¿Qué es esa vaina de la antioqueñidad?

 

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                                                                                                                                                             Tomás Carrasquilla

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Toda cultura es digna de sospecha.  ¿Existe la antioqueñidad? ¿Hay una raza antioqueña? La conmemoración del bicentenario de la independencia (1813-2013) de Antioquia ha sido un motivo histórico para diversas reflexiones acerca de lo que es y ha sido el antioqueño, visto, por ejemplo, por el visitador Antonio Mon y Velarde como perezoso, según los intereses que el hispano tenía frente a la Corona, y luego como un paradigma del trabajo y la pujanza.

 

¿Hay solo un antioqueño, aquel que estereotiparon como blanco, emprendedor, tradicionalista, jugador? Después de la declaración de independencia del 11 de agosto de 1813, surgieron representaciones de la pertenencia a una presunta raza, superior, diferente a las del resto del territorio nacional, en una suerte de propaganda “eugenésica” promovida por las élites y que si bien condujeron a proporcionar elementos identitarios, a su vez sentaron bases para un discurso segregacionista y con acento en la división social en clases.

 

Ser antioqueño posiblemente también sea un acto de fe, y más en estos breñales en los que hubo interesantísimas mezclas de rezanderías, juegos de azar, actos mágicos con monicongos y toda suerte de simbiosis entre lo negro, lo indio y lo blanco. Sin embargo, durante muchos años (tal vez todavía continúe), se impuso una tendencia de superioridad del “blanco”, en particular si pertenecía a las élites económicas y si su presunta blancura estaba respaldada con oro. No faltaron blanqueamientos forzados y compra de títulos nobiliarios para demostrar que no había contaminaciones judías y moras, y menos indias y negras.

 

Las élites, conectadas con la minería, el comercio, la caficultura, el modelo empresarial antioqueño, fomentaron además discriminaciones frente a los pobres, que carecían de buen tono, olían mal, eran “pecuecudos” y se perdían en los vicios; y se erigieron como las poseedoras del “buen gusto” y mejor talante, que pasaba por los raseros franceses, el esnobismo y la copia de lo europeo. Los valores bursátiles y todas las plusvalías eran parte de esa cultura de los escogidos por la fortuna, “Cual si todo se fincara en la riqueza, en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza”, como lo poetizara con ironía el musical León de Greiff.

 

 

Y dónde quedaba entonces el aporte del barequero, del recolector, del obrero que emerge con el siglo XX, de las prostitutas (que abundaron sobre todo en Medellín en la primera mitad del siglo pasado), de los arrieros y colonos; de los albañiles y forjadores de hierro; de los que abrieron las selvas de Urabá; de los que tendieron los durmientes y tiraron líneas férreas. Una cultura es una complejidad y, en el caso antioqueño, una diversidad de maravillas, venero para todas las interpretaciones y búsquedas. No es solo el criterio de burgueses y los refinamientos de clubes de exclusividad.

 

¿Hay un antioqueño melancólico? ¿Hay otro festivo? ¿Cuáles son sus características lingüísticas? ¿Habla lo mismo el de Apartadó que el de Rionegro? Lo que se denomina la antioqueñidad, cualquiera cosa que esto sea, es una serie de rasgos sociológicos, económicos, lingüísticos, en fin; una combinatoria entre prenderos, avaros, ricos barrigones (según Fernando González), uno que otro santo, bandidos (muchos), la obrería, el pícaro, el rebuscador, el cacharrero, el que no se vara (y si se vara, rápido se desvara), el camandulero, el agiotista, el compositor de bambucos… Una mixtura que ha producido modos de ser y de tener.

 

Tal vez el máximo escritor de estos valles y montañas, el gran Tomás Carrasquilla, sea el que más elementos ofrezca para interpretar y criticar la cultura antioqueña. En sus relatos y novelas, crónicas y homilías, se radiografía al pueblo y a las élites. En sus obras se pueden auscultar las mentalidades coloniales, la economía, las opresiones y servidumbres, las fiestas, los nuevos ricos, los arribistas, y aun, como en Frutos de mi tierra (1896), se puede avizorar lo que vendría casi cien años después, con los tenebrosos carteles de la mafia, a cuyo poder y ordinariez también sucumbieron algunos “ricos tradicionales”.

 

Quizá a los antioqueños el complejo de superioridad se nos haya trastocado por el complejo del hideputa, o del que se avergüenza de lo suyo, como lo cuestionó el pensador de Envigado. Quién sabe. Es posible que todavía sigamos siendo banales y necios, con una total inopia en el cerebro, como nos lo restregó el panida de Greiff. Puede ser que adoremos a la virgen de los sicarios y leamos con fruición la autobiografía de la Madre Laura. Y que nos sigamos creyendo el ombligo del mundo.

 

Tal vez han cambiado las “cremas y natas”, algunas de ellas reemplazadas por advenedizos “café con leche”. A lo mejor, cambiaron los amos, aunque, en esencia, los esclavos sigan siendo los mismos.  No sé si nuestras simpatías y temores sigan estando entre Dios y el diablo, pero si uno u otro —o los dos— da platica (¡A la plata!, dirá Carrasca), pues, queridos, ahí estamos pa’ las que sea. “Vale Jesús lo mismo que el ladrón”, como en aquel tango. Qué vaina pues.

 

(Medellín, agosto de 2013)

 

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Horizontes, pintura de Francisco Antonio Cano, 1913.

 

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¿Qué es ser colombiano?

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los resultados de la magra votación del plebiscito pueden conducir, de nuevo, a la búsqueda de pesquisas y a un ejercicio de indagaciones que ayuden a interpretar lo que significa ser colombiano (si es que tal condición quiere decir algo o nada, o mucho, quizás). Tal vez, en la superficie, pertenecer a este ámbito que algunos políticos y predicadores denominan “patria” (los poetas resolvieron el enigma hace años: patria es la infancia y basta), es polarizarse en torno a figuras grises, a la vulgaridad de sus maneras de ser y de dominar al rebaño “desconcertado”.

 

Y digo “magra” a la elección que produjo el triunfo del NO sobre el SÍ, con participación de minorías, porque, y vuelve y juega, las mayorías son abstencionistas. Mas no deliberativas. Son pasivas, apáticas, con una actitud que parece de desprecio consciente pero solo es “importaculismo”, como lo han calificado en barras y mentideros.

 

Decía Octavio Paz, el gran poeta y ensayista mexicano, que “despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad”. Para el caso colombiano, diferente por supuesto a cualquiera otro del limitado orbe, no hemos despertado. Y más bien la pesadilla ha sido parte de la cotidianidad. El dinosaurio (Santos, Uribe, las Farc, en fin) sigue ahí, lanzándonos su aliento hediondo, del cual ni siquiera nos damos cuenta.

 

Ser colombiano tal vez no vaya más allá de ser víctima. O victimario. Puede ser una extraña idea de felicidad, que en medio de la sangre, del espanto, se ríe, se canta (incluidos los goles de una seleccioncita de fútbol), la que hace que el colombiano (cualquier cosa que esto signifique) tenga rasgos de raras patologías, incluido el sadomasoquismo, convertido en empresa y divisa. Tenemos muchas máscaras. Las lucimos en el carnaval y en un juego de pelota con cabezas humanas. O en erigir como héroes a seres que no son paradigmas de civilidad, ilustración, democracia… el catálogo puede causar rasquiña. Vida y muerte pueden ser en Colombia la misma cara de una falsa moneda.

 

Somos estupendos simuladores. Apariencia vana. Ya en las novelas y relatos de Carrasquilla esa condición se radiografía para el caso antioqueño. También con Fernando González. El complejo del hijo de puta nos trastocó en seres desvergonzados. O, de otra manera, de esos, tan abundosos, que se avergüenzan de su madre, de su padre. Mas no de lo que, en esencia, debe producir penas y ruborizaciones: las inequidades, las manipulaciones, el crimen, la inconsciencia…

 

Se demuestra una vez más que la paz es más compleja, más difícil de construir, que la guerra. Sobre todo en una región del mundo acostumbrada a los dolores y a la resolución de las diferencias a punta de machete (como en Palonegro, “batalla estéril como vientre de mula”) o escopetazos. El pacto nacional del que ahora se habla, con exceso de babosidades, no puede ser un acto ni una metáfora excluyentes (como por ejemplo lo fue el Frente Nacional). Debe evitar nuevos crímenes. Nuevas inequidades. El respeto a la vida humana (otra vez Paz, qué coincidencia) “que tanto enorgullece a la civilización occidental (que por lo demás, poco ha respetado esa consigna) es una noción incompleta e hipócrita”.

 

Tal vez somos todos —o al menos eso que con tanta pompa se bautiza como colombiano— parte de un circo desmirriado, en el que espectadores y actores son integrantes de una perversa función en la que se derrumban los trapecistas y los payasos lloran por su incapacidad para hacer reír. Y tal vez, en un país llamado Colombia, sucede como en las narraciones del marqués de Sade: “no hay sino verdugos y objetos, instrumentos de placer y destrucción”. Quizá en este país de pesadilla y como en un laberinto de soledades, “gracias al crimen accedemos a una efímera trascendencia” (El laberinto de la soledad, Octavio Paz).

 

Quizá ser colombiano no es, como en alguna ficción, un acto de fe, sino una sumatoria de irreflexiones. Casi todas promovidas por los que siempre —y desde la historia de infamias, desde las sinrazones de nuestra desvirolada historia— han mantenido el poder para dominar a placer a un pueblo cada vez más desdibujado. ¿Está la oligarquía colombiana dividida? ¿Qué mecanismos inconscientes hacen que algunos celebren con tiros al aire (a veces, al aire de los pulmones) un resultado electoral?

 

La polarización (“miti y miti” casi) que se notó en la flaca votación plebiscitaria debe conducir, si de civilización se trata, a una amplia discusión nacional, deliberación democrática, que no tenga como centro (o sofisma) lo que dicen o piensan los figurines de uno y otro bando, sino para que esa entelequia que llaman pueblo comience a descubrir su rol transformador.

 

 

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La literatura o esa posibilidad de soñar

(Una visión desde la vida cotidiana hasta los abismos interiores)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Más allá de la acera, de la calleja en apariencia insignificante, del alero sin golondrinas, de la ventana indiscreta, más allá del mundo anodino y cotidiano, tan rico en sorpresas y lleno de excepcionales miradas, la vida interior palpita. Y ofrece diversas posibilidades de ser narrada, o pintada, o dramatizada, o transformada en un arte novelesco. El gran arte casi siempre nace de lo evidente, pero —he ahí el papel taumatúrgico del creador— son la sensibilidad y la imaginación del esteta las que otorgan un toque de extrañeza, una distinción especial. Un nuevo hálito. Él es el único capaz, debido a su asombro y perplejidades, o tal vez a que todo lo observa con los ojos nuevos de niño, de ver en lo corriente, quizá en lo vulgar, lo insólito, lo extraordinario. Estos aspectos están a la vuelta de una inevitable esquina, o en la señora que mece sus recuerdos en una silla, o camuflados en la sotana brillante del curita del barrio.

 

El artista tiene ojos de descubridor, de escudriñador, y donde el común de los mortales no ve sino aburrimiento, o repeticiones, o monotonía, o nada, él encuentra lo insospechado. El hecho de una mosca caer prisionera en una telaraña, puede ocasionar para el avezado centinela de lo común, una inspiración, la iniciación o final de una historia, un motivo. No requiere repartirse en otros universos distintos a los de su entorno, a los de su aldea: allí está el mundo, a escala, una maqueta con sus glorias y sus vergüenzas, sus afanes y displicencias, sus sobresaltos y desamparos. Es cuestión de sentir, de explorar, de estar dispuesto al milagro. Y a la percepción del menor deslumbramiento. Con certeza, estos surgirán en la conversación de tienda, o en la ronda infantil que alegra la calle vespertina, o en el cansancio del obrero que vuelve a casa tras otra jornada de plusvalías y vigilancia de supervisores. Las historias pululan, y entonces el narrador, el poeta, con sus antenas invisibles, las capta, las transpola, las modifica y les confiere su particular magia, su estilo, el sello personal.

 

Ahí, en el espacio corriente de la barriada, sobre la “veredita” de cemento, en los quicios quejumbrosos, en el marco desteñido de una vieja ventana, en las pisadas lentas del viejo, en el perturbador bamboleo de caderas de una chica, en todos esos asuntos —intrascendentes muchos de ellos— está el material en bruto para ser procesado. Solo hay que disponerse a la seducción, a permitir que ingresen en el alma, las vibraciones y sensaciones de la denominada cotidianidad, de la aparente deleznable vida diaria.

 

Al escritor, como diría el siempre citado Jorge Luis Borges (o quizá también haya sido Margarita Yourcenar), todo le sirve: una desgracia, un hecho feliz, algún desencanto. Todo es posible tornarlo literatura. La condición humana está poblada de inquietudes y sosiegos, de claridades y ausencias de luz. Pero hay que estar siempre prestos al hallazgo, y para ello a veces solo se precisa mirar la ciudad, el barrio, la casa de los afectos como si jamás se hubiera visto antes. Casi que con los ojos alelados del turista curioso, del viajero, del que llega por primera vez.

 

Lo local ofrece, en todo caso, un universo, y, a su vez, una universidad. Kant, por ejemplo, descubrió tal riqueza en su pueblito, del cual nunca necesitó salir para tener el mundo en sus manos. Lo encontró Epicuro en su jardín, en el cual pudo sobrevivir a las pestes que asolaron el resto de Atenas. En su modesto lugar de residencia, en el pueblo de Santo Domingo o en la entonces incipiente y variable ciudad-aldea de Medellín, el escritor Tomás Carrasquilla encontró una veta para sus novelas y cuentos. Que es, del mismo modo, lo que halló Francisco de Paula Rendón, o Efe Gómez en Fredonia o Titiribí o en cualquier extraviada mina aurífera de algún pueblo sin horizontes.

 

Para efectos de certidumbre más que de ansias de demostración, valga recordar de los Cuadernos en octavo, un aforismo de Kafka (que, de paso, se puede decir encontró su mundo interior en su Praga natal o en lecturas de otros autores) que da cuenta de las posibilidades estéticas de los pequeños entornos, de las atmósferas recogidas, y a veces asfixiantes, de los sitios donde a cada uno le correspondió vivir: “No es necesario que salgas de la casa; quédate junto a la mesa y escucha; ni siquiera escuches, espera solamente; ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo; el mundo se ofrecerá desenmascararte ante ti, no puede evitarlo: extasiado se retorcerá en tu presencia, a tus pies”.

 

¡Cuánto se podrá decir —e imaginar— de lo que existe tras una puerta cerrada! ¡Cuánto se podrá pintar con solo ver ese pedacito de cielo que se cuela por una ventana o que se entra por el patio de la casa! El mundo, el pequeño gran mundo en el que cada uno habita ofrece un sinnúmero de emociones, de pasiones, de ilusiones perdidas. Se trata de desenterrar sus relaciones, sus interconexiones con otros mundos, de ver cómo se desenvuelve allí el hombre, cómo lucha, cómo habita y vive y siente y padece y ama, y también cómo agoniza, cómo muere. He ahí, por no entrar en más detalles, las bases de cuentos y novelas. Hay que ponerles alas al corazón y a la creatividad. Y listo (aunque no es tan simple). Entonces aparecerá un Azorín o un Juan Rulfo. Y así la tierra podrá cantar.

 

 

2.                                                  Resultado de imagen para moby dick

 

Poder encontrar, oculto en la hojarasca común de la existencia, un tema, un motivo de escritura, es, para el escritor de ficciones o de hechos reales (para el periodista, por ejemplo) una posibilidad para ejercer su inventiva. Julio Cortázar decía que en lo absolutamente cotidiano e incluso trivial era factible hallar lo inusual. En un parque podría estar la realidad más fantástica. Alguna vez, Roberto Arlt escribió una crónica sobre la luz que salía de una ventana. ¿Qué de trascendental había o puede haber en un acontecimiento simple y repetido como aquel? Quizá nada, pero, gracias a sus dotes narrativas y a su talento y sensibilidad, el escritor trascendió la aparente simpleza del tema y construyó un mundo. Igual, por ejemplo, con otra “Aguafuerte” acerca de las casas inconclusas. Sin caer en el costumbrismo urbano (lo cual tampoco sería un delito literario, como creen algunos intelectuales) Arlt realizó una pequeña obra maestra del buen decir, del mejor imaginar y, a su vez, de penetrar el ladrillo y descubrir en el fondo, en el polvo, al hombre, que es, en últimas, lo que siempre le ha interesado a la literatura. El hombre y sus circunstancias.

 

A veces, de esos mundos constreñidos, pobres, desabridos, de esos climas sofocantes, emanan las más espléndidas fuentes del arte literario. ¿No es algo como eso lo que describe Emily Brontë en sus Cumbres borrascosas? Veamos un fragmento a guisa de ejemplo y de recorderis de esta novela: “Dos bancos semicirculares estaban arrimados al hogar. Me tendí en uno de ellos cuando un intruso invadió nuestro retiro. Era José, que bajaba por una escalera de madera que debía de conducir a su camaranchón. Dirigió una oscura mirada a la llama que yo había encendido, expulsó al gato, ocupando su sitio, y se dedicó a cargar de tabaco una pipa que medía ocho centímetros de longitud. Debía considerar mi presencia en su santuario como una irreverencia tal que no merecía ni siquiera comentarios”.

 

O, de otro lado, qué tal esas atmósferas apabulladoras de Faulkner, opresivas en la narración de la decadencia: “El lugar hacía donde Simón se dirigía era una enorme casa de ladrillo situada junto a la calle. La finca había albergado anteriormente una hermosa mansión colonial que se alzaba entre magnolios, robles y setos florecidos, pero al incendiarse el antiguo edificio, se derribaron algunos de los árboles y se hizo sitio para un disparate arquitectónico tan terriblemente desmesurado que poseía cierta grandiosidad caótica” (Sartoris).

 

En cualquier caso, lo hermoso de la literatura es que para ella no hay temas proscritos. Caben todas las miserias humanas, todos los apocalipsis, las apoteosis, las mutaciones, las iras… Se le puede dar cabida a lo desmesurado o a lo prudente; a lo obscuro o a lo luminoso; a las atrocidades y a los sentimientos más sublimes. Todo radica, y he ahí la dificultad, en hacerlo con belleza, con verosimilitud. En poder darle vida a lo expresado. En sentir, por ejemplo, el polvo del camino cuando una tortuguita atraviesa una carretera en una novela de Steinbeck; en poder experimentar la impotencia, pero, a su vez, la vocación indoblegable de la lucha, del viejo Santiago en la épica narración de Hemingway; en agonizar con un soldado en una trinchera en Sin novedad en el frente; o en sucumbir ante el horror blanco  de Moby Dick.

 

¿Acaso no se siente un desmoronamiento interior al leer este fragmento de Las olas, de Virginia Woolf?: “Y el tiempo, dijo Bernard, deja caer su gota. La gota que se ha formado en la techumbre de nuestra alma, cae. En la techumbre de mi mente el tiempo, formándose, deja caer su gota. La semana pasada, mientras me afeitaba, la gota cayó. Estando en pie, con la navaja barbera en la mano, me di cuenta bruscamente de la naturaleza meramente habitual de mi acto (esto significa la formación de la gota), y felicité a mis manos, irónicamente, por perseverar en él. Afeitad, afeitad, dije. Seguid afeitando. La gota cayó. Durante la labor del día, sin cesar, aunque a intervalos, mi pensamiento se fue a un lugar vacío y dijo: “¿Qué se ha perdido? ¿Qué se ha terminado? (…) Mientras me abrochaba el abrigo para ir a casa, dije con más dramatismo: He perdido la juventud”.

 

Las historias de la condición humana están atiborradas de asperezas y frustraciones, de angustias y desasosiegos, y, claro, de soñadas conquistas. La literatura pone en planos más elevados, más complejos si se quiere, estos asuntos. Los distancia para acercarlos al alma. Los disfraza, para que todos sepan de qué se trata. En ellos está usted, con una máscara, pero esta no alcanza a disimular su dolorosa fisonomía, como sucede en algún relato de Marcel Schwob. Ella, la literatura, es capaz de objetivar lo real y lo soñado, lo contingente y lo necesario, lo esencial y lo superfluo. Es una recreación del universo, de su pasado, presente y futuro. Está por encima del tiempo, al cual moldea a su gusto. Lo cual significa también, de algún modo, que va más allá de la historia. O como decía Aristóteles: “La poesía es una cosa más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía aspirar a expresar lo universal; la historia, lo particular”.

 

 

3.

 

Y como al principio, la literatura puede hacer muy grande lo que en apariencia es pequeño y darle un estatus más elevado, un rango de prominencia a cosillas que no tienen mucho abolengo. Así, a modo de ejemplo, se podría citar un fragmento de un relato del uruguayo Felisberto Hernández. “El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de los que pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde, ya daba sobre un mantel blanco; allí se habían reunido, como para una fiesta de recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos sentamos, los tres nos quedamos callados un momento; entonces todas las cosas que había en la mesa parecían formas preciosas del silencio” (El balcón).

 

O este otro de Azorín: “Unas campanas de despiertan; son tres campanas; dos hacen un “tan, tan”, sonoro y ruidoso, y la tercera, como sobrecogida, temerosa, canta; por debajo de este acompañamiento, una melodía larga, suave, melancólica. Cervantes oiría entre sueños, todas las madrugadas, como yo ahora, estas campanas melodiosas. Aún es de noche; todavía la luz del alba no clarea en las rendijas de la puerta y de la ventana. Y me torno a dormir. Y luego, las mismas campanas, el mismo acompañamiento clamoroso y la misma melopea suave me tornan a despertar. Ya la luz del nuevo día pinta rayas y puntos vivos en las maderas de las puertas. Unas palomas ronronean en el piso de arriba y andan con golpes menuditos sobre el techo; los gorriones pían furiosos; silba un mirlo a lo lejos…” (La novia de Cervantes).

 

En rigor, no son necesarios una grandilocuencia rebuscada ni un alto edificio verbal para pintar sentimientos y paisajes. Bastan unas cuantas pinceladas —eso sí, maestras— para expresar atmósferas y sugerir caracteres. O para señalar mundos casi anodinos, pero que, dichos con otras maneras, hacen que el lector se fije en ellos con ojos de novedad y asombro. El poder de la literatura radica en darle a la vida otra dimensión; en producir despliegues del alma, triste o contenta; en provocar que el hombre se mire a sí mismo y se entere, con otro sentido, de sus miserias y potencialidades. La literatura puede ser un consuelo o una esperanza, una certificación de lo temporal del hombre. Y en todo caso, anuncia las flaquezas, las angustias, las inteligencias, los pesares. En ella se puede encontrar desde la profecía hasta la sensación de pesadez del presente. Con ella es probable escudriñar el pretérito o auscultar el porvenir. Encontrar al héroe y al antihéroe y a los prototipos humanos. También los valores, modos de vida, las inquietudes existenciales de determinada época. Por eso, la novela, el cuento, la poesía, tienen más poder y alcance que la historia. Y a veces, son la historia misma.

 

 

4.                                                                             Resultado de imagen para leopoldo alas clarin

 

Sencillez y profundidad son dos elementos que se conjugan, con acierto, en la literatura de Leopoldo Alas, el célebre Clarín, un autor ignorado en su tiempo, pero celebrado en nuestros días, y que en su narrativa breve muestra, con mayor ahínco, todo su talento de escritor y de sicólogo. Es un explorador de almas. Penetra, con un lenguaje claro (tal como el que luego propondría Azorín para el novelista) en las honduras de la condición humana, la cual examina, en toda su extensión. Pone en la picota determinados valores burgueses (como el del dinero, el arribismo social, la doblez, etc.), y, a veces, en su canto desesperanzado pero vigoroso, se nota el desencanto por la existencia, la inutilidad de ciertas vidas. En él, o, mejor, en sus cuentos, revive aquello de que el hombre es cosa vana y ondeante (a lo Montaigne): estamos hechos de tiempos. Y pasamos. Sin remedio y sin posibilidades de tener otra vida tras la muerte. Y don Leopoldo nos lo cuenta y nos lo hace padecer para que, sufriendo, nos enteremos —una vez más— de nuestro efímero discurrir.

 

En algunos relatos, como por ejemplo, en el de El número uno, da cuenta de la trayectoria vacua de alguien que siempre se creyó un portento, un fuera de serie, pero resultó siendo un tipo intrascendente, con una vida sin paisajes, amarga. Y aunque en sus creaciones Clarín no pretende moralizar, así haya titulado uno de sus libros como Cuentos morales, sí efectúa una suerte de radiografía del corazón del hombre, pero, eso sí, con un propósito ético, como es el de estar mostrando caminos en los cuales podamos detenernos, de vez en cuando, a observarnos, a reflexionar sobre nuestro comportamiento y nuestras debilidades.

 

Por otra parte, Clarín, un partidario a lo Flaubert del arte por el arte, no cayó en la tentación de las modas ni se dejó seducir por las capillas ni los cenáculos de su tiempo. Fue un independiente, con banderas que reivindicaban la existencia, pero, sobre todo, alguien que siempre creyó en la literatura no solo como posibilidad estética, sino ética. En su concepción artística también se patentó al hombre como ser social, inmerso en un mundo contradictorio, a veces inhumano, a veces lobo para su semejante. Con su literatura, Clarín no pretendió que el lector mejorara sus costumbres, o corrigiera sus vicios, o construyera un decálogo o un manual de comportamientos. Solo quería dar una visión interior del hombre.

 

Un aparte del prólogo suyo a los Cuentos morales, puede otorgar más nitidez al respecto: “Sigo opinando que los libros no pueden ser morales ni inmorales, como los Estados no pueden ser ateos ni católicos, a no ser en el mundo de los tropos peligrosos. Aun reduciendo el significado de moral a la virtud que una cosa puede tener para moralizar a los que cabe que sean  morales (los individuos racionales), diré que mis cuentos no son morales en tal concepto. Los llamo así porque en ellos predomina la atención del autor a los fenómenos de la conducta libre, a la psicología de las acciones intencionadas. No es lo principal, en la mayor parte de estas intervenciones mías, la descripción del mundo exterior ni la narración interesante de vicisitudes históricas, sociales, sino el hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad”.

 

Clarín, en su modo de decir, describe, sí, entornos y algunas vicisitudes “objetivas”, pero con el fin de enmarcar al hombre, de situarlo, de concederle un referente histórico. Aunque, tal como el lector lo podrá captar, lo importante para él no es tanto el paisaje, el ambiente, sino el alma, las penurias, las alegrías, una tristeza imparable. O la muerte. O el no pasar a los anales de la historia, en no quedar registrado en el libro de la fama (como sucede con en el cuento titulado Vario). O la miseria física y mental. O las angustias de la vejez (de la enferma-edad que llamaría Roa Bastos). En fin, que es amplio el panorama íntimo propuesto por don Leopoldo, y con su lectura uno gana peso en el corazón.

 

La literatura, y en este caso los cuentos de Clarín, elevan al hombre; lo suben un peldaño más en la escala de la Creación, le amplían el universo. Y, al mostrar las flaquezas de espíritu y también las virtudes, al señalar los vicios y referenciar los asuntos más recónditos y secretos del alma, reivindica al género humano. Y tal vez lleva al lector a pensar en la construcción de un nuevo mundo, porque, al fin de cuentas, la literatura induce a soñar. Y, claro, toda la vida es sueño…

 

Medellín, agosto de 1994

 

(Ensayo escrito para el libro La imperfecta casada, de Leopoldo Alas, colección Biblioteca Distinta, Edilux)

 

 

 

 

 

Ligia Cruz, bovarismo y simulación

(Historia trágica de una “montañera” que se avergüenza de su nombre)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tomás Carrasquilla, retratador del alma y los defectos y cualidades de la cultura antioqueña, caracterizada en muchos aspectos como simuladora, pujante y desabrochada, perfila en su novela Ligia Cruz asuntos humanos de fondo, conectados con la identidad, el complejo de inferioridad (y de superioridad, claro), las distancias mentales entre ciudad y campo, y aquello que algunos sicólogos denominaron como una diferencia abismal entre la realidad y las ilusiones: el bovarismo. Publicada en 1920, a guisa de folletín, en el diario El Espectador, la obra (que a la manera clasificatoria francesa es una nouvelle) profundiza en la creación de caracteres y personalidades, que es, en esencia, la labor clave del novelista. Una historia en la que aparecen las brechas sociales, el arribismo de la seudoaristocracia paisa, en particular la que tuvo raíces en la ciudad “heráldica de Antioquia”, una “nobleza azul y requintada”, y fastidiosa, que mira por encima del hombro al que no pertenezca a las filas de la ricachería de emergentes y tradicionales, dados al esnobismo, y, en particular, a medirlo todo con los cánones y parámetros de París.

 

El personaje que da nombre a la novela, es una muchacha veinteañera, de Segovia, hija de un compadre del señor Silvestre Jácome, dueño de mina, remediano y habitante de principalía en Medellín, donde tiene un caserón de grandes dimensiones y comodidades. Está casado con Ernestina (él la llama Ernesta) y tiene tres hijas y tres hijos, entre ellos Mario, que se acaba de graduar de médico cirujano en Bogotá. La ahijada, Petrona Cruz, viaja a la ciudad, a una estada en casa del padrino, que la ha invitado, para desgracia y asqueo de Ernestina y de su prole. La advenediza contrasta con las peladas Jácome, dadas a las ínfulas, las modas y la ostentación, mientras que la segoviana, que no era pobre, sí era fea y desmedrada, según la describe el narrador. “Su voz era ronca, con inflexiones de chicharra; y su vestimenta, con pretensiones de moda, un adefesio arlequinesco desde la sombrereta hasta el calzado”, que así llegó a la ciudad, procedente de la tierra del oro y de los hechizos.

 

La presencia de la forastera, a la que Ernestina le prohibirá que la designe “madrina” y que tampoco le diga “padrino” a Silvestre, altera la vida de sus moradores, que están en preparativos de boda de una de las señoritas, y a punto de recibir al médico, que da lustre y lucimiento social a los Jácome, miembros, gracias a las actividades económicas del padre, de la plutocracia medellinense. Petrona tiene dotes de fémina que puede conquistar por el caminado, por su porte y desparpajo, porque, según ella misma, todos los que la miran se enamoran de ella.

 

Petrona, que sobre todo es una lectora de historias, las que le gustan más que “los versos de poesía” (ha leído a José Asunción Silva, por ejemplo), quedará en el caserón a cuenta de Ita, que fungirá de madre y protectora, encargada de sacarla a la ciudad y, sobre todo, de no permitir que se vaya a revolver con las estiradas hijas de Ernesta, a su vez, una señora de “buen tono” y postín. Que si Petrona hubiera sido negra, ni siquiera la hubiese recibido en esa, su casa de lujos y distinciones. Petrona, a la que un novio que la pretendía “con malas intenciones” le regaló la novela María, de Jorge Isaacs, es una muchacha que tiene en la lectura una posibilidad de agrandar su universo pueblerino y alimentar su fantasía.

 

La novela, de logros en su intensidad y tensión, elementos más propios del cuento, es una radiografía de los ricachos de la Villa, de sus poses y gustos por lo “fashionable”, por la apariencia y la vanidad. En ella, Carrasquilla muestra de nuevo (lo que ya había hecho, por ejemplo, en Frutos de mi tierra y Grandeza) su capacidad para la caracterización de clases sociales, de los lenguajes cultos y populares, y de un conocimiento hondo de la condición humana. Ante los relumbrones y oropeles de la familia Jácome, ante los destellos de su mundo de falsedades, Petrona va cayendo en una suerte de espejismo, que la hace renegar de su nombre original para autobautizarse como Ligia, nombre que saca de la novela Quo Vadis?, del escritor polaco Henryk Sienkiewicks, y de su adaptación al cine silente.

 

Y si, según el padrino, su ahijada es boba, presuntuosa, coqueta y embustera, la familia de los Jácome no se queda atrás en estas boberías y atolondramientos, solo que sus manifestaciones de orgullo y pretensiones de mucha cosa están “preparadas en salsa y en bandeja de plata”, mientras la “montañera” (también la designa como “montuna” la encumbrada Ernestina, que se opone a lo “mañé” y ordinario), “está cruda y en batea”.  Ligia, que llegó de Segovia con un diagnóstico de paludismo, se encuentra con la ciudad, sus cines, teatros, calles, trenes, bailes, y todo lo que está conectado con momentos de “los años locos”, de una bella época, que en Europa y Estados Unidos corresponde a un renacimiento de mentalidades burguesas, y a la exaltación de la diversión y el lujo, como lo mostrará, en otros sentidos y otros ámbitos, Scott Fitzgerald en su novela El gran Gatsby. Son los tiempos del fox-trot, del valse lento, del “right tang”, que entre los nuevos ricos de la Villa están en boga.

 

Petrona, o, de otro modo, Ligia, conoce el Circo España, el Teatro Bolívar, va en tren a El Poblado, y en esa especie de inmersión en un mundo que no es el suyo, va creciendo su creencia de que Mario se enamorará de ella, que se casará con ella. Ha visto la película Quo Vadis? (de 1912) y se ha dejado engrupir por una historia de amor, con marco de los días de Nerón, del autor de El satiricón (Petronio), de los cristianos nuevos, de los síntomas de la decadencia del imperio (que se demorará mucho en caer). Ligia se enterará de los preparativos de lujo de una boda inminente (y eminente), en la que verá de cerca a su amado ilusorio, en el que dará muestras sintomáticas de aquello que se ha denominado el bovarismo (procedente de la novela Madame Bovary, de Flaubert), que es, en cierto modo, una tragedia personal, una distorsión de la realidad y una exacerbación de las ilusiones.

 

A través de la novela, un lector avisado podrá hallar los modos de hablar de los ricos citadinos, sus vestuarios, músicas y gustos; encontrará asuntos conectados con la servidumbre, con la aristocracia del dinero, con la hipocresía en los comportamientos de la élite, y con sus interesadas filantropías y caridades. Y gracias a la magia del lenguaje carrasquillesco, se topará con una transformación de una “montañera”, que en tres meses pasará de ser una muchachita feúcha y mañesuda, en una señorita de apariencia agradable. Y a todas estas, quedará en evidencia aquello que pudiera ser parte de una estética, según si lo observa un artista (y Carrasca lo es) o pasar a ser una chocante manifestación de la mentecatería social y lo considerado “chic”: lo cursi. “Lo cursi cabe más en los ricos y entonados que en cualesquiera otros grupos; más en la ciudad que en la aldea”, y para muestra, el botón lo hacen Ernestina y sus muchachas (ah, y “muchachas”, tal como se lo cuestiona la heráldica señora a la recién llegada, se les dice a las sirvientas).

 

En la novela, se advierte el proceso de falso ascenso de Ligia, que pasa, como lo dice el señor Silvestre, en un dos por tres de “la batea a la bandeja”. En efecto, “ha pasado con mucha salsa y mucho perejil, pero sin cocimiento ni sazón. Ya no es la pueblerina pretensiosa: es la cursilona de ciudad”. Ligia se tornará “arrolladora y radiante”, como aparece en la boda de Fanny y el hijo del banquero Marañón. Y se verá cómo el médico le sigue la corriente a una mujer, una aparecida, que está enamorada de él, con síntomas de “histeria erótica”, y se da cuenta que está a punto de fallecer, porque la tuberculosis hace su labor de zapa en la segoviana delirante.

 

Los tres primeros capítulos, referidos a la ciudad, a la presencia y transformación de Petrona en Ligia, de la “montañera” en una citadina con aspiraciones, revelan las contradicciones entre el campo y la ciudad, entre las imposturas citadinas y las “originalidades” de los provincianos. Carrasquilla demuestra su hondo conocimiento de la lengua, de los caracteres y las desventuras humanas. Da cuenta de su sapiencia en distintos ámbitos y disciplinas, que debe saber de diagnósticos médicos, de comportamientos femeninos, de costumbres y súbitas modas, de botánica y gastronomía. Ligia Cruz, “perfectamente tuberculosa”, da cuenta de que el novelista ha bebido en las fuentes de la tragedia griega, del romanticismo del siglo XIX y de la permanente observación de los cambios y permanencias de una ciudad-aldea, como Medellín, que en 1920 ya tiene en sus paisajes urbanos el ferrocarril, las chimeneas fabriles, las guarichas y gentes de bajo pelambre, así como una capa social de privilegiados, que mira con recelo y le hace el “fo” a los humillados y descastados.

 

El último capítulo, con nuevos personajes y otras geografías, con la presencia de la magia, el mestizaje cultural, el campo, las minas y “el socialismo segoviano”, es el que da cuenta, además, de la familia de Ligia Cruz, de la fiesta y la desgracia, de los platos decembrinos, las trovas y la música popular. Y en el que el novelista vuelve a dar muestra de su conocimiento amplio y serio de los lenguajes y culturas de aquellos a los que la cursilería y el “europeísmo” no los afectan ni pone de rodillas.

 

Ligia Cruz, una novela corta y volcánica, en la que, además, el autor vuelve a dar evidencias de su manejo excepcional del diálogo, es una revelación de los choques entre la ciudad y la periferia, y de cómo el mohán, la madremonte, los duendes y hasta los filtros de amor y la brujería, se oponen a las expresiones superficiales de la ciudad, más pendiente —en particular entre los que se creen blancos y de mejor familia— de la simulación y de la mentira.

 

El niño que Carrasquilla lleva adentro

Por Reinaldo Spitaletta

El maestro Tomás Carrasquilla, el mismo que empelotó la denominada antioqueñidad, que mostró los vicios y virtudes de un pueblo que en muchos casos ha sufrido de complejo de superioridad y que ha tenido como rasgos clave de su identidad la simulación y el arribismo, es un escritor cuya obra, como lo dijera Unamuno,  “sabe a lugar, sabe a tiempo y sabe a humanidad”.

Tal vez, sus novelas y cuentos, sus crónicas y ensayos, su producción diversa, han servido más a historiadores que a literatos, porque es posible, a través de su lectura y análisis, desentrañar mentalidades y costumbres, que permiten radiografías sociales y de otras índoles, con base en el conocimiento de “archivos orales”, de la observación precisa y honda y de los saberes múltiples que el escritor vierte en su obra.

Carrasquilla, el primer escritor “profesional” que hubo en estos breñales antioqueños, aquel que desarrolló el poder de observación y de escucha, que con su bisturí de palabras y de conocimiento de la lengua, en sus vertientes de élites y del uso popular, pintó un amplio fresco de comportamientos, rituales, personalidades y paisajes. La memoria y el territorio son transversales en su obra. Y es reconocida su maestría en la confección de personajes infantiles y de mujeres, como se puede apreciar en numerosas de sus creaciones.

Los niños y mujeres de este autor, que fue bohemio, sastre, minero y juez, se pasean por novelas y cuentos como Simón el mago, La marquesa de Yolombó, Grandeza, Ligia Cruz, Rogelio, El Zarco, San Antoñito, Blanca, El rifle y Entrañas de niño. Además, como alguien lo expresara, de ser el dueño de todos los tesoros de la lengua castellana, que recupera el habla popular, aparte de tradiciones, leyendas y consejas, su obra lo erige como un observador delicado y audaz, y en un historiador de las manifestaciones típicas del pueblo.

Y en este punto, quiero hablar (que Carrasquilla es, según Rafael Maya, el “creador de la novela hablada” en América) de su novela Entrañas de niño, un testamento de un viejo que torna a mediante el ejercicio de la memoria a sus tiempos de infancia, cuando aún no alcanzaba lo que la Iglesia denominaba “uso de razón” (en una mirada de los clérigos distinta a la de los ilustrados), en que desde el epígrafe el lector percibe que se topará con asuntos de la memoria, “combustible de tu hermana la inteligencia”.

Si el lector quisiera, por ejemplo, hacer inventarios botánicos (como puede pasar, digamos, en Grandeza) los podrá efectuar en este texto multifacético. Si alguien se propusiera una lectura para consagrarse solo a los elementos de la arquitectura, hallará en esta obra riquezas a granel. Y si se trazara como objetivo una búsqueda de cómo maneja el novelista vestuarios, ceremonias y rituales religiosos, oraciones y eucologios, los hallará como parte del caudal de riquezas culturales que en esta obra se depositan.

Entrañas de niño, que sucede en Santafé de Antioquia, que en la ficción toma el nombre de Santa Cruz de Badillo (“la ciudad de nuestros blasones antioqueños”), en tiempos en que la república todavía es joven y los rezagos coloniales perviven, da cuenta de aspectos que tocan con la esclavitud (también con su abolición), que se manifiesta en la criada Tula, con los modos de ser aristocráticos, con curas e iglesias, con semana santas, y con la presencia de un lenguaje pleno de giros musicales y palabras que tal vez ya son parte de lo que se ha ido.

En esta novela, en la que el lector puede hacer un viaje arqueológico por devocionarios y rosarios vespertinos y matutinos, se pueden encontrar rastros del antiquísimo padre Astete y de su obra, que al protagonista, el niño Paquito Santos, le daba la impresión de que todo lo que tuviera que ver con el catecismo de aquel jesuita español “le parecía feo y aburridor sobremanera”. Ah, y el mismo hipocorístico (Paco, Paquito) da idea de los tiempos de la novela. Hoy, en Antioquia y en el resto del país, a los Franciscos ya nadie les dice Paco, sino Pacho. Por lo demás, en el siglo XIX se volvió a poner en boga el nombre de Francisco, más que por un recuerdo del “único auténtico santo” que ha tenido la Iglesia, San Francisco de Asís, por San Francisco Javier, precursor en el siglo XVI de la Compañía de Jesús.

Un leitmotiv de la obra tiene que ver con el sentimiento de culpa, el que experimenta el muchachito, que posiciona como ejes de sus afectos a su madre, su abuela, su “niñera” Tula y, sobre todo, su perro Mentor. El haber torturado un sapo, una especie de pilatuna que durante muchos años se practicó entre los infantes que destrozaban batracios o mataban pájaros a caucherazos, mortifica a Paquito, sometido a castigos y penitencias por su acto de crueldad.

Paquito, un infante perturbado por la belleza (“más que la grandeza del poderío, me deslumbraba la de lo bello”), sufrirá los pesos y contrapesos de lo que la religión considera pecaminoso y estará pendiente, no sin sufrimientos, de llegar a la “mayoría de edad”, o, de otra manera, de alcanzar el “uso de razón”, que puede obtenerse, de acuerdo con cánones católicos, con la primera comunión.  Llegar a los nueve años y no poder estar en esa situación cumbre, mantiene en vilo anímico al muchacho.

Varias culpas maltratan y persiguen al chico, que ama por encima de todas las cosas a su abuela Vira, pero que tiene en su madre y en su perro, una suerte de paño de lágrimas. El escupir a Cándida, por ejemplo, lo asimila a lo que él cree son los judíos (que solo los conocía por la Semana Santa), seres que escupen a otros. Hay que recordar en este punto, que durante años en Antioquia (quizá en otras regiones también) se consideraba judíos a los que mataron al Cristo, y se confundía a los soldados romanos con los practicantes del judaísmo (¿antisemitismo antioqueño?).

Entrañas de niño es un recorrido de fascinación por tierras cálidas, por olores a frutales, por tamarindos y ciruelos, por tormentas en las que hay que quemar ramo bendito para conjurarlas. En algunos apartados, es un reencuentro con aspectos del Quijote, con la Inquisición, con la quema de libros. Se van a pique libros del abuelo cubano de Paquito, como Apuntes romanos, Las ruinas de Palmira, El conde de Montecristo, El Judío Errante, y lo que tenían que ver con Voltaire y su espíritu revolucionario.

También la lectura de esta novela, llena de matices y de conocimiento del alma infantil, puede ser un reencuentro con palabras que poco se usan en la contemporaneidad, como “langaruto”, “sorombático” (“zurumbático”), “tuntuniento”, “tagarote”, parte de un tiempo en el que lo colonial se revolvía con ideas republicanas. Una novela que da cuenta de la “negridad” o de la presencia africana en la antigua capital de la provincia de Antioquia, en la que “había más esclavos que amos, porque toda el África tiene allí representantes. Todo ese ébano lleva los apellidos coruscantes de sus antiguos dueños”.

El narrador, un viejo que se vuelve joven, mejor dicho, niño, mezcla con acierto los tiempos de la madurez con la infancia lejana. Se aleja y aproxima, según las necesidades del tejido literario. Es probable que Entrañas de niño posea elementos autobiográficos, lo que es dado, al mirar de Fernando González, solo a las “obras maestras”.

Hay tonos de letanía (‘Turris eburnea’), de contradanzas y de luz de luna. Una obra en la que se puede apreciar de nuevo el vuelo de Clavileño (que, como se sabe, nunca despegó) o la presencia de un caballo persa, en la que el novelista torna a mostrar sus dotes de narrador, de excelso manejador del diálogo, de su conocimiento tanto del pueblo como de la aristocracia. Entrañas de niño termina en una escena de dolores, en la que Paquito tiene ganas de que todos se mueran y de que se acabe el mundo. Entre tanto, ¿el perro Mentor dónde andará, dónde se habrá ido?