Hollywood para montañeros

Libreta de viaje (3)

 

Las colinas de Hollywood vistas desde el Hollywood Boulervard. Foto Sergio Espitaleta

 

(Crónica de una caminada por el Paseo de la Fama y las huellas de las estrellas de cine)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Al bajar del edificio Wells Fargo, donde presenté la novela Balada de un viejo adolescente, una multitud de extras cinematográficos estaba en la calle buscando sombra, bajo un sol de castigo. Alguien me dijo que es parte de la vida cotidiana de Los Ángeles toparse en cualquier cuadra con filmaciones de películas.

 

Tras entrar más tarde a una extraña librería, The Last Bookstore (una de las más bellas del orbe), con laberintos, túneles y otros diseños armados con libros, un poeta de Jamundí, Joaquín, nos llevó en su carro a Hollywood. Antes, nos detuvimos en Skid Row, un céntrico barrio poblado por cerca de 13.000 homeless o habitantes de calle, que se constituye en el barrio de indigentes más grande de los Estados Unidos. Abundan en las esquinas, las aceras, tiendas de campañas, sobre cartones, y algunos lo denominan el “gran manicomio al aire libre”, por la cantidad de enfermos mentales que allí conviven. Está en una de las zonas más céntricas y hace años era residencial y de hoteles.

 

Arribar a Hollywood, mito y realidad, pone el corazón a dar saltitos, tal vez de conejo, como el de Alicia, y a la piel, en un verano que ese sábado 7 de julio alcanzaba temperaturas de cuarenta grados, con ganas de una sombrilla, como la de Mary Poppins. Joaquín, que se debía devolver para recoger a sus hijos, nos dejó en la esquina de Hollywood Boulevard con Highland Avenue, y entonces comenzamos la pequeña aventura urbana de “tirar tenis” por aquel panorama de turistas a granel y tiendas por doquier que puede llegar a obnubilar.

 

Hollywood, integrado a Los Ángeles en 1910, se fundó en 1857. Se volvió meca del cine cuando el monopolio de Thomas Alva Edison, con su guerra de patentes, obligó a productores de cine de fines del siglo XIX y comienzos del XX, a irse de Nueva York y Nueva Jersey, y asentar su “fábrica de sueños” en un remoto lugar del oeste. Después, la invención de las estrellas y el mundo del espectáculo hicieron el resto.

 

Caminar por esa calle incandescente, llena de avisos publicitarios y palmeras, es la posibilidad de añorar imágenes del filme Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly. Malabaristas y artistas callejeros aparecen en medio de los visitantes. Algunos se detienen a mirar a las colinas, quizá a buscar en la lejanía las históricas letras de molde o a ver si, por algún acaso, está flotando la imagen vaporosa de Marilyn. Que sí, no falta la diva por distintos lugares, con sus fotos en las que hace guiños, muestra su belleza inefable, su swing de estrella rutilante.

 

No sobra tomarse la fotico con una de las creaciones hollywoodescas más célebres. Foto Sergio Espitaleta

El Paseo de la Fama, una de las atracciones con más curiosos sobre ella, lleva a muchos a arrodillarse, a postrarse junto a la estrella de cinco puntas que representa a una figura del cine o de la farándula, en un mosaico de granito pulido. Casi todos los más jóvenes se hacen tomar la fotito con la de Michael Jackson y lo más veteranos van a las de viejas figuras, legendarias, como decir Mickey Rooney o los integrantes de Los Beatles. El paseo, diseñado en 1958 por el artista californiano Oliver Weismuller, alcanza hoy una “siembra” de 2.200 estrellas (varias de ellas han sido robadas, como las de Kirk Douglas, James Stewart, Gregory Peck y Gene Autry).

 

Frente al Teatro Chino de Grauman, de enigmática fachada (una pagoda con dragón y leones), la gente se apretuja para observar a sus ídolos “caídos” (sí, están sobre la acera), la representación de un mundo de imaginación y de una industria millonaria que ha seducido a espectadores de todas partes. Los viandantes se mueven entre almacenes de suvenires, centros comerciales, supermercados y algún Superman de calle, o un basquetbolista sin gloria que hace demostraciones con un balón. No faltan magos y contorsionistas.

 

Un poquito de fama entre estrellas y estatuillas. Foto Reinaldo Spitaletta

El viejo teatro Kodak, hoy el Dolby Theatre, es el escenario de la entrega de los célebres Oscar y goza de la apreciación masiva de visitantes. Por aquellos lares abundan fotos de deidades cinematográficas y todo hace rememorar antiguas pantallas, viejas carteleras, los días de cine de barrio y la nostalgia de los teatros muertos. A la par del Paseo de la Fama, está el de las huellas de los grandes. Y, claro, todos aprovechan para llevarse un recuerdo gráfico de la ocasión.

 

Como vecina de las huellas de la gran Marilyn está otra grande: Sophia Loren (“Solo per sempre” se lee junto a las huellas de manos y pies de la actriz napolitana) y junto a esta, las de Marcello Mastroianni. Al otro lado de la vía, hay más teatros, como el Capitán, y la vieja construcción del Hotel Roosevelt, apegada y tradicional en el paisaje del sector. Más allá, y sin que el turista se preocupe por recorrerlos, hay barrios de caserones amplios, cercanos a las colinas. Hay una especie de “morro”, el Canyon, al que suben atletas que desafían, en el verano, las altas temperaturas.

 

Desde un enorme centro comercial, uno, como buen montañero, no podía dejar de ver desde un mirador en el tercer nivel, las letras de Hollywood, lejanas, legibles, inmemoriales. Sí, no había más remedio que relacionarlas con las que, en los cincuentas, sobre las colinas de Enciso, en Medellín, puso una empresa textilera, cuyo lema era “el primer nombre en textiles”.

 

La jornada, calenturienta, llena de riquezas visuales, de sed y curiosidad, nos condujo, en su fase final, a tomar el metro. Había que hacer tres intercambios o transferencias para llegar a nuestro destino, desde el extremo norte, donde está Hollywood, al Sur de Los Ángeles, en el sector de El Segundo. Varios días después, volvimos en el tren, que es subterráneo, de superficie y elevado en distintos tramos, hasta los Estudios Universal, otro símbolo de la proverbial “fábrica de sueños”.

 

Un simpático busetón de tres vagones nos subió hasta el parque de atracciones y, más que todo, centro comercial, con una infraestructura armada para vender, pero, eso sí, con la gracia de ponerte por doquier desde King Kong hasta los dinosaurios del jurásico. Allí está el “mundo mágico” de Harry Potter (con librería y almacén especializado) y el de los Simpson. Claro, si querés verlo todo, pasearte por la fantasía, las cámaras y los platós, debés pagar cerca de cuatrocientos dólares.

 

Los estudios Universal, el bulevar Hollywood, el Dolby, las letras en la colina, todo, de pronto, fue quedando atrás. El metro de Los Ángeles, con sus líneas roja, azul, verde, púrpura, Expo, una retícula enorme, con sus estaciones como Vermont, Willowbrook, Beverly, Avalon, en fin, se graban en la memoria del visitante.

 

En el tren todavía flotaban las imágenes de King Kong junto a las muy provocativas de la rubia plateada Marilyn Monroe. La fábrica de sueños nos seguía como un recuerdo de niñez. Sería el calor.

 

 

 

Aspecto del centro comercial de los Estudios Universal, al norte de Hollywood. Foto Reinaldo Spitaletta

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Amores de celuloide

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enamorarse de una actriz era la máxima expresión del idealismo erótico. Era ir más allá de la piel y ubicarse en los terrenos de la imaginación. No recuerdo ya cuál fue mi primer amor de celuloide, que nació, al principio, en las funciones de cine matinal, cuando los sueños estaban intactos y el mundo era menos infeliz. Después, la matiné, la vespertina y las proyecciones de las nueve de la noche. De lo que sí tengo certeza es que hubo varias mujeres (bueno, en rigor una artista cinematográfica no es una mujer sino una imagen) que llenaron mi anochecido cuarto unas veces con fotografías y carteles de cine y otras con su presencia íntima, secreta, en mi recién inaugurada adolescencia.

 

Como decía Benedetti, es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz. O de varias, al mismo tiempo, que en estos asuntos no hay manera de que te acusen de poligamia. Una actriz (ah, y seguro para las mujeres, un actor) era una compañía de ensueño, un modo de sentir palpitaciones y aspirar al paraíso instantáneo de un “mal pensamiento”. Digamos que, por ejemplo, a Marlene Dietrich, la de las piernas sensuales de cabaret, la conocí cuando mi adolescencia era ya un recuerdo de acné y de tropelías callejeras. No me enamoré de ella, aunque, si la hubiera visto en El Ángel azul, cuando yo tenía catorce o quince, seguro la hubiera abrazado en mis oscuridades de cuartito azul.

 

De la que sí me enamoré fue de Claudia Cardinale, a la que conocí en El fabuloso mundo del circo, una película que vi, creo, en el Teatro Bello. Muchos años después, la apreciaría en papeles estelares en El gato pardo y Rocco y sus hermanos, dirigidas por Visconti, y filmadas antes que la hollywoodense del circo. Tenía una cara de ángel perverso y toda ella denotaba que estaba hecha para ser acariciada. No pude conseguir ningún afiche suyo, pero si la vi en alguna revista que papá llevó a casa, en la que, además, estaban otros dos amores italianos: Gina Lollobrigida y Virna Lisi, que para mí fueron, en aquellos años fogosos y de represiones sexuales, mis vírgenes de medianoche.

 

Parece (o mejor dicho, es) una obviedad, pero hay que declararla. Creo que los muchachos de mi generación, por lo menos aquellos que habitábamos en Manchester, El Congolo o Andalucía, queríamos ser los bebés de Sophia Loren. Era un manantial. Una vía láctea. Una perturbación eterna. Me parece que la vi por primera vez en El Cid y después, en una semana santa, en una versión de Quo Vadis. Aunque me hubiera gustado verla entonces en Bocaccio 70 o Matrimonio a la italiana, pero eran para mayores de 21 años. Bueno, es un decir, porque, a veces, el portero del Teatro Bello, al que le dábamos una propinita, nos permitía el ingreso a las de adultos. De ella, aunque no conseguí cartel, sí coleccionaba las “vistas”, que eran fotogramas de películas, que en Bello se pusieron de moda en los sesenta, y uno las intercambiaba, las compraba como si fueran “caramelos” o cromos, y a veces algún chico con alma de inventor, fabricaba un “telescopio” para mirar en él a las más bellas actrices, pero, también, a actores del Oeste o de filmes de “capa y espada” o a algún gladiador.

 

Sophia Loren estuvo mucho tiempo en nuestras imaginaciones calenturientas, acompañándonos con su belleza casi inverosímil (como la de Anita Ekberg) en jornadas nocturnas y, por qué no decirlo, en atardeceres tropicales, en los que la lujuria simbólica era la única posibilidad para aguantar el calor en un pueblo sin acueducto. Qué bella era esa muchacha de La campesina (Dos mujeres, dirigida por Vittorio de Sica), con sus cuerpo hecho para la contemplación de distantes adolescentes de la zona tórrida.

 

Pero la más bella mujer que estuvo en mi pieza (tuve alguna sin revocar y por la noche las cucarachas bajaban y subían por las paredes) fue Raquel Welch. Cuando la vi en El viaje fantástico no tuve dudas: sería mía. Y en efecto en medio de mi aturdimiento por tanta sensualidad, me puse a buscar afiches o fotos, hasta cuando una vez mi mamá (sí, ella, no mi padre) llevó a casa una revista de farándula cinematográfica y ahí, en la portada, en bikini, estaba ella, espléndida, única, diosa de la piel, la misma que vi más tarde en Cien rifles. Las más ardientes noches de mis soledades las pasé con esa actriz gringa, mientras miraba sus imágenes o las soñaba, con la respiración entrecortada.

 

Algún guasón preguntará que por qué no aparece la gran Marilyn, la mujer fatal, el máximo símbolo sexual de varias generaciones, y yo le contestaré que en mi adolescencia no vi ninguna de sus películas. Pero sí sus fotos de periódicos y revistas, y los almanaques que llevaba papá con la presencia inefable de aquella muchacha infeliz que cuando murió (¿la asesinaron?) dejó un vacío existencial en el mundo y millares de viudos que la amaron con un amor imposible. No me enamoré de aquella mujer de celuloide. Me hubiera enamorado más fácil de Isabel Sarli, pero a ella la conocí cuando ya la adolescencia había terminado.

 

Qué tiempos aquellos, de cierta casta ingenuidad, en la que uno proyectaba imaginarias películas de amor contra la pared de su cuarto, en noches plenas de estremecimientos y aventuras solitarias debajo de las cobijas.

 

Postdata: Otro guasón me contó que en su adolescencia solo tuvo en su cuarto afiches de Celia Cruz y Mercedes Sosa. Qué bárbaro.

 

 Raquel Welch