Una campesina en la guerra

(Novela de Alberto Moravia sobre los horrores bélicos más allá del frente)

 

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Una intensa novela del italiano Alberto Moravia

 

Por Reinaldo Spitaletta

Una señora de origen campesino, con hija y marido, y con pretendiente un tanto acosador, pasará los mejores años de su vida de 1940 a 1943, en Roma, en una tienda de comestibles en Trastévere, en plena Segunda Guerra Mundial; pero a ella, feliz con su almacén, su hija como un ángel, una casa, qué le importaba aquel conflicto de espanto, no la afectaba que se mataran con aviones, con carros blindados, con bombas, con fusiles, con cañones, que ella era dichosa, sin importar quiénes eran los contendientes de aquella  conflagración. Sin embargo, la guerra, esa continuación de la política por otros medios, que dijera algún teórico, lo transforma todo. Y, como se aprecia en La campesina, novela de Alberto Moravia, todo lo degrada y corrompe.

Por mucho que se desee aislarse de la guerra o huir de ella, es un imposible. Cesira, que así se llama la protagonista y narradora de esta historia de once capítulos, que incluso al principio les saca partido a las secuelas de la guerra, como la carencia de alimentos, se vuelve experta en estraperlo, en mercado negro de comestibles, y, tras enviudar, sobrevive al principio con ciertas comodidades. Todo cambiará —para empeorar— cuando en el país suceden varios eventos históricos de trascendental importancia.

Italia, que desde principios de la década del veinte estaba bajo el fascismo de Mussolini, y que en la Segunda Guerra hace parte del Eje Berlín-Roma-Tokio, sufrirá una conmoción en 1943. El Duce, que ya tenía una joven amante, Clara Pettacci, tuvo un traspiés que cambiará las circunstancias de la situación interna en ese país.  El desembarco de tropas aliadas en el sur de Italia, de un lado, y el resquebrajamiento del régimen fascista, del otro, se juntarán para que la guerra tenga más llamas en ese territorio. Al derrocamiento de Mussolini lo siguió la entronización de una monarquía autoritaria, dirigida por el rey Víctor Manuel III y por el jefe de gobierno Pietro Badoglio.

El Duce, que había sido detenido, fue liberado por los alemanes y estableció la república de Saló (que años después Pier Paolo Pasolini llevará al cine, basado en los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade). La confusión interior fue aprovechada por los aliados, que invadieron la península itálica, y la guerra cobró otras dimensiones en aquel suelo, en el que la protagonista de la novela, con su hija, tienen que escapar de Roma hacia pueblos del Lacio, en búsqueda de la Ciociaria, la región de la cual es originaria Cesira.

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Sophia Loren y Eleonora Brown

La novela comienza con una canción: “Quando la ciociara si marita / a chi tocca lo spago e a chi la ciocia” (Cuando la campesina se casa, / a quién toca el cordón y a quién el zapato). La campesina que se urbaniza en Roma a la fuerza tornará a sus campos, en búsqueda de salvación y un poco de paz. Imposible paz. Lo que encuentra es agitación, soledades, desventuras, soldados alemanes, italianos, ingleses, marroquíes y una situación que transformará no solo su existencia sino —y con mayores traumatismos— la de su hija Rosetta.

Esta obra, que a diferencia de muchas novelas de guerra no ocurre en el frente, tiene su enfoque principal sobre los civiles que, como se sabe, son las más numerosas víctimas de conflictos como este que arrasó el mundo entre 1939 y 1945. En aquellos días, sobre todo los que narra la novela, Italia vivió una larga jornada de horrores porque se erigió como un punto de disputa internacional y estalló una guerra civil. Si bien estos asuntos son apenas un trasfondo de la novela de Moravia, a través de la protagonista el lector se irá encontrando, con lentitud calculada y con maestría en el relato, el infierno en el que arderán la narradora y su hija Rosetta. Y, como una necesidad de tener otra óptica más ilustrada sobre el conflicto y sus consecuencias, aparecerá un personaje muy importante: Michele. Un joven estudiante que es una suerte de contrapunto de Cesira, con una visión del mundo distinta, crítica y con más elementos filosóficos.

Cesira, a quien al principio la indiferencia la poseía, se va enterando sobre la esencia de la guerra; de lo que tiene que enfrentar, primero, en un viaje en tren que no llega a su destino, y, después, en su peregrinar por campos arrasados, sabrá que la confrontación bélica es una certeza. Una calamidad. Una sinrazón. Las dos mujeres, madre e hija, irán de un lado a otro, de una posada a otra, acompañadas de toda suerte de carencias y desgracias. Y a través de las palabras de la madre, nos enteraremos de la condición de ser mujer en aquellos años, de cómo es estar al garete, de los sometimientos y humillaciones; unas veces, de parte de soldados; otras, de campesinos, ladrones y aprovechadores.

“Hija mía, me había equivocado (dice Cesira). La guerra está en todas partes, tanto en el campo como en la ciudad”. Y, esta declaración, que sucede al principio de la novela, en el tránsito hacia las montañas, se volverá más real en la medida en que transcurra el tiempo y las dos mujeres estén en medio de varios fuegos. Por los campos de la Ciociaria y otras regiones van Cesira y Rosetta, en una especie de aventura ingrata, en la que ambas terminarán siendo otras. La guerra abre distintos tipos de heridas. Deshumaniza. Torna indolentes tanto a los que están adentro como a los que están alrededor del conflicto.

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Afiche del filme La Ciociara (La campesina), de Vittorio de Sica

Con todo y las dificultades, la novela está llena de comidas, de pettola y fásuli (pastas y habichuelas), de jamones y leche de cabra, de ternera y cordero, de otras viandas, que si bien pueden ser escasas, se consiguen en un mundo de especulación y negocios desaforados. Cesira narra con detalles, con un insólito sentido de la observación, de la geografía, del tiempo, de las circunstancias. “Luisa había puesto sobre una mesita vacilante una sopera de barro, cogió una hogaza y, arrimándosela al pecho, con mucha destreza, con un afilado cuchillo se puso a cortar delgadas rebanadas hasta que la sopera estuvo colmada de pan hasta el borde…”.

Es una novela que, aparte de tener dos personajes de elaborada caracterización, se pasea por un territorio del que se nombras árboles, frutos, animales, soldadesca, bombas, mientras hay una esperanza, sobre todo en Cesira: que los ingleses aparezcan. O los rusos. Porque ya sabe que ellos representan una posibilidad de permanecer con vida. En la localidad de Saint’Eufemia las dos mujeres estuvieron nueve meses, cuando, al principio, creían que solo estarían allí dos semanas. El tiempo de la guerra es otro. Y otra su medida.

A través de Michele, un personaje que lo educan para que sea fascista pero que, gracias a estudios y a su avispamiento, se torna antifascista, se muestran otras facetas de la guerra, de los involucrados en ella, de los significados del poder y sus vergüenzas. La presencia de Michele les proporciona a Cesira y su hija otra visión del mundo, les suscita otras preguntas, les otorga elementos para saber que una guerra es la destrucción de la razón, de la humanidad, de la civilización. En la obra, de una factura literaria sin fisuras, se van mostrando con sutileza, a través de la cultura, de los comportamientos, en fin, las diferencias entre un alemán y un italiano, o entre estos y los ingleses. Al fin de cuentas, la guerra los iguala en barbarie y en indolencia.

La novela, según las circunstancias, a veces, o casi siempre, de unas tensiones que tienen que ver con los comportamientos, la higiene, la incomunicación o el trato violento, puede hablar de la carencia de letrinas y de papel indispensable, como de alguna mujer que ha perdido la razón a raíz de tantas violencias. Entre bombas inglesas y redadas alemanas, se aprecia el drama de refugiados, de los desertores, de los que han perdido la noción de hogar y familia, y de la caída en un estadio de despotismo y desmoronamiento del espíritu humano: “A los hombres sería menester verles en tiempo de guerra y no de paz; no cuando hay leyes y el respeto a los demás y el temor de Dios sino cuando todas esas cosas ya no existen y cada cual obra según su propia manera de ser, espontánea, sin frenos y sin consideraciones”, advierte Cesira.

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Y en ese mundo donde todos pueden, en un momento determinado, ser enemigos, la narradora se entera de que los campesinos, todos, son interesados y de que la guerra es capaz de tornar en bárbaro a alguien que, antes de ella, era solidario y solícito con los demás. Y puede pasar, incluso, con la comida, que escasea y de la que hay que guardar sin compartir con nadie, porque, a la larga, es un asunto de vida o muerte. Y, por alguna razón que va más allá del estómago, la novela está atravesada por comidas (o por sus carencias) y por hambres. Y habrá spaghetti y calamares y pulpos a la Luciana y pichón con guisantes y atún a la parrilla y alguna comilona en medio de tantas ansiedades. Y a veces, nada.

Moravia, que comenzó a escribir la obra en plena guerra, pero la terminó muchos años después (se publicó en 1957), dio una cátedra de humanidad, de comportamientos, de conductas propias de hombres en estados de extrema tensión, y demostró un conocimiento hondo de la sicología femenina. También de asuntos propios de la cultura, de saber a fondo como son los pueblos del Lacio, y de lo que una guerra provoca entre los que están dentro de ella o a un lado, pero que no pueden eludirla. Así escucharemos a Lili Marlen, la clásica canción de melodía triste que no solo cantaban los soldados alemanes sino de otras nacionalidades.

En la guerra, como también se dice en la obra, no hay prójimo, no hay amigos, no hay sino intereses que tienen que ver con la sobrevivencia personal. No importa el otro. En La campesina, además, hay sexo y odio y desazón. Cesira, que era religiosa al principio, va perdiendo su fe, no solo en la deidad, sino en el hombre. Y siente como todo se desmorona en medio de las bombas, las ametralladoras, los muertos, los ladrones, los vividores. Hay una reflexión acerca del exterminio de los sentimientos, de la insensibilidad que la cercanía de la muerte va inoculándose en las víctimas y en los victimarios. “Los americanos eran los vencedores y los italianos los vencidos, eso era todo”, dice en un momento la mujer que narra. La misma que aprendió a odiar a los alemanes y a los fascistas, que antes le eran lejanos.

Cesira descubre un asunto doloroso: “nuestras desdichas nos volvían indiferentes a las desdichas ajenas. Y, más tarde, he pensado que éste es, seguramente, uno de los peores efectos de la guerra: nos hace insensibles, endurece el corazón, mata la piedad”. La mujer entenderá la guerra a través del dolor propio, del endurecimiento de su corazón, de las hieles que va probando mientras se aproxima a la finalización de una pesadilla. Sabrá, muy de cerca, como es una violación de soldados, un pasar por las armas a una muchacha que pierde la virginidad porque una irracional soldadesca se desahoga en sus deseos y tormentos del sexo con una indefensa damita que asumirá luego los comportamientos de una prostituta.

En rigor, una guerra no termina cuando se capitula, cuando se firman las rendiciones y se dan los triunfos y las derrotas. Una guerra se prolonga en sus consecuencias nefastas, en las heridas abiertas que no tienen posibilidad de cicatrización, en la ruina en que queda el ser humano. Y estas situaciones de dolor y descalabro se sienten en la novela, en la que dos mujeres, tras sufrir diversas vicisitudes y dolores, tornan a la tierra de donde habían salido huyendo de la desastrosa disputa mundial.

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Alberto Moravia

Moravia, emparentado con el neorrealismo, periodista, guionista, crítico de cine, nos proporciona a los lectores en esta notable obra un fresco que está conectado con la memoria, el dolor, la angustia y las desolaciones. Al final de cuentas, cuando las dos mujeres ven la cúpula de San Pedro, en el ambiente quedan las palabras y la existencia trunca de Michele que alguna vez les leyó en voz alta, a Cesira y Rosetta, el evangélico pasaje de Lázaro como una metáfora de la resurrección, del comienzo de una vida nueva.

En 1960, Vittorio de Sica, con guion suyo y de Cesare Zavattini, dirigió la película Dos mujeres, basada en La ciociara o La campesina, con Sophia Loren y Eleonora Brown. En ella, por supuesto, también se advierte, como en la novela de Moravia, que la madre, pese a todos los esfuerzos, no pudo salvar a la hija de los fieros horrores de la guerra.

 

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Fotograma del filme Dos mujeres, basado en la novela de Moravia

Hollywood para montañeros

Libreta de viaje (3)

 

Las colinas de Hollywood vistas desde el Hollywood Boulervard. Foto Sergio Espitaleta

 

(Crónica de una caminada por el Paseo de la Fama y las huellas de las estrellas de cine)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Al bajar del edificio Wells Fargo, donde presenté la novela Balada de un viejo adolescente, una multitud de extras cinematográficos estaba en la calle buscando sombra, bajo un sol de castigo. Alguien me dijo que es parte de la vida cotidiana de Los Ángeles toparse en cualquier cuadra con filmaciones de películas.

 

Tras entrar más tarde a una extraña librería, The Last Bookstore (una de las más bellas del orbe), con laberintos, túneles y otros diseños armados con libros, un poeta de Jamundí, Joaquín, nos llevó en su carro a Hollywood. Antes, nos detuvimos en Skid Row, un céntrico barrio poblado por cerca de 13.000 homeless o habitantes de calle, que se constituye en el barrio de indigentes más grande de los Estados Unidos. Abundan en las esquinas, las aceras, tiendas de campañas, sobre cartones, y algunos lo denominan el “gran manicomio al aire libre”, por la cantidad de enfermos mentales que allí conviven. Está en una de las zonas más céntricas y hace años era residencial y de hoteles.

 

Arribar a Hollywood, mito y realidad, pone el corazón a dar saltitos, tal vez de conejo, como el de Alicia, y a la piel, en un verano que ese sábado 7 de julio alcanzaba temperaturas de cuarenta grados, con ganas de una sombrilla, como la de Mary Poppins. Joaquín, que se debía devolver para recoger a sus hijos, nos dejó en la esquina de Hollywood Boulevard con Highland Avenue, y entonces comenzamos la pequeña aventura urbana de “tirar tenis” por aquel panorama de turistas a granel y tiendas por doquier que puede llegar a obnubilar.

 

Hollywood, integrado a Los Ángeles en 1910, se fundó en 1857. Se volvió meca del cine cuando el monopolio de Thomas Alva Edison, con su guerra de patentes, obligó a productores de cine de fines del siglo XIX y comienzos del XX, a irse de Nueva York y Nueva Jersey, y asentar su “fábrica de sueños” en un remoto lugar del oeste. Después, la invención de las estrellas y el mundo del espectáculo hicieron el resto.

 

Caminar por esa calle incandescente, llena de avisos publicitarios y palmeras, es la posibilidad de añorar imágenes del filme Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly. Malabaristas y artistas callejeros aparecen en medio de los visitantes. Algunos se detienen a mirar a las colinas, quizá a buscar en la lejanía las históricas letras de molde o a ver si, por algún acaso, está flotando la imagen vaporosa de Marilyn. Que sí, no falta la diva por distintos lugares, con sus fotos en las que hace guiños, muestra su belleza inefable, su swing de estrella rutilante.

 

No sobra tomarse la fotico con una de las creaciones hollywoodescas más célebres. Foto Sergio Espitaleta

El Paseo de la Fama, una de las atracciones con más curiosos sobre ella, lleva a muchos a arrodillarse, a postrarse junto a la estrella de cinco puntas que representa a una figura del cine o de la farándula, en un mosaico de granito pulido. Casi todos los más jóvenes se hacen tomar la fotito con la de Michael Jackson y lo más veteranos van a las de viejas figuras, legendarias, como decir Mickey Rooney o los integrantes de Los Beatles. El paseo, diseñado en 1958 por el artista californiano Oliver Weismuller, alcanza hoy una “siembra” de 2.200 estrellas (varias de ellas han sido robadas, como las de Kirk Douglas, James Stewart, Gregory Peck y Gene Autry).

 

Frente al Teatro Chino de Grauman, de enigmática fachada (una pagoda con dragón y leones), la gente se apretuja para observar a sus ídolos “caídos” (sí, están sobre la acera), la representación de un mundo de imaginación y de una industria millonaria que ha seducido a espectadores de todas partes. Los viandantes se mueven entre almacenes de suvenires, centros comerciales, supermercados y algún Superman de calle, o un basquetbolista sin gloria que hace demostraciones con un balón. No faltan magos y contorsionistas.

 

Un poquito de fama entre estrellas y estatuillas. Foto Reinaldo Spitaletta

El viejo teatro Kodak, hoy el Dolby Theatre, es el escenario de la entrega de los célebres Oscar y goza de la apreciación masiva de visitantes. Por aquellos lares abundan fotos de deidades cinematográficas y todo hace rememorar antiguas pantallas, viejas carteleras, los días de cine de barrio y la nostalgia de los teatros muertos. A la par del Paseo de la Fama, está el de las huellas de los grandes. Y, claro, todos aprovechan para llevarse un recuerdo gráfico de la ocasión.

 

Como vecina de las huellas de la gran Marilyn está otra grande: Sophia Loren (“Solo per sempre” se lee junto a las huellas de manos y pies de la actriz napolitana) y junto a esta, las de Marcello Mastroianni. Al otro lado de la vía, hay más teatros, como el Capitán, y la vieja construcción del Hotel Roosevelt, apegada y tradicional en el paisaje del sector. Más allá, y sin que el turista se preocupe por recorrerlos, hay barrios de caserones amplios, cercanos a las colinas. Hay una especie de “morro”, el Canyon, al que suben atletas que desafían, en el verano, las altas temperaturas.

 

Desde un enorme centro comercial, uno, como buen montañero, no podía dejar de ver desde un mirador en el tercer nivel, las letras de Hollywood, lejanas, legibles, inmemoriales. Sí, no había más remedio que relacionarlas con las que, en los cincuentas, sobre las colinas de Enciso, en Medellín, puso una empresa textilera, cuyo lema era “el primer nombre en textiles”.

 

La jornada, calenturienta, llena de riquezas visuales, de sed y curiosidad, nos condujo, en su fase final, a tomar el metro. Había que hacer tres intercambios o transferencias para llegar a nuestro destino, desde el extremo norte, donde está Hollywood, al Sur de Los Ángeles, en el sector de El Segundo. Varios días después, volvimos en el tren, que es subterráneo, de superficie y elevado en distintos tramos, hasta los Estudios Universal, otro símbolo de la proverbial “fábrica de sueños”.

 

Un simpático busetón de tres vagones nos subió hasta el parque de atracciones y, más que todo, centro comercial, con una infraestructura armada para vender, pero, eso sí, con la gracia de ponerte por doquier desde King Kong hasta los dinosaurios del jurásico. Allí está el “mundo mágico” de Harry Potter (con librería y almacén especializado) y el de los Simpson. Claro, si querés verlo todo, pasearte por la fantasía, las cámaras y los platós, debés pagar cerca de cuatrocientos dólares.

 

Los estudios Universal, el bulevar Hollywood, el Dolby, las letras en la colina, todo, de pronto, fue quedando atrás. El metro de Los Ángeles, con sus líneas roja, azul, verde, púrpura, Expo, una retícula enorme, con sus estaciones como Vermont, Willowbrook, Beverly, Avalon, en fin, se graban en la memoria del visitante.

 

En el tren todavía flotaban las imágenes de King Kong junto a las muy provocativas de la rubia plateada Marilyn Monroe. La fábrica de sueños nos seguía como un recuerdo de niñez. Sería el calor.

 

 

 

Aspecto del centro comercial de los Estudios Universal, al norte de Hollywood. Foto Reinaldo Spitaletta

Amores de celuloide

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enamorarse de una actriz era la máxima expresión del idealismo erótico. Era ir más allá de la piel y ubicarse en los terrenos de la imaginación. No recuerdo ya cuál fue mi primer amor de celuloide, que nació, al principio, en las funciones de cine matinal, cuando los sueños estaban intactos y el mundo era menos infeliz. Después, la matiné, la vespertina y las proyecciones de las nueve de la noche. De lo que sí tengo certeza es que hubo varias mujeres (bueno, en rigor una artista cinematográfica no es una mujer sino una imagen) que llenaron mi anochecido cuarto unas veces con fotografías y carteles de cine y otras con su presencia íntima, secreta, en mi recién inaugurada adolescencia.

 

Como decía Benedetti, es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz. O de varias, al mismo tiempo, que en estos asuntos no hay manera de que te acusen de poligamia. Una actriz (ah, y seguro para las mujeres, un actor) era una compañía de ensueño, un modo de sentir palpitaciones y aspirar al paraíso instantáneo de un “mal pensamiento”. Digamos que, por ejemplo, a Marlene Dietrich, la de las piernas sensuales de cabaret, la conocí cuando mi adolescencia era ya un recuerdo de acné y de tropelías callejeras. No me enamoré de ella, aunque, si la hubiera visto en El Ángel azul, cuando yo tenía catorce o quince, seguro la hubiera abrazado en mis oscuridades de cuartito azul.

 

De la que sí me enamoré fue de Claudia Cardinale, a la que conocí en El fabuloso mundo del circo, una película que vi, creo, en el Teatro Bello. Muchos años después, la apreciaría en papeles estelares en El gato pardo y Rocco y sus hermanos, dirigidas por Visconti, y filmadas antes que la hollywoodense del circo. Tenía una cara de ángel perverso y toda ella denotaba que estaba hecha para ser acariciada. No pude conseguir ningún afiche suyo, pero si la vi en alguna revista que papá llevó a casa, en la que, además, estaban otros dos amores italianos: Gina Lollobrigida y Virna Lisi, que para mí fueron, en aquellos años fogosos y de represiones sexuales, mis vírgenes de medianoche.

 

Parece (o mejor dicho, es) una obviedad, pero hay que declararla. Creo que los muchachos de mi generación, por lo menos aquellos que habitábamos en Manchester, El Congolo o Andalucía, queríamos ser los bebés de Sophia Loren. Era un manantial. Una vía láctea. Una perturbación eterna. Me parece que la vi por primera vez en El Cid y después, en una semana santa, en una versión de Quo Vadis. Aunque me hubiera gustado verla entonces en Bocaccio 70 o Matrimonio a la italiana, pero eran para mayores de 21 años. Bueno, es un decir, porque, a veces, el portero del Teatro Bello, al que le dábamos una propinita, nos permitía el ingreso a las de adultos. De ella, aunque no conseguí cartel, sí coleccionaba las “vistas”, que eran fotogramas de películas, que en Bello se pusieron de moda en los sesenta, y uno las intercambiaba, las compraba como si fueran “caramelos” o cromos, y a veces algún chico con alma de inventor, fabricaba un “telescopio” para mirar en él a las más bellas actrices, pero, también, a actores del Oeste o de filmes de “capa y espada” o a algún gladiador.

 

Sophia Loren estuvo mucho tiempo en nuestras imaginaciones calenturientas, acompañándonos con su belleza casi inverosímil (como la de Anita Ekberg) en jornadas nocturnas y, por qué no decirlo, en atardeceres tropicales, en los que la lujuria simbólica era la única posibilidad para aguantar el calor en un pueblo sin acueducto. Qué bella era esa muchacha de La campesina (Dos mujeres, dirigida por Vittorio de Sica), con sus cuerpo hecho para la contemplación de distantes adolescentes de la zona tórrida.

 

Pero la más bella mujer que estuvo en mi pieza (tuve alguna sin revocar y por la noche las cucarachas bajaban y subían por las paredes) fue Raquel Welch. Cuando la vi en El viaje fantástico no tuve dudas: sería mía. Y en efecto en medio de mi aturdimiento por tanta sensualidad, me puse a buscar afiches o fotos, hasta cuando una vez mi mamá (sí, ella, no mi padre) llevó a casa una revista de farándula cinematográfica y ahí, en la portada, en bikini, estaba ella, espléndida, única, diosa de la piel, la misma que vi más tarde en Cien rifles. Las más ardientes noches de mis soledades las pasé con esa actriz gringa, mientras miraba sus imágenes o las soñaba, con la respiración entrecortada.

 

Algún guasón preguntará que por qué no aparece la gran Marilyn, la mujer fatal, el máximo símbolo sexual de varias generaciones, y yo le contestaré que en mi adolescencia no vi ninguna de sus películas. Pero sí sus fotos de periódicos y revistas, y los almanaques que llevaba papá con la presencia inefable de aquella muchacha infeliz que cuando murió (¿la asesinaron?) dejó un vacío existencial en el mundo y millares de viudos que la amaron con un amor imposible. No me enamoré de aquella mujer de celuloide. Me hubiera enamorado más fácil de Isabel Sarli, pero a ella la conocí cuando ya la adolescencia había terminado.

 

Qué tiempos aquellos, de cierta casta ingenuidad, en la que uno proyectaba imaginarias películas de amor contra la pared de su cuarto, en noches plenas de estremecimientos y aventuras solitarias debajo de las cobijas.

 

Postdata: Otro guasón me contó que en su adolescencia solo tuvo en su cuarto afiches de Celia Cruz y Mercedes Sosa. Qué bárbaro.

 

 Raquel Welch