Las focas adormiladas de Monterrey

Libreta de viaje (2)

Al frente de las playas de Monterrey llegan focas y lobos marinos a sestear en el verano. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  (Crónica con menciones a Dalí, Tortilla Flat y viejos enamorados)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Monterrey, de menos habitantes que Salinas (unos treinta mil), tiene historia española, varios museos, un célebre acuario de medusas psicodélicas y mantarrayas, está a 550 kilómetros de Los Ángeles y se sitúa en la bahía del mismo nombre, en el océano Pacífico. Fue documentada por primera vez por Sebastián Vizcaíno en 1602 y fundada en 1770 con el largo nombre de El Presidio Real de San Carlos de Monterrey, que se convirtió en la primera capital del estado de California (hoy su capital es Sacramento).

 

Llegamos a la novelesca ciudad con el sol muriente del verano, a las ocho y treinta de la tarde, a un hotel donde nos recibió un nepalés. “¿De dónde son?”, preguntó, y sonrió cuando escuchó Medellín, Colombia. Se interesó por la situación de la ciudad, a la que conocía, más que todo, por los tiempos nefastos de la mafia. Nos dio la bienvenida y nos dijo que para ir a la habitación, con vista al mar, había que atravesar una calle.

 

Cuando anocheció salimos a caminar por una avenida llena de palmeras iluminadas como si fuera navidad, con sicomoros y otros árboles, con cafés y hoteles y música “a babor y estribor”. Ya estaba cerrado el museo donde había una exposición de obras de Salvador Dalí y los supermercados tenían mucho movimiento. A la distancia, se vislumbraba una congregación de botes estacionados. Había brisa.

 

En el hotel, quizá a las tres de la mañana, me aterrorizó una pesadilla. Había derrotado no sé cómo a unos asaltantes, de los cuales escapé por calles oscuras. De pronto, me vi solo, en medio de la nada. Y ahí, desde las sombras, aparecieron nuevos bandidos. Corrí. Cuando miré atrás, vi cómo a un hermano (era muy joven en el sueño) lo partían a machetazos.

Pencas entrelazadas adornan las playas  de Monterrey.

Monterrey, famosa por sus playas, sus restaurantes elegantes y el Fisherman’s Wharf, tiene asimismo la impronta del novelista Steinbeck, que ambientó allí varias de sus obras, como Tortilla Flat (también traducida como Camaradas errantes), Dulce jueves y Cannery Row (ahora hay una calle que así se denomina). “Cuando la guerra llegó a Monterrey y a Cannery Row, todos lucharon, más o menos, de una forma u otra. Cuando cesaron las hostilidades, todos tenían sus heridas”, se lee en el primer capítulo de Dulce jueves.

 

Pero quizá Monterrey esté mejor retratado en la novela picaresca de Tortilla Flat, con robagallinas y buscadores de tesoros místicos. “Monterey se asienta en la ladera de una colina, con una bahía azul a sus pies y un bosque de altos, oscuros pinos a su espalda. Pescadores y envasadores de pescado americanos e italianos pueblan la parte baja de la ciudad”, dice Steinbeck en el prefacio de su novela sobre Danny y una tropilla de vagabundos.

 

Cannery Row en la ficción de Steinbeck es una calle en la que se concentran las fábricas de conservas de sardinas (originalmente, se denominaba Ocean View, pero pudo más el poder de la novela y entonces se le cambió el nombre). “El arrabal conservero de Monterrey, California, es un poema, un hedor, un sonido discordante, una clase de luz, una tonalidad, una costumbre, una nostalgia, un sueño”, advierte el novelista en su introducción a la obra en la que aparecen tenderos chinos, burdeles y laboratorios biológicos.

 

Monterrey, donde también vivió el escritor escocés Robert Louis Stevenson, tiene diversas playas, que en el verano se llenan de turistas y nativos, que quieren contemplar el mar de un intenso azul profundo y meterse a sus aguas frías, porque, de todos modos, es mejor que nada. Una de ellas, con muchas casas de tamaño generoso y arquitecturas inglesas, es la de Lovers Point Beach.

 

Es consuetudinaria la presencia de viejas parejas que se sientan frente al mar a buscar recuerdos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

En una caminata por los senderos y parquecitos, en los que hay esculturas y muchas pencas entretejidas, como abrazadas, uno puede ver a los viejos, sentados en bancas frente al mar, mirando hacia el azul oscuro de las aguas, con sus sombreros de ala ancha y quizá con muchos recuerdos de tiempos juveniles. Se oye el aleteo de las gaviotas y es posible, sobre rocas muy cercanas a la playa, ver focas, leones marinos y morsas adormiladas (La vista de estos mamíferos, en vivo y en directo, me transmitió una sensación de serenidad).

 

Monterrey a la carrera es una ilusión de mar, cielo y botes atiborrados. De palmeras y coníferas que saludan al viento. Solo hubo tiempo de una mirada global, rápida, porque había que retornar a Los Ángeles, por un camino de vuelta en el que hubo nuevas revelaciones paisajísticas, otros molinos de viento, el dios Eolo atravesando una gran llanura en ese valle largo de Salinas que se extiende entre dos cordilleras montañosas, como bien lo describe Steinbeck en Al este del Edén.

 

En un paradero, de esos necesarios para la orinada, la toma de agua, la compra de algún helado (la máquina estaba descompuesta y entonces fui a otra y saqué un chocolate caliente, apenas para competir con los 38 grados de temperatura ambiente), los sicomoros nos sombrearon y abanicaron con su viento verde.

 

Atrás iban quedando las imágenes novelescas creadas por John Steinbeck, los ríos sagrados, los avisos de señalización, el tren largo, los enamorados de una playa. Los Ángeles, donde hacía tres días había presentado en el edificio Wells Fargo, en el Downtown, mi novela Balada de un viejo adolescente, estaban esperándonos para continuar la aventura por pueblitos de imitación danesa, playas de hippies anacrónicos, canales a lo Venecia (en otra Venecia, pero a la gringa), museos de arte moderno y contemporáneo y un periplo por una de las catedrales más raras del mundo, la de Nuestra Señora de Los Ángeles.

 

Salinas y Monterrey ya eran un recuerdo de muchos colores, entre vientos y soles de quemazón, con historias que un escritor de allí narró para todo el mundo.

 

Aspecto de un barrio de Monterrey, California. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La brisa, la arena, las coníferas, el sol del verano en Monterrey. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

Buscando a Steinbeck y los sicomoros

Libreta de viaje (1)

(Crónica de verano en el Valle de Salinas, con lechugas y una casa victoriana)

 

 

Casa de John Steinbeck, en Salinas. Ahora es un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quería llegar a Salinas, ciudad del condado de Monterrey, en California, por varias razones (¿o serán sinrazones?): conocer la cuna del escritor John Steinbeck, al que comencé a leer desde la adolescencia (La perla, El pony colorado fueron las primeras) y mirar de cerca los sicomoros. Ya tenía nociones del valle largo, del río Salinas (“profundo y verde”), de los viñedos, porque casi todas las novelas y cuentos del autor de Las uvas de la ira, se inician con una descripción geográfica de ese inmenso lugar.

 

Salir en automóvil desde Los Ángeles con la conducción de un doctor en matemáticas, la compañía de Ángela, una paisana bellanita, y mi hermano Sergio, tenía su gracia y emoción. Las impecables carreteras, rodeadas por colinas que a veces daban la impresión de un paisaje extraterrestre (de los que uno ha visto en películas), ejercen una atracción sobre el viajante. No cansan a la vista, pese a una posible monotonía en el relieve y en sus colores ocres.

Paisaje del Valle de Salinas.

 

Era imposible no conectar aquello con un recuerdo literario de los cosecheros de Oklahoma, los okies, que en los tiempos de la Gran Depresión, por la 66, iban en peregrinación hacia California a buscar la “tierra prometida”. Era el verano, con sol espléndido, con pinturas verdosas en las montañas leves, con el mar a veces a la vista, con el encuentro de trenes largos y con la extensión infinita de cultivos de lechugas y viñedos que han hecho del vino californiano uno de los más destacados del mundo. Atrás iban quedando pueblitos y una que otra ciudad (Ventura, Santa Bárbara, Obispo, San Miguel…) y también imaginarias remembranzas de películas del Oeste.

 

Y así, durante cinco horas, con algunas paradas, mientras quedaban atrás molinos de viento y decenas de tractores (que igual más adelante seguían abundando), el corazón latía por la ansiedad de estar en la tierra que uno había presentido —e intuido— a través de la literatura de Steinbeck. Ah, antes de la partida, e igual en otros tiempos, quería conocer el nabo, que es como “una remolacha blanca” (así la describió Christopher Reed, el que conducía el automóvil), que es, según las condiciones, como les sucedió a tantos en los días del Crack, comida para pobres. El ganado se siente a gusto con ellos. Y todo porque, además de mencionarse en algunas ficciones de Steinbeck, también está destacado en El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

 

Una de las estaciones, sobre todo para orinar y tomar agua, se hizo en un poblado de 500 habitantes, en San Ardo, cuyo centro consistía en dos o tres tiendas, una estación de gasolina y unas cuantas casas, una de ellas con esculturas orientales en sus antejardines. La muchacha que nos atendió, robusta y sonriente, nacida en Santa Cruz, contó cuál era el origen del nombre de aquella aldea solitaria (llegamos a una hora en que el sol era candela y tal vez todos dormían).

 

 

Muy cerca hay otro pueblo, San Bernardino. Al que arribamos era llamado en otros días San Bernardo. Sin embargo, porque la oficina postal confundía a ambos, y las cartas de uno se iban para el otro, los del primero decidieron aplicar una aféresis. Y así quedó rebautizado: San Ardo. Por lo demás, afuera puede uno arder en el verano, a unos 37 grados. Volvimos a la carretera central y continuaron los viñedos y las lechugas, agricultura tecnificada y con muchos surtidores.

 

Salinas, de unos ciento cincuenta mil habitantes, apareció. Una calle larga nos llevó a la principal y por supuesto hay una “street” con el apellido del escritor. Fuimos sin vacilaciones al Centro Nacional Steinbeck, en la Main Street, porque faltaba una hora para que lo cerraran. Eran las cuatro de la tarde. Tras mirar un documental sobre la región y la vida del autor, pasamos a otra sala, enorme, con divisiones temáticas, sobre la vida y obra del escritor. Fotografías, el infaltable fetichismo de camas y escritorios, afiches de las películas de adaptaciones de sus libros (como De ratones y hombres, Las uvas de la ira, Al este del Edén, Tortilla Flat…), las noticias sobre el Nobel que se le otorgó en 1962, luces, sombras, los reportajes como ¡Fuera bombas! y Hubo una vez una guerra, fotos de su primer matrimonio con Carol Henning…

 

El pony colorado, en el museo Steinbeck.

Junto a la salida de aquel espacioso lugar dedicado a la memoria y trayectoria del escritor, está Rocinante, un GMC verde botella, en el que el escritor se fue en 1960 a recorrer su país en compañía de su caniche Charley, cuando, según su hijo, ya sabía que se estaba muriendo. Sin embargo, duró más tiempo y en el 62 recibió el Nobel de Literatura. Murió seis años después en Nueva York.

 

Muy cerca del museo está la casa victoriana donde nació el autor de La luna se ha puesto. Es un restaurante (estaba cerrado cuando llegamos), con antejardines, placas conmemorativas y una grama que dan ganas de extenderse en ella y ponerse de cara al sol. Claro, apenas por unos segundos, porque el verano es quemante.

 

Salinas, una apacible ciudad fundada en 1847, que era una parada de diligencias entre Monterrey y San Juan Bautista, vive de la agricultura (lechugas, espinaca, fresas, zanahorias, coles, apio, brócoli… la llaman la “ensaladera del mundo”)). No pude ver los nabos, pero sí los sicomoros en distintas avenidas, movidos por un viento atardecido que me recordaron varias tramas del escritor al que le gustaban las historias cortas de Hemingway y “casi todo lo que escribió Faulkner”.

 

Salinas quedó atrás, con la imagen de Steinbeck por muchas partes. El automóvil siguió a Monterrey. “Allá también encontrarán a Steinbeck”, nos dijo una de las sonrientes empleadas del museo. Una vieja pluma de escribir flotaba sobre el asfalto caliente.

 

(La visita a Salinas se hizo el 9 de julio de 2018)

 

 

John Steinbeck y su perro Charley.  Centro Nacional Steinbeck. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Interior del Centro Nacional Steinbeck, en Salinas, California. Foto Reinaldo Spitaletta

Los desalmados bancos y otros bandidos

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los bancos no tienen alma. Es más, sus dueños deben de ser unos desalmados. Están hechos para la frialdad, el cálculo, las ganancias a toda costa. Y abundantes. Un banco no puede tener sentimientos. Los banqueros, menos. Así que nunca verás caer lágrimas de un aviso bancario ni de los propietarios de una empresa financiera que es capaz de engullirse a cualquiera que, por razones o sinrazones de plata, no cumpla con sus obligaciones.

 

Mi tía Betsabé, una señora que vivió de leer cenizas de cigarrillo y los posos de café y chocolate (cafeomancia, chocomancia), además de otras adivinaciones, decía que si el banco no le hubiera prestado para comprar una casa, ella hubiera seguido pagando alquiler toda la vida. Durante quince años pagó diez o veinte o treinta veces más del valor prestado, pero para ella todo fue pura corrección (¿monetaria?) y entonces decía, ante cualquier comentario en contra de los bancos, que ella quería mucho a los banqueros, y que ojalá hubiera podido casarse con alguno de ellos, válgame Dios.

 

La misma visión, por ejemplo, no la tuvieron los cosecheros estadounidenses que, tras el crack del capitalismo, en la Gran Depresión de 1929, quedaron a merced de los bancos y sus tierras pasaron a ser propiedad de empresas financieras, como se describen en algunos apartados de la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck. El banco, según la narración, es un monstruo que traga dividendos sin hartarse. No puede dejar de crecer porque entonces morirá. Y por eso, devora y devora.

 

La depresión capitalista creó, en una suerte de paradoja social y económica, la aparición de bandidos que, tras sus hazañas de robar bancos, se convirtieron en leyenda por los mismos años en que a los campesinos gringos los despojaban de sus propiedades y tenían que emprender un largo viaje desde Oklahoma hasta California, en una especie de epopeya triste y dolorosa que es la que cuenta Steinbeck, primero en un reportaje (Los vagabundos de la cosecha) y después, a fines de la década del treinta, en una novela maestra.

 

Uno de los bandidos más afamados surgidos durante los días de la crisis capitalista (que en rigor la sufrió el pueblo, pues los banqueros y demás organismos de poder financiero no disminuyeron sus caudales) fue John Dillinger, un sujeto que poseía encantos donjuanescos y enamoraba a las cajeras bancarias mientras su banda asaltaba la empresa. Más que como un delincuente, fue observado por mucha gente como un género de vengador social, un malhechor que se enfrentaba al sistema por injusto y corrupto.

 

Dillinger y su banda causaron el terror en los bancos del Medio Oeste norteamericano. Él y sus socios pusieron un fuerte trabajo al FBI y lograron asaltos memorables que, en particular al jefe de los maleantes, lo erigió como una figura icónica, rodeada de leyendas y admiraciones de muchos desposeídos. Lo mataron a la edad de treinta y un años y de esa manera desapareció “el enemigo público número uno” de aquellos tiempos en los Estados Unidos.

 

Bonnie y Clyde (Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Champion Barrow), una pareja que inspiró, como Dillinger, películas y muchos reportajes periodísticos, dedicaron buena parte de su juventud y su talento (que tampoco era tanto) a los asaltos bancarios en los tiempos de la Gran Depresión. Se dice de ella que más que unos ladrones con distinción, su característica básica lindaba con la chambonería, como el asaltar un banco que hacía tres semanas había cerrado. Los dos murieron juntos, acribillados por el FBI, en una balacera que dejó el carro de los forajidos como un colador, lo mismo que a los cadáveres, sobre los cuales se ensañaron los pistoleros oficiales.

 

Por aquellos días, en que mucha gente padeció hambrunas y hubo quiebras empresariales, los atracadores bancarios se multiplicaron. Uno de ellos, que también hizo parte de la banda de Dillinger, era George Nelson, alias Babyface , que era en particular muy violento, aunque su cara no lo denotaba. Llegó a matar a más agentes del FBI que ningún otro norteamericano. A los trece años lo detuvieron y pasó dieciocho meses en un reformatorio, donde, al parecer, aprendió nuevos procedimientos delictivos. Cuando salió, se vinculó con mafiosos de Chicago, con los que se “graduó” de asaltador a mano armada en joyerías y casas de lujo. Después, tras considerar que había lugares más atractivos para robar, se dedicó a los bancos con la peligrosísima banda de Dillinger. Una de sus víctimas, la esposa del alcalde de Chicago, dijo: “Era bien parecido, era muy joven tenía el pelo negro y cara de niño”. Murió a balazos a los veinticinco años de edad.

 

Otra joya de la corona bandidesca norteamericana era Charles Arthur Pretty Boy Floyd, que comenzó su carrera delictiva a los diecisiete años. “Aprendió” luego a robar bancos, y muchas veces el producto de sus asaltos lo repartía entre gente necesitada y quemaba cédulas hipotecarias, con el fin de salvar las tierras de familias endeudadas. Lo mataron a balazos en un huerto de manzanas en Ohio, a la edad de treinta años.

 

Antes de los anteriores, en el siglo XIX, en los Estados Unidos hubo otros bandidos de leyenda, como los hermanos Frank y Jesse James, también de película, y como Butch Cassidy y Sundance Kid, de los cuales se hablará en otra nota.

 

En Medellín, en los sesentas, los asaltadores de bancos florecieron como los coloridos sembrados de Santa Elena. Se caracterizaron, sobre todo los miembros de la banda denominada La Pesada, por su “buena presencia”, sus figuras de galanes aptos para la seducción de muchachas y su habilidad para el ejercicio delincuencial. Entre ellos, estaban Toñilas, el Pote Zapata, Pacho Troneras y el Mono Trejos. Manejaron un código de honor que prohibía el asesinato de guardias y policías. Trejos, que alguna vez declaró que todavía no se había hecho una cárcel para guardarlo a él, también era un secuestrador, pero, ante todo, su especialidad, como la de los mencionados, eran los bancos.

 

Al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht se atribuye la frase: “Robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo”. Y por eso, en algunos momentos, mientras se planea el golpe contra una de esas instituciones, se puede decir que, desde la perspectiva de la moral, es mejor robar un banco que fundarlo.

 

Después de todo, de los ladrones robinhoodescos que en la historia han aparecido como si en realidad estuvieran haciendo justicia al robar un banco, lo que queda claro es que un banco no tiene alma. Y se puede decir, aunque sea como una manera de la guasonería, que los dueños de banco son seres desalmados, tal vez en mayor proporción que el encantador Dillinger y la simpática Bonnie Parker.

 

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Bonnie y Clyde, amantes del crimen

Las campanas doblan por todos

(Evocando una novela de Hemingway)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

La historia humana está ligada a la guerra. Se podría afirmar que el guerrear es propio del hombre. Ha sido una constante, desde los tiempos primigenios. Tratada por filósofos, científicos, poetas, estadistas y por los pueblos en general, la guerra ha abonado con sangre y fuego, el arte de la literatura. Ahora y siempre. De los chinos a los egipcios. De Oriente a Occidente. Todos los puntos cardinales del orbe han sido escenario de la confrontación armada entre los hombres.

Ya se volvió un lugar común una de las frases más célebres de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Y esta de Miguel de Cervantes, no es que sea hoy rara: “el fin de la guerra es la paz”, que parece haberla tomado de San Agustín. La guerra, en muchos casos, ha inspirado obras de gran calado, como la Anábasis o el regreso de los diez mil, de Jenofonte; la Ilíada, de Homero; Guerra y Paz, de Tolstoi y aun la Biblia, que tiene muchos pasajes dedicados a encarnizadas batallas.

En el siglo XX, el más sangriento de todos, la literatura ha dejado, como testigo de la crueldad y el absurdo de esta centuria, numerosas piezas sobre el tema. Faulkner, Dos Passos, Steinbeck, Böll, Mailer, Valtin, Malaparte y Hemingway, son algunos de los escritores que han utilizado la guerra en sus obras. El último de los mencionados, aventurero, aficionado a los toros, la caza, la pesca, el boxeo, el buen licor y, desde luego, las mujeres, aprendió sus lecciones de literatura en el ejercicio del periodismo. Sus crónicas y reportajes, como también varias de sus más logradas obras de ficción, son un testimonio revelador de las contradicciones de nuestro tiempo. Testigo y actor de las dos devastadoras guerras mundiales, de la guerra civil española, de la invasión japonesa a China (una de las más sangrientas de la historia) y del choque greco-turco, el autor de El viejo y el mar tomó buena parte de su materia prima narrativa de esos acontecimientos.

Heredero y cultivador en el terreno reporteril del estilo de John Reed (conocido como el Reportero de la Historia), no solo fue un observador pasivo (de actitud binocular o de catalejo) de los combates. Fue protagonista. Luchador. Parte de la batalla. Y hasta carne de cañón. Durante la Gran Guerra, en el frente italiano, el entonces joven Hemingway fue herido por la explosión de un obús. Varias de las 237 esquirlas que penetraron en su cuerpo las llevaría toda la vida. Algunas de sus experiencias de la primera guerra las consignará en Adiós a las armas, publicada en 1929, y que es, a la vez, una historia de amor.

Hemingway, corresponsal de guerra, hombre de acción, aquel que según Marlene Dietrich encontró el tiempo para hacer las cosas con las que los otros hombres se limitan a soñar, desarrolló su arte novelístico en Por quién doblan las campanas, que, en determinados aspectos, puede ser su mejor novela. Es una suerte de fresco sobre la guerra civil española, en la que hace gala de su talento, en particular del manejo del diálogo. “No fue solo la guerra lo que puse en mi libro, ha sido todo lo que aprendí en España durante 18 meses”, declaró alguna vez.

La obra trasciende la guerra. Hemingway, que tomó abiertamente partido por la causa republicana, y además consideraba a España como su segunda patria, crea en esta pieza personajes que algunos llaman inolvidables. Jordan, el viejo Anselmo, Pilar, El sordo, María, van más allá de ser gente matriculada en uno o en otro bando, o de tener uno u otro rótulo de facciones. Cada uno a su modo, reivindica el género humano. Y aunque es un libro que huele a muerte, también tiene el particular olor de la vida. “Vi cómo los mataban a los dos. Mi padre dijo: ‘¡Viva la República!’ cuando le fusilaron, de pie, contra las tapias del matadero de nuestro pueblo. Mi madre, que estaba de pie, contra la misma tapia, dijo: ‘¡Viva mi marido, el alcalde de este pueblo!”.

Al leer Por quién doblan las campanas, se pueden quedar varias impresiones. Una de ellas es poder decir, con Agustín, uno de los personajes: “¡Qué puta es la guerra!”, y, otra, afirmar con Robert Jordan, el protagonista de la novela: “He estado combatiendo desde hace un año por cosas en las que creo. Si vencemos aquí, venceremos en todas partes. El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él, y siento mucho tener que dejarlo”.

El epígrafe de esta novela, que Hemingway toma de una meditación del poeta inglés John Donne, tiene una vibración permanente, como la de espíritus cuyos cuerpos desaparecieron hace años. Un apartado advierte: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Las guerras continuarán porque, parece, son esenciales al hombre. Y estos procesos de destrucción de la razón y la inteligencia, continuarán inspirando a artistas y generando posiciones éticas y estéticas. Como las que asume, por ejemplo, un personaje de la novela La luna se ha puesto, de John Steinbeck: “Los hombres libres no pueden iniciar una guerra, pero una vez que ha comenzado pueden luchar hasta la derrota. Los que forman rebaños, los que siguen a un jefe no pueden hacerlo, y es por esto que las manadas ganan los combates y los hombres libres ganan las guerras”.

Entre tanto, las campanas continuarán doblando. “¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?”, se preguntaba el poeta inglés en su meditación. Y hay voces que llegan con el viento, incluidos los vientos de guerra, que dicen que las campanas doblan por todos. Así que no hay por qué preocuparse. ¿O sí?

 

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Ernest Hemingway con milicianos de la Guerra Civil española