Un festivo París bajo el cono azul

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En una carta, Ernest Hemingway, un escritor tan leído como imitado, advertía a un amigo, en 1950, que “si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida”. Y al autor de El viejo y el mar lo siguió la Ciudad Luz toda la vida, porque “París es una fiesta que nos sigue”. Puede ser la ciudad más cantada (bueno, otras le disputan ese privilegio: Nueva York, Roma, Buenos Aires…), pero, en todo caso, era en otros días una de las más mentadas, por ejemplo, en el tango argentino. Y hay que recordar que cuando París dio su beneplácito a esa música tremenda, perturbadora, a fines de la primera década del siglo XX, la burguesía porteña y la aristocracia (no la del arrabal) se prosternaron ante ese fenómeno extraordinario de la cultura popular del Río de la Plata.

 

Hemingway se dejó deslumbrar y querer por París, sin caer en la tentación de naufragar en la vorágine de la bohemia. Al contrario, se burló de aquellos “artistas” que creían que la borrachera y los desórdenes de los sentidos los inspirarían y mejorarían sus producciones. Y el escritor fue fiel a su vocación, en París y en todas partes donde estuvo. Y tal vez fue en esa ciudad de prodigios donde aprendió a escribir de un modo que hiciera efectos en el lector sin que este se diera cuenta.

 

Bueno, pero para cambiar de horizonte en el viejo París, el tango, o varios de ellos, como Marión, Anclao en París, La que murió en París, Madame Ivonne, Noches de Montmartre, tienen historias que se desarrollan en esa ciudad de poesía y alucinaciones, de cabarets y vidas licenciosas. Otro, de bar de esquina, es Bajo el cono azul, de Alfredo De Angelis y Carmelo Volpe, grabado en 1943.

 

En los cafetines de Bello, dotados de pianolas luminosas, se escuchaba la versión de De Angelis con la voz de Floreal Ruiz. La música se esparcía en el ambiente de botellas y copas, y salía a la calle, a chorros. Era atrapadora y suscitaba una cierta melancolía con sus acordes introductorios. No sé en cuál de aquellos bares tenían otra versión de ese tango, con la Orquesta Típica Víctor y la interpretación vocal de Alberto Carol, quizá con más musicalidad, o un no sé qué, un sentir inexplicable, que se me quedó grabado en los tejidos de la memoria.

 

Tiempo después, el mundo del teatro me hizo escuchar (y ver, porque las palabras se ven) aquel tango de otras maneras, siempre, no sé por qué, con una luna artificial sobre el recuerdo. “Bajo el cono azul de luz bailando está Susú su danza nocturnal…”. Una imagen de una muchacha iluminada en un escenario que casi siempre estaba solo, con una soledad que nadie entendía más allá de las luces. “Sola, en medio del salón se oprime el corazón, cansada de su mal…”.

 

En esa parte, a veces me preguntaba cuál sería su mal: si una enfermedad, que hay tantos tangos que se refieren a estados mórbidos, como los hay sobre mujeres que tosen y tosen, como Margarita Gautier, por ejemplo. Su mal pudo estar más en su dolor de ausencia: “veinte años y un amor, luego la traición de aquel que amó en París…”.

 

En ese tango —me parecía entonces— había una tristeza sin límites, un vacío existencial, una relación rota que deja huecos y abismos en el alma. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz azul de un reflector!”. Había (bueno, hay todavía, que cada vez que lo escucho hay una especie de desprendimiento interior) un lado de la tragedia, la de la muchacha azulada por la luz: “Bajo el cono azul envuelta en el tul gira tu silueta en el salón…”, sí, y yo creía que el azul era el color de la melancolía. Una melancolía pegajosa, agria y dulzona a la vez, que se aferraba a la piel y a la garganta en nudos.

 

La muchacha me daba la impresión de una inestable fragilidad, a punto de romperse,  o, desde otras perspectivas, a punto de quemarse cual mariposa desorientada por el calor del reflector. “Y yo desde aquí, como allá en París, sueño igual que ayer otra ilusión…”, y en esta parte de la canción surgía otro punto de vista, y la muchacha se invisibilizaba, se iba, era parte de un recuerdo de otro: “No sé si te amé… acaso lloré cuando te alejaste con tu amor…”. Aquí podría haber confusiones, quién narraba, a quién más le dolían las ausencias parisinas. Ella, allá, bajo el cono azul, y el otro, distante, en actitud de recordaciones.

 

“¡Triste recordar! ¡Sigue tu danzar!… Yo era solo un pobre soñador”. Y en este punto, tampoco sé por qué, París estaba presente en los que iban allá a soñar, a buscar otra luz, y en las ganas de estar en esa ciudad tan literaria, tan novelada. El tango emanaba de las gramolas, con irrigación de músicas en las calles, en las ventanas, en las esquinas de muchachos a los que el amor todavía no les había jugado ninguna mala pasada.

 

Y de pronto, el cono azul se iba diluyendo, porque la muchacha ya no bailaba bajo el chorro luminoso y más bien estaba llorando en las sombras del salón. Qué drama en tan pocas palabras, qué historia sugerida con algunas pinceladas verbales: “solloza un corazón su mal sentimental…”, ella todavía en París, y el otro, quién sabe dónde. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz de un reflector!”. He ahí la verdad de ese París de melodía, un espejismo, un brillo extraviado en la noche de los desamores.

 

Hace poco, y sin anunciarse, ese tango volvió a aparecer en mi entorno, y las brumas de un tiempo de ensoñaciones se despejaron, y ahí, bajo el cono azul de luz, volví a ver aquella muchacha, llamada Susú, quemada en la luz de un reflector.

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Don Leo, el de las empanadas gardelianas

(Retrato de un argentino que trajo nuevos sabores y tanto tango a Medellín)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Y desde el sur, y con el corazón mirando al sur y los proyectos al norte, llegó —montado en un viento de premoniciones de gloria— un argentino a Medellín. Era un gastrónomo, hincha de Vélez Sarsfield, que en una escuela especializada había “medio aprendido cómo envenenar a la gente”. En Buenos Aires tenía dos confiterías, una en Palermo; en el Barrio Norte, la otra. Era, según sus palabras, un trabajador maniático, con jornadas de vigilias y amaneceres, sol y luna juntos. Y medialunas, para saborear y vender.

 

Tanto laburo (y como decía un poeta: trabajar cansa) lo fatigó hasta el punto de que su médico le recetó un viaje terapéutico. Y que dejara de pensar por el momento en tantas deudas. Y en tales preparativos estaba cuando desde la lejana Medellín, sí, allá donde Gardel se tornó cenizas y mito en llamas, le llegó una carta de la cantante y saxofonista argentina Tita Duval, dueña con el marido (Roberto Rey) de un estadero de fama, El tambo de Aná: “Venite para Medellín. Aquí está el futuro”. El portador de la presagiadora invitación era otro cantante: Oscar Larroca, admirado por malevos que ya no son y otros camajanes de las barriadas de Medellín, Bello, Envigado, Itagüí…

 

Era una epístola en la que el impreciso azar, el aleatorio destino, ya configuraba una hoja de ruta para Leonardo Nieto. Aterrizó en Medellín en diciembre de 1960, comenzó negocios con Tita y el cónyuge de ella, pero tal determinación, venirse de la bella y misteriosa Buenos Aires hasta la provinciana e industrial ciudad de la “Eterna primavera”, casi le cuesta el divorcio. Su esposa y sus dos pequeñas hijas se habían quedado allá, mientras él, padre y esposo, se hartaba de lidiar borrachos, a los que, a veces, había que cargar hasta la salida.

 

En marzo de 1961, cuando ya su familia estaba en la ciudad, Leonardo y su hija mayor, Graciela, caminaban por la más seductora calle de entonces, la elegante y plural Junín. Y de pronto, la mirada avizora del gastrónomo se detuvo en los avisos y disposiciones de una repostería (después supo que era de unos catalanes, que la tenían desde 1957) llamada Versalles. Quizá le llegaron los aromas de una nueva vida. Los dueños la querían vender porque no había mucha clientela.

 

Y Leonardo Nieto la compró el 15 de agosto de 1961, la convirtió en una popular pastelería y heladería, que de pronto se vio atiborrada de consumidores de tinto y gaseosas y pandeyucas en forma de medialunas. Los “desplatados” se podían quedar allí el tiempo que quisieran con un pocillo de café, escuchando una hipnotizadora música ambiental. “Una vez, a una dama se le cayó el buñuelo, que rodó por todo el salón. Desde entonces seguí sacando buñuelos ovalados”, me dijo en una entrevista de septiembre de 1996.

 

Junín, la de los almacenes de lujo, la que ya tenía desde 1930 la repostería Astor, y en la esquina con Caracas, sobre la misma acera de Versalles, al café Miami; al frente los billares Metropol, y a media cuadra el exclusivo Club Unión, era una calle ineludible. La recorrían estudiantes del Cefa, con uniforme azul celeste a mitad de pierna, y toda una diversa muestra de viandantes. En la esquina con La Playa todavía estaba el edificio Gonzalo Mejía, con el Teatro Junín y el Hotel Europa.

 

Versalles se apegó al paisaje urbano. Se hizo parte imprescindible de la calle más sonada de la ciudad. Aquel café-repostería-restaurante  (que ya se parecía a una confitería porteña), comenzó a oler a churrasco y jugo de mandarina y pan francés. Después, se harían celebérrimas las empanadas argentinas. Al poco tiempo de su instalación, la tropilla de nadaístas, a la que habían expulsado del Miami, se hospedó en las mesas y sillas del lugar.

 

Llamaban la atención los “espanta beatas” del nadaísmo, entre los que estaban Gonzalo Arango, Dariolemos, Amílcar U, Jaime Espinel, Eduardo Escobar y otros. “Eran unos locos mansos. Dariolemos fue el que habló conmigo. Le dije que no me molestaba su visita. Yo venía de Buenos Aires, de todo el existencialismo. Y quería tenerlos ahí”, me contó Nieto en la citada entrevista de 1996, en la que agregó: “Hicimos un pacto: les dije que podían estar tranquilos en Versalles, pero que me colaboraran: en las horas pico, cuando yo trate de hacer un peso, ustedes me dejan el salón y después regresan”.

 

Los nadaístas, según Leonardo Nieto, más conocido como don Leo, constituyeron una suerte de prescripción contra el tedio. También una prohibida tentación para las colegialas de entonces, que pasaban por el frente y los observaban de reojo, para que el pecado fuera leve (o venial) y no mortal.

 

Dado el don de gentes de don Leo, Versalles se erigió en atracción de universitarios, intelectuales, profesores. También de los miembros de las ligas de atletismo y ciclismo, que allí tuvieron su sede. Por allí peregrinaron Cochise y el Ñato Suárez. El escritor Manuel Mejía Vallejo escribió, en el mezzanine, parte de su novela Aire de tango. La crítica de arte argentina Marta Traba estuvo entre sus continuos visitantes, lo mismo que teatreros como Santiago García y Enrique Buenaventura, en su paso por Medellín.

 

Versalles se colmaba de pintores, poetas, abogados, periodistas… En algún momento de su historia, Radio Visión realizó allí el Café del Deporte. Por el salón desfilaban futbolistas argentinos, y recalaron escritores como Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en distintas fechas.

 

El técnico de fútbol Osvaldo Juan Zubeldía, que lo fue antes de Estudiantes de La Plata, vino como entrenador al Atlético Nacional dados los buenos oficios de don Leo. Se conocían desde 1949, cuando ambos prestaron servicio militar en Junín, Argentina. A Zubeldía, don Leo lo bautizó como el “Piazzolla del fútbol” y así lo recomendó a Hernán Botero, entonces dueño del equipo.

 

Se puede decir, sin ambages, que tener un café, un restaurante, un lugar incluso como Versalles, no constituye mérito alguno. No sería más que un asunto comercial. Sin embargo, don Leo trasciende su salón y se torna un impulsador de cultura, en particular del tango. Los festivales internacionales del género fueron su aporte invaluable. Era el alma de aquellos en los finales de los sesentas y comienzos de la siguiente década.

 

El primer Festival Internacional de Tango, en 1968, en La Macarena, en el que participaron, entre otras estrellas, Aníbal Troilo, Edmundo Rivero, Tito Lusiardo, Tito Reyes, Enrique Dumas y Alba Solís, fue una concepción del dueño de Versalles. En alguna conversación con don Leo, se le encharcaron los ojos al recordar aquellas jornadas sesenteras de poesía, danza y música. Recordaba con emoción al bailarín Lusiardo, cuando decía, de rodillas, en un junio gardeliano de Medellín: “Carlitos, he llegado a este escenario para rendirte un homenaje, no con palabras sino con filigranas”. Lo único que Tito cobró para presentarse en esta ciudad, según don Leo, fue un frasquito de perfume para su esposa.

 

Relevantes artistas del tango llegaron a Medellín por las gestiones de Nieto, fundador de la Casa Gardeliana, en el barrio Manrique. Amigos suyos fueron Alberto Podestá, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingieri, Roberto Rufino, Roberto Ayala, Osvaldo Pugliese, Edmundo Rivero, Aníbal Troilo, Aníbal Arias, Osvaldo Montes y toda una pléyade de tanguistas.

 

La Gardeliana fue un sueño cumplido (una utopía) de un argentino-colombiano, que durante más de cincuenta años ha “hecho ciudad”, impulsado la cultura, dado toques exquisitos de gastronomía y puesto todo el corazón y el cerebro para que la presencia del gotán siga creciendo en Medellín. La muerte de la Casa Gardeliana, como un templo del tango (“la novia más cara” de Nieto), fue una especie de puñalada letal a un hombre que dejó parte de sus ánimos y afectos en su creación.

 

La figura paternal de don Leo goza del cariño de varias generaciones de medellinenses. Y su salón de té, café y churrascos sigue ahí, como un testimonio de calidad y de encuentros gozosos. Nacido en 1926, en Devia, Argentina,  Don Leo es parte sustancial de la cultura del tango, de los nuevos sabores que introdujo en la ciudad desde 1961 y de historias de bandoneones y filigranas dancísticas. Tiene alma de gorrión y de violín, y la generosidad repartida por todo su ser.

 

Supongo que todavía debe revivir con emociones jóvenes el momento cumbre en que un cantor de malevajes le entregó una cartita en la que unas palabras invitadoras pintaban futuro en la ciudad donde ardió sin consumirse el Zorzal Criollo. Y aunque su corazón siga mirando al sur, don Leo es y será de la urbe que, como misteriosa brújula, le marcó su norte.

 

Leonardo Nieto en el acto de entrega de la Gardeliana al Municipio de Medellín.

Marión, tango de juventud que no se olvida

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Esta historia de tango la comenzaré por el presente. En Facebook posteé el tango Marión, música y letra de Luis Rubinstein (1943), interpretado por la orquesta de Miguel Caló con la voz de Roberto Rufino. Nada extraordinario en este inicio. Rubinstein, como es fama, es autor de tangos inevitables como Charlemos y Cautivo y el que origina esta nota estuvo en la cuerda floja, en los entredichos de la duda, porque se le acusó de plagiar la música del tango Sentimientos.

 

Pocos minutos después de mi posteo en la red social, recibí en mi teléfono un mensaje suscrito por Ángeles Robledo, con una historia breve sobre Marión, un tango que hace años sonaba en todos los traganíqueles de las cantinas de Medellín, Bello, Itagüí y Envigado, y que se escuchó en ciertos bares por la orquesta chilena de Porfirio Díaz con la interpretación vocal de Jorge Abril. Por aquellos días, otro tango con nombre de mujer abundaba en las esquinas: Lilián, en la voz de Luis Correa.

 

El mensaje de la señora (supongo que sea una mujer la remitente) decía que cuando vivía en Manrique Central, un barrio tanguero de Medellín, en la carrera 44 con la calle 79, terminaba su jornada laboral a las tres de la tarde y el bus la dejaba en la carrera 45 (hoy conocida como Avenida Carlos Gardel) con la 80. Al bajarse —continúa el relato de la corresponsal— “le daba una moneda al joven, casi niño que trabajaba allí, para que me hiciera sonar Marión, y me subía la pendiente muy despacio para escuchar el tango…Me dolía, bueno, me sigue doliendo el tema”.

 

Cuando la leí, la historia me estremeció. Marión —que en el barrio donde me parece la escuché por vez primera era el Congolo, en el bar Florida, y creo que la versión que sonaba allí era la de Raúl Iriarte con Caló—, sí, Marión es un tango que duele a montones. A mí, que de adolescente poco o nada me decía su letra, pero de a poco se me fue pegando y tal vez por una especie de misteriosa ósmosis penetró en honduras cordiales, en sitios de la denominada alma que le abrió hospedaje. Había (hay todavía) una rara melancolía en ese tango, una dolorosa manera de contar sombras y sueños y “la angustia del adiós”.

 

El de Rubinstein es de los muchos tangos que nos llevan a París a presenciar romances truncos, dramones con aires trágicos, como, por decir, La que murió en París, o aquel otro de Cadícamo que se quedó Anclao en París tirao por la vida de errante bohemio, o Madame Ivonne, y así tantos otros. Marión, bello nombre de mujer, con aires bíblicos (María, Miriam), con acentos literarios como el personaje de Manón, y que en francés es un diminutivo de Marie, aunque nos suene como un aumentativo en castellano.

 

Es, sin aplazamientos, un tango removedor de vibras y fibras: “En la evocación vuelve a soñar mi corazón, y el sueño eres tú, Marión”, un comienzo delicado y contundente. Y luego una declaración que es definitiva y que anuncia con certeza que no hay lugar para la desmemoria, un nombre perseguidor, una imagen de mujer que jamás se irá: “Amor de mi juventud que no se olvida. Amor que llena de luz toda mi vida”. Nada que hacer. Las marcas están establecidas. Lo imborrable, lo permanente, se yergue como una bandera que ondea en las soledades.

 

“Sombras del ayer, con sus tristezas de canción, siempre me dirán: Marión”. Tuvo que ser una mujer, un amor, una imagen indeleble. Un amor al que las hipérboles no le caen mal y con el poder poético —y profético— de la evocación antes de que las motivaciones desaparecieran, antes de ser víctimas del devorador olvido. “Sueño de París que se enredó con la emoción de tu amor sin fin, Marión”, escribió Rubinstein, aunque algunos vocalistas no llegan a esa estrofa que habla del “perfumado rumor de la distancia”.

 

Marión, amor lejano. Claro que duele ese tango. La memoria revive pieles y besos y desdenes. Adioses. Hay un cielo que llora por los dos, por la que se fue y por el que se quedó. O viceversa. Un gran poder de recordación tiene ese nombre corto, nombre de mujer de enigma, que en las noches del barrio se regaba por las calles y nos llegaba sin saber uno que se quedaría guardado en los recovecos sensibles del “cuore”.

 

Marión, nombre de hebreo sonido, que en tango se volvió recuerdo, y que produjo en una mujer de un barrio de calles empinadas la gracia ineludible de ponerlo a sonar para escucharlo mientras ascendía la cuesta con lentitudes para no perderse sus armonías ni sus versos… Oh, Marión, “hoy solo queda el albor de tu fragancia”.

Pintura del artista argentino Fabián Pérez.

Un tango para después de mucho tiempo

 

(Mi reflexión, en la voz y el acompañamiento de dos uruguayos)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el paisaje sonoro del barrio era común, por la disposición de wurlitzers y Seeburgs en los bares de esquina, la orquesta de Francisco Canaro, con maderas y piano y violines y bandoneones, y bueno, en ocasiones uno escuchaba a los discutidores de café decir que era una cosa del otro mundo la tal orquesta del músico uruguayo, uno de los pioneros de la orquesta típica. A uno, en cambio, poco le importaban aquellas disquisiciones, ni menos aún las músicas que brotaban con majestad de aquellos aparatos que en las tardes y hasta media noche brillaban con luces fosforescentes en los que danzaban discos negros y uno que otro fantasma.

 

Después supe, cuando ya tenía años de patanerías y recorridos mundanos, que un tango que sonaba en aquellas pianolas y ponía a los concurrentes en silencio, como si se tratara de un ritual religioso, de una elevación sacrosanta que en vez de campanas tenía una invisible presencia de asuntos de trascendencia terrenal, era con la orquesta de Canaro (alias Pirincho) y la voz de otro uruguayo: Carlos Roldán, que también hacía parte de aquellas calles que eran pura melodía.

 

Poca atención le prestaba a lo que el cantor decía. Es que no era una manera musical de comunicarse con muchachos, no nos alentaba a vivir, ni a conquistar la naturaleza, el mundo, el cielo estrellado, sino, más bien, se trataba de una convocatoria a quedarse quietos, pensativos, como unos dolientes que no habían podido enterrar su muerto. Pero, eso sí, el que cantaba sí era ya un conocido en el entorno, como los que pasaban cada mañana ofreciendo periódicos, como el zapatero ambulante de la bicicleta, como los que vendían parva en canastas recubiertas por una tela limpia. Mas no nos importaba. Paisaje y nada más.

 

Sin embargo, no nos digamos mentiras, de tanta repetidera a tarde y noche en las pianolas de bella forma, máquinas que al principio tenían un encanto sin explicación para los que transcurríamos al frente de las cantinas y mirábamos desde las puertas el interior de un espacio que para los menores estaba proscrito, de tantas escuchaderas a uno se le iba pegando, así fuera sin conciencia, lo que decían los cantantes (¿de dónde serán?).

 

Y ni siquiera había la posibilidad de imaginar, ni por asomo a los más dotados para ese ejercicio, que años después esas músicas inevitables se meterían en lo más hondo, se instalarían en mente y corazón sin posibilidad de fuga. Y así pasó con Carlitos Roldán y aquel tango tremebundo y de corte existencialista: Mi reflexión. Al tipo, que era con Raúl Berón y Enrique Campos, de los más escuchados en barriadas como el Congolo y Prado, que eran las que caminábamos nocturnamente, se le invitaba a estar en los pianos con otro tango: Cristal, que, más que el reflexivo, se oía en la radio y hasta le gustaba a mamá, porque, según decía, cantaba un dolor con dulzura (“cristal tu corazón,  tu mirar, tu reír…”).

 

A un jovenzuelo nada le podría indicar ni alertar en lo más mínimo que un cantante dijera: “Pasó mi vida entre sonrisas y alegrías, / pasó mi vida en una eterna diversión”. Cómo iba a ser, si estábamos en las primeras de cambio, en los días sin dolores ni remordimientos. No había de qué arrepentirse, nada era pasado, ni futuro. El presente nos consumía sin darnos cuenta, y nosotros nos tragábamos el tiempo, cada día, como si no hubiera más. Sin saberlo, recogíamos la flor de cada jornada, como en un poema latino. La vida es ahora, a lo mejor algo así se pensaba, sin aires de importancia. Entonces no era pertinente para los mozalbetes aquello de “no encontré nunca la amargura en el camino / y con grave desatino brindé mi corazón”.

 

El tango de marras continuaba con la mención de los “compañeros de las noches de parranda” y cosas así. Nada nos hacía atenderlo (ni entenderlo), abrirle la puerta de la atención y los significados. Hay que decir que si entró en nosotros, fue por mecanismos que para entonces no comprendíamos. Ni idea. Por qué nos iba a conmocionar que un cantor dijera “ya están blanqueando mucho mis cabellos”, si lo único que se blanqueaba por aquellos contornos eran las paredes de algunas casas, con hisopo y la aspersión de una pintura barata que olía a humedad: la modesta cal.

 

A un jovenzuelo no le entraba aquella verdad inocultable (ni disimulada con maquillaje) de “ya tengo huellas hondas en mi frente”, si la nuestra era lisa, lozana, reciente. Que no nos adelanten la vejez, pudiera haber dicho uno, pero nada se dijo. Se ignoró la canción y eso fue todo… Dice uno. Porque de todas maneras llegó el después. Y el tiempo abrió otras sensibilidades, enterró días de “tierna juventud” y arrimó cuerpo y espíritu a madureces y pensamientos. El gotán advertía que era “muy tarde ya para reflexionar / no quiero, no quiero ni pensar”. La voz de Roldán dramatizaba. Enfatizaba ocultos dolores. Y la orquesta ayudaba a la puesta en escena de una situación de vacíos, de decaimientos ineluctables.

 

Y de súbito, sin advertencias ni prescripciones médicas, nos vimos en el espejo y las señales del tiempo, como lo dicen tantos tangos, estaban en la frente, en el cabello, en la piel. En el alma y los almanaques. “Los años han pasado así volando / amarga soledad fueron dejando”. La interpretación de aquella voz que nos acompañó en buenos tramos de la adolescencia, pero sin ser escuchada, estaba ahí, susurrando, casi llorando, diciéndonos al oído, con tranquilidad y certeza, que todo se va.

 

Hoy, cuando de vez en cuando escucho ese tango de tiempos muertos, las pianolas del barrio danzan con temblor en el recuerdo, con una sonrisita de burla por los que ya no son parte de las suavidades de la juventud, pero, increíble, también arrugan el ceño (que esos aparatos tienen ceño, señores) como si se entristecieran con la categórica caída del telón: “quién puede remediar ahora / este vacío en mi corazón”. Escuchen y no lloren, a ver si son capaces.

 

Pintura de Hugo Luis Pimentel_El pensador

 

Nunca estuve tan triste como hoy

(Conversación con Mariano Mores, el de Cuartito azul, Gricel, Uno y Adiós, pampa mía).

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B. Mariano Mores, leyenda del tango, murió hoy 13 de abril de 2016 en Buenos Aires (nació el 18 de febrero de 1918). En junio de 1992 hice en el barrio Manrique, de Medellín, una nota con él, que luego se incluyó en el libro Las plumas de Gardel y otras tanguerías (Reinaldo Spitaletta, 2015).

 

¿Quién no ha desarrugado los pliegues de su alma al escuchar Cuartito azul? Esa música es como una despedida. Hay en tal tango nostalgioso un adiós permanente. Pero también una bienvenida. Nadie jamás imaginó que su compositor, Mariano Mores, pudiera algún día pisar el asfalto de Manrique, barrio-bandoneón, imprescindible en la tanguería de Medellín.

 

Pues bien: ahí está, de negro hasta los pies vestido. Sube, lenteando, las escalas de la Casa Gardeliana, en la 45, hoy llamada avenida Carlos Gardel. Y en su cara de comediante se prende una sonrisa cuando ve la iconografía de asombro que cuelga de las paredes.

 

Ahí está Mariano, Marianito Mores, del que alguien una vez dijo que era “el músico del pueblo que dio señorío al tango”. Ahí está, medellineando en Manrique, casagardeliando, el pibe de sesenta años que creció en el bonaerense, el muy porteño barrio San Telmo, y que un día de 1938, cuando vivía en la casa marcada con el 24-10 de la calle Terrada, barrio Villa del Parque, compuso la melodía dolida de Cuartito azul.

 

Ahora se sienta frente a un Gardel que le sonríe desde el muro y muy cerca de un antiguo piano, silenciado para siempre, el mismo que, alguna vez, tocó Osvaldo Pugliese en esta manriqueña casa de recuerdos. “Gardel no era cantante de tangos. Él inventó el tango”, dice:

 

—¿Cuál es la historia de Cuartito azul?

 

—Yo vivía a una cuadra de la casa de Mirna, mi novia. Nos habíamos separado amigablemente para que cada uno hiciera su vida, cosas de juventud, vos me entendés. Mi casita era modesta, con una azotea y un cuartito de dos metros por tres y una ventana de cuarenta centímetros por cincuenta. Por ahí se asomaba el sol. Yo sentía una nostalgia tremenda porque ya no podía hablar con Mirna. Pensé en crear un tema que podía quedar para la historia. Dedicado a ella, mi ilusión. Yo tenía 17 años. El cuartito lo pintaba cada veinte días con azul de lavar ropa y cal, no había para otra cosa porque yo tenía que mantener a seis hermanos y a mi mamá. Desde los 14 yo era huérfano de padre. Con Cuartito azul descubrí que tenía facultades de creador, de compositor. Quería hacer un tango novedoso. Ahí comenzó mi historia.

 

“Si alguna vez volviera la que amé / vos le dirás que nunca la olvidé”. Tiempo después, este tango de Mores, con letra de Mario Batistella, se convertiría en un éxito mundial y, de paso, contribuiría al acercamiento, al reencuentro, entre Mirna y Mariano. Hoy son marido y mujer. Como un desenlace de novela rosa

 

En 1939, la orquesta de Francisco Canaro graba Cuartito azul. Luego lo hacen otras agrupaciones. Ignacio Corsini la interpreta con guitarras. Sin embargo, es en Montevideo y no en Buenos Aires donde el tango de Mores se gana primero la simpatía del público.

 

Mariano Mores era todavía un muchachito imberbe cuando ingresa en la orquesta de Canaro, vinculado por el comediógrafo Ivo Pelay. Era el benjamín del grupo.

 

Al principio, es el arreglista de coros. Luego, gracias a su talento, realiza orquestaciones. “Canaro ve todo eso y me permite dirigir la orquesta. Yo fui el único que, en su ausencia, la dirigió. Él se encariñó conmigo. Y yo, que solo me iba a quedar un mes con él, permanecí diez años”.

 

Marianito (como le dice todo el mundo), el mismo que ahora está sentado en Manrique, en la casa-museo de Gardel, participó en los años cuarenta en filmes como Corrientes, calle de ensueño, La voz de mi ciudad, La doctora quiere tango. Era un galán. Y le gustaba figurar. Su ego tenía que explotar de alguna forma. “Cuando el cine me hizo confundir entre el compositor y el galán, ya no quise saber nada de él. Entonces me aislé y con mucho éxito”.

 

Alguna vez se habló de que Mores sería el sucesor de Canaro en la orquesta. “Pero eso no me entusiasmaba. Yo tenía mi personalidad y buscaba otro tipo de orquesta, que fue lo que hice después con mi propia orquesta, con la orquesta de Mariano Mores”.

 

—¿Cómo es el proceso de su composición?

 

—Yo no escribo sobre letras. Primero hago la música y después que le pongan lo que yo quiero. Yo doy el argumento. Voy pintando y viendo cosas…

 

—Cuénteme sobre La calesita

.

—Está hecha sobre un stornello italiano que mi madre cantaba. Cuando yo tenía tres años y medio, en el barrio San Telmo había frente a mi casa una empresa inglesa y los empleados salían a las cinco. Yo tenía un tití amaestrado. Yo quería tener plata para ir a la calesita, y entonces sin que se dieran cuenta mis padres, yo cantaba a esa hora un tango llamado Patotero sentimental. Lo hacía a media lengua, así: “Patotelo ley del bailongo / patotelo ley del bailongo / patotelo sentimental / en mi vida tuve mucha mina / pero nunca una mujer”. Mi pelo era rubiecito y con rulos, y la gente se enloquecía viéndome y oyéndome. Estiraba la mano por el balcón a ver si aparecían las monedas, pero se las tiraban al mono, que era loco y agarraba todo, las bananas, los plátanos. Las monedas me las daba y yo las guardaba. El fin de fiesta era el domingo y le decía a mi abuela: “¿Me llevás a la calesita…?”. De grande pensé en dedicarle eso a mi madre. Con el tema del carrusel empecé la música. Luego, mi gran amigo y colaborador, Cátulo Castillo, gran admirador mío, me hizo la letra.

 

—¿Cómo la iba con sus letristas?

 

—Casi siempre tenían que repetir la hazaña de poder hacer algo mejor. Lo íbamos depurando. No era una letra, sino que terminaba en varias versiones, diez o quince, algunas con cuartetas diferentes. Con el único que nunca intervine y le di amplia libertad para el argumento fue a Discépolo.

 

—Ah, ¿cómo fue su relación con Enrique Santos Discépolo?

 

—Fue linda y tierna. Era un hombre que hacía su música y sus versos, a la vez. No tenía colaboradores. Con el único que tuvo esa deferencia fue conmigo. Yo, muy jovencito, le di dos temas: Tango argentino y Cigarrillos en la oscuridad, que después se convertiría en Uno.

 

—Amplíeme lo de Cigarrillos en la oscuridad.

 

—En la calle Corrientes había una confitería llamada La Real, donde se reunía la gente importante de la noche en Buenos Aires: Julio de Caro, Razzano (que me introdujo allí), tantos… Yo me tomaba solo un cafecito. Había un salón grande con un maravilloso piano de cola. Una noche estaban allí Cadícamo, Charlo y otros. Voy al piano y empiezo a preludiar y a memorizar un tema (tararea la introducción de Uno). Lo único que yo veía eran manos con cigarrillos encendidos y una media luna de gente que me escuchaba. Eso me emocionó. Continué las frases musicales hasta terminar el tango. Le di el tema a Discépolo y al mes le dije “¿cómo va la cosa, te gusta…?”. “Dejámelo que va a salir algo bueno”, me dijo. Pasaron dos, tres, cuatro meses. Y nada. Yo tenía otro tema grande: En esta tarde gris. Después, saqué a Gricel y con Contursi hice Cada vez que me recuerdes… Entre tanto, pasó el tiempo y Discépolo no me decía nada. Pasaron tres años, era 1943 cuando Discépolo se aparece con la letra de Uno, que él tituló primero Si yo tuviera el corazón.

 

Discépolo traía su poema en un papel tan largo como una sábana y Mores, al verlo, pensó que esa letra era tan extensa que no la memorizaría nadie, sobre todo en una época en que se escribía concisamente, tal vez por el influjo del bolero. Cuando Canaro la leyó, dijo: “Esto está muy bueno, va a ser un éxito”. Sin embargo, la Secretaría de Cultura opinaba entonces que los tangos debían tener otra modalidad y otros contenidos, y prohibió la letra de Uno, que todavía no se llamaba así. La gente, en los cafecitos, la pedía levantando el índice derecho, como si dijeran “uno”. Y así se quedó para siempre.

 

Mariano Mores, el de Adiós, pampa mía, Cristal y tantos otros temas, siempre dio preferencias a los buenos poetas como Cadícamo, Discépolo y Cátulo Castillo. ¿Y qué pasó con Homero Manzi?

 

“Homero Manzi –dice Mores– era un gran lírico, una maravilla. Cuando estaba ya postrado, lo visité y me dice: ‘Pensar que ya me voy y no he escrito nada contigo’”. Eso me dolió tanto. Nunca te pedí nada, le dije, porque como estaba Troilo de por medio, un hermanazo, vos con él te manejabas tan bien. Mirá, tengo un tango que se llama Malambo, si querés ponele letra. Y de ahí nació este tema (lo canta): “Una lágrima tuya me moja el alma / mientras rueda la luna por la montaña / no sé si ha llorado sobre un pañuelo, / nombrándome, nombrándome con desconsuelo”.

 

—Y ahora, con la ausencia de tantos poetas, ¿qué pasará con el tango?

 

—No  solo de poetas, sino de músicos. Ya no sienten el tango como antes. Yo hago lo que puedo. He luchado denodadamente para seguir saboreando lo que nace del barro, de la tierra, de la piedra, de las esquinas… el tango que trajeron nuestros inmigrantes…

Ahora, Mariano Mores baja, lenteando, las escalas del recuerdo. Se para en el asfalto de la tanguera 45 y camina, con una placa en la mano, hacia la estatua de Carlitos Gardel. “Lo mejor que me ocurrió como artista es haber llegado a Medellín”, dice. Es la hora de los adioses. Y de las bienvenidas.

 

(Medellín, 14 de junio de 1992)

 

Marianito Mores, compositor, pianista, director de orquesta  y artista de tango.

 

 

 

Los pájaros extraviados de Prévert

(Con un canto en voz baja de Las hojas muertas y azulejos fugaces)

Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé qué fue primero: si leer un poema de Jacques Prévert en el que aletean pájaros irreales, o que mis ojos se desviaran de las hojas blancas (quizá hojas muertas) del libro titulado Paroles, y ver en el carbonero que esparce sus brazos generosos sobre la carrera San Martín unos azulejos que alborotaban ramas y picaban en las hojas allá y más allá. El ventanal de amplias claridades dejaba mirar con nitidez a las saltarinas aves y en algún momento me estremeció la posibilidad de que esos pájaros se hubieran escapado de las palabras del poeta francés: “Lluvia de plumas plumas de lluvia La que amabais ya no está más…”.

 

La mañana reciente se metía por la vidriera, con los brillos de un martes luminoso en el que trabajar no era una de las prioridades del día. No sé por qué me había dado por volver al poeta, cuando, en realidad, tenía sobre la mesita de lectura Las olas, de Virginia Woolf; Hija espiritual, de Alfonso Castro, y un reciente libro de ensayos de Memo Ánjel, titulado Sin parasitar. Les había dado hojeadas en el principio, y después, como impulsado por una ráfaga invisible de ganas de un poema (¡ah!, ya había desayunado jugo de naranja, granadillas, chocolate con galletas saladas y dulces, queso y mantequilla), busqué el librito de aquel autor que pasó por el surrealismo, padre (eso dicen) del cadáver exquisito, que escribió guiones para filmes de Marcel Carné, que algunos de sus poemas han sido cantados por la Piaf y Montand y la Juliette Gréco, y del cual sus Hojas muertas han sido versionadas en no sé cuántos idiomas y tiene infinidad de grabaciones…, que una colega periodista, que no volví a ver (yo la apodaba Robertica), tenía más de doscientas de ellas.

 

Me topé así no más, con Desayuno, que parece una descripción anodina, pero de honduras inconcebibles en un acto que, por otra parte, ha sido pintado por impresionistas y hasta por pintores de brocha gorda: “Echó café En la taza Echó leche En la taza de café Echó azúcar En el café con leche Con la cucharilla lo revolvió…”,  y el poema termina con una imagen de tristezas que, no sé por qué, me evocaron un tango: “fueye, no andés goteando tristezas, / fueye, que tu rezongo me apena”. Pero también me llegaron las ondas sonoras de otro poema de Prévert que hace tiempos un muchacho universitario, cuando éramos parte de las juventudes surrealistas-realistas del Alma Mater, El fusilado, recitó muy cerca de la fuente central: “Las flores los jardines las fuentes las sonrisas / Y la alegría de vivir / Un hombre está caído y bañado en su sangre / Los recuerdos las flores las fuentes los jardines / Los sueños infantiles…”.

 

Estaba desconcertado. Afuera, los azulados plumajes continuaban en movimiento. Adentro, recordaba así sin proponérmelo lo soñado horas antes, cuando torné a ver a un hombre muerto hace años, en Venezuela, accidentado en una carretera. Se llamaba Ismael, como el narrador de Moby Dick, y en el sueño lo único que conservaba de cuando lo conocí era la estatura baja, porque su cara no era la misma, tampoco su  flacura, pero, sin dudas, era él, que habitaba tras volver de tiempos de dificultades, en una caserón dividido en dos partes, muy bien amoblado: una para él y su negocio de imprenta, y otra para una de sus hijas…

 

No sé si fue el sueño el que, con los misterios de la inconsciencia, me hizo volver a Prévert y a sus Paroles, que parecen burlas muy bien concebidas, pero, a su vez, tristecerías combinadas con una ironía sutil, que, como en otro tango, uno puede gritar: “¡cuánto dolor, que hace reír!”. Y ahí estaban las palabras vivas de un poema titulado Para hacer el retrato de un pájaro (los azulejos seguían en el carbonero): “Pintar primero una jaula con la puerta abierta pintar después algo bonito, algo simple, algo bello, algo útil para el pájaro…”. Quise seguir las instrucciones poéticas, pero, aparte de que soy perverso para dibujar, nunca me han gustado los pájaros encerrados, y pensar solo en que esos azulejos que ahora disfrutaban aire y luz y hojas y cortezas estuvieran en una jaula, me hizo lagrimear. Así que se quedaría sin firmar mi obra maestra de unos azulejos encerrados en una pintura sin principio ni fin.

 

Después, o pudo ser antes, que las lecturas de poemas y los vuelos exteriores de pájaros azules pueden confundir, llegaron Las hojas muertas, y no sé por qué sentí una especie de desvanecimiento sentimental, como un lejano dolor, el recuerdo confuso de una historia de amor diluida en el pasado:

 

Es una canción que nos acerca
Tú me amabas y yo te amaba
Vivíamos juntos
Tú, que me amabas, y yo, que te amaba…
Pero la vida separa a aquellos que se aman
Silenciosamente sin hacer ruido
Y el mar borra sobre la arena
El paso de los amantes que se separan.

 

Después —no sé si hubo algún lagrimón— volví a los poemas de pájaros, como uno que habla de un gato que a medias ha devorado al “único pájaro del pueblo” que, a su vez, el “único gato del pueblo” ha convertido en un muerto que una niña lleva a enterrar mientras llora con aflicciones sin fin. Qué poeta doloroso y risueño, burlón y satírico, era el señor Prévert, que se murió a los 77 años, y no sé si a sus funerales fueron los pájaros de la desesperación, o los que se fugaron de las jaulas pintadas, o los azulejos que hasta hace poco estaban en el carbonero enorme de mi calle y que parece los devoró un gato invisible o los alejó la contaminación de exostos de motos y carros que asustan los pulmones y matan a los perdidos pájaros prevertianos.

Tangos del tiempo loco

(Por recordar, un tantico, aquello de “quién tiene tu amor”)

Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Hey!, bacán, “fueron años de cercos y glicinas”, ¿sí o no?, te acordás, hermano, “de la vida en orsai, del tiempo loco”, días de estar cerca a las pianolas, tirándole monedas hasta que se atragantaban, para que brotaran voces de honduras, como las de Rivero y Berón, pero también, claro, no faltaba Rufino, ni aquel valsecito cantado por Podestá, que nos ponía a soñar con recuerdos de asfalto, y nos llevaba a caminar por el barrio que nunca dejamos, ¿verdad?

 

Había unos manes con la “frente triste de pensar la vida” y uno no sabía qué decirles, esquiniando; o estaban con la cabeza contra la mesa, como si lloraran a escondidas. Eran días de atardeceres amarillos, cuando la juventud no se había ido, y el percal sonaba con su frufrú atrayente, colegialas pasando por enfrente, falditas a cuadros, medias a la pantorrilla, lindas todas. Y vos ahí, junto a la luz de los neones recién encendidos, viéndolas transcurrir y pensando que un día también, como aquel hombre que tenía la cabeza sobre la mesa, envejecerían. Pero ya para esos días vos no estarías por ahí. Y quizá, en ninguna parte.

 

Eran  días de cafetín, del mismo que en sus mesas aprendimos filosofías, juegos de azahar, manejos de puñal bien brillado. Nos queríamos parecer a un tango, o, más que a esa música inevitable, a algún guapo de canción. Soñábamos, claro, porque a veces solo estábamos para los sueños, soñar y nada más, qué tanto daba. No pensar en trabajos, que trabajar no era para nosotros, garufas, muchachos muy divertidos. Nada de perder el tiempo en trabajos. Nada de pensar en fábricas ni en tornos de mecánica.

 

Era un tiempo sin medida, que pasaba y pasaba, pero de eso no nos enterábamos. Para qué, si había voces que nos decían “si soy así ¿qué voy a hacer? Nací buen mozo y embalao para querer”. Y en ocasiones, estábamos en esas, metidos en un café de barrio, escuchando, por decir algo, aquello de “Trasnochando como todo calavera”, o al viejo Ángel Vargas con su bruja, que había no sé quién que lloraba cuando escuchaba aquello de “La bruja, que ayer fuera reina de todo mi ser, hoy, roto el encanto, no es más que mujer”. Pero el encanto del bar, ni el de las voces, ni el de los vasos con cerveza, ni de los pocillos de tinto, nada de eso se rompía.

 

Un día, se escuchó la voz de Godoy, con una orquestita de pipiripao, como me acuerdo que dijo el Negro Ricardo, que era un tipo duro para la tanguedia, y también para el baile tropical, y se escuchó, digo, con aquello de “aquí estoy, ya nada valgo, soy apenas un pasado, un pasado bullicioso que arrasara tu maldad”, y el grone quebró, ahí sí, con rabia, un vaso, y dijo que ese man no vocalizaba y se armó la de dios es cristo, porque del otro lado del bar, estaba no sé quién, creo que era un man de Prado, de los que frecuentaban el Torrente y el Viejo Café, y advirtió que si no le gustaba que bien se podía ir de allí, o que salieran a la acera, para no hacer quedar mal la cantina, a darse golpes o puñaladas.

 

El Negro Ricardo se echó a reír, y dijo que no se iba a hacer matar por un cantante de montoneras y que para él eran más dicientes Enrique Campos con Tanturi y Jorge Ortiz con Biagi. Bueno, no pasó nada, porque por allá nadie estaba para darse faconazos, o dejar navajas clavadas en barriga ajena, que más que todo se usaban, mejor dicho, se mostraban, se exhibían en una faena de limpieza de uñas y tal vez para que los otros supieran que esa también era una manera de “mancarse”, por si las moscas.

 

Lo que sí llamó la atención una noche, cuando el mismo Juan Carlos Godoy estaba interpretando su canción insignia, o por lo menos, la que sonaba todas las jornadas por aquellos andurriales, de “quién tiene tu amor ahora que yo no lo tengo” es que se vio al Negro Ricardo llorar, tras haberse tomado no sé cuántos aguardientes, porque, según se rumoró, le habían puesto una cachamenta que lo tenía al borde de una tragedia, pero no la de matar a su exnovia ni al amante de aquella, sino de tirarse de un quinto piso

 

Verdad que aquellos fueron tiempos locos, de revoltura de tango con canciones de pelo largo; de quedarse unos y otros ejerciendo la amistad con bandoneones y guitarras eléctricas, una mazamorra de acordes, de letras poéticas que nos ponían a llamar muchachas cuyos nombres flotaban en el adiós, con aquello de “cuando me besas yo no lo niego… donde yo soy juguete del azar… y en tus manos soy el títere profano con sueños vanos de querer…”, que no sé quién muy culto o muy posudo decía que éramos todos “un juguete del destino”, como en Romeo y Julieta.

 

En todo caso, con el tiempo transcurrido (gastado), llegaron los recuerdos. Los bares aquellos ya no estaban, tampoco los muchachos de entonces, ni el Negro Ricardo, ni las colegialas de medias largas. Todo se había ido, como en un tango: “Dónde estarán Traverso, el Cordobés y el Noy, el Pardo Augusto, Flores y el Morocho Aldao”. No supimos nunca quién tenía el amor de aquella muchacha. Todo, volvía a decir un cantor eterno, se lo ha llevado el almanaque. Y con los años, la voz gangosa de un poeta ciego nos lo corroboraba: ¿Dónde estarán? pregunta la elegía / de quienes ya no son, como si hubiera / una región en que el Ayer, pudiera / ser el Hoy, el Aún, y el Todavía”.

Pintura de Franco Iturraspe

Flores del alma o un vals del adiós

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era como una despedida. Cuando lo escuchaba —más que todo, la música emergía de pianolas bien iluminadas— en cafés de barrio, se me formaba un nudo en la garganta y no sabía por qué. En la letra del vals había (hay todavía, claro) una mezcla de memoria y olvido, de júbilo y desgracia, que dolían, pero, a su vez, alegraban porque no era una tragedia. Era (es) una revelación, con ingredientes de promesa y de consuelo.

 

La común, la que molían con frecuencia, era la versión de Dante y Martel, con la limitada y popular orquesta de Alfredo de Angelis, y no sé si había otra interpretación de bar. Es posible, pero no la recuerdo. Comenzaba con unos versos que, para esos días, me parecían plenos de gloria: “Recuerdos de una noche venturosa que vuelven en mi alma a florecer”. Producían imágenes, tal vez las de muchachas que esperaban en balcones, o tal vez en ventanales, a que su amor —el amor— apareciera en una esquina.

 

Recuerdos que se fueron con el tiempo, presiento que reviven otra vez”, y había en la continuación, una como lucha entre el hoy y el ayer, lo ido y lo que vuelve, lo que está y lo que ya no es. Uno, claro, lo escuchaba de corrido, sin pararles muchas bolas a cada verso, sino a la generalidad, o a veces, todo quedaba sumergido en una confusión, en un borroso episodio, en el que había amores y desilusiones.

 

En la segunda estrofa llamaban la atención, quedaban resonando, la noche, la soledad y la luna, y después arribaba el olvido y aquello —como una constancia existencial— de “tú sabes que te quiero y te querré”, a manera de certeza, como si el paso del tiempo no alterara nada y todo pudiera cumplirse como se dice y se aspira en el presente, o se imagina o se presiente.  “A nadie quise tanto como a ti”, que suena bien, es, si se observa con detenimiento, un lugar común de los enamorados o de los que en ese trance estuvieron. Y después, (¿si habrá después?) se llega a saber que todo ha sido una ilusión.

 

El vals, escrito por Alfredo Lucero Palacios y Lito Bayardo, con música de Juan Larenza, termina con una partida y la “amargura del adiós” para llegar a la conclusión, entre categórica y dudosa, de “acaso con los años me hayas olvidado, ¡pero nunca yo!”. Pasaron muchos años, no sé cuántos, sin escuchar el valsecito dulce y tristón hasta cuando vi la película Tango, de Carlos Saura, en la que lo interpretan Viviana Vigil y Héctor Pilatti y entonces tuve unos chispazos de recuerdos de adolescencia, cuando en bares de obreros y vagos, sonaba de vez en cuando en los traganíqueles.

 

No es que haya sido, lo confieso, una valsecito entrañable para mí, como sí lo son, por ejemplo, Bajo un cielo de estrellas, Pedacito de cielo o Romance de barrio. Se mantenía guardado quién sabe en qué territorio ignoto hasta cuando escuché una versión electrizante, muy vieja y bella, de la orquesta de Pedro Laurenz, con la voz de Martín Podestá, al que solo le permiten cantar las dos primeras estrofas, porque el resto lo hace la orquesta de un modo de maravilla, con fraseos delicados y contundentes, con sentimentalidad en los instrumentos, y entonces me recorrieron recuerdos y ensoñaciones.

 

Una canción como esta, quizá elemental, y por eso mismo sentida, hospeda tiempos y geografías idas, fragmentos de memoria, la brevedad del ser. Ilusiones perdidas. Está hecha para los adioses, para las despedidas de gentes y cosas que jamás volveremos a ver, algunas de las cuales pueden ser parte del olvido, que pocas flores tiene.

 

Fotograma del filme Tango, de Carlos Saura

Podestá, dorada voz bohemia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde que éramos chiquitos, la voz de ese caballero que apenas pude ver de cerca cuando ya el tipo tenía casi ochenta años, nos acarició el oído pero sin que fuera una atracción ineludible ni una necesidad existencial. Emanaba de unos luminosos pianos con teclas y ranura que engullía monedas y que a veces, desde las puertas del bar, uno se extasiaba mirando el juego de luces, el movimiento de traslación de los discos negros y después la voz del cantor que uno no se molestaba en entender, porque, claro, lo que él decía era, según me di cuenta mucho después, para gente que tuviera recuerdos y algún dolor, tal vez una ausencia y vida acumulada.

 

Apenas era un chicuelo, pateador de pelotas callejeras, miembro de patotas esquineras, estudiante de escuela y luego de un liceo sin alcurnia, y en los días, o más preciso, en las noches del barrio, en los cafés de esquina, se erigía una voz bien timbrada, entre otras, también varoniles y recias, y era la de aquel señor que se iba a morir muy viejo y con la voz exhausta, pero que entonces “era una voz de oro”, como le escuché decir a un parroquiano ebrio en una mesa de bar.

 

Y la voz aquella se me fue quedando en los recuerdos. En una memoria oculta, que se evidenció cuando yo ya había dejado de ser un muchacho de arrabal y, caso curioso, me interesaban las letras de tango con arquitectura de barrio y romances truncos. Y de pronto, fui consciente de aquella voz (como también de otras voces) que cantaba un vals, que años después, cuando mi calle, mi cuadra, mi manzana eran ya una lejanía confusa, “mucho tiempo después de alejarme, vuelvo al barrio que un día dejé…”, me hacía llorar por dentro. Y lo adopté como himno de los regresos, con aquellas coordenadas y puntos cardinales de los sentimientos perdidos. Y recuperados.

 

La pianola de luces curvilíneas era la habitación de aquella voz que decía “percal, ¿te acuerdas del percal?, tenías quince abriles, anhelos de sufrir y amar…”, pero era difícil que nos engrupiera, que nos hiciera concentrar en aquellas palabras, porque, claro, no teníamos edad para tanta poesía de calle y dramas de tiempo, que el tiempo no existía, o tal vez solo estaba el presente, aunque no era una reflexión que uno hiciera mientras miraba pasar muchachas de minifalda y tenis blancos o pensaba en la película del domingo.

 

El tango de entonces, que el señor cantor casi nos decía al oído, continuaba con aquello de “la juventud se fue, tu casa ya no está, y en el ayer tirados se han quedado acobardados tu percal y mi pasado”, pero menos que nos seducía, porque qué carajos era un percal, y qué era esa manera de decir que la juventud se había ido, cuando ahí estaba, presente, compareciente, sobre aceras y asfaltos, caminando hacia una esquina de sueños y risas permanentes.

 

Y la voz del mismo señor, tal vez con otra orquesta, pero en el mismo tragamonedas musical, decía que “¡Cuánta nieve hay en mi alma! ¡Qué silencio hay en tu puerta! Al llegar hasta el umbral, un candado de dolor me detuvo el corazón…”, y esa canción, lo confieso ahora, sí dolía, no sé por qué, tal vez por la manera de decirla, o porque al final de cuentas hablaba de la nada, “nada queda en tu casa natal…”, y también años después el mensaje de aquel tango se nos reveló con todo su existencialismo y desazón sentimental.

 

Sí, claro, un poco de canciones que flotaban en la barriada (y en los adioses), que a veces se escuchaban en la radio, y eso porque mamá o papá las sintonizaban, y ahí también sonaba el hombre que ya nos había hablado, cantando, del fracaso, de auroras, de milagros, de corazones heridos. Y de la bohemia.

 

Ese tango sí me puso a desvariar porque quizá le puse atención cuando ya la juventud, vaya coincidencia, se estaba yendo. Se llamaba (bueno, se llama todavía) Alma de bohemio, y aquella voz parecía darse gusto en la interpretación, en la manera de vocalizar, en los matices: “Si es que vivo lo que sueño, yo sueño todo lo que canto, por eso mi encanto es el amor. Mi pobre alma de bohemio quiere acariciar y como una flor perfumar”.

 

Alberto Podestá era el cantor del barrio. Bueno, eso digo porque sonaba mucho en las rocolas, en esa de mi esquina olvidada, y el sostenido de la voz de aquel bohemio, de su alma, nos ponía en trance, cerraba uno los ojos para ver mejor “las cosas más bellas”, que el cantor hablaba con las estrellas, con la “loca poesía” de su corazón.

 

Me parece que, a la distancia, vuelvo a ver hombres con las cabezas sobre las mesas de bar, en una especie de concentración dolorosa, y la ebriedad en toda su agonía, mientras el cantor pronunciaba con una voz de drama: “¡No estás! Te busco y ya no estás. Espina de la espera que lastima más y más… ¡qué largas son las horas ahora que no estás!”. Era el mismo Podestá, el mismo que siguió cantando después de viejo, y al que se le quebraba la voz en las noches de su Buenos Aires querido, en el Viejo Almacén o en un café de San Telmo. El mismo Podestá que ya no está.

 

Resulta que el señor se ha muerto de noventa y un años, y una noche de hace años, mejor dicho, de la primavera porteña de 1998, en una mesa de café, al lado de unas viejecitas amables que no sé quiénes eran,  y con un compañero de viaje (el médico Jorge Arango), escuchábamos cantar al viejo Podestá que decía “la vi llegar… ¡caricia de su mano breve! La vi llegar… ¡alondra que azotó la nieve!”. Ya el vino nos hacía hablar más duro, y pedir a todo taco que nos cantara Alma de bohemio. Claro que sabíamos que era imposible que aquel señor pudiera interpretar aquel clásico gotán, pese a mi insistencia de ruido y descortesía.

 

—¡Dejá el chamuyo! —dijo el cantor desde el escenario. —Dejá el chamuyo o no canto más —insistió.

 

El hombre, en rigor, ya no cantaba, pero era una leyenda. Y ahí, en aquel café, fue la última vez que lo vi en vivo y en directo, y por cortesía nos interpretó, cuando lo solicitamos sin grito, Bajo un cielo de estrellas, que nos hizo retornar al barrio que hacía tantos años habíamos dejado. “En esta noche vuelvo a ser aquel muchacho soñador, que supo amarte y con sus versos te brindó sus penas…”. Volví a sentir la soledad del arrabal y a escuchar la antigua voz que surgía de un Wurlitzer con luces de neón, entre la amable y triste soledad del arrabal, con árboles que pintan sombras.

 

Aquella noche no hubo ninguna Alma de bohemio, pero ese es el tango que ahora, cuando acaba de morir don Alberto, escucho en la sonoridad de un recuerdo de cafetín que ya no existe.

Alberto Podestá y el Café de los maestros (foto tomada de internet)

Tinta roja en el gris del ayer…

(De cómo un tango nos hizo amar paredones y callecitas desmirriadas)

Por Reinaldo Spitaletta

El barrio tenía calles sin asfalto, casas hasta de dos pisos, había en la mitad de alguna cuadra, solares emparedados con ladrillos a la vista y era posible entonces toparse con una construcción abandonada, quizá porque el dueño se había quedado sin fondos, o quién sabe. Las casas semiempezadas daban grima y se prestaba para la murmuración. Un rito de casi todos los días, era el fútbol de la muchachada en una calle, o en varias a la vez. Algarabía de la vida recién iniciada.

En las esquinas, también casi en todas, había bares con traganíquel, mesitas de metal y sillas de tijera. Y de aquellos aparatos de fosforescencias y teclados, surgían canciones diversas, pero la mayoría de los sonidos pertenecían al tango. Los escuchaban obreros y vagos, que en ocasiones eran convidados por los que sí trabajaban. Junto a las puertas del bar permanecían dos o tres bicicletas, a la espera de que sus dueños terminaran la diversión. Ellas los sabían llevar incluso con ebriedades y vacilaciones de los que pedaleaban.

De la miscelánea musical que emanaba de las luminosas pianolas, un día, no sé por qué, un tango me llamó la atención. Creo que yo estaba a la espera, recostado contra una pared y ningunos de los de la gallada aparecía. Y la voz, honda y varonil, decía: “paredón, tinta roja en el gris del ayer / emoción de ladrillo feliz / sobre mi callejón / con un borrón / pintó la esquina…”. Había conexión interior con algunos de esos enunciados, sobre todo desde el inicio, porque, claro, yo era una parte de aquella pared sin revoque que, como otras del barrio, a veces algún canalla, con trazos al carbón de leña, con tiza, con crayola, escribía en ella alguna declaración amatoria, una frase de ingenio o un hijueputazo con muchas ganas.

El tango proseguía y en mi expectativa escuchaba la voz: “y el botón que, en lo ancho de la noche, / puso el filo de la ronda como un broche”…, pero no me decía mucho aquello, que tampoco era música de mi gusto, ni sus palabras eran atractivas para mis quince años, cuando lo que más me interesaba era poder conseguir-conquistar una muchacha para visitar los fines de semana, en la ventana o la puerta de su casa, y jugar al fútbol y a la guerra libertada y a todos los juegos que la imaginativa calle albergaba y creaba.

De pronto, el cuento del “botón” me quedó sonando, sobre todo porque creía que, en efecto, era uno de esos mismos que en los avisos de algunas casas advertían: “se forran botones”. El tango, que con el tiempo supe que se llamaba Tinta roja, continuaba regándose por la acera y me llegaban sus armonías inesperadas, porque, desde luego, a esa edad qué me podía decir una canción como esa: “Y aquel buzón carmín. Y aquel fondín / donde lloraba el tano / su rubio amor lejano / que mojaba con bon vin”.

Para ser sincero, lo de “buzón carmín” no me transmitía nada, y menos aún lo de fondín, que no sabía si se refería al fondo, o a una pequeña fonda, aunque con esta palabra estaba más familiarizado, porque mi abuelo, en unas de sus tenidas en su finca, nos contaba historias que sucedían en fondas de caminos. Me sonaba bien lo de bon vin, que durante no sé cuántos años creí, sin que fuera tampoco una obsesión, que se trataba de un sombrero, un bombín.

La cosa de pronto me iba poniendo en alerta, cuando el que cantaba se preguntaba con un acento doloroso: “¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, luna mía, / volcás como entonces, / tu clara alegría?”, y ahí el tango canción, que me parecía subía en interés y sonoridades, alcanzaba otros vuelos: “veredas que yo pisé, / malevos que ya no son, / bajo tu cielo de raso / trasnocha un pedazo / de mi corazón”.

Ese tango sonaba casi siempre los sábados y no sé quién o quiénes eran los que insistían con sus monedas para tenerlo presente. No es que yo estuviera atado a esa esquina del bar Florida, que así se llamaba, con letras oscuras en un aviso de lata, ya desteñido, pero cada que me detenía en su acera, la Tinta roja me pintaba la piel y los sentimientos, sin que yo entendiera a profundidad su mensaje, porque, por ejemplo, lo de “vereda” para mí fue lo que es para casi todos los de por aquí: un lugar en el monte, una ruralidad, como aquella donde vivía mi abuelo. Y no (como lo aprendí después) una acera, como aquella en la que yo me paraba o me recostaba a la pared a escuchar sin querer canciones de viejos.

Lo de malevos sí me llamaba la atención, y mucho, porque por aquellos lares abundaban. Estaban, por ejemplo, Atehortúa; Jaime el bailarín; Pedro Gafas; Márquez el cuchillero; El tuerto Céspedes; Julio Quincas; que dejaron leyenda en sus sectores y en otros donde iban a imponer sus malevadas, o a buscar camorra, o a decir que habían aprendido nuevas paradas con el puñal. Lo que pasaba era que todavía lo que decía el verso no se había cumplido por allí: “malevos que ya no son”. Todavía eran.

No sé cuánto tiempo transcurrió. El barrio aquel, en el que había casas con puertas de colores fuertes, quedó atrás. Las voces, las esquinas, los entejados, todo se diluyó en el pasado, porque pasé a otros barrios, muy lejos del de la Tinta roja: “borbotón de mi sangre infeliz”. Pero, con el deshojarse de los calendarios, los tangos me abordaron, se metieron por la piel, por la razón y la emoción. Invasión de poesía y música. Y entonces ya sabía que aquel de la esquina gris del ayer, era una letra de Cátulo Castillo y una música de Sebastián Piana, y supe, de pronto, que lo había escuchado hacía años por Troilo y Fiorentino.

Después, advino Goyeneche y me partió la sensibilidad, me volvió trizas con su fraseo y ya yo sabía (además lo había saboreado) que “bon vin” era un buen vino, y que los tanos eran los napolitanos que habían llegado a Buenos Aires, aunque por extensión se les decía así a los inmigrantes italianos, los mismos que entristecieron el gotán y lloraban evocando sus rubios amores lontanos y las canzonetas.

El tiempo, tremenda variable física y metafísica, me puso a sentir más aquello de “quién se robó mi niñez”, como si en algún momento uno estuviera tras el tiempo perdido, que muchos tangos son medio proustianos, ¿o no? Y no sé por qué, a veces, sin proponérmelo, me parecía que esta declaración se parecía a un verso de Recital a la infancia, de Horacio Guarany, cuando dice: “¿quién se llevó mi niño de las manos”. Y así, Tinta roja, con sus malvones y balcones, se ganó un lugar en la educación sentimental, que tuvo su cordón umbilical en el barrio.

Ya era entendible lo del “botón” (que si hubiera dicho de una vez “tombo”, que era lo que se estilaba en las barriadas nuestras para referirnos al policía y que es, como se sabe, botón al vesre), los sentidos se hubieran despertado en aquella ancha noche de la adolescencia, o de la infancia robada. Y de ese modo, fuimos pintando el recuerdo: “yo no sé si fue el negro de mis penas / o fue el rojo de tus venas mi sangría…”.

Y los versos de Cátulo nos asediaron en la edad en que ya se tienen recordaciones y alguna tristeza por lo que no está. Así que “malevos que ya no son” me golpeó años después, cuando, en efecto, habían desaparecido aquellos puñaleros, fumadores de Lucky Strike y marihuana, que lloraban con las “melodías” (ellos denominaban así el tango) de los Seeburg y los Wurlitzer de cafetines esquineros.

Por eso, y por mucho más, cuando uno escucha aquello de “¿dónde estará mi arrabal, quién se robó mi niñez?”, puede que haya un lagrimón furtivo rodando por el abismo de la memoria, y callejones y paredones nos empiezan a narrar de los días en que uno, sin saberlo, estaba bebiendo un imaginario bon vin por un amor lejano que todavía no había llegado.