El niño que Carrasquilla lleva adentro

Por Reinaldo Spitaletta

El maestro Tomás Carrasquilla, el mismo que empelotó la denominada antioqueñidad, que mostró los vicios y virtudes de un pueblo que en muchos casos ha sufrido de complejo de superioridad y que ha tenido como rasgos clave de su identidad la simulación y el arribismo, es un escritor cuya obra, como lo dijera Unamuno,  “sabe a lugar, sabe a tiempo y sabe a humanidad”.

Tal vez, sus novelas y cuentos, sus crónicas y ensayos, su producción diversa, han servido más a historiadores que a literatos, porque es posible, a través de su lectura y análisis, desentrañar mentalidades y costumbres, que permiten radiografías sociales y de otras índoles, con base en el conocimiento de “archivos orales”, de la observación precisa y honda y de los saberes múltiples que el escritor vierte en su obra.

Carrasquilla, el primer escritor “profesional” que hubo en estos breñales antioqueños, aquel que desarrolló el poder de observación y de escucha, que con su bisturí de palabras y de conocimiento de la lengua, en sus vertientes de élites y del uso popular, pintó un amplio fresco de comportamientos, rituales, personalidades y paisajes. La memoria y el territorio son transversales en su obra. Y es reconocida su maestría en la confección de personajes infantiles y de mujeres, como se puede apreciar en numerosas de sus creaciones.

Los niños y mujeres de este autor, que fue bohemio, sastre, minero y juez, se pasean por novelas y cuentos como Simón el mago, La marquesa de Yolombó, Grandeza, Ligia Cruz, Rogelio, El Zarco, San Antoñito, Blanca, El rifle y Entrañas de niño. Además, como alguien lo expresara, de ser el dueño de todos los tesoros de la lengua castellana, que recupera el habla popular, aparte de tradiciones, leyendas y consejas, su obra lo erige como un observador delicado y audaz, y en un historiador de las manifestaciones típicas del pueblo.

Y en este punto, quiero hablar (que Carrasquilla es, según Rafael Maya, el “creador de la novela hablada” en América) de su novela Entrañas de niño, un testamento de un viejo que torna a mediante el ejercicio de la memoria a sus tiempos de infancia, cuando aún no alcanzaba lo que la Iglesia denominaba “uso de razón” (en una mirada de los clérigos distinta a la de los ilustrados), en que desde el epígrafe el lector percibe que se topará con asuntos de la memoria, “combustible de tu hermana la inteligencia”.

Si el lector quisiera, por ejemplo, hacer inventarios botánicos (como puede pasar, digamos, en Grandeza) los podrá efectuar en este texto multifacético. Si alguien se propusiera una lectura para consagrarse solo a los elementos de la arquitectura, hallará en esta obra riquezas a granel. Y si se trazara como objetivo una búsqueda de cómo maneja el novelista vestuarios, ceremonias y rituales religiosos, oraciones y eucologios, los hallará como parte del caudal de riquezas culturales que en esta obra se depositan.

Entrañas de niño, que sucede en Santafé de Antioquia, que en la ficción toma el nombre de Santa Cruz de Badillo (“la ciudad de nuestros blasones antioqueños”), en tiempos en que la república todavía es joven y los rezagos coloniales perviven, da cuenta de aspectos que tocan con la esclavitud (también con su abolición), que se manifiesta en la criada Tula, con los modos de ser aristocráticos, con curas e iglesias, con semana santas, y con la presencia de un lenguaje pleno de giros musicales y palabras que tal vez ya son parte de lo que se ha ido.

En esta novela, en la que el lector puede hacer un viaje arqueológico por devocionarios y rosarios vespertinos y matutinos, se pueden encontrar rastros del antiquísimo padre Astete y de su obra, que al protagonista, el niño Paquito Santos, le daba la impresión de que todo lo que tuviera que ver con el catecismo de aquel jesuita español “le parecía feo y aburridor sobremanera”. Ah, y el mismo hipocorístico (Paco, Paquito) da idea de los tiempos de la novela. Hoy, en Antioquia y en el resto del país, a los Franciscos ya nadie les dice Paco, sino Pacho. Por lo demás, en el siglo XIX se volvió a poner en boga el nombre de Francisco, más que por un recuerdo del “único auténtico santo” que ha tenido la Iglesia, San Francisco de Asís, por San Francisco Javier, precursor en el siglo XVI de la Compañía de Jesús.

Un leitmotiv de la obra tiene que ver con el sentimiento de culpa, el que experimenta el muchachito, que posiciona como ejes de sus afectos a su madre, su abuela, su “niñera” Tula y, sobre todo, su perro Mentor. El haber torturado un sapo, una especie de pilatuna que durante muchos años se practicó entre los infantes que destrozaban batracios o mataban pájaros a caucherazos, mortifica a Paquito, sometido a castigos y penitencias por su acto de crueldad.

Paquito, un infante perturbado por la belleza (“más que la grandeza del poderío, me deslumbraba la de lo bello”), sufrirá los pesos y contrapesos de lo que la religión considera pecaminoso y estará pendiente, no sin sufrimientos, de llegar a la “mayoría de edad”, o, de otra manera, de alcanzar el “uso de razón”, que puede obtenerse, de acuerdo con cánones católicos, con la primera comunión.  Llegar a los nueve años y no poder estar en esa situación cumbre, mantiene en vilo anímico al muchacho.

Varias culpas maltratan y persiguen al chico, que ama por encima de todas las cosas a su abuela Vira, pero que tiene en su madre y en su perro, una suerte de paño de lágrimas. El escupir a Cándida, por ejemplo, lo asimila a lo que él cree son los judíos (que solo los conocía por la Semana Santa), seres que escupen a otros. Hay que recordar en este punto, que durante años en Antioquia (quizá en otras regiones también) se consideraba judíos a los que mataron al Cristo, y se confundía a los soldados romanos con los practicantes del judaísmo (¿antisemitismo antioqueño?).

Entrañas de niño es un recorrido de fascinación por tierras cálidas, por olores a frutales, por tamarindos y ciruelos, por tormentas en las que hay que quemar ramo bendito para conjurarlas. En algunos apartados, es un reencuentro con aspectos del Quijote, con la Inquisición, con la quema de libros. Se van a pique libros del abuelo cubano de Paquito, como Apuntes romanos, Las ruinas de Palmira, El conde de Montecristo, El Judío Errante, y lo que tenían que ver con Voltaire y su espíritu revolucionario.

También la lectura de esta novela, llena de matices y de conocimiento del alma infantil, puede ser un reencuentro con palabras que poco se usan en la contemporaneidad, como “langaruto”, “sorombático” (“zurumbático”), “tuntuniento”, “tagarote”, parte de un tiempo en el que lo colonial se revolvía con ideas republicanas. Una novela que da cuenta de la “negridad” o de la presencia africana en la antigua capital de la provincia de Antioquia, en la que “había más esclavos que amos, porque toda el África tiene allí representantes. Todo ese ébano lleva los apellidos coruscantes de sus antiguos dueños”.

El narrador, un viejo que se vuelve joven, mejor dicho, niño, mezcla con acierto los tiempos de la madurez con la infancia lejana. Se aleja y aproxima, según las necesidades del tejido literario. Es probable que Entrañas de niño posea elementos autobiográficos, lo que es dado, al mirar de Fernando González, solo a las “obras maestras”.

Hay tonos de letanía (‘Turris eburnea’), de contradanzas y de luz de luna. Una obra en la que se puede apreciar de nuevo el vuelo de Clavileño (que, como se sabe, nunca despegó) o la presencia de un caballo persa, en la que el novelista torna a mostrar sus dotes de narrador, de excelso manejador del diálogo, de su conocimiento tanto del pueblo como de la aristocracia. Entrañas de niño termina en una escena de dolores, en la que Paquito tiene ganas de que todos se mueran y de que se acabe el mundo. Entre tanto, ¿el perro Mentor dónde andará, dónde se habrá ido?

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