Las cabezas trocadas: placer a tres pieles

(Una novela de Thomas Mann acerca del exótico erotismo religioso)

 

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Imagen de la diosa Kali

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nos vamos para donde los indios de la India y, dentro de sus complejidades religiosas, hacia su politeísta hinduismo. Nos vamos a entrar en los vericuetos de una leyenda india de la mano, las palabras y el cerebro de un narrador que busca oyentes, porque esta historia, más que para ser leída, es para escucharla. Las cabezas trocadas, novela corta de Thomas Mann, publicada en 1940, es la posibilidad de ver a un descomunal autor que se va hacia Oriente para desentrañar los misterios, si así puede decirse, de un triángulo amoroso entre una mujer de hermosas caderas y dos hombres, uno de 18 y el otro de 25 años, nacidos por segunda vez.

 

En sus Consideraciones de un apolítico, el escritor que a los 25 años ya había publicado su monumental Los Buddenbrook, dijo que “el ser humano no es solo un ser social, sino también un ser metafísico”. Y esta instancia o categoría es la que predominará en una novela que hunde sus reflexiones en una cultura milenaria, cuyas más antiguas raíces se pueden buscar en los épicos relatos del Mahabharata y el Ramayana. El karma, el destino, las encarnaciones, las presencias de dioses diversos, entre ellos, la sangrienta Kali, la de los dieciocho brazos, las castas, en fin, enmarcarán el amor de la esbelta Sita con Nanda y Chridaman.

 

Es una novela sobre el deseo y sus fatalidades. El erotismo que abunda en la obra está cernido por la piel, pero, igual, por los cuerpos y las cabezas. Es una historia “sangrienta y perturbadora” como dice desde el principio el narrador. Y, el lector, bueno, es decir, en otras condiciones, el escuchador, se podrá impresionar con el momento de mayor intensidad de las peripecias de los tres personajes clave: la autodecapitación, el descabezamiento de los dos hombres-amantes, y el trastrocamiento de sus respectivas “torres de control”.

 

Los dos jóvenes, diferentes en edad y casta, también en sus profesiones u oficios, se enamorarán de facto y al mismo tiempo de aquella deslumbradora mujer que se baña en una fuente, desnuda, provocativa, imposible de no despertar pasiones de turbulencia y provocadora de correntosas emociones. Chridaman, comerciante e hijo de comerciantes, será el primero en recibir esa descarga cuando, ambos, se topan con Sita. Nanda, herrero y vaquero, de cuerpo atrayente, es el otro lado del triángulo que tendrá igual a la belleza como una de sus características.

 

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El Mahabharata

 

El mundo tembloroso de los deseos se esparce desde el momento en que los dos jóvenes tienen la visión de Sita, y es un momento para dualidades como alma/imagen; apariencia versus realidad, inteligencia contra estupidez. Sita, la de ojos de perdiz, produce, sobre todo en Chridaman, un arrobamiento que embriaga, una suerte de enfermedad súbita por la muchacha desnuda, de perfectos miembros y una hermosura que puede causar desdichas o inmensas alegrías. O unas y otras al mismo tiempo.

 

Los dos muchachos, que desde el principio son uno para el otro, que cultivan una amistad que por momentos puede parecer sospechosa, cuando se toparon con un baño a orillas del Mosca de Oro, muy cerca del templo de la Señora de Todos los Deseos y Alegrías, se darán cuenta de que sus destinos son inseparables (sus cabezas, en cambio, sí pueden separarse). En esta parte del relato, hay un recorrido por paisajes de ensueño, “que príncipes y grandes reyes no lo hubieran podido tener mejor”. Entre perfumes vegetales y cantos de aves, aparecerá una muchachita que iba a cumplir su ceremonia de baño, su baño de pureza. La descripción que de ella realiza el narrador es arrobadora.

 

“Caderas deliciosamente trazadas que daban una amplia superficie al vientre; con nacientes pechos de virginal rigidez y un trasero de ostentosa prominencia, que se rejuvenecía más arriba en una espalda muy delgada y graciosa…”. En todo caso, la esbeltez de “ese trasero maravilloso” con la elasticidad “juncal de la espalda de hada”, entre otros atributos, hacían de la muchacha de la fuente una aparición celestial. Era, claro, Sita, la hija de Sumantra, cuidador de vacas, de la aldea llamada Hogar del Bisonte. Así lo dijo Nanda, en medio del arrebato que producía esta Virgel del Sol.

 

Las cabezas trocadas, una novela sobre el alma-cuerpo, acerca de los deseos como un modo de la relación con el Yo y el Tú, o, como lo dijo Chridaman, “todos los seres tienen dos existencias: una para sí mismos y otra para los ojos de los demás”, es un pequeño tratado acerca de las relaciones entre lo espiritual y lo material. Una ventana a la contemplación. A su vez, se pueden detectar cómo son los roles de las mujeres en las prácticas vedas, en las sociedades que están bajo las creencias del hinduismo.

 

Mann en esta obra (se la dedicó al eminente mitólogo alemán Heinrich Zimmer, experto en filosofías y religiones de la India) nos acerca con las sensaciones de la belleza física y metafísica al placer, al ejercicio de los sentidos en la búsqueda de regocijos de cuerpo y alma. Además, la posibilidad de meditar acerca de si es la cabeza o es el cuerpo el que domina en determinados momentos de la existencia. Y otra cosa, se puede hacer una lectura sobre el caminar, el peregrinar y sus significados. Como, al mismo tiempo, acerca de los hombres en soledad casi absoluta, como es el caso (patético muchas veces) de los eremitas.

 

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Se podría decir que, en esta obra de deslumbramientos de los sentidos y con énfasis en el cuerpo y sus circunstancias, la razón no es un huésped ni una invitada especial, porque, dentro de las religiones, y más en una como el hinduismo, no hay manera de ejercitarse. Hay asuntos en los cuales no cabe su dominio, porque muchas cosas están dadas por las leyes de las correspondencias, por las divinidades, por la predestinación, por los nacimientos y las muertes.

 

Por más inteligencia que se tenga, nada puede contra la voluntad de los dioses. Kali, fuente del ser, la “realidad última”, es una diosa destructiva, a la que hay que servirle con sangre. Y ella será definitiva en la erección y disolución final del triángulo de amor entre Sita, Nanda y Chridiman. La parte de las decapitaciones puede ser la de máxima intensidad en la obra, que, a partir de los sucesos de los descabezamientos y la resurrección de los descabezados, tomará por caminos insospechados. Y aquí puede hacerse una pregunta: ¿Qué tanto es el poder de la deidad o de qué dimensiones es la debilidad del creyente?

 

¿Qué es la cabeza y qué el cuerpo? Es una reflexión que hay que realizar tras leer la novela. ¿El placer es solo del cuerpo o también trasciende al espíritu? ¿Cuál es la relación entre espíritu y belleza? Una novela sobre el Yo y lo Mío, pero también sobre el Tú y el Otro. Y otra pregunta: ¿De quién es Sita? ¿De Nanda con la cabeza de Chridiman o de este con la cabeza de su amigo? Ambos la aman y la siguen amando después del trueque de cabezas y ella en la práctica es poliándrica, una situación que no se admite “entre seres elevados”.

 

Las cabezas trocadas puede ser, por qué no, una novela sobre los celos y, al mismo tiempo, acerca de la infidelidad. Todo atravesado por la presencia ineludible del deseo, de los delirios de la lujuria, de las ansias que a veces hacen doler el cuerpo. La llama ardiente de las atracciones fatales. Los miembros del triángulo saben o intuyen que después de la muerte tienen la expectativa de volver en otro tiempo a lo terrenal. El fuego final los torna a un estado de pureza, en el que ya no hay la sensorialidad placentera.

 

Qué piensa una cabeza en un cuerpo que no era el suyo. Entonces se pueden conjeturar sobre los destinos y cambios internos y externos, acerca de la desaparición (o, al menos, cambio) del sujeto, de la individualidad. Todos llegarán a ser uno. Y uno, todos. Es una novela sobre el “tres en uno” y la constancia final es inobjetable e ineludible.

 

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El buen burgués y gran escritor Thomas Mann torna en esta novela por sus inclinaciones hacia la belleza y sus significados, a las relaciones entre aquella y el espíritu. De qué está hecho el espíritu y cuáles son los ingredientes que componen lo denominado bello. “Hay una belleza espiritual, y otra que habla a los sentidos. Pero algunos quieren atribuir por completo lo bello al mundo sensorial, separando de él en lo fundamental lo que corresponde al espíritu, de manera que el mundo aparecería dividido polarmente en Espíritu y Belleza”.

 

Una última pregunta que puede flotar en la novela es ¿de quién es Samadhi, hijo de Nanda o de Chridaman? Puede ser que el eremita, el que al fin de cuentas, en medio de una especie de burletería, da el laudo final sobre los cuerpos y las cabezas, deba ser de nuevo consultado. Si Nanda y Chridiman, los dos son uno, es posible que el hijo de Sita sea de ambos, aunque ella lo deja en claro, dirigiéndose a Chridaman: “Tú fuiste mi primer marido, el que me despertó y me enseñó el placer, tal como lo conozco, y a pesar de lo que el seco santo recitara y decidiera acerca de la mujer y la cabeza, el frutito que llevo bajo el corazón es, sin embargo, tuyo”.

 

Esta novela desconcertante nos propone una discusión sobre los conflictos entre el arte y la vida, el placer y la culpa, la belleza y el espíritu. Con el ropaje de una leyenda de la India, la propuesta trasciende aquellas geografías de misterio para internarnos en los asuntos, más terrenales si se quiere, del cuerpo y su autonomía. Dos detalles: una nariz caprina y un rizo de “ternero de la suerte”, qué significación tienen en la obra. Acaso, al final de cuentas, Las cabezas trocadas puede ser una novela sobre la identidad. “Desocupado” lector, ahí le queda tareíta.

 

1-V-2019

 

 

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Una encantadora narración sobre una leyenda de la India

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Un extraño cuento de Thomas Mann

(Reseña de El Armario, una creación de juventud del autor de La montaña mágica)

 

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El armario, un cuento con visos góticos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El joven Thomas Mann, antes de irrumpir con una explosión novelística en las primeras luces del siglo XX, era un escritor de cuentos que comenzó a saber que, en efecto, su vida, en la que muy rápido descubrió que trabajar para otros no era negocio, estaría dedicada a la literatura. Sus comienzos con La caída (1894) lo marcaron con un estigma indeleble en su entonces todavía vida bohemia entre Italia y Múnich. Escribió otros cuentos, como La voluntad de ser feliz y El pequeño señor Friedemman (obra maestra, trágica, con música de Wagner), este último publicado en una revista berlinesa de la editorial Fischer.

 

Ya estaba escribiendo Los Buddenbrook, obra en la que, según él, tardó dos años, cuando concibió y publicó un extraño cuento, El armario (1899), que puede ser una especie de retorno a lo gótico, o, de otra manera, una recordación a guisa de homenaje al polifacético escritor prusiano Hoffmann, un estandarte del romanticismo alemán. Hay que decir que, mucho tiempo después, el consagrado autor de Muerte en Venecia, La montaña mágica, José y sus hermanos y de las Confesiones del estafador Félix Krull, entre otras obras de formidable calidad literaria, escribiría en sus diarios lo siguiente: “El romanticismo es un mundo sucio. No quiero saber más nada de él”.

 

Mann, que tendrá en varias de sus creaciones la enfermedad (o la peste) como un tema fundamental, introduce en este relato de juventud la suerte de un hombre que ha sido diagnosticado con una enfermedad terminal y al que, según los médicos, le queda muy poco tiempo de vida. Es un tipo que representa una edad entre los veinticinco y los treinta años y al cual, de acuerdo con las evidencias que se transmiten en el cuento, el tiempo le importa muy poco. Aquí, en esta breve narración, ya se advierte el interés del autor por el tratamiento del tiempo, como lo va a hacer, en otra dimensión y con otras características, Marcel Proust.

 

Digo que El armario es un cuento extraño porque, además del asunto del tiempo sin calendarios ni relojes, como lo ve y siente el protagonista Albrecht van der Qualen, tiene la presencia inaudita, o quizá insólita, de una mujer sorpresiva, que aparece de súbito una noche, cuando el viajero que ha detenido sus pasos llega a descansar en la habitación del tercer piso de un inquilinato. El coñac que porta puede darle una dimensión de conquista y tranquilidad al hombre que se topa en el armario de la habitación a una mujer desnuda, de “alargados ojos negros” y con expresión de dulzura en sus labios. Insinuante.

 

Albrecht es un viajero de tren que se aparta de su itinerario (parece ir a Florencia) en el expreso Berlín-Roma. En el cuento aparecen tres mujeres. La primera, que él ve por la ventanilla, es una dama gorda y alta, embutida en “una larga gabardina”, con una bolsa de viajes que a él le da la impresión de que pesa toneladas. Es una visión fugaz, en la que la imagen que prevalece es la del labio superior de la señora perlado por diminutas gotas de sudor.

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Thomas Mann

La otra, es la casera, alta y flaca, vieja y larga (así la describe), que lo atiende después de que Albrecht, en un arrebato sin explicación, decidió bajarse del tren en una estación de una ciudad desconocida y camina y camina hasta llegar a un extramuro donde encuentra un inquilinato. Y, claro, la tercera, es la aparición al final de una mujer inexplicable que cuenta historias tristes y que hace del relato también una especie de evocación de Scheerezada y sus noches infinitas.

 

En El armario, con velocidad de tren de pasajeros, hay una visión de la muerte, del sueño y del tiempo que al final de cuentas poco debe interesar a uno que está condenado a durar poco. O sí: el enfermo está en un tiempo regresivo que lo hace, además de olvidar los medidores de minutos y horas y días, aprovechar el presente. Albrecht, que no se nota angustiado por su situación de muerte inminente, es un ser poco o nada piadoso, que está solo por recoger la flor del día. Le parece que la señora del inquilinato es “como un espectro, como un personaje de Hoffmann”, quizá vista de ese modo por la luz (y las sombras) de la lámpara de petróleo. Lo conduce hasta una habitación “lastimosamente fría, con paredes desnudas y blancas”, con tres sillas rojas, un lavabo con espejo y un armario ropero. Ah, claro, y una cama de apariencia pesada.

 

Van der Qualen ha llegado a un arrabal. Esto puede ser un símbolo. Una metáfora de lo último que queda en una trayectoria. El suburbio como alegoría de lo que se está yendo, de lo que está alejado del centro, que puede ser la vida, con las dinámicas más atractivas de una ciudad. El protagonista entra a un restaurante y sigue una dieta de enfermos, o esa es la impresión que da con la sopa juliana con pan tostado, la mitad de una pera, un bistec con huevo, queso cremoso italiano, compota y vino. La frugalidad de alguien que parece no estar ya interesado en los placeres de la mesa.

 

La aparición de una mujer inesperada (¿Cómo se metió al cuarto? ¿Quién la llamó? ¿Qué hace desnuda en un armario?) le proporciona al cuento, aparte de un aumento final en la tensión, un ingrediente carnal, erótico, con una exposición de piel y deseos a la vista. Es una mujer que cuenta historias y que el huésped acepta que se las cuente. Y es entonces cuando uno como lector puede pensar que se trata, en rigor, de una hetaira, una especie de rara cortesana que quiere hacer menos sola la soledad del visitante.

 

Sí, por qué no. Puede ser una dama que, como las que se preparan con historia y geografías diversas, con libros de viaje, con filosofía, con las artes de mostrar con gracia su cuerpo, pero ante todo con un extraordinario talento para la narración, la conversación, está ahí para hacer menos dramática la situación de un hombre que puede estar inmerso en una ensoñación ante la noticia, ya vieja, de que le quedan pocos meses de existencia. No hay indicios de que la mujer del armario cobre por sus servicios. Ni si el viajero paga.

 

El narrador termina con una serie de interrogantes al lector, para que las dudas —o, si se quiere, la imaginación— se esparzan, sin necesidad de cifras, de desenlaces precisos, ni siquiera sugeridos. Es un cuento sobre la incertidumbre. Lo que le confiere una rauda dinámica como la que se siente y se advierte al ver los paisajes que pasan cuando se mira por la ventanilla de un tren rápido. Un tren de ausencias y despedidas.

 

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Van der Qualen va en el expreso hacia ninguna parte.

 

Un hipnotizador, una playa y Thomas Mann

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Un narrador que comienza por recordar unos acontecimientos en un balneario del Mar Tirreno, en Italia, “con pena y enojo”. Anuncia que tratará de un hecho en el que terror y la desgracia serán elementos de un espectáculo que culminará en una catástrofe. Thomas Mann escribe Mario y el hipnotizador en 1929, año en que ganará el Nobel de Literatura, y como una suerte de “descanso” en la escritura de novelas de hondo calado, como José y sus Hermanos, una tetralogía que le llevará más de diez años de intensos trabajos literarios.

 

Mario y el hipnotizador es una especie de divertimento profundo, en el que el novelista y ensayista alemán da muestra de su sapiencia y oficio, en una “nouvelle” que entre bastidores es una cuestionamiento al ascenso del fascismo en Italia con la figura de Benito Mussolini, y de modo explícito una narración cronológica de un episodio que le acontece a una familia alemana de vacaciones en Torre di Venere (un nombre ficticio de una playa, aunque hoy, tantos años después de la escritura de esta obra de Mann, haya vinos y edificios con ese nombre), donde varios incidentes harán un marco y antesala a lo que sobrevendrá, un fin inesperado, un espectáculo en el que aparecerán no solo un público que es humillado por un peculiar artista, sino un mago, conocedor de los secretos lengua, los trucos cartománticos y el poder de la hipnosis.

 

La obra, otra de Mann que sucede en Italia (Muerte en Venecia, 1912), país con el que el novelista creó vínculos afectivos y culturales, es una pequeña joya del buen escribir y del caracterizar climas y personajes. De cómo se construye un ambiente sicológico adecuado, con elementos de suspenso y con el conocimiento de la cultura (incluidos idiomas como el italiano y el francés), las maneras de ser de los niños, los jóvenes y los viejos, todo envuelto en una pieza que no deja nada al azar y cuyo tejido, a veces de finas sutilezas, da pistas a un lector atento (hay amarres indicativos) de que el final va a tener una resolución de espanto.

 

El narrador conoce en el Gran Hotel, en el que se hospedaron en un principio, a Mario, un camarero, al que apenas anuncia en los primeros párrafos y que mucho más tarde reaparecerá en la trama de la obra aunque con una presencia corta, pero definitiva en el dramático final de la misma. Después de un inconveniente que surge porque en el hotel está hospedada una señora de clase distinguida, plena de refinamientos (aquí diríamos una señora cismática), a la que altera la tos de la niña hija del narrador (que tuvo un episodio de tosferina) y con su influencia obliga a que éste y su familia se trasladen a una pensión de las inmediaciones. Otros hechos, que en rigor no están desconectados, afectan a la familia veraneante, como el escándalo que se produce en la playa ante la desnudez de la niña de ocho años, que se quita su vestido lleno de arena para lavarlo.

 

Por momentos, el narrador da cuenta de algunas presencias en aquella playa, como la de los “niños patriotas, circunstancia anormal y aterradora”, en la que el llamado nacionalismo jugaba un rol de primer orden. Entre la muchachería local se oían “modismos y tópicos sobre la grandeza y la dignidad de Italia” que constituían una interrupción y embarazo en los juegos de los niños de la pareja que a estas alturas ya va sintiendo ganas de abandonar aquellos parajes, lo que les hubiera ahorrado el conocimiento del “funesto Cipolla”, un personaje avieso, deforme y que, si el lector quiere, puede ser una especie alterada de una representación de il Duce.

 

Mann, en un apartado en el que se refiere al calor (¿habrá necesidad de decir que era sofocante?), lo nombra como un “calor de Senegal”; un sol despiadado, sol de justicia, que quema las espaldas de los visitantes. Es el calor del tiempo clásico, “el clima ardiente de la cultura, es el sol de Homero que nos achicharra”). En todo caso, el calor angustia y embrutece (son sus palabras) al narrador.

 

La noveleta dará un salto mortal, tendrá un cambio en el ritmo y en las situaciones, cuando aparece el Caballero Cipolla, que así lo anunciaban los carteles en las esquinas del poblado costero. Los avisos lo catalogaban como un artista trashumante de salón, hipnotizador, taumaturgo y prestidigitador, “que venía a distraer al distinguido y respetable público de Torre con algunos fenómenos sorprendentes y nunca vistos”. Sí, llegaba un brujo, un nigromante, un espectáculo que los niños (los hijos del narrador) no se querían perder, y a quienes los comenzó a asaltar una “impaciente curiosidad”.

 

El mago se iba a presentar en un local que estaba destinado al cine, que era “una gran barraca de tablas”, con avisos de colores chillones, en cuyo escenario estaba por desenvolverse una función que haría ver a un hombre poco común, una atracción de turistas y de algunos lugareños. Tal vez, en una maniobra para alargar el suspenso, la aparición del hipnotizador se retrasa, aumenta el desespero, hasta que unos aplausos estallaron, como “esa forma cortés de demostrar la impaciencia y que en forma moderada viene a ser como una promesa prematura de éxito para el artista”.

 

El Caballero Cipolla, en el que no había sombra de bufonismo ni trazas de chabacanería, con una indumentaria en la que aparecían esclavina, sombrero de copa, guantes blancos, pañuelo de seda al cuello, comenzará su interpretación con muestras de desprecio hacia el público. Se fumó un cigarrillo con parsimonia, como si en su actitud hubiese una provocación, una manera de transmisión de desdenes y, a su vez, de que los concurrentes supieran que él los podría dominar a su antojo.

 

El relato avanza con sucesos varios en los que el mago hace alarde de su capacidad oratoria, su conocimiento de discursos y, para sorpresa de muchos, de su control hipnótico. Hay diversos números, como los de adivinación de cifras, cartomancia y, sobre todo, hipnosis. Se muestran diversos caracteres entre el público, y el narrador va desgranando su relato, acelera o retarda el ritmo, ingresa y saca personajes, en una elaboración con maestría, con manejo extraordinario —y pertinente— del tempo y del escenario.

 

Es posible una evocación de la actriz italiana Eleonora Duse (no solo por el nombre de la pensión donde se hospedan el narrador y su familia), sino por la admiración que la dueña del establecimiento, que aparecerá en escena, le profesa a una de las más relevantes artistas del país. Por su parte, el mago, al que los circunstantes ya admiran por su parla y sus trucos, aunque es una admiración en la que se balancean —como en una imaginaria cuerda floja— temores y vacilaciones, es un conocedor (así parece) de aspectos de la escolástica, de ciertos bailes de época como el one-step (que se origina en los Estados Unidos con el tema Bogey Walk), del canto coral y de otras artes.

 

En el libro Relato de mi vida, de Thomas Mann, el escritor da cuenta de detalles de la escritura de esta obra breve, de intensidades tormentosas. Al libro le agregará un subtítulo: Vivencia trágica de un viaje. “Quiero pensar que pocas veces algo vivo ha debido su origen a causas tan mecánicas como en este caso”, dice, al recordar que en agosto de 1929 su mujer Katia y algunos de los hijos más jóvenes tuvieron una estancia veraniega junto al mar en el balneario de Rauschen, en el Báltico.

 

“No era recomendable llevarme en este viaje cómodo, pero tan largo, el material acumulado del José, el manuscrito no pasado aún a máquina. Pero como yo no soy capaz de acomodarme a un “descanso” sin trabajo, y ello me produce más perjuicios que provecho, decidí emplear las mañanas en elaborar con ligereza una anécdota cuya idea se remonta a una estancia en Forte dei Marmi, cerca de Viareggio, y a impresiones recibidas allí…”. El escritor advierte que un trabajo como el que emprendió en aquel balneario y del que iba resultar el relato de Mario y el hipnotizador, no requería ningún preparativo y se “podía sacar de la cabeza”.

 

Mann comenzó a escribir por las mañanas en su habitación, pero, más tarde, decidió hacerlo junto al mar, al aire libre, y trasladó su trabajo creativo a la playa, en medio de bañistas y niños correlones que a veces le quitaban los lápices: “ocurrió que, sin yo quererlo, de la anécdota me brotó la narración, del simple relato salió la narración espiritual, de lo privado surgió el símbolo ético, mientras constantemente me sentía lleno de un feliz asombro por el hecho de que, a pesar de todo, el mar consiguiese absorber todas las perturbaciones humanas y supiera diluirlas en su amada inmensidad”.

 

Mario y el hipnotizador es una exquisita narración (con elementos autobiográficos) que demuestra con creces el talento de Mann, en una despliegue de conocimientos y símbolos; la cultura al servicio de la ficción, del relato, y con un personaje como el nigromante Cipolla, representación del autoritarismo y de la manipulación de masas. Ah, y con un desenlace “espeluznante y fatal”, que puede sorprender al lector.

 

La noveleta Mario y el hipnotizador, de Mann, transcurre en un balneario italiano, en el Tirreno.