Mañas y agresiones en el fútbol

(Una nota con toques testiculares, escupitajos y un cuento de Fontanarrosa)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El fútbol, al que algún académico francés denominó, no sin razón (son muy racionales los galos), “la inteligencia en movimiento”, está lleno de gracias y bonituras (como, por ejemplo, un gol de chilena de Marco van Basten; el de Maradona contra Inglaterra…), y de apasionamientos que pueden lindar con la desaparición de la racionalidad; y, en los últimos decenios, cuando se tornó no solo un vasto espectáculo de masas sino en un negocio de altos réditos, el fútbol se trastocó en una cueva de ladrones, como los de la Fifa.

 

El fútbol, del cual despotricaba Borges y al que adoraba Camus, que anunció que todo lo que aprendió sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol, es una convivencia simultánea entre el ingenio y la trampa; la fantasía (la misma que hoy escasea) y las colecciones de mañas. El finado Umberto Eco, que no era un amante de futbolerías, declaró que él no odiaba el fútbol, sino a los apasionados de esta especie de religión (para Vázquez Montalbán era una “religión benévola”): a los fanáticos.

 

Despreciado durante muchos lustros por intelectuales, que veían en esa práctica un ejercicio de alienación, “el nuevo opio del pueblo”, un estupefaciente más para embobar multitudes, también logró la adhesión de escritores, poetas y otros artistas. Tal vez uno de los cuentos más hermosos sobre el tema lo escribió Roberto Fontanarrosa (un sufrido hincha de Rosario Central): Viejo con árbol, y desde luego en cualquier antología del género deben aparecer los de Osvaldo Soriano, alguno de Benedetti y varios de Camilo José Cela. Hay más.

 

Bueno, pero de lo que debo escribir hoy es de las mañas en la práctica sacrosanta del fútbol (hay feligreses, oficiantes, rituales, himnos, oraciones…), que en las mangas o potreros de barriada todavía se acerca a las alturas de la estética y la ingeniosidad. Tal vez, la entrada en el mundo de las plusvalías y las exorbitantes transacciones capitalistas, ha hecho que el fútbol se parezca, además del trillado corito de “pan y circo”, a una máquina infernal de hacer dinero, lo que, de suyo, admite la compra de árbitros, o de rivales, y, como ha sucedido, la proliferación de  amenazas, extorsiones, “vacunas”, que cualquiera le vende el alma al diablo o se deja seducir por los maletines repletos de dólares.

 

Se podría decir, como una especie de convención, que las mañas son propias del fútbol; las que se practican en las canchas, las que tienen que ver con cierta picardía, con engañifas que no maltratan y alguna teatralidad. Un pisoncillo a un rival en el momento en que va a saltar, un empujón con levedades, un agarrón medio sutil a la camiseta, y otras muchas que parecen un catálogo de candideces, son parte inevitable del juego. Las que ya van teniendo vestuario de matonerías, de truculencias que pueden dañar al contrario, que trascienden la disputa limpia (la empañan), se convierten en modos de ablandamiento. O de la intimidación.

 

Al fenomenal puntero derecho argentino Oreste Corbatta, un capo uruguayo, al que había burlado a placer con sus dotes de mago de la gambeta, lo pateó y, cuando el talentoso estaba en el piso, se acercó y simulando que le pedía disculpas lo puñeteó y le tumbó dos dientes. Algunos defensas quiebra-huesos amenazaban en pleno juego a los delanteros con fracturarlos. “Si no me dejás el balón, te destrozo la pierna”, le decía muy cerca a las orejas cualquier limitado pateta a un jugador liso y ágil.

 

Múltiples tretas se dan en las canchas, desde simular faltas, los “piscinazos” en el área, escupir al contrario, insultarlo con la madre o la esposa (“me comí a tu madre”, “tu madre es una puta barata”, …), hasta llevar tintas y pinturas color sangre, o chuzar con agujas hipodérmicas a algún rival, o untarse los dedos de mentolín o sustancias alcanforadas para refregar en los ojos del arquero contrario y, así, un extenso catálogo de desdorosas actitudes.

 

Pero, digamos, que no todo se queda en lo verbal, en la agresión de palabras y palabrotas, que hoy, sobre todo en Europa, se acude al racismo (a Dani Alves le arrojaron un banano como para decirle mico, pero él lo peló y se lo comió antes de cobrar un tiro de esquina; hace años, en Medellín, a Falcioni, arquero del América, le lanzaban naranjas, que él mondaba y se las engullía para furia de la tribuna). Es célebre, por lo vulgarota, la agresión que Michel González, del Real Madrid, le hizo al Pibe Valderrama: le tocó los genitales. Dos veces lo provocó con sus “caricias”. Y en la tercera, al cobro de un tiro de esquina, el volante creativo colombiano le dijo: “Eche, loco, ¿tú eres marica o qué?”.

 

No es poco común el que un jugador le hurgue el orto a un contrario. Hay expertos en la maniobra, que creen que están haciendo un tacto de próstata o procedimiento similar. Sucedió con el futbolista uruguayo Cavani, cuando Jara, un chileno, en una rápida tocata, le introdujo el dedo por el culo. El árbitro solo vio la reacción del charrúa, al que expulsó. Materazzi, uno de los matones del fútbol, capaz de romper tibias y peronés, insultó durante todo el partido entre Italia y Francia, a la estrella Zidane, que no resistió más la provocación (insultos a su madre) y le propinó un cabezazo en el pecho.

 

Y hablando de auténticos “asesinos” en la cancha, el bárbaro Andoni Goikoetxea, del Atlético de Bilbao, lesionó, tras un patadón de infamia, a Diego Armando Maradona, que jugaba para el Barcelona. Más de tres meses duró la incapacidad del argentino. Se dijo de todo. Por ejemplo, que el Real Madrid había pagado al jugador vasco para que destrozara al genio de Villa Fiorito.

 

El fútbol, ayer como hoy, pero tal vez más en estos tiempos, ha utilizado distintos repertorios de agresiones y provocaciones. “Vos no le has ganado a nadie”, solían decir ciertos jugadores de un equipo muy triunfador a sus rivales, sobre todo si eran jóvenes promesas. Así como han usufructuado las simulaciones dramáticas, en especial frente a árbitros blandengues. O recargados.

 

Las mafias de apostadores, los intereses creados en torno a equipos que mueven millonadas de euros o dólares, la compraventa de partidos, y otros factores de inmoralidad y despropósitos a granel, oscurecen el “deporte más popular del mundo”. Y más que los fanáticos (sinónimo de irracionalidad), más que incluso los artistas del balón (Garrincha los llamaba, incluyéndose él, payasos), el fútbol se contaminó por la “cultura” deleznable de las trampas, practicada por “cosa-nostras” universales.

 

El fútbol, manipulador y manipulable, que cuando está bien jugado, claro, asciende a los cielos de la estética, iguala en las graderías al rico y al pobre, al ilustrado y al analfabeto. Pero, en incontables ocasiones, esa equiparación es por lo bajo. Como ocurre con las embriagueces. Y, como en el hermoso relato de Fontanarrosa, todos los aficionados caen en aquella emocionalidad que no permite —ni admite— frenos éticos ni morales: “¡Qué pitaste, árbitro hijo de mil putas!”.

 

A veces, con tantas desenfrenadas maniobras en contra de la lealtad y los principios de convivencia, todo parece indicar que a Albert Camus le tocaron días inmaculados, porque, hoy, no es posible aprender de moral y de los deberes de los hombres en el fútbol.

 

El jugador chileno Gonzalo Jara provoca con un tacto rectal a Edison Cavani, de uruguay.

 

Numero cero o la farsa de la prensa

 

(La última novela de Umberto Eco, un thriller con historias de la conspiración)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es una novela policíaca, género que el autor dominaba y que había modificado con nuevos aportes, a principios de los ochenta, con el denominado “thriller cultural” de El nombre de la rosa, que además es una suerte de homenaje a Poe, pero, sobre todo, a Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes. Y, claro, a Borges y a Aristóteles y a los medievalistas. La última obra de ficción que escribió Umberto Eco, con la que, por lo demás, da cuenta sin decirlo de la muerte del denominado “cuarto poder”, que hoy y desde hace rato ha sido absorbido por los otros poderes a los que se supone fiscalizaba y vigilaba, es una suerte de mixtura de espionaje, crítica al periodismo contemporáneo y elementos explosivos de la historia del siglo XX.

 

En Número cero, ubicada en su temporalidad ficcional en 1992, hay, si se quiere, una parodia de acontecimientos históricos, como los que tienen que ver con el cadáver de Mussolini, con un presunto doble del dictador italiano, y de operaciones de la CIA, la Otan, y actividades de una logia masónica, del Vaticano, con los entresijos y montaje de un periódico que jamás saldrá a la luz pública, pero que se diseña y construye para ejercer presiones contra poderosos y otros políticos, con un nombre imposible para un diario (que no es diario): Domani (Mañana).

 

Narrada por un reportero de edad madura, casi jubilable, traductor de alemán y una especie de “perdedor compulsivo”, que recibe una propuesta de “un tal Simei” para que sea el jefe de redacción de un periódico que, más que dar noticias, las encubrirá y que oscila en su producción entre la imaginación fantasiosa, la especulación histórica y la elaboración de mentiras que, como se ha dicho en teorías propagandísticas, si se repiten hasta la hartura alcanzan la condición de verdades.

 

Colonna, que así se llama el periodista de marras, protagonista de la obra, inicia su recorrido narrativo el sábado 6 de junio de 1992, a las ocho horas, con unos datos que el lector comenzará a hilar casi al final de la novela, con un hecho que abre la historia: “Esta mañana no salía agua del grifo”. En este principio, que puede que no esté a la altura de comienzos novelísticos de alta dimensión (El Quijote, La metamorfosis, La divina comedia, Moby Dick, Cien años de soledad, El extranjero…), hay un elemento de indicio policíaco que más tarde se logrará atar en la lectura.

 

El narrador va ubicándonos en la espacialidad de su lugar de habitación, y de entrada pone una palabra alemana que se refiere a duendes o fantasmas: poltergeist, que de todos modos no han sido propiamente esos seres irreales los autores de la quitada del agua, y comienza a mostrarse como un tipo racional, que no está para especuladeras y que, además, como él mismo lo observa, no hay en su casa una chimenea “por la que pueda haber pasado el orangután de la calle Morgue”, en otra suerte de homenaje de Eco al inventor del relato policíaco moderno y del detective Augusto Dupin.

 

El lector se va enterando de que hay una anomalía provocada por alguien; que los que cerraron la llave de paso estaban buscando cosas relacionadas con un periódico y que hay un asunto espeluznante que se llama Braggadocio, y que todo el embrollo que parece se ha armado, con un muerto producto de un asesinato en apariencia conspirativo, es todo un “jaleo” del cual el narrador culpa al profesor Di Samis y a que él mismo, Colonna, sabía alemán.

 

Y así, entre muestras indiciales y aspectos de la personalidad y trayectoria de Colonna, el lector va adquiriendo información que, más adelante, tendrá a granel con episodios históricos y conexiones de cariz absurdo. Colonna, por ejemplo, que ha terminado su matrimonio, soñaba como “todos los perdedores” en escribir un libro con el cual pudiera alcanzar gloria y dinero, y en sus aprendizajes fungió de “negro” (o de ghost writer) de un autor de novelas policiales, que, según aquel, era fácil porque bastaba con imitar el estilo de Chandler o de Spillane. Y así, con datos pertinentes, se va el lector haciendo una imagen de Colonna: es un escritor fracasado. Y de pronto, aparece el proyecto que sostiene la novela: la creación de un periódico, que Colonna va a dirigir a instancias del señor Simei. Un periódico que no es periódico, pero en el que se cocerá un plato sicológico, unas tácticas para cautivar lectores de prensa y modos de hacer reportajes sensacionales. O, mejor dicho, sensacionalistas.

 

Un periódico de audacias, pero, a la vez, de contraperiodismo. Detrás de los bastidores está el señor Commendatore Vimercate (que algunos críticos han asimilado a Silvio Berlusconi), que es del dinero, el pagador. “El Commendatore quiere entrar en los altos círculos de las finanzas, de los bancos e incluso de los grandes periódicos”. El ricachón, o, mejor, el financista, necesita una publicación (que no se publicará) para hacer llegar el Número Cero (quiere hacer varios números ceros, con pocos ejemplares, en los que, por cierto, se copian las publicidades de otros periódicos) a ciertos políticos y magnates para ponerlos en apuros o contra la pared.

 

El proyecto es como un género de extorsión, de chantaje no solo moral sino que se instala en los nichos del complot. Domani consigue seis redactores, a cargo del dottore Colonna, “hombre de gran experiencia periodística”, como lo presenta Simei a los colegas. En la parodia de los lugares comunes del lenguaje de prensa, tan abundantes en los periódicos de hoy, se habla de que Domani tiene que tener un contenido no para intelectuales sino para un público menos trascendental, que es como el de los que leen deportes. Hay algunos redactores, claro, que aspiran a hacerse célebres en la publicación. Y colisionan contra la realidad de un periódico hecho para la falsedad y la conspiración. Hay los que proponen grandes temas investigativos, que son rechazados por la dirección. Aparecen maneras propias de la mafia para limpiar dinero, el lavado de fondos sucios. Y a su vez, los acomodamientos noticiosos, las maneras de hacer que no haya memoria sobre los acontecimientos, los diversos intereses creados, el rol de los periodistas, que por más que deseen hacer un periodismo transparente no podrán realizarlo, porque hoy (bueno, digamos en 1992, hoy como ayer) los periódicos han sido cooptados por los poderes, se sumaron a los mecanismos de alienación colectiva, están integrados a los ejercicios del mercado y las transacciones. Y así, el periodismo dejó de ser una actividad intelectual para convertirse en una muestra de feria y manipulación. Todo esto se ve y se siente en la novela, que es una revelación de componendas, consejas y de apartados de la historia italiana, pero también norteamericana, inglesa, belga, la del capitalismo moderno, con sus sofisticadas formas de seducción y engaño.

Número cero es una crítica histórica, una formulación de cómo muchas cosas están hechas sobre apariencias y vestiduras de relumbrón, para mantener un statu quo, o hundir y desviar protestas populares, o crear falsas banderas. Domani es una muestra de la degradación periodística y de la penetración de los poderes (que no se ponen con consideraciones ni se paran en mientes) en una opinión pública hecha para la docilidad y la falta de reflexión o deliberación. El tripitorio, las vísceras o entrañas de un periodismo para la enajenación, quedan exhibidos con creces en la sarcástica novela de Umberto Eco.

 

Hay, por otra parte, cierta amargura en personajes como Maia, que aspiraba a entrar a un periódico en el que pudiera ejercer un periodismo respetable y digno, pero termina haciendo horóscopos vacuos y comercialoides, lo mismo que en el imaginativo Braggadocio, que al igual que el resto de la plantilla llegaron de medios frívolos y livianos, con la esperanza de encontrarse con otros retos, con asuntos de mayor elaboración y profundidad. El fracaso y la derrota la tienen como aureola, que en Domani tal situación va a ser más marcada y traumática.

 

La obra está matizada por las aventuras de cama entre el narrador y Maia, en medio de una vida humillante de la redacción del periódico que no es más que una treta, una trapisonda. Una farsa. En la novela, que es un recorderis de acontecimientos conspirativos, de atentados y desfalcos, aparece de paso la muerte del juez Falcone y en la discusión de un cubrimiento, se vuelve a que es necesaria una prensa sentimentaloide, lloricona, que entreviste parientes y busque reacciones más que racionales, de carácter visceral, porque, se dice, “la indignación hay que dejársela a los periódicos de izquierda”. Y de tal modo, el juez Falcone muere por segunda vez, porque Domani quiere dedicar sus páginas “a temas más serios”.

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Y en medio de un ambiente de tensiones y desconsuelos en la redacción, la capacidad no solo de imaginar sino de conectar archivos, datos, situaciones que posee Boggadocio le irá dando giros a la novela. Y en el escenario aparece el fin de la segunda guerra en el frente italiano, la huida de Mussolini, el encuentro final del Duce con su amante Clara Petacci, la presencia de un doble que es el que, según el periodista de las iluminaciones, es asesinado por los partisanos, mientras el caudillo de veras, que queda vivo, se va a Argentina o, según otra posibilidad, lo guardan en el Vaticano. Esta parte de la obra, en la que hay tonos burlescos, pero también una especulación inteligente, un juego de probabilidades, todas tejidas por Braggadocio, se vuelve un agradable bocado para la degustación del lector.

 

Y dentro de la obra, el otro lector, el lector de diarios, es clasificado como un sujeto sin memoria, porque es el resultado de mecanismos tejidos por la prensa para que el olvido sea un elemento de la vida cotidiana. Un hecho borra al anterior. Y la desmemoria no solo es para los receptores de los medios de información (que, en Número cero, son más de desinformación, así como lo son en casi todo el mundo), sino para los mismos reporteros.

 

Número cero da cuenta de conspiraciones, de operaciones especiales, promovidas por la CIA, por los poderes de países capitalistas europeos, por diversos servicios secretos, que en determinado momento pueden apoyar el terror o financiar grupos de sabotaje. La organización Gladio, financiada por la CIA, está desentrañada en la obra, así como el surgimiento de las Brigadas Rojas o la muerte de Aldo Moro. En medio de toda una red de hechos y desechos, de situaciones conflictivas, se llega a la conclusión desconsoladora, pero real: “El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias”. Lo que puede significar, en últimas, que a las redacciones, para que sean publicadas en el medio, llegan todas las manipulaciones diseñadas por los poderes, a los cuales ya la prensa no vigila ni cuestiona, sino que se torna eco, caja de resonancia, acólito y calanchín.

 

Número cero vuelve a poner en cuestión, por ejemplo, el asesinato del papa Juan Pablo I (como se hace, por ejemplo, en El padrino, que sugiere que fue producto de una conspiración criminal) y se torna a la investigación periodística realizada por David Yallop (En nombre de Dios). Es una novela que, a diferencia de Domani, reivindica la memoria histórica y ubica al lector en momentos de infamia de la historia contemporánea, como el rol de monseñor Marcinkus y el banco vaticano, la matanza de la Piazza Fontana (hecha para que todas las sospechas recayeran en la izquierda) y las acciones de la Logia P2.

 

Braggadocio, con conjeturas, indicios, pistas y documentos, arma un rompecabezas en el que aparecen figuras del poder implicadas en tramas de asesinos, traficantes y golpistas. Y debido a sus hipótesis y seguimientos se torna en un ser peligroso para los que están en la sombra, en un hombre que sabía demasiado y al que hay que eliminar. Una cuchillada en la espalda lo manda al mundo de los muertos, hecho que también dará al traste con Domani. El crimen alerta a Colonna que debe “desaparecer del mapa” antes que lo encuentren los asesinos del inquisitivo reportero.

 

Número cero, novela policiaca, es, a la vez, un tratado de política y espionaje, del uso de la mentira y lo complots para establecer terrores y otros miedos. También, al final de la obra, es una crítica a ciertas expresiones del poder norteamericano, a los Estados Unidos “donde matan a los presidentes” y a los países centroamericanos y sudamericanos, “sin misterios”, en los que todo, asesinatos, corruptelas, golpes de estado, crímenes políticos y de los otros, lavado de dinero, “todo sucede a la luz del día”. Pero Maia y Colonna no se irán a ninguno de esos estados tercermundistas, sino que partirán a una isla de la Italia en la que “resplandecerá de nuevo el sol”.

 

Con esta, su última ficción, Eco, muerto el 19 de febrero de 2016, deja un legado de sapiencia en profundidad, de asumir con seriedad y rigor las novelas, como parte —cuando están bien confeccionadas— de una suerte de teoría del conocimiento. Número cero, en la que aparece un redactor delirante, pero cuyas especulaciones y conjeturas tienen sentido, crea una realidad de deslumbramientos que puede transportar al lector a un mundo en el que se debaten, como en un pugilato, la realidad histórica y una irrealidad que puede tener muchos visos de verdad. O que puede ser la verdad misma. Y es en este punto cuando del grifo vuelve a salir agua.