Borges, el de la luminosa ceguera

(A propósito de los 120 años del nacimiento del poeta y escritor argentino)

 

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La duda es uno de los nombres de la inteligencia, decía Borges. Ilustración de Iñaki Massini Pontis

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“Mirando la oscuridad que ven los ciegos” es un verso de Shakespeare que Jorge Luis Borges retoma en su conferencia La ceguera al decir que la gente se imagina que un ciego lo ve todo negro, un mundo de oscuridad absoluta. A los ciegos, se ha dicho, les extraña el negro y el rojo, dos colores que no perciben. Los ciegos viven en una especie de neblina “vagamente luminosa”, azulada o verdosa. En cualquier caso, perder la vista, como le pasó a Borges, que la heredó de sus antepasados y más o menos en 1955 ya se quedó “sin luz”, es un drama que el gran escritor y poeta argentino aprovechó en su creación literaria.

 

El mundo de la oscuridad, como metáfora, representa la terrible tiniebla de lo ignorado, de los que no se explica ni se tiene noción. Se ha visto ese estadio de la ausencia de luz como una suerte de infierno, que puede ser aquel en el que uno no ve a sus verdugos, a sus torturadores, a los que están haciendo una labor de purga, como es posible que pueda ocurrir en alguno de los círculos dantescos. La ceguera se asocia con la noche, como bien lo dice el autor de El Aleph en su Historia de la noche: “en el principio era ceguera y sueño…”, sí, como en una creación o cosmogonía, al principio no había luz.

 

Borges, lector impenitente, tuvo que haber sufrido lo indecible cuando no pudo ver más. Cuando “esos tenues instrumentos, los ojos” quedaron ciegos, cuando le advino aquella “modesta ceguera personal”, que era total en un ojo y parcial en el otro, por el que apenas se insinuaba el amarillo de los ocasos y el oro de los tigres, esos mismos felinos que él, de niño, admiró en el zoológico. Tal vez uno de sus dolores haya sido el no poder ver el rojo, “ese color que resplandece en la poesía” y así el poeta se acercó, como una larga agonía, a un “lento crepúsculo”, el irse quedando, como en un tango, “como un pájaro sin luz”.

 

La ceguera ha sido motivo literario. Y también la han padecido otros escritores y vates, como Homero, si acaso haya existido un autor así llamado, con un nombre que, se dice, significa “rehén” o también “el que no ve”, lo cual conduce una imposibilidad: que alguien sin vista hubiera concebido una poesía tan visual como la que se advierte, por ejemplo, en la Ilíada. Para Borges, al referirse a Homero y su obra, dice que la poesía no debe ser visual sino musical. Milton, el de El Paraíso perdido, un ciego con mucha luz, veía con todo el cuerpo.

 

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Borges no se dejó acobardar por la ceguera, aunque tuvo que ser una desventura atroz. Y la asumió como un modo o estilo de vida, la de las sombras, la de apenas lo sugerido por la luz, como el caso (y ocaso) de los amarillos, como los mismos áureos tonos del tigre, de esos tigres que se quedaron en su conciencia como imágenes de infancia. La plusvalía adquirida por la ausencia de visión la resarció con el mundo auditivo, que le auspició el aprendizaje de la lengua anglosajona, algo de islandés y lo condujo a decir, como lo hace en Elogio de la sombra, que la vejez “puede ser el tiempo de nuestra dicha”, porque “el animal ha muerto” y “quedan el hombre y su alma”.

 

Puede ser que, de una u otras misteriosas maneras, el ensayista, el creador de ficciones, el poeta, se haya servido de un ejemplo antiguo, como el de Demócrito de Abdera, que se sacó los ojos para pensar, para que la realidad no lo distrajera. “Mis noches están llenas de Virgilio”, dijo en un verso de Un lector, que también le propició el aprendizaje del latín.

 

El memorioso Borges acrecentó su inventiva y su capacidad para retener esencias y fenómenos gracias a su ceguera. Ante la desaparición del mundo visible había que crear otros mundos, con luz, con música, con ríos eternos como los de Heráclito, con las variables del tiempo que desembocan a lo inmutable y a lo que dejará de existir. Le sirvió en algún instante meterse con aspectos de Joyce, del que elogió su Retrato del artista adolescente, para decirnos que el autor de Ulises estudió noruego, griego, latín, y que inventó un idioma que es “difícilmente comprensible pero que se distingue por una música extraña” y pudo así llegar a una afirmación categórica: Joyce trajo una música nueva al inglés.

 

Borges ceguera subtexto y empatia

 

Borges, que cuestionó el castellano sobre todo por la imprecisión de sus sinónimos (“sugieren diferencias imaginarias”), decía que el inglés superaba a todas las demás lenguas y ofrecía infinitas posibilidades al escritor. Y quizá haya sido una manera de ver con otro idioma el mundo que la ceguera no le permitía examinar. Y, tal vez como una suavización de su condición invidente, dijo una vez que “la ceguera es un don”. Así escribió poemas como El ciego (dos versiones) y supo que “solo puedo ver para ver pesadillas”. Claro, la pesadilla, tema sobre el que dictó una conferencia en la que declaró que el “sueño es una obra de ficción”, que recrea en su libro La rosa profunda, en el cual la ceguera está inmersa, como una planta acuática, en varios poemas.

 

Con su escasa luz en la mirada el escritor buscó disimular esta ausencia, eso que él, para no abatirse, bautizó como un don, con el fin de no producir sentimientos de piedad o conmiseración. Se ha visto que los ciegos suscitan entre los videntes una especie de lastimería, de misericordia caritativa, de pesadumbre. Y Borges intentó no ser objeto de pesares por su ceguera. Más bien, le sacó partido a la misma. Y habló más de ojos que no ven, que de ciegos. “La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”, reivindica en el prólogo de La rosa profunda. Y así supo que las tinieblas requerían ojos que ven.

 

H.G. Wells, uno escritor inglés, más bien despreciado por sus paisanos y admirado por Borges, escribió un relato a modo de distopía, una curiosidad llamada El país de los ciegos, que sucede en los Andes ecuatorianos y en esencia plantea que en aquella región desconocida los ojos no sirven para nada y no se requieren. No hay conceptos basados en el ver. Es un mundo auditivo y olfativo. Por eso, aquel visitante inesperado e involuntario que arribó de otras geografías a esa región, sabrá que allí los ojos son materia estorbosa e inútil.

 

Tal vez Borges, como si aparentara tras el corte de luz en sus vistas que los ojos no servían para mayor cosa, decidió vivir en un país de ciegos. Era un huésped de la noche, un conocedor de los mundos tenebrosos. Miraba hacia adentro. Como Milton, Borges escribirá en las sombras. Sabrá de los caliginosos parajes y paisajes de sus ojos que no le dejaban verse en un espejo, aunque su literatura tenga espejos a montón, así como laberintos, el concepto de infinito, la memoria, la razón, “los caminos de sangre que no veo” y tal vez por esas ausencias lumínicas supo que el hombre es numeroso en penas y en días.

 

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Lento en mi sombra, la penumbra hueca

 

exploro con el báculo indeciso,

 

yo, que me figuraba el Paraíso

 

                                                           bajo la especie de una biblioteca.  Ilustración de Raquel Moreno

 

 

La ceguera, que avanzó como “un lento crepúsculo”, lo puso a atisbar otras dimensiones. “Ya que he perdido el querido mundo de las apariencias, debo crear otra cosa: debo crear el futuro, lo que sucede al mundo visible que, de hecho, he perdido”. En el escritor se quedaron, en el caso de su ciudad, las imágenes de infancia y juventud, aquel viejo Buenos Aires, que él entrevió de niño a través de la reja, de la verja de su casa, consistente en patios, zaguanes, aljibes, parrales, calles empolvadas y un arrabal que él tiene que inventar, como inventó el sur, en el que tantas cosas acaecen en sus relatos.

 

El hombre y el poeta supieron que la vejez era la soledad suprema, “salvo que la suprema soledad es la muerte”. El pasado era el que había visto en sus días de adolescencia e infancia, rostros de mujeres, rosas, libros, estantes, cajones con puñales, pájaros, un mundo desvanecido, unas ausencias que se albergarán en la memoria y puede ser que sirvan como insumos para la reconstrucción de lo que ya no es. Crea a través de las palabras, y debe nombrar de nuevo un universo desaparecido.

 

Para Borges no es válida la afirmación, un tanto irracional, de que solo existe lo que se ve, lo que puede ser percibido por la vista (ser es ser percibido, sostenía Berkeley), pero hay otras maneras de la percepción. Las cosas suenan, huelen, se pueden tocar, saben. Y a través de la razón se elevan a planos conceptuales, a reflexiones no tan mundanas, a la crítica. Borges explora las sonoridades, los perfumes, el mundo de la ensoñación, otras inteligencias, las introspecciones. Y también otra manera de las visiones.

 

En Hombre de la esquina rosada, la Lujanera, que ejerce un poder de fascinación, es dueña de una condición única: “Verla, no daba sueño”. Que está conectada con el sentido de la vista, de apreciar sus formas, su caminado, su vestido, su gracia. “La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas…”. En diversos relatos, la visualidad es esencial en Borges, un ciego que veía demasiado. Por ejemplo, en Emma Zunz: “El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch”.

 

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La memoria, que según Borges es una forma del olvido, es una evidencia en la poesía y la literatura borgianas. Ayuda a ver, a reconstruir, a reparar. Hay que invocarla para no caer en el vacío. Pertenece al pasado, que puede ser un pasado irreal, una quimera, una invención más. En La memoria de Shakespeare se dice: “Quedará en lo profundo de tu memoria, debajo de la marea de los sueños. Cuando lo escribas, creerás urdir un cuento fantástico. No será mañana, todavía te faltan muchos años”.

 

En el Poema de los dones, el escritor dice que “De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, / que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños…”. Borges vio a través de las literaturas, las enciclopedias, las conjeturas, los mitos y los espejos. Descifró sueños. Vio más allá de la oscuridad y así nos dejó un legado de pesadillas y visiones fantásticas. Si usted cierra los ojos y piensa en el oro de los tigres, lo verá: “Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado / al poderoso tigre de Bengala”. Borges era un ciego con mucha luz.

 

28-viii-2019

 

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Ahora sólo perduran las formas amarillas / y sólo puedo ver para ver pesadillas.     Pintura de Juan Manuel Gaucher

 

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Literatura en voz alta

(Un ejercicio doméstico en la cocina o el comedor, con invitados como Shakespeare, Cervantes y Víctor Hugo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En Nadie encendía las lámparas, un cuento de Felisberto Hernández, un hombre lee en voz alta una narración en la que hay “una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse”, pero siempre surgía un obstáculo que la hacía desistir. En el relato del escritor y pianista uruguayo, un autor que, como lo dijera Ítalo Calvino, no se parece a nadie, se recupera la remota memoria de cuando en veladas familiares y de amigos se leían libros, con muchos escuchas y un lector guía.

 

Con mi compañera, alias la Mona, colonizamos desde hace años la cocina y el comedor para hacer lecturas en voz alta, más que todo en las mañanas, quizá como una forma muy poco ortodoxa de abrir el apetito matinal, y, claro, más que nada para sentir las infinitas músicas y descifrar —o al menos, intentarlo— los misterios de la literatura. No recuerdo cuál fue el primer libro que se nos convirtió en una suerte de embrujo para tal función. Porque, es una obviedad, no todos los cuentos y novelas son aptos para dicho ejercicio. Todavía no lo hemos hecho, por ejemplo, con Ulises, de Joyce, aunque alguna vez lo intentamos con el monólogo de Molly Bloom, ni con las novelas de William Faulkner y Virginia Woolf.

 

En cambio, ya nos bebimos, de modo metafórico, hasta los venenos de los que se habla en El conde de Montecristo, y nos convertimos en espectadores de nuestro propio montaje con Macbeth (que pudiera también ser una obra con distintos niveles de horror); Ricardo III; Otelo, Hamlet, El mercader de Venecia, el rey Lear y Sueño de una noche de verano… Shakespeare es una delicia para esta rutina doméstica. Y luego de leer cada día algunas escenas o apartados, el desayuno sabe mejor.

 

De cualquier modo, y aunque durante el resto de la jornada cada uno lea por su lado lo que más le interese, se nos tornó una necesidad cotidiana este encuentro mañanero con distintos autores. El Quijote lo devoramos no sé en cuántos días, tal vez unos dos o tres meses, como también Los miserables. A veces, ella, cuando recuerda algunos pasajes de la novela de Víctor Hugo, como decir, por ejemplo, la parte de Waterloo, no cesa su risa de encanto por aquel “rendíos, valientes franceses”, que espeta un general inglés, y la respuesta categórica, única, impecable, de Cambronne: “¡Mierda!”.

 

De Isaac Bashevis Singer hemos leído la voluminosa novela Sombras sobre el Hudson, al tiempo que nos internamos en los días luminosos, también siniestros, del Renacimiento, con consejas, guerras, conspiraciones, crímenes y otras venganzas, como suceden en Bomarzo, novela del argentino Manuel Mujica Láinez. En ese mismo sentido, leímos La agonía y el éxtasis, de Irving Stone, sobre Miguel Ángel.

 

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Stendhal nos iluminó muchas mañanas (y a veces, una que otra noche) con La cartuja de Parma, con su tempo allegro con brío, con las peripecias tanto de amor como de guerra de Fabricio y con personajes no hechos para el olvido como Gina Sanseverina. Tal vez, en estas “veladas diurnas”, la mayor dificultad por las interrupciones furiosas a cada momento contra Emma, de parte de la Mona, nos llevaron por una larga temporada a conversar —a veces, hasta la exaltación— sobre el “bovarismo”, la pequeña burguesía, la emancipación de la mujer y otros temas conexos con esta novela excepcional de Gustave Flaubert.

 

Creo que las lecturas domésticas en voz alta, con todo lo que implica un acercamiento de ese modo a la literatura, sin dejar de lado esas otras maneras de abordarla con la soledad individual, con la meditación y la concentración, sin compañías, en fin, es otra posibilidad de encontrarnos con las historias, los dramas y entramados de la condición humana. Y compartirlos. Sí, casi siempre se detiene la lectura para buscar palabras en el diccionario. Para establecer características de época, para hacer anotaciones sobre los caracteres, los conflictos y un largo etcétera. Es una aventura hogareña que linda con lo maravilloso.

 

Cuando leímos El amor en los tiempos del cólera, no faltaron los olores a condimentos, a almendras amargas y, en particular, las conversaciones de cocina en torno a la berenjena. Al principio, a Fermina Daza le daban náuseas las preparaciones con esta solanácea que tiene nostalgias árabes y que, con plátano maduro, en una mezcla de delicia llamada boronía, es una exquisitez con gusto caribe.

 

Ahora mismo, hemos pasado el primer tomo de una novela monumental como El Don apacible, de Mijaíl Shólojov, y en la que los cosacos, sus comportamientos, cultura, modos de ser, de cantar, de amar, de beber, nos llevan a conocer de otros espacios y tiempos. A cabalgar por otras geografías. Una de las descripciones más impresionantes sobre la guerra puede encontrarse en esta obra que superó los mandamientos del dogmático “realismo socialista” soviético.

 

Una lectura compartida en casa no deja de tener sus atracciones, como el olor a café y la calidez de una cocina. Y como en el relato de Felisberto, puede ser una manera sutil para la seducción y otros enamoramientos.

(3-09-2018)

 

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Pintura de Jonathan Wolstenholme.

 

 

Palabras para un teatrero muerto

A Rodrigo Saldarriaga, In Memoriam

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Por Reinaldo Spitaletta

 

De pequeño, a Rodrigo Saldarriaga lo “prestaban” sus padres para que hiciera de niño Jesús en los pesebres de los vecinos. Parecía un vikingo extraviado en el trópico, rubio y ojiazul. De cuna conservadora, se convirtió en un líder revolucionario y en uno de los principales directores teatrales colombianos. Fundador hace 39 años de Pequeño Teatro de Medellín, el artista que estuvo a punto de un infarto mientras representaba a Heisenberg, en la obra Copenhague, de Michael Frayn, murió el domingo 22 de junio.

 

Saldarriaga, perteneciente a una familia confesional antioqueña, de aquellas de misa y comunión diarias, comenzó a conocer la realidad real cuando entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional. Era la convulsionada década de los sesentas, en la que, por primera vez, los jóvenes comenzaron a ser protagonistas de su historia. “Urgidos de vida y libertad”, como recordaría en su libro de memorias Tercer Timbre, esos días fueron el contacto con nuevos discursos, distintos a los que dominaban la cotidianidad de la muy goda Medellín.

 

Con sus amigos de universidad se iban al café Versalles y al Festín a hablar de todo, menos de arquitectura. Eran los días de la educación sentimental, con Bergman, Visconti, la Nueva Ola francesa, el Manifiesto Comunista y las historias de la revolución bolchevique. A veces se creían la reencarnación criolla de Daniel el Rojo, en pleno mayo del 68, cuando la imaginación se tomó las calles no solo de París sino del mundo.

 

Uno de sus “bautismos” revolucionarios los asumió cuando, en los bajos del consulado americano en la Avenida Primero de Mayo, en Medellín, junto a otros muchachos, coreaba “Ho-Ho-Ho Chi Minh-Yanquis go home, fuera de Vietnam”, mientras sostenían centenares de efigies del Che Guevara. Pero su bautismo teatral lo recibió de Jairo Aníbal Niño, sí, el de El Monte Calvo y el de Las bodas de lata o el baile del arzobispo. En 1968, Niño fundó la Brigada de Teatro, de la que el joven Saldarriaga hizo parte, entre otros con los montajes de La madre, de Gorki, y de La masacre de Santa Bárbara.

 

Este último montaje le costó que su familia lo pusiera en una situación límite: o abandonaba el teatro (que solo sirve para entretener negros, así le dijeron) o se iba de la casa. Prefirió lo último y se fue de arrimado a un inquilinato de universitarios en el barrio Sevilla, de Medellín, muy cerca de la Universidad de Antioquia.

 

En 1975 fundó, con otros compañeros, Pequeño Teatro, cuyo nombre fue un homenaje a Stanislavski, que tenía en el Teatro del Arte de Moscú un Pequeño Teatro (el drama) para diferenciarlo del Gran Teatro (la ópera). Y a partir de ahí sus montajes teatrales, en cuyo repertorio siempre estuvieron los clásicos, tenían la concepción de servir al pueblo. Sus obras de iniciación se presentaron en carpas huelguísticas, escenarios estudiantiles, pueblos y caseríos de Colombia. Después, los griegos y Shakespeare fueron parte sustancial de los montajes dirigidos por Saldarriaga.

 

El autor de Todo fue, Los chorros de Tapartó y El ejército de los guerreros, un amante de Piazzolla y de Roberto Goyeneche, dijo alguna vez que hubiera querido tener al cantor argentino en su elenco para representar al Rey Lear. Era un ser que rezumaba teatro día y noche, con sus cigarrillos y cervezas al clima. Decía que el mejor director de teatro era Giorgio Strehler, del Piccolo Teatro de Milán, al que una vez le vio en París la obra Arlequín, servidor de dos señores. “Se me reventaron las manos de aplaudir”, contó alguna vez.

 

Estudioso de Shakespeare, Brecht y otros dramaturgos, Saldarriaga montó con éxito taquillero la obra En la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, con dramaturgia de Enrique Buenaventura. Y se quedó pendiente el montaje de El jardín de los cerezos, de Chejov, otro autor de sus amores. Y, claro, como hubiera querido, y como utopía personal, se quedaron por montar todos los griegos, todos los latinos, la Comedia del Arte, todo Shakespeare, todo Brecht. Los que dirigió, más de sesenta montajes, los hizo con pasión y sapiencia.

 

Su libro de memorias, termina con un tremendo colofón: “Los nietos de mi nieto disfrutarán nuevamente con Esquilo, con Shakespeare, con Strindberg y con Brecht y el teatro volverá a ser el listón más alto del pensamiento como lo ha sido siempre. Habrán pasado los oscuros días de la ignorancia, de los pretenciosos necromantes de la “carne de perro” y de los desesperados desencantados del pensamiento. Y yo estaré ahí, porque al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

 

(Medellín, junio 23 de 2014)

 

 

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Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

De diciembre, judíos y literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Diciembre es asunto de cultura. Y, claro, de consumo. Decía una señora, mi vecina, muy perspicaz, que sería bueno recordarles a los cristianos que en estas calendas están celebrando el nacimiento de un judío. Y al mismo tiempo, otro vecino, que resultó ser más irónico, contestó que si no era cierto que a ese judío lo habían matado sus propios congéneres o correligionarios, y que los romanos no tenían ninguna culpa en el desenlace. Y así, entre risas y chascarrillos, la conversación fue derivando hacia lecturas, platos, gustos y las turbamultas en las zonas comerciales.

Diciembre, para los que habitamos en barrios, es la posibilidad de entrar en contacto entrañable con el vecindario. Todavía hay quien te mande el plato de natilla con buñuelos o el que te invite a pasar a su casa a degustar un café o un trago. Menos mal. Porque diciembre, pese a que hay quienes cantan Maldita Navidad, del compositor José Barros, o la Navidad de los pobres, de un grupo tropical llamado Los Éxitos, es un mes para volver a lecturas como las de Charles Dickens y el avaro almacenista Scrooge, o rememorar algún cuento de O. Henry, o de Truman Capote, o a Tomás Carrasquilla con El rifle en el frío bogotano, y así, que lecturas navideñas hay para dar y convidar.

A propósito de lecturas y judíos, con doña Rosa, otra de mis vecinas, tuve la ocasión de un palique de acera. Ella, tan devota de la literatura judía, decía que nadie escribe mejor que los de esa condición cultural y religiosa; incluso, en son de charla, me decía que me regalaba, como si yo fuera un amante de pesebres y novenas navideñas, a Joshua, Joseph y Miryam, y yo le contesté que me gustaban más los tres reyes magos, que ni eran reyes ni magos ni eran tres. Y así la charla transpuso la jocosidad para tornarse seria cuando le dije que había musulmanes y católicos y protestantes y ateos que escribían muy bien, que la buena escritura no era asunto de religión o de falta de ella.

“Ve, entonces espero que alguno supere el libro de Job”. Y aquí fue Troya, porque a ella, que tiene como su texto de cabecera al doloroso patriarca bíblico, que sin duda es protagonista de un libro imprescindible, le contesté que en el arte y la literatura no es cuestión de superar una obra a otra. Ni La Odisea, ni La Ilíada, ni la Comedia (llamada Divina), ni el Quijote, ni Madame Bovary, superan, por ejemplo, a En busca del tiempo perdido, ni este a los anteriores, que todos son clásicos, libros que nos siguen interrogando, inquietando, despertando. Mostrando caminos. Cien años de soledad no supera a Gargantúa y Pantagruel, ni estos libros (son cinco en uno), superan a el Satiricón.

Así que diciembre, con sus festones de esquina, nos permitió otra vez conversar en torno a que la idea de “progreso” no cabe en el arte. Que El Bosco y Picasso nada tienen que ver con que uno supere al otro. Los dos nos han hecho la vida diferente y ambos, con muchos otros (músicos, científicos, poetas…), nos reconcilian con el hombre, que las más de las veces no es solo lobo, sino una especie de leviatán, también un monstruo bíblico que representa con acierto y de modo azaroso la parte oscura de la humanidad.

Doña Rosa, que está bajo el inteligente influjo de Primo Levi, Bashevis Singer, Canetti, Joseph Roth (que igual tiene un perturbador Job), Bellow, Samuel Agnon, en fin, es lectora todo el año, pero en diciembre comienza a provocar con sus escritores judíos, extraordinarios, claro, como los hay fuera de serie entre negros y blancos, japoneses, budistas, indios de la India, cristianos y ateos. Que uno no puede dejar de leer, por decir algo, a Céline o a Hamsun porque fueran simpatizantes nazis. O a Shakespeare (doña Rosa le tiene altar en su casa) por sus deslices antisemitas en El mercader de Venecia y Otelo.

Diciembre, en efecto, es materia de cultura. Y de vulgar consumo. Pero es, todavía, lindo y afectuoso en el barrio, en el que habitan gentes como doña Rosa y una hermosa chica de reggaetón.

Por el teatro, la vida misma o los bautizos de un artista

Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Por Reinaldo Spitaletta

Se podría decir, con un proverbio árabe, que Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014) no fue hijo de sus padres, sino de su tiempo. Moldeado en su infancia por una educación confesional, recibió en su adolescencia y juventud los influjos de la vorágine de la revolución cubana, la revolución cultural china, el mayo francés y el movimiento estudiantil de 1971, del que fue protagonista y agitador.

Entrando en un territorio íntimo, también se podría decir, como él alguna vez lo recordó, que fue hijo de Una mujer de cuatro en conducta (publicada en 1948), la novela escrita por su tío Jaime Sanín Echeverri. Hubo un tiempo en que la familia del escritor y diplomático, con cerca de doce miembros, y la de los padres de Rodrigo, con seis, habitaban en dos caserones vecinos. El autor les dijo que todos podrían vivir de las regalías de la obra. Y así fue.

Saldarriaga, que con el tiempo, el estudio, la dedicación, la disciplina y el talento se convertiría en uno de los más destacados directores de teatro de Colombia, creció entre rosarios y una mentalidad goda. Su padre, un negociante de bisuterías, relojes, lámparas y otros cacharros, llevó una vez a su casa decenas de lámparas de cristal de Murano, unas arañas como las que hay en la Catedral Metropolitana de Medellín. Se las había enviado su cuñado Sanín Echeverri cuando era diplomático en Italia.

La casa paterna se llenó de arañas colgantes, que atiborraban cuartos, sala, comedor, pasillos y patio. Eran tantas, que no había espacio para los moradores. Su papá las tuvo que disgregar y venderlas por pedazos, con otras formas y estilos. Después, trajo relojes Jawaco, de péndulo, al que les puso la marca Cóndor. También colmó la casa con ellos, que sonaban a distintos tiempos, unos con música del Ángelus, el Ave María, el Himno Nacional y otras tonadas, que hacían sentir el ámbito como un hogar de locos.

A los cuatro años, sufrió Saldarriaga un accidente que afectó sus ojos y lo dejó vendado un buen tiempo. Su prima Pilarica aprovechaba para leerle a Verne, Salgari, algunas piezas de Cervantes, teatro de Alejandro Casona, Quevedo y otros clásicos. Tal vez ahí recibió su primer bautizo artístico.

Su primaria y bachillerato, en un colegio católico, de misa y comunión diarias, se mutó en un mundo distinto con la entrada a una universidad pública, la Nacional, donde comenzó Arquitectura. Un nuevo bautizo, el de las ideas libertarias, la vida sin ataduras religiosas, la rebeldía social, lo marcó en las nuevas aulas. “La última confesión de mi vida, apenas entrada la pubertad, fue con un cura pederasta que se convirtió rápidamente en burla, denuncia y abandono para siempre de la religión, de la tradición de la sociedad y de la familia”, escribió en su libro de memorias artísticas Tercer Timbre.

-¡Fue tan fácil dar el paso de coleccionista de laminitas sacras a ateo militante!-, anotó.

En Arquitectura, donde estaba el maestro Pedro Nel Gómez (allí vio los primeros desnudos de su vida, los del gran muralista colombiano, cuando en casa de Saldarriaga hasta la Sota de bastos era una inmoralidad), todo le olía a libertad, según expresó el 10 de junio de 2014, catorce días antes de su muerte, en un documental realizado por la periodista Patricia Vargas.

En 1969, ya era militante del recién fundado MOIR y el gusano del teatro, además del de la política revolucionaria, lo había picado. En la Nacional conoció también al escritor y dramaturgo Jairo Aníbal Niño, con el que participó en la obra La masacre de Santa Bárbara, un drama que denunciaba los hechos sangrientos de la huelga de los trabajadores de Cementos El Cairo, reprimida por el ejército y en la que perecieron 13 personas, entre ellas la niña María Edilma Zapata.

Por este montaje, a Niño lo expulsaron de la Nacional y se fue a la Universidad de Antioquia, en la que fundó la Brigada de Teatro de los Artistas del Arte Revolucionario. Y ahí estaba Saldarriaga quien, junto con otros estudiantes, participó en La madre, de Gorki, con adaptación de Bertolt Brecht. Con esta pieza, la Brigada recorrió el país, armó debates en distintas universidades, se presentaron en carpas huelguísticas y agitaron la vida provinciana de pueblos y ciudades.

De la U. de A., tras dos años de montajes y discusiones teatrales, también los expulsaron. Niño se marchó a Bogotá y el grupo se diluyó, en medio de un ambiente de convulsiones políticas estudiantiles. El MOIR había trazado su línea de Pies Descalzos. Algunos de los artistas viajaron al campo como cuadros revolucionarios y otros migraron a pueblos y ciudades de Colombia con la mira de hacer teatro.

A Rodrigo Saldarriaga lo enviaron a Barranquilla, donde, según él, “era un imposible metafísico hacer teatro”, porque no había gente interesada en el asunto. A su retorno a Medellín, parecía una especie de desubicado inmigrante en su ciudad. Trabajó, contra su voluntad, en una empresa funeraria de un pariente, en oficios relacionados con ventas de tumbas, balances, escrituras y otras actividades con las que su familiar quería “reeducarlo para que dejara esa bobada del teatro”.

Pero la “bobada” creció. Renunció al cargo. Y volvió por sus fueros. El grupo Columna de fuego, dirigido por el manizalita Efraín Castellanos, estaba en Medellín. El elenco, formado por muchachos que oscilaban entre la marihuana y el marxismo, tenía más intenciones políticas que artísticas. Saldarriaga rompió con lo que le parecía un atentado contra la creación y el arte, y propuso el montaje de una adaptación que él ya había iniciado en Barranquilla: la del cuento Anacleto Morones, de Juan Rulfo.

Se distanció de Castellanos y convocó a Eduardo Cárdenas, Efraín Hincapié, John Jairo Mejía, Óscar Muñoz y Jorge Villa para iniciar el montaje. Fue el nacimiento de Pequeño Teatro, en enero de 1975. Al cuento inicial del mexicano, le agregaron otros dos: Nos han dado la tierra y Diles que no me maten. Los ensayos los empezaron en la Universidad de Antioquia. El estreno sucedió en el teatro Camilo Torres.

Después, en medio de turbamultas estudiantiles, debates y la incertidumbre de no saber adónde ir, abandonaron la universidad y se fueron a ensayar en la casa de Rodrigo, en la que él vivía con su mujer Gabriela Escobar y su pequeño hijo Gregorio, en el frenético sector de Guayaquil. Luego, pasaron al barrio Villa Hermosa, donde consiguieron una destartalada casa-lote, que, en rigor, fue la primera sede de Pequeño Teatro de Medellín.

Estos hombres solos, que representaron sin afeites los personajes femeninos de Anacleto Morones, fueron la semilla de un grupo que, con el tiempo, se convertiría en uno de los más importantes del país. Ingresó una mujer, Clemencia Cartagena, y por ella, según lo advirtió Saldarriaga, comenzó a escribir la obra Todo fue, que estrenaron en la carpa de huelga de la empresa Satexco, en Itagüí.

Iniciaron un periplo por el país y tras su retorno a la ciudad, se embarcaron en una aventura teatral de enormes proporciones (un proyecto macrocefálico, como lo calificó el columnista Alberto Aguirre): Macbeth, de William Shakespeare. Ya Rodrigo había estado en Europa. Había visto la Royal Shakespeare de Peter Brooks, de Peter Hall, de Trevor Nunn, en Londres y en Stradford-upon-Avon; la Comedie de Monsieur La Salle, en París; el Piccolo Teatro de Milán, de Giorgio Strelher con su Arlequino servidor de dos señores, en el parisino Odeón, y también La cantante calva, de Eugenio Ionesco, en el Barrio Latino.

Fue como otro bautizo. Llegó a Medellín con las ansias incontenibles de montar a Shakespeare. Era 1979. Y no había quién pudiera impedirlo: ni la miseria intelectual de la ciudad, ni las objeciones que algunos hacían porque se trataba de un montaje imposible. Tanto Saldarriaga como sus actores sabían, con el portentoso inglés, que “estamos entretejidos en la misma urdimbre de nuestros sueños”.

Después del colosal montaje, con una escenografía aparatosa, Pequeño Teatro resolvió que la obra no se podía quedar en Medellín. En su repertorio ya tenían Los intereses creados, de Jacinto Benavente, y Tiempo vidrio, de Sebastián Ospina. Con todos sus bártulos emprendieron una gira por el río Magdalena. Por donde pasaban, la gente se volcaba a ver lo nunca visto: una compañía teatral, en sitios donde la mayoría de los lugareños no tenía noción de lo que era el teatro.

Era el principio de una trashumancia, por pueblos, veredas, ríos, en medio de leyendas populares como la del mohán, que los condujo por casi toda Colombia. En 1981, con la obra Josef Antonio Galán, de cómo se sublevó el común, del miembro del grupo Henry Díaz, Pequeño Teatro realizó una gira siguiendo la ruta de los comuneros, a propósito del bicentenario del alzamiento popular.

El espíritu de Saldarriaga, a veces tremendista, a veces reflexivo, pero siempre dispuesto a las aventuras del arte, condujo al elenco a conseguir una nueva sede, cerca del Teatro Pablo Tobón Uribe, en el centro de Medellín. El primer alquiler lo pagaron con la donación que hizo el violinista Carlos Villa, al lado del pianista Harold Martina, de un recital en El Castillo, que los espectadores llenaron, con entrada a tres mil pesos. La nueva sala la adaptaron para cincuenta personas.

Fueron los días de obras como Aceite, de Eugene O’Neill y De ratones y hombres, de John Steinbeck, a las que siguieron, entre otras, La ruptura, de Helge Krog y Edipo rey, de Sófocles. El sueño de Rodrigo, además de estudiar los clásicos, de meterse a fondo con Brecht, Miller y Tennessee Williams, era el de tener una sede propia. Había llegado la hora de dejar atrás la construcción de “un teatro en el aire”.
La casa republicana, de más de 125 años, en la que está hoy la sede de Pequeño Teatro, es un legado cultural de Rodrigo Saldarriaga a la ciudad. La compró con la cédula. Valía 24 millones, le rebajaron cuatro. El día del cierre del negocio, Saldarriaga salió enloquecido por la avenida La Playa, se creía Zorba el griego: bailaba, brincaba, a lo mejor era la reencarnación de aquel niño que había escuchado historias literarias de labios de su prima.

Allí, además, de dos salas, unas para quinientos espectadores y otra para ochenta, construyó la escuela de formación de actores. Saldarriaga, que dirigió cerca de setenta montajes, jamás dejó de ser comunista, pero, por encima de todo, un artista completo. Y obstinado. Fue capaz, con su inteligente táctica de entrada libre con aporte voluntario, cuestionada por algunos grupos teatrales de la ciudad, de llevar miles de espectadores a las decenas de obras allí representadas. Contribuyó a la creación de público y a la expansión de la cultura teatral en Medellín.

Su teatro siempre fue para el pueblo. Su vida, sensibilidad e inteligencia, las dedicó (incluidas sus apariciones en la política) al arte. Le hubiera gustado, según decía, montar a todos los griegos, todos los latinos, todo Shakespeare, todo Moliere… No le alcanzó la existencia para tanto. Ni siquiera para El jardín de los cerezos, de Chejov, una de sus máximas aspiraciones. Pero lo que hizo, lo amó en profundidad, consecuente con sus postulados de vida.

Luchó porque el teatro volviera a ser el “el listón más alto del pensamiento, como lo ha sido siempre”, según sus palabras. No se aferró a bien material alguno. Su testamento puede ser prueba del aserto: dejó su música (otra de sus pasiones) a su exesposa Gabriela; el videobeam y sus tres libros, a su hijo Gregorio, y el cuadro de Luciano Jaramillo, a Pequeño Teatro, “con la condición de que nunca lo vendan”.

Dramaturgo (autor de El ejército de los guerreros, Todo fue y Los chorros de Tapartó, y del libro de memorias Tercer timbre), director, militante político, actor, Rodrigo Saldarriaga hubiera querido tener como primer actor al gran cantor de tango Roberto el Polaco Goyeneche, para que representara el papel del Rey Lear. Muerto el 22 de junio de 2014, el mono Saldarriaga, que parecía un nórdico extraviado en las exuberancias del trópico, supo que el ser humano no puede existir sin Esquilo, sin Brecht, sin Strindberg… y deseó que en el mundo los “días de la ignorancia quedaran atrás”. Esa era su utopía personal. Su presencia se prolongará en cada obra, en cada escenografía, en múltiples personajes. En los actores que formó. Porque, como bien lo sentenció, “al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

(Escrito en Medellín el 29 de julio de 2014, para las revistas Deslinde y A Teatro)

Rodrigo Saldarriaga con la actriz Omaira Rodríguez

Romero para el recuerdo

Por Reinaldo Spitaletta

En casa, cuando mamá llegaba de visitar a su padre, en una vereda de Rionegro, Antioquia, el olor a plantas medicinales y aromáticas comenzaba a regarse por todas partes. Desenvolvía cidrón, yerbabuena, albahaca, limoncillo, manzanilla, ruda, malva, rosa amarilla y romero, al tiempo que papá, con cara entre disgustada y humorística, decía que solo iba por allá (él casi nunca visitaba a su suegro) a traer yerbas y nada de comida, qué vaina. Pero sí había algunas frutas como chirimoyas y guayabas rojas, y a veces uchuvas, de color amarillo encendido.

El ritual del desempaque era atractivo, porque, ella, que sonreía con los ojos, nos miraba con cara de saludo cuando iba poniendo sobre la mesa de comedor y el poyo de la cocina una exhibición botánica que perfumaba todo el ámbito familiar. Con esas yerbas, preparaba bebidas y algunas de ellas también las usaba para alguna receta gastronómica. Y digo esta palabra, pero casi como un anacronismo, porque no recuerdo si entonces era pronunciada por alguien en casa. Casi todo al respecto, se llamaba culinaria.

Al atardecer, mamá hacía aromáticas de limoncillo y manzanilla, y por las mañanas, yerbabuena y no sé qué otras. Pero la ruda jamás se utilizó para brebajes o pócimas caseras, sino para sembrar en materas y tenerlas, según mamá, como una manera de alejar malos espíritus, evitar el mal de ojo, controlar fuerzas diabólicas e impedir que a casa entraran las envidias y los deseos perversos de algún vecino. Eran sus palabras.

El romero lo empleaba no en la mesa, sino en los pies. Digo que hacía infusiones que, por lo demás, perfumaban toda la casa, para luego echarles sal marina y vaciarlos en una ponchera de peltre. Metía sus pies allí y su rostro parecía gozar con la sensación caliente y humosa del recipiente. Las ramas, con múltiples hojas, de la mata parecía que le hicieran cosquilla, porque ella gozaba mientras cumplía con la faena, que era una o dos veces a la semana. “Qué descanso”, decía.

Creo que con el tiempo a mis hermanos y a mí, lo mismo que a papá, comenzaron a cansarnos los olores perfumados de las matas, los hervores de limoncillo y de yerbabuena, la ruda en macetas, que a veces ella colgaba también, amarradas con una cinta amarilla, en los respaldos de las puertas como señal de buena suerte, según decía. O quizá no era que nos chocara el cargamento que traía de Abreíto (que era el nombre de la vereda) hasta Bello, que era donde vivíamos, sino la repetición. Siempre lo mismo. Una rutina de olores, sabores y aburrimientos aromatizados.

Mamá, que siempre fue una interesada en los secretos de las plantas, como que leía libros de editoriales argentinas, tales como Botánica Oculta, Los secretos de las plantas y otros de cuyos títulos no me acuerdo, nos decía que había que cargar gajitos de ruda en el bolsillo para evitar ladrones y tener la posibilidad de contrarrestar las malas intenciones de la gente en la calle. A veces le hacíamos caso, solo por mantenerla contenta. Mucho tiempo después de ella haber muerto, una mata de ruda me salvó de un embrujo letal, pero esta es una historia para otra narración.

El caso es que hoy me he acordado de mamá y de sus plantas (que algunas también las sembraba en materos de barro y en latas de galletas de soda), porque he leído un pequeño artículo que habla sobre el romero (una planta que Celia Cruz no incluyó en su Yerberito moderno) y su capacidad para mejorar la memoria. El asunto ya lo sabía Shakespeare, experto en hojas, flores y tallos, porque, en el Acto Cuarto de Hamlet, hace decir a Ofelia, tras la muerte de su padre, Polonio: “Aquí hay romero, es para el recuerdo. Por favor, amor, recuerda; y aquí hay violetas, para los pensamientos”.

El penetrante olor del romero es evocador. Hay en él un poder de reminiscencia. Aparte de sus valores cosméticos y gastronómicos, tiene la facultad de mantener joven al cerebro. Según investigadores, el aceite esencial de romero puede servirles a individuos con capacidad cognitiva afectada para recuperar sus atributos. Y ahora que lo dicen, recuerdo que mamá, cada que estaba con sus pies metidos en la ponchera de agua caliente con romero y sal, comenzaba a recordar a sus antepasados, a su abuela Estanislada y no sé a quiénes más, a los tiempos viejos, a sus juguetes de infancia, a los libritos de Ediciones Saturnino Calleja y se le alborotaban las ganas de contar viejas historias y hacer genealogías familiares.

Dicen que los olores de infancia son difíciles de borrar. Y entre los míos durante mucho tiempo estuvo el del romero, que según los latinos significa “rocío marino”, y según los griegos “el arbusto aromático”. Ahora, mientras evoco las plantitas que mamá traía de la finca de mi abuelo y que papá miraba con desgano y cierto dejo de burla, llega hasta este lugar de la tarde una exultante vaharada de romero. En efecto, Ofelia (y su papá Shakespeare) tenía razón: el romero sirve para recordar.