Cara de suplicio

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pintura de Alexej Georgewitsch Von Jawlensky

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los sufrimientos le atropellaron la cara, la mirada de angustia, los labios en un rictus de dolor contenido, la nariz inquieta de conejo asediado. Eso dicen a manera de suposición los que lo ven por primera vez, después se acostumbran a su andar de cansancio y a su aspecto de infelicidad. Los antebrazos con vellos ralos, están tostados por quién sabe cuántas jornadas de sol. Usa una gorra tal vez de forma tardía porque ya la piel del rostro está requemada, seca y con algunos lunares saltones y máculas oscuras.

 

La voz es la de un derrotado en las lides del trabajo y en la falta del mismo, que una combinación en exceso de una y otra puede conducir a desmadres y aburrimientos que se retratan en cabello y mirada. Cuando se quita la cachucha, el pelo, ya escaseado, luce apestado y sin brillos. Como las opacidades que se le notan en la actitud permanente: una angustia sin pausa parece sobrecogerlo. Nadie, que se sepa, sabe a ciencia cierta cuál es su mundo interior, porque él se niega, cuando le preguntan por su vida, a dar pistas y datos. Tipo receloso, se escucha la expresión.

 

Parece, y puede ser exagerada la analogía, un sobreviviente de campo de concentración, según se oyó decir una vez, cuando el hombre, de delgadez nada atlética, se disponía a subirse a un bus, trastabilló, se enredó en el primer escalón y cayó sin consecuencias graves, pero ante la mirada de curiosidad de los otros, que no disimularon sonrisas y hasta risas contenidas con la mano en la boca. Se levantó con dificultad y lo que asombró es que ninguno de los circunstantes trató de ayudarlo en su incorporación que, a simple vista, se notaba aparatosa. Dicen, tal vez por llenar alguna conversación baladí, que no se alimenta bien. El aspecto deplorable del hombre les puede dar la razón a los malhadados del chismorreo.

 

Algunas damas que lo ven con aire de lástima han dicho, así las han percibido vendedores ambulantes, que el hombrecillo no inspira ningún mal pensamiento. Parece víctima de un hechizo, de los que se proporcionan en bebedizos y untaduras. Habla casi a media lengua, se le escapan sílabas en las frases, las palabras, casi todas, quedan inconclusas. Se cree que en la infancia le sucedieron cosas terribles de las que él, por lo menos que se sepa, no ha comunicado nada. Es más bien discreto. Aunque, es una conjetura, parece estar quemándose por dentro, debe de tener un mundo interior de fuegos cruzados, que a lo mejor hasta reflujos le pueden causar.

 

Cuando fuma, se le demora en los labios el cigarrillo, como si olvidara que lo tiene ahí, encendido, que a veces se le alarga la ceniza como si estuviera en un plan ritual de lectura de la suerte. Uno, desde el balcón, en un segundo piso, lo ve pasar con pasos inseguros, como si no supiera hacia dónde dirigirse, porque se detiene de improviso, como si fuera a retroceder, y luego reanuda pero sin convicción su marcha hacia cualquier parte. Desde allí se puede detectar cómo algún vecino le alza la mano a guisa de saludo, pero sin que se noten entusiasmos. Él, igual, responde con sonrisa de sinceridad.

 

De su vida pasada nadie, que se sepa, conoce detalles. Ni si alguna vez se casó, si tuvo algún hijo, si fue feliz. Llegó al barrio porque no sé quién le dijo que si le podía ir a lavar el carro, y apareció en el contorno con sus camisones amplios y bluyines desteñidos y avejentados. Luego otros, tras la recomendación, lo utilizaron para ir a la tienda, o a llevar recados, para arreglar antejardines, para limpiar fachadas, en fin, que el tipo es un todero. Duerme en una pensión cercana y en los diciembres pone cara de congoja, tal vez lo asedian los recuerdos, o, como se le oyó decir a una vecina, los remordimientos.

 

Lo que sí es que todos pronuncian su nombre con cariño: Aristóbulo, aunque se escucha también la vocalización del apócope: Aris. Se le ha dicho también Aristi, igual él responde a cualquiera de ellos, e, incluso, al sobrenombre: don Suplicio, que no se conoce quién se lo estampó. Parece indiferente a uno u otro. Hay momentos en que se le ha visto ido, como recorriendo pasillos de su desconocido pretérito y, por qué habría de negarse, transmite con su actitud un hálito de tristeza.

 

Aris tiene la espalda recta, sin asomos de joroba, aunque camina mirando al piso, como si buscara el tiempo perdido, que no tendría por qué hallarse en el suelo. Ah, y su fisonomía tiene una particularidad: es carichupado, como lo dijo doña Juana, la de la tienda, cuando él entró la primera vez. “No pude contenerme”, me contó ella en cierta ocasión: “tenía tan particulares esos cachetes que tuve que llamarlo así, pero con sonrisa y amabilidad, para no herirlo”. Puede ser que otros, antes de ella, se lo hubieran hecho saber, porque, de acuerdo con la versión, no se inmutó.

 

Aristi es parte del paisaje del barrio. Casi siempre, al atardecer, porta un periódico, que, ha dicho, le sirve de lectura nocturna en su pieza de paso. Nunca se le ha visto borracho ni escuchado una mala palabra. En su modo de ser hay melancolía estancada, como si hubiera nacido con ella. La nariz temblorosa parece que le ha crecido y ya parece un pico de lora. Cuando las ventanas lo saludan, en la hora del ocaso, él alza el periódico y sigue su camino hasta que las sombras se lo engullen en silencio.

 

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