no murió tan viejo, valga decir) Roberto Arlt, que había leído hace tiempos en una de sus Aguafuertes porteñas: “Quien no encuentre todo el universo encerrado en las calles de su ciudad, no encontrará una calle original en ninguna ciudad del mundo”. Y, claro, con mi corazón mirando al sur, a lo Eladia Blázquez, pensé en tantos universos vistos en el norte, en Junín y Ayacucho, en Carabobo y la Oriental, en todo ese caos vital de Medellín, y en una suerte de flashback vi imágenes de cachivaches regados en las aceras y a un tipo que, a punta de guitarra, se ganaba el pan…

 

Hasta que me hallé andando por Florida, una aristocrática calle porteña, con edificios de arquitectura inglesa, elegantes almacenes de ropa y tanta gente yendo y viniendo, y ¡zas!, una presencia junto a una vitrina me hizo recordar alguna de mis calles: era un hombre al que le faltaban las piernas. La guitarra era más grande que él, pero su voz, cantando baladas y otras canciones muy tristes, era más alta que las cornisas y que un águila de bronce en la cúspide de una fachada. Florida —entre Paraguay y Córdoba— abundaba en arpegios, y siendo una vía estrecha (además, solo peatonal) se ensanchaba con la música que brotaba de la garganta del “discapacitado”.

 

La guitarra y el guitarrero quedaron atrás, y me pareció que Florida (esa, por donde a las cinco, muy bien vestida pasa Isabel) era una callecita muy original, tanto como lo es, por ejemplo, la medellinense Junín. Vi sus balcones diversos, sus amplios almacenes de discos, el afán de los transeúntes, la cara de luna de una argentinita… hasta cuando me detuve en la entrada de un edificio, el piso de mármol, muy brillante, el portón de vidrio, y un portero de cara alargada, impecables el vestido oscuro y la corbata roja, de sonrisa más bien fácil.

 

Osvaldo Gaspar, que así se llama, veinte años viendo entrar y salir gente de aquel edificio de Florida, dice cantar tangos. Lo que no es raro. Es porteño. Y el tango, por supuesto, fue inventado para que lo cantaran ellos, y los uruguayos, y uno que otro chileno… No me consta que los entone, pero pinta de cantor no le falta, aunque, claro, en la noche duende de Buenos Aires nadie ha oído hablar de tan curioso personaje, que, a veces, modula como si fuera Carlitos Gardel. Ah, estos tipos de Buenos Aires se las traen.

 

Gaspar (el apellido es portugués y él era hijo de un lusitano) sonríe cuando le pregunto si cobra por cantar tangos, pero qué va, te dice, si es que aquí esto está muy mal, mirá que, por ejemplo, Jorge Valdés está acabado porque bebe mucho, canta por quince o veinte pesos (un peso igual a un dólar) la noche. Y hasta (Roberto) Rufino está fusilado. Qué voy a cobrar… donde me resulte voy y canto, eh. Y así te va hablando, saboreando las palabras, como si en realidad fuera una estrella de la canción. Se toca el nudo de la corbata, se acomoda bien el saco, estira el cuello y sigue sonriendo.

 

Lo que a mí me gusta —te dice— es estar bien con todos, por eso me ves sonreír siempre. Todo eso me lo enseñó mi padre. Murió a los ochenta y nueve años. Él me decía: “No sos más que nadie, pero tampoco menos que nadie”. Mientras te va conversando, se oye, lejana, la voz del guitarrista callejero: “Si se calla el cantor calla la vida / porque la vida, la vida misma / es toda un canto…”. “Mirá —continúa Gaspar— la noche se hizo para gozar, para cantar, pero no para beber. Cuestiono a todos aquellos, cantores o no cantores, que creen que la noche es para andar entre el alcohol”.

 

Suena el teléfono. El portero contesta. Sale y entra gente. “Hola, Gaspar”, “¿cómo estás, Gaspar?”. El hombre sonríe, alza la mano. Desde la recepción, él ve discurrir a Florida, le siente los pasos, las prisas. Sabe sus olores, sus ruidos, sus ires y venires. “Hasta luego, Gaspar”.

 

Camino por Florida, otra vez hacia la plaza San Martín. Escucho de nuevo una voz que no necesita piernas para andar por esta calle, para abrirse paso entre la indiferencia de los viandantes. Vuelvo a estar bajo la frescura de los tilos, y a observar un beso de grama y urgencia, y a recordar una frase de don Roberto. En alguna parte, quizá sea en la memoria, suena un valsecito que habla de Florida y de una muchacha bonita que por ella camina.

 

N.B. Nota escrita en diciembre de 1994.

 

La emblemática calle Florida de Buenos Aires.

 

 

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