Globalización de la soledad

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“Veo a tu soledad en la platea”, advierte un verso de tango que, como tantos otros, navega sobre olas de soledades. Y la misma —un tanto más intensa— se asoma en las más de cuatrocientas cincuenta páginas de Cien años de soledad, una novela en la que los fantasmas envejecen y se siente la larga muerte en un tren de doscientos vagones que lleva a los masacrados trabajadores de las bananeras a pasar su eternidad en el mar.

 

No sé si ayer había más soledades que hoy. Creo que es al revés. Ahora, en medio de la infinitud de las redes sociales, de los aparatos de inteligencia artificial que supera a la de los que son sus nuevos esclavos, de las autopistas de la información (o la desinformación), el hombre está más solo que nunca. Bueno, o lo que es la representación de un humano deshumanizado. De alguien que perdió la palabra y transita hacia la soledad del olvido. La soledad de un silencio poco musical, de la enajenación del ser.

 

Y si bien en ficciones como la garciamarquiana, y las que aparecen en un libro de cuentos, publicado en 1954, Todos estábamos a la espera, de Álvaro Cepeda Samudio, la soledad es una presencia que ahoga, hoy esta conduce, vestida con el frac de la tecnología, a los abismos de la desesperación. Incluido el estúpido y sórdido y lesivo juego de La ballena azul.

 

Hoy, en la ya decadente posmodernidad, la soledad del hombre se agiganta. Se busca compañía en la engañosa virtualidad. Y una relación que se ha envilecido y vuelto insignificante, la amistad, se lleva a la máxima expresión del vacío en los cinco mil “amigos” que puedes tener en Facebook.

 

 

“El éxito del invento de Zuckerberg consiste en haber entendido necesidades humanas muy profundas, como la de no sentirse solo  nunca (siempre hay alguien en el planeta que puede ser “amigo” tuyo) y vivir en un mundo virtual donde no hay dificultades ni riesgos (no hay discusiones, las rupturas son sencillas y pasan rápidamente al olvido, todo es infinitamente más soportable que en la vida real)”, advertía Zygmunt Bauman.

 

 

Cicerón y Séneca, dos pensadores de la amistad, quedarían sumidos, hoy, en el ostracismo con sus teorías acerca de los significados y profundidades de la amistad. “A la amistad no le empuja provecho alguno propio, sino un impulso natural, pues como en otras cosas experimentamos un instintivo placer, así también en la amistad”, decía Séneca.

 

En el capitalismo, hay soledades que se diluyen en la masa. Desde los días en que El hombre de la multitud (un cuento de Poe) se extravió en un anonimato de gente que va y viene, la soledad del ciudadano se hizo más trágica. Bartleby, sí, el escribiente, es un hombre solo (y, si se quiere, el capitán Ahab, el de la Ballena blanca, también). Es la misma soledad que se siente en un no-lugar, en un aeropuerto, en una terminal de buses o en Luvina, aquel pueblo lleno de vientos tristes de un cuento de Juan Rulfo.

 

La soledad, que en otros ámbitos era una conquista para la creación y el pensamiento, en el capitalismo se tornó una mercancía más. Tu soledad (o soledumbre) se te acaba con un smartphone, con una hamburguesa, con entrar a “vitriniar” a un centro comercial (otro no-lugar). O con tus “amigos” de Facebook.  Los hombres solos de la posmodernidad líquida son más solos si están ilíquidos. Si carecen de parné para consumir y atiborrarse de cosas innecesarias.

 

En Todos estábamos a la espera (también en otros cuentos del barranquillero Cepeda) la soledad se matiza, o se disimula, con una pelea de boxeo en la tv, o con canciones de traganíquel, o en la barra de un bar. ¿A quién se espera en un café? ¿A quién en una estación de autobús? ¿En la soledad es posible percibir en medio de la multitud, de los seres innombrados, la mano tibia de una muchacha? Y, a veces, por estar tan solos, no nos queda más que vestirnos de payaso para secar nuestras lágrimas sobre la melena de un león.

 

En estos días, que en Medellín realizamos tertulias literarias sobre Cepeda Samudio y García Márquez, el efluvio de las soledades se sintió como el lanzazo con el que José Arcadio Buendía mató a Prudencio Aguilar, un muerto tan solo que tuvo que aparecerse en Macondo a hablar con su verdugo para no sentirse tan abandonado y triste. Soledades tan largas como las de Pilar Ternera y Úrsula Iguarán, como las del coronel Aureliano Buendía, que, al fin de cuentas, supo que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”, son hoy distintas. Y, quizá, más dolorosas.

 

Vivimos tiempos de alta velocidad, tiempos sin tiempo para la palabra y los afectos compartidos cara a cara. Tiempos melancólicos en los que, además de otras miserias, se ha globalizado la soledad.

 

(Medellín, 1º de mayo de 2017)

 

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Seres solitarios con mucha tecnología.

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El último encuentro: la vejez y la venganza

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“Se pasan las horas, los días, los meses y los años, y el tiempo pasado nunca vuelve, ni se sabe el que vendrá. Conténtese cada uno con aquel espacio de tiempo que se le concede para vivir”.

                                                                                         Marco Tulio Cicerón. De la vejez

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se llega a decir que es una novela sobre la soledad; no, o más bien sobre la decadencia y la vejez; no, señores, se trata de una venganza muy particular, no digamos a la manera, por ejemplo, de El barril de amontillado ni a la usanza de un oriental que esperó años preparándola hasta que la cumplió (en un cuento de Jack London), no; es una venganza elegante, sin sangre, también sin piedad. Es una venganza al estilo de un novelista que con esta obra, tras años de ausencia en las librerías en español, tornó en 2004 a las palestras literarias en traducciones al castellano, cuando ya llevaba muchos años de suicidado (en San Diego, Estados Unidos, 1989).

 

Se trata, ¿o todavía no lo intuye, amigo lector?, del húngaro Sándor Márai, un escritor que en sus creaciones hace hablar a ciertos personajes como si estuvieran dictando una conferencia, en un tono en el que la razón se va imponiendo a las emociones, con frialdad y precisión. No, se vuelve a decir de pronto en alguna tertulia literaria, no, mis queridos: es ante todo una novela sobre un triángulo amoroso. O, de otro modo, acerca del adulterio, de la infidelidad. Puede que sí. Pero otro lector podría aseverar que es, en esencia, una ficción muy regulada y mejor medida, como si la escribiera de forma paradojal un sastre de alta costura, que se refiere a la desgracia de una mujer llamada Krisztina, trágica esposa y amante, que cuando es descubierta en su traición por el marido, este no solo deja de hablarle, sino que ella se encierra en una casa cerca del castillete donde, en medio de melancolías no reveladas, pasó tantas jornadas, tal vez con muy escasos paisajes.

 

El último encuentro, cuyo título en húngaro se refiere a la extinción de velas, que en la obra por cierto se constituyen en un símbolo de enorme importancia, referidas a un mundo que se agota, a una manera de vida que agoniza sin remedio, es, también se puede afirmar, una novela sobre la amistad (en la que se presentan rupturas, quiebres dolorosos). La obra, cuyos escenarios están en un viejo castillo de caza en inmediaciones de los Cárpatos, se inicia en realidad con una clave para el lector, cuando un general (después sabremos que es un viejo de setenta y cinco años, general del imperio, llamado Henrik), recibe una carta que lo hace meditar en una lejana fecha de cuarenta y un años atrás (hay varios números clave en la novela, como una extraño cifrado cabalístico) y a partir de esa suerte de notificación, El último encuentro irá en un crescendo (la música también es sustancia en ella), en una borrasca de altas tensiones, como si se tratara de una ficción policíaca, con suspense y ciertas pistas, que el lector irá descubriendo hasta alcanzar instantes en los que se puede quedar sin respiración.

 

Es una novela que huele a moho, a vejeces y vejestorios, como un personaje de encanto, una anciana de noventa y un años, la nodriza Nini (setenta y cinco años en ese mismo castillo fantasmal), que tiene un rol amoroso, como de abuela de poco hablar, en medio de una situación que el autor sabe dosificar, sin excesos ni alargues inútiles, solo con una maestría en la tasa y la medida. Sándor Márai emplea en esta breve novela el recurso del dato escondido, muy utilizado en reportajes de crónica roja y en relatos detectivescos, pero con una finalidad de alta estética y de elegancia en la narración. Porque se está tratando, en medio de una atmósfera de descaecimientos y pátinas tristes, del derrumbe de un mundo, el despeñamiento de una cultura. “La nodriza se sentó. Había envejecido en el curso de aquel año. Cuando pasa de los noventa, la gente envejece  sin resentimiento. La cara de Nini estaba llena de arrugas y era rosada: envejecía como los paños más nobles…”, dice el narrador al principio de la novela que tiene como trasfondo la caída de vértigo del imperio austrohúngaro.

 

La obra, con ambientes cerrados y algunos desarrollos al aire libre, en particular los de cacería, tiene flashbacks a lo película, que permiten al lector ir tejiendo la trama, atar cabos e introducirse en atmósferas a veces mefíticas, a veces plenas de morriña, con la certeza de que se topará con dolorosas formas de lo que ya no tiene cura. En aquella mansión, que por momentos puede recordar la ruina de la Casa Usher, se “desmoronan los restos de varias generaciones y se deshacen las vestimentas de seda gris y paño negro de las mujeres y de los hombres de antaño”. Todo allí está moribundo. La vida se va, con lentitudes pero inevitable en su descenso. Uno, como visitante de este castillo desventurado, se encuentra con retratos de gente que ya no está y regresa a lo gótico, a tiempos de penumbras en comedores inmensos y habitaciones a granel. Y, como una suerte de invocación a otras maneras de ser, la música de Chopin (también hay valses vieneses) nos recoge en calendas románticas que, por lo demás, huelen a escaparates y retratos al óleo.

 

Y así, con sutilezas narrativas, el autor introduce a sus lectores en la infancia y adolescencia de dos personajes distintos, quizá complementarios, que es ahí, en la diversidad y lo diferente, cuando nace la amistad. Uno con riquezas y abolengo; el otro, sin cuna de oro e inclinado a la bohemia y rico en sensibilidad artística. Henrik y Konrád crecen juntos y, como se sabrá después, aman por separado a una mujer enigmática, que completa el triángulo mortal (y moral) de la historia. Solo que el segundo es, si se analiza, un amigo que, arrastrado por la lujuria y por las afinidades con Krisztina, seduce a la dama que, aunque no es un personaje de tantas intervenciones, es fundamental en El último encuentro. Puede ser que la gran tragedia que cruza la novela sea la de ella, que muere en un aislamiento de espanto. Incomunicada.

 

Konrad que, con Krisztina, tiene un refugio: la música, donde el otro, su amigo militar que “tiene callos en los oídos” y al que le eran suficiente la música cíngara y los valses vieneses, es un intérprete que, con la madre de Henrik, toca La Polonesa-Fantasía de Chopin, el compositor polaco-francés, que, en la novela, era pariente de la mamá del inquieto Konrád.

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Y mientras el lector, mediante un narrador omnisciente en tercera persona, se va enterando de aspectos del pasado de los protagonistas, la obra vuelve a un presente en el que parece no habrá posibilidades de sobrevivir a lo que decae. El general se prepara con todas sus medallas y uniforme de gala para recibir, después de cuarenta y un años, a su amigo, que, como sabremos después, se ha ido (escapado) al trópico asiático, a Singapur,  y que ahora vuelve desde Londres, donde consiguió una casa de campo en las afueras. ¿Por qué tantos preparativos, por qué se había fugado uno y el otro se quedó a la espera con más certezas que incertidumbre?

 

La vieja construcción parece revivir en sus candelabros, en sus vajillas, en sus vinos y potajes, porque algo va a pasar, porque está por suceder el último encuentro, como un duelo sin espadas, entre dos amigos que hace años (bueno, cuarenta y uno) no se ven. El que llega está viejo; el que lo recibe, también. Son el mismo tiempo, pero otras las circunstancias, otro el que tendrá la palabra, ante la mudez del rival. La obra entra en una suerte de monólogo, de juicio imperturbable de Henrik contra Konrád, que no tiene defensa y que, por lo demás, no la necesita, porque sabe que es culpable. Un culpable sin arrepentimientos aparentes. Lo hecho, hecho está, pero hay que dar la cara (ya arrugada y perjudicada por el paso destructor del tiempo) ante el otro, que está igual de viejo, pero puede ejercer el discurso a guisa de juez.

 

“Los dos sentían que el tiempo de espera de las últimas décadas les había dado fuerzas para vivir. Como cuando alguien repite el mismo ejercicio durante toda la vida. Konrád sabía que tenía que regresar y el general sabía que aquel momento llegaría algún día. Esto los había mantenido con vida”. Después, se desatarán las fuerzas narrativas, el talento del novelista, la manera de mantener al lector en vilo, sin parpadeos, dando de a poquito nuevas claves, descosiendo amarres, todo en un cálculo producto, además, de una planeación, sin titubeos.

 

De pronto, hay contextos históricos, señales y eventos. Sugerencias. Se sabe sobre el influjo de la revolución rusa en obreros de lejanías asiáticas. Se sabe de aspectos de la Gran Guerra, y de la tragedia de un país como Polonia (patria de Konrád: “Mi patria dejó de existir. Se descompuso. Mi patria era Polonia, Viena, esta casa y el cuartel militar de la ciudad, Galitzia y Chopin. ¿Qué queda de todo aquello?).

 

Y mientras la obra asciende en intensidad, vuelve La Polonesa- Fantasía, y los significados de la amistad, del erotismo, y los sentimientos que produce la cacería, una faena en la que un hecho fundamental en la novela desencadena un cataclismo: una huida, el hallazgo de una traición y una larga espera. Y en alguna parte, y por razones íntimas y casi que inquebrantables, retorna la filosofía de la amistad: “La amistad es una ley humana muy severa. En la antigüedad, era la ley más importante, y en ella se basaba todo el sistema jurídico de las grandes civilizaciones”, dice el general. Y agrega: “en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte…”.

 

Henrik y Konrád eran amigos legendarios, como Castor y Pólux, “compañeros durante veintidós años en lo malo y en lo bueno”. Y de súbito, o, más bien, tras un proceso, unas conexiones, unos hechos que parecen producto de la fatalidad, surge, en una actividad venatoria, con monteros y ciervos, con rifles y momentos en los que las ganas de matar a un amigo se erige en acontecimiento fundamental, hay un quiebre en la obra. Un punto en el que la historia se parte, la amistad se resiente, se resquebraja y el mundo se oscurece. Y a estas alturas, hay, introducidos con sutileza y efectividad, elementos policíacos, pistas y pesquisas.

 

El último encuentro es otra demostración de la capacidad envolvente de la prosa de Sándor Márai, de su magín y facultades para las sutilezas y el conocimiento del hombre. Se puede preguntar, sin afanes de respuesta, como pasa en buena parte de la literatura, ¿qué es un hombre? ¿Cuándo un hombre deja de serlo para convertirse en fiera? ¿Cuándo es capaz de mantener la razón pese a los dolores y las agresiones?

 

En el último encuentro hay sobrevivientes de la Gran Guerra, pero, sobre todo, de una guerra no convencional entre dos amigos que se separan durante años por un amor, por una infidelidad, por una especie de ultraje a la confianza, y vuelven a verse tras una larga y forzosa separación. Uno se explayará en la palabra, en las acusaciones, en la reconstrucción de la ofensa. El otro escuchará, sin muestras de contrición. “¿Qué venganza puede haber entre dos viejos a quiénes ya solo los espera la muerte… Han muerto todos, ¿qué sentido tiene entonces la venganza? Sin embargo, sí lo tiene, por lo menos en esta obra de extrañas perfecciones.

 

Hay un ventarrón, las velas se apagan, la oscuridad aparece. En una mesa gigante, y alejados, están los dos viejos: quién es la víctima, quién el victimario. No hay lugar para la culpa ni la exculpación. El tiempo que queda es poco. La muerte lo borra todo. Y al final, un retrato ausente, un cuadro exiliado vuelve a su sitio en una antigua pared llena de melancolías.

 

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Tango con fantasma y oscuridad

 

(La agridulce tristeza de La noche que te fuiste)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Eva de los Ángeles, una adolescente de cara pálida, pelinegra y cuerpo de bailarina del paraíso, se marchó del barrio, a mí el mundo se me transformó en tinieblas. Y no solo se fue de aquella calle en diagonal, que desembocaba a una plazoleta de asfalto a medio pegar, en una barriada que tenía en cada esquina un café de tangos, sino del país. Nunca más la volví a ver y en aquellos días en que su ausencia me pesaba en el pecho y en lugares inexplorados más allá de la anatomía, una o dos baladas de Leonardo Favio me alteraron los lagrimales.

 

Bello era entonces una acumulación de cantinas en las que obreros y comerciantes, además de vagos y camajanes, se dedicaban a gastar mesas metálicas y taburetes de tijera, también de metal, y a echarles monedas a las gramolas iluminadas para sonsacar músicas de desesperanzas y amores desmoronados. En uno de esos aparatos, creo, fue donde primero escuché, tiempo después de que la muchacha ya era un recuerdo, un tango de desilusión que comenzaba (y sigue comenzando, claro) así: “A veces, cuando en sueños tu imagen aparece, radiante y fugaz como un rayo de sol…”, que al principio no le presté nada de sesera ni de entendimientos, pero me quedó sonando con palpitaciones.

 

La pieza, que seguro antes había oído sin que nada me transmitiera, tal vez porque no había sufrido una desgarradura sentimental, tenía en todo caso —así la sentía— un amargura permanente, una desazón que subía a los labios a modo de acíbar. “Siento que tus manos entibian las mías trémulas y frías… ¡y hablas de tu amor!”, y la cara bella y de palideces pronunciadas de Eva tornaba a la memoria para desbalancearme los sentimientos. “Entonces lentamente mi espíritu adormeces, arrullo sutil de una vieja canción”. No sé si fue por aquel tiempo cuando escuché en la radio una composición que la cantaba un baladista de moda: “Este día sin sol es todo mío, golpea en mi ventana tanto frío… una vieja canción en mi guitarra”, y aunque en rigor nada tenía que ver con el tango de esquina nocturna, también me evocó los días en que desde el frente de la casa de la ida, yo me quedaba alelado con ella en el balcón.

 

No sé cuánto tiempo se quedó dentro de mis padeceres la no-presencia de aquella muchacha a la que un día le mandé dos proletarias flores de sanjoaquín y unas rosas amarillas que crecían en el solar de mi casa, acompañadas con una barrita de chocolate dulce. Las llevó una chica que, ahora que lo analizo, tenía celos del presente enamoradizo. A lo mejor pensó por qué no eran esas declaraciones indirectas de amor para ella. Se le notaba cierta desidia para llevarlas, pero solo lo hizo porque le di un beso en la mejilla y otra chocolatina.

 

Después, Eva de los Ángeles desde su balcón de enrejado oscuro, me parlaba sobre sus tareas de colegio y acerca de las canciones que más le gustaban, todas de la denominada Nueva Ola y del Club del Clan. Y más que sus gustos juveniles, lo que más me interesaba era estar junto a ella, sentir su perfume nuevo de piel de lozanías y quedarme callado, solo viéndola con sus facciones pulidas, la sutilidad en las manos que no sé por qué me daban la impresión de ser de pianista. No duraron nuestros días lo suficiente para un enamoramiento de prolongaciones, pero sí para que su ida me dejara un vacío, tal vez el primero de aquellos días en los que todavía los dolores de amor no eran una desventura con cataclismo existencial.

 

El tango con el oscuro título de La noche que te fuiste se me fue entrando, casi sin darme cuenta, como una inoculación de microorganismos, y entonces, en un momento que ya no sé cuál fue, la voz del cantor con sus melancólicas frases me hizo ver de nuevo a Eva de los Ángeles, en la distancia, pero tan cerca que ya no era posible no experimentar un desgarramiento. Después supe que la música era de Osmar Maderna y la letra de José María Contursi, y sin duda la primera versión que escuché en desaparecidos cafetines de mi barriada, y de otras vecinas, era la de Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo.

 

“La noche que te fuiste (más triste que ninguna) palideció la luna y se tornó más gris la soledad…”, en esos versos ya había una declaración dolorosa, una imagen de desdichado vacío… “La lluvia castigando mi angustia en el cristal y el viento murmurando: ya no vendrá jamás”. Lo que sigue es para ocasionar una depresión de profundidades a lo Edgar Allan Poe: “La noche que te fuiste nevó sobre mi hastío, y un hálito de frío las cosas envolvió… Mis sueños y mi juventud cayeron muertos con tu adiós”. Un tramo irresistible. Un momento cumbre para agudizar la desolación. “La noche que te fuiste se fue mi corazón…”.

 

Sí, ese tango, con fantasmas y oscuridades, me persiguió por las calles, los bares, las encrucijadas, y entonces la imagen de la muchacha ida reaparece cada vez que el disco gira con sus vibraciones de misterio. Tiempo después, cuando ya el Polaco Goyeneche era mi intérprete de tango predilecto, su versión de La noche que te fuiste me causó (me sigue causando) una demolición interna, además porque canta la estrofa que en aquellos años ninguno cantó: “Más fuerte que tu olvido, / el tiempo y la distancia, / se ensaña, tenaz con mi desolación, / el remordimiento de todo el pasado / ¡todo mi pasado trágico y burlón…”.

 

Y remata con una tristeza jubilosa: “Por eso cuando en sueños tu imagen se agiganta / y entonas sutil esa vieja canción, / yo vuelvo a ser entonces el de aquellos días, / radiante y feliz como un rayo de sol”. En esta parte, que no deja de entristecer, hay una suerte de retorno con luminosidades a un tiempo que ya no es, pero que la canción lo mantiene vivo en la ilusión.

 

Eva de los Ángeles, ni aquellas calles con plazoleta gris y los cafés con pianolas, jamás volverán. Solo ese tango inevitable hace que los relojes retrocedan y causen una dulce pena que puede llevar sin remedio a que brote un lagrimón, por lo demás, dulce también.

Pintura de Teresa Ahedo, 1987