Canta el tiempo

Canta el tiempo en un tango

Arrabal de las cosas perdidas

La tarde se arrebola en los adioses.

 

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Pintura de Willem Haenraets.

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No todo tiempo pasado fue mejor

(Crónica con basuras, fumadores de bus y una emulsión)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La memoria no es un fósil, ni un bloque compacto, inmarcesible. Hay en ella una incertidumbre, apenas una leve noción de aquello que ya no está, pero es suficiente para crear un indicio. ¿Qué eran aquellas basuras diversas en una calle de barrio, en los solares, en las esquinas? ¿Qué era aquella “normalidad” en la que las oquedades, las zanjas y la falta de asfalto convertían los caminos urbanos en trochas infernales?

 

Había señores que llegaban a su casa, tras ir al mercado, con bultos a sus espaldas, tras un camino de sudores, de pausas en algún recodo, buscando sombra, acezantes. Algunos contrataban a carretilleros o a “cargamercados”, que eran muchachos no siempre fortachones, que requerían unas monedas para llevar algún bastimento a su hogar. El ritual de proveeduría, de plaza, de tienda de abarrotes, no era siempre tan ameno.

 

Y qué tal aquellas filas eternas para comprar un litro de leche; y eso, si ya se había contratado con el tendero, porque, de lo contrario, no podría accederse a aquel “líquido perlático de la consorte del toro”, como decían algunos muchachos de acera, guasones y risueños. Eran largas colas, a veces de hasta de una cuadra, con señoras madrugadoras que aprovechaban para departir e intercambiar los necesarios chismes.

 

Hace poco, recordé el olor a pan que se expandía por encima de tejados y ascendía a balcones. Lo producía una panadería artesanal, en un callejón de barriada. El olor superaba al sabor, porque, en realidad, se trataba de un pan mal hecho, sin arte ni nada, insípido, que casi de inmediato perdió cartel entre el vecindario. Tal vez el pan más “maluco” que se haya horneado en barrio alguno haya sido el de Cleto, un hombre genial para la elaboración de avenas (deliciosas) pero horroroso como panadero.

 

Y en esta mención, debo recordar, otra vez, a una tía que tenía sabor para la cocina y también para los dichos: “oíste, aquí creen que las tres P son fáciles”. “¿Las tres P?, ¿qué es eso?”. “Prostituta, panadero y periodista”, decía a carcajada batiente. Y, en efecto, en aquellos tiempos en que el agua escaseaba en el acueducto bellanita, a muchos les daba por creerse panaderos y sus productos eran desabridos y penosos.

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El viaje en buses destartalados, con ventanillas que no se podían subir, o bajar, según el requerimiento, con unas pitas que enlazaban la campana a modo de timbre, se hacía más nebuloso por el humo de los fumantes. De pie, sentados, muchos pasajeros fumaban en aquellas tartanas, la ceniza volaba entre los viajantes. Y no faltaba el borracho de última hora, baboso, sostenido a duras penas en la barra, tambaleante, que se recostaba sobre los otros en su postración de alcohol.

 

Y como si aquella avalancha de atrocidades fuera poco, había los que destapaban galletas, papitas, confites y arrojaban al piso del bus, o por la ventanilla, los envoltorios. Y los que no, escribían en los respaldos de las bancas, declaraciones de amor, consignas políticas, insultos contra el conductor. Y cuando eran de cuerina, cordobán o cabritilla, a navajazo limpio se cortaban las sillas. El relleno salía, como tripas de un apuñalado.

 

“Nos criamos de milagro”, se escucha decir entre gentes de la vieja guardia. Y entonces son capaces de rememorar los latigazos, o correazos, o, incluso, los azotes con alambres eléctricos que por cualquier incorrección la mamá propinaba sin contemplaciones. Otros recuerdan cómo comían granizo del patio o de las aceras, o se revolcaban en el barro en los potreros cuando había un partido de fútbol bajo la lluvia.

 

Y a los que, a las seis de la tarde, sin falta, tenían que estar en el comedor de la casa, porque se comía con ellos o sin ellos, y si no estaban tendrían que esperar hasta el día siguiente. Lo peor estaba en interrumpir un partido de asfalto, un juego de calle o la visita de ventana a una novia esquiva. La hora del ángelus era sacrosanta, y había entonces que estar listos en casita para los fríjoles y la carne frita.

 

A aquellos que les tocó padecer medicamentos domésticos, como la boñiga con leche caliente; el café o las telarañas para estancar la sangre de una herida; el merthiolate en el raspón, o mucha azúcar sobre una herida causada por un vidrio callejero, tal vez todavía sientan ardores y arcadas.

 

Una entrada a cine, un ritual de maravillas, por lo emocionante y lo esperado en la semana, no era siempre un manojo de dichas. Aparte de las griterías, a veces ensordecedoras de la muchachada, sobre todo cuando había persecuciones o el protagonista “daba de baja” a sus rivales, no faltaban los que apagaban los cigarrillos en el cuello del espectador de adelante. O lo arrojaban la colilla a los de más allá. O los de luneta escupían a los de galería.

 

La tintura de ruibarbo era pasable. Y hasta saludable. Pero tomar aceite de ricino y, peor aún, la emulsión de Scott (“O te la tomás, o te la embuto con el molinillo”), sí eran rituales de horror, que se juntaban al desastre del sarampión, la viruela y las paperas, sin contar con las muy activas inflamaciones de las amígdalas. Qué días aquellos que parecen tan bonitos, pero, en el fondo, tenían sus bemoles y amarguras.

 

Por eso, y por tantas otras situaciones, para contradecir al poeta de “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”, no todo tiempo pasado fue mejor. Lo señaló Sábato: no es que antes no acontecieran cosas malas, sino que, felizmente, la gente las echa al olvido.

 

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El Pedrero, afueras de la plaza de mercado de Guayaquil.

 

 

 

El muñeco de Año Viejo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, como de payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Parte de una cultura popular, hoy degradada, eran los muñecos de fin de año, que a veces daban la impresión de ser un beodo en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” lumpescos como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener, por la mañana del treintaiuno, lista la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y en su construcción había, de hecho, una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de año un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo pero entonces ya sería demasiado tarde. Qué vaina.

 

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Un álbum para antes del olvido

“Vivir es cambiar,
en cualquier foto vieja lo verás”.

Homero Expósito (Chau no va más)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.  

Lo abrió con disimulada expectativa y vos estabas ahí, sonriéndole, mirándole muy a la cara, con esos ojos fijos, sin torceduras, y él como hipnotizado (¿o sería idiotizado?), sin poder desviar los ojos de los tuyos, aprisionado a tu recuerdo, señalado por una memoria ineludible, de la cual solo es posible escapar al voltear la hoja, y ya entonces no eras vos, sino otra, más días en tu piel, pero con esa misma manera de mirar, y él otra vez, como atado a tu figura, fue pasando más páginas, y en todas, vos, inevitable, guiñando un ojo, sonriendo cual niña que acaba de cometer una pilatuna, o estrenando una morisqueta de payaso callejero, o vestida a lo colombina, o con un traje blanco y unas flores marchitas en las manos, o yendo hacia el porvenir en una bicicleta, o persiguiendo una invisible mariposa, vos regada por todo el álbum con tu presencia devastadora, y él concentrado, buscándote en cada foto, en aquella donde estás sentada sobre la hierba, en la cual se adivina el olor a verdores, a mañanita; en esa otra, tu rostro en primer plano, atrás un paisaje difuminado, poca la profundidad de campo; y él sumido en el embeleso, devolviéndose como en un cuento de Carpentier, intentando asir el tiempo, lo inasible, y voz en la página siguiente, siguiendo unas huellas en la arena, sintiendo el viento en la cara y el sol en todo el cuerpo, y una risa, la tuya, detenida, y él deteniéndose en esa inmovilidad, sabiéndote lejana, sin vuelta…sin regreso.

 

2.

El álbum tiene un misterioso parecido al museo, por su capacidad de conservar. Es la morada de cosas y seres que ya no son. Es el depositario de un transcurso. En el álbum se captura al tiempo, se le obliga a permanecer inmóvil, testimonio de un instante. Es una historia. Se quedan en sus hojas partes de alguien, un gesto, una caligrafía, un cachito de pelo, la esquela perfumada de días de ensueño, el fragmento de un romance, un pie de foto para explicar una imagen desvanecida. Una parte de la intimidad se guarda en esos libros de hojas blancas, una parte de la existencia se estampa ahí, como un modo de la permanencia, de la lucha contra la fugacidad.

 

En la Grecia y Roma antiguas —otra vez una imagen de museo—  álbum era toda superficie blanca sobre la cual se escribían con pintura roja o negra (que son los muy atractivos colores del infierno) los edictos o documentos públicos y, por extensión, se denominaba así a cualquier lugar destinado a la colocación de anuncios de interés colectivo. Más tarde, se designó de la misma manera a cualquier cuaderno en el cual se consignaban notas de viajes, impresiones, anotaciones históricas, frases célebres…y, en la farmacopea de antes, álbum era el nombre genérico de varios ungüentos empleados en medicina, como el album graecum, que era la parte blanca y seca de la mierda de perro, muy rica en fosfato de cal.

 

Claro que había unos álbumes que uno amaba tanto. Eran aquellos de colección de laminitas, unas de historia natural, otras de luchadores mexicanos, o esas tan luminosas de artistas cinematográficos, que mostraban a la sonriente Kim Novak y a la muy lujuriosa Marilyn, al lado del rocanrolero Elvis o del pistolero John Wayne. En los álbumes de entonces uno podía saltar del lomo de un dinosaurio a los atributos físicos completos de Claudia Cardinale. El poder de la evolución. Álbum, otra manera de la arqueología y de la apolillada preservación de recuerdos.

 

3.

Y él, después, ¿o sería antes?, te quiso ver en una suerte de reversa: vos con la piel ajada, mostrando, sin embargo, rastras de tu antiguo esplendor, a horcajadas sobre un caballo blanco, de esos de tiovivo, calesita musical, la risa toda dispersa por el paisaje, los cabellos derramados; en otra imagen, vos, claro, con un trajecito de zaraza, que aumentaba tu frescura, y él, alelado, embobado, observándote despacio, como desplazándose mentalmente hasta vos, hasta tu tiempo más reciente, tu fisonomía enniñeciendo, vos con una muñeca, vos con una cintilla verde (bueno, él supone que haya sido de ese color) recogiéndote el pelo, vos jugando en una ronda sin fin con otras chicas, vos saltando el lazo, vos con tu mamá, vos con tu hermana, y él aferrándose a una historia en esas hojas que fueron blancas, en esas hojas tan repletas de vos, de tus pasos, de tu sombra, de tu figura que él jamás dejará de mirar, condenado a sufrir tu ausencia. Ahora, él comienza de nuevo y pasa a la siguiente hoja…

 

En el álbum, el futuro no existe. Chau, no va más.

 

(Del libro Estas 33 cosas, publicado por la editorial UPB, 2008)

Tangos del tiempo loco

(Por recordar, un tantico, aquello de “quién tiene tu amor”)

Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Hey!, bacán, “fueron años de cercos y glicinas”, ¿sí o no?, te acordás, hermano, “de la vida en orsai, del tiempo loco”, días de estar cerca a las pianolas, tirándole monedas hasta que se atragantaban, para que brotaran voces de honduras, como las de Rivero y Berón, pero también, claro, no faltaba Rufino, ni aquel valsecito cantado por Podestá, que nos ponía a soñar con recuerdos de asfalto, y nos llevaba a caminar por el barrio que nunca dejamos, ¿verdad?

 

Había unos manes con la “frente triste de pensar la vida” y uno no sabía qué decirles, esquiniando; o estaban con la cabeza contra la mesa, como si lloraran a escondidas. Eran días de atardeceres amarillos, cuando la juventud no se había ido, y el percal sonaba con su frufrú atrayente, colegialas pasando por enfrente, falditas a cuadros, medias a la pantorrilla, lindas todas. Y vos ahí, junto a la luz de los neones recién encendidos, viéndolas transcurrir y pensando que un día también, como aquel hombre que tenía la cabeza sobre la mesa, envejecerían. Pero ya para esos días vos no estarías por ahí. Y quizá, en ninguna parte.

 

Eran  días de cafetín, del mismo que en sus mesas aprendimos filosofías, juegos de azahar, manejos de puñal bien brillado. Nos queríamos parecer a un tango, o, más que a esa música inevitable, a algún guapo de canción. Soñábamos, claro, porque a veces solo estábamos para los sueños, soñar y nada más, qué tanto daba. No pensar en trabajos, que trabajar no era para nosotros, garufas, muchachos muy divertidos. Nada de perder el tiempo en trabajos. Nada de pensar en fábricas ni en tornos de mecánica.

 

Era un tiempo sin medida, que pasaba y pasaba, pero de eso no nos enterábamos. Para qué, si había voces que nos decían “si soy así ¿qué voy a hacer? Nací buen mozo y embalao para querer”. Y en ocasiones, estábamos en esas, metidos en un café de barrio, escuchando, por decir algo, aquello de “Trasnochando como todo calavera”, o al viejo Ángel Vargas con su bruja, que había no sé quién que lloraba cuando escuchaba aquello de “La bruja, que ayer fuera reina de todo mi ser, hoy, roto el encanto, no es más que mujer”. Pero el encanto del bar, ni el de las voces, ni el de los vasos con cerveza, ni de los pocillos de tinto, nada de eso se rompía.

 

Un día, se escuchó la voz de Godoy, con una orquestita de pipiripao, como me acuerdo que dijo el Negro Ricardo, que era un tipo duro para la tanguedia, y también para el baile tropical, y se escuchó, digo, con aquello de “aquí estoy, ya nada valgo, soy apenas un pasado, un pasado bullicioso que arrasara tu maldad”, y el grone quebró, ahí sí, con rabia, un vaso, y dijo que ese man no vocalizaba y se armó la de dios es cristo, porque del otro lado del bar, estaba no sé quién, creo que era un man de Prado, de los que frecuentaban el Torrente y el Viejo Café, y advirtió que si no le gustaba que bien se podía ir de allí, o que salieran a la acera, para no hacer quedar mal la cantina, a darse golpes o puñaladas.

 

El Negro Ricardo se echó a reír, y dijo que no se iba a hacer matar por un cantante de montoneras y que para él eran más dicientes Enrique Campos con Tanturi y Jorge Ortiz con Biagi. Bueno, no pasó nada, porque por allá nadie estaba para darse faconazos, o dejar navajas clavadas en barriga ajena, que más que todo se usaban, mejor dicho, se mostraban, se exhibían en una faena de limpieza de uñas y tal vez para que los otros supieran que esa también era una manera de “mancarse”, por si las moscas.

 

Lo que sí llamó la atención una noche, cuando el mismo Juan Carlos Godoy estaba interpretando su canción insignia, o por lo menos, la que sonaba todas las jornadas por aquellos andurriales, de “quién tiene tu amor ahora que yo no lo tengo” es que se vio al Negro Ricardo llorar, tras haberse tomado no sé cuántos aguardientes, porque, según se rumoró, le habían puesto una cachamenta que lo tenía al borde de una tragedia, pero no la de matar a su exnovia ni al amante de aquella, sino de tirarse de un quinto piso

 

Verdad que aquellos fueron tiempos locos, de revoltura de tango con canciones de pelo largo; de quedarse unos y otros ejerciendo la amistad con bandoneones y guitarras eléctricas, una mazamorra de acordes, de letras poéticas que nos ponían a llamar muchachas cuyos nombres flotaban en el adiós, con aquello de “cuando me besas yo no lo niego… donde yo soy juguete del azar… y en tus manos soy el títere profano con sueños vanos de querer…”, que no sé quién muy culto o muy posudo decía que éramos todos “un juguete del destino”, como en Romeo y Julieta.

 

En todo caso, con el tiempo transcurrido (gastado), llegaron los recuerdos. Los bares aquellos ya no estaban, tampoco los muchachos de entonces, ni el Negro Ricardo, ni las colegialas de medias largas. Todo se había ido, como en un tango: “Dónde estarán Traverso, el Cordobés y el Noy, el Pardo Augusto, Flores y el Morocho Aldao”. No supimos nunca quién tenía el amor de aquella muchacha. Todo, volvía a decir un cantor eterno, se lo ha llevado el almanaque. Y con los años, la voz gangosa de un poeta ciego nos lo corroboraba: ¿Dónde estarán? pregunta la elegía / de quienes ya no son, como si hubiera / una región en que el Ayer, pudiera / ser el Hoy, el Aún, y el Todavía”.

Pintura de Franco Iturraspe

Azul escuela o los colores del tiempo

Por Reinaldo Spitaletta

Uno cree que el tiempo es incoloro. Resulta, sin embargo, que su transcurrir nos va pintando con una paleta inevitable el rostro, el cuerpo, los pasos, los sentimientos. La única verdad es el tiempo, dicen, pero del aserto nos enteramos en forma convincente cuando tenemos la piel ajada y cuando ya nuestra existencia es como un cielo plomizo. Esas palabras me las refirió don Luis Betancur, en el parque de Belén, en Medellín, una tarde que no sé si era de invierno o de tiempo seco, porque desde hace años esas dos estaciones, si así pueden llamarse en una tierra tropical, conviven en la ciudad, dicen que por la contaminación. En todo caso, había lugar para la llovizna y para los últimos rayos de un sol que se empeñaba en luchar para estar un rato en la cúpula de la iglesia.

El señor, un jubilado de fábrica textilera, sostenía que para él, el tiempo primero era el de los días azules, porque todo era de aquel color, como un perpetuo cielo de diciembre. Bueno, de los diciembres de entonces, cuando él era niño y jugaba con canicas de cristal y trompos de guayabo. El tiempo inicial corría despacio, es más, era casi inmóvil, solo lo referenciaba la lenta espera del último mes del año, pero el mundo, según él, era azul luminoso. Eran días de cuadernos y de dibujos ingenuos. Él gustaba del “azul escuela”. ¿Y cuál es ese?, le pregunté con interés. Era un color que venía en cajitas de cartón y él siempre estaba pintando en las hojas casas azules, árboles azules, una mujer azul que era su madre, y así. Esas palabras todavía no me definían el tal “azul escuela”, y entonces él dijo que era aquella tonalidad que toma el cielo, o mejor, un pedacito de cielo, cuando se va la lluvia y por entre las nubes aparecen jirones de firmamento, es un matiz contento, que no es el usual de los cielos, decía don Luis.

Después me habló del rojo, rojo adolescencia, rojo rebeldía, de los días de bríos y cambios, cuando la sangre ebulle a la vista intempestiva de una muchacha que es, al fin de cuentas, la que te hace pronunciar palabras de amor y ver la vida rosa, a la cual, más tarde, le descubrirás las espinas.

“Ahora pertenezco al tiempo gris”, dijo, con un dejo de tristeza, de una tristeza despintada y sin atenuantes. Sonrió en la despedida, me miró sin ninguna emoción y entonces se confundió con las bancas del parque y tomó los colores del último crepúsculo.