Masacre en la escuela

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

N.B. No sé quién, hace poco, me envió un enlace con la versión completa de la Cantata Santa María de Iquique, del conjunto Quilapayún, de Chile. Y entonces, después de mucho tiempo, la escuché completa. Era una versión en vivo de 2006 cuando ya los integrantes del elenco estaban viejos, pero seguían cantándola con fuerza y emoción, con sus trajes negros y sus voces con carácter. Recordé los setentas, con Violetas y Jaras, con carlospueblas y soledadesbravos, y con Joan Báez y alguna canción de Paco Ibáñez. Y rescaté las siguientes notas, mientras iba escuchando la cantata, que años ha tuve en long-play, perdido para siempre en la brumosa noche de las agitaciones y los gritos juveniles de revolución.

 

El capitalismo nació chorreando sangre y lodo por todos los poros. Lo escribió Marx, en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Y, en efecto, la historia lo sigue demostrando. En procura de las ganancias sin límites se sacrifican obreros, se explotan trabajadores, se lleva al cadalso a quienes se oponen al desafuero y exigen sus derechos. Recuerdo que en los albores de la década del setenta comenzó a sonar casi sotto voce una creación del chileno Luis Advis, con la interpretación de un grupo devenido emblema de las luchas del pueblo chileno: Quilapayún. Se trataba de la Cantata Santa María de Iquique, inspirada en la masacre de obreros salitreros, acaecida el 21 de diciembre de 1907.

 

La canción se extendió por América y encendió la chispa de la indignación, en particular entre el estudiantado de entonces. Se cantaba en manifestaciones y se escuchaba en reuniones conspirativas. El pregón comenzaba así: “Señoras y señores venimos a contar/ aquello que la historia no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, fue Iquique la ciudad. / Mil novecientos siete marcó fatalidad. / Allí al pampino pobre mataron por matar”.

 

A más de cien años de aquella matanza de obreros en Chile habría que recordarla también con la evocación de otros desafueros cometidos por el capitalismo. Apenas 21 años después de sucedidos los hechos sangrientos en Iquique, en Ciénaga, Magdalena, Colombia (también en un diciembre), caían acribillados cientos de trabajadores de la United Fruit Company, cuya historia ha estado ligada a la sangre y al despojo. El gobierno colombiano, presidido por el conservador Miguel Abadía Méndez, suscribía su peonaje a las trasnacionales y al imperialismo estadounidense.

 

El general Cortés Vargas pasaba a la historia de la infamia cuando ordenó la masacre de los trabajadores bananeros. Su papel de ignominia era la defensa del capital frente a las reclamaciones justas de la obrería y, más aún, la de acallar a bala la protesta de los explotados. Aquí, por ejemplo, la literatura -más que la historia- dio testimonio de aquellos sucesos en novelas como Cien años de Soledad, de García Márquez, y La Casa Grande, de Álvaro Cepeda Samudio, y cuentos como Si no fuera por la Zona, caramba, de Ramón Illán Bacca.

 

En Chile, durante el gobierno de Pedro Montt, se ejecutaron decenas de trabajadores del salitre que estaban en huelga en Iquique. También un general (Roberto Silva Renard) fue el encargado de conducir las tropas para exterminar a los obreros y reprimir con saña a los sobrevivientes de la matanza. Muchos años después de la masacre, la Cantata seguía denunciando la vejación: “Murieron tres mil seiscientos uno tras otro. / Tres mil seiscientos mataron uno tras otro. / La Escuela Santa María vio sangre obrera, / La sangre que conocía solo miseria”.

 

En América Latina la historia de los trabajadores está signada por la represión y los crímenes del capital. Para recordar otra muestra de la inhumanidad de este sistema de oprobio, vuelven a la memoria episodios de otra masacre, la de los cementeros de Santa Bárbara, Antioquia, el 23 de febrero de 1963, cuando eran ministro del Trabajo Belisario Betancur y gobernador del departamento Fernando Gómez Martínez. La orden era la de pasar el clinker y el cemento por encima de los huelguistas. Y así ocurrió. Una descripción de los acontecimientos la hizo el dirigente sindical Emilio Ospina: “Los soldados que en la tarde del 23 de febrero de 1963 la emprendieron contra los huelguistas de Cementos El Cairo tenían una orden: ¡matar! Descargaron los golpes en los cuerpos inermes y en las puertas y ventanas desguarnecidas. Vaciaron los proveedores de sus armas sobre los hombres, mujeres y niños caídos en la carretera. Dejaron el campo cubierto de muertos y heridos y del dolor y la ira de la clase obrera”.

 

Entre los muertos estaba la niña de 10 años María Edilma Zapata, convertida en símbolo de la lucha de los trabajadores cementeros de Colombia durante muchos años, y ahora tal vez olvidada, porque estos acontecimientos la historia oficial intenta siempre borrarlos, con el desvergonzado concurso de los medios de comunicación.

 

Las masacres de Iquique, Ciénaga, Santa Bárbara, entre tantas otras, dan fe del comportamiento del capitalismo frente a los trabajadores. Unas veces se acude a la fuerza; en otras, a la ley. Se modifican constituciones, se legisla contra el asalariado, se realizan reformas antipopulares, como ha sucedido en Colombia desde hace años. En diversas partes del mundo se siguen recordando los hechos de la escuela Santa María y se rinden homenajes a las víctimas de hace más de una centuria, enterradas en una fosa común por los militares chilenos. Sobre la cifra de muertos, así como sucedería con la de Ciénaga, no hay exactitud. Pero lo real es que en una y otra hubo una matanza de proporciones enormes. Las cifras de la de Chile oscilan entre 2.200 y 3.600 obreros asesinados.

 

La sonata vuelve a sonar. No como un asunto de nostalgia, sino de aporte a la historia de la clase obrera. Y como dice su canción final, la historia puede repetirse si no hay una actitud de lucha frente al atropello. Los héroes de Iquique vigilan. “Ustedes que ya escucharon / la historia que se contó / no sigan allí sentados / pensando que ya pasó…”.

 

http://www.youtube.com/watch?v=wd62_8xAHf4