La simple belleza de vivir

(Todos nuestros ayeres, una novela de familia enmarcada por la guerra y la muerte)

 

Todos Nuestros Ayeres Por Natalia Ginzburg (1d) - Bs. 577.500,00 ...

Novela sobre la vida simple, la guerra y la memoria

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Había una familia antes de la guerra, con un padre agnóstico y una madre muerta, una casa en Turín, una muchacha que parecía observarlo todo desde una distancia interior y una novela. Había una señora que creía que vestirse como una cocotte era una elegancia, y un hombre, el padre de cuatro muchachos, que escribía sus memorias antifascistas que después convertiría en cenizas, como él mismo (polvo eres). Y había una escritora italiana, nacida en Palermo y crecida en Turín, que descubrió que el mundo de lo doméstico era un universo inmenso a través del cual podía observarse al hombre y sus derivadas.

 

Novelas de guerra, las que quiera. Unas con la guerra en vivo y en directo, otras con la guerra en segundo plano. Novelas sobre la primera y segunda guerras del siglo XX, tantísimas. Y esta que tiene una voz narradora cercana a una de las protagonistas, pero que nos va acercando a la historia, sin pretensiones de sabiondez, con un tono íntimo, que nos pone a los lectores como si fuéramos unos voyeristas, o gateadores, o fisgones. Una narradora que nos va acercando a los personajes, como sin querer queriendo, y nos deja, al fin de cuentas, sin aliento. Creo que en Todos nuestros ayeres, de Natalia Ginzburg (Natalia Levi, de soltera), la atracción mayor está en la manera (falsamente simple) de narrar sin pretensiones ni grandilocuencia.

 

Es una novela distinta en la que la guerra está y no está. Puede aparecer lejana para, de pronto, estar bajo los bombardeos en Turín, en refugios antiaéreos, en un pueblo del sur de Italia lleno de soldados alemanes y en los muertos que nos van doliendo, nos van minando, es un retrato muy particular de lo ominoso e inútil de las guerras y de lo que estas se van llevando. La familia y los allegados, los amigos de esa familia (los vecinos), son el reparto de una novela en la que aparece un personaje como Anna, en apariencia ausente, que tiene una mirada inocente y dura, una mirada que puede ser tierna y analítica.

 

Todos nuestros ayeres es una novela en dos partes sobre la guerra. En la primera, la definición del ambiente familiar, la aparición breve del padre, no creyente y antifascista, al que le parece inútil cualquier rezo y la existencia de Dios. Es un hombre de caprichos inveterados, que quiere dejar una constancia, aparte de las de sus cuatro hijos: una memoria, a la que va a estar muy unido su hijo Ippolito, que puede ser una suerte de muchacho esclavizado por su padre, pero es quien está más cerca de él, es quien le lee el Fausto, el que le escucha las peroratas de lo que está escribiendo contra Mussolini, contra el rey, contra los que fueron socialistas y luego se sumaron a la corriente del Duce y arrojaron por la borda cualquier pretensión de cambios hondos en la sociedad.

 

Todos Nuestros Ayeres - Natalia Ginzburg - $ 350,00 en Mercado Libre

 

En la segunda parte estará, aunque ya manifiesto en la primera, un poco lejano al principio, como una figura importante que es amigo del padre y manda chocolatinas desde lejanías, el que, me parece, es el protagonista de la novela: Cenzo Rena, un hombre mayor que habita en un castillo sin lujos, sin arquitectura gótica, nada de más, al sur de Italia, donde transcurre buena parte de la obra. Rena se convertirá al final en una especie de héroe, con su actitud de desprendimiento, producto quizá no solo de una posición humanista, sino de su cansancio ante la guerra y sus desmanes.

 

El título de la novela, así como su epígrafe, están tomados de la tragedia de Macbeth, de Shakespeare. En la escena quinta del quinto acto, Macbeth pronuncia unas palabras: “y todos nuestros ayeres han alumbrado a los tontos el camino hacia el polvo de la muerte…”, que, bien visto, se resuelven en la obra de Ginzburg, una novelista y ensayista que siempre tuvo a la familia como un motivo literario. La familia y la casa son esenciales en la narrativa de esta italiana que también fue una destacada militante del Partido Comunista de su país.

 

Todos nuestros ayeres se inicia con los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial y, después, aparece en el trasfondo la invasión alemana a Polonia en septiembre de 1939, que se constituyó en el estallido de una conflagración más aterradora que todas las guerras que en el mundo habían sido. Y la guerra, sin ser una obra que se desarrolle en el frente, en las líneas de fuego, está ahí, afectando a los personajes, la geografía en la que habitan, sus relaciones, sus posiciones políticas, sus miedos y desazones.

 

En la novela están el cine, los libros, el colegio, los periódicos clandestinos, las persecuciones. Se hilvana un tejido acerca de la amistad, los amores furtivos, los matrimonios, la vida que transcurre en medio de un conflicto que, si bien está lejano, o es la impresión que el narrador o narradora quiere dar, va a afectar a todos los personajes. Y, como con cierta sutileza, aparece la voz del poeta Eugenio Montale que Giuma recita con frecuencia: “Una hora y me devuelve Cumerlotti / a Lakmé en un aire de cascabeles / o era verdad el estrafalario / mudarse de mi vida / cuando oí estallar sobre los arrecifes / la bomba bailarina”.

 

La temporalidad va desde los preámbulos de la guerra hasta la caída de Mussolini, y cómo el mundo exterior se ve reflejado o proyectado en lo doméstico, en la cotidianidad de un pueblito como San Costanzo, en ese sur de campesinos y gentes pobres, donde surgirán personajes como Giuseppe, el sargento, la Maschiona, y donde transcurrirá buena parte de las relaciones de Anna, su marido viejo y su hija (que no es de su marido), con la presencia del turco, de judíos como Franz y de un sujeto clave en la recta final de la obra: el camarero, un soldado alemán apostado en ese pueblo olvidado.

 

Turín es mucho más - Blog Viajes El Corte Inglés

Turín, ciudad  italiana en la que transcurre parte de la obra

 

En medio de una especie de “normalidad”, se van indicando momentos clave de la guerra, como la invasión nazi a Noruega, el pacto de no agresión entre Stalin y Hitler, la invasión alemana a Rusia, que desencadenará la decadencia y derrota del Reich y, del otro lado, el régimen de Vichy en Francia. Y hay personajes de la novela que se unirán a los partisanos, a la guerrilla antifascista italiana y algunos se encargarán de la voladura de trenes. En un tejido impecable, la narración discurre de modo lineal, sin experimentos ni poses de revolución literaria, en el que el lector se va envolviendo con los hilos de la historia.

 

En apariencia es una narración discreta, sin petulancias ni espectacularidades, en que las vidas de los personajes, unidas por distintos intereses además de lazos sanguíneos y la amistad, transcurren de una forma en la que, nosotros, los lectores, aparecemos como testigos. Observadores de balcón que, de pronto, están —o estamos— involucrados. Y se sienten las angustias, las respiraciones dificultosas. Y vamos viendo la muerte, sí, la de un hombre que se suicida quizá para no tener que ir a la guerra (“para dejar constancia de que nadie debía ir a la guerra”), y la de su perro que morirá después. Hay historias de amor y de ausencias, en medio de bombarderos y de la presencia, lenta y definitiva, de los ingleses que van entrando por el sur de Italia y son una especie de esperanza para los sometidos por los alemanes y el fascismo interior.

 

Y si unos personajes son parte de la resistencia, habrá otros que irán hasta el frente ruso. Y todas las peripecias avanzan de modo natural, si es que cabe esta expresión en un momento cumbre (mas no estelar) de la humanidad, de su destrucción. Insisto en que la distancia del narrador no es mucha, está más bien cerca de los personajes, en particular de Anna y de Cenzo Rena. Y no se complica con diálogos, sino que los incluye con habilidad con una técnica muy de la señora Ginzburg. Cuenta de uno y cuenta de otro. Y cose con sapiencia. Es la complejidad mostrada de manera simple, que resulta después de un trabajo arduo, de lecturas, de intensas escrituras, de la búsqueda inicial del estilo, de la voz propia.

 

Villar San Costanzo - Wikipedia, la enciclopedia libre

San Costanzo

“Llegaron el turco y Franz una mañana temprano, Cenzo Rena estaba haciendo sus abluciones en el barreño y Anna desde la ventana le dijo que Franz y el turco venían juntos”. Es una narración sin complicaciones, sin pretensiones de grandeza. Transcurre y listo. Anuncia, teje, hilvana, desteje, como una Penélope de las palabras y las frases y el transcurso de la vida y de la muerte. “La última carta de Concettina poco antes del armisticio decía que Giustino estaba en Turín, pero luego no se habían recibido más cartas, y Cenzo Rena decía que era inútil escribir, Italia estaba completamente rota y una carta tardaba en llegar días y días, y cuando llegaba ya no era verdad nada de lo que estaba escrito en ella”.

 

Decía que los diálogos están ausentes en el sentido de la estructura, pero sí aparecen implícitos gracias a que la narradora los involucra de modo indirecto, en tono y forma coloquiales, como si ella fuera la intérprete, la mediadora de los personajes, a los que hace hablar con su voz. Otro aspecto que se puede explorar en la estupenda novela de la italiana es el rol de las mujeres, su lado oprimido, su actuación en segundo plano, sus sufrimientos silenciosos, que se pueden apreciar en Anna o, incluso, en un personaje muy importante en la vida familiar que es la señora Maria.

 

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En medio de una guerra desnaturalizada, sin escrúpulos ni consideraciones, como son, en general, todas las guerras, se asoman en la novela situaciones de la cotidianidad, de la vida interior, de lo que se come o no se puede comer porque es inconseguible (recuerda pasajes, por ejemplo, de La campesina, de Alberto Moravia), o hay que hallarlo, conseguirlo de estraperlo. La familia y la guerra son los telones de fondo de esta obra que puede hacer llorar o reír, pero que en todo caso no está hecha para la indiferencia. Publicada en 1952, es una novela que, con temas tan comunes y corrientes para esas alturas del siglo XX, como son la guerra y su desalmada presencia en particular en Europa, da una nueva perspectiva de la condición humana.

 

Hay pasajes trágicos y otros que pueden ser un ensayo de humor negro. Franz, que es una especie de representación de la situación de los judíos en aquella guerra, está casi siempre huyendo, escondiéndose. Y en una de esas fugas desesperadas, se metió a un convento para escapar de los alemanes que, además, entraron a aquel claustro. Franz comienza a rezarle a un virgen de escayola que se topa en el trastero y le impetra que los alemanes no miren para donde él se refugia. Al fin de cuentas, aquella imagen que los frailes tenían exiliada en una especie de cuarto de rebujo, no solo seduce a un judío para que le implore, sino que estaba allí resguardada porque tenía los pies rotos.

 

Hay una máxima que la novela destaca: se comparte mejor entre quienes tienen recuerdos comunes. Y así pasa. Es el ámbito familiar, los cuartos, la sala, las ventanas, el piso, la prolongación de la casa en una fábrica de jabones, en fin, el que destaca en una novela que comparte tristezas y otras desventuras con la gracia singular, seria y decididamente humana, de un personaje como Cenzo Rena. Sí, es una novela de guerra, pero con una particularidad: la guerra, que lo afecta todo, está por lo menos a dos o tres cuadras.

 

La autora de Pequeñas virtudes (en la que dice que “no deberíamos enseñar a ahorrar; deberíamos acostumbrar a gastar”).  y Léxico familiar (es la vida de su familia, autobiografía que ella vuelve ficción en Todos nuestros ayeres) es una escritora que fascina con sus mundos breves, casi que insignificantes, y muestra su maestría en la creación de atmósferas, ambientes, el mundo interior, lo que está limitado por cuatro paredes… Así pasa en Todos nuestros ayeres, novela de extraordinaria fluidez, sin pomposidades, que nos acerca a lo pequeño, a mundos en que no abundan los paisajes ilimitados ni los infinitos horizontes. Es una bella lección de que en lo más simple puede habitar toda la complejidad del hombre y sus circunstancias.

 

Rediscovering Natalia Ginzburg | The New Yorker

Natalia Ginzburg

Trenes de muerte, erotismo y libertad

(Una novela de Bohumil Hrabal acerca de la resistencia al invasor y el horror de la guerra)

 

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Erotismo y lujuria en medio de la ocupación alemana a Checoslovaquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En 1938 la Alemania nazi ya expresaba una palmaria muestra, intimidante, de su avasallador poder expansionista; una manifestación incontenible de su aspiración de dominio de Europa con unas ganas sin límite de horadar otros suelos. Su aspiración era someter a su voluntad a países poderosos como Francia e Inglaterra, que sucumbieron, en la Conferencia de Múnich, de septiembre de ese año, ante las arremetidas de Hitler y sus adláteres. El Füher ya había dicho que quería anexionarse a los Sudetes, una región de habla alemana en Checoslovaquia.

 

Y ante las posiciones alemanas, los primeros ministros de Inglaterra, Arthur Never Chamberlain, y de Francia, Édouard Daladier, en aquella histórica reunión de la capital bávara, cedieron, con sus posiciones vacilantes, ante la propuesta alemana de quedarse con ese territorio checoslovaco. Ah, y como si fuera poco, a tal “cumbre” no se invitó a representantes de Checoslovaquia, tanto que para los gobernantes de ese país, próximo a ser invadido, aquella espuria conferencia se hizo “acerca de nosotros, sin nosotros y contra nosotros”.

 

Y, en efecto, el Reich se apoderó de los Sudetes ante la complacencia de ingleses y franceses, con la complicidad de Italia y Benito Mussolini. Y tal vez no sospechaban, o su candidez era tal, que no se percataron que, ellos, Francia e Inglaterra, al año siguiente también serían objetivo militar de Hitler y sus ambiciones de dominación y sometimiento. Las tropas alemanas ocuparon Bohemia y Moravia, entonces regiones de Checoslovaquia y, en 1939, ya en la práctica se habían apoderado del país.

 

La maquinaria bélica alemana impuso sus arbitrarias condiciones en Checoslovaquia, donde muchos estudiantes tuvieron que servir de mano de obra a los invasores. Y entre esos jóvenes estaba Bohumil Hrabal, que se engancharía como trabajador ferroviario. Las experiencias y saberes que adquirió en el oficio, le servirían para introducirlas en su novela Trenes rigurosamente vigilados, una obra breve, con un protagonista joven que estará en una estación en la que ocurrirán disímiles hechos, cuando ya en 1945, los alemanes estaban derrotados en la práctica, pero aún mantenían su dominio en ese país que padeció infinidad de desventuras.

 

En la guerra, como es fama, una de los objetivos del enemigo, del invasor, del que aplasta las resistencias e impone su ley de la fuerza y la sinrazón, es borrar la memoria de los invadidos y aporrearlos en su amor propio, en su pertenencia a un suelo, en su paisaje, y, en mayor proporción, en negarles la lengua, usurpársela, denostarla. El invasor desprecia al que ha pisoteado. Y lo humilla hasta dejarlo sin dignidad y sin voluntad.

 

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Hrabal también fue ferroviario.

 

Trenes rigurosamente vigilados, de Hrabal, puede evocar, en parte, a una obra magnífica de otro escritor checo, Las aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek, que no solo es un alegato contra la guerra sino una satírica burla a ella, una posibilidad de tener la risa y los gags como una suerte de defensa y de resistencia. Quizá en esa obra, que quedó inconclusa, el autor pudo aprender, entre otras cosas, los alcances del humor negro y la ironía. Pero, a su vez, es una aplicación, a modo experimental, de la literatura kafkiana, en la que ya el sujeto está desintegrado. Y estas situaciones se pueden notar en Trenes rigurosamente vigilados, que narra momentos finales de la ocupación alemana a Checoslovaquia y, de contera, los días próximos a la debacle nazi.

 

La obra, de intensa brevedad, comienza con una certeza: ya la aviación alemana no domina el espacio aéreo de una ciudad checoslovaca donde ha provocado desastres, y, para ir introduciendo símbolos, un ametrallamiento de una nave alemana, que se desploma, le tumba un ala y hace que se incendie el fuselaje, y una cantidad de tornillería y tuercas van cayendo sobre la plaza, al tiempo que el ala planea y causa una conmoción en el pueblo, donde, en las afueras, se derrumbó el avión de los invasores.

 

La novela, una historia de resistencia ante la presencia devastadora de tanques, aviones, infantería y las SS alemanas, va tejiendo una suerte de túnica mortuoria para el invasor, que para 1945 ya está en retroceso ante el avance demoledor del ejército rojo soviético, aunque esta situación no sea evidente en la obra. Y en medio de una tensa situación, el narrador, un joven que aspira a convertirse en factor de una estación ferroviaria, va contando cuál fue la manera como su abuelo, en una actitud patriótica y suicida, intentó detener los panzer alemanes.

 

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El abuelo y su trágico final, en todo caso, se erigirá en un símbolo de resistencia denodada de los checoslovacos ante los alemanes que ya van sintiendo cómo su Reich se va desmoronado, como el avión del principio de la obra. Y luego, el papá del narrador, un jubilado extemporáneo del ferrocarril, que goza aún de juventud, se volverá una especie de chatarrero, de coleccionador de artefactos en apariencia inútiles, pero que, cuando llega la necesidad, son de absoluto requerimiento de la comunidad.

 

La estación ferroviaria de la novela está muy cerca de la frontera con Alemania. Los personajes que allí discurrirán tendrán un rol clave en la distribución de destinos y oficios, en la elaboración de la trama en la que se apela a la memoria, a flashbacks del narrador que está apenas despertando a la sexualidad y el erotismo. Un intento de suicidio, con un corte de venas, lo pondrá en una situación de alejamiento de la estación, a la que tornará luego para tener un protagonismo esencial, definitivo, no solo en asuntos de piel y lujuria, sino, en particular, en los de la guerra y sus horrores.

 

Personajes que a veces dan la impresión de ser parte de una tragicomedia van configurando una obra en la que, aparte de humor negro, habrá momentos de alta tensión. El jefe de estación, con un uniforme sucio y fétido, podrá ser mal visto por los alemanes. Es un “coleccionador” de palomas, a las que cría y asiste en la estación, las cuales le dejarán evidencias de excrementos en sus ropas, lo que puede influir para que sus ganas de ascenso se queden en eso, en una posibilidad cada vez más remota. Un contraste: el jefe de estación se cree miembro de la nobleza, siente que por sus venas circula sangre azul. Sí, una especie de arribista.

 

Otro personaje, Hubička, el subjefe, el factor de la estación, es un ser que pudiera denominarse “morboso”, perseguido por la concupiscencia y que ve en las mujeres solo dos modos de una clasificación arbitraria, pero consecuente con la personalidad de un hombre que en todo ve las manifestaciones del erotismo y las excitaciones del deseo: las tetonas y las de enormes nalgas. Tanto es su ardor, que en una ocasión acuesta a la telegrafista a la que le estampará en el culo todos los sellos que había en la mesa del jefe.

 

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Bohumil Hrabal

 

Milos, el narrador protagonista, obsesionado por la sensualidad primera, la misma que dejó medio frustrada en el primer beso que le dio a una muchacha, vivirá momentos intensos en la búsqueda de una relación sexual en medio del movimiento de trenes, incluidos los rigurosamente vigilados. Si bien la obra es sobre la guerra, la ocupación, la decadencia del Reich, con el muchacho que quiere pasar al grado de hombre (en el sentido de la sexualidad) se mostrará una candente situación, en la que hay risa y torpeza, con una hilarante —y conmovedora— escena entre él y la mujer del jefe de estación, que ya está menopáusica y sin calores, pero plena de experiencia.

 

Milos es el héroe de la novela, con sus “infantiladas”, o quizá “adolescentadas”, que lo conducirán, ya en una demostración de fortaleza, de ganas de desempeñar un rol más allá de las zonas púberes y erógenas, en una pieza clave en la resolución de la historia. Decíamos que Trenes rigurosamente vigilados contempla una metáfora de honda sensibilidad, que tiene que ver con los campos de concentración, con los trenes que van hacia ellos cargados de condenados a muerte que no saben lo que les espera al final de su viaje.

Un paisaje doloroso de animales despellejados

Hay, por así decirlo, una pintura, una suerte de tela con imágenes de pavor y dolor que, por si el lector quiere, puede relacionar con Guernica, el pueblo vasco que la Legión Cóndor alemana, en 1937, apabulló con sus bombas, y luego con el homenaje y protesta que Picasso deja como testimonio del horror. Un paisaje doloroso de animales despellejados, sin ojos, torturados, que van en los trenes, puede ser toda una analogía con los humanos que iban a los campos de concentración. Así, cerdos, caballos, ovejas, vacas, se constituirán en representaciones de los desafueros y el exterminio alemán contra judíos, gitanos, homosexuales, comunistas…

 

El desenlace de la obra, inesperado, extraordinario, está antecedido por una situación histórica que los trabajadores de la estación verán, desde la lejanía: resplandores de un bombardeo casi infinito y destructor que está acaeciendo al otro lado, en la parte alemana, sí, en Dresde, y es cuando una voz declara, en una mezcla de burla y sentencia final a los alemanes: “¡No debíais haberle declarado la guerra a todo el mundo!”.

 

Y en este punto, el lector podría acordarse, por qué no, de W. G. Sebald y su libro Sobre la historia natural de la destrucción, que además tiene que ver con un principio de toda guerra: la aniquilación más completa posible del enemigo. Y, como se recuerda, Inglaterra y los Estados Unidos, ya con una Alemania en agonía, decidieron bombardear más de 130 pueblos, que no eran, además, objetivo militar. Dresde, uno de ellos, sufrió la destrucción total.

 

En Trenes rigurosamente vigilados, a propósito de esta intervención de parte de los Aliados en Alemania, se escuchará el llanto de los soldados germanos, un “llanto humano, una lamentación por lo que había pasado”. Qué intensidad, qué capacidad para mostrar con brevedades una situación de inhumanidad, de incivilización como fue todo lo que se padeció y se erosionó en la Segunda Guerra Mundial. Al fin de cuentas, como una enseñanza de una experiencia traumática, combinada con heroísmo, se verá la extinción de lo razonable, o, de otra forma, la razón de la guerra: la desaparición de las ilusiones.

 

La guerra y el deseo, los bombardeos y el ardor en la piel, una combinatoria maestra que Hrabal resuelve con tacto y mucho talento en Trenes rigurosamente vigilados. Un canto luctuoso y de heroísmo a una pequeña acción y de cómo esta puede influir en los acontecimientos gruesos de la historia y sus añicos.

 

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Una novela con técnicas cinematográficas y un contenido combinado de tragedia y humor negro.

 

 

 

 

 

El sufrimiento de un hombre

(Panorámica de un relato de Mijaíl Shólojov sobre la guerra, sus tristezas y miserias)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La literatura puede ser la más alta manera de mostrar el sufrimiento humano. Producido en ocasiones por una pérdida, o por una enfermedad, o quizá por una carencia económica, el que se presenta por las guerras —tal vez, el más sobrecogedor de todos— tiene una vasta muestra de obras que examinan la condición humana en estado de desventuras. Desde La Ilíada, pasando por obras sobre las cruzadas, por otras tantas de despojos y crueldades, hasta los perturbadores testimonios narrativos sobre la primera y segunda guerra mundiales, están los desgarramientos originados por las confrontaciones bélicas.

 

Y ahí, en medio del apocalipsis, se escuchan los gritos y se sienten los dolores de las trincheras, de los bombardeos, de la tierra de nadie, de las víctimas de una guerra civil, de las agonías y muertes en los campos de exterminio y concentración, de las invasiones, como las de los alemanes a la Unión Soviética y el sacrificio heroico de Stalingrado.

 

Y en este punto, para no entrar ahora en los enormes territorios de una literatura que tiene muestras extraordinarias de las disputas guerreristas, la mirada se posará en un relato de un escritor que, para ciertas voces occidentales, se trató de un invento del “comunismo” soviético, una hechura del comité central del Partido Comunista: Mijaíl Shólojov (1905-1984), Nobel de Literatura de 1965 y autor de la monumental novela El Don apacible.

 

Militante y defensor del denominado “realismo socialista”, el autor cosaco, creador de “literatura comprometida” y un maestro de las descripciones de grandes escenarios, escribió, entre otras obras, como Campos roturados y Lucharon por su patria, un relato largo sobre el dolor y el sufrimiento, enmarcado en la invasión alemana a la Unión Soviética y en el posterior avance victorioso del Ejército Rojo sobre Berlín: El destino de un hombre.

 

Shólojov, que además fue destacado como corresponsal de guerra, escribió este cuento en 1956, como una suerte de memoria de los años de la invasión nazi, con un protagonista que va desgranando una historia de desgracias y peripecias tristes que vivió en la Segunda Guerra Mundial, e incluso desde antes. El hombre le va contando sus penurias a un narrador, que apenas es visible al principio y al final de la obra, y que es una especie de escuchador que va haciendo algunas acotaciones. Por lo cual, se podría decir que, en esencia, se trata de un monólogo.

 

En esta obra triste, que tiene un final no tan doloroso por la presencia de un niño (Vania) que mitiga la gran soledad y las ausencias de los seres queridos del protagonista, se crea una panorámica de la guerra, del fascismo, de la muerte y la barbarie en los campos de concentración. Si bien desde el principio del relato, cuando el “héroe” evoca sus días de la guerra civil, de la muerte por hambre de sus padres, la situación se va tornando más compleja en los momentos en que el hombre, un conductor de profesión, se interna por los incendiados vericuetos de la conflagración mundial.

 

El lector ya sabe que el tipo es casado, con tres hijos (dos muchachas y un varón), sabe de Irina (la esposa) y de las lágrimas que brotan de ellos por el reclutamiento de su padre y marido. La despedida, en momentos de embarcarse en el tren, es el principio de una serie de episodios trágicos que le ocurrirán al hombre que está viajando hacia el frente: “Me desgajé de Irina, le cogí la cara con las manos, la besé, y sus labios estaban como el hielo. Me despedí de los chicos, corrí al vagón y salté al estribo, ya en marcha”.

 

Primero va a Ucrania, donde apenas combatió poco menos de un año, sufrió dos heridas, hasta cuando, en otro lugar de su patria, los alemanes lo tomaron prisionero. Y es ahí cuando van a comenzar las más inimaginables situaciones de dolor de Andréi Sokolov, que es el nombre del protagonista de un conmovedor relato atiborrado de crueldades y radiografías de guerra.

 

En la obra se va sintiendo el avance demoledor del ejército del Reich, el sometimiento de un territorio, las duras faenas que les toca desempeñar a los prisioneros de guerra, los fusilamientos, las torturas, las penas permanentes de un hombre que está también rodeado de algunos traidores y de camaradas que resisten ante la arremetida y las humillaciones del enemigo. La guerra, en toda la dimensión del horror, se puede escrutar en esta obra breve e intensa.

 

A Sokolov, en medio de una lucha tenaz por la sobrevivencia, le tocará matar por primera vez, y no propiamente a un alemán. Después, en un intento de fuga, en el que el relato eleva la tensión, el hombre va a tener experiencias peores: “unos perros policías me siguieron la pista y me encontraron en un campo de avena sin segar”. Lo que vendrá, tras la captura, es más duro. “La piel y la carne saltaban de mi cuerpo en pedazos. Desnudo, bañado en sangre, me llevaron al campo de prisioneros”.

 

Dos años de cautiverio son la muestra de la degradación humana, pero, a su vez, de la solidaridad. El hombre, en medio de los martirios y los castigos, se va agostando; además, porque la dieta y las raciones son exiguas, infames. Para Andréi y sus compañeros de prisión, el desencanto y la desazón eran mayores porque llegaban los rumores de que los alemanes se habían apoderado de Stalingrado.

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En El destino de un hombre (como en tantas otras obras sobre esta misma situación), se aprecian la decadencia humana, las encarnizadas formas de despojar al otro de la palabra, de sumirlo en el fango de la abyección y aun en el de su propia mierda. Pero en medio de tantas miserias, la poesía se eleva sobre las ruinas materiales y espirituales, como una forma de la resistencia y del valor.

 

El lector podrá encontrarse con distintos caracteres, con diversas maneras del arrojo y la dignidad, enfrentadas a la insensibilidad del verdugo. En tan pocas páginas, Shólojov es capaz de dibujar con creces un mapa de atrocidades y, al final de cuentas, de la esperanza en un mundo distinto, en el que, al menos, sentimientos y emociones como el amor no desaparezcan del todo.

 

La vida y la muerte están en una permanente conexión en esta obra, en la que es probable durante su lectura derramar un lagrimón o indignarse ante tantas tropelías. Podría ser, por qué no, una especie de alegato contra la guerra, como sucede con otras creaciones acerca del asunto. Y, a la postre, se trata de una reivindicación del hombre, de aquel que, tras innumerables padecimientos, es capaz de sobreponerse y sentir que no todo está perdido, pese a que muchos seres y cosas jamás podrán ser recuperados.

 

El destino de un hombre es una sucesión de ingratos acaecimientos que le van sucediendo a Sokolov que, en un momento, parece haberse quedado solo en el mundo. Sin embargo, en medio de tantas desolaciones y muertes, para él brillará una luz auspiciosa, que le hará reflexionar en el futuro y en vislumbrar que, entre tantos desvalimientos, la vida todavía tiene posibilidades de triunfo.

 

Vale la pena recordar algún trozo de la intervención del escritor en momentos de recibir el galardón de la Academia Sueca, en 1965: “La época en que vivimos está llena de incertidumbres; no hay un solo país en el mundo que desee la guerra, y sin em­bargo hay fuerzas que arrojan a países enteros a las hogueras de la guerra. ¿No es inevitable que cualquier escritor se sienta conmovido en lo más hondo por las cenizas del indescriptible incendio de la Segunda Guerra Mundial? Un escritor hones­to, ¿podrá no rebelarse contra quienes desean condenar a la humanidad a la autodestrucción?”.

 

El relato de Shólojov (en el que, por supuesto, no falta el vodka) es un doloroso muestrario de los daños (casi siempre irreparables) que provocan las guerras. Es un bello canto a la sobrevivencia y al coraje, más allá de un mendrugo de pan y una cebolla.

 

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Fotograma de la película El destino de un hombre, basada en el cuento de Shólojov.

Serenata a la luz de la luna para Glenn Miller

(El capitán puso a danzar al mundo en plena guerra mundial)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tal vez no haya música más precisa para relacionar o describir la nostalgia que Serenata a la luz de la luna (Moonlight Serenade), de Glenn Miller. O también para sentir una ausencia, como la suya, perdido tal vez en el Canal de la Mancha, como es lo más probable, o muerto de un infarto en un burdel parisino en brazos de una prostituta, o apuñalado por una meretriz en un prostíbulo alemán, que son versiones más ligeras. Y si la suerte de los desaparecidos es, en general, estremecedora, hay ciertos personajes que crean más zozobra en el alma al no saberse de su paradero final. Sucedió, por ejemplo, con Ambrose Bierce, perdido para siempre en los tumultos de la revolución mexicana; con Antoine de Saint-Exupery, estrellado en su avión cuando volaba por el Sur, y, bueno, ahora que se cumplen 110 años de su nacimiento, con Alton Glenn Miller.

 

Con Miller, astro de la Era del Swing, pasa que algunos del jazz lo vapulean, porque consideran que no hace parte del género, o que se trata de un jazz bastardo y hasta califican su música de “aburrida”. Sin embargo, una big band como la suya no es de las que han abundado en la historia. Hay un asunto clave en el arte. Y es llegar a tener voz propia. O estilo, en otras palabras. Esa condición que el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos consideraba como una cárcel. Y el sonido de Miller fue una revolución en los treinta y los cuarenta, luego de la Gran Depresión del capitalismo y en medio de las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Con él puso a bailar a estadounidenses y europeos, con melodías cantadas por clarinetes y armonizadas por una fila de saxos.

 

Nacido el primero de marzo de 1904, en Clarinda, Iowa, se encontró con la música cuando su padre le regaló una mandolina. Después, la cambió por un corno y luego por un trombón. Era un mal estudiante de otras materias, pero no de la música. Su arqueología está ligada a pequeñas bandas, a audiciones de afán, a buscar oportunidades en orquestas, y en esas andaba cuando viajó a Los Ángeles y se encontró de pronto integrando la banda de Ben Pollack, en la cual también oficiaba un músico (entonces nada conocido), que luego sería otro grande del Swing: Benny Goodman. Y fue en aquella orquesta en la que Miller se inició como arreglista, una de las faenas que mejor supo hacer.

 

Los caminos de un artista siempre son culebreros, tortuosos. En 1928, viajó a Nueva York, ya se había casado con su compañera de colegio, Helen Burger, y se encontró nuevos sonidos, interpretó y realizó arreglos con los hermanos Tommy y Jimmy Dorsey, en cuya orquesta cantaba entonces un tipo que todavía no gozaba de fama alguna: Bing Crosby, y había otros monstruos, como el músico y baterista Gene Kruppa. Y ahí estaba Miller, unas veces en la radio, otras tocando el trombón en un rascacielos, y, más tarde, dirigiendo la banda de Dorsey. Tenía 32 años. Aún el éxito (palabra tan gringa y capitalista) no se le aparecía en ninguna esquina. Ni siquiera en 1935, cuando por primera vez con su propio nombre grabó para la Columbia Moonlight on the Ganges y A Blues Serenade. Entre tanto, luchaba consigo mismo para lograr un sonido que lo distinguiera. Y es en Nueva York donde lo perfecciona, para después irse al otro lado del país a fascinar con su orquesta y sus arreglos. Todos bailaban al ritmo de la Miller Orchestra. Y a lo mejor, fumaban cigarrillos Chesterfield, que auspiciaba las giras y presentaciones.

 

Y cuando ya la guerra iba adelante con sus fragores de muerte, grabó, en febrero de 1940, su Tuxedo Junction y luego In The Mood (quizá la pieza de Swing más conocida). Ya no había nada que hacer. Ese sonido que hoy uno identifica con la nostalgia, o con extraños momentos románticos, antes de la bomba atómica, era una sensación desbocada, y el movimiento del Swing se constituía como el fenómeno musical comercial más vendedor de la historia. En 1941, Miller ya era una estrella, que el cine hizo brillar más. Por ejemplo, la película Sun Valley Serenade puso de moda a Chatanooga Choo Choo, que se une al delirio provocado por Pennsylvania 6-5000. Pero es la guerra, precisamente, la que le hace desbaratar su orquesta, lo mete en las filas militares y lo conduce a la creación de la Glenn Miller Army Aire Force Band. Miller estaba convencido de que con la música prestaba un servicio a su patria y, además, les ayudaba a los soldados a elevar su moral. Recibió el rango de capitán, y con sus 50 músicos se fue a Londres, en donde, en menos de un año, se presentó 800 veces, incluidos sus conciertos en la BBC. La gente pedía, además de las nombradas, a American Patrol y a Tengo una chica en Kalamazoo. Su música aliviaba un poco las tensiones y miserias de la conflagración mundial.

 

La resistencia parisina y los Aliados ya habían demolido a los invasores nazis y entonces una de las misiones de Miller era ir allá, para celebrar tal victoria. Ya tenía la pinta del héroe que, en vez de fusil, cargaba un trombón y muchas partituras, y esa combinación de uniforme militar y música le hacía crecer su fama, en especial en su país. Claro que a algunos críticos poco les atraía el sonido Miller, y uno de ellos, John Hammond, escribió una nota en la que ponía en duda su solidez musical. “¿Por qué juzgarme como músico, John? Mi única intención es ganar dinero”, le contestó Miller con ironía.

 

El 15 de diciembre de 1944, Glenn Miller partió de Londres hacia París, en un avión Noorduyn Norseman UC-64, y desde ese día jamás se le volvió a ver. Se dice que fuego alemán lo derribó en el Canal de la Mancha. También se especula que su pequeña nave se cruzó con unos bombarderos ingleses que retornaban a sus bases sin haber podido descargar las bombas. La escuadra tuvo que tirarlas al canal para poder aterrizar, y una de ellas le habría acertado al avión del músico, que volaba en dirección opuesta y a más baja altura. Un aparente testigo del hecho, el navegante Fred Shaw, relató años después que había visto el UC-64 cuando fue destruido por una flotilla de bombarderos Lancaster, ingleses, que retornaba de una misión fallida. Y así, con un tejido de leyendas, el músico se convirtió en mito. Porque también circuló la especie de que había caído preso de los alemanes, que lo torturaron y mataron en una prisión, además de las historias truculentas de los burdeles.

 

Como hubiera acontecido, el cadáver jamás se halló, y el capitán Glenn Miller fue el único de la banda que no sobrevivió a la guerra. Y los bailadores de entonces guardaron luto por la muerte de un hombre que intentó ser libre entre clarinetes y saxofones. A 110 años de su natalicio y casi a setenta años de su desaparición, el aire murmura esta canción: “I stand at your gate. / And the song that I sing is of moonlight. / I stand and I wait / For a touch of your hand in a June night…”. La serenata a la luz de la luna, sigue siendo una pintura musical de la nostalgia.

 

http://www.youtube.com/watch?v=n92ATE3IgIs&feature=player_detailpage

Glenn Miller y su trombón