El marchitamiento de la señorita Emily

(William Faulkner y los misterios de una narración corta)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Una rosa para Emily, el cuento que William Faulkner publicó en 1930 en la revista Forum, y que un año después hizo parte de su libro Estos Trece, es una muestra a escala del cosmos ficcional del escritor, en la que se mezclan locura, ruina, desesperaciones, horror y decadencia. Puede ser, si se quiere, un relato gótico, con una urdimbre de misterios, como un collar que se va quedando sin cuentas, para llegar a un final en el que, pese a su sorpresa y carácter escandaloso, las voces que se han expresado a lo largo de la narración no tienen tiempo para el asombro. Ni para el grito de consternación o espanto.

 

Sí, tiene elementos de lo gótico, creo. Y en vez de castillos tenebrosos, hay un caserón con cúpulas, balcones y agujas, un símbolo de lo aristocrático y clasista que se ha venido a menos, que se desmorona hasta quedar, no en ruinas, sino hasta las de hacer desaparecer en su avalancha el último vestigio de una familia que, en otro tiempo, en el imaginario condado de Jefferson, era potentada y distinguida. Un cuento con misterio acompasado, con piezas de relojería que muestran el abatimiento de un mundo y la extinción de un tiempo.

 

Dividido en cinco apartados, casi todos con el mismo número de palabras, como si se tratara de una planeación madurada a punta de ensayos previos, de una arquitectura de gran equilibrio formal, armónica, Una rosa para Emily es la metáfora del descaecimiento de una familia, los Grierson, que tiene, en un pueblo sureño, en un lugar en el que todavía las heridas de la guerra civil y la derrota de los Confederados, siguen sin cicatrizar. No hay manera de detener la caída. El esplendor se apaga. Y la última de las flores, de las rosas de un jardín que se ha marchitado, es la señorita Emily que, en vida, “había sido una tradición, un deber y una preocupación”, que se ha convertido en “carga hereditaria” para la ciudad, cuando el legendario alcalde, el coronel Sartoris, la eximió de impuestos a perpetuidad, como una suerte de reconocimiento al padre de ella que, según la tramoya montada por el funcionario, se debía una retribución al préstamo que el señor Grierson hizo a la “municipalidad”.

 

En el sur faulkneriano, también en el sur real, el Sur Profundo, el que en los días de la guerra civil era esclavista y agrícola, el sur de los cantos en los cultivos de algodón, tras la derrota frente a los yanquis, frente al Norte industrial, seguirá siendo discriminador de los negros. En una sola línea, lo advierte el narrador: Sartoris era el autor de un edicto según el cual ninguna mujer negra debía aparecer en las calles sin delantal. ¡Ah!, y en cuanto al narrador, unas veces aparece en tercera persona, sintonizado con el clima, los sucesos, los movimientos, aunque sin tener una visión panorámica sobre la vida cotidiana de Jefferson. Y, en otras, es un narrador colectivo, polifónico, las voces del pueblo, de los habitantes siempre expectantes de la ciudad, y con ganas de saber más allá de lo que sucede detrás de las paredes de la casa muerta de los Grierson. Sí, es una vocinglería de husmeadores, que aspiran a saber qué hay más allá de las puertas y paredes de “madera escuadrada” de la mansión.

 

El cuento, en el que habrá una ligera sugerencia de filias incestuosas entre padre e hija, se inicia con la muerte de Emily, a cuyo entierro asiste toda la ciudad, como si asistiera a la caída de un monumento, de un árbol mítico y representativo, pero, sobre todo las mujeres, por la curiosidad de ver el interior de la casa que nadie, a excepción de un viejo criado negro, había visto en por lo menos una década. El lector está anunciado. La protagonista se ha muerto en el primer párrafo y a partir de ahí se inicia una historia, una mirada hacia atrás (analepsis), el pasado que pesa (y pasa) y deja huellas en la ciudad, en Miss Grierson, en la edificación, pero, a su vez, va cambiando al pueblo, al que llegan nuevas caras, generaciones recientes, corregidores y alcaldes, pavimento. Cambio de paisajes. Los concejales que visitan a la señorita para intentar convencerla de que debe pagar impuesto. Y ella, ahí, con su apostura y dignidad enraizada en un tiempo que ya no es, para decirles que se larguen, que no pagará. Y punto.

 

La primera imagen que de la Señorita llega al lector es la de una mujer baja, gorda, vestida de negro, con una cadena de oro que le baja hasta el talle, apoyada en un bastón de ébano con puño de oro opaco. Es la que ya tiene años encima, la que ha quedado huérfana, la de la cara adiposa, la que dirá sin inmutarse: “no tengo impuestos que pagar en Jefferson”, y que, por alguna extraña analogía, pudiera recordar al Thoreau de la resistencia, de la desobediencia civil, en Massachusetts. Y ahí, mientras ella despide a la diputación que la visita, sabemos que el criado negro (“mezcla de jardinero y cocinero”) se llama Tobe.

 

Y a partir de ahí, el cuento caminará por otros espacios, con elementos mostrados como a cuenta gotas para que los hechos, o, mejor, los amarres y pistas, se vayan deslizando en la elaboración del misterio, de un clima de tensión que conduce a pensar que algo grave pasará, pero sin saberse qué. Es un cuento en el que, en particular la casa, el negro y su ama, se van envejeciendo (mas no el mundo de afuera), como si en sus pasos y voces se fueran acumulando telarañas, polvo y ruina. Es cuando aparece un olor, un olor viejo, que no sabemos sus características, que obliga a funcionarios de Jefferson, de modo clandestino, a espolvorear con cal el sótano de la casa de Emily.

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En Jefferson, según suceden hechos relacionados con Miss Emily, crece la compasión hacia ella, que tuvo una tía abuela loca, que se la ha muerto su papá, que se ha quedado sola, en la miseria, que con todas esas dificultades y desventuras, se ha humanizado, dicen las voces. Sola y sin pretendientes, a muchos de los cuales espantó su padre. Hay una atenta descripción de lo que decae, de lo que se va a pique, como un barco que zozobra. Ahí, en esas atmósferas grises y polvorientas, Faulkner introduce sus obsesiones acerca de los mundos que se agotan.

 

Miss Emily sola, la Señorita enferma, la ciudad que se agita con los vientos del progreso, con cuadrillas con negros, mulas y máquinas que van a pavimentar y entonces es cuando aparece un capataz, Homer Barron, yanqui, moreno, alto, de voz fortachona, y, cómo va a ser posible, ¿una dama de la alcurnia de la Grierson se va a enamorar de un jornalero? Y se vuelve comidilla de viejas y más viejas y las voces dicen que las parientes de Alabama deberían venir para cortar la relación. ¿Si será, no será? El cuchicheo aumenta, la rumorada, que no es más que chismografía, se revela. “Pobre Emily”, se dice.

 

Y entonces, otro ingrediente clave aparece en el relato. El arsénico que Emily compra en la botica y que hace creer, en un nuevo chismorreo, que se va a matar. Y después, tras otras peripecias, que sí, que se va a casar con el norteño, que por lo demás había dicho que no era hombre para matrimonios, porque, y así se expresa en el cuento, “le gustaban los hombres”. Pobre Emily. Qué pasará entonces. Cuál es el destino de una mujer que ha permanecido encerrada en su casona tanto tiempo, y que por momentos también ha aparecido para dar clases de pintura.

 

Miss Emily es comidilla del vecindario. Es objeto de miradas y consejas. Alimenta las curiosidades y por eso, en una adecuada forma del talento y estilo faulknerianos, hay voces anónimas, casi corales, que representan el canto colectivo de un advenimiento. De que algo sucederá, pero no se sabe qué. Y así, con la desaparición del amante, del inestable aspirante a marido, que los preparativos los hace Emily, el cuento tomará un rumbo inesperado.

 

La casa ensombrecida, la casa cargada de arcanos, parirá una revelación y producirá una tragedia de la que no se sabrá sino al final. La dama se ha envejecido y sus cabellos se encanecieron, con un tono gris hierro, y el negro Tobe se ha encorvado. Qué sutileza la del escritor para ir urdiendo un mundo sombrío que se precipita hacia la nada. Como lo hace Emily, habitante irremediable del pasado, que morirá a los setenta y cuatro años en uno de los cuartos de la primera planta de la casa que se derrumba en sentido figurado.

 

Así como en varias de sus novelas, por no decir casi en todas, en el condado de Yoknapathawfa, en Jefferson, se pintan escenarios con símbolos de vejeces y decadencia, de un pasado que sucumbe muchas veces con violencia, en Una rosa para Emily, el autor pone en la palestra cuál va a ser la materia prima de futuras creaciones en las que, por ejemplo, la tradición se impugnará con tiempos nuevos, o, para expresarlo con más vehemencia, con elementos del desastre. En un cuento como este, de estudiada factura, Faulkner apunta a la desintegración de un universo que ha perdido su vigencia. Avejentado, debilitado, a ese ámbito otrora poderoso y vital, le ha llegado el momento de perecer.

 

Con sutilidad para tratar el tema de la necrofilia, el relato es una manifestación de la riqueza técnica del escritor, pero, más allá, sobre todo de su talento para crear estructuras y situaciones que, al final de cuentas, dejarán perturbado al lector. Una rosa para Emily, en el extenso territorio faulkneriano, caracterizado por las audacias de composición y el tratamiento del tiempo, es apenas eso, una flor. Sin embargo, con esencias y fragancias que le han garantizado la vida eterna. Un cuento siempre vivo.

 

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El escritor estadounidense William Faulkner.

 

 

 

¿Qué es un barrio?

(Crónica con un tango, puntos cardinales y alguna esquina de la noche)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quizá aquel tango de Eladia Blázquez, escuchado al desgaire alguna noche de cafetín, nos puso a los contertulios de mesa en alerta sobre los significados del barrio. “En esa infancia la templanza me forjó / después la vida mil caminos me tendió…”. Y, sí: la sombra de la vieja en el jardín, la fiesta de las cosas más sencillas y la gente que se fue. Eso es, o era, el barrio, en el que todos los puntos cardinales están delimitados con su melancolía de asfalto y su sentimiento de ladrillos.

 

Barrio con “planta de jazmín”, con “la paz en la gramilla” y las cosas que jamás volverán. Y ahí, escuchando El corazón (mirando) al sur, se armó una conversación acerca de lo vivido en esa geografía imprescindible —a veces, impredecible—, de calles, callejones y encrucijadas; de muchachas a las que todavía se les siente (claro, en la memoria) el frufrú de su falda; de las señoras con cara de chisme y colorete, camino a la tienda a ajustar mercados y solicitar fiados.

 

¿Qué es un barrio? La pregunta, con múltiples respuestas, se elevó sobre el humo y el olor a tinto, sobre los cuadritos de orquestas de tango y de vírgenes milagrosas y comenzó a flotar en el ambiente de vocinglería y copas entrechocadas. Es, se dijo, una especie de patria chica (“no, grande, muy grande”, también se escuchó), de intimidad entrañable que, se quiera o no, da carácter y produce historia personal.

 

Un barrio es un punto de partida. Una manera de ir creciendo, en medio de las aspiraciones y las colisiones contra la realidad; de ir de la mano de los otros. La denominada otredad es un vínculo en el barrio, una concepción cotidiana de vecino, de amigo, de compañero. Es la posibilidad del encuentro, del juego de pelota, de tirar las cartas sobre un tapete de cemento o encima de periódicos a modo de mantel.

 

Y la voz de Eladia proponía ampliaciones en la discusión, en la reflexión sobre el barrio, en una especie de metafísica que flotaba y se esparcía en el alma del cemento y del antejardín. Se paraba en una esquina del recuerdo: “La geografía de mi barrio llevo en mí, / será por eso que del todo no me fui: / la esquina, el almacén, el piberío… / los reconozco… son algo mío…”.

 

¿Qué es un barrio? Es, o era, la posibilidad de ver pasar a Teresa, a Francisca, a Margot, a la muchacha de uniforme azul celeste y blanco, al vendedor de caramelos. Es, o era, la multiformidad, la abundancia de voces, las bicicletas de trabajadores rumbo a la fábrica, la presencia de un cartero de buenas noticias o de desgracias. Es, tal vez ya no, la oportunidad de observar los ocasos, las siluetas de las chicas que iban a su casa tras una jornada de estudio, la sombra del mango en las aceras.

 

El barrio, eso se dijo, es (¿ya no?) una promesa de un amanecer con pájaros, al tiempo que se sentía en la calle el olor a jabón y a limpieza de los recién bañados, de los que llevaban camisas aplanchadas, y en la piel un perfume de levedades. Es una intersección de sentimentalidades, un cruce de saludos, las coordenadas de las manos en alto a modo de reconocimiento.

 

Quizá en el ambiente de mesas y taburetes, de música que parecía salir del fondo de la tierra, había una percepción romántica de aquello que daba la impresión de estar a punto de desaparecer. Y la daba, más que todo, el tango con voz de mujer: “Ahora sé que la distancia no es real / y me descubro en ese punto cardinal…”.

 

El intercambio de palabras, a veces trompicadas, se instalaba en algún rincón del alma. Una canción era la propiciadora de una imaginaria vuelta al barrio, al de todos, al de cada uno, en momentos en que todavía la esperanza de prolongación no se había perdido. Y aunque ya no existiera, el verso le daba vida: “la geografía de mi barrio llevo en mí”, como lo avizorara hace años un poeta de Alejandría.

 

Había tantos sures y tantos nortes. Había balcones con caras bonitas y matas de novio y azaleas. Estaba el alambre de ropas y el patio. Y un solar con rosas de la tarde. Y en alguna esquina de la noche, luces de neón y un traganíquel con voces metálicas. Así era el barrio. ¿Cuál? ¿El tuyo, el mío? Había lugares comunes. También diferenciaciones. Se parecían, eso sí, en el ejercicio sincero de los afectos.

 

“Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, / por eso tengo el corazón mirando al sur”. O al occidente o hacia la montaña por donde sale el sol. Una melodía, una voz, una mesa de hablantes les iba dando forma a las diversas maneras de ser del barrio. Ya no importaba si mañana ese territorio real e imaginario se iba a extinguir. La clave, eso se dijo, radicaba en haberlo vivido.

 

Después, cuando la voz cantante se silenció, siguió flotando (¿flotando en el adiós?) la idea de un territorio entrañable y significativo que ha dado formas particulares de urbanismo y, más allá de la infraestructura, de relaciones afectivas y solidarias. El barrio trasciende lo catastral y se ubica en la zona de la cultura y la historia, de la memoria y la identidad.

 

Pudo haber sido el tango de Eladia el que suscitó la charla de café. En la mixtura de botellas y pocillos, de copas y palabras, continuaron los ecos de la canción: “volviendo a la niñez desde la luz / teniendo siempre el corazón mirando al sur”.

 

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“Florece en mi barrio”, pintura de José Muñoz.

 

 

 

Sur, punto cardinal de la nostalgia

(Paisaje sobre un tango de Homero Manzi y Aníbal Troilo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El poeta de Altazor, el chileno Vicente Huidobro, dijo: “los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur” (como se sabe, muchos años después, el presidente venezolano Nicolás Maduro afirmó que eran cinco). En el mundo del tango y en la ciudad de Buenos Aires solo existe el Sur, como pasa, por ejemplo, con esa geografía real e imaginaria de los Estados Unidos, el Sur Profundo, el de William Faulkner.

 

El sur porteño, el de tantos tangos, es una topografía sentimental, una cartografía imaginaria, de amores y extramuros, de romances y vericuetos. Puede ser Barracas al Sud, que así llamaban a Avellaneda, ciudad de industrias y mano de obra. O Pompeya y más allá la inundación. Los zanjones y el tren, ese mismo que, a su paso, “siembra el misterio de adiós”. Es el de la luna (luna de arrabal) que “chapalea sobre el fango”. El sur es un modo de ser y de sentir.

 

El sur también es el de Borges y el de Fernando Pino Solanas (musicalizado por Piazzolla): “vuelvo al Sur, como se vuelve siempre al amor, vuelvo a vos, con mi deseo, con mi temor”). Y el de la cantante y compositora Eladia Blázquez, que siempre tuvo su corazón mirando a ese punto cardinal inevitable, con barrios en el que “el lujo fue un albur”.

 

Y el Sur, claro, le pertenece a un poeta del tango, a Homero Manzi, creador de postales de barrio a punta de palabras. No sé cuándo escuché por primera vez el tango Sur (letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo), estrenado en 1948. No sé si fue en algún traganíquel de barrio, en Bello, donde abundaron cantinas con tangos esquineros y con patotas sentimentales. Pudo haber sido, aunque tal indagación y dato preciso poco importan.

 

Lo que sí recuerdo es haber sentido un estremecimiento, una especie de “cross en la mandíbula”, una revelación de que en ese tango había un tiempo muy viejo, una despedida, una irremediable situación de lo que pudo haber sido y no fue. Y de lo que se había ido para siempre. No sé, y quizá carezca de importancia, cuál versión escuché en aquella jornada de descubrimientos. Pudo haber sido, por qué no, una de Julio Sosa (después, mucho después, me enteré que la del “varón del tango” era una grabación de 1948, con la orquesta de Luis Caruso).

 

Tal vez yo ya había sentido la nostalgia de viejas barriadas en las que hubo fútbol y muchachas en las ventanas. O tenía recuerdos de calles y balcones. No de otra manera un tango como Sur me hubiera puesto alerta, me hubiera dado palabras que me parecieron atractivas y, por demás, bellas en su combinación, en lo que narraban. El tango, género que mezcla “pasión y pensamiento”, requiere caminos andados, nociones de memoria, algún resquebrajamiento interior por un romance trunco, por una pena o una sensación inquietante de que el tiempo pasa y uno con él.

 

Al principio, no me decía mucho aquello de “San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo, / Pompeya y más allá la inundación”. Eran sitios más bien desconocidos y lo único que me sonaba, quizá por películas sobre el imperio romano o por alguna lectura, era una ciudad que un volcán había destruido y sepultado con su lava. La atención se me despertó al escuchar “tu melena de novia en el recuerdo y tu nombre florando en el adiós” (otros cantores cambiaron el “florando” por “flotando”). Hubo en ese instante una conjunción de novias reales e imaginarias. Quizá Teresa, tal vez Olimpia, o una de cara pálida y pelo negro, muy virginal, llamada Edilma de los Ángeles.

 

Hay momentos estelares en que confluyen las ganas de escuchar una melodía de hondas sonoridades, una letra con equilibradas dosis poéticas, una interpretación. Y el anuncio llega como una epifanía. Y se convierte en revelación. Eso, creo, me pasó con Sur, un tango que de todos modos es un lugar común en los gustos de aquí y de allá. “La esquina del herrero, barro y pampa, / tu casa, tu vereda y el zanjón, / y un perfume de yuyos y de alfalfa / que me llena de nuevo el corazón”.

 

De inmediato, la vibración de las palabras me atrajo, aunque poco sabía de yuyos y alfalfas, y si olían bien, si perfumaban los ambientes. “Sur, paredón y después…/ Sur, una luz de almacén…”. Había un orden que atraía, una enumeración simple y sugestiva. “Ya nunca me verás como me vieras, / recostado en la vidriera / y esperándote”. Las imágenes me conmovieron.

 

Y seguía un deslumbramiento con estrellas, con calles y lunas suburbanas, “y mi amor y tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé…”. Era una reconstrucción y un adiós. Una vuelta a lo que ya no es. Besos robados y una nostalgia sin remedio. Después, ya no era todo el cielo, sino un cielo perdido, un vacío, una transformación del entorno y una “amargura por el sueño que murió”.

 

Hay en ese tango un sino trágico, una dolorosa puesta en escena de aquellas cosas que estuvieron, de un paisaje barrial que solo permanece en la memoria y que puede, en su evocación, hacer brotar una lágrima.

 

Hay muchas versiones. Tal vez la más conmovedora sea la de Edmundo Rivero con Aníbal Troilo (tiene otras, con acompañamientos diferentes). La de Goyeneche con Pichuco es de enorme calidad, aunque no es muy equilibrada su versión con Dyango (no por el Polaco, sino por el cantante español).

 

Un poema de Borges, El Sur, habla de antiguas estrellas, del silencio de pájaros dormidos y de jazmines y madreselvas. El de Manzi hace que el oyente imagine lunas suburbanas, que a veces pueden tener la cara de una muchacha del ayer.

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Fotograma de la película Sur, de Pino Solanas. Goyeneche y Marconi en la imagen.