El lapicero que llegó de la guerra

(Crónica de un artefacto clave en la civilización de la escritura)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En el primer grado escolar había que escribir con lápiz, que despedía un olor a madera perfumada con sus virutas que, cuando se usaba el sacapuntas, caían enroscadas al suelo o sobre el pupitre. Solo se alcanzaba el uso del lapicero en el segundo grado, cuando ya se podían llenar cuadernos con tinta azul, roja, o a veces morada, y se usaba la pluma con encabador, que se sumergía en frascos de tinta china.

 

Eran lapiceros más bien ordinarios, de dos partes, con sujetador, de colores, fabricados de material deleznable. En casa, ya para usos más comprometidos, había bolígrafos extranjeros (como el Sheaffer y el Esterbrook), a los que se les decía estilógrafo. Había cierta pompa en utilizarlos, en escribir con ellos deslizando la suavidad de su punta en libretas y cuadernos, o en hojas de papel fino. Pero el lapicero sí tenía un encanto especial, aunque menos abolengo que las esferográficas o plumas.

 

Había en cartapacios y valijas, siempre de cuero grueso y grabado, bolsillos especiales para lápices y lapiceros. Y cargarlos, a la espalda, o en bandolera, era como si se portara un tesoro de piratas o de cuento de hadas. El lapicero daba a los pelados cierto carácter. Era una suerte de certificación de saber escribir con letra pegada y otorgaba cierta seguridad en el pulso y la mente. El proletario lápiz pasaba entonces a un segundo plano y casi nunca se le volvía a ver en las faenas escolares “superiores”.

 

Este artefacto de escritura, muy popular en el mundo, ha tenido diversas asignaciones. Por estas breñas, siempre los denominamos como lapicero, aunque no faltaban quiénes les transmitían más caché al nombrarlos como bolígrafo, esferográfico, o incluso, en género femenino, como lapicera. La pluma tenía más refinamiento y era para usos reservados, elegantes. Había diversas marcas de lapiceros. Y eran de fácil consecución en tiendas de barrio como en almacenes de abarrotes, cacharrerías y baratillos. Desde luego, las papelerías eran un lugar común para su compra.

 

Por estas geografías de Antioquia, nadie las llamó birome, como sí era usual al sur del continente. A diferencia de las plumas estilográficas, inventadas a principios del siglo XIX, la birome o lapicera, es una creación del XX, a cargo del polifacético periodista húngaro Ladislao Biro (escultor, pintor, hipnotizador), quien, junto con su hermano George, perfeccionó una tinta muy indicada para la escritura a mano, sin que se regara o dejara de fluir.

 

Al estallar la Segunda Guerra, los dos hermanos, de origen judío, se marcharon a Argentina, donde se nacionalizaron. Igual viajó con ellos su socio industrial Juan Meyne. Y en ese país, tras diversos experimentos y búsquedas, patentaron en 1943 el lapicero, con el nombre comercial de Birome, que se comenzó a vender en librerías de Buenos Aires como “lapicitos a tinta” de juguete. Después, los húngaro-argentinos vendieron sus derechos a la Faber estadounidense y la BIC de Francia.

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El lapicero, con su barrita de punta esférica, con su resorte que permitía que el tubo de tinta bajara y subiera, según un mecanismo manual en la que el pulgar era clave, se ganó las simpatías de la muchachada escolar en todo el mundo. Sus modelos reutilizables fueron cambiando hasta llegar al desechable, como parte de una cultura mundial en la que se estila aquello de “use y bote”.

 

Un juego de niñas, en los cincuentas y sesentas, tenía al lapicero como una parte de una retahíla callejera: “¿Tienes lápiz, lapicero?, ¿tienes tinta en el tintero? ¿tienes novio que te quiera?”. Y mientras canturreaban, movían los dedos, los entrechocaban con los de la otra chica. Luego una de ellas tenía que decir el nombre de su apuesto galán, del príncipe de sus sueños. Después, la otra le decía: “Si (aquí iba el nombre del casanova de barrio) sí te quiere este dedo sonará” y lo tironeaba para que traquearan los nudillos.

 

El lapicero se tornó un instrumento clave no solo en el ámbito de los estudiantes y profesores, de los que requerían tomar notas y echar firmas, sino en el tendero de antes, que hacía cuentas en papel de envolver y anotaba los precios en las libreticas de fiado de la clientela. Los cuadernos de contabilidad, los de carnicería, los del cacharrero, todos requerían el uso del popular bolígrafo.

 

Y no es que hoy haya desertado o se haya asilado en los cuartos del olvido. Pero escribir a mano es cada vez una labor menos común y, si se quiere, puede estar catalogada como una excentricidad o una suerte de labor arqueológica. Los ordenadores, tabletas, celulares y otros artefactos, han quitado protagonismo a la lapicera (y ni hablar del lápiz), que, sin embargo, se resiste a desaparecer.

 

Los diarios personales, bitácoras, libretas de notas íntimas, tal vez se sigan haciendo con lapiceros. El encanto de la tinta, de la caligrafía, de tener cada uno una manera exclusiva de escritura (como una huella digital) lo sigue otorgando este instrumento que, en otros tiempos, era una prolongación de la mano y de la imaginación.

 

Pintores hay que llenan sus agendas de trabajo con dibujos al bolígrafo, como lo hizo, por ejemplo, Andy Warhol en algún momento de su ejercicio creativo. Lo mismo sucede con decenas de reporteros, arquitectos, ingenieros, sastres, carpinteros, en fin, que no han decretado el exilio de una herramienta fundamental de la civilización.

 

El lapicero ha sido un compañero de bolsillo, un elemento imprescindible en el aprendizaje, una presencia de infancia. Un espíritu escolar. Era parte de la alegría de estudiar, de trazar mapas imaginarios y llenar cuadernos de números y palabras, de tareas del saber.

 

Y sigue ahí, en medio de las nuevas invenciones, en camisas y carteras, en mochilas y hasta en la oreja de algún tendero. No se ha ido. Los hermanos Biro y el señor Meyne pueden dormir en paz. Ah, y por lo demás sigue viva aquella lejana emoción que era poder estrenar, al fin de cuentas, un cuaderno con palabras de lapicero.

 

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Tiempos de tinta azul

(Crónica con lapiceros, plumas y colores de escuela)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En aquel año, como parte de la aventura del descubrimiento del mundo, el lápiz era el indicado para todas las faenas de escritura en el salón de clase y fuera de él. Y se acompañaba tal exploración con una caja de colores —que en los cuadernos era donde cabían la Tierra y sus circunstancias—. Todavía no usábamos lapicero, destinado para el segundo año de primaria. El principal era el de tinta azul. El rojo, para subrayados y algunos títulos.

 

Después, en las maletas de colegial aparecieron los lapiceros arcoíris o con siete tintas diferentes, pero la azul era la que continuaba reinando en los cuadernos. Una vez, papá me trajo una pluma Esterbrook, también de tinta azul, con la que marcaba las cartillas y trazaba en hojas sueltas la silueta del cerro Quitasol. Había momentos, en que los dedos estaban embadurnados de tal tinta.

 

Hubo, más bien por poco tiempo, los encabadores de plumillas para la tinta china (hecha de negro de humo), que venía en frascos y se usaba, en especial, en los cuadernos de dibujo. A veces, por inexperiencia o brusquedad, con la afilada plumilla se perforaban, por accidente, las hojas. Me gustaba más el uso de las lapiceras.

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La tinta azul nos acompañó muchos años en las notas, las libretas y las cartas de amor. Era más visible y dejaba una estela marina en la escritura. Cuando había un error, se borraba más fácil que, por ejemplo, un manchón de tinta negra, que era preferible arrojar la hoja y volver a empezar.

 

El bolígrafo de tinta azul era el más popular. No sé en qué momento en Colombia, se inició un uso extensivo de la tinta negra, con carbono y otras sustancias, y se instauró como un símbolo de elegancia y distinción.  Sin embargo, el uso del color azul permitía saber si un documento era original, porque el negro se confundía con la tinta de una fotocopia o los duplicados de papel carbón, y el azul no admitía dudas, sobre todo en cuanto a firmas y rúbricas. Bueno, así era en la época en la que las impresoras y fotocopiadoras imprimían solo en negro.

 

Por estas geografías cada vez es menor el uso de la tinta azul. Al contrario, en Europa sigue estilándose su utilización masiva, excepto en las estilográficas y bolígrafos muy finos. En las escuelas y colegios del Viejo Continente, los estudiantes continúan escribiendo con tinta azul, aunque, en general, cada vez la escritura a mano es menos recurrente. Y muchísimos educandos toman sus notas en computadores y tabletas.

 

Por otra parte, la tinta roja no ha perdido su uso en la calificación de exámenes y en las notas al margen. Y como en un tango de Cátulo Castillo y Sebastián Piana, la tinta roja sigue sonando, con el “ladrillo feliz”, en el gris del ayer. Y aún se nota en los subrayados de libros y en la vida académica.

 

Algunos experimentos de sicólogos y profesionales de otras disciplinas, han establecido que con la escritura en tinta azul se memorizan con mayor facilidad asuntos cognitivos y se puede pensar con más creatividad. Como sea, hoy la tinta azul parece haberse exiliado de los gustos populares en estas coordenadas. Hace pocos días, con mi lapicera azul le iba a firmar un libro a una señora, y de inmediato me frenó. “Si no tiene tinta negra, no me lo firme”, dijo.

 

La tinta (como cosa rara, invención de los chinos) tocó algunas rondas infantiles de muchachas de barriada. Había una, muy particular, que decía: “¿Tienes lápiz lapicero? ¿Tienes tinta en el tintero? ¿Tienes alguien que te quiera?…”.

 

Y la tinta azul fue la utilizada por unas bandas godas de saboteadores en diciembre de 1978, cuando en el muro del edificio del ya desaparecido diario El Correo, en Medellín, estudiantes universitarios fijaron un gigantesco dazibao conmemorativo de los cincuenta años de la masacre de las bananeras. Le arrojaron bombas de tinta azul, como una agresión de retardatarios.

 

Desde la invención de la imprenta, y luego de máquinas como el linotipo, los periódicos y los libros se imprimen, en general, con tinta negra. Para la escritura en los cuadernos escolares, la azul tenía más encantos y, tal vez por eso, para muchas generaciones tuvo una relación de hermandad con la infancia y con las aulas primeras. Había, eso sí, un momento de desasosiego, cuando los boletines de calificaciones, tenían, en vez de azul, números en tinta roja. Se había perdido una asignatura.

 

Escribir en aquellas fechas con tinta azul era como establecer una conexión con el empíreo, con un pedacito de cielo despejado. En la gama de los colores azules, aquellos que venían en cajitas de cartulina, aunque otros (como unos alemanes de gran finura) se hospedaban en cajas metálicas, existía uno llamado el “azul escuela”. Y así, en esa tonalidad, uno a veces descubría en un cuaderno de tareas fragmentos de un cielo de infancia.

 

Ahora, mantengo en los bolsillos y en la escarcela, lapiceros de tinta azul, tal vez porque son una suerte de cordón umbilical con aquellos días en que el poder escribir con uno de ellos en un emocionante cuaderno de escuela, era como entrar en las tareas aleatorias del descubrimiento del mundo.

 

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Tinta roja en el gris del ayer…

(De cómo un tango nos hizo amar paredones y callecitas desmirriadas)

Por Reinaldo Spitaletta

El barrio tenía calles sin asfalto, casas hasta de dos pisos, había en la mitad de alguna cuadra, solares emparedados con ladrillos a la vista y era posible entonces toparse con una construcción abandonada, quizá porque el dueño se había quedado sin fondos, o quién sabe. Las casas semiempezadas daban grima y se prestaba para la murmuración. Un rito de casi todos los días, era el fútbol de la muchachada en una calle, o en varias a la vez. Algarabía de la vida recién iniciada.

En las esquinas, también casi en todas, había bares con traganíquel, mesitas de metal y sillas de tijera. Y de aquellos aparatos de fosforescencias y teclados, surgían canciones diversas, pero la mayoría de los sonidos pertenecían al tango. Los escuchaban obreros y vagos, que en ocasiones eran convidados por los que sí trabajaban. Junto a las puertas del bar permanecían dos o tres bicicletas, a la espera de que sus dueños terminaran la diversión. Ellas los sabían llevar incluso con ebriedades y vacilaciones de los que pedaleaban.

De la miscelánea musical que emanaba de las luminosas pianolas, un día, no sé por qué, un tango me llamó la atención. Creo que yo estaba a la espera, recostado contra una pared y ningunos de los de la gallada aparecía. Y la voz, honda y varonil, decía: “paredón, tinta roja en el gris del ayer / emoción de ladrillo feliz / sobre mi callejón / con un borrón / pintó la esquina…”. Había conexión interior con algunos de esos enunciados, sobre todo desde el inicio, porque, claro, yo era una parte de aquella pared sin revoque que, como otras del barrio, a veces algún canalla, con trazos al carbón de leña, con tiza, con crayola, escribía en ella alguna declaración amatoria, una frase de ingenio o un hijueputazo con muchas ganas.

El tango proseguía y en mi expectativa escuchaba la voz: “y el botón que, en lo ancho de la noche, / puso el filo de la ronda como un broche”…, pero no me decía mucho aquello, que tampoco era música de mi gusto, ni sus palabras eran atractivas para mis quince años, cuando lo que más me interesaba era poder conseguir-conquistar una muchacha para visitar los fines de semana, en la ventana o la puerta de su casa, y jugar al fútbol y a la guerra libertada y a todos los juegos que la imaginativa calle albergaba y creaba.

De pronto, el cuento del “botón” me quedó sonando, sobre todo porque creía que, en efecto, era uno de esos mismos que en los avisos de algunas casas advertían: “se forran botones”. El tango, que con el tiempo supe que se llamaba Tinta roja, continuaba regándose por la acera y me llegaban sus armonías inesperadas, porque, desde luego, a esa edad qué me podía decir una canción como esa: “Y aquel buzón carmín. Y aquel fondín / donde lloraba el tano / su rubio amor lejano / que mojaba con bon vin”.

Para ser sincero, lo de “buzón carmín” no me transmitía nada, y menos aún lo de fondín, que no sabía si se refería al fondo, o a una pequeña fonda, aunque con esta palabra estaba más familiarizado, porque mi abuelo, en unas de sus tenidas en su finca, nos contaba historias que sucedían en fondas de caminos. Me sonaba bien lo de bon vin, que durante no sé cuántos años creí, sin que fuera tampoco una obsesión, que se trataba de un sombrero, un bombín.

La cosa de pronto me iba poniendo en alerta, cuando el que cantaba se preguntaba con un acento doloroso: “¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, luna mía, / volcás como entonces, / tu clara alegría?”, y ahí el tango canción, que me parecía subía en interés y sonoridades, alcanzaba otros vuelos: “veredas que yo pisé, / malevos que ya no son, / bajo tu cielo de raso / trasnocha un pedazo / de mi corazón”.

Ese tango sonaba casi siempre los sábados y no sé quién o quiénes eran los que insistían con sus monedas para tenerlo presente. No es que yo estuviera atado a esa esquina del bar Florida, que así se llamaba, con letras oscuras en un aviso de lata, ya desteñido, pero cada que me detenía en su acera, la Tinta roja me pintaba la piel y los sentimientos, sin que yo entendiera a profundidad su mensaje, porque, por ejemplo, lo de “vereda” para mí fue lo que es para casi todos los de por aquí: un lugar en el monte, una ruralidad, como aquella donde vivía mi abuelo. Y no (como lo aprendí después) una acera, como aquella en la que yo me paraba o me recostaba a la pared a escuchar sin querer canciones de viejos.

Lo de malevos sí me llamaba la atención, y mucho, porque por aquellos lares abundaban. Estaban, por ejemplo, Atehortúa; Jaime el bailarín; Pedro Gafas; Márquez el cuchillero; El tuerto Céspedes; Julio Quincas; que dejaron leyenda en sus sectores y en otros donde iban a imponer sus malevadas, o a buscar camorra, o a decir que habían aprendido nuevas paradas con el puñal. Lo que pasaba era que todavía lo que decía el verso no se había cumplido por allí: “malevos que ya no son”. Todavía eran.

No sé cuánto tiempo transcurrió. El barrio aquel, en el que había casas con puertas de colores fuertes, quedó atrás. Las voces, las esquinas, los entejados, todo se diluyó en el pasado, porque pasé a otros barrios, muy lejos del de la Tinta roja: “borbotón de mi sangre infeliz”. Pero, con el deshojarse de los calendarios, los tangos me abordaron, se metieron por la piel, por la razón y la emoción. Invasión de poesía y música. Y entonces ya sabía que aquel de la esquina gris del ayer, era una letra de Cátulo Castillo y una música de Sebastián Piana, y supe, de pronto, que lo había escuchado hacía años por Troilo y Fiorentino.

Después, advino Goyeneche y me partió la sensibilidad, me volvió trizas con su fraseo y ya yo sabía (además lo había saboreado) que “bon vin” era un buen vino, y que los tanos eran los napolitanos que habían llegado a Buenos Aires, aunque por extensión se les decía así a los inmigrantes italianos, los mismos que entristecieron el gotán y lloraban evocando sus rubios amores lontanos y las canzonetas.

El tiempo, tremenda variable física y metafísica, me puso a sentir más aquello de “quién se robó mi niñez”, como si en algún momento uno estuviera tras el tiempo perdido, que muchos tangos son medio proustianos, ¿o no? Y no sé por qué, a veces, sin proponérmelo, me parecía que esta declaración se parecía a un verso de Recital a la infancia, de Horacio Guarany, cuando dice: “¿quién se llevó mi niño de las manos”. Y así, Tinta roja, con sus malvones y balcones, se ganó un lugar en la educación sentimental, que tuvo su cordón umbilical en el barrio.

Ya era entendible lo del “botón” (que si hubiera dicho de una vez “tombo”, que era lo que se estilaba en las barriadas nuestras para referirnos al policía y que es, como se sabe, botón al vesre), los sentidos se hubieran despertado en aquella ancha noche de la adolescencia, o de la infancia robada. Y de ese modo, fuimos pintando el recuerdo: “yo no sé si fue el negro de mis penas / o fue el rojo de tus venas mi sangría…”.

Y los versos de Cátulo nos asediaron en la edad en que ya se tienen recordaciones y alguna tristeza por lo que no está. Así que “malevos que ya no son” me golpeó años después, cuando, en efecto, habían desaparecido aquellos puñaleros, fumadores de Lucky Strike y marihuana, que lloraban con las “melodías” (ellos denominaban así el tango) de los Seeburg y los Wurlitzer de cafetines esquineros.

Por eso, y por mucho más, cuando uno escucha aquello de “¿dónde estará mi arrabal, quién se robó mi niñez?”, puede que haya un lagrimón furtivo rodando por el abismo de la memoria, y callejones y paredones nos empiezan a narrar de los días en que uno, sin saberlo, estaba bebiendo un imaginario bon vin por un amor lejano que todavía no había llegado.