Eufemismos: hipocresía y simulación

Por Reinaldo Spitaletta

La urbanidad, que en amplios segmentos de sus normatividades es ingrediente de los procesos civilizatorios, tiene en algunas de sus esferas muestras de hipocresía social, de simulación y de teatralidad de pacotilla. Y aunque se pueda argüir que las buenas maneras, o el buen tono, son actividades y rituales para la convivencia y sociabilidad, hay también en sus manifestaciones calcos de imposturas.

Y ya en este punto podemos introducirnos en los campos del lenguaje, que, según como se use, da ideas y pistas sobre la cultura y saberes del hablante. Las palabras, que, de acuerdo con un filósofo alejandrino, crean las cosas, también son parte del ocultamiento, del enmascaramiento de situaciones sociales, de pobrezas mentales, de abusos del poder. No llamar a las cosas por su nombre, sino suavizarlas, disimularlas, darles una alcurnia de la cual carecen, son integrales de poses y disfraces.

Así, los eufemismos, que por lo demás muchos de ellos suenan bonito, porque tienen —preciso— aquello de la eufonía, albergan apariencias y superficialidad con el fin de no tocar las esencias, eludir las causas de los fenómenos, suprimir lo que puede ocasionar ascos, o ejercer presión, o dar puntadas para un descubrimiento. El eufemismo, entonces, tiene la facilidad de esconder. No está en sus facultades, la revelación. Ni el desnudamiento. Pretende ser claro, pero es oscuro. Quiere ser elegantón y refinado, pero es burdo. Y sí, es propio de ciertas sociedades y situaciones en las que lo que se pretende es aparentar.

Hay en los eufemismos una especie de falsa higiene y aun de doblez. En todo caso, hay frases que se construyen con el ánimo de expresar una falsa piedad, algún asco que no se note, un temor a la ofensa. Y de esos modos, se van esfumando las franquezas, las designaciones directas. No hay por qué, en muchos momentos y episodios, utilizar frases en las que los contenidos reales, los significados, se mimetizan. Habrá momentos en que sea contraproducente comunicar a alguien que “tu madre ha muerto”, y tal vez pueda ser menos doloroso advertir: “tu madre pasó a mejor vida”. El eufemismo es camaleónico.

Tenían razón determinados dichos populares, como aquel de “al pan, pan, y al vino, vino”. Puta, vamos al caso, puede sonar muy duro, mejor dicho, malsonar, pero es mucho más exacta esa palabra que, por ejemplo, “mujer de vida alegre”. Y, creo, en donde hay más expresiones para suavizar la denotación del ejercicio del oficio más antiguo del mundo (bueno, y si no es el más antiguo, sí es un oficio) es en el de la palabra puta, que tiene en castellano decenas de sinónimos. Así que podemos ir en extenso recorrido desde la guaricha, hasta la caribeña coya, pasando por la buscona, la barragana y la ramera.

Y así pudiéramos discurrir por las muchachas o mozas del partido, las vagamundas, las prostitutas, las chicas de mal vivir, hasta transitar por las colipoterras y meretrices. Lo que sí no se puede disimular, tras una rabia, una provocación, un ataque de cólera, en fin, es la palabra hijueputa (con todas sus variantes, según la geografía), y no da tiempo para, en medio de una descompostura, suavizarla con, por ejemplo, este “hijo de la peor vieja”, o sos un “hijo de tu mamá que trabajaba en un lupanar”. No hay mejor y más rápida designación: hideputa, hijoputa, hijo de puta. Sin lugar a buenos decires.

Lo que no parece eufemismo, en el asunto de las “mujeres de cascos ligeros”, cocotas, damas de la noche, mesalinas, grelas, magdalenas, bataclanas y ligonas, es la expresión “trabajadora sexual”, cuyas connotaciones están relacionadas con los derechos laborales y humanos de las practicantes. La indicación ya implica un reconocimiento del oficio con conquistas y reivindicaciones sociales.

Pero tornemos a la aplicación de los eufemismos. En ocasiones, se crean como antifaces. Pasó, por ejemplo, durante la dictadura militar argentina de los setentas, a cuya imposición y establecimiento, violatorios de la democracia, se le llamó Proceso de Reconstrucción Nacional. Y ya sabemos en qué consistió: en miles de desaparecidos, exiliados, reprimidos. En los recortes de las libertades públicas. En la tortura y persecución de opositores. En una violación permanente de los derechos humanos.

En Colombia, casi por la misma época de las desvergonzadas dictaduras del Cono Sur, un presidente, haciendo uso de un lenguaje embozado, expidió una inquisidora ley, denominada con pompa y aduciendo que era para preservar el Estado (y seguro, claro, a los que detentaban el poder) el Estatuto de Seguridad. Las operaciones “rastrillo”, los allanamientos, las detenciones arbitrarias, aparte de la prohibición de manifestaciones públicas y desfiles de protesta, fueron el pan amargo que el tipo que decía haberse leído más de siete mil volúmenes de su biblioteca hizo tragar a estudiantes, trabajadores, obreros y sindicalistas. El sujeto, por lo demás, protagonizó algunos escándalos con “muchachas disolutas”. Y llegó a decir que el único preso político que había en Colombia era él.

Eufemismos como “Bienvenidos al futuro”, lema utilizado por un neoliberal que con su apertura económica quebró las industrias nacionales, y como si fuera poco, mantuvo a oscuras a Colombia, ocultaban las genuinas intenciones antipopulares de un presidente de voz chillona. Y así, antes y después, los discursos, las legislaciones, las justificaciones de la miseria para la mayoría, se maquillaron con palabrejas y frasecitas, como “Seguridad democrática”, cuyo creador y dispensador se caracterizó en el lenguaje por otra manera del eufemismo: los diminutivos.

El eufemismo de “falsos positivos” se hizo célebre durante el reinado del príncipe, o mesías, o Señor del Ubérrimo, como lo calificó el ingenio popular, que, para advertir que su “seguridad democrática” era muy efectiva, hacía pasar por guerrilleros a gentes que nada tenían que ver con la subversión. El ejército los asesinaba y los vestía con uniformes de la denominada insurgencia. Y así se alimentaba a periodistas y medios de comunicación.

Un modo del eufemismo, aunque ya no tanto en el lenguaje, sino en las acciones oficiales, tiene que ver en América Latina con esconder los pobres, los gamines, los vagabundos y habitantes de calle. Si hay una visita del sumo pontífice, o de un presidente gringo, o de algún supérstite monarca, entonces hay que exportar de una ciudad a otra a los miserables; cuando no es que se realizan clandestinas operaciones de “limpieza social” (otro eufemismo aterrador).

El viejo Borges (y lo de viejo es porque ya tenía ochenta y cuatro años) en una nota sobre los eufemismos en su país, decía que aparte de los de la hipocresía y la impostación, había otros de carácter “gongoriano”, expresados con pompa y grandilocuencia, como decir el “primer mandatario”, por presidente; o “primera dama”, para referirse a la esposa del presidente, o del gobernador, o del alcalde. Y a un ministro se le confiere el apelativo de “titular de la cartera”, y por ahí, se colaron otros como aquellos de una ampulosa piedad: un ciego es un no vidente; un sordo, alguien con limitaciones auditivas; un mudo es un ser privado del habla. Y así hasta el infinito.

Y a propósito. La palabra viejo, lo mismo que anciano, tomó ribetes vergonzantes. Y entonces apareció la “tercera edad”, que es la última; el “adulto mayor” como una manera suave de señalar a aquellos que en La naranja mecánica, Diario de la guerra del cerdo y otras obras, les va muy mal, sobre todo frente a los jóvenes.

Hubo un momento en que a los profesores y maestros dejó de designárseles de ese modo, y ya todos son “docentes”. Y no sé por qué despelote en las significaciones, en ciudades como Medellín la palabra chofer tomó connotaciones rudas y así comenzó a decírsele a aquel que manejaba a la ofensiva, con grosería y violando normas de tránsito, y entonces se le desterró su castizo significado y significante para cambiarla por conductor. Acaeció algo similar con la palabra “culo”, a la que muchos todavía temen pronunciar, y apareció el afrancesado “derrière”.

Y, de pronto, con el ascenso del modelo neoliberal y los denominados discursos de la postmodernidad, los eufemismos se multiplicaron. El capitalismo de un momento a otro pasó a llamarse “economía de mercado”; los recortes de los derechos de los trabajadores se bautizaron con mucho boato como “flexibilización laboral”; el imperialismo se transmutó en “globalización”, y el oportunismo y otros vicios conectados con las prácticas políticas (o politiqueras) se nombraron como “dinamización”.

La traición ya no se designó así, sino como “cambio de posición” o “pragmatismo”. Y al alza de impuestos se le suavizó como “reforma tributaria”. En otras situaciones, el eufemismo de “hombre de color” para referirse al negro, se le cambió por “afrodescendiente”. Míster Bush y compañía, representantes del más grotesco y agresivo imperialismo, llamaron operación democracia y libertad a sus tropelías de invasión a Irak y Afganistán, con apelativos como Tormenta del desierto, o como sus antecesores lo hicieron en Panamá, mediante el eufemístico nombre de Causa Justa.

Los paramilitares colombianos a su proyecto criminal de quedarse con las mejores tierras del país, perpetrar decenas de masacres, desaparecer en hornos crematorios, ríos y fosas comunes a miles de campesinos, lo bautizaron como la Refundación de la Patria. Y a las bandas criminales que se pasean sin control ni vigilancia oficial por el Centro de Medellín se les conoce como las Convivir, un bonito nombre para una horrorosa realidad de extorsiones, asaltos y otras modalidades del delito.

El eufemismo, entonces, funciona más allá de las falsas morales, de las castas moralinas a lo Reina Victoria, de las hipocresías en el hablar, de las poses y las voces impostadas. Se explaya en los terrenos de la explotación del hombre por el hombre y campea en los discursos del poder. Al desactivar las palabras, las vuelve inofensivas y enmascaradoras. Como si los asesinos te mataran con suavidad y dulzura. O con un arma con silenciador. Así es el eufemismo. Encubridor y “políticamente correcto”.