Eszter, envejecida y sin herencia

(Una novela de Sándor Márai sobre el despojo y las artimañas de un canalla)

 

Resultado de imagen para la herencia de eszter

Representación de La herencia de Eszter

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay canallas encantadores, con capacidad de seducción y atributos histriónicos que los conducen a que, por su facilidad para la palabra que enamora, sus víctimas terminen queriéndoles, o, por lo menos, suavizando —y hasta disculpándoles— las maniobras de asalto y atropellamiento. Se refinan en el discurso y son poseedores de una inusitada facultad de engaño. Artistas del embaucamiento (condición que los hace parecer a ciertos políticos), como los estafadores, quedan al final de cuentas bien parados y, además, sin remordimientos ni actos de contrición.

 

La impostura y la mentira —que bien concebidas y ejecutadas pueden hacer parte de mecanismos de la creación artística— las llevan en la sangre. No hay manera de desmontarles su argumentación (que puede usar sofismas y otras truculencias) y sus intenciones perversas, a las que disfrazan de buenas acciones o de derecho, casi siempre se imponen. Este tipo de canalla no es un seductor al estilo don Juan o Casanova. Es un tremendo vividor, que se acomoda a las circunstancias —sentido de oportunidad— y tiene tal poder de convencimiento, que a la larga su conejillo o rata de laboratorio elegida no tiene más opción que caer en sus invisibles garras y reconocer la enorme habilidad contra la cual no hay posibilidades de ejercer repulsa.

 

Una historia sobre un canalla y una mujer más o menos inocentona, es la que propone Sándor Márai en La herencia de Eszter. Es una narración en primera persona, contada por la víctima de un hombre que la deja en la inopia tanto material como de vida interior, y ante tanta complacencia de ella puede haber algún lector que reviente de rabia frente a la presunta pusilanimidad de la protagonista que después de muchos años, y ya casi en el final de sus días, escribió una memoria, a modo de confesión y de constancia. Y otro lector, en contraste, pudiera ver, más bien, a una mujer sin fuerzas para contrariar a un ser dotado de habilidades infinitas, prestidigitador, de verbo fácil, artista circense y un desprendido que vive al día, como si estuviera ejerciendo el carpe diem que cantó el poeta latino.

 

En cualquier caso, en esta obra hay una narradora-protagonista, una mujer fina y con educación, miembro de una familia tradicional, de clase media, a la que acosan los recuerdos cuando ha llegado a un recorrido largo por la existencia. Y dentro de esa memoria, que ella escribe cuando ya no le queda más nada en la vida, cuando la soledad y la vejez la asedian, aparecerá de entrada un personaje, la contraparte, Lajos, que tras veinte años de ausencias retorna para despojar a Ester de todos sus bienes, tal como se dice en las primeras cuatro líneas de una novela corta, que en ocasiones puede enardecer al lector, pero, en otras, lo pone a pensar en la personalidad de un tipo para el que no hay códigos morales y sí muchas ganas de sobrevivir, en particular a costa de otros.

 

El destino, o una especie de resignación ante lo que puede evitarse pero no se hace nada por remediarlo, está presente en los acontecimientos. Es posible que en Eszter actúen como expresión inconsciente la dominación de las mujeres, su obediencia y pasividad ante los comportamientos (y, por qué no, desmanes) masculinos. Debajo de la relación entre Eszter y Lajos está la familia, la presencia-ausencia de los padres de la mujer, la hermana de esta que en últimas es la que se va a matrimoniar con Lajos, la casa y un jardín de almendros. Sí, un jardín que, por momentos, por alguna imagen evocativa, puede recordar el de un drama de Chejov (El jardín de los cerezos).

 

En la novela estará, como en el medio, como una representación de una mujer solitaria, vieja y en decadencia, Nunu, que es la que, al principio, cuando Lajos anuncia mediante un telegrama que volverá tras veinte años de ausencia, dice que hay que guardar bajo llave los cubiertos de plata de la casa. La telaraña que se teje con Lajos está armada con Vilma, la hermana de Eszter, que se ha casado con el hombre que, en secreto, quería en rigor a la dama que está contando la historia.

 

Resultado de imagen para sandor marai

Sándor Márai

 

Después de la muerte de Vilma, y también de los padres, Nunu, pariente lejana, va a ser la única y verdadera familia de Eszter. La que estará ahí hasta el final, en medio de una tormenta que se desatará cuando Lajos y sus acompañantes, con sus hijos (en particular Eva, una chica que hace parte del tablado de su padre) y otra mujer, llegan de visita a la casa que ante todo está en los intereses de un hombre que, como se dijo, vive al día. Si bien no es un sibarita en el sentido estricto, está muy próximo. Es, de otra forma, como una especie de lo que en estos breñales y montañas se conoce como un “trabajador de calle”, un rebuscador sin escrúpulos y sin mandamientos. Sin cargos de conciencia.

 

El mundo de Eszter, con la presencia de Lajos en su vieja casa con jardín, es de paradojas. Y de acongojada monotonía. Está entre el odio y la admiración. Oscila entre el asco y la sumisión hacia un sujeto que, como ella bien lo sabe, es un mentiroso y un impostor. Bueno, es, ante todo, un artista, un mago, uno que se la ha jugado en la cuerda floja de la existencia, un simulador y, de todos modos, un fracasado en medio de su apariencia de seductor con las palabras.

 

En esta exquisita novela de Márai, construida con precisión y conocimiento en particular de la sicología femenina, el personaje central no se altera con los sucesos que va llegando, porque, quizá, es, a lo trágico griego, como si contra el destino no pudiera forjarse ninguna fuerza opositora. Lajos, que es alegría y vitalidad, está contrapuesto a Eszter, una mujer sin fuerzas suficientes para luchar por su estabilidad emocional y material. Ella, en medio de los descubrimientos que va haciendo (cartas, la falsificación de un anillo legendario, las maniobras de Lajos para quedarse con el patrimonio de ella, en fin), no puede resistirse. Y solo le queda declarar que ese hombre que ha vuelto tras tantos años, es un genio, con sus tretas y todo.

 

La obra abunda en recursos literarios de alta relojería y justos para crear, más que atmósferas y cartografías, la conexión entre los personajes, tanto muertos como vivos. No interesan las descripciones del mundo de afuera. Y la trama está tejida para dar a entender, como lo dirá Ester, que “los amores sin esperanza no terminan nunca”. Son amores dolorosos. Aplazados. Sin culminación feliz, pero que siguen latentes, como una herida que no cicatriza y sangra hacia adentro.

 

Resultado de imagen para sandor marai la herencia de eszter

“La vida no ofrece soluciones a medias”.

 

Hay una manera de ir contando, con la voz a veces dolida de la narradora, con el deseo de postergación de las acciones, y por eso se acude, entonces, a los flashbacks. La novela es como una gran representación, con farsas, tramoyas, parlamentos, y todo para dar a entender que hay un hombre sin hígado al que no le va a importar que una mujer que se acerca a la vejez, como Eszter, y otra que ya es una anciana, vayan a vivir sus últimos días en un asilo de damas solitarias.

 

Lajos, un experto en particulares puestas en escena, va demoliendo en la última parte a una mujer que ya parece no tener norte, ni estar dispuesta a resistir o, al menos, a mantenerse erguida frente a un asedio, un estado de sitio como el que las palabras de su contradictor le van haciendo hasta derrotarla. “El amor es cosa de mujeres. Solo destacáis en eso. Y en eso fracasaste tú, y contigo fracasó todo lo que pudo haber sido, todos nuestros deberes, el sentido entero de nuestras vidas. No es verdad que los hombres sean responsables de su amor”. Es la voz de Lajos, que, poco a poco, va dejando exánime a una dama sin carácter.

 

Es probable (como ocurrió en una reciente tertulia sobre la novela de marras) que haya lectores que reaccionen con furia (como es posible que así hayan cuestionado con enojo a Emma Bovary, por ejemplo) con la actitud pasiva de Eszter la solterona, pero, a su vez, no faltará el que la emprenda contra el farsante Lajos, un tipo que, pese a todo, pertenece más al mundo de la razón que de las emociones.

 

Lajos es un experto en mentiras. Su vida ha sido así, un ir y venir, sin pensar en futuros. No es un hombre del mañana. Es del ahora. Un pragmático. ¿Es Lajos un hombre cruel? ¿Un cínico? ¿Un individuo aborrecible? ¿Es alguien a quien solo le interesa su bienestar por lo menos en el “ya”, en el presente? Sándor Márai nos proporciona en esta historia con trazos de melancolía elementos para auscultar partes oscuras e ignotas del ser humano y todo el ensamblaje de la novela lo pone en boca de una mujer derrotada por sí misma y por las astucias (y las “cartas maravillosas”) de un hombre que sabe crear turbulencias y tempestades de las que siempre va a salir incólume.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Europea siglo XX)

 

Resultado de imagen para la herencia de eszter salamandra

Una novela en la que su autor expone su sapiencia acerca del mundo femenino.

 

 

Anuncios

El último encuentro: la vejez y la venganza

Resultado de imagen para sandor marai

 

“Se pasan las horas, los días, los meses y los años, y el tiempo pasado nunca vuelve, ni se sabe el que vendrá. Conténtese cada uno con aquel espacio de tiempo que se le concede para vivir”.

                                                                                         Marco Tulio Cicerón. De la vejez

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se llega a decir que es una novela sobre la soledad; no, o más bien sobre la decadencia y la vejez; no, señores, se trata de una venganza muy particular, no digamos a la manera, por ejemplo, de El barril de amontillado ni a la usanza de un oriental que esperó años preparándola hasta que la cumplió (en un cuento de Jack London), no; es una venganza elegante, sin sangre, también sin piedad. Es una venganza al estilo de un novelista que con esta obra, tras años de ausencia en las librerías en español, tornó en 2004 a las palestras literarias en traducciones al castellano, cuando ya llevaba muchos años de suicidado (en San Diego, Estados Unidos, 1989).

 

Se trata, ¿o todavía no lo intuye, amigo lector?, del húngaro Sándor Márai, un escritor que en sus creaciones hace hablar a ciertos personajes como si estuvieran dictando una conferencia, en un tono en el que la razón se va imponiendo a las emociones, con frialdad y precisión. No, se vuelve a decir de pronto en alguna tertulia literaria, no, mis queridos: es ante todo una novela sobre un triángulo amoroso. O, de otro modo, acerca del adulterio, de la infidelidad. Puede que sí. Pero otro lector podría aseverar que es, en esencia, una ficción muy regulada y mejor medida, como si la escribiera de forma paradojal un sastre de alta costura, que se refiere a la desgracia de una mujer llamada Krisztina, trágica esposa y amante, que cuando es descubierta en su traición por el marido, este no solo deja de hablarle, sino que ella se encierra en una casa cerca del castillete donde, en medio de melancolías no reveladas, pasó tantas jornadas, tal vez con muy escasos paisajes.

 

El último encuentro, cuyo título en húngaro se refiere a la extinción de velas, que en la obra por cierto se constituyen en un símbolo de enorme importancia, referidas a un mundo que se agota, a una manera de vida que agoniza sin remedio, es, también se puede afirmar, una novela sobre la amistad (en la que se presentan rupturas, quiebres dolorosos). La obra, cuyos escenarios están en un viejo castillo de caza en inmediaciones de los Cárpatos, se inicia en realidad con una clave para el lector, cuando un general (después sabremos que es un viejo de setenta y cinco años, general del imperio, llamado Henrik), recibe una carta que lo hace meditar en una lejana fecha de cuarenta y un años atrás (hay varios números clave en la novela, como una extraño cifrado cabalístico) y a partir de esa suerte de notificación, El último encuentro irá en un crescendo (la música también es sustancia en ella), en una borrasca de altas tensiones, como si se tratara de una ficción policíaca, con suspense y ciertas pistas, que el lector irá descubriendo hasta alcanzar instantes en los que se puede quedar sin respiración.

 

Es una novela que huele a moho, a vejeces y vejestorios, como un personaje de encanto, una anciana de noventa y un años, la nodriza Nini (setenta y cinco años en ese mismo castillo fantasmal), que tiene un rol amoroso, como de abuela de poco hablar, en medio de una situación que el autor sabe dosificar, sin excesos ni alargues inútiles, solo con una maestría en la tasa y la medida. Sándor Márai emplea en esta breve novela el recurso del dato escondido, muy utilizado en reportajes de crónica roja y en relatos detectivescos, pero con una finalidad de alta estética y de elegancia en la narración. Porque se está tratando, en medio de una atmósfera de descaecimientos y pátinas tristes, del derrumbe de un mundo, el despeñamiento de una cultura. “La nodriza se sentó. Había envejecido en el curso de aquel año. Cuando pasa de los noventa, la gente envejece  sin resentimiento. La cara de Nini estaba llena de arrugas y era rosada: envejecía como los paños más nobles…”, dice el narrador al principio de la novela que tiene como trasfondo la caída de vértigo del imperio austrohúngaro.

 

La obra, con ambientes cerrados y algunos desarrollos al aire libre, en particular los de cacería, tiene flashbacks a lo película, que permiten al lector ir tejiendo la trama, atar cabos e introducirse en atmósferas a veces mefíticas, a veces plenas de morriña, con la certeza de que se topará con dolorosas formas de lo que ya no tiene cura. En aquella mansión, que por momentos puede recordar la ruina de la Casa Usher, se “desmoronan los restos de varias generaciones y se deshacen las vestimentas de seda gris y paño negro de las mujeres y de los hombres de antaño”. Todo allí está moribundo. La vida se va, con lentitudes pero inevitable en su descenso. Uno, como visitante de este castillo desventurado, se encuentra con retratos de gente que ya no está y regresa a lo gótico, a tiempos de penumbras en comedores inmensos y habitaciones a granel. Y, como una suerte de invocación a otras maneras de ser, la música de Chopin (también hay valses vieneses) nos recoge en calendas románticas que, por lo demás, huelen a escaparates y retratos al óleo.

 

Y así, con sutilezas narrativas, el autor introduce a sus lectores en la infancia y adolescencia de dos personajes distintos, quizá complementarios, que es ahí, en la diversidad y lo diferente, cuando nace la amistad. Uno con riquezas y abolengo; el otro, sin cuna de oro e inclinado a la bohemia y rico en sensibilidad artística. Henrik y Konrád crecen juntos y, como se sabrá después, aman por separado a una mujer enigmática, que completa el triángulo mortal (y moral) de la historia. Solo que el segundo es, si se analiza, un amigo que, arrastrado por la lujuria y por las afinidades con Krisztina, seduce a la dama que, aunque no es un personaje de tantas intervenciones, es fundamental en El último encuentro. Puede ser que la gran tragedia que cruza la novela sea la de ella, que muere en un aislamiento de espanto. Incomunicada.

 

Konrad que, con Krisztina, tiene un refugio: la música, donde el otro, su amigo militar que “tiene callos en los oídos” y al que le eran suficiente la música cíngara y los valses vieneses, es un intérprete que, con la madre de Henrik, toca La Polonesa-Fantasía de Chopin, el compositor polaco-francés, que, en la novela, era pariente de la mamá del inquieto Konrád.

Resultado de imagen para sandor marai

Y mientras el lector, mediante un narrador omnisciente en tercera persona, se va enterando de aspectos del pasado de los protagonistas, la obra vuelve a un presente en el que parece no habrá posibilidades de sobrevivir a lo que decae. El general se prepara con todas sus medallas y uniforme de gala para recibir, después de cuarenta y un años, a su amigo, que, como sabremos después, se ha ido (escapado) al trópico asiático, a Singapur,  y que ahora vuelve desde Londres, donde consiguió una casa de campo en las afueras. ¿Por qué tantos preparativos, por qué se había fugado uno y el otro se quedó a la espera con más certezas que incertidumbre?

 

La vieja construcción parece revivir en sus candelabros, en sus vajillas, en sus vinos y potajes, porque algo va a pasar, porque está por suceder el último encuentro, como un duelo sin espadas, entre dos amigos que hace años (bueno, cuarenta y uno) no se ven. El que llega está viejo; el que lo recibe, también. Son el mismo tiempo, pero otras las circunstancias, otro el que tendrá la palabra, ante la mudez del rival. La obra entra en una suerte de monólogo, de juicio imperturbable de Henrik contra Konrád, que no tiene defensa y que, por lo demás, no la necesita, porque sabe que es culpable. Un culpable sin arrepentimientos aparentes. Lo hecho, hecho está, pero hay que dar la cara (ya arrugada y perjudicada por el paso destructor del tiempo) ante el otro, que está igual de viejo, pero puede ejercer el discurso a guisa de juez.

 

“Los dos sentían que el tiempo de espera de las últimas décadas les había dado fuerzas para vivir. Como cuando alguien repite el mismo ejercicio durante toda la vida. Konrád sabía que tenía que regresar y el general sabía que aquel momento llegaría algún día. Esto los había mantenido con vida”. Después, se desatarán las fuerzas narrativas, el talento del novelista, la manera de mantener al lector en vilo, sin parpadeos, dando de a poquito nuevas claves, descosiendo amarres, todo en un cálculo producto, además, de una planeación, sin titubeos.

 

De pronto, hay contextos históricos, señales y eventos. Sugerencias. Se sabe sobre el influjo de la revolución rusa en obreros de lejanías asiáticas. Se sabe de aspectos de la Gran Guerra, y de la tragedia de un país como Polonia (patria de Konrád: “Mi patria dejó de existir. Se descompuso. Mi patria era Polonia, Viena, esta casa y el cuartel militar de la ciudad, Galitzia y Chopin. ¿Qué queda de todo aquello?).

 

Y mientras la obra asciende en intensidad, vuelve La Polonesa- Fantasía, y los significados de la amistad, del erotismo, y los sentimientos que produce la cacería, una faena en la que un hecho fundamental en la novela desencadena un cataclismo: una huida, el hallazgo de una traición y una larga espera. Y en alguna parte, y por razones íntimas y casi que inquebrantables, retorna la filosofía de la amistad: “La amistad es una ley humana muy severa. En la antigüedad, era la ley más importante, y en ella se basaba todo el sistema jurídico de las grandes civilizaciones”, dice el general. Y agrega: “en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte…”.

 

Henrik y Konrád eran amigos legendarios, como Castor y Pólux, “compañeros durante veintidós años en lo malo y en lo bueno”. Y de súbito, o, más bien, tras un proceso, unas conexiones, unos hechos que parecen producto de la fatalidad, surge, en una actividad venatoria, con monteros y ciervos, con rifles y momentos en los que las ganas de matar a un amigo se erige en acontecimiento fundamental, hay un quiebre en la obra. Un punto en el que la historia se parte, la amistad se resiente, se resquebraja y el mundo se oscurece. Y a estas alturas, hay, introducidos con sutileza y efectividad, elementos policíacos, pistas y pesquisas.

 

El último encuentro es otra demostración de la capacidad envolvente de la prosa de Sándor Márai, de su magín y facultades para las sutilezas y el conocimiento del hombre. Se puede preguntar, sin afanes de respuesta, como pasa en buena parte de la literatura, ¿qué es un hombre? ¿Cuándo un hombre deja de serlo para convertirse en fiera? ¿Cuándo es capaz de mantener la razón pese a los dolores y las agresiones?

 

En el último encuentro hay sobrevivientes de la Gran Guerra, pero, sobre todo, de una guerra no convencional entre dos amigos que se separan durante años por un amor, por una infidelidad, por una especie de ultraje a la confianza, y vuelven a verse tras una larga y forzosa separación. Uno se explayará en la palabra, en las acusaciones, en la reconstrucción de la ofensa. El otro escuchará, sin muestras de contrición. “¿Qué venganza puede haber entre dos viejos a quiénes ya solo los espera la muerte… Han muerto todos, ¿qué sentido tiene entonces la venganza? Sin embargo, sí lo tiene, por lo menos en esta obra de extrañas perfecciones.

 

Hay un ventarrón, las velas se apagan, la oscuridad aparece. En una mesa gigante, y alejados, están los dos viejos: quién es la víctima, quién el victimario. No hay lugar para la culpa ni la exculpación. El tiempo que queda es poco. La muerte lo borra todo. Y al final, un retrato ausente, un cuadro exiliado vuelve a su sitio en una antigua pared llena de melancolías.

 

Resultado de imagen para sandor marai el ultimo encuentro

La agonía de Sándor Márai y un caballito de palo

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era ya casi el crepúsculo, cuando en el piso del corredor de una cabaña de Santa Elena, vi un caballito de palo. Acababa de leer estas frases de los Diarios de Sándor Márai 1984-1989: “La lengua surgió como interjecciones, no como palabras, al igual que la música surgió en forma de ritmo, no como melodía” (pag. 68). El insecto, como una especie de monstruoso rocinante, se movió con lentitud sobre las baldosas y se dirigió hacia la base de una columna. Al fondo, el cielo comenzaba a pintarse de arreboles y se escuchaba un clamor de pájaros del atardecer.

 

El escuálido animalito color madera me llevó a una rápida digresión: el ser humano debe metamorfosearse como una posibilidad de dejar al planeta con cierta tranquilidad, y lo mejor sería que lo hiciera en uno de estos insectos, que todavía evocan parte de la floresta, de lo silvestre. Al principio del libro, el escritor húngaro, nacido en 1900 y suicidado en 1989, de una manera más bien poco estética, pero efectiva, de un disparo en la cabeza, había narrado un episodio sobre un insecto en la cocina de su casa.

 

Su mujer, Lola (diminutivo de Illona), comentó que durante la noche un bicho de caparazón negro y de dos centímetros y medio de largo, roía la comida que se dejaba en la cocina, como frutas y trozos de pan. Y la magia del escritor convertía un hecho intrascendente en una atracción aterradora, en una suerte de visión nerviosa: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente…”. Después, Márai se interroga cómo es que encuentra la comida, cómo perpetra el robo, quién demonios le informa sobre lo que debe hacer y cómo hacerlo. Un misterio. Una hecho que produce miedo.

 

El caballito de palo de pronto comenzó a crecer y crecer hasta convertirse en un apocalíptico monstruo. Así podría pintarse el fin del mundo, con todos los insectos con dimensiones imposibles aterrorizando los últimos instantes de la humanidad. El cielo estaba cada vez más rojizo y tenía la apariencia de una acuarela. Me olvidé del flacuchento caballito y continué con la lectura de un diario, el último que escribió el autor de Los rebeldes y El último encuentro, en el que expresa con tranquilidad, aunque con buena dosis de furia, la decadencia física, los obstáculos y miserias de la vejez, el irse consumiendo con inexorabilidad para llegar a la nada.

 

En esta especie de memoria final, que no de testamento, Sándor Márai da cuenta de su cultura, de lo ido, aunque sin nostalgias ni sensiblerías, y del camino hacia la muerte. Es una certificación del mundo del siglo XX, con sus crueldades y logros, que van desde los genocidios y represiones, hasta los descubrimientos científicos que permitieron, por ejemplo, que el hombre llegara a la Luna. El lector se encontrará con una agonía, o con varias, porque también está la de Lola, la mujer que estuvo casada con el escritor durante sesenta y dos años, y que en el largo exilio derivan en los Estados Unidos, donde ambos morirán.

 

Es una constancia sobre la vejez y acerca de la impotencia de un creador de no poder escribir más novelas. Los Diarios son la voz de un testigo de las miserias y las hazañas de una centuria de campos de concentración, bombas nucleares, despojos y hedores. La vida y la muerte (tal vez, con mayor fuerza esta última) se mueven en las páginas dolidas, brillantes y con tono de desventura, del autor de Confesiones de un burgués.

 

Márai (lo dice en el diario) escribía para su mujer. Puede ser un pretexto. Tal vez, sea una manera de darle a L. su dimensión real, enorme, de ser sensible e inteligente. Y al ver la rápida demolición que ella va sufriendo, el escritor advierte acerca de las soledades (las clasifica en su texto) y de las ausencias. Es un libro sobre la enfermedad (y quizá la peor es la vejez, la misma que en la novela Yo el Supremo, de Roa Bastos, se describe como la enferma-edad, la sola-edad) que se va comiendo por dentro, como un gusano, al hombre. Bueno, por dentro y por fuera. Son palabras para esperar, como él mismo lo dice, el final, que a veces tarda, que a veces cojea. Es el tránsito hacia la decadencia absoluta, con glaucoma, con pasos cansinos, con todos los achaques, pero todavía con una mente clara en un cuerpo descaecido.

 

Durante sus últimos cuarenta años, Márai escribió diarios, como sustitutos de la prensa, como un modo de conectarse con la realidad, con lo circundante, con las inestabilidades de un mundo de inequidades y violencias, y también con algunas expresiones que pueden ser orgullo del hombre (el arte, la ciencia), que es un depredador. Pero en estos últimos, los de 1984-1989, que pueden ser un tratado sobre las desventuras de la vejez, y acerca de las angustias finales de un escritor, hay un canto a la vida, a la que se extingue, a la que se vivió. Y, a su vez, una despedida. “La proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerzas que desánimo”, dice.

 

En estos apuntes bien meditados hay una radiografía de cómo es la muerte consumista, la que produce dineros a los negociantes de la salud, la que ha deshumanizado a la medicina, pero, más todavía, a los médicos y personal adyacente. Los médicos “son seres repugnantes, mercachifles que venden estómagos, ojos, corazones, pocos hay que muestren un atisbo de humanidad”, advierte, tras su paso por hospitales, sobre todo acompañando a su esposa, destruida por un cáncer y cada vez más próxima al final. “El robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso”.

 

Una bella reflexión acerca de la muerte, de la vejez, también y en menor medida de los días de embriagadora juventud, del amor y la cultura, es la que consigna en sus últimas palabras el cuestionador Márai, que sabe que “es mucho menos peligroso un malvado que un imbécil”. Hay un recorrido por sus últimas lecturas y relecturas (Cervantes, Voltaire, poetas húngaros, Shakespeare, el autorretrato de Cellini, Sófocles…) y, con cierta sutileza, por la preparación del suicidio: “no perder la ocasión de matarme antes de que llegue el tiempo de la impotencia”.

 

Hay, asimismo, aparte de la presencia de la agonía, un testimonio de cómo es ir quedándose solo en el mundo, un mundo ancho y siempre ajeno; qué se siente al ir perdiendo hermanos, amigos y la esposa, hasta ser el único sobreviviente de sus coetáneos y allegados. La frase que su mujer pronunciara, “¡Qué lento muero!”, es más para él.

 

Al final de los días, el escritor no solo está desahuciado, sino que ha ganado en escepticismo, en hondura de pensamiento, que le permite concluir, por ejemplo, que “todo lo que han dicho los curas y filósofos es una completa mentira” y que “todo es un asco”. Hay un cuestionamiento a la denominada civilización, a sus espejismos, a su arteriosclerosis. Y a la explotación comercial de la agonía.

 

Después de todo, me he hundido tanto en la lectura de los Diarios 1984-1989 de Sándor Márai, que cuando vuelvo a mis circunstancias, ya no hay arreboles y por ninguna parte veo al caballito de palo.

 

 

Mosquitos y zancudos: ¡El infierno!

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es probable que los insectos sobrevivan al hombre. Algunos de ellos, como los mosquitos y zancudos, parte de las miles de especies, que superan en cantidad a las de cualesquiera otros animales, son una suerte de atentado contra las pieles sensibles. Otros, como las cucarachas, son una expresión del asco y, por qué no, de visiones aterradoras y apocalípticas. Quién sabe por qué Kafka decidió que Gregorio Samsa se transmutara en un monstruoso insecto (no se sabe cuál) y no, por ejemplo, en una serpiente o en una lagartija.

 

Hace un tiempo, me topé con un insecto visto por el escritor húngaro Sándor Márai en uno de sus Diarios (1984-1989), y más que por él, por su esposa Ilona, que fue la primera en enterarse cómo el animalito frecuentaba la cocina de la pareja. No era una cucaracha, sino “un bicho de caparazón negra y de dos centímetros y medio de largo, algún tipo de ciervo volante”, según las palabras de la señora, recogidas por su marido. Pero el escritor también lo vio y advirtió que en su aparición había algo aterrador: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente”.

 

El insecto descrito por Márai, que roía trozos de pan y de frutas esparcidos en la cocina, va más allá del instinto y hay en él un “conocimiento” de la situación de supervivencia, de lo que debe consumir, sin exageraciones, solo la dosis necesaria, la suficiente para nutrirse. El mismo escritor se pregunta, no sin admiración, cómo encuentra la comida, cómo comete el robo, cómo sabe acerca de lo que hay que hacer y de la forma del asalto, lo cual no deja de ser aterrador, como lo señala el autor de El último encuentro.

 

En mi casa, en la que escasean las cucarachas, pero abundan minúsculas hormiguitas rubias y también lagartijas (entre ellas, una rayada, que parece emparentada con cebra o que gusta vestirse con el clásico traje de presidiario), escuché una noche un zumbido, no propio de esas horas, y sentí un choque contra la vidriera que da a un patio con plantas. Al levantarme, encontré una avispa bermeja, extraviada quién sabe por qué situaciones (tal vez la contaminación ambiental), que intentaba volverse por donde había entrado.

 

Llegará el día en que el hombre se metamorfosee en distintos insectos. Y puede que el mundo, de esa manera, adquiera un equilibrio. Sé, que en mi caso, no me transformaré en zancudo, ni en mosquito, ni en el torturador y tropical jején. Me parece que tengo una atracción fatal (o ellos por mí), una inclinación a que me ataquen en ciudades y campos, que por tales razones poco o nada me gustan fincas, aventuras selváticas, campings y otras torturas e incomodidades.

 

Sin embargo, donde quiera que esté, en oficinas con alfombras y aires acondicionados, en salones de clase, en cuartos de hotel, en teatros, en fin, me asaltan mosquitos y zancudos, y sus picadas son un suplicio que impide cualquier concentración. Hace años, observando anotaciones del Barón de Humboldt sobre los insectos que él denominaba crepusculares (como el desgraciado jején), la mera lectura me producía escozores y rasquiñas. El diminuto insecto costero y de ríos, que deja un puntito rojo tras su ataque devastador, torna con su especie de odio contra el hombre a la hora del crepúsculo. La roncha durante tres o cuatro días más y cuando se oculta el sol vuelve a picar y picar. Y hay que rascarse hasta arrancarse la piel.

 

En 1990, en la Expedición El Dorado, que preparaba antes de tiempo la conmemoración de los quinientos años del Descubrimiento de América, que atravesó ríos, selvas, montes y pueblos de Colombia, Venezuela y luego derivó en las Antillas menores, Trinidad y Tobago, y que se varó en Aruba, cuando iba a empalmar hacia la Guajira, debido a las bravuras del mar, me embarqué por más de un mes en una desventura (que no aventura) debido a los asedios y ataques permanentes de la mosquitería.

 

Nada pudieron contra el zancudo (que recordaba entonces a Vargas Vila y su Ante los bárbaros: “¿cuál es el peligro de la América Latina? El peligro yanqui…”) la tiamina, ni los repelentes, ni siquiera las botelladas de aguardiente y ron. El zancudo, contra el cual el gringo nada pudo, que decía el panfletario de América, me venció y vapuleó. Y así fue como en un paraje  a orillas del Orinoco, los expedicionarios recalamos ante la inminencia de la noche, y levantamos carpas, que fueron atravesadas por sonoras nubes de mosquitos, que además agujereaban bluyines y nos levantaban en vilo, en un episodio de canibalismo mosquitero y terror colectivo. Hubo que salir en desbandada de allí para buscar paisajes menos hostiles, y con mosquitos no tan numerosos ni tan agresivos.

 

Es una dicha para aquellos que no sienten las picaduras. Que no están expuestos a los ataques sin misericordia de jejenes, mosquitos y zancudas, y que pueden pernoctar en medio del monte, a orillas del mar, en las riberas de los ríos, sin sufrir ningún daño. A mí que no me inviten a selvas. Ni siquiera a las denominadas fincas de asueto. No valen toldos, ni anjeos, ni insecticidas. Nada. El infierno, ¡oh!, Dante, son estos insectos que de seguro sufrió en sus expediciones el pobre Humboldt.

 

Nosotros, los alérgicos a esas picaduras siniestras, preferimos la contaminación de las ciudades, el ruido infernal de automotores, el acelere urbano, la nube de esmog, que someternos a las picantes ofensivas campestres, aunque, lo dicho, no es que estemos a salvo del todo en una urbe, como Medellín, en la que uno que otro mosquito nos pone a proferir insultos mientras nos rascamos brazos y tobillos, y sacamos a relucir el atomizador con líquido repelente. Al menos por estos contornos no atacan en masa, como los “vampiros” del Orinoco.

 

Que frente a las tropas de zancudos y mosquitos, son preferibles escorpiones y otros arácnidos, o, cómo no, algún bichito, como el que en la cocina del escritor húngaro se regocijaba destapando paquetes de comida.