Estampas urbanas al garete

(Crónica fragmentada con boleros, estatuas y una vendedora de tamales)

 

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Estatua ecuestre del Libertador. Parque Bolívar, Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

Ese día, sábado por la tarde, hice como en un poema de Robert Frost, pero al revés: de dos calles que se bifurcaban yo escogí la más transitada, y entonces me encontré con señoras de pelo morado (hoy las chicas se lo tiñen también de ese color), con carteras apretadas, a las que imaginé con mantilla y rosario. No había campanas ni misales. Ellas iban, sobre la acera, conversando quién sabe de qué pasados.

 

Más adelante (¿o quizá más atrás?) las mandarinas brillantes de un carretillero esparcían un aroma que me transportó a tiempos de ensueño, cuando papá, muy de vez en cuando eso sí, traía unas cajitas de confites ingleses, con fotos de familias inglesas en la tapa, y era como tener el paraíso en la boca.

 

Pasaron avisos de bazares, de hamburguesas, de helados italianos, de promociones telefónicas, de medias, de discos “chiviados” y entonces me detuve frente a una ventica de empanadas venezolanas, compré unas cuantas, saboreé y supe que eran mejores que las parroquiales. Bueno, sin generalizar pues.

 

2.

Por el pasaje La Bastilla, el hombre de chaqueta raída y zapatos viejos baila al ritmo de una canción de Ricardo Fuentes. En la derecha, carga una botellita de agua, con la otra lleva el ritmo en el aire. “Lo besarás con tus labios manchados / te colmará con sus torpes caricias…”. Hace mímica, fonomímica, se mueve con sabor y ritmo. Nadie parece prestarle atención. En el ambiente de mediodía huele a aguardiente y cerveza. La voz del cantante sale de un bar. En la esquina, con la calle Colombia, una vitrina de almacén luce camisas de hombre, bien dispuestas y elegantes.

 

Atravieso y voy ahora en medio de libros usados, algunos tirados en el piso, otros en mesitas. “Busca libros, señor”. El muchacho de camiseta verde me extiende una tarjeta. Oigo que alguien dice que necesita El músico ciego, de Korolenko. En el bar de la esquina se ven, desde afuera, las mesas de circunstantes que toman café.

 

3.

 

Primero, un guitarrista eléctrico. Unos metros más arriba, un guitarrista acústico, con su estuche abierto sobre la acera. Relumbran algunas monedas. Después, un titiritero sin espectadores. El tranvía pasa y desde adentro los pasajeros observan el muñeco de colores que danza en la calle. Más arriba, un olor a perros calientes se despliega por el entorno, en el que todavía los árboles están a medio crecer.

 

Del antiguo paisaje, solo quedan unas casas de fachadas afrancesadas. Hay, sembrados, edificios de apartamentos. Empieza, mas no como hace años, a sentirse un olor aceitoso a chunchurria. El hombre del carrito de frituras la prepara, muy cerca de donde antes había un jardín-heladería y ahora, con el esnobista nombre de “mercado”, hay una ramada con diversidad de comidas rápidas.

 

Adelante, en medio de gente que va y viene, se asoman los ventorrillos ambulantes de ropa, de frituras, de solteritas, de avena, mientras de un bar de dos pisos el reggaetón se arroja con intensidad sobre Ayacucho. En una banca, una pareja se besa, sin atender al juego saltarín de dos perros a su alrededor.

 

4.

La escultura de Marco Tobón Mejía, en la que el general José María Córdoba está con un león viejo a sus pies, no parece interesarse en la atiborrada presencia de toldos, juegos infantiles, chuzos y arepas con queso, que se extiende por un parque que, hace unos veinticinco años estaba asediado por una fantasmal soledad, con dos o tres alcohólicos en sus bancas.

 

Hoy es un hormiguero. Suenan las campanas de El Sufragio. Hay globos flotantes. Las mascotas van y vienen. Más allá, junto a la cabeza del poeta Carlos Castro Saavedra, esculpida por Óscar Rojas, una señora peliblanca se apechuga con un señor canoso. Parecen revivir un antiguo romance. El atardecer tiene corazoncitos que flotan sobre el viejo parque de Boston.

 

5.

 

Atardece sobre la estatua ecuestre del Libertador. El caballo y el jinete miran al sur. Junto al monumento, esculpido por el italiano Giovanni Anderlini, se eleva una suerte de carpa o quiosco policial. Unos cuantos agentes, con cara de aburrimiento, no parecen prestar atención al hombre de sombrerito de ala corta que baila al son de la salsa que brota de un altoparlante. El tipo tira paso de maravilla. Se deleita con su tongoneo.

 

Los olores son diversos. Junto a una jardinera huele a “berrinche”. Así lo dice una señora que agarra con certeza la cartera y se detiene a mirar las matas que un vendedor arruma en el piso. Se sabe que, por el olor, hay tipos que aspiran su “baretica”. Frente al Lido, dos hombres con pinta de extranjeros se detienen en la acera a observar la fachada deteriorada del viejo teatro en el que, hace años, se presentó el pianista Claudio Arrau. La brisa arrastra papelitos al garete.

 

6.

 

La señora, con atuendo colorido, el sol brillando en su cara achocolatada, empuja el carrito y se detiene en la esquina de San Martín con Moore. Es la media mañana y ella, con su megáfono, anuncia tamales de pollo y carne de cerdo, “calienticos”, “tamales sabrosos, a tres mil”. Pasa un Circular. Pasa un bus de Villa Hermosa. La señora continúa ofreciendo su producto. Suben por la acera de enfrente dos muchachas con tulas a sus espaldas.

 

Junto a la vendedora, con paso lento, una señora lleva a un perrito blanco con la traílla. “Qué lindo”, le dice la de los tamales. “Sí, está muy viejo y es ciego”. Ambas continúan su rumbo. Después, en la distancia, se sigue oyendo una voz amplificada que camina con su cochecito de oferta.

 

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Foto de Juan  Fernando Ospina, Universo Centro.

 

 

 

 

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Cuadros de una exposición urbana

(Crónica de caminante, con arreboles, lluvia y un estudio de Chopin)

 

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Parque Obrero, barrio Los Ángeles.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad, con sus sostenidos y bemoles, tiene música y ruido, canto y desafines, contaminación y sorpresas. Caminarla con el sentido de toparse con lo inesperado puede hacer de ella una caja de Pandora o, tal vez, una posibilidad para descubrir lo que, en sí mismo, parece no tener ningún interés. Estos cuatro cuadros, con su marco de aceras y edificios, se colgaron en esquinas y parques para transmitir en mis caminadas que la cotidianidad está cargada de pequeñas alegrías y desapercibidos asombros.

 

1.

 

La antes llamada plaza de la Independencia, en cuyos extremos hay hoy un pebetero con un pedestal deteriorado y la estatua de San Juan Bosco, tiene a un lado el colegio de María Auxiliadora, en el mismo lugar donde hace años quedó la Escuela de Minas de Medellín. Al frente, caserones antiguos, el edificio Wolf y en la esquina de El Palo con Cuba, una pequeña edificación de apartamentos.

 

Algunos de las mansiones de antes se instalaron casas de banquetes. El primer domingo del año, en medio de la soledad propia de tales días, en una de aquellas suena el Danubio azul, de Johann Strauss (hijo) y desde la calle se aprecia una pareja, ambos de negro, él de frac, ella de traje largo, dando las vueltas y llevando el compás de una música que parece dejar en el ambiente una suerte de extrañamiento, o, mejor, de impostura.

 

En el medio de la plazoleta, con jardines enrejados y algunos almendros, un habitante de calle arruma ropas envejecidas y pedazos de madera. El vals se esparce por el asfalto y hay, a esa hora del atardecer, varias loras que, con sus gritos y alharacas, buscan refugio en los árboles del sector. En el piso, el viento arrastra algunas hojas muertas.

 

2.

La tarde tiene color anaranjado y un poco de resaca del comienzo de año. Sobre la carrera Giraldo con La Playa, detrás del teatro Pablo Tobón Uribe, junto al parque Simona Duque, se aprecia la presencia multicolor de alguien que, encima, lleva decenas de muñecos y otros juguetes inflables. Solo se ven sus pies y los movimientos rítmicos del arrume de patos, globos, gallinas, perros y otras figuras que pueden representar alegrías infantiles.

 

El hombre (supongo que era un hombre y no una mujer) continúa su camino, atraviesa el parquecito y dobla la esquina. De pronto, vienen imágenes de los viejos vendedores de caramelos que, por diversos lugares, deambulaban con su vara plena de paragüitas, caballos, vacas y pájaros de azúcar. Cuando miro de nuevo, ya la móvil caravana de juguetería y feria ha desaparecido.

 

3.

 

Hacia el occidente, algunos arreboles parecen saludar el comienzo del año. Ayacucho, la tradicional calle, cantada por Carrasquilla y que es la arteria y corazón del barrio Buenos Aires, está repleta de caminantes. Suben y bajan. Los vagones del tranvía están, a su vez, atiborrados. Es la última jornada de las vacaciones de fin y principio de año, en un domingo que, para algunos, puede ser todavía un motivo para la ebriedad.

 

En el lugar donde debía estar construido el centro popular de frituras y de la clásica chunchurria, rodeado de latas, sobre un corredor del tranvía un hombre juega con su perra pastor alemán, llamada Luna, según dice en su collar negro. Le tira pelotas luminosas y ella corretea contenta, mientras algunos curiosos se detienen a observarla.

 

Más arriba, lo que antes fue un clásico café de Medellín, fundado en 1932, hoy es solo una suerte de caricatura triste de su pasado de esplendor. Reducido a una pieza con orinal y mostrador pequeño, el Sol de Oriente tiene una música de despecho, malsonante y a alto volumen.

 

En otro espacio, junto a un caserón de fachada ruinosa, donde a veces se hace un señor a vender películas, libros y revistas de otro tiempo, un muchacho palmotea y llama la atención de los transeúntes: “Lleve la avenita, a tomar a avena, avena a mil, traída directamente de Europa”. Los viandantes miran y siguen su rumbo.

 

Hay gentes que se toman fotos, otros que alzan las manos a los viajeros del tranvía, otros se reúnen en las heladerías y, muchos, casi en amontonamiento, entran al “Mercado del tranvía”, un lugar de gastronomía diversa. La atardecida Ayacucho, con sus avisos de comercio y sus caminantes, tiene todavía las ornamentaciones de una navidad que ya pasó. En una banca, tres hombres conversan con cervezas en la mano. Parecen estar despidiendo las jornadas de asueto decembrino.

 

4.

La calle Miranda, con su separador central arborizado, huele a humedades. La lluvia comienza a caer y parece que irá creciendo. Un señor que lavaba un carro en la acera, hace un gesto de fastidio. La espuma blanca todavía se conserva sobre el gris cemento. Más adelante, pasando Brasil, la iglesita de María Reina de los Ángeles, muestra la soledad. Apenas dos o tres feligreses sentados frente al altar.

 

Aumenta la lluvia y hay que caminar bajo los pocos aleros que todavía se conservan en un barrio antañoso (Los Ángeles), de casas amplias y poco tráfico en un atardecer de inicios de año. El puente festivo está a punto de terminar. Lo que sí está en ciernes, pero in crescendo, es la lluvia. Cerca al parque Obrero, por la mitad de la calle, un hombre camina con cinco perros, cuatro oscuros y uno amonado. No parecen alterarse por los goterones; voltean hacia Echeverri y dan la impresión, todos, de estar contentos.

 

Me detengo a escamparme en las afueras de una casa de entrada cubierta, a modo de plancha que cubre la puerta principal y la del garaje. La lluvia es más fuerte ahora. Y de pronto, entre los sonidos mojados, comienzo a distinguir una música, unos acordes. Es un piano. Alguien está tocando un estudio de Chopin. Una belleza las dos músicas, la de la lluvia de enero y la del pianista invisible. En el parque, los árboles rumoran con su follaje mojado.

 

Antigua plazoleta de La Independencia, hoy más conocida como María Auxiliadora.

De Misiá Rafaela al árbol de los cuchillos

(Recorrido por barrios obreros, cafetines y fútbol en una manga imposible )

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Preludio con casas viejas

 

El caminante, tras deslizarse por la Curva del Ahorcado, y pasar junto al Hoyo de Misiá Rafaela, cruzó por el histórico puente de La Toma, se dispuso a ascender por la calle de los Indios, atravesó Ayacucho (la que tiempo atrás él mismo calificó como una filosa puñalada de asfalto, que desparrama al barrio Buenos Aires hacia arriba y hacia abajo) y continuó su ruta hasta El Salvador. Quería estar en lo más alto, en el morro, el mismo donde hace años recaló el profeta nadaísta Gonzaloarango, con su marihuana y sus diatribas contra la aldea industrial, goda, pacata, abundante en casas de citas, con humos de fábricas de telas, sí, con aires contaminados e ínfulas de ciudad grande.

 

Llegar hasta la cima, donde está plantado el Redentor, le costó aumentos de pulsaciones y revoltura en los recuerdos. La ciudad era otra, saturada de smog, carros y edificios; vio cómo se erguían muchos de ellos donde antes había caserones, como los de Bomboná 1, los de las calles Villa y Giraldo y Mon y Velarde, y los de Boston y los de su “Buenos Aires querido” y Miraflores. Todo se fue, se dijo y se acordó de algún tango. Sí, el de las “casas viejas queridas”, las que “se van, se van” y “han terminado sus vidas”.

 

—Es un tango de Canaro y Pelay —se afirmó, mientras hacía una circunvalación en la cima del morro. Respiraba con ansiedades.

 

—¡Llegó el motor y su roncar / ordena y hay que salir! —susurró, como si los versos del gotán le dieran un nuevo aire.

 

La visión de la urbe lo devolvió a otros días, más bien remotos, cuando había fábricas y obreros, y barrios en los que los trabajadores se reunían en cafetines de esquina o jugaban en alguna cancha de fin de semana. Recordó entonces varias historias del Morro de El Salvador.

 

  1. Un hombre-ángel en el morro

Era un día de 1960, cuando Mario Giraldo estaba pintando la fachada de su casa, vecina del Morro El Salvador. No supo por qué, tal vez incitado por un inexplicable presagio, miró hacia arriba, donde un enorme Corazón de Jesús italiano abre los brazos como si diera una bienvenida a la ciudad, espabiló, se restregó los ojos, porque supuso que todo era una alucinación. Pero no. Era cierto lo que veía.

 

Abrazado a la cabeza del “Salvador del mundo” había un tipo (algunos, como se supo después, pensaron que era un ángel). Cómo va a ser. Revuelo en el barrio. ¿Cómo llegó hasta tan arriba?, se preguntaron. “No hay duda, es un hombre”, se dijo Mario.

 

Llegaron los bomberos e instalaron una escalera, que escasamente tocó la cima del pedestal. Abajo, un remolino de curiosos, los célebres noveleros de barriada, especulaba sobre el acontecimiento. “¡Qué descarado, dizque abrazando al Señor”, espetó, con incredulidad y repudio, una señora. Había miradas de incertidumbre, de angustia, de interrogación. El hombre, arriba, parecía ajeno al alboroto.

 

Arribaron policías y curas y más “brujos” (que así se llamaba a los fisgones). Un bombero, que había ganado altura, intentaba convencer al extraño “alpinista” de cristos para que descendiera. “No se vaya a tirar, señor”, le advertía. Subieron otra escalera y cuando el bombero subió más, el hombre se corrió, despacio, sobre el brazo derecho del Redentor Universal. Abajo, había contención de respiraciones. Tal vez, algunos rezaban.

 

El osado escalador llegó a la mano abierta de la imagen y se detuvo. El bombero, que fungía de salvador real, se aproximó. Fue entonces cuando el “ángel” de carne y hueso se dejó caer. Se estrelló contra una de las bolas de concreto que están en la base del pedestal. Horror en los espectadores.

 

No supieron de dónde venía, ni quién era, ni como se trepó, sin lazos, sin ayudas, hasta lo más alto del Salvador, que a unos veinte metros de altura sobre el pedestal, parece vigilar la ciudad. Puede ser el caso más trágico en la historia de este monumento, erigido como homenaje de algunas damas de alcurnia a monseñor Manuel José Cayzedo, arzobispo de Medellín durante más de treinta años.

 

El origen de la estatua del Salvador se remonta a 1899 cuando el papa León XIII promulgó una encíclica (“Annum Sacrum”) con la que “consagró a todos los hombres al Corazón de Jesús”. Había que rendir homenaje a Cristo Redentor a punto de finalizar la centuria. El primero de enero de 1901, el obispo de Medellín, Joaquín Pardo Vergara, dispuso un decreto para levantar en una de las colinas de la ciudad un monumento a “Jesucristo Señor Nuestro y Salvador del Mundo”.

 

El concejo de Medellín, mediante el acuerdo 30 del 13 de febrero de 1901, destinó un auxilio de mil pesos para la erección del nombrado monumento, que se levantaría como una suerte de saludo al siglo XX (que tiempo después, un autor de tango calificaría como “problemático y febril”).

 

No se conocen detalles acerca de la demora de más de quince años que tardó la construcción, pero sí se sabe que se esculpió en una marmolería de Italia, el almacén El Vaticano, de Sigmoni Buraglia y Compañía, que lo mandó vía marítima. Era como otro inmigrante italiano que llegaba a “hacer la América” en estos breñales. El pedestal se construyó con planos de Arturo Longas, modificados por Horacio Marino Rodríguez.

 

En los albores del siglo XX, se decía que aquella colina (antes llamada morro de don Rafael —pertenecía a Rafael Echavarría—) era un sitio de “pecado y perdición” y que, por tanto, no quedaría bien en su cumbre una imagen sagrada. Tomás Carrasquilla opinaba en 1919 que, precisamente por tan encumbrada razón, debía erigirse en ese lugar el monumento.

 

El 3 de febrero de 1916, el morro se atiborró de gentes que querían presenciar un eclipse de sol. Entonces era un mirador sembrado de moras, mortiños, uchuvas y lulos silvestres. Ahora, hay sanjoaquines, eucaliptos y cauchos. Durante años fue un “elevadero” de cometas y centro de reunión de caminantes urbanos. Y albergue de enamorados, lugar propicio para el beso y los abrazos.

 

Aquel Redentor que saluda a los vientos y los pájaros perdió un brazo durante una tempestad. Se lo amputó un rayo. Durante meses, el miembro estuvo tirado en el suelo, hasta que unos fabricantes de lápidas se lo robaron. Eso cuentan. Después, instalaron en su cabeza un pararrayos, que estuvo descompuesto muchos años, porque también se hurtaron el cable.

 

Pero el Salvador continúa ahí, altivo, observando cómo la ciudad crece y vive y muere. No se inmuta con los humos de marihuana de la parcería. “Este morro ha sido una vagamundería”, dijo un día Francisco Monsalve, un vecino del sector.

 

En el barrio, hubo antes mangas a granel y parajes solitarios. Los que allí llegaban en otros tiempos, creían estar en el campo pero con la ciudad al frente. La colina, que es cerro tutelar, con su imagen monumental, es símbolo de identidad del barrio, en el que antes hubo mangas a granel y pasajes solitarios. Y un patronato de obreras.

 

El Salvador, el de los brazos que parecen catar el viento, tiene en su pedestal una leyenda en latín: “Monstra Te Esse Matrem” (muestra que eres madre), una especie de invocación mariana. El Salvador del Mundo prosigue ahí, impertérrito ante los cambios citadinos. Un día lejano un hombre que quiso ser ángel emprendió desde arriba su último vuelo y su vida se hizo añicos contra el pedestal.

 

  1. La manga del Mosco o las dificultades de una gambeta

 

El caminante descendió del Morro. De pronto, se encontró en una calle nueva, ancha, muy cerca de donde antes estuvieron Los Bomberos, y donde en otros días hubo un granero mixto, Los Amigos, en el que obreros y estudiantes intercambiaban mentiras y sueños. Muy cerca de ahí, pasa la quebrada La Palencia. Hizo un paneo de recuerdos y volvió a ver la célebre Manga del Mosco, que ya no era la de antes. Tenía ahora más alcurnia. Y una protección de mallas para que los balones no caigan a la mortal corriente que tantos de ellos se tragó en otros días. Y en este punto, comienza otra historia.

 

El balón rodó hacia la quebrada, y la maleza, que crecía a casi dos metros de altura, como si a la cancha la rodeara una selva urbana, se lo tragó. Jaime Ochoa corrió a buscarlo. Se internó en los matorrales y de pronto se paralizó cuando vio que una cabeza de mujer parecía mirarlo con sus ojos muertos. El gritó paralizó a los demás jugadores.

 

Acaeció a principios de los sesenta en la Manga del Mosco, barrio El Salvador, cuando se inauguró el primer torneo de fútbol en esa cancha desnivelada, imposible para el ejercicio de un correcto partido, pero que, gracias a la pericia y ganas de diversión, la muchachada habilitó para que el arrabal no se quedara sin dónde futbolear.

 

Jugar entonces en aquel predio era una suerte de epopeya de barrio. La cancha tenía varios niveles, cual terrazas incas. Arriba, una portería de cañas y cabuya; abajo, el medio campo; más allá, en otro “entre piso”, la otra arquería. Solo las ganas de jugar hacían posible la hazaña. Un desafío a la imaginación.

 

Por uno de los costados, pasaba (pasa todavía) la quebrada La Palencia; en la otra banda, estaban los solares de las casas. Los que jugaban de punteros, corrían varios riesgos: uno, que el marcador, con un leve cargazo, los enviara a las aguas turbias; dos, si lo hacían por el lado de los muros, no solo tenían que eludir al contrario, sino los picos de botella y las latas de sardina que el vecindario arrojaba. Nada era fácil. Tal vez, las dificultades crearon buenos gambeteadores.

 

La Manga del Mosco se llamaba así porque había “un mosquero aterrador”, porque pasaba una cañada de aguas negras, según recordó un día Mario Giraldo, uno de los pioneros de la famosa cancha. Varias generaciones jugaron partidazos allí. Había, hace años, partidos de hasta siete horas seguidas, con equipos como el Liverpool, Los Aplanchadores, el Volante Norte (del barrio Las Palmas). Algunos jugadores, muy habilidosos, como uno que apodaban Monta, se autohabilitaba con la pared y sabía dónde caería el balón tras hacerlo chocar contra el muro.

 

Al llegar los primeros circos y las ciudades de hierro, la canchita recibió la gracia del aplanamiento en algunos sectores. Pero la maleza seguía prosperando. “Entrar al Mosco era como ir de safari”, dijo un día Ramiro Alarcón, otros de los que por allí ejerció la gambeta y la imaginación.

 

La cancha albergó equipos de otras barriadas. Venían pese a que sabían de la topografía arisca y la quebrada tragabalones. Uno de ellos, fue el Avenida, de “puros tocadorcitos. El que reventara el balón lo echaban”, recordó Mario Giraldo. La cancha, sin embargo, progresó. Las porterías de guadua se cambiaron por unas de tubo, que donó “un man muy rico al que le decían La Bachué y después lo mataron”, según un viejo habitante del sector. Un día, un carro del municipio se llevó una de las porterías para siempre.

 

En el Mosco jugaron La Chinga y Omar Delgado y Alfonso Rave y Leonel Montoya y Pablo Correa. También pateó balones Laureano Gómez, músico de los Teen Agers, quien, pese a su nombre, era liberal. En esa cancha imposible jugaron solteros y casados sus desafíos de fin de año, y apostaron el dinero de la leche, en unos casos, o del aguardiente, en otros. La cancha fue una aventura de barrio, una ilusión de muchachos de ayer. Un sueño de comunidad.

 

Durante años, los que allí jugaron sentían el olor cálido que emanaba de una fábrica de bocadillos, y de vez en cuando se dejaban seducir por el canto de las sirenas de los bomberos. En el Mosco jugaron pelados de La Toma, Gerona, La Milagrosa, Ayacucho, Miraflores, y, claro, los de El Salvador.

 

Hoy, tras la apertura de la calle que bordea La Palencia, la cancha está aplanada y allí se juegan partidazos, que ya no tienen la presencia de gambeteadores de fantasía, ni la quebrada se traga ahora los balones.

 

 

  1. Ayacucho y sus tangos de cafetín

 

El caminante tornó hacia Ayacucho, corazón del otrora encopetado barrio Buenos Aires, uno de los más viejos de la ciudad, y que hasta 1952 tuvo tranvía, que albergó cafés tangueros como el Sol de Oriente (en la esquina con la carrera Suiza y fundado en 1932) y el Astral (ya desaparecido), y sintió el olor de los obreros de Coltejer, la textilera fundada en 1907, a orillas de la quebrada Santa Elena (a la que los nativos del Valle de Aburrá nombraron Aná).

 

Ayacucho, una de las calles más históricas de Medellín, asciende hasta los vientos fríos de Santa Elena. En otros días, su miscelánea de aromas pasaba por la alhucema, el incienso, el aceite de frituras, los panes calientes y los olores de supermercado. Había en ella, que cambió su vocación residencial por la del comercio, de “todo como en botica”, un dicho que ya desapareció del uso de los hablantes de la ciudad.

 

Una calle variopinta, por donde se la mire: lavacarros, pollerías, montallantas, peluquerías, cacharrerías, ferreterías, licoreras, farmacias y que durante muchos años albergó lo que el imaginario popular bautizó como “el palacio del colesterol”, más de una cuadra dedicada a la venta de fritos, arepas de chócolo con una atracción (tal vez fatal para los que tenían las grasas saturadas muy altas): la chunchurria.

 

Se decía en otras calendas, que el sol llegaba a Medellín rodando por Ayacucho. Las torres neogóticas de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón podrían ser el logotipo de esta calle que a principios del siglo XX estuvo sembrada de guayacanes morados y amarillos. Y todavía, como muestra de su antiguo esplendor, conserva parte de la arquitectura del castillo de los Botero, donde ahora está la clínica del Corazón de Jesús.

 

Esa calle inevitable, paralela a la quebrada Santa Elena, tuvo caserones republicanos, de generosos espacios, con fachadas afrancesadas. Algunas, se transmutaron en torres de apartamentos, en parqueaderos o en servitecas y otros locales comerciales. Por allí subió y bajó el viejo tranvía, y por allí pasa el nuevo. También se desplazó uno de los tipos más ricos que en la ciudad hubo: Carlos Coriolano Amador, dueño de la Hacienda Miraflores, llena de ceibas y pájaros y adornos traídos de Inglaterra.

 

Alrededor de esa calle, en la que hace años habitó el escritor fredonita Efe Gómez, autor de clásicos relatos como Guayabo negro, se elevaron chimeneas fabriles, empresas de electricidad, cervecerías, pero, a su vez, cines como el Buenos Aires, el Ayacucho y el teatro Colombia. En el Sol de Oriente, el único supérstite de los viejos cafés de entonces, pero reducido a la mínima expresión en su espacialidad, el tango fue el rey de la barriada. Allí cantaron en vivo y en directo Agustín Irusta, Óscar Larroca, Pepe Aguirre, y bailaron el Mudo Emilio y Tángano (pintor de brocha gorda que nació bailando tango), y se instalaron en sus mesas futbolistas de alto calibre como los argentinos Charro Moreno, René Seghini, el Coco Rossi, José Vicente Greco, y el legendario Omar Oreste Corbatta, llamado el Rey del chanfle.

 

En el Sol de Oriente, bar de obrería y artesanos, recalaron artistas como Ramón Vázquez y ajedrecistas como Tirso Castrillón. Y también un billarista famoso, al que apodaban “Matate Jesús”, porque, cuando perdía una partida, chocaba su cabeza contra las mesas de billar.

 

Ayacucho, que se duplica en Las Mellizas, una calle doble, con separador arborizado, también parte al barrio Miraflores, un sector que tuvo chalets y palacetes, hoy convertidos en edificios de apartamentos. Si el caminante asciende para ir buscando el frío de Santa Elena, pasará muy cerca de una de las canchas de fútbol más viejas, fundada en 1925 y que hoy es un parque, con estación de tranvía incluida. Si sigue subiendo, llegará al viejo barrio obrero de Alejandro Echavarría, que hace años tenía un portón de cemento con el nombre grabado en relieve.

 

El Alejandro (como le dicen hoy los muchachos) es un barrio que Coltejer construyó para sus trabajadores, con casas amplias, de cuatro y cinco alcobas, antejardín, techo de teja española y alto valor ambiental por su arborización. En él se erigió la iglesia Concilio Vaticano II, y al fondo de su parquecito, vivió el escritor Mario Escobar Velásquez, que en la década del cincuenta trabajó en la textilera y dirigió la revista Lanzadera, de la misma empresa.

 

Uno de los referentes del barrio ha sido su cancha de fútbol, antes de arenilla y hoy convertida en un parque polideportivo, con grama artificial. En los sesenta y durante muchos años, fue escenario de partidazos que convocaban a jugadores y público de toda la ciudad. Allí llegaron a mostrar sus dotes futbolistas profesionales.

 

 

  1. Otros caminos, otros barrios

Al caminante le puede entrar la incertidumbre de sus rutas. ¿Hacia dónde dirigirse ahora? Tal vez pueda hacer un rodeo, atravesar Miraflores y subir por la carrera Alemania (la 29) hacia La Milagrosa, un barrio tradicional de trabajadores que antes se llamó Quijano y tras la erección de la iglesia con una advocación virginal cambió de nombre.

 

El barrio, con parque (a diferencia de su vecino Buenos Aires que carece de él) y calles históricas como el Cuchillón, tuvo aromas de pomas y naranjales. Sus mangas abundantes se transformaron en ciudadelas de apartamentos, como Cataluña y sus derivados. En algunos de sus sectores, como el llamado La Cumbre, convivieron caserones de corredores y antejardines enormes al lado de pequeñas casas.

 

Cantada en novelas y cuentos de Luis Fernando Macías, como Ganzúa y Amada está lavando; narrada en algunos escritos del investigador de tango y nativo del lugar, el finado Luciano Londoño López, único colombiano que perteneció a la Academia Porteña de Lunfardo, de Buenos Aires, Argentina, La Milagrosa es vecina de Loreto y el Nacional, también barrios de trabajadores.

 

Si del parque de La Milagrosa, el caminante desciende por la vieja calle de Cuchillón, conocida como la 45, se topará con otro barrio de trabajadores, con nombre español, Gerona, como que lo urbanizó uno de los clásicos miembros de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, Manuel de J. Álvarez Carrasquilla, sintetizado como Majalc. Este comerciante y empresario de la vieja Medellín, era un hispanófilo. Fue uno de los constructores de los barrios Aranjuez, La Mansión y de Andalucía (en Bello).

 

Gerona, que también fue cuna de malevajes y tanguerías, con bares como El Cachafaz, Verdemar  y El Machete, con una barra de miedo como los muchachos de El Cambray, escuchó la voz de Amparito Vélez, soprano que habitó en el sector, y también la del locutor Iván Zapata Isaza, emblema del radioperiódico Clarín, llamado por el vecindario El negro grande de Gerona.

 

En ese barrio, que tuvo una línea de buses con avisito de “Gerona-Loreto”, en algunas de sus calles se pueden apreciar, pintados sobre el asfalto, enormes escudos rojiazules del Deportivo Independiente Medellín. En su paisaje arquitectónico predominan las casas, algunas de dos y tres pisos, pero ya, saltones, aparecen edificios de apartamentos.

 

Muy cerca de allí, y hacia Ayacucho, el caminante puede derivar en el barrio Restrepo (fundado en 1934 por Ramón Restrepo), hoy conocido como El Redondel, muy cerca del sector al que un bar le dio nombre: el Santos. Era una fracción de Buenos Aires, con casas muy grandes, casi todas blancas, de dos y tres niveles, sótano incluido, con zonas verdes y terrazas. Hoy esas mansiones ya no existen y en su lugar se levantan edificios residenciales.

 

 

Epílogo con una escultura a la vida

 

Junto a la antigua corriente de Aná, se levantó en 1907 la fábrica Coltejer, en el viejo sector de La Toma, que después se erigió como vivienda obrera, con bares de tango y porros, uno que otro prostíbulo y una sección que algunos creen fue el origen de la actual ciudad, antes Villa de La Candelaria: la Vuelta de Guayabal. Anclada a la historia colonial, esa calle larga, que antes de existir Ayacucho era la ruta hacia Rionegro, la llamaron Ricaurte (calle 51). Junto al puente de La Toma, construido en 1857, remodelado por el belga Agustín Goovaerts y cerca de un breve sector, que prácticamente es una callejón paralelo a la quebrada, llamado El Hoyo de ‘Ña Rafaela (o de Misiá Rafaela), se denominó La Canguereja, narrado, por ejemplo, por Tomás Carrasquilla.

 

Durante casi ochenta años, La Toma albergó telares, calderas y chimeneas, así como cafetines, cerrajerías, talleres mecánicos y residencias. Parte de su territorio se transmutó en el actual Parque Bicentenario, el Museo de la Memoria y en bloques de apartamentos, como las Villas del Telar.

 

La Toma, con sus pasajes residenciales, inquilinatos, parqueaderos enormes y talleres de mecánica, tuvo bares para camajanes y obreros, como el Barcelona, el Perro Negro y el Torrente. Junto al llamado Puente de Brooklyn, en el Gran Combo, los hinchas del DIM han tenido desde hace años una suerte de templo sagrado. Más abajo, y ya en el parque Bicentenario, donde además hay un busto que recuerda al líder de la No Violencia, Mahatma Gandhi, se levanta una escultura (El árbol de la vida) hecha con más de veintisiete mil puñales, cuchillos y otras armas cortopunzantes decomisadas por la policía, del artista Leobardo Pérez.

 

El caminante se detiene junto al metálico árbol que ningún viento mueve. Se escuchan las voces de niños que juegan junto a una puerta con chorros de agua y el rumor de la sempiterna quebrada Santa Elena se esparce antes de perderse bajo el asfalto.

 

 

(Crónica publicada en el libro colectivo Nuestro tranvía, Alcaldía de Medellín, 2015)

 

Puente de La Toma o Puente de Brooklyn (Revista Credencial)

Una vieja calle con tranvía nuevo

(Crónica de los que pasaron y no supimos sus nombres)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Las cosas duran más que los hombres. Parece una obviedad, pero, para el caso que quiero exponer, puede servir como referencia. Caminaba por el nuevo Ayacucho, una calle que, como una filosa navaja, parte en dos al barrio Buenos Aires, con sus polvorientos postes del tranvía, los arbustos y árboles recién sembrados (vi almendros, palmeras, guayacanes… todavía en miniatura) en los cuadritos de tierra, lo único que resalta dentro del enfático cemento, los metálicos semáforos, los rieles, el gris tedioso del concreto que agrede la vista, los avisos de nuevos locales… Es un mediodía de domingo, con cielo azul y sol contundente.

Algunas fachadas están en decadencia, con sus cornisas desvaídas, los portones podridos, la pátina de una vejez imparable que está a punto de venirse al piso. Ventanas con apariencia de estar cerradas desde hace años, su madera descaecida. Y como contraste, otras sin tanta alcurnia, relucientes de pintura nueva que parecen dar la bienvenida al tranvía, que muy pronto rodará por esta calle a la que no se le pueden hacer gambetas. No se deja eludir.

Así como vi hoteles donde antes había caserones, pasé por una papelería y miscelánea y el señor de otros días, tal vez su dueño, era el mismo (¿el mismo?), con barba más blanqueada y cabellos en retirada. Un local donde antes hubo un restaurante chino, y mucho antes una casa de patios y plusvalía de cuartos, es ahora un templo de cristianos que cantan a voz en grito, como desgañitándose. Lo que antes fue una heladería y luego un almacén de electrodomésticos, es ahora una fonda de bandeja paisa y más allá, junto a una peluquería de espejos empolvados, hay una venta de helados con nombre italiano.

Ascendí y después bajé por la calle cambiante de bazares y fantasmas. Ya no están los viejos cafés ni las barberías clásicas, reemplazados por tenderetes de variedades y cacharrerías. La iglesia, con sus torres neogóticas, me pareció más pequeña y su color verdoso oscuro se trastocó por un gris-mugre. En otros días, había en la calle olor a pan caliente y pollos a la brasa. Ahora, a metal y a cemento recalentado. Y en un momento, tal vez cuando pasé frente a la fachada en ruinas de una antigua casa, llegaron —como viajeros de buses intermunicipales en busca de orinal y alimento— las caras confusas de gente de hace años que nunca volví a ver, y de la cual ni siquiera recuerdo sus nombres, ni a qué se dedicaron, ni si ya murieron, o si las he visto no he expresado ninguna muestra de reconocimiento. Suele pasar.

Cuántos muchachos compañeros de aquellos salones de ventanales amplios y techos altos, con pizarras verde mate, olorosos a tizas, con mosaicos rojos y amarillos, jamás volví a ver. Nunca más sus fisonomías ni sus nombres retornaron a mi memoria ni fueron materia prima de ningún recuerdo. Solo sombras o paisajes muertos. Tal vez la nada. Quizá hubo alguno que se llamó Óscar, o Guillermo, o Álvaro, o Alejandro, o Ramón. De aquellos días de escuela, son pocos los que quedaron en algún recodo de la infancia. Casi todos se perdieron en la bruma de lo ido.

De algunos, por su nombre raro para la época, como Hildebrando, Raimundo, Sócrates, Aristóbulo, recuerdo alguna señal particular, o un color de piel, o quizá un tono de voz; muy poco el inventario como para evocar una personalidad, una manera de ser. Lo mismo, con condiscípulos del bachillerato, que en uno (y como puede ser lógico, o por lo menos posible, uno tampoco los marcó) no dejaron huellas. Los pasos perdidos. Los caminos bifurcados.

En los días de la educación sentimental, de los cines y las colecciones de cromos o “caramelos”, de las canciones de moda y los viajes a la luna, muchos pasaron junto a uno. Y así mismo se fueron. Se esfumaron. Quizá quedó el caminado de Olimpia Sánchez, o de Gabriela Flórez, o las ensoñaciones en la mirada de una muchacha que apodábamos Roberta y de la cual no supimos su verdadero nombre. Porque de tantos que nos topamos en esquinas, en aulas, en un examen de admisión, en una entrevista de trabajo, no permanecieron sus rastros, ni sus rostros. Nada.

Puede ser más fácil tener recuerdos de un árbol, por ejemplo de aquel piñón de fronda inverosímil, que en los atardeceres se poblaba de gallinazos; o de una ceiba-bonga que en febrero soltaba sus hojas y de a poco iba reverdeciendo, y en la que murieron no sé cuántas cometas; o de las porterías de hierro de una cancha de fútbol junto a una quebrada; o de las casas en obra negra que abundaban cuando el mundo era apenas una promesa. Hay cosas de barrio que perduran, como las puertas y timbres que tocábamos y las carreras de la fuga; las aceras con patanes perniciosos sentados narrando historias; el primer balón que tuvimos en la cuadra. Y así hasta el infinito.

Los que sí se quedaron para siempre fueron los patoteros sentimentales, los que compartimos futbol y juegos de calle, los que salíamos a apostar cuál era el que tenía más dotes de Casanova o de don Juan. Pero son tantos los que pasaron y se los tragó la oscuridad. Qué fue de aquella muchacha morena, piernas largas, ojos brillosos que nos quitaba el aliento en las clases de mecanografía y técnicas de oficina en un instituto también desaparecido. Y qué de aquellos de pronunciación perfecta con los que estudiamos inglés en una escuela central. Mejor dicho, como en aquellas españolerías clásicas: los infantes de Carrión y los de Aragón, ¿qué se fizieron?

Sí, puede ser que ciertas cosas duren más que los hombres y sus recuerdos. Por ahí, en algún lugar de las nostalgias, están los cuentitos de Saturnino Calleja, los trompos bailarines, las canicas de cristal, los yoyos sin cuerda, una cajita de música muda, pero no están los que fueron sus dueños.

Tanta gente que nos quedamos sin conocer, apenas imágenes fugaces, compañeros de viaje, espuma y nada más. Señoras de barrio a las que nunca saludamos, clientes de tiendas que ya no están (ni las tiendas tampoco), secretarias de escuela, celadores de esquina, carteros que eran parte de un paisaje callejero… Todos pasaron.

Como paso yo ahora por esta calle antigua pero renovada, que hace años también tuvo tranvía (se acabó en 1951) y guayacanes morados y amarillos, y que vivió tiempos de olores a frituras y grasas saturadas, y que ya no tiene a una muchacha que, asomada por la ventana, veía transcurrir la calle, mientras sonreía con tristeza. Ella ya pasó. El tranvía apenas está llegando.

Calle Ayacucho de Medellín, con el viejo tranvía, en 1924 (tomada de internet)

Juventud, regalo de los dioses

(Una caminada con muchachos voladores y un tranvía en construcción)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Aunque los que ya recorrieron el camino, claro, digan sin mucha convicción que es una enfermedad que se cura con el tiempo, no deja de ser un tesoro, como lo advirtiera un azul poeta nicaragüense. Sí, un divino tesoro. La juventud es un regalo de los dioses, que además no envejecen. No sé por qué a Yavé en sus representaciones iconográficas, lo muestran como un anciano barbiblanco. Tal vez por asuntos de credibilidad, porque, de simbolizarlo como un muchacho, daría más bien ganas de parranda y expediciones a conquistar peladas.

Y esto lo iba meditando en la media mañana dominical, con sol muy brillante, cuando pasaba por encima de la quebrada Santa Elena, frente a una pantalla de agua que, a esa hora, las diez, estaba todavía despoblada. Antes, ahí, en ese lugar, había una vetusta construcción, dedicada a montallantas y almacenamiento de chatarras. Hoy, es parte del parque Bicentenario, construido sobre las ruinas de un viejo barrio, La Toma, que se remontaba  a los tiempos de Mon y Velarde, el españolito colonialista, visitador del rey,  que dispuso que la Villa de la Candelaria tuviera un acueducto de aguas corrientes.

Yo caminaba, de pantalón corto, mejor dicho, de bermudas con bolsillos de parche y tapas, tenis azul oscuro y una camiseta amarilla de algodón. Estaba de retorno hacia la casa, de la que había partido cuarenta y cinco minutos antes. Había visto las catenarias y postes, también los rieles, del tranvía en construcción en la clásica calle Ayacucho, que por ahora está en una suerte de ruina en reparación. Ya algunos “negocios” tienen en su nombre la palabra tranvía (Chorizos el tranvía, Hotel Tranvía, y así), y todo está lleno de polvo y se notan escombros en algunas esquinas. No hay ningún árbol.

Cuando pasé por el frente de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, llena hasta las escalas del atrio, los feligreses alzaban la mano, como si dijeran presente. Más abajo, un señor en las afueras de una peluquería charlaba con quienes estaban adentro. Y muy cerca de ahí, una serviteca, donde se alinean carros,  se les cambia aceite, en fin, permanecía en una soledad dominical, que daba la impresión de ser un local pesaroso y triste.

Y así, entre polvaredas y carros con exhostos ruidosos, llegué al Bicentenario. El agua de la pantalla refulgía y en el marco de aquel espejo acuático, había dibujos, grafitos de colores, leyendas alusivas a la memoria. Y muy cerca de donde se levanta la escultura llamada El árbol de la vida, hecha de cuchillos, navajas y otras armas cortopunzantes decomisadas por la policía, esculpida por Leobardo Pérez, vi un muchacho que parecía volar. Al principio, creí que avanzaba como una suerte de gacela; más cerca, se le notaba la agilidad inverosímil: ponía los brazos, apenas con sutileza sobre los bordes, y salía al vuelo, despedido por una fuerza invisible y volvía a tomar impulso, todo sin parar, y repetía lo que a mí me devolvió a tiempos antañosos, cuando yo asumía el rol de un Tarzán de barriada, y en las estribaciones del morro Quitasol, o en las arboledas de la vereda Potrerito, volaba de palo en palo, al grito de película que emitía el legendario Johnny Weissmüller.

El muchacho, de pelo indio y cara redonda, cobriza, me miró y quizá advirtió en mí una suerte de admiración por sus desplazamientos de agilidad. Lo vi dar la vuelta por la pantalla y seguir por el parque, irse hacia el Museo de la Memoria, pasando primero frente al busto de Gandhi, hasta perderse de mi vista.

Continué hacia el parque de Boston, con señores en sus bancas, algunos con cara de alcohólicos, y pasé frente al atrio de la iglesia del Sufragio. La voz de un cura cantaba no sé qué pieza religiosa. La mañana de domingo se me regaba por el cuerpo y se instalaba en mis tenis cansados. Después, subí por Mon y Velarde, crucé la calle Bucaramanga (la 58A) y llegué hasta Cuba.  En el Teatro Prado-Águila Descalza, había una valla que anunciaba una obra titulada Insomnio, y un aviso que promocionaba la obra Vida de perros. Por la acera, un señor tuerto se hacía acompañar de un perrito lanudo.

Y fue en la carrera San Martín cuando vi, a lo lejos, en la ciclovía de domingo, dos muchachos que daban vueltas sobre sí, acostados. Rodaban y rodaban. Cuando me acerqué, escuché sus risas plenas: uno era moreno, de pelo churrusco; el otro, blanco y rubio. Tendrían unos diez años cada uno, tal vez un poco más. Me imaginé lo que sentían al girar en el asfalto, a veces veían el cielo, a veces el pavimento. El mundo girando. Y ellos gozando. “Juventud, divino tesoro”, sentí una lejana voz en el recuerdo. Pasé junto a ellos y después las risas se esfumaron.

Antes de entrar a casa, miré el cielo brillante. Subían y bajaban ciclistas, casi todos jóvenes. Una señora caminaba acompañada de una perrita fox terrier. El mundo me pareció nuevo. Y en la distancia, esa que conduce al recuerdo, vi un muchacho que saltaba de un segundo piso, como si nada, y seguía corriendo por una calle destapada, hasta llegar al pie de un cerro en el que él solía, con otros de su gallada, echarse a rodar por cañadas o volar de árbol en árbol, como si fuera un Tarzán que desde la urbe cercana había sentido el llamado de la selva.

El domingo era joven todavía. Y hasta mí llegaron los versos de Canción de otoño en primavera: “juventud, divino tesoro / ¡ya te vas para no volver!”.

Escultura El árbol de la vida, parque Bicentenario, Medellín (foto tomada de internet)