Barrio con murga y eucaliptos

(Memoria con avioneta estrellada, voyerismo y un muchacho atropellado)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un sendero sombreado de eucaliptos. Perfumaban por las mañanas cuando, sintiendo los pasos sobre el rocío en la hierba, uno iba a un colegio a orillas de la autopista norte, que tenía, en su antejardín sin matas, el busto de un redentor de cemento y una torrecilla inclinada, de piedras, que a veces algunos muchachos intentaban enderezar. “Qué tontos son”, decía el director del establecimiento. “Si es la réplica criolla de la torre de Pisa”, agregaba con sorna.

 

En ocasiones, los eucaliptos susurraban como si transportaran historias aéreas desde muy lejos. Por donde la gente discurría había hojas secas y a su paso sonaban como si el mundo se estuviera resquebrajando. El barrio, con una iglesia estilo ramada, sin pretensiones de monumentalidad, estaba en una loma leve. Las calles (asfaltadas a diferencia de las de algunos barrios) se adornaban con antejardines. Las casas, casi todas muy parecidas, dado que había sido construido para trabajadores de una textilera, eran de fachadas bonitas y teja española. Cercano y casi circundándolo, había potreros extensos y arbustos. Solo los eucaliptos eran los dominadores en el paisaje próximo. Sobresalían.

 

Muy cerca del barrio pasaba (todavía lo hace, solo que ya está muerta) la quebrada El Hato. Había dos canchas de fútbol, más o menos en las inmediaciones, en las que siempre, los fines de semana, había partidos de torneos barriales y de la liga local. Había una escuela y un colegio de cristiandades. Era un sector simpático, en el que los sábados se ofrecían clases de danzas folclóricas y se repartían, desde la parroquia, mercados de caridad para algunos “pobres vergonzantes”.

 

Una noche, mientras estudiaba una composición de español y literatura, escuché las voces de unos muchachos que canturreaban La murga (“vamos a bailar la murga, la murga de Panamá”) acompañados de una guitarra. No solo me sobresaltó, sino que tuve ganas de salir a observarlos, porque les sonaba bien la canción. Era una pieza reciente que ya había volado por encima de los eucaliptos y por muchos mapas, de Willy Colón y Héctor Lavoe, como supe después. La composición que estudiaba era un análisis propio de la novela La mala hora, de García Márquez.

 

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La casa donde habitaba, con una fachada simple, una puerta ordinaria y sin ventanas, tenía una sala amplia y dos cuartos. Un patio encementado y una cocina con poyo y una poceta. Aquella estrechura nos hacía añorar otras donde habíamos vivido, enormes y con solar. No recuerdo si era embaldosada, creo que no. Tenía, eso sí, una atracción. Por el patio, en las paredes de ladrillo sin revoque, había un orificio que daba a otro, el de los vecinos, donde había tres muchachas. Se bañaban con “agua tirada” y uno podía ver una película doméstica con actrices sensuales, morenas, frescas, a través de esa mágica oquedad, propicia para el voyerismo.

 

 

Al frente, en una casa con antejardín sembrado de heliconias, vivía una dama rubia y cacheticolorada, ya entrada en años, llamada Amelia, y otras personas de las cuales no recuerdo sus nombres. Y a continuación, un señor jubilado de empresa textilera (don Próspero), su mujer (doña Maruja) y el hijo, Álvaro, que me parece ya estaba en la universidad. Había otros vecinos que casi ni se veían en la calle y por ahí, en las mañanas, pasaban peladas de colegio y trabajadores de fábricas.

 

Amelia a veces nos decía a mí y a un hermano que le lleváramos cartas a San Cristóbal, donde había un policía que ella decía que era su novio. Nos daba los pasajes y sus ojos brillaban al hacerlo. Después, al regreso, mostraba ansiedades y preguntaba acerca de su amor lejano, porque entonces todo quedaba más bien retirado. Entonces era un barrio aislado. Lindaba con las enormes instalaciones de una fábrica y mucho más lejos estaban el manicomio y un instituto para ciegos y sordomudos.

 

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En una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos…

 

Como un asunto extraño, no hice amigos y tuve la idea de ser siempre por allí un forastero. Nos miraban raro por no ser propietarios de la casa. Solo éramos inquilinos, una condición que parecía menospreciarse. El dueño de la casa era un cura. En ese barrio, llamado Santa Ana, nunca vi partidos de fútbol callejero. Quizá porque muy próximas estaban las canchas y, por lo demás, abundaban las mangas.

 

A veces, cuando me asomaba a la puerta, veía pasar muchachos con un balón. No me saludaban ni yo a ellos. No sé adónde iban a jugar. Un día se regó una noticia triste: uno de esos muchachos había sido atropellado por un bus en la autopista, porque el balón, mientras tecniqueaban, saltó a la vía y él, según se rumoró, por “salvarlo”, se atravesó. Se escucharon llantos y no me di cuenta cómo transcurrió el velorio y el entierro.

 

Junto al barrio también había una enorme finca, llamada Salento, en la que, antes de vivir allí, en Santa Ana, ya habíamos incursionado con amigotes para asaltar los palos de mango. Lázaro, el mayordomo, era tan bravo, como los perros que nos soltaba cuando nos sorprendía. Nunca pudieron alcanzarnos. A veces, la aventura terminaba con las frutas regadas y sin botín.

 

Una mañana, cuando me disponía a salir para el colegio, sentí el motor de un avión. Era ronco y lo sentía encima de mi cabeza. Mis hermanos ya se habían ido a estudiar. Era un sonido anormal y desesperante. Sentí el batacazo. “Huy, se estrelló”, me dije y al mismo tiempo salí corriendo hacia la manga. Cuando llegué, ya había dos o tres señores muy cerca al aparato despedazado. Olía a gasolina. Llegaron más personas y armaron una especie de acordonamiento. Se oyeron gritos de “¡va a estallar!”, aléjense”. No sé cuántos muertos hubo. En todo caso, los ocupantes de la avioneta no sobrevivieron.

Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro

El accidente atrajo curiosos de todas partes. Por la calle de mi casa ese día (además no fui a estudiar) desfilaron noveleros de cerca y de lejos. Vi pasar a algunos compañeros de colegio que vivían en Niquía y en Zamora. Se acabó la mañana y la gente afloraba. Se terminó la tarde, y el tumulto crecía. Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro. La romería terminó con las primeras sombras nocturnas. Después, y no sé por cuánto tiempo, siguieron llegando fisgones. Se dijo que hubo quién se llevó fragmentos de la aeronave, algún tornillo, quién sabe, como agüero o tal vez como un insólito suvenir.

 

En aquel barrio, al que después en una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos, vivimos tal vez nueve meses. Cuando nos fuimos, no extrañé muchas cosas. Solo las asomadas mañaneras por un cinematográfico hueco en la pared y las pisadas de las hojas muertas de aquellas coníferas descomunales. Ni siquiera a la señorita Amelia, que a veces nos pasaba postres de leche y arepas recién asadas.

 

Durante un tiempo soñé con el motor de una avioneta que se precipitaba a tierra y con el llanto de señoras que se lamentaban por un muchacho atropellado en la autopista.

 

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Había un bosque de eucaliptos y por ahí discurríamos hacia el colegio…

Historia de un perro abandonado

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A veces, aparecía en la calle un perro muerto. Tal vez lo habían envenenado. Uno se acercaba a ver el cadáver y veía las primeras moscas alrededor, los ojos abiertos e inmóviles del can, la indiferencia entre los mayores que pasaban, sin mirar, o escupiendo, o con ganas de vomitar. Eran tiempos de perros vagabundos. Y maltratados. No faltaban en los barrios ni en las calles céntricas. En casa, antes que un perro, tuvimos una gata rubia, que llegó de no sé dónde y se quedó un tiempo, más que por el afecto que le dábamos mamá y mis hermanos, por la presencia de ratas. De noche, se turnaba las camas, y casi al amanecer dormía a mis pies.

 

Después llegó “Sultana”, una perra criolla, amarilla y enorme. Nos la regaló una tendera de nombre Leticia, que a su vez la había adoptado cuando la encontró solitaria en la Autopista del Norte.  Era afable y alegre, y acompañó por varios meses la infancia de mis hermanos y yo. Ya a Richard, a los cuatro años, lo había mordido en la cara un perro callejero. Muchos años después, cuando lo entrevisté en un programa radial, Aníbal Vallejo, artista y protector e historiador de animales, me contó una historia. Un perro se había volado del barrio Castilla de Medellín, llegó a Bermejal, luego pasó a Bello, donde vagabundeó por distintos barrios, entre ellos “Santa Ana de los Eucaliptos” (cuando pronunció el nombre de este barrio supe que había leído mi novela El sol negro de papá, porque solo allí, en la ficción, aparece un barrio con tal nombre), hasta llegar al barrio El Rosario y morder a un muchacho de cuatro años. Él, Vallejo, que tenía el documento de sanidad con el registro del caso, creyó que ese muchacho mordido era yo, cuando, en realidad, se trataba del ya nombrado. Todo por apellidarse Spitaletta y llamarse Ricardo, digo que pudo haber sido la confusión del gran Aníbal.

 

La imagen más triste que tengo de un perro también pertenece a Bello. Sucedió, cuando yo tenía tal vez diez años, por las mangas cercanas al Búcaro, un balneario sin igual, y hoy inexistente, en la quebrada del Hato. Un grupo apedreaba a un pobre can, del cual recuerdo sus aullidos de dolor e impotencia, porque, según dijo alguno, sufría del mal de rabia y había que eliminarlo. Me invitaron a darle piedra. No fui capaz. Creo que, al contrario, sentí ganas de apedrear a los lapidadores. No recuerdo si lloré entonces, o más tarde. Pero jamás se borraron los gestos lastimeros del perrito, que al final de cuentas se quedó en silencio. Muerto.

 

Sultana, que tenía también entre sus amores a doña Elvira, una señora del barrio Bellavista, en Bello, como alternativa, porque mamá se la había regalado no sé por qué motivo, iba de tour a casa, por las noches. Le abríamos la puerta y entraba voleando la cola y con una cara que siempre creí sonriente. Se notaba que había estado en pantanos y basureros durante el camino de varios kilómetros hasta nuestra residencia del barrio Nazaret, a unas cuadras de donde estuvo el viejo cementerio de Bello. Por la mañana, se volvía a su nuevo hogar campestre, próximo a las aguas de la quebrada la García.

 

Durante muchos años, ya no tuvimos perros en casa. Hasta cuando volví a conseguir unas mascotas, más por gusto de mi hijo que por el mío. La última fue una perra gran danés, que a los seis meses parecía una vaca, preciosa y todo, pero hubo que darla en adopción porque el espacio no daba para albergarla con comodidad. Y pasó el tiempo. Y con mi mujer, hace casi dos años, adoptamos una fox terrier, que ya traía el nombre de Dana. Y entonces, con ella y por ella, recordé la voz del escritor Mario Escobar Velásquez, que me decía que los perros piensan, que entienden más de trescientas palabras (más de las que comprenden hoy muchos humanos) y que son una compañía imprescindible y amorosa.

 

Y esta memoración perruna viene al caso porque, ayer, cuando llegué a casa al mediodía, a la entrada estaba echado un precioso labrador, joven. Le pregunté a Hernando, un hombre que pasa día y noche en la esquina, qué sabía sobre el perro. “Lo bajaron de un carro y ahí lo dejaron”. Marcela, mi esposa, al enterarse, lloró y después le dio cuido y agua. Llamó a varias protectoras y en ninguna le prestaron atención. En otras, bautizadas como “fundaciones”, le dijeron que tenía que pagar para poder llevar el animal. Ella quería dejarlo en casa, pero a Dana, que además jugueteó con el labrador dorado en la acera, le entraron celos. Y bueno, por la noche, cuando volví del trabajo, el labrador no estaba por ningún lado. Pregunté al celador por si lo había visto. Nada. Queríamos dejarlo con nosotros, pese a la actitud contraria de nuestra fox terrier, que también se asomó a la ventana cuando, desde arriba, oteábamos la solitaria y anochecida calle San Martín en búsqueda del labrador que algún desalmado decidió botar en el barrio Prado, de Medellín. Hoy, mi mujer despertó llorando y yo decidí escribir esta crónica canina con el fin de desearle al perro abandonado una vida larga y feliz.

 

(Escrito en Medellín mientras la brisa de enero refresca los árboles del barrio)