La espina de la espera de un tango

(¡Qué falta que me hacés! o cómo lagrimear en una mesa de cantina)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Hay canciones (como poemas y otras formas literarias) que, siendo toda su concepción, estructura y diseño, una breve obra de arte, tienen un verso demoledor, o más hondo que el resto, o tal vez único por su claridad conceptual. Mejor dicho, por su belleza que, ante el resto de la composición, lo ilumina todo. En el tango-canción, género poético por “naturaleza”, hay ejemplos a granel del aserto anterior. Uno puede ser Naranjo en flor, obra maestra de las letras tanguísticas.

 

“Y al fin andar sin pensamiento”, lo expresa el poema de Homero Expósito como colofón de una parábola vital en la que se sufre, se ama y se parte hacia la nada, hacia la imprescindible soledad. Andar sin pensamiento. Una renuncia filosófica. O como aquella belleza que alumbra en las noches de luna: “Ya el cielo ha encendido su faro mejor”. O como este otro: “Fuimos abrazados a la angustia de un presagio”, de la pluma de Homero Manzi. Y así puede el catálogo de versos aspirar al infinito.

 

En un tango del letrista uruguayo Federico Silva, ¡Qué falta que me hacés!, hay una perla engarzada en una cadena de versos bien lograda: “Espina de la espera que lastima más y más…”. Porque puede ser que la espera sea como un dolor, como una punzada, como una suerte de encarcelamiento con condena casi a perpetuidad y es, claro está, como una ausencia. Esperar puede ser otra de las maneras de la tortura.

 

Pues bien. Esta pieza, con música de Miguel Caló y Armando Pontier, es parte del extenso repertorio de tangos sobre el amor (o el desamor), como otro del mismo autor: Hasta siempre, amor. Tal vez la primera versión que se escuchó en cafetines y bares de barriada, y es probable que también en las emisoras de Medellín, haya sido la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico. En ciertas cantinas de Bello, en los sesenta, circuló en las pianolas con la interpretación de Alberto Podestá, respaldado por Miguel Caló, y, con el mismo acompañamiento, la de Ranko Fujisawa. También hay una versión de Jorge Maciel con Pugliese, más escasa en los traganíqueles.

 

El tango en mención comienza con una declaración contundente, un descubrimiento de angustia y dolor: “¡No estás!”. Y una consecuencia, una constatación desoladora: “Te busco y ya no estás”. Y, a continuación, como coronando una situación de vacío existencial adviene aquello de la espina de la espera. Y después se caracteriza un auténtico paisaje interior de desconsuelos: “Gritar / tu nombre enamorado. / Desear / tus labios despintados, / como luego de besarlos…”.

 

Y vuelve entonces a aquella verificación de una realidad que hiere y hace sangrar: “¡No estás!” Y aparece el tiempo, una eternidad, una forma de la flagelación: “¡Qué largas son las horas / ahora que no estás!”. Todo como un lacerante despojo.

 

El amante está frente a una prolongada situación de expectativa, que lo puede conducir a la desesperación y lo obliga a la búsqueda tras tantas noches de sufrir una especie de desaparición lastimosa de aquella a la que ama, a la que quiere abrazar; y, como secuela de una soledad que chuza y muerde, solo es posible un corolario: “¡qué falta que me hacés!”.

 

Estas demostraciones amatorias son como un remordimiento, como la expresión de un pesar por lo que no se hizo a tiempo. La tuvo cerca, ahí no más, y quizá no fueron suficientes las caricias, las palabras de amor, los abrazos. Y por eso, ante una intempestiva marcha, ante un esfumarse del objeto (o sujeto) amoroso, vienen las promesas, lo que se hará en caso de una vuelta, del retorno ansiado.

 

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“Si vieras que ternura
que tengo para darte,
capaz de hacer un mundo
y dártelo después”.

 

Hay una promesa. Es casi como prender velitas a algún santo, al patrón de los acongojados de amor. Y esto lo interpreta a cabalidad Silva en este tango que tiene versiones preciosas de Roberto Rufino con Troilo, pero, a la vez, a guisa de bolero, de dos venezolanos, cada uno por aparte, con la Billo’s Caracas Boys: Felipe Pirela y el Puma José Luis Rodríguez.

 

Alguna vez en un bar bellanita, vi a un hombre en pena, la cabeza contra la mesita metálica, la botella de licor a un lado y en el piano el tango espinoso: “Y entonces, si te encuentro, / seremos nuevamente, / desesperadamente, / los dos para los dos”.

 

Todas las versiones referenciadas tienen su valía y dimensión estética. Quizá la que más me ha gustado es la de Roberto Goyeneche, con el trío de Luis Stazo (bandoneón) Armando Cupo (piano) y Mario Monteleone (contrabajo) en el disco “La máxima expresión del tango”. Por supuesto, no era común en ninguna cantina de estas tierras. Es más, no recuerdo haberla escuchado entonces en ninguno de aquellos bares, en los que, entre los variopintos paisajes, no faltaban los de hombres que lloraban sobre las mesas porque tenían clavada en sus corazones “la espina de la espera”.

 

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Richard Tuschman recrea escenas del pintor Edward Hopper.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Terapias a punta de tango

(“Hasta siempre, amor” tiene su poder sanador en casos de rupturas sentimentales)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace tiempos, y más como una actividad solidaria y medio romanticona, tuve una suerte de consultorio ambulante para mujeres y hombres, conocidos míos, eso sí, que estuvieran en el trance y situación dificultosa de haberse separado de su pareja. Y la terapia consistía en poner a sonar algún tango apropiado para el efecto, en torno a unos vinos bien conversados.

 

Después de haber ensayado con ciertos tangos, el que mejor efecto surtió fue Hasta siempre amor, con letra de Federico Silva y música de Donato Racciatti, ambos uruguayos. En una época, en que yo era apenas un mozalbete y vivía en algunos barrios de Bello, tal composición la “molían” en las cantinas, día y noche. Sonaba en abundancia en Cuesta Abajo, en el Viejo Café, en el Torrente, el Rialto y otros bares de la vieja guardia.

 

Así que, lo quisiera o no, tal pieza estaba incorporada en mi educación sentimental. La llevaba puesta. Por ósmosis. Y de aquellos tiempos, la más sonada era la versión de Jorge Valdés con la orquesta de Juan D’Arienzo. Después, se oyeron muchas otras, bien interpretadas: “Hasta siempre, amor; / pasarás de otro brazo / y dolerá el fracaso / igual que hoy”.

 

Este era, o es, un tango que se queda. Que penetra en la piel y busca entrada en el corazón. No da tregua. Es directo y plantea, sin excesos dramáticos, una realidad posible. “Hasta siempre, amor, / corazón como el mío, / que compartió tu hastío, / no encontrarás”. Y, pese a todo, tiene en el narrador una especie de poder, de certeza, que puede ser vista como una manera de la “sobradez”.

 

Hay otros temas que pudieran tener posibilidades terapéuticas (aunque, en esencia, hay abundancia de gotanes “antiterapéuticos”), pero podrían tener un final fatal, como Afiches (“si están tus cosas, pero tú no estás…”); o esperanzadores como Por la vuelta (“¿Te acuerdas? Hace justo un año / nos separamos sin un llanto. / Ninguna escena, ningún daño”). O como Gricel (“Y hoy que vivo enloquecido / porque no te olvidé / ni te acuerdas de mí… / ¡Gricel! ¡Gricel!).

 

Así que el de don Federico siempre me pareció muy ajustado para quitar penas y dar una nueva visión del mundo al recién separado: “Y entre la gente buscarás / la mano amiga que te di / y sólo así comprenderás / que por quererte te perdí”. Casi siempre el “paciente” rompía en llantos. Buscaba beber rápido el vino. Ocultaba su rostro con las manos, pero, al rato, estaba sin tensiones, muy dispuesto a comenzar una nueva vida.

 

Ensayé con versiones de Racciatti con Olga Delgrossi; de Carlos Di Sarli con Horacio Casares; la de Fulvio Salamanca con la voz de Armando Guerrico; la de Carlos Figari con la interpretación vocal de Enrique Dumas, y la de Ranko Fujisawa. Pero, pese a la calidad de estas, la que mejor funcionó fue la de Valdez.

 

“Hasta siempre, amor, / cuando sueñes conmigo / en las noches de frío / ya no estaré”. En esta parte, ya los sollozos eran incontenibles. Había palpitaciones. Suspiros entrecortados. Lagrimones. Pero, qué cosa, también empezaba a dibujarse en el adolorido “paciente” una sonrisa de expectativa. Como si viera el mundo de otra manera. “Y no me llames, si me ves / a mí también con otro amor, / porque es inútil esperar / si la esperanza ya murió”.

 

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En las afueras de un barcito, en la Plaza de la Madre, en Bello, mientras iba sonando el tema, una señora a la que yo le explicaba que todo saldría bien, se desahogaba con la letra. Sentía que estaba reviviendo. Que el mundo no terminaba con una separación, con un adiós forzoso (“en la tarde que en sombras se moría / buenamente nos dimos el adiós…”). Y de pronto, había hecho la catarsis. Ya no lloraría más por el otro. Y, en cambio, comenzaría una nueva vida. Eso dijo.

 

Tal vez, el más duro para la “curación” fue un señor que veía cómo su amada muchacha, a la que él le llevaba por lo menos trece años, se había ido con otro. Y para él aquella desventura era como una suerte de fin del mundo. Un apocalipsis en sus sentimientos, en su dignidad. “Tranquilo, viejo, tranquilo, y al final primero vos”, decía en alguna parte la gran Tita Merello.

 

Entonces, en la sala de mi casa, con vino y vituallas, le puse varias veces la misma versión. De pronto, quizá después de la quinta repetición, el hombre comenzó a sonreír. Vio luz en la poterna. El abismo que se abría a sus pies ya no era tan pronunciado. Lloró y se desahogó. Quedó livianito. El tango hizo su curación. “Y dolerá el fracaso / igual, igual que hoy”.

 

Después, para matizar, le hice sonar otro tango, también con letra de Silva (y música de Roberto Rufino): Es otoño lo sé. Era como el postre. “Es otoño lo sé y ayer cuando partiste / el otoño también, también lo sé. / Mirá que hermosa manera de quererse, / poder decir adiós, sólo una vez”.

 

Eran, sin duda, experiencias lindas. En las que había que seleccionar músicas que tuvieran, como pasa con la lectura, un poder remediador. Además, se disfrutaba el vino y se hacía una labor humanitaria. “Es otoño lo sé y ahora que ya es tarde, / es tarde otra vez te esperaré. / Pesan los años, los sueños rotos pesan, /pero has de volver y aquí estaré”.

 

Claro que aquella muchacha —que yo sepa— nunca volvió a estar con el señor de marras. Y él, ya adquirida la serenidad, la olvidó. Hasta siempre, amor.

 

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“Y dolerá el fracaso, igual igual que hoy…”

 

La gayola, un tango entre rejas

(Crónica con cuchillos, celdas y un lance de tauromaquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Entonces todos temían, bueno, o los más jóvenes, que les propinaran un “canazo”, que los metieran en San Quintín, una cárcel municipal de aspecto tenebroso que quedaba a orillas de la quebrada La García. Se hablaba por esos días lejanos del “treintazo”, que era pasar un mes en prisión, en tiempos en que al más desharrapado lo capturaban “por sospecha”.

 

—Oíste, no quisiera estar en la gayola. —La voz entrecortada por risitas nerviosas era la de un negrito muy inquieto, talentoso para el fútbol, gambeteador y presumido, que también le gustaba cargar puñaleta y fumarse, en la sombra de los baldíos, un puchito de marihuana.

 

Y el término la gayola iba de allá para acá. Era común en la barriada. Y más que todo, porque en los bares de esquina, que abundaban, no faltaba el tango que Gardel grabó en 1927, con música de Rafael Tuegols y letra de Armando Tagini, que vaya uno a saber entonces quiénes eran los sujetos mencionados.

 

Más que por Gardel y las guitarras de Barbieri y Ricardo, se escuchaba por Armando Moreno y la orquestica de Enrique Rodríguez: “¡No te asustes ni me huyas!… No he venido pa’ vengarme / si mañana, justamente, yo me voy pa’ no volver…”, aunque después, en otros pianos o rocolas, casi todos Wurlitzer y Seeburg, comenzaron a sonar las versiones de Edmundo Rivero con Horacio Salgán y la de Julio Sosa, el varón del gotán, con la orquesta de Armando Pontier.

 

La gayola por aquí y La gayola por allá. “He venido a despedirme y el gustazo quiero darme / de mirarte frente a frente y en tus ojos campanearme / silenciosa, largamente, como me miraba ayer”. Y así, con toda su sonoridad y rareza, era un término temido, qué pereza ir a una cárcel, estar preso, dejarse atrapar por los tombos, que así se conversaba entonces.

 

El tango en mención contaba, como tantos otros, una historia y eso nos mantenía en vilo. Era pegajoso. Tenía palabras raras, empezando por la de su título, La gayola. “He venido pa’ que juntos recordemos el pasado, / como dos viejos amigos que hace rato no se ven…”. Y después hablaba de “la huesuda” para referirse a la muerte. Y también a la muerte de otro, que el narrador mató cuando, “sediento de venganza”, le “envainó” su cuchillo en el corazón a quien se supone que era el amante de la mujer, la que le “jugó sucio” al pobre hombre que se quedó sin esperanzas.

 

“Me encerraron muchos años en la sórdida gayola / y una tarde me largaron pa’ mi bien o pa’ mi mal”, sigue contando el protagonista y habla de sus desventuras, hambrunas y vagabundeos. Y así, sin refugio y cargando sus pobrezas, vuelve a buscar a la que ayer quiso: “Solamente vine a verte pa’ dejarte mi perdón… / te lo juro; estoy contento que la dicha a vos te sobre… / Voy a trabajar muy lejos…a juntar algunos cobres / pa’ que no me falten flores cuando esté dentro’el cajón”.

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Y aunque no sea una maravilla literaria, La gayola tiene drama y dolor. Y para algunos, aunque no me consta, podría ser prescindible en el amplísimo repertorio tanguero, que tiene, en efecto, abundantes joyas musicales y literarias. El cuento es que una vez le hicieron a Edmundo Rivero una entrevista (Revista Primera Plana, Nº 284, 4 de junio de 1968) en la que hablaba, entre otros asuntos, del lunfardo. Dijo que la palabra gayola procedía del símbolo que la policía federal argentina tenía en su chapa: un gallo. No es así.

 

El origen de la palabra, que significa cárcel, como bien se puede leer en los diccionarios de lunfardo (como el del académico José Gobello), es de origen portugués. Procede de gaiola (jaula, toril, cárcel) y que pasó, como otras palabras lusas, a engrosar el léxico lunfardo, como, por ejemplo, tamangos, que quiere decir zapatos, botines viejos, zuecos (“cuando rajés los tamangos…”, se dice en Yira Yira).

 

En el lenguaje taurino, y procedente también del portugués, el término porta gayola es muy común. Procede de la expresión “a porta (da) gaiola”, que es la puerta del toril. Es una suerte de lance que busca alegrar la galería. El matador, arrodillado, espera al toro en la puerta de toriles, con el fin de burlarlo con una larga cambiada afarolada, que, casi siempre, hace que el público se emocione y estalle en palmas.

 

El tango La gayola, que en otra de sus versiones suena con la voz de Alberto Echagüe, dio al viejo lenguaje urbano, de las barriadas obreras y periféricas de Medellín y sus alrededores, un toque de malevaje. No faltaba quien envainara su cuchillo en algún corazón y fuera a dar después con sus huesos a la sórdida gayola.

 

En algún pueblo del suroeste antioqueño la zona de tolerancia está (o estaba) nombrada como La gayola. En ella eran otras las jaulas. Y, con seguridad, en las noches de amores urgentes también sonaba ese tango.

 

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Carlos Gardel

 

Desencuentro con amargo desenlace

(Un tango existencialista de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo)

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                                                                                                                                                                 Cátulo Castillo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A Cátulo (Catulo Ovidio) Castillo, al que le tuvieron que “esdrujulizar” el nombre para que los compañeros de escuela no lo molestaran, le cabe el honor de muchas letras de tango, y músicas, también de haber boxeado en la categoría pluma hasta ser preseleccionado para los Olímpicos de Amsterdam en 1924. Su trayectoria en el tango es de fina estampa, con una poética en la que la nostalgia y lo perdido (y no recuperado) están presentes.

 

Quizá por estos contornos y ambientes de cafés (incluido El último café) su tango Tinta roja (con música de Sebastián Piana) es el estandarte de este director musical, de ideas de izquierda (su padre, el dramaturgo José González Castillo, con el que también compuso tangos, era anarquista). En la periferia y el centro siempre sonó aquello de “Paredón, tinta roja en el gris del ayer…”.

 

Cátulo, nacido en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906, un día de lluvia y frío, iba a llamarse en realidad Descanso Dominical (González Castillo), debido a que, por esas calendas se había logrado una reivindicación libertaria: la de no trabajar los domingos. El empleado de registros se negó a ponerle tal nombre y su padre se decidió por el de dos poetas latinos. Sus primeras influencias literarias estuvieron bajo el estro de Rubén Darío.

 

Sus letras, casi todas con el dolor de un pretérito imperfecto, le dieron al tango una estatura monumental, que alcanza cielos existenciales con La última curda, van a tener, en 1962, una creación dura, áspera, que puede clasificarse en los catálogos del pesimismo, o, desde otro ángulo, en una suerte de desazón ante los golpes de la vida. La versión que más se oyó en Colombia fue la muy dramática y bien interpretada de Roberto Goyeneche, con la orquesta de Baffa-Berlingieri. Y de ese tema, Desencuentro, con música de Aníbal Troilo, es del que quiero conversar.

 

Tal vez no tenga las alturas poéticas de otras de sus creaciones (como Una canción, Caserón de tejas y María, por ejemplo), pero sí hay en ella una fuerza ineludible contra la cual, como la del destino, no se puede pelear. Es la situación de alguien al que todo le sale mal y que puede estar caminando en la cuerda floja de la existencia: “Estás desorientado y no sabés / qué “trole” hay que tomar para seguir. / Y en este desencuentro con la fe / querés cruzar el mar y no podés”.

 

Es un tango amargo sobre la vida y la sociedad vista a través de lo que le sucede a un individuo, al que lo pica la araña que salvó, y el hombre al que ayudó le hace mal. “¡Qué desencuentro! / ¡Si hasta Dios está lejano! Sangrás por dentro, / todo es cuento, todo es vil”.

 

Tal vez la versión más impactante de este tango (que tiene aires de Discépolo) sea la de Rubén Juárez, cuando, ya entrado en años, la interpretó en el programa Encuentro en el estudio, de Buenos Aires, con una intensidad y una descomunal fuerza que dejó perplejos a los que lo escuchaban.

 

En el corso a contramano / un grupí trampeó a Jesús… / No te fíes ni de tu hermano, / se te cuelgan de la cruz…”. Es una especie de radiografía de una sociedad en la que reinan el engaño, las simulaciones y la trampa. Y entonces, Castillo va desgranando unos versos que aumentan la tensión del tema y de la crítica: “Creíste en la honradez y en la moral… ¡qué estupidez!”.

 

Cátulo, compositor de Silbando, y autor de Patio de la morocha y El último farol, era un gran amigo de Homero Manzi, otro de los grandes poetas del tango, con quien hizo, por ejemplo, Viejo ciego (la interpretación de Goyeneche es sublime), como un homenaje al poeta de barrio Evaristo Carriego. El tango Desencuentro tiene una particularidad: como en un cuento de Poe o de Quiroga, la tensión va en aumento hasta lograr un clímax. Es el hombre derrotado, el que no tiene salidas, el que parece estar acorralado sin remedio.

 

“Por eso en tu total / fracaso de vivir, / ni el tiro del final / te va a salir”.

 

Después de ese golpe certero, ese recto a la mandíbula, el oyente queda petrificado. Lleno de temores, tembloroso, ante la evidencia del fracaso. No hay lugar a la dulzura en esta pieza de desenfadada angustia existencial.

 

En 1974, al ser declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, Cátulo Castillo pronunció esta fabulilla: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ¿Pájaros o gusanos? — se interrogaba Cátulo — he aquí una pregunta clave”. También escribió el guion de la película Esta es mi argentina, en la que los protagonistas son Aníbal Troilo y el bailarín de tango Juan Carlos Copes. Murió en su tierra natal el 19 de octubre de 1975.

 

(Escrito en Medellín, cuando diciembre de 2017 ya es azul)

 

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¿Qué es un barrio?

(Crónica con un tango, puntos cardinales y alguna esquina de la noche)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quizá aquel tango de Eladia Blázquez, escuchado al desgaire alguna noche de cafetín, nos puso a los contertulios de mesa en alerta sobre los significados del barrio. “En esa infancia la templanza me forjó / después la vida mil caminos me tendió…”. Y, sí: la sombra de la vieja en el jardín, la fiesta de las cosas más sencillas y la gente que se fue. Eso es, o era, el barrio, en el que todos los puntos cardinales están delimitados con su melancolía de asfalto y su sentimiento de ladrillos.

 

Barrio con “planta de jazmín”, con “la paz en la gramilla” y las cosas que jamás volverán. Y ahí, escuchando El corazón (mirando) al sur, se armó una conversación acerca de lo vivido en esa geografía imprescindible —a veces, impredecible—, de calles, callejones y encrucijadas; de muchachas a las que todavía se les siente (claro, en la memoria) el frufrú de su falda; de las señoras con cara de chisme y colorete, camino a la tienda a ajustar mercados y solicitar fiados.

 

¿Qué es un barrio? La pregunta, con múltiples respuestas, se elevó sobre el humo y el olor a tinto, sobre los cuadritos de orquestas de tango y de vírgenes milagrosas y comenzó a flotar en el ambiente de vocinglería y copas entrechocadas. Es, se dijo, una especie de patria chica (“no, grande, muy grande”, también se escuchó), de intimidad entrañable que, se quiera o no, da carácter y produce historia personal.

 

Un barrio es un punto de partida. Una manera de ir creciendo, en medio de las aspiraciones y las colisiones contra la realidad; de ir de la mano de los otros. La denominada otredad es un vínculo en el barrio, una concepción cotidiana de vecino, de amigo, de compañero. Es la posibilidad del encuentro, del juego de pelota, de tirar las cartas sobre un tapete de cemento o encima de periódicos a modo de mantel.

 

Y la voz de Eladia proponía ampliaciones en la discusión, en la reflexión sobre el barrio, en una especie de metafísica que flotaba y se esparcía en el alma del cemento y del antejardín. Se paraba en una esquina del recuerdo: “La geografía de mi barrio llevo en mí, / será por eso que del todo no me fui: / la esquina, el almacén, el piberío… / los reconozco… son algo mío…”.

 

¿Qué es un barrio? Es, o era, la posibilidad de ver pasar a Teresa, a Francisca, a Margot, a la muchacha de uniforme azul celeste y blanco, al vendedor de caramelos. Es, o era, la multiformidad, la abundancia de voces, las bicicletas de trabajadores rumbo a la fábrica, la presencia de un cartero de buenas noticias o de desgracias. Es, tal vez ya no, la oportunidad de observar los ocasos, las siluetas de las chicas que iban a su casa tras una jornada de estudio, la sombra del mango en las aceras.

 

El barrio, eso se dijo, es (¿ya no?) una promesa de un amanecer con pájaros, al tiempo que se sentía en la calle el olor a jabón y a limpieza de los recién bañados, de los que llevaban camisas aplanchadas, y en la piel un perfume de levedades. Es una intersección de sentimentalidades, un cruce de saludos, las coordenadas de las manos en alto a modo de reconocimiento.

 

Quizá en el ambiente de mesas y taburetes, de música que parecía salir del fondo de la tierra, había una percepción romántica de aquello que daba la impresión de estar a punto de desaparecer. Y la daba, más que todo, el tango con voz de mujer: “Ahora sé que la distancia no es real / y me descubro en ese punto cardinal…”.

 

El intercambio de palabras, a veces trompicadas, se instalaba en algún rincón del alma. Una canción era la propiciadora de una imaginaria vuelta al barrio, al de todos, al de cada uno, en momentos en que todavía la esperanza de prolongación no se había perdido. Y aunque ya no existiera, el verso le daba vida: “la geografía de mi barrio llevo en mí”, como lo avizorara hace años un poeta de Alejandría.

 

Había tantos sures y tantos nortes. Había balcones con caras bonitas y matas de novio y azaleas. Estaba el alambre de ropas y el patio. Y un solar con rosas de la tarde. Y en alguna esquina de la noche, luces de neón y un traganíquel con voces metálicas. Así era el barrio. ¿Cuál? ¿El tuyo, el mío? Había lugares comunes. También diferenciaciones. Se parecían, eso sí, en el ejercicio sincero de los afectos.

 

“Nací en un barrio donde el lujo fue un albur, / por eso tengo el corazón mirando al sur”. O al occidente o hacia la montaña por donde sale el sol. Una melodía, una voz, una mesa de hablantes les iba dando forma a las diversas maneras de ser del barrio. Ya no importaba si mañana ese territorio real e imaginario se iba a extinguir. La clave, eso se dijo, radicaba en haberlo vivido.

 

Después, cuando la voz cantante se silenció, siguió flotando (¿flotando en el adiós?) la idea de un territorio entrañable y significativo que ha dado formas particulares de urbanismo y, más allá de la infraestructura, de relaciones afectivas y solidarias. El barrio trasciende lo catastral y se ubica en la zona de la cultura y la historia, de la memoria y la identidad.

 

Pudo haber sido el tango de Eladia el que suscitó la charla de café. En la mixtura de botellas y pocillos, de copas y palabras, continuaron los ecos de la canción: “volviendo a la niñez desde la luz / teniendo siempre el corazón mirando al sur”.

 

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“Florece en mi barrio”, pintura de José Muñoz.

 

 

 

Dos barcos navegan en una radiola

(Una historia con dos tangos de mares y otros adioses)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa había una radiola RCA Víctor, que el tío Salomón le regaló a mamá. Estaba enchapada en un mueble color madera, con tapa, debajo de la cual había un tapizado de terciopelo rojo. Los primeros tangos que allí sonaron fueron El barco María y Mañana zarpa un barco, que venían con el presente. Pese a mi edad (era un adolescente), esos dos tangos me sonaban lindo, tal vez porque mamá ayudaba con su voz bien timbrada a darles una nueva dimensión. Y porque tenían olas, sonidos de aguas infinitas y alguna tristeza.

 

“No enturbies tus ojos color de agua verde, / no busques recuerdos, no mires el mar”. La voz era la de Raúl Berón, ya conocida por nosotros, porque, en la esquina, en el bar Florida, sonaban tangos suyos, como Trasnochando y Tal vez será su voz, y aunque para un joven poco significaban aquellas melodías, se iban pegando de a poco, hasta hospedarse sin permiso en algún lugar de la conciencia. O la inconsciencia.

 

En casa, mamá lo ponía los fines de semana, junto a unas canciones de Alfredo Kraus y a otros discos de Juan Arvizu y Margarita Cueto.  “El barco María, quizá ya no vuelva, / no sueñes el rostro de su capitán”. A veces, uno con ganas de escuchar músicas más modernas, se enfadaba con tantas vejeces. Y entonces era mejor tomar las de Villadiego, salir a la “lleca” a buscar partidos de fútbol callejero o sentadas de atardeceres en alguna esquina de barrio.

 

“Grabó en su navío tu nombre de estrella, / te amaba y no tuvo palabras de adiós”. No sé por qué aquel tango se me fue adhiriendo, como una estampilla, o quizá como una cinta con goma arábiga, y sobre todo, me comenzó a agradar cuando una vez mamá me dijo: “¿le has puesto atención a estos tangos? Saben a mar”. Ella solía, por otra parte, cantar barcarolas tristes, canciones de náufragos y de ilusiones perdidas. Y todos esos ingredientes se juntaron en una receta imposible, porque, al cabo del tiempo, la voz del cantor argentino me atraía.

 

“Los mares lejanos marcaron su huella, / quién sabe en qué puerto sus anclas hundió”. Tenía su vaina. Ojos de agua verde y adioses de puerto, que son definitivos. Sin retorno. “Inolvidable María he de volver algún día”. Qué va. Promesas de marineros, o, como se dice en alguna pieza tropical, promesas de cumbiambera. Se pierden en el mar. En el viento.

Después, cuando lo escuché por otros cantores, como Carlos Galarce, con la orquesta de Francisco Lomuto, me seguía resonando la de Berón, grabada también en 1944. Había con esta versión un lazo de familia, un afecto que se iniciaba en una radiola, en una voz doméstica, se prolongaba en una esquina sonora y se prendía a la memoria. “Oíste, es un tango de Carlos Viván y Horacio Sanguinetti”, se decía con certeza en las señoriales charlas del bar, al cual todavía no podíamos entrar por limitaciones de edad.

 

El otro, con el que mamá parecía desintegrarse, era Mañana zarpa un barco. Supe que la orquesta era la misma de El barco María, la de Lucio Demare, con la voz de Juan Carlos Miranda. La letra, como me enteré más tarde, era de Homero Manzi. “Riberas que no cambian tocamos al anclar. / Cien puertos nos regalan la música del mar”. No sé si le traía recuerdos, o imaginaba una aventura que jamás tuvo. Sentía ella el ruido de las olas y seguro se transportaba a un distante riachuelo “donde sangra la voz del bandoneón”.

 

“Qué bien se baila / sobre la tierra firme. / Mañana al alba / tenemos que zarpar”. Hay en este tango una promisión, la confección de una esperanza y una convocatoria a desterrar la melancolía, al menos por unos momentos, por vivir el día, la jornada. El Carpe Diem. La flor del día. O de la noche. “Diré tu nombre cuando me encuentre lejos. / Tendré un recuerdo para contarle al mar”. Es un romance de ocasión. Encuentro y despedida. Con el tiempo, cuando ya el tango era parte sustancial de mis gustos musicales, las versiones de Roberto Rufino me golpearon, en particular la que interpreta con la orquesta de Carlos Di Sarli. Ah, sí, claro: linda también la de Alberto Podestá.

 

Cuando cae el telón en este tango, con música de Lucio Demare, hay un llamado a vivir el presente, a no pensar en lo que vendrá. Ni ayer ni mañana. Solo el ahora: “Bailemos este tango, no quiero recordar. / Mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más”. Es un tango con luna, con olas, con puertos de ausencia. “Muchacha, vamos… No sé por qué llorás”.

 

Un jueves santo, con mis hermanos y otros miembros de la gallada, nos fuimos toda la noche a visitar monumentos y a oficiar risotadas y correndillas. Tornamos a casa casi al alba. No se supo quién dejó la puerta ajustada. El caso es que, cuando el sol ya era una realidad candente, mamá, o no sé quién, se dio cuenta de que faltaba la radiola. Los cacos entraron tras nosotros y se la esquilmaron. En ella, puesta en el plato giratorio, se fue El barco María. Sin palabras de adiós. La otra pieza, sobrevivió.

 

Cuando escucho estas dos melodías, con navíos y oleajes, con puertos y viajes sin retorno, una voz de no sé dónde, me susurra: “no busques recuerdos que llenan de brumas/ el muelle desierto de tu corazón”.

 

 

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Álbum tanguero para un escritor

(Entre Nada, Ninguna y La última se fue formando una crónica)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era la directora ejecutiva de una empresa de salud de Bogotá. Comenzó a escribirme porque le parecía que algunas de mis columnas de prensa tenían sabor y color local. Resultó que, después de variados intercambios epistolares, me dijo que le celebraría en su casa los cincuenta años al escritor William Ospina y el homenaje consistiría en un regalo de dos discos con una selección de tangos.

 

Se llamaba Victoria Eugenia Zuluaga, una señora antioqueña, culta y de buen trato. “Ve, a vos que te gusta el tango”, me dijo un día, “por qué no me ayudás a seleccionar unos para William (Ospina)”. Tenía la idea de los dos discos, con cancionero y diccionario de lunfardo incluidos. Yo le mandaba, a veces, escritos de tango, como un artículo de la uruguaya Rosalba Oxandabarat sobre los hinchas de Gardel y los antigardelianos. “Hola, mi Rei: qué tan posta el texto de la Rosalba, te cuento que uno de los tangos que más me gusta es La última. La letra es de Julio Camilloni y la música de Antonio Blanco, tango de 1957”, me contestó en un correo electrónico el 2 de febrero de 2004. Y se dejó venir con toda la letra: “No me importa tu pasado ni soy quién para juzgarte porque anduve a sopapos con la vida yo también”. Y así. Esa vez, aprovechando la ocasión, me dijo que ya tenía muy adelantada la selección para los “50 de William”.

 

Me anunció en la misiva virtual que incluiría los que, de Roberto Goyeneche, yo le había insinuado: Gricel, Naranjo en flor, Canción desesperada y Cada día te extraño más. Valga decir que en la escogencia también participaban el tiplista David Puerta y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. A propósito de La última, le escribí una nota a la señora que, por lo demás, había tenido la idea original y la producción ejecutiva del homenaje tanguero al autor de Es tarde para el hombre.

 

El martes 3 de febrero de 2004, le envié este correo: “Mirá pebeta de mi cuadra que eso de la fiesta conmemorativa, con tangos y cancionero, sí que está bacana. Ve, tengo un hermano que una vez se fue a un bar de tango y pidió Uno, y, claro, le pusieron cualquiera. Y luego, un poco desconcertado, dijo que quería oír Nada, y el cantinero, tan literal, nada le puso. Entonces si no es Nada, Ninguna. Que tampoco sonó. Y ya, en medio de la verraquera, solicitó La última, y se le dejaron venir con otra vaina. Total, no pudo escuchar lo que quería”.

 

Después, en el mismo mensaje, le conté una breve historia: “En Bello, tierra de mis pasiones altas y bajas, hay o había un señor gustador de tangos. Y creía que cantaba. Se sabía, para la interpretación, La última. Tenía un barcito y una noche le dijimos que nos la cantara. Empezó y el tipo se veía mal. Hacía grandes esfuerzos en las subidas y se puso morado. Creímos que el infarto estaba cerca. Bueno, en medio de las risas, lo bautizamos El Morado. Y así se le conoce en Bello entre los amantes del gotán…”.

 

La correspondencia continuó, casi toda referida al tango, a sus armonías, composiciones, letras… El 18 de febrero de 2004, cuando ya se acercaba el cumpleaños de Ospina (nació el 2 de marzo de 1954), y los discos estaban en producción, recibí un correo de David Puerta: “Siempre soy más inteligente diez minutos o diez días después de lo necesario. Me quedé pensando que, para un literato como William Ospina, hubiera sido apropiado el disco con los cincuenta tangos que se mencionan de manera explícita e implícita en Aire de tango, de Mejía Vallejo. Ya no me atrevo a proponer el cambio porque mi prima Vicky, que ya tiene hasta el cancionero con el primer listado que hice, me convertiría en ‘amurado sexual…”.

 

El intercambio prosiguió, con referencia al tango, a novelas y cuentos en los que este género aparece, pasando por Cortázar, Benedetti, Borges, Onetti, en fin. Para Victoria Eugenia, Homero Expósito era autor de “los tangos más tristes del mundo —como Percal y Yuyo verde— (…) Ellos (los tangos) nos traen a la vez datos de nuestras propias zonas oscuras: las tristes, que se aceptan fácilmente, y las sensibleras, que casi nunca se aceptan para uno mismo. Pero ahí están. El que esté libre de pecado, que vaya a escuchar a Schönberg”.

 

A William Ospina, en sus cincuenta años, Victoria Eugenia, alias Vicky, le hizo una fiesta de no olvidar, con una asistencia de caricaturistas, pintores, escritores, músicos, poetas… No pude asistir y entonces hubo que contentarse con las fotos del festejo. El álbum de los “50 de William”, con 52 tangos, dos más de la cuenta, es una joya. Aparte de fotografías, cancionero y diccionario, la introducción, pensada por Vicky, tiene el siguiente título: “Entre e-milio y e-milio se fue formando el tango”, en la que incluye algunos correos de aquellos intercambios que siempre tenían, como trasfondo, la inevitable poesía del tango.

 

Entre los seleccionados, están La última grela, La última curda y, claro, La última: “Sos la última que llega a perfumar mi rincón / y esas gotas de rocío que no te dejan mirarme / me están diciendo a las claras que alcancé tu corazón”. Poco tiempo después, Victoria Eugenia Zuluaga se murió en Bogotá, quizá rememorando melancólicas melodías o imaginando saltos en una rayuela lejana, con cielos de un tango surreal.

 

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La Boa que yo conocí

(Un bar de bohemias ochenteras y un tanguero señor de la noche)

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Iván Zuluaga, dueño de la vieja Boa

 

Por Reinaldo Spitaletta

A principios de la década del ochenta, cuando frecuentaba más que todo La Arteria, un bar de la avenida La Playa de Medellín, conocí La Boa, de Iván Zuluaga, en la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot. Había en la pared una foto-afiche de una mujer añosa tocada con un pañuelo rojo, medio sonriente ella y creo tener la imagen de que le faltaban dientes. En una mesa estaba el poeta Alberto Escobar, el de Los sinónimos de la angustia, con otros contertulios, entre ellos Aldemar Betancur, jefe de relaciones públicas del Colombo Americano.

 

Yo era un reportero incipiente, que además escribía crónicas urbanas en un suplemento literario. Me parece que fui a dar a aquel lugar, no de noche, sino al atardecer, porque debía hablar con Betancur no sé sobre qué tema cultural del Colombo. Y esa, La Boa, era parte de su oficina. El dueño era un señor narigón, a veces seriote, pero, en otras, según las circunstancias, simpático. Lo primero que me dijo, tras saludar y presentarnos, fue que en aquel bar el escritor Manuel Mejía Vallejo, años atrás, había escrito parte de su novela Aire de tango.

 

No recuerdo qué era lo que Aldemar, un tipo de voz abaritonada, que escribía poemas y leía entonces libros de Cesare Pavese, como el de Lavorare Stanca (Aldemar lo pronunció en italiano) quería promover. No sé quién recitó entonces unos pocos versos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, /sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto…”.

 

En todo caso, días después, Aldemar me regaló un libro de Pavese, La playa, y tengo un confuso recuerdo en el aquel me está hablando de gaviotas ciegas. El asunto es que me comenzó a gustar La Boa, porque sentía un aire distinto, una especie de hermandad, conectada con las palabras y, como lo supe después, con el tango. Seguí yendo, a veces solo a tomar café en la tarde. Y de a poco su dueño y yo nos bordamos una amistad en la que, de por medio, estaba la voz de Roberto Goyeneche. Con Gabriel Restrepo, un escultor con el que solíamos practicar la bohemia en distintos bares de Medellín, nos volvimos asiduos de La Boa. Yo le llevaba, a veces, casetes con grabaciones del Polaco. En muchas ocasiones, encontré a Iván, la cabeza contra el mostrador, escuchando en un acto reverencial Naranjo en flor, La última curda o Niebla del Riachuelo. Creo que lloraba.

 

Por esos días, el mostrador estaba junto a la única ventana, que daba a la calle, y que era parte del bar. Después, Iván lo trasladó a la parte de atrás, cerca del único orinal, cubierto por una celosía de colgaduras cafés y negras. A veces, Gabriel y yo, junto con otros “patos” del Centro, íbamos primero a La Arteria, de Guillermo Suárez, y más tarde visitábamos La Boa, en la que muchas veces encontrábamos ebrio o a punto de una magnífica borrachera a su dueño, que era por lo demás un conversador agradable.

 

No sé cuándo, en una noche aguardentera, me habló de que, cuando estuvo de aventura en el Bajo Cauca, había fundado un pueblo, un caserío, y ponía voz de importancia y no sé si evocaba a viejos colonos de Antioquia o a antiguos conquistadores. “Lo bauticé Muribá”, me dijo y agregó que teníamos que ir por allá, donde además había dejado amores. Era, según sus coordenadas, cerca de Puerto Bélgica. Nunca fuimos.

 

Las noches de la Boa estaban atiborradas de Goyeneche y conversación. El paisaje de sus mesas, con sillas rústicas de madera gruesa, albergaba poetas y vagabundos. Que, en esencia, puede ser lo mismo. Iban escritores y tipos que posaban de saberlo todo. Sin embargo, que me haya tocado, nunca hubo un malentendido que hubiera terminado a puñetazos. Porque creo que a taburetazos, por lo pesado de ellos, era un imposible. Ah, claro, también iba uno que otro plomo. O tipo “pesado”. Gajes de bar. Y de la bohemia.

 

No era un bar de atracciones locativas. Paredes con uno que otro cuadro (por aquellos días no estaban ni Gardel ni Goyeneche; después, aparecieron en su decoración), y a veces algunos artistas colgaban allí muestras. Cuando yo iba solo, me sentaba al mostrador a conversar con Iván, y ahí iba armándose un círculo en torno a literaturas y la ciudad. Pasaba como en La Arteria: los circunstantes eran su mejor adorno, porque había palabras de un lado a otro. Y de vez en cuando, alguien tocaba la guitarra.

 

En aquellos ochentas, en que todavía no se había instaurado a fondo el terror mafioso en la ciudad, La Boa era una sede de poetas, de algunos nadaístas extemporáneos, de conversadores profesionales y por allí, claro, pasaba a cantarnos sus Spirituals el Negro Billy. Aldemar Betancur, que tuvo fama de tacañerías para el licor, a veces leía en su mesa poemas suyos o a recordar los tiempos en que iba a Lovaina, ya en decadencia, a buscar muchachas para que le oyeran su parla de voz de locutor.

 

Iván, en todo caso, era el alma de La Boa, con sus tangos e historias de desamores familiares y noviecitas adolescentes. Una de ellas, según nos contó cuando ya el hombre no podía con el alcohol ni con la vida, lo había “tumbado” no recuerdo ya en qué pueblo, dónde él le puso un almacén. Al final de sus días, dormía en el café, en el que armaba un cambuche junto al orinal.

 

En otras jornadas, iban ajedrecistas, como Fernando López, con el que, en ocasiones, a medianoche, él en la esquina de Girardot y yo enfrente de La Boa, nos desafiábamos: cada uno cantaba (gritaba) un tango, en turnos ininterrumpidos. Casi siempre, terminábamos a dúo con el vals Bajo un cielo de estrellas. Iván solo se reía, pensando quizá que estaba en presencia de dos orates.

 

Durante espaciados meses y años, me alejé de La Boa, pero cuando aparecía, Iván siempre tenía listo un abrazo y un trago de bienvenida. Y, por supuesto, los tangos de Goyeneche. A veces recordábamos los días de antes y su voz se entrecortaba con sollozos. Iván había envejecido, como la calle Maracaibo, como todos los que por allí fuimos asiduos. Y llegó la muerte y tuvo sus ojos, los ojos tristes del dueño de La Boa. Murió en septiembre de 2011.

 

Después (“¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado…”) poco volví a La Boa. Supe que la ventanita de arrabal ya no está. Y que son otros los circunstantes. Pero la voz de un poeta vuelve siempre, abriendo memorias: “Oh querida esperanza, / también ese día sabremos nosotros / que eres la vida y eres la nada”

 

En diciembre de 2014, ya La Boa tenía otros dueños. Aquí, en la ventanita, con varios contertulios.

Un virtuoso llamado Raúl Garello

(Bandoneonista, director de orquesta, compositor y figura del tango)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Raúl Garello (Chacabuco 1936-Buenos Aires 2016), bandoneonista, compositor, arreglista (arreglador, dicen los argentinos) y director, era un músico post-Piazzolla, que logró un estilo propio y penetró en los misterios del tango, en la noche duende porteña, en todas las armonías y que, como Troilo, su principal maestro, “caminó derecho por atriles torcidos”.

 

El compositor de Margarita de agosto es, como lo han dicho analistas del género, una consecuencia de las aperturas de vanguardia que creó Astor Piazzolla después de los años cincuenta, pero sin sonar como él. En sus búsquedas, tras estudiar contrapunto, armonía y fuga en su adolescencia, se vinculó a la orquesta de la Radio Belgrano, en Buenos Aires, donde conoció a otro de los más grandes bandoneonistas y músicos del tango: Leopoldo Federico.

 

Precisamente, reemplazó a Federico en el cuarteto de Roberto Firpo (hijo), en 1954. Era un comienzo con brillos y otras sonoridades. El muchacho ingresaría después, con su bandoneón y su talento, en las formaciones de los cantores Carlos Dante, Alberto Morán y en la orquesta de Horacio Salgán, el director y compositor que también murió en 2016, a los cien años de edad. Todavía le faltaba un escalón para ascender a nuevos mundos del tango: la orquesta de Aníbal Troilo, a la que ingresó en 1963 y estuvo hasta la muerte de Pichuco, en 1975.

 

“Yo soy hijo de Troilo. Recibí la influencia de Salgán, Astor Piazzolla, Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese… El tango es algo enorme. Claro que hay extravagancias y fantasías, pero el tango tiene mucho fondo”, me dijo en una entrevista realizada en noviembre de 1997, en Medellín, cuando, con la Orquesta  del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, que él codirigía con el pianista Carlitos García, estuvo en esta ciudad en presentaciones en el teatro Pablo Tobón Uribe.

 

En la orquesta de Troilo, además de bandoneonista, fungió como orquestador, cargo en el que se destacó. Tanto que también realizaba arreglos para las agrupaciones de Leopoldo Federico, Baffa-Berlingieri y Enrique Mario Francini. Entre sus primeras instrumentaciones estuvieron, en 1966, las de las piezas La Guiñada, de Agustín Bardi y Los mareados, de Juan Carlos Cobián.

 

“El tango es esencialmente europeo. En el Río de la Plata se hace híbrido y el criollo le agrega la gracia americana. Pero está todo el Mediterráneo en el tango. Por eso seduce a los músicos de todo el mundo”, dijo aquella vez el compositor de Che Buenos Aires y Muñeca de marzo. Desde 1965, con el rol de director, grabó discos con solistas de exquisita calidad interpretativa, como Roberto Goyeneche, Rubén Juárez, Edmundo Rivero, Roberto Rufino y Floreal Ruiz, entre otros. En los vinilos del sello Víctor, figura la que él dirigía como la Orquesta Típica Porteña.

 

Tal vez la mejor interpretación que se hizo sobre una composición de Raúl Garello haya sido Buenos Aires conoce, con letra de su hermano Rubén, en la voz del Polaco Goyeneche: “Buenos Aires conoce mi aturdida Ginebra / el silbido más mío, mi gastado camino… / Buenos Aires recuerda mi ventana despierta / mis bolsillos vacíos, mi esperanza de a pie”.

 

Garello, que en 1974 creó un sexteto para presentaciones en El viejo almacén, de propiedad del cantor Rivero, sostenía que en el tango siempre hubo compositores, autores y músicos progresistas. Así, por ejemplo, en la década del veinte estuvo Eduardo Arolas, y después Julio de Caro, y más tarde Pichuco, al que “a veces, en Ronda de Ases (espacio multitudinario de Radio El Mundo) le decían: ‘largá la ópera’. Y qué no le dirían a De Caro. Lo interesante de todo esto es la posibilidad de otro tango”.

 

El Raúl Garello compositor, además de sus actuaciones como director, comenzó a brillar a partir de 1977 con la grabación de cuatro discos, con su orquesta ampliada a veintisiete músicos, en los que incluyó temas como Aves del mismo plumaje, Pasajeros del tiempo y Verdenuevo. Hay que destacar que, también se alió con letristas para la composición de obras cantábiles, entre las que están Dice una guitarra, con una impecable interpretación de Goyeneche con la orquesta de Atilio Stampone; Llevo tu misterio, grabada por Roberto Rufino; Hace doscientos tangos, con letra del uruguayo Federico Silva, y Tiempo de tranvías, con la autoría de Héctor Negro.

 

En 1980, junto con el mencionado García, se convierte en director fundador de la Orquesta del Tango de Buenos Aires, con la que se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires y realizó numerosas giras. A fines de los ochentas, con Horacio Ferrer, escribe todos los temas del álbum Viva el tango. Con el mismo Ferrer grabó en 1992 un disco de homenaje al director de cine Woody Allen, en la voz de Gustavo Nocetti, con tangos como El último bailongo, El Rey y el que le dio nombre al álbum: “Woody Allen, tengo ganas de abrazarte / contemplando que el final del siglo veinte / es un show de funerarias: / Chernobyl, El Golfo, El Sida. / Y, al fin, si es inmoral seguir con vida, /
vení, que aquí están Groucho y Pepe Arias / y nos vamos a morir, pero de risa, / para dentro de dos siglos despertar
”.
 

Garello fue convocado en 1992 por la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse, Francia, dirigida por Michel Plasson, para escribir y grabar quince orquestaciones sobre obras de Carlos Gardel, como Mi Buenos Aires querido, AmarguraArrabal amargo y Volvió una noche. En 2003 compuso unas de sus piezas cumbre: Arlequín porteño, en tres movimientos: Pantomima (tango); Tema de arlequín (cadencia y vals); Adioses (tango).

 

Al hablar sobre los avatares del tango, sus aristas y esencias, Garello siempre estuvo atento a las complejidades del género, a sus cambios y permanencias. “Piazzolla abrió un camino muy importante. Antes, las orquestas sinfónicas tenían vedado el tango. Pero después de Salgán y Piazzolla, ya no… Las sinfónicas de Lieja, París, muchas orquestas, abrieron las puertas a Piazzolla, debido al tango, porque a Astor nunca se le cayó de la falda el bandoneón, y es más tanguero de lo que muchos creen”.

 

Entre sus cantantes predilectos estuvieron el Polaco Goyeneche, con quien grabó ciento veinte registros; Rubén Juárez, con cien registros y Floreal Ruiz, con veinte. Y para él, un músico de tanta calidad, el tango siempre fue un fenómeno inmenso. “Aunque no se escribiera más tango, hay para llenar el mundo de tango”, me dijo entonces.

 

Raúl Garello, virtuoso del bandoneón, se murió el 26 de septiembre de 2016, en Buenos Aires, ciudad que todavía lo llora y extraña.

 

 

 

 

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Raúl Garello, director, compositor y virtuoso del bandoneón.

Un coro de silbidos y otras melodías

(Crónica con tango, reos meditabundos y algunas películas con silbos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa hubo la cultura del silbido, tal vez porque papá la introdujo, con su capacidad para interpretar piezas del Caribe y una que otra canzonetta napolitana, como O sole mio. Tenía una manera peculiar de cambiar del genuino silbar, en el que los labios se recogen y se disponen como si se fuera a dar un beso, para transitar a otro que consistía en poner la punta de la lengua entre el paladar y los dientes, con una vibración de gracia y originalidad. Con esa misma técnica, llamaba a mamá o anunciaba su llegada, sin necesidad de tocar la puerta. Pero también hacía sonar con propiedad desde La pollerá colorá y Santa Lucía hasta El bobo de la yuca.

 

Y por tal cualidad, nos animamos sus hijos a silbar, como un contagio. No era raro que en un momento, en cuartos distintos de la casa, se alzaran melodías de juventud. De un lado podía emitirse Yesterday, al tiempo que, de otro, sonaba un fragmento de la Cantata Santa María de Iquique o una balada de Nino Bravo. Era común que nuestro hogar fuera silbante. Era una forma de ser, y también de no sentirse solo en determinado momento. “El que canta, sus males espanta”, se afirma en alguna parte del Quijote, pero en nuestro caso, era el que silba.

 

Aquel trabalenguas de candideces que decía “nadie silba como Silvia silba, porque el que silba como Silvia silba es porque Silvia le enseñó a silbar” era una tontada. Nosotros, cada uno de los cuatro chiflados, chiflantes y chifladores, además del silbador mayor que era papá, estábamos capacitados para recitales interminables, con trémolos, trinos, vibratos y demás matices expresivos. Aparte de cantar, nos entusiasmaban los silbidos. Los pájaros del vecindario a veces acompañaban nuestras entonaciones. Y, por lo demás, aparecían en los patios de casa para reforzar la silbatina.

 

A mamá, en cambio, el ejercicio le costaba. Mejor dicho, era casi un imposible sacarle una nota de esa manera. Tal vez por eso, con su voz de tiple, entonaba canciones casi todas tristes, de mares lejanos, de naufragios y despedidas. Para ella, los pasillos ecuatorianos, en las voces de mexicanos (como Margarita Cueto y Juan Arvizu), eran una cantera de desdichas musicalizadas. También le gustaban barcarolas mediterráneas y uno que otro tango gardeliano. Silbar no era su don.

 

En mi adolescencia “avanzada”, cuando ya estaba estudiando en el conservatorio de la Universidad de Antioquia, los ejercicios de solfeo los practicaba a punta de silbidos. Y me gustaba silbar trozos de obras de Schubert, Liszt, y, para recordar los días de serenatas estudiantiles, canciones de tunas, más bien simplonas. Había una, llamada El silbidito, que en coro nos hacía estallar en risas y los silbidos se destruían en una farra de recocha.

 

Me parece que en esos días felices a mucha gente le encantaba silbar. A veces, en las madrugadas, se escuchaban las bicicletas obreras y silbidos andantes por las calles recién amanecidas. Los hombres solos, sentados en bancas de parques, silbaban quizá como una manera de sentirse acompañados. Y me da la impresión que el silbar (a diferencia de lo que dice el trabalenguas citado) era más de hombres que de mujeres. Aunque en este aspecto no tengo certezas. Las muchachas de antes no estaban en esa onda, digo, porque, más que todo, sus inclinaciones propendían por el canto, debido, claro, a los juegos callejeros de pegajosas y rítmicas rondas.

 

En mi caso, era un silbador de categoría, facultad que se me redujo a casi la mínima expresión después de haber tenido hace años un tratamiento de ortodoncia. Quizá el canino que tenía medio torcido, con el enderezamiento me hizo perder “embocadura” y ya no fue lo mismo, pero algo siguió sonando. Sin embargo, ya no es un silbido de concierto.

 

No sé cuándo escuché por primera vez un viejo tango, de nostalgias italianas, que, bien lo dijo Borges, los inmigrantes de ese país entristecieron el gotán. Pudo haber sido en una pianola de bar bellanita. Era una pieza compuesta por Sebastián Piana y Cátulo Castillo, con letra de José González Castillo, de 1925, con versiones de Gardel, pero estrenada por Azucena Maizani: Silbando. Es un tango trágico, con brillos de facón y tajos fatales, mientras el eco transporta acentos de un monótono acordeón y otros lamentos. Pero lo que más me llamaba la atención  (bueno, todavía me seduce) era aquello tan categórico, sugestivo, de “un reo meditabundo va silbando una canción”.

 

Silbando es un tango con fuelles rezongones y traiciones de amor, con galanes y perros vagabundos. Y si el intérprete, el vocalista, no sabe silbar, o prescinde de ese mecanismo indispensable, se pierde la esencia, o, por lo menos, parte de ella. Da cuenta, por cierto, de una manifestación de la cultura porteña. En Buenos Aires casi todo el mundo silba al caminar, en el café, en la esquina, en el autobús. Es una ciudad de silbidos, de melodiosos silbidos callejeros.

 

En una película de Adolfo Aristarain, Martín (Hache), protagonizada por Federico Luppi y Cecilia Roth, el padre, que ya vive en Madrid, en una suerte de exilio, le dice al hijo que lo que más extraña de su ciudad, de Buenos Aires, son los silbidos, “la gente que iba silbando por la calle”. Y dentro de esos extrañamientos están los entejados, las callecitas del barrio, alguna esquina inevitable, pero Martín se queda con los silbidos, tal vez los que se escuchan en Barracas al sud, o en cualquier lugar de esa metrópoli.

 

Silbar tiene su gracia. Y su desgracia. Como ocurre en El vampiro de Düsseldorf, película de Fritz Lang, en la que el asesino silba un fragmento de Peer Gynt, de Grieg, con lo cual proporciona pistas para su identificación. Y un coro de silbidos se da en la épica banda sonora del filme El puente sobre el río Kwai, de David Lean, lo mismo que en varios de los spaghetti westerns de Sergio Leone.

 

A veces, la brisa de los recuerdos trae lamentaciones cantadas, pero, sobre todo, el eco de silbidos de adolescencia y juventud, en una casa en la que los pájaros se sentían opacados por la musicalidad sibilante de cuatro muchachos y un señor, todos con alas grandes y melodías de tiempos de tranquilidades.

 

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