Gardel y un libro salvado de la basura

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Frente a todas las miserias y exclusiones, los habitantes (o penitentes) del llamado Tercer Mundo tienen un arma de prodigio contra los desamparos: la imaginación. Y en este punto, la basura se convierte en una posibilidad de transformaciones y usos inesperados, como acontece con la propuesta que realiza el artista brasileño Vic Muniz con los recicladores de Sao Paulo, a los que les enseña una estética desde los desechos.

 

Asimismo, en Paraguay, un director de orquesta y un profesor de música, llegaron hace algún tiempo hasta los vertederos de un barrio de Asunción, en el que descubrieron cómo transformar la basura en herramientas musicales. Con instrumentos reciclados y materiales desechables, además de dictar clases de música, lograron sensibilizar a la población y montar la Recycled Orchestra (O6rgkCUstaE).

 

Hace unos diez años, conocí en Medellín unos recicladores que recuperaban libros de las basuras. Uno de ellos, llamado Miguel Espinosa, distribuyó entre periodistas y escritores de la ciudad, ejemplares conseguidos de esa manera, en los que había joyas bibliográficas, con el fin de que se escribieran notas al respecto. Se trataba de publicar un libro sobre los hallazgos. A mí me correspondió al azar la Historia de la mitología griega y romana, de V. González, editado por Saturnino Calleja, en Madrid, sin fecha. En el lomo, al título se le agregaba en letras doradas: “para niños”.

 

El libro tembló en mis manos, o quizá haya sido al contrario. Era yo quien temblaba en las manos viejas del ejemplar. Tenía el aspecto de aquellos textos que permanecen guardados en escaparates de antepasados, a la espera de un incierto lector. De inmediato, torné a los días de infancia, cuando mamá nos leía los cuentos de Calleja, que venían en cofres de fantasía y que ella había heredado de su abuelo, un arriero de aventuras múltiples y parla infinita, que hacía viajes entre Rionegro y Urrao. Recordé entonces a Juan el Poca, El tesoro del rey de Egipto y otros, que, con el tiempo, supe que el editor los tomaba de otros autores, los adaptaba y ni siquiera les daba crédito, como Pinocho, Hansel y Gretel, Platero y yo, y cuentos de Las mil y una noches. Todo este aparataje del madrileño puede ser parte del origen de la piratería de libros. Y del plagio, que el delito es cosa de nunca terminar.

 

Calleja había sido para mí, parte de una mitología de infancia. Al abrir el libro, y puede parecer increíble o inverosímil, en el revés de la portada había una foto de Carlos Gardel, con la leyenda: “al querido y simpático pueblo colombiano”, con su firma autógrafa. Supuse que el dueño de esa antigualla la había pegado, recortada de algún diario. Después, vi a Saturno, alado, barbiblanco y con una hoz al hombro. Tal vez miraba con desprecio a los humanos y los devoraba a punta del infatigable tiempo. Y ahí, entre la imagen del dios y la portada, estaba el Zorzal Criollo, que, para sus admiradores, es otra suerte de deidad iluminada. Quien la había fijado allí tenía razón: Gardel, un miembro más de las infinitas mitologías.

 

El libro ilustrado trataba de la asamblea de dioses. Hablaba del Caos, del aire y la noche, del éter y de la fortuna. Más adelante, me encontré con Neptuno, tridente en su mano derecha, galopando de pie sobre dos corceles blancos, en un mar encrespado. Y me topé con Polifemo, cíclope de Sicilia, y, claro, con Odiseo. Y en este lugar de la fascinación, escuché de nuevo la voz de mamá que cantaba Silencio, un tango de Gardel, evocador de guerras y soledades: Silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa. Era un libro de voces y músicas, en el que el rumor del mar se mezclaba con el espejo de Narciso.

 

A Espinosa, según supe, nadie le paró bolas para publicar un libro de crónicas e impresiones, con los escritores invitados, que hablara de cada ejemplar recuperado del olvido que son las basuras. No le creyeron. Tal vez le dijeron que “eso no vende”. A quién diablos le importan los libros que sobreviven en los residuos. Para mí fue una reedición de la infancia, con los libritos de Calleja, con la voz de mamá que interpretaba tangos de Gardel y relataba aventuras de hombres tragados por ballenas y de piratas de un solo ojo.

 

Aquel temblor que sentí con aquellas páginas que alguien tiró al tacho, me removió la imaginación al ver la barca de Caronte sobre las negras aguas que conducen al infierno y escuchar la voz del inevitable Mudo al anunciar que “siempre se vuelve al primer amor”. Y ese amor primero es la infancia, la misma que los poetas (o algunos de ellos, como Rilke) dicen que es la única patria del hombre.

     

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