Garúa, solo y triste por la acera…

(Crónica sobre un tango de Troilo y Cadícamo, con recuerdos del barrio Antioquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Una noche de hace mucho tiempo, sin música de alas, pero sí de copas aguardenteras, el escultor Gabriel Restrepo y yo entramos, quizá tambaleando, al Cuartito Azul, en la segunda planta, más íntima y tanguera, del Patio del Tango, del gordo Aníbal Moncada, en el barrio Antioquia. Nos sentamos sin protocolos y pedimos más bebidas espiritosas. Y, de pronto, en medio de una concurrencia que parecía asombrada, Gabriel comenzó a entonar Garúa, de Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo.

 

Este tango, que, como muchos otros, tiene la lluvia como gran metáfora, presenta un tejido sutil de palabras que crean un paisaje nocturno, con fríos espectrales, gotitas casi incorpóreas, olvidos y lágrimas celestiales. Es una letra, o, si se quiere, un poema, de alta concepción sobre el estado del tiempo y su influjo en la animosidad.

 

Garúa, grabado el 4 agosto de 1943 por la orquesta de Aníbal Troilo con la voz de Francisco Fiorentino, tuvo primero música que letra. En la calle Corrientes, entre Libertad y Talcahuano, quedaba el cabaret Tibidabo, donde la estrella era el joven Pichuco. Una noche, tras un toque, el bandoneonista y director de orquesta vio entre el público a Cadícamo, ya célebre autor de tangos que, entre otros, interpretó Carlos Gardel. En el altillo del café le hizo escuchar una melodía a ver si el autor de Niebla del Riachuelo le ponía letra.

 

Cuando Cadícamo caminaba de regreso a su casa, en la madrugada, había una llovizna leve, sutil y delgada. Y el mundo era frío, con sensaciones de desolación. Y ahí —se cuenta— ocurrieron los primeros versos: “¡Qué noche llena de hastío y de frío! / El viento trae un extraño lamento. / ¡Parece un pozo de sombras la noche / y yo en la sombra camino muy lento!”.

 

Ese tango memorable, que entraña espíritu de barriada y amores y olvidos, se iba formando con un mensaje categórico, claro, sin retruécanos ni rebusques. La garúa, que es lluvia fina y persistente, es asimilada por el poeta como púas, lo que da a entender un dolor, un sinsabor: “Mientras tanto la garúa / se acentúa / con sus púas / en mi corazón…”. Cadícamo con esta creación pone como trasfondo “la demolición de viejos sueños compartidos por varias generaciones de porteños”, al decir de Jorge Göttling en su libro Tango, melancólico testigo.

 

A la noche siguiente, Cadícamo tornó al cabaret con la letra lista y entonces comenzó el ensayo de Troilo con el cantor Fiorentino. “En esta noche tan fría y tan mía / pensando siempre en lo mismo me abismo / y aunque quiera arrancarla, / desecharla / y olvidarla / la recuerdo más”. Estaba en gestación, o, mejor, en marcha, uno de los tangos más representativos de la década dorada del cuarenta. Después de la grabación mencionada, de la RCA Víctor, llegó la de Pedro Laurenz con Alberto Podestá, de Odeón, y en ese mismo año se llevaron al vinilo versiones de Mercedes Simone y de Alberto Gómez.

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¡Garúa! / Solo y triste por la acera / va este corazón transido / con tristeza de tapera. / Sintiendo tu hielo, / porque aquella, con su olvido, / hoy le ha abierto una gotera”. Hay una vinculación de lo urbano, de lo arquitectónico en estos versos sentidos, que tienen un hondo dejo de melancolía, de tristura agridulce: “¡Perdido! / Como un duende que en la sombra / más la busca y más la nombra… / Garúa… tristeza… / ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!”.

 

De múltiples versiones que existen de Garúa, tal vez, y para gusto personal, la más entrañable y de fraseo exquisito, con una dramatización sin sobreactuaciones, es la de Roberto Goyeneche con Aníbal Troilo, de 1962. El Polaco muestra y demuestra en este corte su talento de cantor, su interpretación cabal de la letra, de lo que quiso decir el autor, dándole el sentido poético a cada verso: ¡Qué noche llena de hastío y de frío! / No se ve a nadie cruzar por la esquina. / Sobre la calle, la hilera de focos / lustra el asfalto con luz mortecina”.

 

Es un tango de soledades, de desgarramientos dolorosos, de una situación en la que el barrio, la ciudad, el estado del tiempo, como trasfondo, afectan las manifestaciones del corazón y los sentimientos. “Qué noche llena de hastío y de frío / hasta el botón se piantó de la esquina…”. Sí, ahí está la urbe, la barriada, el policía (el botón, o tombo como lo adaptamos al vesre en Medellín) y unos bombillitos débiles que transmiten, en la solitaria noche, el vacío, la ausencia.

 

El tango llega a su cúspide sentimental, a su próxima caída de telón, en un momento en que el protagonista, el narrador, se siente como “un descarte”, solo y aparte, abrumado por el recuerdo y la pena. “Las gotas caen en el charco de mi alma / hasta los huesos calados y helado / y humillando este tormento / todavía pasa el viento / empujándome”.

 

Goyeneche, que luego grabó otras versiones (por ejemplo, con la Orquesta Típica Porteña, de Raúl Garello), aparece cantando Garúa en la película El derecho a la felicidad, de 1968, acompañado por Ernesto Baffa. Adriana Varela, por otra parte, tiene una interpretación digna de este tango, acompañada por la Orquesta Filarmónica de Montevideo, parte del álbum Cuando el río suena.

 

Esta joya tanguística de Troilo y Cadícamo fue la que, una noche de bohemia, en el Cuartito Azul del gordo Aníbal, un escultor cantó con una emoción tan intensa, que el resto del auditorio, seguro pasado de tragos, les pareció una interpretación bonita y entonces aplaudieron y brindaron en colectivo. Después, buscaron la versión de Goyeneche y la noche se llenó de duendes y de dolientes sombras.

 

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¡Qué noche llena  de hastío y de frío….

 

 

 

 

 

 

 

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Desencuentro con amargo desenlace

(Un tango existencialista de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo)

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                                                                                                                                                                 Cátulo Castillo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A Cátulo (Catulo Ovidio) Castillo, al que le tuvieron que “esdrujulizar” el nombre para que los compañeros de escuela no lo molestaran, le cabe el honor de muchas letras de tango, y músicas, también de haber boxeado en la categoría pluma hasta ser preseleccionado para los Olímpicos de Amsterdam en 1924. Su trayectoria en el tango es de fina estampa, con una poética en la que la nostalgia y lo perdido (y no recuperado) están presentes.

 

Quizá por estos contornos y ambientes de cafés (incluido El último café) su tango Tinta roja (con música de Sebastián Piana) es el estandarte de este director musical, de ideas de izquierda (su padre, el dramaturgo José González Castillo, con el que también compuso tangos, era anarquista). En la periferia y el centro siempre sonó aquello de “Paredón, tinta roja en el gris del ayer…”.

 

Cátulo, nacido en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906, un día de lluvia y frío, iba a llamarse en realidad Descanso Dominical (González Castillo), debido a que, por esas calendas se había logrado una reivindicación libertaria: la de no trabajar los domingos. El empleado de registros se negó a ponerle tal nombre y su padre se decidió por el de dos poetas latinos. Sus primeras influencias literarias estuvieron bajo el estro de Rubén Darío.

 

Sus letras, casi todas con el dolor de un pretérito imperfecto, le dieron al tango una estatura monumental, que alcanza cielos existenciales con La última curda, van a tener, en 1962, una creación dura, áspera, que puede clasificarse en los catálogos del pesimismo, o, desde otro ángulo, en una suerte de desazón ante los golpes de la vida. La versión que más se oyó en Colombia fue la muy dramática y bien interpretada de Roberto Goyeneche, con la orquesta de Baffa-Berlingieri. Y de ese tema, Desencuentro, con música de Aníbal Troilo, es del que quiero conversar.

 

Tal vez no tenga las alturas poéticas de otras de sus creaciones (como Una canción, Caserón de tejas y María, por ejemplo), pero sí hay en ella una fuerza ineludible contra la cual, como la del destino, no se puede pelear. Es la situación de alguien al que todo le sale mal y que puede estar caminando en la cuerda floja de la existencia: “Estás desorientado y no sabés / qué “trole” hay que tomar para seguir. / Y en este desencuentro con la fe / querés cruzar el mar y no podés”.

 

Es un tango amargo sobre la vida y la sociedad vista a través de lo que le sucede a un individuo, al que lo pica la araña que salvó, y el hombre al que ayudó le hace mal. “¡Qué desencuentro! / ¡Si hasta Dios está lejano! Sangrás por dentro, / todo es cuento, todo es vil”.

 

Tal vez la versión más impactante de este tango (que tiene aires de Discépolo) sea la de Rubén Juárez, cuando, ya entrado en años, la interpretó en el programa Encuentro en el estudio, de Buenos Aires, con una intensidad y una descomunal fuerza que dejó perplejos a los que lo escuchaban.

 

En el corso a contramano / un grupí trampeó a Jesús… / No te fíes ni de tu hermano, / se te cuelgan de la cruz…”. Es una especie de radiografía de una sociedad en la que reinan el engaño, las simulaciones y la trampa. Y entonces, Castillo va desgranando unos versos que aumentan la tensión del tema y de la crítica: “Creíste en la honradez y en la moral… ¡qué estupidez!”.

 

Cátulo, compositor de Silbando, y autor de Patio de la morocha y El último farol, era un gran amigo de Homero Manzi, otro de los grandes poetas del tango, con quien hizo, por ejemplo, Viejo ciego (la interpretación de Goyeneche es sublime), como un homenaje al poeta de barrio Evaristo Carriego. El tango Desencuentro tiene una particularidad: como en un cuento de Poe o de Quiroga, la tensión va en aumento hasta lograr un clímax. Es el hombre derrotado, el que no tiene salidas, el que parece estar acorralado sin remedio.

 

“Por eso en tu total / fracaso de vivir, / ni el tiro del final / te va a salir”.

 

Después de ese golpe certero, ese recto a la mandíbula, el oyente queda petrificado. Lleno de temores, tembloroso, ante la evidencia del fracaso. No hay lugar a la dulzura en esta pieza de desenfadada angustia existencial.

 

En 1974, al ser declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, Cátulo Castillo pronunció esta fabulilla: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ¿Pájaros o gusanos? — se interrogaba Cátulo — he aquí una pregunta clave”. También escribió el guion de la película Esta es mi argentina, en la que los protagonistas son Aníbal Troilo y el bailarín de tango Juan Carlos Copes. Murió en su tierra natal el 19 de octubre de 1975.

 

(Escrito en Medellín, cuando diciembre de 2017 ya es azul)

 

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Sur, punto cardinal de la nostalgia

(Paisaje sobre un tango de Homero Manzi y Aníbal Troilo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El poeta de Altazor, el chileno Vicente Huidobro, dijo: “los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur” (como se sabe, muchos años después, el presidente venezolano Nicolás Maduro afirmó que eran cinco). En el mundo del tango y en la ciudad de Buenos Aires solo existe el Sur, como pasa, por ejemplo, con esa geografía real e imaginaria de los Estados Unidos, el Sur Profundo, el de William Faulkner.

 

El sur porteño, el de tantos tangos, es una topografía sentimental, una cartografía imaginaria, de amores y extramuros, de romances y vericuetos. Puede ser Barracas al Sud, que así llamaban a Avellaneda, ciudad de industrias y mano de obra. O Pompeya y más allá la inundación. Los zanjones y el tren, ese mismo que, a su paso, “siembra el misterio de adiós”. Es el de la luna (luna de arrabal) que “chapalea sobre el fango”. El sur es un modo de ser y de sentir.

 

El sur también es el de Borges y el de Fernando Pino Solanas (musicalizado por Piazzolla): “vuelvo al Sur, como se vuelve siempre al amor, vuelvo a vos, con mi deseo, con mi temor”). Y el de la cantante y compositora Eladia Blázquez, que siempre tuvo su corazón mirando a ese punto cardinal inevitable, con barrios en el que “el lujo fue un albur”.

 

Y el Sur, claro, le pertenece a un poeta del tango, a Homero Manzi, creador de postales de barrio a punta de palabras. No sé cuándo escuché por primera vez el tango Sur (letra de Homero Manzi y música de Aníbal Troilo), estrenado en 1948. No sé si fue en algún traganíquel de barrio, en Bello, donde abundaron cantinas con tangos esquineros y con patotas sentimentales. Pudo haber sido, aunque tal indagación y dato preciso poco importan.

 

Lo que sí recuerdo es haber sentido un estremecimiento, una especie de “cross en la mandíbula”, una revelación de que en ese tango había un tiempo muy viejo, una despedida, una irremediable situación de lo que pudo haber sido y no fue. Y de lo que se había ido para siempre. No sé, y quizá carezca de importancia, cuál versión escuché en aquella jornada de descubrimientos. Pudo haber sido, por qué no, una de Julio Sosa (después, mucho después, me enteré que la del “varón del tango” era una grabación de 1948, con la orquesta de Luis Caruso).

 

Tal vez yo ya había sentido la nostalgia de viejas barriadas en las que hubo fútbol y muchachas en las ventanas. O tenía recuerdos de calles y balcones. No de otra manera un tango como Sur me hubiera puesto alerta, me hubiera dado palabras que me parecieron atractivas y, por demás, bellas en su combinación, en lo que narraban. El tango, género que mezcla “pasión y pensamiento”, requiere caminos andados, nociones de memoria, algún resquebrajamiento interior por un romance trunco, por una pena o una sensación inquietante de que el tiempo pasa y uno con él.

 

Al principio, no me decía mucho aquello de “San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo, / Pompeya y más allá la inundación”. Eran sitios más bien desconocidos y lo único que me sonaba, quizá por películas sobre el imperio romano o por alguna lectura, era una ciudad que un volcán había destruido y sepultado con su lava. La atención se me despertó al escuchar “tu melena de novia en el recuerdo y tu nombre florando en el adiós” (otros cantores cambiaron el “florando” por “flotando”). Hubo en ese instante una conjunción de novias reales e imaginarias. Quizá Teresa, tal vez Olimpia, o una de cara pálida y pelo negro, muy virginal, llamada Edilma de los Ángeles.

 

Hay momentos estelares en que confluyen las ganas de escuchar una melodía de hondas sonoridades, una letra con equilibradas dosis poéticas, una interpretación. Y el anuncio llega como una epifanía. Y se convierte en revelación. Eso, creo, me pasó con Sur, un tango que de todos modos es un lugar común en los gustos de aquí y de allá. “La esquina del herrero, barro y pampa, / tu casa, tu vereda y el zanjón, / y un perfume de yuyos y de alfalfa / que me llena de nuevo el corazón”.

 

De inmediato, la vibración de las palabras me atrajo, aunque poco sabía de yuyos y alfalfas, y si olían bien, si perfumaban los ambientes. “Sur, paredón y después…/ Sur, una luz de almacén…”. Había un orden que atraía, una enumeración simple y sugestiva. “Ya nunca me verás como me vieras, / recostado en la vidriera / y esperándote”. Las imágenes me conmovieron.

 

Y seguía un deslumbramiento con estrellas, con calles y lunas suburbanas, “y mi amor y tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé…”. Era una reconstrucción y un adiós. Una vuelta a lo que ya no es. Besos robados y una nostalgia sin remedio. Después, ya no era todo el cielo, sino un cielo perdido, un vacío, una transformación del entorno y una “amargura por el sueño que murió”.

 

Hay en ese tango un sino trágico, una dolorosa puesta en escena de aquellas cosas que estuvieron, de un paisaje barrial que solo permanece en la memoria y que puede, en su evocación, hacer brotar una lágrima.

 

Hay muchas versiones. Tal vez la más conmovedora sea la de Edmundo Rivero con Aníbal Troilo (tiene otras, con acompañamientos diferentes). La de Goyeneche con Pichuco es de enorme calidad, aunque no es muy equilibrada su versión con Dyango (no por el Polaco, sino por el cantante español).

 

Un poema de Borges, El Sur, habla de antiguas estrellas, del silencio de pájaros dormidos y de jazmines y madreselvas. El de Manzi hace que el oyente imagine lunas suburbanas, que a veces pueden tener la cara de una muchacha del ayer.

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Fotograma de la película Sur, de Pino Solanas. Goyeneche y Marconi en la imagen.

Tangos para pintar el barrio

(Inventario de poesía de ladrillo en una esquina del recuerdo)

Por Reinaldo Spitaletta

La geografía del barrio, la que trasciende cualquier fórmula catastral y al planificador oficial, al burócrata y al cobrador de impuestos, está atiborrada de pequeñas cosas, como los ecos de una vieja serenata, la canción que una pianola de esquina repetía hasta el infinito para conquistar los afectos de una muchacha que se asomaba por una ventana y el balcón con geranios y materos colgantes.

El barrio posee una especie de metafísica, una invisible manía de arraigos y romances, y todo el que lo ha vivido se aferra sin remedio a su historia de ladrillo y entejados. Un barrio es un inventario de poesía que se lleva adentro, tal vez en el bolsillo; un interior de baldosas y paredes con iconografías diversas, el aroma de las doce del día o de las seis de la tarde, convocante y digestivo.

Es la acera de los pasos perdidos, de las antiguas maneras de ejercer la infancia con una pelotita de papel que se arrojaba por entre las supuestas canastas (en forma de escuadra) sostenedoras de cables eléctricos, y en la que se meaba el perro de doña Catalina y se sentaban los muchachos de la cuadra que querían crecer solo para poder entrar a aquel bar de músicas luminosas y cervezas conversadas.

El barrio, infancia de ciudad, maqueta de la urbe, conjunción de calles con encuentros imprevistos, tiene la insondable presencia de los años idos y de los que están por llegar. Hay en alguna parte de su mapa, una suerte de Aleph que “contiene todos los puntos del universo”, y tiene tantas dosis de eternidad como de fugacidades. Pasa la voz del vendedor de caramelos, los dulces izados en un palo multicolor, en el que se adivina la azucarada existencia de un niño. Y pasean con su timbre plateado, las campanitas heladas del vendedor de conos, y los anuncios de olvido de aquel lejano voceador de periódicos.

Es el paisaje a veces gris, a veces de cemento y paredes en obra negra, con el azaroso interrogante de quién podrá aparecer un día por aquella esquina redondeada, chaflán en el que alguna vez un muchacho se estrelló con su bicicleta de inicios callejeros, en ese paisaje, digo, se erige una manera de ser, un sentido de estar amarrado no solo a los recuerdos sino a lo que vendrá. El barrio es y no es al mismo tiempo: es niñez y ancianidad; es flor de un día y fachada de larga duración.

Su arquitectura, de calles alargadas, de estrecheces y anchuras, de encordados y postes, va más allá de lo académico. Porque en ella hay un trazo de cielo de cometas y un cordón de cemento que separa la acera (la vereda, para los del cono sur) y el asfalto de la avenida. Hay balcones que, como en un cuento de Felisberto Hernández, se pueden arrojar a media calle, desavenidos con su corazón y angustiados porque alguna piba dejó de amarlos. Suicidados. Estas convergencias de lo insólito y lo cotidiano, solo son posibles en una locación de casas, tiendas, garajes, antejardines, hojas de almendro y fiesta de bicicletas los domingos por la mañana.

El barrio, el tuyo, el mío, es aquel que se queda habitando en uno. No importa qué tan lejos de él te hayas marchado. Irá con vos, como en un poema de Kavafis. O, de otra manera más propicia al arrabal y a su alma, nunca podrás desprenderte de sus trazos ni de sus formas. Lo advirtió Aníbal Troilo, en su Nocturno a mi barrio: “¿Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio? ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? ¡Sí siempre estoy llegando!”. Nadie puede irse de ahí, de esas encrucijadas y ataduras invisibles. Es un modo paradojal de volver sin haberse ido.

Y en este punto, cuando el barrio nos convoca con sus perfumes, con algún olor a naranjo en flor, o a francesinas de la tarde, de esas tardes casi siempre color malva, un rezongo de bandoneones nos dice que tal vez ninguna canción del mundo, ninguna (“No habrá ninguna igual, no habrá ninguna…”) ha cantado mejor y con más sentimiento al barrio, como lo ha hecho el tango. Se puede forjar una arquitectura de barrio con unos trozos de Sur o con aquellas hechuras poéticas de Eladia Blázquez, que nació “en un barrio donde el lujo fue un albur”.

El tango que no es solo puñales y expedientes judiciales, que no es solo canto de cabrones y cafishios, sino abundosas historias de amor (y desamor, claro), y, sobre todo, en su poética, en sus letras que andan por París, o por La Boca, o que pueden señalar hacia la estelar Cruz del Sur, o cantar las desdichas de una griseta o decirle a una mujer “amor de mi juventud que no se olvida / amor que llena de luz toda mi vida”, hay una variedad temática que recorre desde lo filosófico y existencial hasta la exaltación de un viejo organillo ambulante.

Y ahí, en esa mayoría de aciertos cantados (que no faltará desde luego algún esperpento) está la presencia ubicua del barrio, la de aquel al que se vuelve así no lo hayas dejado nunca. El barrio que “fue una planta de jazmín / la sombra de mi vieja en el jardín” (dice Eladia), es una manera de la infancia, de no olvidarla, de tenerla viva hasta en los momentos de la despedida final. Del epílogo.

Y, no podría ser de otra manera. Tal vez la más vieja narración que uno tiene memorizada, referida al barrio, es un tango de Gardel (que también tiene otros dedicados a la barriada): Melodía de arrabal. Hay en ese gotán imprescindible, para algunos ejercicio de un tiempo diluido, una constancia. Una certeza de lo vivido. “En tus muros con mi acero yo grabé nombres que quiero”; barrio de broncas y entreveros, donde la “paica Rita me dio su amor”, es una unificación de armonías callejeras y evocaciones lacrimosas.

Melodía de arrabal para varios de nosotros, que nacimos y crecimos en barrios (plateados por la luna y por el brillo de uno que otro cuchillo), es una suerte de himno de esquina, en la que siempre hubo un bar con traganíquel en el que había tipos que día y noche, noche y día, introducían monedas para escuchar esta pieza inevitable. Por eso será siempre una puesta en escena de aquel “beso prolongao que te da mi corazón”.

Y en la diversidad tanguera de calles y callejones, hay un tango metafísico como el que más, escrito por Homero Manzi y musicalizado por Troilo: Sur, de 1948, y que tiene versiones de alta calidad, entre ellas las del Polaco Goyeneche y Edmundo Rivero. “San Juan y Boedo antiguas y todo el cielo, / Pompeya y más allá la inundación, / tu melena de novia en el recuerdo / y tu nombre flotando (florando) en el adiós…”. No es solo un punto cardinal, no es solo una referencia geográfica, o un asunto de cartografía, sino una incursión al pasado con perfumes “de yuyos y de alfalfa” en la que, tras un recorrido sentimental por lugares que ya no son, que apenas se insinúan en una luz de almacén, se entera el sufriente recordador que “las calles y las lunas suburbanas, / y mi amor en tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé…”.

El tango (“esa diablura”, que decía Borges), mezcla brava de pasión y pensamiento (lo recalcó Ferrer), ha cantado al barrio con hondura. Sin melcochas ni zalamerías. O acaso no hay una profundización en un tango ineludible como Barrio de tango, ¡huy, qué sensibilidad! (otra vez Troilo y Manzi, y de nuevo Pompeya, a la que no ha podido borrar ningún Vesubio). “Barrio de tango, luna y misterio, / calles lejanas, ¿cómo estarán? / Viejos amigos que hoy ni recuerdo / ¿qué se habrán hecho, dónde estarán?”, y entonces viene la recordación de los silbidos, un ritual antiguo de la ciudad, de Buenos Aires y Montevideo, que también inspiró tangos hermosos como ese que dice “una calle en Barracas al sud…”; y llega la patética imagen de una pálida vecina “que ya nunca salió a mirar el tren”.

Y el barrio se desenvuelve, se estira y se encoge en la tanguitud. Quedan impresas imágenes de sus significados, de lo que representa un farol, un ladrido de perros a la luna, un romance (sí, romance de barrio). El paredón, la tinta roja “en el gris del ayer”. Toda una coreografía, un fresco de situaciones urbanas y suburbanas. El corazón del arrabal. El barrio en sus distintas dimensiones, cantado por el tango. Por sus poetas. “¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se robó mi niñez?”, como lo anuncia con cierta desesperanza el poema de Cátulo Castillo, que torna a mirar las veredas que pisó y a acordarse de aquellos malevos que ya no son.

La cancionística se va por la ciudad, y se topa, por ejemplo, con Almagro (“Almagro, Almagro de mi vida / tú fuiste el alma de mis sueños…”) hasta llegar a un viejo almacén, a aquel de un poema de Juanca Tavera, que Rivero lo dice con pasión: “Allí estás con las alas lastimadas de tiempo / tu destino de tangos, tu final de gorrión…”. Y después (sí, paredón y después…) recala en un Barrio reo, un “viejo barrio de mi ensueño / el de ranchitos iguales, / como a vos los vendavales, / a mí me azotó el dolor…”, dice el canto de Fugazot y Navarrine, interpretado por Gardel.

El tango se pasea por barrios fantasmas, por calles muertas, por entejados y caserones. Y le da vida a lo que ya la ha perdido, a punta de memorias, de trazar de nuevo un recorrido, un tour por los recuerdos. “Esquina porteña, este milonguero te ofrece su afecto más hondo y cordial”.

Y pinta, con sus armonías y palabras recuperadas, esas cosas de barrio, como estas, sobre un lienzo de nostalgias: “Esas cosas de barrio / una luna de sueño, / que alumbraba el picado / que habitaba el potrero. / La libreta del fiado, / la piel de un enebro, / y un zaguán que, olvidado, / le sobraban recuerdos”. La música es de Osvaldo Tarantino y la letra de Juanca Tavera.

El camino puede orientarnos hacia Puente Alsina y ya no habrá otro espacio que el de lo que se ha esfumado en la urbe, pero se queda (sobrevive) en las huellas de la educación sentimental, en la formación de memoria: “¿Dónde está mi barrio, mi cuna querida? / ¿Dónde la guarida, refugio de ayer? / Borró el asfaltado, de una manotada, / la vieja barriada que me vio nacer…”.

Y de pronto, la idea de progreso se opone a territorios pasados que van quedando en el olvido, o en viejos rincones de soledad. Casas que se van a pique, esquinas que desaparecen, referentes de viejas generaciones que se esfuman porque “llegó el motor y su roncar ordena y hay que salir”. El tango testimonia los cambios, porque vivir es cambiar, “¡dale paso al progreso que es fatal!”, y las mutaciones las puedes ver, como lo advierte Homero Expósito, en cualquier foto vieja.

Cualquiera que asuma un viaje por los barrios de tango, se podrá detener, no sin melancolía, en la última esquina, que podría ser aquella (en tiempo de vals) de “tus quince años y mis dieciséis”, y hacerle los funerales, como sucede en una composición de José Ogivieky y Alejandro Szwarcman (Réquiem para la última esquina):

Al pie de nuestra ausencia
verás la última esquina
mordiéndose en secreto
los golpes de impiedad,
y el último ladrillo
de nuestra desmemoria
sepultará la historia
de toda la ciudad.

Y tal vez en esta situación, en la que las cosas nacen y mueren, como los hombres, uno tal vez, en un gesto de solidaridad con sus recuerdos, vuelva a su viejo barrio, a aquel que sobrevive mientras vos no lo olvidés: “Barrio, rincón de mi alegría, / vengo a buscar la gloria / de mis lejanos días”. Y al final, pese a todo, verás que la luna es otra, que los perros de entonces, que se engolosinaban con ella, ya no están. No hay nadie, y ella no vuelve. Y como lo dice otro tango, no hay vuelta atrás, ya “gastamos las balas y el fusil” y nada regresa al ayer. Entonces, che, “tenés que seguir”. Y ya sabés: a veces, ¡ojo!, mirar atrás te puede convertir en una estatua de sal.

Lluvia en el barrio (tomada de internet)

Todos mis barrios muertos

“¡Esas cosas ya pasaron pero tienen su emoción!                                                                                       Enrique Cadícamo

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todos los barrios donde he vivido, formaron uno solo en mí. Así que si la patria es el barrio, la mía es una conjunción de esquinas borrosas, de muchachas que hoy deben tener cincuenta y cinco, de señoras con litros de leche en sus manos de trapeadora y que hoy deben estar bajo tierra o ser parte de un polvo cósmico. El barrio, una geografía de imaginarios, un territorio de canciones viejas y balcones en flor, una transgresión de lo catastral, ya no va más. ¿O sí?

 

Si el barrio es la patria esencial, ¿para qué la patria? Tal vez para apegarse a adobes descaecidos, a aceras en las que alguna vez nos sentamos a ver pasar el mundo; o para sumirse (sumirnos) en recuerdos que por más que vuelvan, lentos y apergaminados, ya son parte de un dolor de tiempo. ¿Acaso la patria te uniforma? ¿Te hace hablar igual al otro, sin diferencias en tonos y tesituras?

 

No sé si en ese barrio (¿cuál?) escuché canciones gangosas de hombres vencidos, que se iban confundiendo con el paisaje de fachadas muertas y patios sin sol. No sé si alguien, ¿quién?, dijo una tarde, en una calle plena de crepúsculo, que era un hombre sin memoria, sin pasado, sin historia, porque había perdido los recuerdos. Y en este punto quizá esté la voz ida de papá, cuando, tal vez sintiendo el peso inexorable del reloj, me advirtió: “Ah, sí, ya tienes recuerdos, entonces ya no eres joven, estás a punto de alcanzarme”. Lo dijo con sonrisa triste, pero con la convicción del que sabe que ha ganado la partida.

 

No sé por qué insisto en el barrio como noción de patria. ¿La patria para qué? ¿Para creer que pertenecemos a un lugar? ¿Para alimentarnos la desazón de una nostalgia? Soy un barrio fragmentado, un barrio monstruo, un barrio tal vez imaginado-diseñado por una suerte de doctor Frankenstein, y todo por culpa  (o por gracia de, según como se mire), digo por culpa de papá y mamá, que anduvieron de arriba abajo, de norte a sur, a veces sin brújula, pasando de una casa inexpresiva a otra más lejana y fría, y así mis patrias se juntaron (o se separaron) de a pedacitos: un amigo que no está; una chica que no vi más; un balón que nunca atravesó la portería de dos piedras en la calle-cancha de la infancia; una guitarra bajo un balcón; una piedra en la vidriera…

 

A mí no me pasó como a Eladia, la del Sur, que podía cantar: “La geografía de mi barrio llevo en mí / será por eso que del todo no me fui”, porque sí me fui del todo, sin volver, sin creer como el gordo Troilo que “siempre estoy llegando”, y cada barrio donde estuve (¿estuve?) dejó vacíos que los otros barrios jamás pudieron llenar. Así que ¿¡cuál patria!? No hubo continuidad en la muchachada de la esquina final; ni en el viento de cometas de enero; ni en aquel pedacito de cielo, que ni era cielo ni era azul, según las palabras de Lupercio de Argensola. ¿Será verdad tanta belleza el barrio?

 

Digo que el barrio que llevo en mí -es apenas un decir-  es como un espejo roto, y cada vez que uno-reúno los fragmentos, la imagen resultante es como la de un monstruito caricortado. De alguno tengo la vaga memoria de un café de sillas desvencijadas; de otro, un aroma de eucaliptos; del de más acá, el pito nocturno del celador; y del de más allá, un lejano sabor-olor a pomas.

 

Un viejo poeta me dijo, hace tiempos, a modo de advertencia o quizá de amenaza, que dejara de hablar del barrio, que lo matara. Y yo pensé entonces que mi barrio era un barrio muerto. No sé de qué barrio soy. Mejor dicho, no soy de ninguno, aunque de cada uno me haya quedado alguna cicatriz, y de uno en especial el sabor de un beso furtivo en los labios de una chica que tenía un raro parecido con Marilyn. Yendo en contravía de un gotán, de cada barrio (¿de cada amor que tuve?) en que viví tengo heridas. Menos mal que ya no sangran. La sangre se la tragó el “ladrillo infeliz” y la tierra amarilla de todos mis barrios muertos.

 (Escrito en Medellín, una noche sin música de alas)