Fantasmas y musas del Teatro Lido

(Uno de los teatros más elegantes de Medellín sigue contando historias)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era el cine de los deslumbramientos, por varias razones. A la entrada, en una suerte de hall uno continuaba mirando los afiches de películas de próximo estreno, que en las afueras en la fachada más elegante que haya tenido teatro alguno del centro de Medellín, con vitrales de enormidad, ya uno había observado, incluido el aviso luminoso que anunciaba con títulos y horarios la función del día.

 

Y la gracia era mirar hacia arriba para ver no solo el mundo sino verse uno mismo patas arriba, en un espejo inmenso que, claro, como éramos adolescentes todavía, las dimensiones del mundo nos parecían de aquí a la eternidad. El techo como espejismo, como otro modo de apreciar el universo, que, adentro, sería distinto, en sus silleterías rojas, con un escenario prometedor enmarcado por dos columnas de mármol oscuro; y arriba, un arabesco de metal con suaves curvas coronaba la embocadura.

 

Ir un domingo al Lido era toda una aventura. Desde temprano, merodeábamos por el parque Bolívar, con sus conos San Francisco, su heladería de jardines interiores llamada Sayonara (donde asistían en un tiempo muchachas a besarse con otras muchachas), y a escuchar a las once de la mañana la retreta con la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia. A veces, uno se quedaba extasiado en las carteleras, con las películas de Federico Fellini y MichelangeloAntonioni, o con una cara de ojos grandes de una actriz italiana.

 

En rigor, el Lido, fundado en 1945, no fue construido para la proyección de cine, sino para la presentación de estrellas de la música, sobre todo clásica. Allí estuvo Claudio Arrau con su prodigio para la interpretación del piano, y la Orquesta de Cámara de Berlín. El teatro, diseñado por Federico Vásquez, se construyó con materiales importados de Estados Unidos, y su creación se debió a los buenos oficios y dinero del potentado Francisco Luis Moreno, de exquisitos gustos clásicos musicales. En los interiores, el escultor Jorge Marín Vieco realizó unos relieves con figuras alegóricas de la música y el teatro, y en sus vitrales y mármoles grabó cinco de las nueve musas griegas.

 

En el segundo piso el espectador se puede topar con Calíope, musa de la poesía; con Terpsícore, la de los pies ligeros y musa de la danza; con Talía, protectora del teatro, musa de la comedia y de la poesía pastoril;  con Clío, otorgadora de fama, musa de la historia, protectora de las bellas artes; y con Euterpe, señora de la canción, protectora de los intérpretes y musa de la música.

 

Cuando lo compró Cine Colombia, en 1948, el Lido cambió su funcionalidad, y aunque siguió presentando recitales, vodevil y conciertos, su uso cotidiano se dedicó al cine. Con una capacidad inicial de mil cuatrocientos espectadores, debido a la ampliación del escenario, se redujeron sus localidades a 1090. Durante años, este teatro, de acústica de alta calidad, debido, entre otros factores, a sus revestimientos de yeso acústico, sirvió como un centro de sociabilidades, una atracción de cine calificado (después, el Libia, en Perú entre Venezuela y Palacé, se dedicaría en exclusiva al cine arte), y un ámbito elegante cuando todavía el centro histórico no había sido sometido a la descomposición por la disputa entre bandas delincuenciales, al tráfico de estupefacientes y a la presencia de “convivires” y otras lacras. El parque Bolívar, entre otros espacios públicos, se revistió de peligrosidades y los cines a su alrededor entraron en decadencia.

 

El Lido, como otros teatros del sector, se debilitó por diversas razones. Una, la lumpenización del centro, pero, además, por la proliferación de centros comerciales que construyeron nuevas salas de cine en la periferia. Los teatros (o cines) de la zona entraron en agonía y poco a poco se despidieron de un tiempo de ensoñaciones cuando el cine era una convocatoria a la imaginación colectiva y sus aventuras. Así, se murieron el Aladino (que en el imaginario popular era el de las “muchachas del servicio”); el Odeón, el Cid, el Ópera, el María Victoria, el Dux, los dos Junín (en la torre Coltejer, en el lugar donde en 1924 se erigió el teatro Junín, junto al hotel Europa, edificio diseñado por Agustín Goovaerts, con el nombre de Gonzalo Mejía, derribado en 1968), el Libia, el Diana, el Metro Avenida, el Cine Centro… solo sobrevivió el Sinfonía (sala X), en Sucre entre Caracas y Maracaibo.

 

En los noventas, el Lido, con su belleza y distinción, también cerró. En 1997 se declaró patrimonio cultural de la ciudad y el Municipio pasó a ser su nuevo dueño y actual administrador. Y si bien el cine ya no es su razón de ser, allí se presentan funciones de ballet, teatro, música, se realizan espectáculos del Festival Internacional de Tango de Medellín, recitales de poesía, veladas y actividades con las cuales las musas de Marín Vieco siguen sonriendo.

 

El Lido, hoy de silletería azul, mantiene su aspecto de edificación digna y sobresaliente. Un viejo y gigantesco (y ya inservible) proyector de cine continúa empotrado en un cuarto de su parte alta, soñando con antiguos filmes, con los días de gloria en que el “el séptimo arte” era un encuentro de clases sociales, de asombros y hasta de caricias en la penumbra. Dicen que en los camerinos, en noches sin luna, se escuchan lamentos y quejumbres fantasmales.

 

Las lámparas redondas ya no alumbran pero prosiguen en los techos como testigo de aquellos días de cine y músicas. Tal vez para los miembros de la “vieja guardia” el Lido no tenga hoy los significados y representaciones de otros tiempos. Pero, al menos, se recuperó para el arte y la cultura. Y puede ser un aliciente para que retornen los que se resisten a volver al parque Bolívar, a un espacio histórico que conserva trazas de su antiguo esplendor.

 

Luneta y balcón del Teatro Lido, vistos desde el escenario. El Lido es patrimonio cultural de Medellín. Foto de Sielo Posada (Semillero de Periodismo Urbano UPB).

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Un travesti

Por Reinaldo Spitaletta

La medianoche había quedado atrás, regada por las ceibas de La Playa y los árboles sombríos del parque Bolívar. Las luces brillantes del aviso del Lido le daban al ámbito una atmósfera de vaudeville, con cantantes baratos, de la bohemia degradada, que se sentaba en las bancas de cemento diseñadas por la Sociedad de Mejoras Públicas. Olía a orines y a flores muertas.

Junín también había quedado atrás, y los pasos nuestros resonaban con un eco incomprensible. El parque penumbroso ofrecía una apertura a la imaginación. John, alto y de manos grandes, advirtió que estaba todo como para leer cuentos de Poe o recitar poemas macabros de Julio Flórez. Yo empecé a tararear Garúa, la que se acentúa con sus púas en mi corazón, y él dijo que me dejara de tanguear, que podríamos volvernos sentimentales y la noche no estaba para arrullos y nostalgias. Eso dijo. No sé por qué. Y yo paré en seco el tango e intenté leer el luminoso aviso del cine, no entendí qué película anunciaban. Junto a las ventanas de vidrio, con poca luz, se paraban unos travestis, que al principio pensé que habían escapado de algún filme felinesco. Exagerados en su maquillaje, daban la impresión de ser maniquíes tristones fugados de alguna vitrina de exhibiciones ordinarias. No sé por qué pensé en La Dolce Vita y me acordé de la hermosa Anita Ekberg y sus gritos de “¡Marcello, come here!”, mientras el agua de la fontana de Trevi le empapaba sus atracciones fatales.

Más allá, claro, estaba la fuente del parque, solitaria, o mejor dicho, con uno o dos tipos sentados alrededor, quizá fumando marihuana, o tal vez embelesados en los ladrillos de la monumental catedral de La Inmaculada Concepción, y que en otros días, cuando eran aquellos diciembres de festones y bombillerías psicodélicas, los campesinos de Santa Elena y de otros lugares llegaban con frasquitos a envasar el agua luminosa para llevársela a sus montes.

John vivía entonces en un apartamento del edificio La Unión, en la Oriental con Maracaibo. Habíamos estado de carnavales en casa de una compañera de trabajo, profesora de matemáticas en la Asociación Cristiana Femenina, donde él prescribía números y ecuaciones, y yo pontificaba sobre historia de Colombia. Nos quedamos de vuelta en el centro, en La Playa con Junín, nos tomamos un trago (“un arranque”) en una barra, en la que solo había hombres ebrios que hablaban de fútbol y de mujeres, eso escuchamos, y tras la copa, caminamos por la que fue la calle más elegante de la ciudad, ahora venida a menos, plena de vendedores ambulantes en el día, y de una que otra muchacha de rebusque en la noche.

La noche era espléndida, con sus estrellas titilantes, según pude ver en un momento en que quería mirar hacia arriba, tal vez para hacer un ejercicio de cuello, o porque sí, no sé, y John, de uno noventa y cinco de estatura, también miró el cielo, y creo que los dos, en un instante, pudimos parecer a un posible observador como dos beodos impenitentes que les da por contar estrellas o por alzar la cabeza para arrojar bocanadas de humo. Claro que John no fumaba, yo sí, y en ese instante saqué un cigarrillo.

Y fue ahí, quizá cuando la llama del fósforo ya estaba tiritando, el momento inesperado en que sentí un vaho caliente, de chicle remasticado, olor a labial ordinario y a pachulí, qué todo el conjunto daba para el mareo. “Oíste, papi, regaláme un cigarrillo”, oí modular, sin entender de inmediato de qué se trataba. Miré al frente y la cara embadurnada del travesti me pareció la de un personaje de un filme de horror. Masticaba con desgano y displicencia. Sus ojos clavados en mi cara. “Parece una vaca”, pensé.

—Son de tabaco negro—, le dije, al tiempo que comenzaba a retroceder con el fin de evitar alguna requisa. Sabía que eran hábiles en el cosquilleo, en meterte la mano al bolsillo con suavidades de seda.

—Mejor, mi vida. Dámelo—. La voz era ronca y no encajaba en la figura de minifalda y tacones altos, medias veladas y escote. Todo lo vi con rapidez, en medio de las luces del teatro y de las lámparas que algunas ramas escondían.
Le pasé un faso (recordé algún tango) y me pidió fuego, así, con esas palabras. Ya la situación me estaba chocando. Había una sensación de aire postizo, de farsa de baja estofa. Y entonces solté el insulto: “A vos no te come ni un arriendo en El Poblado ni el mar que come casco de buque”.

Más me demoré en pronunciar la agresión verbal que el otro en sacar un puñal. Reverberó en las sombras y las luces, creo que escuché dentro de mí otro tango, que hablaba de duelos y facones. Volteé sobre mis pasos y lo único que atiné fue a correr, mientras hacía ademanes desesperados de sacar un puñal imaginario de la pretina. Sentía muy pegado a mis espaldas al perseguidor, que me parecía que decía de todo. No le entendía. Subí por la calle Caracas, atravesé Sucre y galopé hasta la Oriental, sin mirar atrás.

Me dio la impresión de haber recibido un chuzón. Seguí corriendo hasta El Palo, donde esperé un taxi. No había nadie alrededor. “Por favor, me lleva a Buenos Aires”, le pedí al conductor. Y en ese punto, me acordé de John. Sin embargo, pensé que el pleito no era con él y que ya debía haber llegado a su residencia.

Al día siguiente, en la asociación educativa, me dijo que al travesti se le quebraron los tacones en la carrera, y que tal vez por eso yo estaba ahí, tan fresco, a punto de comenzar a hablar de la Guerra de los mil días, sin tener mínimo una herida en la espalda.

Parque Bolívar de Medellín en los años setenta (tomada de internet)