El navegante Saramago

(El cuento de la isla desconocida, una reinterpretación de la utopía y el amor)

 

“Salir de aquí, esa es mi meta”

Kafka

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El cuento de la isla desconocida, de José Saramago, tiene varios planos alegóricos. Uno, es una referencia a las utopías a modo de metáfora, a las mismas que son capaces de transformar el interior humano dándole motivos para la movilidad mental y física, para la búsqueda y la idealización —y transformación— del mundo. Es un desafío de un hombre al poder, a la estratificación, a la servidumbre. Utopía, como se sabe, es un lugar inexistente en el cual hay tiempo, más que para el trabajo, para las ensoñaciones y la creatividad.

 

El cuento entra de inmediato en un mundo en el que se pone a prueba una autoridad, la del rey, por un alguien innombrado que quiere un barco, sin ser navegante, sin saber nada de los mares y sus conmociones. Su actitud inicial es la de la fe en sí mismo. Una convicción. No se arredra ante los significados del poder, que mantiene a los otros, a los del adentro y el afuera, subyugados. “Dame un barco” es una impetración que no tiene nada que ver con una limosna. Es, si se le mide en su dimensión real, una suerte de exigencia o, en otro ámbito, de ejercicio de un derecho.

 

El visitante de palacio, que se ha parado en la puerta de las peticiones, está siempre enfocado por el narrador que, como se verá más adelante, le da a una mujer que es parte de la servidumbre real, una visión de ser secundario, que no puede ir más allá de la obediencia. Pero habrá una transmutación de roles, y la innominada dama se erigirá en una parte esencial del relato y de su dinámica y fuerza interior.

 

Más que para ser leído, el de Saramago es un cuento para escucharse. Y en esa condición y sentido, la estructura está construida con la tradición, desde los tiempos de la oralidad, cuando narrar historias era parte de la vida cotidiana y de las veladas para mejorar el sueño. Hay, si se quiere, una evocación de Las mil y una noches, de las consejas y maneras de contar en tiempos remotos. El narrador parece estar sentado alrededor de un fuego, de un hogar, de una noche milenaria en la que hay escuchas bajo las estrellas. Sin embargo, puede ser engañosa la forma, porque, creo, se trata de una estructura moderna que se hace préstamos de lo antiguo, por seductor, y porque tal manera de contar no deja de maravillar.

 

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José Saramago

 

Lo moderno, pese a hablar de reyes y servidumbres, está conectado con el sujeto, con dos personajes que, sin requerir de nombres, van tejiendo una aventura que tendrá un inesperado como utópico final. La fuerza del tejido está en los interrogantes que se plantean en torno a un barco (una carabela), sobre quiénes serán los tripulantes, cómo se echará a la mar, y, en particular, acerca de cómo los implicados, un hombre del que no se sabe nada de su pasado y una mujer del servicio de su majestad, van metiéndose en el mundo del lenguaje marino, de qué es una carabela y sus diferencias, por ejemplo, con un paquebote (nave para repartir correo de puerto en puerto).

 

El hombre que llega al palacio puede tener ecos de la literatura kafkiana, de su modo de criticar la burocracia y de observar el papel de la ley (si hubiera pocas leyes, todo el pueblo sería jurisconsulto, dice Tomás Moro). Pero con una variante: el que está pidiendo un barco no cejará, no se rendirá. Es un persistente que estará en guardia tres días tras las cuales doblegará al rey, que en un comienzo lo ve como un descarriado, un enloquecido. Este hombre pondrá en dificultades a su majestad, lo hará trastabillar y lo pondrá en aprietos frente al saber geográfico, ante sus propiedades infinitas y las posibilidades del conocimiento.

 

El que ha llegado con una presencia diferente, si se quiere subversiva, no pestañea ante la autoridad. Sabe a lo que va y está dispuesto a no retroceder. Para el rey es, en principio, una charada o una bufonada que alguien quiera un barco para buscar una isla desconocida. Para él ya todo está descubierto, todo se sabe, y cómo va a ser posible que exista una isla de la que él no sepa y, por lo demás, no sea suya. El aparecido pone a flaquear el mando real. Y, tras haber dentro de los impetrantes que hacen fila en la puerta de los obsequios un malestar por la espera, el soberano, que ha visto alterado el orden, le da el barco.

 

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En este cuento, publicado en 1999, Saramago torna a experimentos formales en la puntuación: reemplaza con comas los dos puntos y con mayúsculas los guiones de diálogo: “El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene, Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontrará algunas, Cuál, Aquél”.

 

Ah, y aparte de sus conexiones con la utopía, los sueños, las búsquedas de otros mundos, los cuestionamientos al poder, se trata de un cuento de amor. Un hermoso cuento de amor. Aquí podríamos recordar a Pessoa cuando advertía, no sin guasa, que las cartas de amor son ridículas (“Las cartas de amor, si hay amor, / tienen que ser ridículas”). En cambio, por contraste, los cuentos de amor, no. Están cocinados con los ingredientes humanos, sin recetas, sin apariencias, como el que Saramago realiza con su isla desconocida. Una mujer del servicio que, al ver la capacidad y carácter de un peticionario, decide en un acto de absoluta libertad irse con él a buscar en una carabela una isla desconocida. Ella sigue la aparente locura del tipo que, ante todo, mantiene un grado de obcecación como el de los antiguos navegantes portugueses del siglo XV y XVI.

 

Y si el hombre se muestra con su obsesión intacta, o no, más bien creciente, ella, que apoya la aventura, es más pragmática. Y si él ve velas, timones, mares, vientos, ella lo ve a él como una posibilidad de encuentro, de conexiones más cercanas, más piel y acercamiento que navegaciones. Un recurso de maravilla emplea el escritor y es el del soñar, en una situación que retoma, a su manera, la leyenda bíblica del arca de Noé, de las parejas de animales y, claro, de unas parejas humanas que garanticen la pervivencia y la reproducción. La vida.

 

El sueño de la carabela, cuando no hay marineros, cuando no hay buen viento ni buena mar, es una representación audaz de cómo la utopía puede ser posible y habrá descubrimientos y el mundo será distinto. El amor no está ni a babor ni a estribor, ni en la proa ni en la popa. Es un sueño que se hace realidad sin coordenadas, sin astrolabio ni brújula. Y permite nuevas posibilidades del conocimiento de sí mismo.

 

El mar tenebroso adquiere en este cuento una intensa luz que lo hará navegar sin miedos y con la convicción de que al otro lado de la vida siempre habrá una claridad inesperada. Hay que tener ojos para la isla desconocida y, también, para ver en el otro el complemento a una aventura sin fin. Lo importante es el caminar (o navegar) y no el llegar.

 

P.S. Hace años, en Medellín, el Pequeño Teatro y Rodrigo Saldarriaga realizaron una bella representación, en una atmósfera penumbrosa y sugerente, del cuento de Saramago.

 

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José Saramago, ilustración de Manuel Romero.

Reflejos en una retina desgarrada

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tal vez, uno de los temores más angustiosos de mucha gente es a perder los dientes o a quedarse ciego. Hay miedos a lo desconocido, a la oscuridad, a las calles solitarias. Miedo a la muerte y a la cárcel. A una condena, estilo Josef K, o a quedarse sin trabajo en tiempos de crisis. Creo no tener, después de superar decenas de ellos, miedo a nada. Ni a la nada. Sin embargo, hace unos dos o tres meses, comencé a ver cocuyitos, hormiguitas voladoras, diminutas sombras flotantes. Y todo, por el ojo derecho, que es el más miope de los dos.

 

¿Me estaré quedando ciego?, me pregunté, mientras atravesaba, en caminada de recreo, el Parque Obrero, y miraba la escultura de Bernardo Vieco, junto de la cual varios muchachos hacían gimnasia y mostraban sus pectorales y bíceps hipertrofiados. La mosquitería se movía dentro de mí. Continué la marcha, intentado hacer caso omiso a los centelleos interiores. Las sombritas móviles prosiguieron, con su fastidiosa invasión.
Debido a las tardanzas en una cita médica de la empresa de salud a la que estoy afiliado, tuve que pagar una consulta particular. El diagnóstico fue el de agujeros en la retina y que había que intervenir el ojo mediante un procedimiento con láser. Después de idas y vueltas a la poco salubre entidad, de filas y esperas, de preguntas por aquí y por allá, y demoras del coordinador que jamás estaba, pude obtener, tras protestas mías y dilaciones de ellos, una cita de urgencia, una orden de remisión para una clínica especializada.
Cuando, tras los papeleos del caso, la retinóloga me examinó, de inmediato advirtió que había que operar con el ya célebre sistema de radiaciones. “Por favor, espéreme una hora”. La clínica está diseñada para clientes-pacientes con problemas ópticos. En los ascensores, voces pregrabadas de mujer dicen el número del piso y anuncian la apertura y cierre de las puertas. Uno se siente como en una nave espacial. Yo, con las pupilas dilatadas (porque me echaron las gotas pertinentes en ambos ojos), descendí del séptimo piso al primero, a esperar el momento de ingresar a la sala de procedimientos con láser. Y en algún instante, y como un advenimiento de sorpresa, recordé un cuento de H.G. Wells, que había leído hacía años: El país de los ciegos. Había un hombre que rodaba por la nieve y caía en un extraño mundo en el que su vista no le servía para nada. Su caída terminó en un territorio en el que, él, vidente, era allí una suerte de discapacitado, un limitado, un inválido al que el sentido de la vista lo perjudicaba. Era un estorbo. Y ahí comenzaba el drama del tipo.
También recordé, cuando una enfermera salió de un consultorio y me echó otra dosis de gotas para dilatarme aún más la pupila y, además, me dio a tomar un analgésico, recordé, digo, la vez que visité en Buenos Aires, en el barrio Almagro, una biblioteca para ciegos. Tenía a la entrada un aviso dorado, refulgente, para llamar la atención de los que sí pueden ver. Pero lo que me deslumbró no fueron aquellos brillos, ni los portones grises, ni la construcción antigua de siete pisos con balconcitos enrejados, sino el encontrarme en un enorme salón abarrotado de estanterías en la que descansaban libros, casi todos de un rojo oscuro, que yo no podía leer. Estaban escritos en braille, un sistema de lectura y de escritura para ciegos, que se puede aprender en pocas semanas.
Subí al entrepiso por unas escaleras de mármol blanco. En el camino, casi me tropiezo con dos invidentes. Creí que se habían reído de mi torpeza. Me agarraba al pasamano como si el ciego fuera yo y no ellos. En un pasillo vi un cuadro con la efigie de alguien sin ojos, y más allá, el busto del creador de la biblioteca, el ciego español Julián Baquero.
En la sala de espera de la clínica yo veía todo borroso. Escuchaba voces, veía, o mejor dicho, intuía bultos sentados. No sé por qué recordé que Shakespeare había escrito no sé en cuál de sus obras una frase que me intimidó: “La oscuridad que ven los ciegos”. Aquella tarde, era ya como la una, mis recordaciones eran muy literarias. Repasé imágenes del Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, y supuse qué pasaría a esa hora si en Medellín, una ciudad atiborrada de vehículos, contaminada y calurosa, sobre todo en su parte central, todos los que iban manejando quedaran ciegos de súbito.
Volví a los distantes espacios de la biblioteca porteña, que había sido la primera en su género creada en América Latina. Me puse a detallar anaqueles y mesitas y fue cuando advertí que una ciega avanzó a una velocidad insospechada. Venía directa hacia mí. “Nos chocaremos”, pensé, pero, de pronto, cuando ya estaba muy cerca, hizo un giro veloz, me esquivó y continuó con sus pasos afanados hacia una estantería. Tomó un libro y comenzó a leerlo con las manos.
En aquella biblioteca, los volúmenes en braille ocupan más espacio que si estuvieran escritos en la forma tradicional para videntes. Se quintuplican, porque solo están escritos por un lado de la hoja. Esa entidad tenía copistas voluntarios y había una imprenta computarizada, que para aquella época, 1994, era un avance, con la que publicaban tres revistas: Hacia la luz, Burbujas (para niños ciegos) y Con Fundamento (para jóvenes). También había libros parlantes (hoy denominados audiolibros) y una revista oral (La rosa blanca), que grababan las mejores voces de la radio de Buenos Aires.
Mientras esperaba el momento de la intervención, pensaba también en mi desgarre retinal, en que, además, la especialista, de nombre Diana Hernández, al momento del examen, me había dicho que el otro ojo, tarde o temprano,  también iba a agujerearse. Mejor dicho, el temor de la ceguera me estaba asediando. La asistente se acercó de nuevo y me ofreció otra pastilla, porque era mejor, según ella, prevenir molestias. El agua del vasito desechable me cayó bien.
Recordé a Zoraida Vélez, personaje de La casa de las dos palmas, mujer que reinventa el mundo a través de los sentidos, una ciega que ve hacia adentro y aprende a recorrer los espacios como si en realidad pudiera ver. También recordé a Manuel Mejía, autor de la novela, cuando en su casa-finca nos contó que para poder diseñar aquel personaje, que era como el resplandor extinguido de un arrebol, “tuve que hacerme el ciego y caminar a tientas por cuartos y pasillos”, dijo.
No sé cuánto tiempo transcurrió. De pronto, escuché mi nombre. La asistente me mandó a pasar. Me senté frente a un aparato óptico. La muchacha me decía que si estaba tranquilo, creo que sonreía. “Sí, estaba recordando una biblioteca para ciegos y a una ciega”. Se rió y pudo haber pensado que yo estaba un tanto corrido de la cabeza. Al rato, apareció la oftalmóloga. Saludó con cortesía. Se sentó al otro lado de los enormes binoculares. Explicó en qué consistiría la intervención. Y luego comenzó su labor. Tal vez pasaron unos quince o veinte minutos, quizá mucho más. Y yo sentía que mi ojo se quemaba, dolía, ardía. Las descargas me hacían imaginar que, por ejemplo, si me parara bruscamente de allí, qué podría suceder, ¿quedaría ciego o qué?
Como una manera de escaparme de aquel escenario, torné a los recuerdos de la biblioteca. Había muchos libros que yo no podía leer. Allí yo era un analfabeto. Y mis manos estaban ciegas. Me estremecí. No sabía si en aquel espacio estaría el relato de Wells, que tanto me había impactado. Igual, de haber estado, de nada me hubiera servido, a mí, un pobre vidente, un homo videns, un tipo que ve.
“Listo, por ahora”, dijo la retinóloga. “Revisión en mes y medio”, agregó. Se despidió y salió por otra puerta. Tras una corta espera, me levanté y caminé despacio. La luz de afuera me golpeó. A la entrada de la clínica, tomé un taxi. En ese momento, volví a preguntarme con aprensión qué pasaría si en Medellín todos (o casi todos) quedaran ciegos. Comencé a lagrimear. Los rayos del sol me estaban hiriendo.

Pintura de James Christensen, una revisión de la Parábola de los ciegos, de Brueghel el Viejo.