Dos fábulas

Por Reinaldo Spitaletta


“Como los criminales, como los novios y como los cobradores, yo regreso siempre”

Enrique Santos Discépolo

 

Un animal

 

Salta por los muebles, corretea por los pasillos, se sube a las camas, se mete debajo de ellas, se introduce en los armarios, se cuelga de los techos, se cuela en los zapatos, a veces ocupa el comedor. Por la mañana, abre la nevera, se toma la leche y mordisquea las frutas, pero le hace ascos a las verduras. Se empecina en estar patasarriba en el poyo cocinero. Al mediodía, cuando siente aromas calientes de almuerzo, baila sobre sus patitas peludas, brinca de alegría y uno diría que esboza una sonrisa. Cuando es tarde, chilla, agudeza en su grito, a uno los oídos le sangran. Luego, cuando ya sabe que estamos locos, sin remedio, alza el auricular y huye a través del hilo telefónico.

 

El tigre

 

Sintió unos rugidos de tristeza. Abrió el cuaderno de dibujo, no sin la precaución de tomar un borrador y mantenerlo cerca, por si las moscas. En la primera hoja vio una avispa colorada. En la segunda, una oveja negra. En la siguiente, la calavera de un hombre. En la cuarta, dos pájaros haciendo el amor (no había ningún sonido). Después, se encontró con un tigre azul y verde, inofensivo en apariencia. Lo miró con delectación. El felino tornó a rugir, con renovada ansiedad. Mostró sus dientes mondos y, sin que nadie lo esperara, saltó fuera del papel. El muchacho no alcanzó a defenderse con el borrador, pero antes de recibir el primer zarpazo, pudo pensar: “El tigre no es como lo pintan”.

 

 

 

 

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