Las flores muertas del tulipán

Por Reinaldo Spitaletta

 

Por estos días de inicios de febrero, la ciudad florece en sus búcaros, cámbulos y tulipanes africanos. Es un estallido roji-anaranjado. Fulgura a orillas del río Aburrá, y por la unidad deportiva Atanasio Girardot, y en las vegas de Bello, y por el parque Norte. Hay tapices de flores muertas en el piso-cementerio. Y una fragancia de días lejanos se esparce por el recuerdo.

 

Había un tulipán o miona, en tiempos azules de escuela, a la entrada del hoy desaparecido calvario, en Bello. Las campánulas nos servían de flauta mágica. O para saborear su dulzura de hormigas y huellas de abejas. El árbol nos donaba pájaros y color. Junto al Ángel del Silencio, que coronaba un portón que a veces nos parecía un arco del triunfo, el tulipán regaba su constancia de vida. Recogíamos sus flores acuosas como una ofrenda, un regalo del viento y de soles nuevos.

 

Había un búcaro, de tronco áspero y poderoso, a orillas de la quebrada del Hato. Sombreaba un balneario, que acogía en sus remansos las flores caídas. El charco, que los muchachos bautizaron con el nombre del árbol, ya no existe. Tampoco está el coloso de las lágrimas anaranjadas. La infancia se fue, sin aspavientos. Sin darnos cuenta. Hoy, el ángel sigue enhiesto, centinela de un edificio cultural. No hay flores acampanadas. Ni hormigas. Ni abejas. Ni estaciones que mostraban, en mármol desgastado por pedradas y orines, el martirio del Nazareno.

 

La ciudad florece en los albores de febrero. Veo un niño que recoge flores muertas. No las prueba. Las echa en sus bolsillos y se va caminando, con la risa en todo el cuerpo.

 

 Fotografía tomada de internet

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