Palabras para un teatrero muerto

A Rodrigo Saldarriaga, In Memoriam

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Por Reinaldo Spitaletta

 

De pequeño, a Rodrigo Saldarriaga lo “prestaban” sus padres para que hiciera de niño Jesús en los pesebres de los vecinos. Parecía un vikingo extraviado en el trópico, rubio y ojiazul. De cuna conservadora, se convirtió en un líder revolucionario y en uno de los principales directores teatrales colombianos. Fundador hace 39 años de Pequeño Teatro de Medellín, el artista que estuvo a punto de un infarto mientras representaba a Heisenberg, en la obra Copenhague, de Michael Frayn, murió el domingo 22 de junio.

 

Saldarriaga, perteneciente a una familia confesional antioqueña, de aquellas de misa y comunión diarias, comenzó a conocer la realidad real cuando entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional. Era la convulsionada década de los sesentas, en la que, por primera vez, los jóvenes comenzaron a ser protagonistas de su historia. “Urgidos de vida y libertad”, como recordaría en su libro de memorias Tercer Timbre, esos días fueron el contacto con nuevos discursos, distintos a los que dominaban la cotidianidad de la muy goda Medellín.

 

Con sus amigos de universidad se iban al café Versalles y al Festín a hablar de todo, menos de arquitectura. Eran los días de la educación sentimental, con Bergman, Visconti, la Nueva Ola francesa, el Manifiesto Comunista y las historias de la revolución bolchevique. A veces se creían la reencarnación criolla de Daniel el Rojo, en pleno mayo del 68, cuando la imaginación se tomó las calles no solo de París sino del mundo.

 

Uno de sus “bautismos” revolucionarios los asumió cuando, en los bajos del consulado americano en la Avenida Primero de Mayo, en Medellín, junto a otros muchachos, coreaba “Ho-Ho-Ho Chi Minh-Yanquis go home, fuera de Vietnam”, mientras sostenían centenares de efigies del Che Guevara. Pero su bautismo teatral lo recibió de Jairo Aníbal Niño, sí, el de El Monte Calvo y el de Las bodas de lata o el baile del arzobispo. En 1968, Niño fundó la Brigada de Teatro, de la que el joven Saldarriaga hizo parte, entre otros con los montajes de La madre, de Gorki, y de La masacre de Santa Bárbara.

 

Este último montaje le costó que su familia lo pusiera en una situación límite: o abandonaba el teatro (que solo sirve para entretener negros, así le dijeron) o se iba de la casa. Prefirió lo último y se fue de arrimado a un inquilinato de universitarios en el barrio Sevilla, de Medellín, muy cerca de la Universidad de Antioquia.

 

En 1975 fundó, con otros compañeros, Pequeño Teatro, cuyo nombre fue un homenaje a Stanislavski, que tenía en el Teatro del Arte de Moscú un Pequeño Teatro (el drama) para diferenciarlo del Gran Teatro (la ópera). Y a partir de ahí sus montajes teatrales, en cuyo repertorio siempre estuvieron los clásicos, tenían la concepción de servir al pueblo. Sus obras de iniciación se presentaron en carpas huelguísticas, escenarios estudiantiles, pueblos y caseríos de Colombia. Después, los griegos y Shakespeare fueron parte sustancial de los montajes dirigidos por Saldarriaga.

 

El autor de Todo fue, Los chorros de Tapartó y El ejército de los guerreros, un amante de Piazzolla y de Roberto Goyeneche, dijo alguna vez que hubiera querido tener al cantor argentino en su elenco para representar al Rey Lear. Era un ser que rezumaba teatro día y noche, con sus cigarrillos y cervezas al clima. Decía que el mejor director de teatro era Giorgio Strehler, del Piccolo Teatro de Milán, al que una vez le vio en París la obra Arlequín, servidor de dos señores. “Se me reventaron las manos de aplaudir”, contó alguna vez.

 

Estudioso de Shakespeare, Brecht y otros dramaturgos, Saldarriaga montó con éxito taquillero la obra En la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, con dramaturgia de Enrique Buenaventura. Y se quedó pendiente el montaje de El jardín de los cerezos, de Chejov, otro autor de sus amores. Y, claro, como hubiera querido, y como utopía personal, se quedaron por montar todos los griegos, todos los latinos, la Comedia del Arte, todo Shakespeare, todo Brecht. Los que dirigió, más de sesenta montajes, los hizo con pasión y sapiencia.

 

Su libro de memorias, termina con un tremendo colofón: “Los nietos de mi nieto disfrutarán nuevamente con Esquilo, con Shakespeare, con Strindberg y con Brecht y el teatro volverá a ser el listón más alto del pensamiento como lo ha sido siempre. Habrán pasado los oscuros días de la ignorancia, de los pretenciosos necromantes de la “carne de perro” y de los desesperados desencantados del pensamiento. Y yo estaré ahí, porque al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

 

(Medellín, junio 23 de 2014)

 

 

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Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

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De diciembre, judíos y literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Diciembre es asunto de cultura. Y, claro, de consumo. Decía una señora, mi vecina, muy perspicaz, que sería bueno recordarles a los cristianos que en estas calendas están celebrando el nacimiento de un judío. Y al mismo tiempo, otro vecino, que resultó ser más irónico, contestó que si no era cierto que a ese judío lo habían matado sus propios congéneres o correligionarios, y que los romanos no tenían ninguna culpa en el desenlace. Y así, entre risas y chascarrillos, la conversación fue derivando hacia lecturas, platos, gustos y las turbamultas en las zonas comerciales.

Diciembre, para los que habitamos en barrios, es la posibilidad de entrar en contacto entrañable con el vecindario. Todavía hay quien te mande el plato de natilla con buñuelos o el que te invite a pasar a su casa a degustar un café o un trago. Menos mal. Porque diciembre, pese a que hay quienes cantan Maldita Navidad, del compositor José Barros, o la Navidad de los pobres, de un grupo tropical llamado Los Éxitos, es un mes para volver a lecturas como las de Charles Dickens y el avaro almacenista Scrooge, o rememorar algún cuento de O. Henry, o de Truman Capote, o a Tomás Carrasquilla con El rifle en el frío bogotano, y así, que lecturas navideñas hay para dar y convidar.

A propósito de lecturas y judíos, con doña Rosa, otra de mis vecinas, tuve la ocasión de un palique de acera. Ella, tan devota de la literatura judía, decía que nadie escribe mejor que los de esa condición cultural y religiosa; incluso, en son de charla, me decía que me regalaba, como si yo fuera un amante de pesebres y novenas navideñas, a Joshua, Joseph y Miryam, y yo le contesté que me gustaban más los tres reyes magos, que ni eran reyes ni magos ni eran tres. Y así la charla transpuso la jocosidad para tornarse seria cuando le dije que había musulmanes y católicos y protestantes y ateos que escribían muy bien, que la buena escritura no era asunto de religión o de falta de ella.

“Ve, entonces espero que alguno supere el libro de Job”. Y aquí fue Troya, porque a ella, que tiene como su texto de cabecera al doloroso patriarca bíblico, que sin duda es protagonista de un libro imprescindible, le contesté que en el arte y la literatura no es cuestión de superar una obra a otra. Ni La Odisea, ni La Ilíada, ni la Comedia (llamada Divina), ni el Quijote, ni Madame Bovary, superan, por ejemplo, a En busca del tiempo perdido, ni este a los anteriores, que todos son clásicos, libros que nos siguen interrogando, inquietando, despertando. Mostrando caminos. Cien años de soledad no supera a Gargantúa y Pantagruel, ni estos libros (son cinco en uno), superan a el Satiricón.

Así que diciembre, con sus festones de esquina, nos permitió otra vez conversar en torno a que la idea de “progreso” no cabe en el arte. Que El Bosco y Picasso nada tienen que ver con que uno supere al otro. Los dos nos han hecho la vida diferente y ambos, con muchos otros (músicos, científicos, poetas…), nos reconcilian con el hombre, que las más de las veces no es solo lobo, sino una especie de leviatán, también un monstruo bíblico que representa con acierto y de modo azaroso la parte oscura de la humanidad.

Doña Rosa, que está bajo el inteligente influjo de Primo Levi, Bashevis Singer, Canetti, Joseph Roth (que igual tiene un perturbador Job), Bellow, Samuel Agnon, en fin, es lectora todo el año, pero en diciembre comienza a provocar con sus escritores judíos, extraordinarios, claro, como los hay fuera de serie entre negros y blancos, japoneses, budistas, indios de la India, cristianos y ateos. Que uno no puede dejar de leer, por decir algo, a Céline o a Hamsun porque fueran simpatizantes nazis. O a Shakespeare (doña Rosa le tiene altar en su casa) por sus deslices antisemitas en El mercader de Venecia y Otelo.

Diciembre, en efecto, es materia de cultura. Y de vulgar consumo. Pero es, todavía, lindo y afectuoso en el barrio, en el que habitan gentes como doña Rosa y una hermosa chica de reggaetón.

Por el teatro, la vida misma o los bautizos de un artista

Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Por Reinaldo Spitaletta

Se podría decir, con un proverbio árabe, que Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014) no fue hijo de sus padres, sino de su tiempo. Moldeado en su infancia por una educación confesional, recibió en su adolescencia y juventud los influjos de la vorágine de la revolución cubana, la revolución cultural china, el mayo francés y el movimiento estudiantil de 1971, del que fue protagonista y agitador.

Entrando en un territorio íntimo, también se podría decir, como él alguna vez lo recordó, que fue hijo de Una mujer de cuatro en conducta (publicada en 1948), la novela escrita por su tío Jaime Sanín Echeverri. Hubo un tiempo en que la familia del escritor y diplomático, con cerca de doce miembros, y la de los padres de Rodrigo, con seis, habitaban en dos caserones vecinos. El autor les dijo que todos podrían vivir de las regalías de la obra. Y así fue.

Saldarriaga, que con el tiempo, el estudio, la dedicación, la disciplina y el talento se convertiría en uno de los más destacados directores de teatro de Colombia, creció entre rosarios y una mentalidad goda. Su padre, un negociante de bisuterías, relojes, lámparas y otros cacharros, llevó una vez a su casa decenas de lámparas de cristal de Murano, unas arañas como las que hay en la Catedral Metropolitana de Medellín. Se las había enviado su cuñado Sanín Echeverri cuando era diplomático en Italia.

La casa paterna se llenó de arañas colgantes, que atiborraban cuartos, sala, comedor, pasillos y patio. Eran tantas, que no había espacio para los moradores. Su papá las tuvo que disgregar y venderlas por pedazos, con otras formas y estilos. Después, trajo relojes Jawaco, de péndulo, al que les puso la marca Cóndor. También colmó la casa con ellos, que sonaban a distintos tiempos, unos con música del Ángelus, el Ave María, el Himno Nacional y otras tonadas, que hacían sentir el ámbito como un hogar de locos.

A los cuatro años, sufrió Saldarriaga un accidente que afectó sus ojos y lo dejó vendado un buen tiempo. Su prima Pilarica aprovechaba para leerle a Verne, Salgari, algunas piezas de Cervantes, teatro de Alejandro Casona, Quevedo y otros clásicos. Tal vez ahí recibió su primer bautizo artístico.

Su primaria y bachillerato, en un colegio católico, de misa y comunión diarias, se mutó en un mundo distinto con la entrada a una universidad pública, la Nacional, donde comenzó Arquitectura. Un nuevo bautizo, el de las ideas libertarias, la vida sin ataduras religiosas, la rebeldía social, lo marcó en las nuevas aulas. “La última confesión de mi vida, apenas entrada la pubertad, fue con un cura pederasta que se convirtió rápidamente en burla, denuncia y abandono para siempre de la religión, de la tradición de la sociedad y de la familia”, escribió en su libro de memorias artísticas Tercer Timbre.

-¡Fue tan fácil dar el paso de coleccionista de laminitas sacras a ateo militante!-, anotó.

En Arquitectura, donde estaba el maestro Pedro Nel Gómez (allí vio los primeros desnudos de su vida, los del gran muralista colombiano, cuando en casa de Saldarriaga hasta la Sota de bastos era una inmoralidad), todo le olía a libertad, según expresó el 10 de junio de 2014, catorce días antes de su muerte, en un documental realizado por la periodista Patricia Vargas.

En 1969, ya era militante del recién fundado MOIR y el gusano del teatro, además del de la política revolucionaria, lo había picado. En la Nacional conoció también al escritor y dramaturgo Jairo Aníbal Niño, con el que participó en la obra La masacre de Santa Bárbara, un drama que denunciaba los hechos sangrientos de la huelga de los trabajadores de Cementos El Cairo, reprimida por el ejército y en la que perecieron 13 personas, entre ellas la niña María Edilma Zapata.

Por este montaje, a Niño lo expulsaron de la Nacional y se fue a la Universidad de Antioquia, en la que fundó la Brigada de Teatro de los Artistas del Arte Revolucionario. Y ahí estaba Saldarriaga quien, junto con otros estudiantes, participó en La madre, de Gorki, con adaptación de Bertolt Brecht. Con esta pieza, la Brigada recorrió el país, armó debates en distintas universidades, se presentaron en carpas huelguísticas y agitaron la vida provinciana de pueblos y ciudades.

De la U. de A., tras dos años de montajes y discusiones teatrales, también los expulsaron. Niño se marchó a Bogotá y el grupo se diluyó, en medio de un ambiente de convulsiones políticas estudiantiles. El MOIR había trazado su línea de Pies Descalzos. Algunos de los artistas viajaron al campo como cuadros revolucionarios y otros migraron a pueblos y ciudades de Colombia con la mira de hacer teatro.

A Rodrigo Saldarriaga lo enviaron a Barranquilla, donde, según él, “era un imposible metafísico hacer teatro”, porque no había gente interesada en el asunto. A su retorno a Medellín, parecía una especie de desubicado inmigrante en su ciudad. Trabajó, contra su voluntad, en una empresa funeraria de un pariente, en oficios relacionados con ventas de tumbas, balances, escrituras y otras actividades con las que su familiar quería “reeducarlo para que dejara esa bobada del teatro”.

Pero la “bobada” creció. Renunció al cargo. Y volvió por sus fueros. El grupo Columna de fuego, dirigido por el manizalita Efraín Castellanos, estaba en Medellín. El elenco, formado por muchachos que oscilaban entre la marihuana y el marxismo, tenía más intenciones políticas que artísticas. Saldarriaga rompió con lo que le parecía un atentado contra la creación y el arte, y propuso el montaje de una adaptación que él ya había iniciado en Barranquilla: la del cuento Anacleto Morones, de Juan Rulfo.

Se distanció de Castellanos y convocó a Eduardo Cárdenas, Efraín Hincapié, John Jairo Mejía, Óscar Muñoz y Jorge Villa para iniciar el montaje. Fue el nacimiento de Pequeño Teatro, en enero de 1975. Al cuento inicial del mexicano, le agregaron otros dos: Nos han dado la tierra y Diles que no me maten. Los ensayos los empezaron en la Universidad de Antioquia. El estreno sucedió en el teatro Camilo Torres.

Después, en medio de turbamultas estudiantiles, debates y la incertidumbre de no saber adónde ir, abandonaron la universidad y se fueron a ensayar en la casa de Rodrigo, en la que él vivía con su mujer Gabriela Escobar y su pequeño hijo Gregorio, en el frenético sector de Guayaquil. Luego, pasaron al barrio Villa Hermosa, donde consiguieron una destartalada casa-lote, que, en rigor, fue la primera sede de Pequeño Teatro de Medellín.

Estos hombres solos, que representaron sin afeites los personajes femeninos de Anacleto Morones, fueron la semilla de un grupo que, con el tiempo, se convertiría en uno de los más importantes del país. Ingresó una mujer, Clemencia Cartagena, y por ella, según lo advirtió Saldarriaga, comenzó a escribir la obra Todo fue, que estrenaron en la carpa de huelga de la empresa Satexco, en Itagüí.

Iniciaron un periplo por el país y tras su retorno a la ciudad, se embarcaron en una aventura teatral de enormes proporciones (un proyecto macrocefálico, como lo calificó el columnista Alberto Aguirre): Macbeth, de William Shakespeare. Ya Rodrigo había estado en Europa. Había visto la Royal Shakespeare de Peter Brooks, de Peter Hall, de Trevor Nunn, en Londres y en Stradford-upon-Avon; la Comedie de Monsieur La Salle, en París; el Piccolo Teatro de Milán, de Giorgio Strelher con su Arlequino servidor de dos señores, en el parisino Odeón, y también La cantante calva, de Eugenio Ionesco, en el Barrio Latino.

Fue como otro bautizo. Llegó a Medellín con las ansias incontenibles de montar a Shakespeare. Era 1979. Y no había quién pudiera impedirlo: ni la miseria intelectual de la ciudad, ni las objeciones que algunos hacían porque se trataba de un montaje imposible. Tanto Saldarriaga como sus actores sabían, con el portentoso inglés, que “estamos entretejidos en la misma urdimbre de nuestros sueños”.

Después del colosal montaje, con una escenografía aparatosa, Pequeño Teatro resolvió que la obra no se podía quedar en Medellín. En su repertorio ya tenían Los intereses creados, de Jacinto Benavente, y Tiempo vidrio, de Sebastián Ospina. Con todos sus bártulos emprendieron una gira por el río Magdalena. Por donde pasaban, la gente se volcaba a ver lo nunca visto: una compañía teatral, en sitios donde la mayoría de los lugareños no tenía noción de lo que era el teatro.

Era el principio de una trashumancia, por pueblos, veredas, ríos, en medio de leyendas populares como la del mohán, que los condujo por casi toda Colombia. En 1981, con la obra Josef Antonio Galán, de cómo se sublevó el común, del miembro del grupo Henry Díaz, Pequeño Teatro realizó una gira siguiendo la ruta de los comuneros, a propósito del bicentenario del alzamiento popular.

El espíritu de Saldarriaga, a veces tremendista, a veces reflexivo, pero siempre dispuesto a las aventuras del arte, condujo al elenco a conseguir una nueva sede, cerca del Teatro Pablo Tobón Uribe, en el centro de Medellín. El primer alquiler lo pagaron con la donación que hizo el violinista Carlos Villa, al lado del pianista Harold Martina, de un recital en El Castillo, que los espectadores llenaron, con entrada a tres mil pesos. La nueva sala la adaptaron para cincuenta personas.

Fueron los días de obras como Aceite, de Eugene O’Neill y De ratones y hombres, de John Steinbeck, a las que siguieron, entre otras, La ruptura, de Helge Krog y Edipo rey, de Sófocles. El sueño de Rodrigo, además de estudiar los clásicos, de meterse a fondo con Brecht, Miller y Tennessee Williams, era el de tener una sede propia. Había llegado la hora de dejar atrás la construcción de “un teatro en el aire”.
La casa republicana, de más de 125 años, en la que está hoy la sede de Pequeño Teatro, es un legado cultural de Rodrigo Saldarriaga a la ciudad. La compró con la cédula. Valía 24 millones, le rebajaron cuatro. El día del cierre del negocio, Saldarriaga salió enloquecido por la avenida La Playa, se creía Zorba el griego: bailaba, brincaba, a lo mejor era la reencarnación de aquel niño que había escuchado historias literarias de labios de su prima.

Allí, además, de dos salas, unas para quinientos espectadores y otra para ochenta, construyó la escuela de formación de actores. Saldarriaga, que dirigió cerca de setenta montajes, jamás dejó de ser comunista, pero, por encima de todo, un artista completo. Y obstinado. Fue capaz, con su inteligente táctica de entrada libre con aporte voluntario, cuestionada por algunos grupos teatrales de la ciudad, de llevar miles de espectadores a las decenas de obras allí representadas. Contribuyó a la creación de público y a la expansión de la cultura teatral en Medellín.

Su teatro siempre fue para el pueblo. Su vida, sensibilidad e inteligencia, las dedicó (incluidas sus apariciones en la política) al arte. Le hubiera gustado, según decía, montar a todos los griegos, todos los latinos, todo Shakespeare, todo Moliere… No le alcanzó la existencia para tanto. Ni siquiera para El jardín de los cerezos, de Chejov, una de sus máximas aspiraciones. Pero lo que hizo, lo amó en profundidad, consecuente con sus postulados de vida.

Luchó porque el teatro volviera a ser el “el listón más alto del pensamiento, como lo ha sido siempre”, según sus palabras. No se aferró a bien material alguno. Su testamento puede ser prueba del aserto: dejó su música (otra de sus pasiones) a su exesposa Gabriela; el videobeam y sus tres libros, a su hijo Gregorio, y el cuadro de Luciano Jaramillo, a Pequeño Teatro, “con la condición de que nunca lo vendan”.

Dramaturgo (autor de El ejército de los guerreros, Todo fue y Los chorros de Tapartó, y del libro de memorias Tercer timbre), director, militante político, actor, Rodrigo Saldarriaga hubiera querido tener como primer actor al gran cantor de tango Roberto el Polaco Goyeneche, para que representara el papel del Rey Lear. Muerto el 22 de junio de 2014, el mono Saldarriaga, que parecía un nórdico extraviado en las exuberancias del trópico, supo que el ser humano no puede existir sin Esquilo, sin Brecht, sin Strindberg… y deseó que en el mundo los “días de la ignorancia quedaran atrás”. Esa era su utopía personal. Su presencia se prolongará en cada obra, en cada escenografía, en múltiples personajes. En los actores que formó. Porque, como bien lo sentenció, “al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

(Escrito en Medellín el 29 de julio de 2014, para las revistas Deslinde y A Teatro)

Rodrigo Saldarriaga con la actriz Omaira Rodríguez

Romero para el recuerdo

Por Reinaldo Spitaletta

En casa, cuando mamá llegaba de visitar a su padre, en una vereda de Rionegro, Antioquia, el olor a plantas medicinales y aromáticas comenzaba a regarse por todas partes. Desenvolvía cidrón, yerbabuena, albahaca, limoncillo, manzanilla, ruda, malva, rosa amarilla y romero, al tiempo que papá, con cara entre disgustada y humorística, decía que solo iba por allá (él casi nunca visitaba a su suegro) a traer yerbas y nada de comida, qué vaina. Pero sí había algunas frutas como chirimoyas y guayabas rojas, y a veces uchuvas, de color amarillo encendido.

El ritual del desempaque era atractivo, porque, ella, que sonreía con los ojos, nos miraba con cara de saludo cuando iba poniendo sobre la mesa de comedor y el poyo de la cocina una exhibición botánica que perfumaba todo el ámbito familiar. Con esas yerbas, preparaba bebidas y algunas de ellas también las usaba para alguna receta gastronómica. Y digo esta palabra, pero casi como un anacronismo, porque no recuerdo si entonces era pronunciada por alguien en casa. Casi todo al respecto, se llamaba culinaria.

Al atardecer, mamá hacía aromáticas de limoncillo y manzanilla, y por las mañanas, yerbabuena y no sé qué otras. Pero la ruda jamás se utilizó para brebajes o pócimas caseras, sino para sembrar en materas y tenerlas, según mamá, como una manera de alejar malos espíritus, evitar el mal de ojo, controlar fuerzas diabólicas e impedir que a casa entraran las envidias y los deseos perversos de algún vecino. Eran sus palabras.

El romero lo empleaba no en la mesa, sino en los pies. Digo que hacía infusiones que, por lo demás, perfumaban toda la casa, para luego echarles sal marina y vaciarlos en una ponchera de peltre. Metía sus pies allí y su rostro parecía gozar con la sensación caliente y humosa del recipiente. Las ramas, con múltiples hojas, de la mata parecía que le hicieran cosquilla, porque ella gozaba mientras cumplía con la faena, que era una o dos veces a la semana. “Qué descanso”, decía.

Creo que con el tiempo a mis hermanos y a mí, lo mismo que a papá, comenzaron a cansarnos los olores perfumados de las matas, los hervores de limoncillo y de yerbabuena, la ruda en macetas, que a veces ella colgaba también, amarradas con una cinta amarilla, en los respaldos de las puertas como señal de buena suerte, según decía. O quizá no era que nos chocara el cargamento que traía de Abreíto (que era el nombre de la vereda) hasta Bello, que era donde vivíamos, sino la repetición. Siempre lo mismo. Una rutina de olores, sabores y aburrimientos aromatizados.

Mamá, que siempre fue una interesada en los secretos de las plantas, como que leía libros de editoriales argentinas, tales como Botánica Oculta, Los secretos de las plantas y otros de cuyos títulos no me acuerdo, nos decía que había que cargar gajitos de ruda en el bolsillo para evitar ladrones y tener la posibilidad de contrarrestar las malas intenciones de la gente en la calle. A veces le hacíamos caso, solo por mantenerla contenta. Mucho tiempo después de ella haber muerto, una mata de ruda me salvó de un embrujo letal, pero esta es una historia para otra narración.

El caso es que hoy me he acordado de mamá y de sus plantas (que algunas también las sembraba en materos de barro y en latas de galletas de soda), porque he leído un pequeño artículo que habla sobre el romero (una planta que Celia Cruz no incluyó en su Yerberito moderno) y su capacidad para mejorar la memoria. El asunto ya lo sabía Shakespeare, experto en hojas, flores y tallos, porque, en el Acto Cuarto de Hamlet, hace decir a Ofelia, tras la muerte de su padre, Polonio: “Aquí hay romero, es para el recuerdo. Por favor, amor, recuerda; y aquí hay violetas, para los pensamientos”.

El penetrante olor del romero es evocador. Hay en él un poder de reminiscencia. Aparte de sus valores cosméticos y gastronómicos, tiene la facultad de mantener joven al cerebro. Según investigadores, el aceite esencial de romero puede servirles a individuos con capacidad cognitiva afectada para recuperar sus atributos. Y ahora que lo dicen, recuerdo que mamá, cada que estaba con sus pies metidos en la ponchera de agua caliente con romero y sal, comenzaba a recordar a sus antepasados, a su abuela Estanislada y no sé a quiénes más, a los tiempos viejos, a sus juguetes de infancia, a los libritos de Ediciones Saturnino Calleja y se le alborotaban las ganas de contar viejas historias y hacer genealogías familiares.

Dicen que los olores de infancia son difíciles de borrar. Y entre los míos durante mucho tiempo estuvo el del romero, que según los latinos significa “rocío marino”, y según los griegos “el arbusto aromático”. Ahora, mientras evoco las plantitas que mamá traía de la finca de mi abuelo y que papá miraba con desgano y cierto dejo de burla, llega hasta este lugar de la tarde una exultante vaharada de romero. En efecto, Ofelia (y su papá Shakespeare) tenía razón: el romero sirve para recordar.