Tres títulos, tres libros de 2017

Agradecimiento a los lectores, editores y libreros por acoger estos tres títulos, publicados en 2017: una novela, un libro de ensayos literarios y otro de narrativa periodística. Muchas gracias.

 

Balada de un viejo adolescente

 

Una novela que narra, con un punto de vista en primera persona, las peripecias y soledades de un adolescente que habita en un asilo de ancianos. En el colegio donde llega a estudiar, profesores y estudiantes lo observan con extrañeza. ¿Cómo es posible que un jovencito viva entre ancianos?, se preguntan, algunos no sin burla y aires despectivos. La obra muestra el mundo sin esperanzas de los viejos, vistos con los ojos de un adolescente que, en la lectura, el cine y otras disciplinas, tiene la posibilidad de conectarse con el afuera.

 

Balada de un viejo adolescente, narrada en un presente continuo, puede suscitar distintos sentimientos en el lector. Y reflexiones acerca de la vejez y la juventud, del infierno y paraíso que puede ser cada una de esas condiciones vitales del hombre.

 

La música, la literatura, el teatro y las aspiraciones de un joven se conjugan en una obra que transcurre en los albores de la agitada década del setenta

 

 

 

Tiovivo de tenis y bluyín

 

Tiovivo de tenis y bluyín es una mirada fresca y auscultadora al paso del tiempo por la ciudad y los hombres. Pueden descubrirse, con ojos de niño, las vueltas infinitas de un carrusel de caballitos o las pisadas de la juventud en el asfalto de la memoria. Hay un discurrir de imágenes, que van desde las muy especiales de un cine de antes, con actores italianos y gritos de un teatro de barrio, hasta los cánticos juveniles de días de guitarras y cabellos largos.

 

El lector, a manera de un caminante de urbe, irá encontrando sorpresas y tendrá tiempo para la risa y la reflexión.  Es una muestra de narrativa periodística con un trasfondo ineludible de paredes, edificios y fantasmas de la calle. Es un encuentro distinto con la realidad que, como diría Hemingway, casi siempre es más fantástica que cualquier ficción.

 

 

 

Sustantiva palabra

 

La palabra, creadora de todas las cosas, es convocada en este libro para pasearnos por distintos ámbitos, como los de Las mil y una noches, algún bulevar parisino, castillos medievales y por tropicales caserones. Sustantiva palabra es un encuentro con escritores como Umberto Eco, Thomas Mann y Sándor Márai, y con formas escriturales del cuento, con cultivadores de estirpe clásica de tal género literario, como London, Hemingway, Steinbeck y Faulkner.

 

En una reivindicación del ensayo, el lector se topará con una convocatoria a la reflexión literaria y al infinito ejercicio de imaginar. A lo mejor, de modo inesperado, gnomos y cronopios pueden saltar en cualquier página. La literatura está hecha de innumerables maravillas.

 

 

 

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El barrio, una invención de la nostalgia

(Palabras de presentación del libro Barrio que fuiste y serás)

 

Amada mía, dónde estás con tu canción

Dime qué será de ti.

El Vals de los recuerdos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquel que dijo que el barrio es la única y definitiva patria del hombre, estaba descubriendo una geografía íntima y subvirtiendo teorías sobre próceres, escudos e himnos nacionales. Aquel que señaló que además de la infancia, el otro avatar que marca al hombre es el barrio (que para algunos se puede reducir a una calle o a una encrucijada), estaba dando pasos hacia la instauración de una metafísica de patios y entejados, de esquinas y balcones. Un antídoto contra la soledad —si es que la soledad requiere de esas contras— puede hallarse junto al mostrador de una vieja tienda o en las piernas de una muchacha que monta en bicicleta. Aquel otro que dijo que para la angustia existencial lo mejor era el olor a tiza y los tacos de billar, estaba quitándole trabajo a los psicoanalistas y dándole valor terapéutico a esa sociabilidad que nace y crece en el bar que está a la vuelta.

 

El barrio, si se quiere, es una invención de la nostalgia. Es aquel pedazo de alma y de memoria que se siente cuando ya uno ha abandonado los años del asombro y se ha vuelto alguien sin sueños y de panza protuberante. Habitar el barrio primero, aquel de las calles de juego, de la cancha de asfalto, de las rondas nocturnas, es una aventura de la imaginación que va más allá de las casas sin cuota inicial y de las hipotecas. Es la formación de una espacialidad interior, de una topografía imprescindible con ladridos de medianoche o con grillos de pesadilla. Cualquiera que lo haya vivido, sabe a que suenan las bocacalles, sabe a qué olía la muchacha de la casa rosada, sabe del murmullo y de la mano que se agita como saludo. Se da cuenta de que nada reemplaza una conversación de acera o la pelea a gritos de los vecinos recién casados.

 

El barrio crea a veces turbios paisajes de muchachas que se envejecieron sin que ningún donjuán les llevara serenatas o les declarara amores perpetuos. Diseña formas caprichosas en las que un viejo se muere de tanto recordar o de ya no poder hacerlo asomado a una vidriera, o en las que una señora cada mañana sale en bata transparente a barrer las hojas de su otoño irreversible. El que ha vivido en esas geografías no podrá jamás desprenderse del pedacito de cielo de su barrio, que es distinto al del barrio de más allá. Porque hay una cosa incontrovertible: tu barrio tiene la luna más luminosa, el viento más cálido, los árboles con mejores cosechas de pájaros, como lo hubiera dicho un bardo de barriada. Y también los más hábiles para la gambeta o, por qué no, para el puñal. Los que se quedan en el mismo barrio, van sabiendo de los malevos que ya no son, de los vecinos que se fueron, de los romances de calle, de los acordes perdidos de una guitarra, que a lo mejor terminó en una prendería.

 

Los que se amañaron en el mismo barrio, o por alguna razón no pudieron irse de allí y se quedaron siendo parte del paisaje, saben que por esos predios vivió, por ejemplo, Teresa, la que tenía piernas más lindas y sensuales que las de Marlene Dietrich. Y Lucía, la que al caminar paralizaba la vida cotidiana. Porque un barrio, cualquiera que él sea, es la reunión a escala del mundo, de sus miserias y fortunas, de sus flaquezas y bellas aspiraciones. Quien lo ha vivido sabe que nada reemplaza el fragor del cafetín, la sonrisa al saludar de la tendera, el pregón del vendedor de frutas, ni mucho menos la manera en que el mendigo te impetra una limosna.

 

Cuando se habla de barrio, uno puede evocar una novela de Vasco Pratolini, o un aguafuerte de Roberto Arlt, o tal vez las voces de un callejón de El Cairo en una historia de Naguib Mahfuz. Quizá se acuerde del hombre que miraba por una ventana el regreso de unos muchachos que acababan de jugar un partido de fútbol o de la exaltación de una calle con los que van de prisa al trabajo. Pero lo más probable es que te lleguen al corazón, ese que mira al sur, las voces que cantan, por ejemplo, aquello de “¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, / dónde la guarida, refugio de ayer?”, o se le piante un lagrimón al oír un “ladrido de perros a la luna y el amor escondido en un portón”.

 

Decía Vicente Huidobro que los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur. Sin embargo, creo que el barrio es el único punto cardinal, aquel donde se cruzan soles y lunas al mismo tiempo, donde se afinan amistades y se ejercita la solidaridad. El barrio es la posibilidad del encuentro (también del desencuentro) con lo que fuimos, con los años invertidos en la construcción de utopías. Es quizá la mejor manera del habitar. Aunque, en este punto, habría que decir de qué tipo de barrio se está hablando, ¿del de invasión, de la villa emergente, de la favela, del tugurio, del cordón de miseria, del subnormal? Y entonces habría que aseverar que el barrio, cuando tiene valor ambiental y simbólico, cuando se hace como lo soñaría por ejemplo Le Corbusier, para circular, recrear cuerpo y espíritu, para el esparcimiento y el intercambio de afectos, es el que todos deberían tener, el de la dignidad y la justicia. Porque también se trata de cantar para que el barrio, el soñado, el imaginado, sea posible.

 

El barrio es parte de una educación sentimental, de una geografía entrañable, que va más allá de las mentalidades de catastro y de los impuestos prediales. Es la unión de significados: la cerveza del domingo, la muchachada del fútbol, el señor que pinta su fachada en agosto, las peladas recién bañadas que caminan al colegio. Es la calle del adiós y de la bienvenida. Pero a qué hablar de tanto barrio, si, como todos sabemos, es una parcela en extinción: donde hubo un caserón ahora se eleva un edificio de apartamentos como celdas, de hacinamientos y escasísimos verdores. A lo mejor, ya el barrio solo sos vos, tu primer balón, la primera carta de amor que se perdió en una esquina, o es solo una sombra, la sombra de alguien que ya no está. Donde vayas, lo sugería un poeta de Alejandría, el barrio, tu barrio, irá siempre en ti. Bueno, a todas estas tal vez el barrio ya es sólo el lugar de aquellos que “se libraron de la memoria y de la esperanza”. O, como en un valsecito argentino, el barrio es solo el recuerdo de un gesto travieso “después de aquel beso robado al azar”.

 

(Biblioteca Pública Piloto de Medellín, junio 8 de 2011)

Ocho preguntas al escritor y periodista Reinaldo Spitaletta

N.B. El profesor Óscar Jairo González, de la Universidad de Medellín, me envió un cuestionario a propósito de la publicación del libro “Las plumas de Gardel y otras tanguerías”. El periódico El Mundo, de Medellín, publicó una versión de las preguntas y respuestas. Por considerarlo de interés para los lectores del blog, reproduzco el material.

  1. ¿Cómo se dio y se formó en usted la necesidad de escribir este libro y por qué?

El libro Las plumas de Gardel y otras tanguerías, editado por Tragaluz Editores y la Alcaldía de Medellín, es una compilación de algunas crónicas y reportajes sobre tango que escribí en otros días. Solo son trabajos en esos dos géneros periodísticos. En el libro no incluí ensayos (algunos sobre tango se publicaron en los libros Escritores en la jarra, en el que incluí uno titulado Borges en tiempo de tango, y en Historias inesperadas, en el que se sumaron varios sobre Aníbal Troilo, Roberto Goyeneche, Horacio Ferrer y Astor Piazzolla). En este libro recojo aspectos de una ciudad (Medellín) que ya no existe, y algunos de los personajes que allí aparecen, tampoco están más. También se retoman algunos aspectos de Buenos Aires, Argentina, sobre todo de su noche tanguera. Me pareció que era necesaria una recopilación porque, creo, puede ser un texto de arqueología urbana y una memoria de ciudad.

  1. ¿Por qué lo titulo “Las plumas de Gardel y otras tanguerías”, qué efecto o no buscaba causar y causarse?

El título es el mismo de una serie de tres reportajes que hice en 1999 al médico Jaime Rodríguez Estrada. Cuando él era estudiante de Medicina en la U. de A., en segundo año, le correspondió “arreglar” el cadáver de Gardel. Las revelaciones que en la serie hizo el señor Rodríguez eran desconocidas. Mejor dicho, reveló asuntos que sobre el cadáver de Gardel nadie sabía. Bueno, por eso el título del libro, como el de la serie periodística. Al leer el texto se sabrá por qué lo de las plumas, pero no es nada hermético o esotérico. Lo de “otras tanguerías” es porque el libro no es solo sobre Gardel, sino que aparecen otros personajes y lugares de tango.

  1. ¿Nos podría decir en qué momento se fue formando su visión del mundo de escritor y su escritura, dominada por Gardel y el tango?

El tango en mi existencia (y es un género muy existencial) llegó por ósmosis. Nací y crecí en una ciudad obrera, llena de cantinas. En cada esquina había una, con su respectivo Wurlitzer o Seeburg, que molía tangos de día y de noche. El tango sabe esperar a los jóvenes, y cuando uno empieza a tener recuerdos o alguna decepción, entonces entiende que hay un género tremendo que habla de esos aspectos (y de otros). Y ya estás atrapado, sin pensarlo. Ah, y en casa, mamá cantaba muchas canciones, entre ellas, Silencio (lo dramatizaba y hasta se le derramaban lagrimones cuando lo hacía), y papá, que era un hombre del Caribe, cantaba muy afinado tangos de Gardel (el que más le gustaba era Melodía de arrabal). Quizá en algunos temas de mi escritura, el tango pudo influir, y es en el del barrio. Hay miles de tangos que se refieren al barrio (y no en asuntos catastrales o de planeación). Y uno de los avatares de mi escritura (tanto en periodismo como en literatura e historia) es el barrio.

  1. ¿De qué o desde dónde hay aquí en lo que escribió una relación entre la historia y la realidad concreta y por qué quería relevar esa relación?

Lo dicho. Esta recopilación (en la que como es normal quedaron por fuera algunos reportajes y entrevistas) tiene que ver con asuntos de la ciudad, con memorias, con bares y teatros, con gente que por diversas razones gusta o gustaba del tango, de sus misterios y poesía. Reunidas en libros toman otra dimensión, en la que ya hay sentido de lo histórico, de representaciones urbanas, de nombres y símbolos. Es un libro-documento. Puede servir como fuente a historiadores y antropólogos y otros interpretadores de la realidad.

  1. ¿Para su literatura, qué ha marcado y qué no ha marcado Carlos Gardel y el tango?

En mis novelas y cuentos, no hay mucho tango, aunque hace tiempos publiqué un libro de cuentos titulado “El último día de Gardel y otras muertes”, en el que Gardel es un malevo de Bello que se creía una reencarnación del cantor y tenía una pinta brava. El tango es una de las creaciones de música popular más elevada, es patrimonio de la humanidad y los temas del denominado tango-canción son los mismos de la literatura (la soledad, la muerte, el desamor, las altas y bajas pasiones, el desencanto existencial, la vida…). Carlos Gardel es una de las figuras de la cultura popular (el término ha sido muy manoseado) más elevada. Es un ser hecho de historia y mito.

  1. ¿Por qué considera que el Gardel y el tango se relacionan con la literatura y por qué sí o no?

La vida y la muerte de Gardel son novelescas. Cinematográficas. Creo que ya hay abundancia de obras sobre el Zorzal, como personaje central o como pretexto. Y sobre Gardel se continuará escribiendo. El tango y la literatura se han influido entre sí. Unas veces, esta ha dado temas al tango (ya sabemos todo lo que influyeron en letristas de tango Rubén Darío, García Lorca, Amado Nervo, los poetas malditos franceses, Baudelaire, algunos surrealistas, etc.), y el tango en la literatura (Tomás Eloy Martínez, Roberto Arlt, Cortázar, Borges, Sábato, Onetti, Benedetti, Pérez-Reverte, Camilo José Cela, Manuel Mejía Vallejo…).

  1. Al interesarles a Cortázar y a Sábato el tango, y llevarlo de cierta manera a su literatura: ¿Podrías decirnos sí su interés por el tango tuvo o no que ver con las lecturas de ellos y como los leyó en esa dimensión estética del tango que ellos le dieron?

Los tangos que escribió Cortázar no reflejan el talento y profundidad de este escritor. Son desechables. Pero el género sí está presente, y de qué manera, en sus obras, en particular en Rayuela. Sábato, que hizo ensayos extensos sobre tango y algunas letras para tangos, es parte de la cultura del tango. Leí a Cortázar y a Sábato (y a muchos otros escritores argentinos y uruguayos) por razones distintas a mi gusto por el tango.

  1. ¿Qué significan y que le dicen hoy a usted, Gardel y el tango, por qué le son esenciales a su vida creadora?

El tango sigue siendo un campo abonado para la imaginación, la creatividad, la vida cotidiana, el conocimiento de algunos aspectos del ser humano. Pero, en mi caso, no es esencial en mi pequeño territorio literario (que se reduce a la familia, el barrio, la ciudad). Ah, y ya Gardel vivió y escribió con fuego (y con su voz) la novela de su vida. Yo no escribiría una novela sobre un tipo que es pura literatura.

(Medellín, 27 de junio de 2015)

Una tarde con Marcha Triunfal y girasoles

(Crónica sobre mi adopción como autor, en un colegio de Enciso)

Por Reinaldo Spitaletta

Ser escritor puede tener momentos cumbre: uno, cuando se termina una obra. O tal vez cuando se publica. Otro, cuando el libro ya no te pertenece y ha pasado a ser propiedad de los lectores, los que harán de él lo que quieran. El pasado tres de septiembre tuve una experiencia memorable, cuando en el programa Adopta un autor, de la Fiesta del Libro de Medellín, fui a un colegio en las colinas de Enciso, muy cerca de donde hace años, una prepotente empresa textilera tuvo un aviso luminoso con las mismas letras de Hollywood, y que ahora ha desaparecido en medio de casitas humildes.

Acompañado de la jefe de programación de la Fiesta, Yesica Prado, llegué al colegio (se llama Institución Educativa Luis Carlos Galán Sarmiento) y de todo imaginaba, menos lo que pasó. Uno tendría suficiente con que sus textos tengan algún lector. Y si es un lector cualificado, inteligente y crítico, pues mejor. Pero que haya recibimientos masivos y aplausos y coros y estribillos y flores y músicas, el asunto sí trasciende la conexión autor-lector.

Atravesamos la puerta, mallas a su alrededor. Había jardines a la entrada, sanjoaquines y mangos. Varias maestras y el rector, hacían parte del comité de recepción. Todos sonreían. Explicaban que el colegio le da mucha importancia a la educación sensible, a las artes, la poesía, la formación ambiental. Los libros. Había en las paredes árboles en relieve hechos a mano por estudiantes. Me entraron a un salón a saludar a los alumnos que no podían ir al acto central en el auditorio.

En otras paredes, comencé a ver frases de algunos de mis libros, títulos de columnas, una fotografía que no sé de dónde sacaron junto a una frase: “Hay hombres-faro, hombres que distinguen entre las tinieblas cuál es el camino correcto”. La extrajeron de un escrito de hace años sobre el dirigente revolucionario Francisco Mosquera. Dos niñas se me acercaron y me entregaron flores amarillas. Más allá, había más fragmentos de escritos, un cartel, parte de una campaña de expectativa, que decía: “Ya viene Reinaldo Spitaletta, ¿quién será?”, o algo así.

Mejor dicho, el colegio estaba lleno de mí. Qué impresión. De pronto, apareció un profesor de barba blanca (llamado Carlos Arturo Lopera) que me recibió con alegría. A la entrada del auditorio, unas escaleras. Empezó a brotar La Marcha Triunfal, de la ópera Aida, de Giuseppe Verdi. Había a cada lado, filas de estudiantes, la mayoría muchachas, uniformados y todos con flores en las manos. Las mismas que me iban entregando, con sonrisas y miradas de curiosidad. Ya portaba unos girasoles, que a veces ponía en alto para saludar. Me sentía abrumado. El coro era imparable: “¡loor al maestro Spitaletta! ¡Lo mejor de lo mejor de la A hasta la Z!”. No lo podía creer. Coro y Marcha. Marcha y Coro.

Abajo, junto al escenario, donde además había globos rojos y azules, más flores, más bullicio. En el proscenio, sentadas, unas figuras cubiertas de sábanas blancas. Yo sudaba. La marcha había terminado. A lado y lado, portadas de varios de mis libros en las paredes: “El Desaparecido y otros cuentos”, “El último puerto de la tía Verania”, “El sol negro de papá”, “Oficios y Oficiantes”, “Vida puta puta vida”. “Estas 33 cosas”…

El rector Carlos Antonio Oliveros hizo su homenaje. Estaba emocionado. Abajo, decenas de estudiantes sentados en las graderías, me observaban mientras yo tomaba agua. Eran las tres y quince de la tarde (miré el reloj, con nerviosismo). De pronto, sentí ganas de llorar. Me contuve. “Esto es hermoso”, dijo Yesica. El rector, después, se me acercó y me dijo al oído: “Le tenemos un doble”. Comenzó un espectáculo.

Cada figura se iba parando, se despojaba de la sábana y comenzaba a hablar. El primero fue Manuel Mejía Vallejo. Lo siguió García Márquez. Después, Barba Jacob; apareció luego Gardel. Eran muchachos que representaban esos personajes, incluidos futbolistas como James Rodríguez y políticos como Galán Sarmiento. Y de pronto, surgió mi doble: “Yo soy Reinaldo Spitaletta…”. En rigor, tenía extraños parecidos conmigo cuando yo tenía catorce o quince años… Luego, vino una pareja de baile de tango del Ballet Folclórico de Antioquia, después una niña cantó un bambuco. A continuación, un dibujante me entregó un retrato a lápiz, de formato grande, que estaba en un caballete, en pleno escenario.

Y después (ya me sentía abrumado), mis palabras de agradecimiento. Les conté algunas historias a los muchachos, algo conectado con Las mil y una noches, y vinieron las preguntas: ¿cuándo comenzó a escribir? ¿Cuál es la perspectiva de sus historias? ¿Por qué si usted es tan extrovertido y sonriente sus libros casi todos son tristes? ¿De dónde saca sus temas? No hubo tiempo para todos, montones, los que alzaron la mano para preguntar. Ni para tantas respuestas.

Al final, entregaron separadores de libros que hizo el colegio, con una foto mía, el escudo del colegio con su lema “tolerancia, convivencia, compromiso” (además, el rector me lo impuso en público, al decir que ya yo era hijo adoptivo de la institución) y una frase versada: “Spitaletta, / un gran universo, / novela, cuento y crónica hermosa / gran Medellín, / anverso y reverso, / sombrero de mago, / huella luminosa”.

Firmé decenas de separadores. Una joven negra me besó en la mejilla y casi todos se despidieron de mano. Yo estaba lleno de flores. Lejana, se oía la Marcha Triunfal. Afuera, a las seis de la tarde, alcé un ramo de girasoles para despedirme de algunos muchachos en las ventanas. Abajo, la crepuscular ciudad color ladrillo, se veía como una suerte de conjetura que es esa diversidad de edificios fríos y contaminados. En torno al sol muriente, comenzaban a danzar los astros en el cielo.

(Con mi gratitud para la profesora Sandra Henao, el señor rector, profesores y alumnos del Luis Carlos Galán Sarmiento)

Historia de un perro abandonado

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A veces, aparecía en la calle un perro muerto. Tal vez lo habían envenenado. Uno se acercaba a ver el cadáver y veía las primeras moscas alrededor, los ojos abiertos e inmóviles del can, la indiferencia entre los mayores que pasaban, sin mirar, o escupiendo, o con ganas de vomitar. Eran tiempos de perros vagabundos. Y maltratados. No faltaban en los barrios ni en las calles céntricas. En casa, antes que un perro, tuvimos una gata rubia, que llegó de no sé dónde y se quedó un tiempo, más que por el afecto que le dábamos mamá y mis hermanos, por la presencia de ratas. De noche, se turnaba las camas, y casi al amanecer dormía a mis pies.

 

Después llegó “Sultana”, una perra criolla, amarilla y enorme. Nos la regaló una tendera de nombre Leticia, que a su vez la había adoptado cuando la encontró solitaria en la Autopista del Norte.  Era afable y alegre, y acompañó por varios meses la infancia de mis hermanos y yo. Ya a Richard, a los cuatro años, lo había mordido en la cara un perro callejero. Muchos años después, cuando lo entrevisté en un programa radial, Aníbal Vallejo, artista y protector e historiador de animales, me contó una historia. Un perro se había volado del barrio Castilla de Medellín, llegó a Bermejal, luego pasó a Bello, donde vagabundeó por distintos barrios, entre ellos “Santa Ana de los Eucaliptos” (cuando pronunció el nombre de este barrio supe que había leído mi novela El sol negro de papá, porque solo allí, en la ficción, aparece un barrio con tal nombre), hasta llegar al barrio El Rosario y morder a un muchacho de cuatro años. Él, Vallejo, que tenía el documento de sanidad con el registro del caso, creyó que ese muchacho mordido era yo, cuando, en realidad, se trataba del ya nombrado. Todo por apellidarse Spitaletta y llamarse Ricardo, digo que pudo haber sido la confusión del gran Aníbal.

 

La imagen más triste que tengo de un perro también pertenece a Bello. Sucedió, cuando yo tenía tal vez diez años, por las mangas cercanas al Búcaro, un balneario sin igual, y hoy inexistente, en la quebrada del Hato. Un grupo apedreaba a un pobre can, del cual recuerdo sus aullidos de dolor e impotencia, porque, según dijo alguno, sufría del mal de rabia y había que eliminarlo. Me invitaron a darle piedra. No fui capaz. Creo que, al contrario, sentí ganas de apedrear a los lapidadores. No recuerdo si lloré entonces, o más tarde. Pero jamás se borraron los gestos lastimeros del perrito, que al final de cuentas se quedó en silencio. Muerto.

 

Sultana, que tenía también entre sus amores a doña Elvira, una señora del barrio Bellavista, en Bello, como alternativa, porque mamá se la había regalado no sé por qué motivo, iba de tour a casa, por las noches. Le abríamos la puerta y entraba voleando la cola y con una cara que siempre creí sonriente. Se notaba que había estado en pantanos y basureros durante el camino de varios kilómetros hasta nuestra residencia del barrio Nazaret, a unas cuadras de donde estuvo el viejo cementerio de Bello. Por la mañana, se volvía a su nuevo hogar campestre, próximo a las aguas de la quebrada la García.

 

Durante muchos años, ya no tuvimos perros en casa. Hasta cuando volví a conseguir unas mascotas, más por gusto de mi hijo que por el mío. La última fue una perra gran danés, que a los seis meses parecía una vaca, preciosa y todo, pero hubo que darla en adopción porque el espacio no daba para albergarla con comodidad. Y pasó el tiempo. Y con mi mujer, hace casi dos años, adoptamos una fox terrier, que ya traía el nombre de Dana. Y entonces, con ella y por ella, recordé la voz del escritor Mario Escobar Velásquez, que me decía que los perros piensan, que entienden más de trescientas palabras (más de las que comprenden hoy muchos humanos) y que son una compañía imprescindible y amorosa.

 

Y esta memoración perruna viene al caso porque, ayer, cuando llegué a casa al mediodía, a la entrada estaba echado un precioso labrador, joven. Le pregunté a Hernando, un hombre que pasa día y noche en la esquina, qué sabía sobre el perro. “Lo bajaron de un carro y ahí lo dejaron”. Marcela, mi esposa, al enterarse, lloró y después le dio cuido y agua. Llamó a varias protectoras y en ninguna le prestaron atención. En otras, bautizadas como “fundaciones”, le dijeron que tenía que pagar para poder llevar el animal. Ella quería dejarlo en casa, pero a Dana, que además jugueteó con el labrador dorado en la acera, le entraron celos. Y bueno, por la noche, cuando volví del trabajo, el labrador no estaba por ningún lado. Pregunté al celador por si lo había visto. Nada. Queríamos dejarlo con nosotros, pese a la actitud contraria de nuestra fox terrier, que también se asomó a la ventana cuando, desde arriba, oteábamos la solitaria y anochecida calle San Martín en búsqueda del labrador que algún desalmado decidió botar en el barrio Prado, de Medellín. Hoy, mi mujer despertó llorando y yo decidí escribir esta crónica canina con el fin de desearle al perro abandonado una vida larga y feliz.

 

(Escrito en Medellín mientras la brisa de enero refresca los árboles del barrio)

Un pájaro

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aleteaba a la velocidad de un colibrí. Su pico era largo y ganchudo. Plumaje con brillos incandescentes. La primera vez que lo vi, yo estaba frente al espejo, peinándome. Su imagen virtual me encandiló. Parpadeo rápido, repetido. Sensación de sueño. Voló. Continué, sin asombros, mi labor de arreglo capilar. Entonces, apareció de nuevo. Vino hacia mí. Creí que chocaría contra mi cabeza. Penetró en la luna de azogue y picoteando mi reflejo, lo consumió. Yo -para ser sincero- estaba fascinado con el espectáculo. Un pajarraco me tragaba detrás del espejo. ¡Increíble! Salió, saciado, y se fue a posar sobre la cabeza de mármol de Beethoven. Recordé, explicablemente, El Cuervo, de Poe. Intenté espantarlo con la toalla. Nada. Inmutable. Llamé por teléfono al vecino. Cuando llegó, su cara resplandeció con los destellos del ave. “¡Qué hermoso pájaro!”, exclamó. “Pues se acaba de tragar mi imagen y ya el espejo no me refleja”, apunté con desesperos. El vecino me miró, extrañeza en sus ojos. “Vamos a ver”. Nos acercamos al espejo. Solo él se reflejó. El pájaro voló con furia, repitió la operación. También se tragó la imagen del vecino. “Esto es imposible”, dijo. El avechucho, otra vez sobre la cabeza del genio, parecía sonreír. Es, de veras, muy rara la sonrisa de un pájaro. “¡Hay un peligro!”, dijo el vecino, con cierto dejo de preocupación. Y agregó: “Cuando haga la digestión de nuestras imágenes, sentirá hambre y nos devorará a nosotros realmente”. Acababa de pronunciar su alerta, cuando ya estaba en la puerta. “¡Vámonos!”, me gritó desde afuera. Volví, esperanzado, a mirarme en el espejo. En esos instantes, el pájaro levantó vuelo, rabiosamente. Me atacó. Y mientras el ataque sucedía, mi vieja imagen, peinándome, reapareció detrás del espejo. Él, o esa cosa indefinible, se tragaba la realidad. Y yo me veía desaparecer desde el otro lado… Confieso que me siento bien viviendo dentro del espejo. El pájaro, entre tanto, sigue ahí, sobre la imperturbable cabeza de Beethoven.

 

(Del perdido libro Desfabulaciones)

 

 

El gran Astor Piazzolla… ¡y en el 3000 también!

 

Por Reinaldo Spitaletta

1. Preludio con herejía


Uno de sus sueños era llenar el mundo de la música de Buenos Aires. Y, a más de veinte años de su muerte, ocurrida el 4 de julio de 1992, lo sigue cumpliendo. Todas las orquestas sinfónicas de Europa tienen en su repertorio alguna obra de Astor Piazzolla. Interpretado, por ejemplo, por Rostropovich (hermosa versión de Le Grand Tango), Yo-Yo Ma y Gidon Kremer, entre tantos, la figura de este compositor argentino cada día tiene más admiradores en el orbe.

Piazzolla no es sólo tango, que ya es bastante. Trasciende la música porteña, a la que le otorgó nuevas sonoridades y la elevó al pódium de las expresiones populares más elaboradas, para convertirse en un creador de referencia obligada en el desarrollo musical de lo que fue el siglo XX en este aspecto. En el alma de sus composiciones está el tango, pero su búsqueda como artista, en la que permanentemente estuvo renovándose, fue siempre más futuro que pasado, más revolución que tradición. Un hombre-cambio, opuesto a los cánones conservadores.

Los herejes surgen en los ambientes donde predomina el dogma, en los medios estáticos, apegados a la costumbre y  las rigideces. A las camisas de fuerza. Así, por ejemplo, Giordano Bruno no hubiese podido existir sin la Inquisición. Arde en la hoguera para mostrarnos otros infinitos mundos. Los entornos propios para el ejercicio de la ortodoxia son los que se prestan, como si fueran un caldo de cultivo de su contrario, para la irrupción de los heterodoxos. La importancia del hereje está en la de romper moldes, ir contra la uniformidad y el quietismo. Vulnerar lo que aparentemente es intocable. Visto así, Piazzolla es el gran hereje del tango (en general, un género conservador), pero, a su vez, su máximo creador.

Varias veces abjuró de las formas estrechas del tango, del cual, de todos modos, jamás se desprendió. Esta rica expresión de la porteñidad, o, mejor, de la cultura de Buenos Aires, lo acompañó en su creatividad. Y ella, la esencia de la ciudad, está presente en sus obras, en las de “carácter popular”, por supuesto, y, como leitmotiv, en sus conciertos y otras formas musicales más complejas. En esto sigue la línea de Bartók y Stravinsky, por ejemplo.

“La música de Piazzolla lo que hace es fundar una región a partir de la cual hay que reconsiderar al tango y lo clásico en la cultura argentina”, escribe Carlos Kuri, en su libro Piazzolla, la música límite.

2. Un músico diabólico


Sí, señores y señoras del orbe: Piazzolla es un fundador. Su música es tan contundente, tan revolucionaria, que no origina una escuela. O sí: ésta nace con su creador. Y con él, muere. Es como si habláramos, en literatura, de Joyce. Produce, en efecto, imitadores, artistas que utilizan sus recursos. El compositor de Adiós Nonino (quizá su más celebrado tango), de Concierto para bandoneón y guitarra, de La muerte del ángel, vivió bajo el signo de la malditud, de lo demoníaco (ésa es la condición del hereje). Y, por eso, como alguien lo comparó, se podría decir que fue el Adrian Leverkuhn del Río de la Plata, haciendo la analogía con el músico diabólico que, en la novela de Thomas Mann, el Doctor Fausto, evoca a Schönberg.

Nacido en Mar del Plata, el 11 de marzo de 1921, Piazzolla llegó tocado por la gracia. “Ese hijo mío va a ser grande, acordate bien de lo que te digo”, le dijo el peluquero Vicente, su padre, a un amigo, en momentos en que Astor estrenaba llanto. En 1925 su familia se trasladó a Nueva York, donde residió hasta 1936 (más tarde, volvería a vivir allá). Cuando tenía ocho años, su papá le regaló el primer bandoneón. Después, en el 33, recibió clases de música con el pianista Bela Wilda, discípulo de Rachmaninov. “Con él aprendí a amar a Bach”, recordaría, más tarde, Piazzolla.

Su primer “bautismo tanguero” lo tuvo con Gardel, en 1934. “Toda una noche acompañé a Carlos Gardel. Ese ha sido el gran gusto de mi vida y fue el gran bautismo, además”, dijo, en 1982, en una entrevista del diario El Colombiano, de Medellín. Casi un año estuvo el pibe con el Zorzal Criollo, en reuniones familiares, en discos, en las presentaciones en el teatro Campo Amor de Nueva York y en la película El día que me quieras, en la cual, Astor representó, en un corto papel, a un canillita (vendedor de periódicos).

Incluso, en 1935, Gardel lo invitó a la que sería la última gira del cantor. El chico se salvó de morir incinerado en Medellín porque sus padres no le dieron permiso de viajar. Bueno, esto es anecdótico. El joven siguió estudiando. En 1938 descubrió el Sexteto de Elvino Vardaro, en lo que se ha considerado su segundo bautismo tanguero y, al año siguiente, entró a la orquesta de Aníbal Troilo Pichuco (tercer bautismo), el Gordo que apenas comenzaba a construir su propio mito. Aquel muchacho que habitó en un sector lumpen, en el Italy, parte del Greenwich Village, en el que padeció la marginalidad, en el que aprendió a enfrentar las agresiones de los hijos de inmigrantes italianos y judíos y en la que, con otro pelado, Jack La Motta, intercambiaba pugilismo, continuaba con los ojos puestos en ser un gran músico. Y no sólo de tango.

Los cinco años que estuvo con el “Bandoneón mayor de Buenos Aires” le sirvieron al inquieto Piazzolla “para aprender lo que quería y no quería ser”. Sustituyó el alcohol, el juego, las mujeres y las trasnochadas (considerados entonces paradigmas de los artistas tangueros) por clases matinales de música con el maestro Alberto Ginastera. Y esa situación, tal como lo han expresado sus biógrafos, también despertaba sospechas, en un medio donde los músicos populares eran más intuitivos (“orejeros”) que con academia.

Después de estudiar piano con Raúl Spivak y componer la Suite para cuerdas y arpa, en 1943, dirigió la Orquesta Típica del cantor Francisco Fiorentino (1944). Dos años más tarde, formó su primera orquesta (la Orquesta del 46), en lo que sería el inicio de una serie de formaciones que él tuvo, como nonetos, quintetos, octetos… En 1949, cuando estudió dirección orquestal con Hermann Scherchen, comenzó a mostrar la que sería otra de sus cualidades creativas: componer música para películas.

 

3. Lo que vendrá


Es en los cincuentas cuando Piazzolla comienza su revolución. Ya la profetizaba con composiciones como Para lucirse, Tanguango, Prepárense, Contrabajeando, Triunfal y Lo que vendrá, que lo matriculan con honores en el repertorio de orquestas típicas como las de Troilo, Osvaldo Fresedo, José Basso y Francini-Pontier. Lo que seguiría serían bombazos que estremecieron las estructuras del tango y lo pusieron a oscilar, a él, entre el odio de los conservadores y otros sectores atrasados y la admiración de los vanguardistas. Eran los prolegómenos de la “guerra de uno contra todos”. La guerra de un hombre solo.

El tango le quedaba corto. Piazzolla quería convertirse en un director y compositor sinfónicos. Un hecho lo haría replantear su destino. En 1953, ganó el Premio Fabien Sevitzky con la Sinfonía Buenos Aires, lo que le otorgó el derecho para estudiar en París con la maestra Nadia Boulanger, condiscípula de Maurice Ravel y profesora de Leonard Bernstein, Aaron Copland e Igor Markevitch, entre otros. Un año estuvo con ella. Y es ella, en una sesión que ha sido mil veces contada y sobre la cual se han tejido diversas interpretaciones, la que lo hace “descubrir” su propio tango, o, mejor, el espíritu que debían tener sus composiciones. Ese año también conoció, en Francia, al Octeto de Gerry Mulligan.

El primer cataclismo que produjo Piazzolla fue la fundación de su Octeto Buenos Aires, en 1955, fecha que señala el inicio del tango contemporáneo. No sólo logra que “cierto goce jazzístico” se infiltre en el tango, sino que, además, “la improvisación se instale en el tango y que el tango someta, domine ese juego”, tal como lo aprecia Kuri, en su ya citado texto.

Luego, continuaría cambiando, explorando, enriqueciendo sus composiciones con invenciones, armonías y sonoridades nuevas. Con una música, que como diría el violinista Gidon Kremer, que a su vez calificó a Piazzolla como el “maestro de las formas breves”, seduce tanto como Mozart, Chopin o Schubert.

 

4. Epílogo con un sueño


Piazzolla no se parece a nadie. Sólo a sí mismo. Claro, bebió de Alfredo Gobbi, Troilo, Pugliese, Julio De Caro y Horacio Salgán, en lo que al tango se refiere, y de Bartok, Stravinsky, Ravel, Gershwin, y de músicos e intérpretes de jazz (y, a su vez, éstos de él), como Mulligan, Getz, Burton… Demostró que el tango no es solemne ni aburrido. Ni siempre triste (qué tal Libertango o Escualo…). Y amó en todos los períodos de su vida los desafíos, tanto los creativos como los que algunos tradicionalistas le ponían en la calle, cuando intentaban agredirlo por su genialidad. Tuvo coraje para romper con lo establecido, para no quedarse en el pasado, para crear una música enérgica que hoy, precisamente, identifica a Buenos Aires.

Ese buen lector de Verlaine, Mann, Baudelaire, que en 1965 se unió con Borges para crear el álbum El Tango, al leer Cien años de soledad, compuso Años de soledad, como un homenaje a la obra de García Márquez. Después, en el 69, sería con Horacio Ferrer, el creador del quizá último éxito que ha tenido el tango-canción en el mundo: Balada para un loco.


Piazzolla, hoy uno de los compositores más interpretados del mundo, tuvo un sueño, para el cual se preparó toda su vida: “Que mi música se siga tocando en el 2000 y en el 3000 también”. En todo caso, no se equivocó don Vicente: su hijo llegó a ser grande.

Guayaquil o la algarabía del Ánima Sola

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Preliminares para una breve nostalgia

 

Las primeras imágenes que tengo de Guayaquil están relacionadas con camiones de escalera, con la luminosidad de las pianolas Wurtlitzer y Seeburg, con unas señoras gordas que esperaban en las escaleras de las pensiones y con un pandemónium desconcertante en la que yo veía mucha gente grande y casi a ningún niño y me asfixiaba en medio de la algarabía y la confusión. Había avisos de cacharrerías, de agencias de abarrotes, de almacenes de discos, de ventas de guitarras, de bazares y cantinas; y las casas de La Alhambra, esa calle inevitable con evocación morisca, parecían residencias de fantasmas y de desterrados.

 

A veces me veo cogido de la mano de mamá, que era una señora gorda y rubia, que no esperaba en las escaleras, sino que iba rápido, casi arrastrándome para que yo no me detuviera a mirar a las damas de labios muy pintados y escotes amplios que entonces a mí me parecían más una carencia en la tela o un defecto de confección que una atracción fatal.

Recuerdo el Almacén Sin Nombre –que así se llamaba- y después la fantasía que era entrar a la Plaza de Mercado de Cisneros. Las galerías tenían ellas sí nombres y había un mundo de cosas, olores a legumbres y carnes, a tomates y coles, a maíz trillado y a mil productos más. Mamá, que tenía la extraña capacidad de narrar historias, me decía a veces que sobre esos techos hacía muchos años un tipo que viajaba en globo se había desplomado sobre ellos y causado el pánico en la plaza y sus alrededores. Se trataba, claro, del célebre Salvita.

 

Guayaquil tenía todas las atracciones para un chico, porque por ejemplo, en Pichincha, en el almacén Caravana (fundado por Víctor Orrego), estuvo la primera escalera eléctrica de la ciudad y entonces había que estar ahí, subiendo y bajando. O había que entrar a las cacharrerías, en las que había juguetes y botones, telas y muñecas, hilos y pedrerías. O embelesarse en el almacén La Cita lleno de guitarras, donde a veces entraba mi abuelo a comprar los encordados para sus instrumentos.

 

Guayaquil era la reunión del universo todo en unas pocas cuadras. Era la posibilidad de tener todos los paisajes, todos los gritos, las voces, las músicas y la gente de todas partes. Era sentir en directo el pito largo del tren y las bocinas alegres de los camiones (buses) de escalera… Otra imagen que tengo de aquellos tiempos de infancia tiene que ver con el partido entre las selecciones de Colombia y la Unión Soviética, en el Mundial de Chile. Como siempre, mamá estaba comprando verduras y yerbajos en la plaza, y en las radios de algunos puestos se escuchaba la narración serena de Jaime Tobón de la Roche. Había hombres con caras tristes que luego iban cambiando en la medida en que Colombia anotaba goles y de pronto toda la plaza estalló en una especie de cataclismo. Mamá, sin embargo, seguía mirando mercancías y curioseando entre bultos de bastimentos. ¡Colombia acaba de empatar el partido! ¡Cuatro a cuatro! Había –digo- una especie de ensoñación colectiva, pero mamá estaba al margen de aquello. Recuerdo, sí, que alguien dijo que los porteros de ambos equipos eran animales: se trataba de la Araña Negra, Yashin, el ruso, y del Caimán Sánchez, el colombiano. Creo que me empezó en aquella plaza gigantesca, en la que cabían muy cómodas sesenta mil personas, el gusto por ser portero. Después abandoné aquella posición cuando comprobé que era más emocionante hacer goles que evitarlos.

 

En ese Guayaquil de esos días una vez a mi abuelo materno, un campesino de Rionegro, le sacaron la billetera que guardaba en el bolsillo de atrás, le extrajeron el dinero y le volvieron a echar la cartera, ya vacía. Fue entonces cuando supe de los famosos “cosquilleros” o carteristas, los tipos de las manos brujas, los dos dedos que algún tango cantaba. El pobre hombre no sé cómo consiguió los pasajes para irse hasta Bello, hasta mi casa, en el barrio Manchester, donde mamá le escuchó la historia de la cartera no sin carcajearse pero a su vez conmoverse con la ingenuidad de su padre.

 

Más adelante volveré con otras evocaciones, como las de cafetines de tango y otros dedicados a la música bailable, como el Jai Alai, en un sótano de Maturín, o para hablar de un barrio que durante muchos años fue el único de la ciudad que tuvo vida nocturna y los borrachitos trasnochados veían salir el sol por entre mostradores y mesas de bar. Guayaquil en cualquier caso es mito y es historia, es la radiografía de las características del antioqueño, nos representa con nuestras almas de prenderos, de cacharreros, de comerciantes, de gentes pujantes con habilidades infinitas para el negocio, o para la estafa, o para buscar riqueza con base en el trabajo o en el hurto, que en Guayaquil todo estaba permitido. Era un lugar de vértigo, un sector de turbulencias, especial para los amores de emergencia, para conseguir desde una aguja hasta un inodoro importado o para sentir que se estaba en un mundo distinto al del resto de la ciudad.

 

 2. De putas, cantantes y algún disparo

 

Quisiera ahora hacer un corto recorrido histórico para ubicar a Guayaquil y relacionarlo con lo que fue la ciudad a finales del siglo XIX y parte del siglo XX. Precisamente, en el ocaso del Diecinueve la parroquial villa de Medellín iluminaba sus noches no solo con la luz temblorosa de las estrellas, sino con los muy novedosos brillos de las bombillas eléctricas, cuando todavía en ciudades de Europa se alumbraban con lamparitas de petróleo y aceite. La bucólica aldeíta iniciaba su despacioso despertar de chimeneas fabriles mientras –muy febriles- los comerciantes y los prestamistas y los usureros, todos de misa de seis de la mañana y muy cumplidos en el pago de diezmos se repartían alrededor del parque de Berrío. Todos entonces demostraban su innato talento para conseguir plata y practicar novenarios. Tenían habilidad para montar cacharrerías y para rezar en público. De ese modo, agitándose de a poquitos, iba creciendo el arcadiano villorrio, con sus chismes de atrio y su olor a almacén.

 

El siglo XX trajo las industrias que transformaron el paisaje económico no solo de Medellín sino de sus alrededores. Y aparecieron los obreros. Los pitos de las nacientes factorías llamaban con sus cantos de sirena a los moradores del campo, que así se urbanizaban. Y advinieron los trenes y los tranvías y los primeros carros, y todo ese estropicio del progreso acabó con el silencio de convento de la Villa. Que en todo caso seguía siendo una aldea más bien apacible. Con decir que en 1914 se cometieron seis homicidios. Bueno, digamos que esos son los costos que tiene el progreso.

El caso es que los aires monásticos se fueron transformando y aumentaron las tiendas de abarrotes y los bancos, también las iglesias, y ya había poetas que no solo armaban vocinglería en el café El Globo sino que escribían buenos versos. Los Panidas estremecían con su canto este aldea de “gente necia y local y chata y roma” en trance de urbe, y cuyo modelo económico excluía, como era obvio, el arte y la literatura, quizá por considerarlos rubros muy improductivos y porque en aquellos días no se podían vender novelas en las cacharrerías. Claro que después, sí. Algunos se acordarán que en la cacharrería La Campana (en Amador con La Alhambra) vendían poesía en unos folletos denominados El Parnaso.

 

Detrás del humo de las locomotoras arribaron más negociantes y curas; trabajadores y putas, malandros y embaucadores. La romántica década de los años veinte -también llena de alcohol y lujuria- trajo cafetines y tertuliaderos. Y llegaron máquinas y libros y pianos y circos y compañías teatrales y modas de muy lejos. Para entonces ya se notaba con mucho ímpetu ese fenómeno surgido en los albores del siglo XX en Medellín, cuando los pelados pasaban con prodigiosa precocidad y sin muchos traumatismos, del biberón a la copa de aguardiente; de las canicas y los trompos al indescifrable azar de las barajas; de la escuela a la casa de citas, y por supuesto de las caricias y los mimos de mamá a las más emocionantes sobaditas de las rameras.

 

Y así, entre ambientes bursátiles y de plaza de mercado, ese pueblo pacato y cristero también dedicaba parte del reloj a la bohemia y la poesía, al baile y los asuntos secretos de la piel. Para 1920 había en Medellín seis fábricas de tejidos, cinco de cigarros y cigarrillos, tres de fósforos, quince tejares, once trilladoras de café, ocho fábricas de velas y jabones, dos cervecerías y seis fábricas de chocolates. Y al mismo tiempo la ciudad derivó de las camándulas y los telares hacia los tertuliaderos de esquina, a los bares de Guayaquil, a los clubes de sociedad. Y entre ventorrillos de revuelto y prenderías la ciudad fue cambiando su cara de monja, aunque Medellín era entonces y es todavía una ciudad de doble sentido: pagana y religiosa a la vez. En aquellos días más de un feligrés llegó a comulgar con un atroz tufo de aguardiente.

 

También quisiera referirme muy rápido a otro asunto. La República Liberal que advino en los años treinta marcó asimismo ciertos comportamientos ciudadanos, se rompió un poco la represión religiosa y se le dio rienda suelta a los placeres mundanos. En el puerto seco de Guayaquil se daba la economía formal mezclada con las rutinas de los vividores y los tahúres. Y como lo definiera un cronista, este turbulento y llamativo sector llegó a convertirse en una ciudad dentro de otra.

 

En esta parte de la ciudad, donde en otros días se movieron más negocios y cuentas que en Wall Street, había tantos cafés y pensiones como puticas llegadas casi siempre del campo, muchas de ellas se metían a ejercer el oficio apenas recién bajadas del tren. El paisaje de Guayaquil estaba pintado de lunfardos, estafadores (aquí nació el paquete chileno), negociantes, buhoneros, carretilleros, prestamistas, guapos, cuchilleros como el que después crearía Manuel Mejía Vallejo en su novela Aire de tango; en esa conjunción de asombros y despelotes había vendedores de arepas y natillas, morcilleras, transportadores, importadores, abarroteros, barberos, es decir, Guayaquil era el centro de todos los oficios. Era mucho más que sus bares con traganíquel y sus mujeres tristes que esperaban de pie junto a las escaleras de las pensiones.

 

Guayaquil era una “ciudad” cosmopolita en la que recalaron gentes de todos los confines de Antioquia y Colombia. Era un mundo de alucinación, de voces numerosas, en medio de una plaza de mercado y una estación de trenes. Por sus calles y laberintos era posible hallar a Tartarín Moreira fungiendo de detective o al Ánima Sola, inventada por un cacharrero de la ciudad. Con su olor a fritangas y a dinero sudado, era, hasta fines de la década del setenta, el alma de Medellín, un centro de bohemias y negocios, convocador de obreros y campesinos recién “desmusgados” y olorosos a tierra de capote. A todos los sedujo Guayaco con su música y con sus ritmos. En la muy bulliciosa calle de los Tambores los aires del Caribe y de México soplaron con ardorosa fuerza. Se oían la Sonora Matancera, Charlie Figueroa, Los Panchos, Toña La Negra, Celia Cruz, Leo Marini, Pedro Infante, Agustín Lara, Juan Arvizu y Daniel Santos.

 

De sus pianolas emanaban rancheras, boleros y guarachas, al tiempo que en otros bares del sector se escuchaban bambucos, pasillos ecuatorianos y por supuesto tangos. Guayaquil era una auténtica babel musical. La canción de Buenos Aires se tornó muy popular por estos lados, hasta el punto de que en ciertos cafés se alumbraba con velitas la sonrisa eterna de Gardel tal como si se tratara del Corazón de Jesús.

 

Los bohemios de entonces -bueno, tal vez ya muchos estén “chupando anturio”- recuerdan con particular cariño y con nostalgia cafetines como el Armenonville, el Patio de Tango, el Pigal, el Martini, la Payanca, la Gayola, el Perro Negro y muchos otros.

 

Quisiera tributarle un breve homenaje a un señor que fue un personaje popular de la ciudad, el Gordo Aníbal. Él tenía su Patio de Tango en Junín con Amador (ustedes saben que después y por muchos años lo tuvo en el Barrio Antioquia). Bueno, una noche estaba actuando allí un cantor llamado Guillermo del Coral, que era además un imitador de Gardel. En el momento en que interpretaba Volver, un concurrente ebrio y muy emocionado gritó: “¡Ya no necesitamos más a Gardel. Con vos, pibe, tenemos!”. Y entonces desenfundó un revólver y cuando toda la espantada asistencia creía que le iba a disparar al cantante, el hombre baleó un enorme cuadro del Zorzal Criollo. Un tiro atravesó el corazón de papel del artista que de esa manera misteriosa volvía a morir, sí, moría por segunda vez en Medellín. El Gordo Aníbal conservó el cuadro durante muchos años en su Patio del Tango.

 

Guayaquil, la del mito y la de la historia, continúa en el imaginario colectivo, en la memoria de una ciudad de la cual cada uno, cada ciudadano, tiene una visión propia. Guayaquil sigue siendo, digamos para mí, aquel universo múltiple, el cielo y la tierra juntos, en el cual una señora gorda y rubia hace muchos años me llevaba de la mano tal vez para que no me perdiera en aquel laberinto de cacharreros, malandrines, putas y poetas. O para que no subiera las escaleras de las pensiones en búsqueda de aventuras. O de la “carne en polvo” que llamó algún poeta guayaquilero.

 

 

 

 

Inodoros para el fin del mundo

 

“En este lugar sagrado / donde viene tanta gente / hace fuerza el más cobarde / y se caga el más valiente”

Grafiti en un sanitario público

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dicen que las dos partes de la casa que deben permanecer impecablemente limpias son la cocina y el inodoro. Las demás pueden resistir. Sobre el segundo de los mencionados se ha mantenido una suerte de aire puritano, de lejana y tonta reverencia, y, casi siempre, las referencias a él, incluso en conversaciones de café, se llenan de eufemismos, de trechos que eluden la vía principal, y uno piensa que si las cosas tienen un nombre, exacto, preciso, aunque no sea hermoso, por qué entonces no decírselo. En verdad, ese necesario artefacto debería ser el símbolo de la modernidad (fue inventado por un tal Joseph Bramah, creador, además, de cerraduras y la prensa hidráulica, en el siglo XVIII, tiempo de la Revolución Francesa, el enciclopedismo, las luces, el marqués de Sade…), dado que, según parece, muchas ideas de tal período fueron concebidas allí.

 

Y sobre este último es que quiero palabrear, porque en “ese lugar sagrado” es relativamente fácil lograr un estado de íntima relajación, de serena actitud, y, sin esfuerzos costosos, es posible entrar en trance. O realizar una meditación trascendental, de esas que ningún gurú ha podido alcanzar. Ahí, sin perturbaciones, sin preocuparse siquiera porque el teléfono esté sonando, el hombre no sólo puede encontrarse consigo mismo (porque, es obvio, no es un sitio apropiado para encontrarse con alguien más) sino que puede su cerebro funcionar en alfa, y producir decenas de ideas, estirar su imaginación, atravesar umbrales poéticos.

 

Y todo ello en medio de olor de jabón (producto que ya usaban los sumerios hace casi cinco mil años), a desinfectantes, tal vez a discretos ambientadores. En verdad, están dadas las condiciones para que allí se pueda ejercitar el pensamiento y la sensibilidad, porque así como se afirma que hay literatura y filosofía de alcantarilla, también puede haber otra de sanitario, lo cual no significa, en modo despectivo, que tenga una utilidad similar a la del papel “toilette”. Se sabe (sin embargo, el sigilo profesional no me permite mencionar sus nombres) que muchos escritores, científicos, sociólogos, pintores, músicos, en fin, han hallado en aquel cuartito inspiración para sus composiciones, tratados, descubrimientos y especulaciones. Se han topado ahí con la musa, en un encuentro feliz y secreto. Claro que el talento reside en que no se note que sus creaciones fueron concebidas en un lugar tan poco ortodoxo para esas lides como es el evacuatorio, o watercloset que llaman los angloparlantes.

 

Lo que sí es incuestionable es que el retrete puede convertirse en el lugar más tranquilo de la casa para la lectura. Allí, aislado de televisores, de las correndillas de los chicos, del pandemónium cotidiano, uno puede concentrarse en los libros, para lo cual hay que mantener, sobre la tapa del inodoro, o en algún armario, un surtido catálogo de aquéllos. En ese lugar sacrosanto se puede leer con fruición a los poetas místicos, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, y a autores más místicos todavía como son los del Manifiesto, que ya casi nadie lee, aunque un “fantasma” sigue recorriendo no sólo a Europa sino al mundo. Algunos han leído (en lo que pudiera llamarse “lecturas de letrina”) en tal ámbito a escritores que, de otro modo, jamás hubieran enfrentado, y de la experiencia les quedó un sabor especial. Hubo épocas, como se recuerda, en las que determinados libros, prohibidos desde los púlpitos o en los tableros, sólo era posible leerlos en la inmaculada clandestinidad del inodoro.

 

Antes de que se escribieran en las paredes callejeras, algunas declaraciones amatorias, ciertas obscenidades, una que otra consigna contra el gobierno, determinadas frasecitas ingeniosas, tuvieron su nacimiento en los inodoros públicos, donde probaron su eficacia. Ellos fueron la pila bautismal de los modernos grafiteros. Las agonías, represiones, desesperanzas y perversiones de una sociedad es factible auscultarlas en un orinal de bar, o en los “servicios sanitarios” de una universidad.

 

El inodoro –y su circunstancia – tal vez sea el lugar más seguro para protegerse de la bomba atómica, y de los ecologistas a ultranza, y de los vendedores de pólizas. Se recomienda que antes de entrar en él, se deje afuera el celular, porque estos aparatos interfieren la comunicación con los ángeles. Y con los demonios. Seres ultraterrenos que a veces aparecen por tal contorno. Por lo demás, el excusado puede ser el espacio ideal para esperar el fin del mundo.

 

 

Nota: En una novela de Poli Délano (En este lugar sagrado), un hombre se queda encerrado en un sanitario de un cine, mientras sucede el golpe de estado contra el presidente chileno Salvador Allende.

 

 

Dos fábulas

Por Reinaldo Spitaletta


“Como los criminales, como los novios y como los cobradores, yo regreso siempre”

Enrique Santos Discépolo

 

Un animal

 

Salta por los muebles, corretea por los pasillos, se sube a las camas, se mete debajo de ellas, se introduce en los armarios, se cuelga de los techos, se cuela en los zapatos, a veces ocupa el comedor. Por la mañana, abre la nevera, se toma la leche y mordisquea las frutas, pero le hace ascos a las verduras. Se empecina en estar patasarriba en el poyo cocinero. Al mediodía, cuando siente aromas calientes de almuerzo, baila sobre sus patitas peludas, brinca de alegría y uno diría que esboza una sonrisa. Cuando es tarde, chilla, agudeza en su grito, a uno los oídos le sangran. Luego, cuando ya sabe que estamos locos, sin remedio, alza el auricular y huye a través del hilo telefónico.

 

El tigre

 

Sintió unos rugidos de tristeza. Abrió el cuaderno de dibujo, no sin la precaución de tomar un borrador y mantenerlo cerca, por si las moscas. En la primera hoja vio una avispa colorada. En la segunda, una oveja negra. En la siguiente, la calavera de un hombre. En la cuarta, dos pájaros haciendo el amor (no había ningún sonido). Después, se encontró con un tigre azul y verde, inofensivo en apariencia. Lo miró con delectación. El felino tornó a rugir, con renovada ansiedad. Mostró sus dientes mondos y, sin que nadie lo esperara, saltó fuera del papel. El muchacho no alcanzó a defenderse con el borrador, pero antes de recibir el primer zarpazo, pudo pensar: “El tigre no es como lo pintan”.