¡Viva la Universidad!

(Una reflexión sin gas lacrimógeno tras la incursión del Esmad en la Universidad de Antioquia)

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia

Aspecto de la fuente y la biblioteca central de la U. de A.

“Alma Máter de la raza,
invicta en su fecundidad”.
Del Himno de la Universidad de Antioquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La universidad, claustro de saberes, congregación de ciencia y humanismo, de espíritu y materia, es un lugar propicio para el debate con altura intelectual y las divergencias civilizadas. La universidad no busca, en sus atributos de suerte de templo del conocimiento, una formación de un solo pensamiento. Ni la generación de una sola visión del mundo. Está hecha para la diversidad, para las distintas maneras de observar, analizar, cuestionar al hombre y sus circunstancias. No tiene carácter conventual, no debe propalar el dogma ni pregonar miradas inmodificables.

 

La universidad, por principio, es buscadora. ¿De qué? ¿De respuestas, de preguntas? Es un ámbito en el que, tras el ejercicio de la enseñanza-aprendizaje, de la experimentación, de la investigación, se crean las condiciones para pensar, es decir, no solo se desarrollan competencias específicas de cada disciplina o nicho del conocimiento, las especificidades, sino que es una estimuladora de la reflexión, de la controversia y de la crítica.

 

Dentro del canon universitario está no solo la formación del espíritu científico, sino el cultivo del diálogo entre saberes. Y ahí está también la presencia del otro (con derechos y deberes), del que busca ser médico, ingeniero, educador, periodista, cineasta, químico, matemático, músico, y el encuentro entre estudiantes, profesores, diversos trabajadores, administradores, lo que, en síntesis, compone la comunidad universitaria.

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Ciudad universitaria del Alma Máter

 

Una perogrullada dice que la universidad no está al margen de la sociedad. Ni que en ella no se representen los múltiples sectores de la misma y que, en la universidad, convergen las miserias y las riquezas de los conglomerados sociales, las visiones distintas sobre el Estado, el poder, la ciudad, la política, la vida y la muerte. La universidad no es una construcción (material, cultural, de la inteligencia y la imaginación) hecha para imponer o agitar una sola visión, sino para la amplitud de miradas. Mejor dicho, como es fama, se opone al dogma, a la secta, al unanimismo mental e ideológico, y ensalza la libertad, la promueve y defiende.

 

Es una conquista humana que desde luego ha estado sujeta en la historia a vaivenes, cambios, permanencias, indagaciones e intensas luchas adentro y afuera del campus, de las aulas, de los estamentos que la integran. Lo meridiano es que es un lugar para la libertad (entre esas libertades, las de enseñanza, de cátedra, de expresión y pensamiento, en fin). Y en este punto podríamos ir aterrizando en la universidad pública, y más aún, en este caso, en el Alma Máter Universidad de Antioquia, atravesada no ahora, sino desde siempre, por los conflictos, las divergencias, las contradicciones sociales. Y, como debe ser, ha sido campo de debate y palestra de distintas concepciones e interpretaciones.

 

En ella ha habido (y habrá) resonancias y otros ecos del mundo exterior a su campus. En este confluyen infinidad de posiciones acerca de las clases sociales, los saberes, el orden establecido, las utopías…; y esa complejidad, necesaria y nada fácil de desmadejar, ha tenido manifestaciones civilizadas de discursos filosóficos, políticos, científicos, incluidos los de protesta y los cuestionamientos al poder, como otras que corresponden más a comportamientos del lumpen y de la delincuencia organizada. Tal cual se puede dar afuera del claustro. En la sociedad. En el país.

 

De cualquier modo, la universidad no es una burbuja incontaminada, una torre de marfil ni un albergue para cuarentenas ni para la asepsia. Tampoco para ángeles. Ya se dijo: es un centro del saber y de sus maneras disímiles de obtenerlo. Tampoco es —para decirlo con un lenguaje que en los sesentas, en medio de un país azotado todavía por la Violencia liberal-conservadora— una república independiente. No es una arcadia, tampoco el infierno.

 

La Universidad de Antioquia, su ciudad universitaria, la misma que fue testigo y protagonista del movimiento estudiantil más relevante de la historia de estas expresiones inconformes, el de 1971, ha seguido acogiendo la diversidad de filosofías y políticas. Y en ese despliegue de las libertades también ha sufrido distintas heridas, atentados, crímenes selectivos, represiones estatales, presencia militar, incendios, asesinatos de profesores y estudiantes…

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Edificio del Paraninfo de la U. de A.

Una universidad, y, en particular, la de Antioquia, es un símbolo de libertad y pensamiento. Desde los tiempos del Manifiesto de Córdoba, en la Argentina, a principios del siglo XX, se introdujo el concepto de la autonomía universitaria, los modos propios y democráticos de gobierno interno de estos establecimientos o, como se planteó en los setentas, el cogobierno. La Constitución Política de Colombia, en su Artículo 69, establece la autonomía universitaria, según la cual estas instituciones podrán elegir sus directivas, regirse por sus propios estatutos, según la ley, que también establecerá un régimen especial.

 

Es la universidad misma la que, a través de su organización interna, de sus mecanismos de convivencia, la que debe dar soluciones a asuntos no solo académicos, que es su esencia, sino de otra índole, como las de abrir posibilidades de que, en su interior, no sean las extremas (derecha o izquierda) las que, como una minoría explosiva, atente contra la estabilidad y armonía de los estamentos universitarios. Por supuesto, la U. no tiene funciones policivas ni represivas. Debe expandir, tanto entre profesores, empleados, trabajadores, estudiantes, el debate y la confrontación civilizada de ideas y posiciones frente a sus problemas, a su misión y objetivos.

 

Como es también una verdad de Perogrullo, en la U. confluye una diversidad de posiciones, de miradas del mundo, y los mismos problemas de la sociedad hacen parte de las dinámicas internas universitarias. En cualquier caso, no es militarizando las universidades, ni abriéndoles las puertas al Esmad o policía antidisturbios, como se solucionan las contradicciones internas. Esto, como se ha visto, complica más las situaciones tensas. Las incursiones policíacas afectan, como también la experiencia lo ha indicado, a los estudiantes y profesores (también al resto de la comunidad universitaria) que ejercen, según las circunstancias y también el ambiente exterior, o sea, lo que pasa en el país, el derecho a las libertades de expresión, pensamiento y protesta.

 

La universidad no es un lugar para taparse el rostro

 

Y en este otro punto, hay que reseñar que la capucha no debe ser parte del atuendo de estudiantes o profesores, o, en general, del ciudadano. No es un lugar la universidad para taparse el rostro, cuando, por su condición, por sus principios, por su carácter y clima, la universidad es un sitio para poder hablar de frente, sin disfraces, como estila y convoca la filosofía universitaria. La capucha es más un indumento de inquisiciones, de antiguos asaltantes de bancos o para tapar la carencia de argumentos de la inteligencia, de las palabras, de la dialéctica.

 

Sí, aunque la universidad sea un campo para la diversidad, no es para ejercicios lumpescos o de bandidaje. Al contrario, en esa fuente nutricia, que es la U, deben primar la alegría del saber, la capacidad argumentativa, la búsqueda de salidas civilizadas y pacíficas a los distintos problemas que trascienden lo académico, lo administrativo. La U, como sería una de sus bases teóricas, debe participar en los debates exteriores, de la sociedad, dar luces a tanta oscuridad que se cierne sobre un país como Colombia. Es la universidad como faro.

 

Así que, cuando una autoridad civil, un alcalde, un gobernador, en fin, tiene como visión principal ante la universidad, la de interferir por la fuerza el derecho a la protesta de los universitarios, con la bota policial, las bombas lacrimógenas, las incursiones a los predios del campus, está dando pasos hacia un proceso de fascistización. Todavía hay motivos —aunque cada vez menos, debido a la barbarie nacional— para seguir creyendo en la fuerza de los razonamientos, en la discusión inteligente. Cuando tanto afuera como adentro del claustro se den las posibilidades de la discusión sin miedo, sin cortapisas, sin que haya amenazas, las minorías encapuchadas, los de las papas-bombas y demás, quedarán no solo aisladas, sino vencidas ante el arrollador huracán de las ideas y los argumentos. La utopía puede ser posible. Y está viva.

 

Resultado de imagen de universidad de antioquia panoramica

Mural del maestro Pedro Nel Gómez en la biblioteca central de la U. de A.

 

El sugestivo ático del Paraninfo

(Vivaldi en la penumbra, algún fantasma y la belleza de un espacio histórico de Medellín)

 

Ático del edificio del Paraninfo de la U. de A. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El Paraninfo de la Universidad de Antioquia, de fachada neoclásica, con dos claustros y cinco naves, con jardines interiores y tres pisos, es una obra de arte y un lugar donde se puede leer la historia de Medellín de los últimos 220 años. Como, igual, puede suceder con la preciosa plazuela donde está ubicado: la de San Ignacio.

 

Y así como allí está el aula magna del Alma Máter, presidida por un Nuestro Señor de las Misericordias, pintado por Francisco Antonio Cano (debía de estar ahí Santander o el retrato de Fidel Cano, también pintado por F.A.  Cano, que estuvo ahí antes de la imagen sacra), se encuentra como parte de su arquitectura, en la que en el siglo XX intervino el arquitecto Horacio Marino Rodríguez, un ático que, en días muy lejanos, fue lugar de oración y, más que todo, de castigo para estudiantes díscolos.

 

El Paraninfo (así se le designa genéricamente a esa gran construcción que tiene el frente por Niquitao, un costado por Ayacucho y la espalda por Girardot) es un espacio que exuda belleza. Y está ligado a la cultura y a la historia de Medellín y Antioquia. Quizá aquellos Martes del Paraninfo, fundados por Jaime Sanín Echeverri, y que emanaron brillo supremo en el ejercicio de la secretaria general Luz Elena Zabala, sean una marca indeleble de los significados de este edificio emblemático.

 

Cuando Gisela Posada, funcionaria de la Universidad de Antioquia y líder del programa Cultura Centro,  me dijo, hace meses, que me invitaría a subir al ático (una inquietante torre que solo había visto por fuera), el interés por saber cómo era el interior de aquel torreón que desde hace años me hacía imaginar figuras fantasmagóricas, y que a veces, cuando estaba en alguna de las conferencias del Martes del Paraninfo, pensaba que, desde lo alto, debían los espectros estar atentos a las palabras de los invitados. Y fui todo expectativa desde aquella mención a ascender a un lugar que, además, tiene entrada restringida.

 

 

Entrada al ático. Foto Spitaletta

 

El Paraninfo, que alberga librería, biblioteca, emisora, sala de exposiciones, oficina de egresados, un cinema, una escultura —El Flautista— de Arenas Betancur, jardines de heliconias, es, quizá, la más hermosa construcción de la ciudad. Y aunque el que allí entra puede verlo todo, o casi todo, no se imagina cómo es el interior del ático. El Paraninfo, que en el siglo XIX, además de ser el Colegio de Antioquia y luego la Universidad de Antioquia, fue cuartel de tropas de guerras civiles, arsenal, prisión, es un centro cultural digno de visitarse.

 

Quizá en sus noches de mampostería y cañabravas, tan afectas a los espectros y a los espíritus burlones, circulen aún los ecos de las voces de Sábato, Benedetti, Horacio Ferrer, Eduardo Adrián, Jorge Luis Borges, Evtuchenko, participantes de aquellas memorables jornadas del Martes del Paraninfo.

 

El cuento es que, llegada la hora, en la que un reducido grupo, entre periodistas y funcionarios de la U, tuvo el privilegio de acceder al ático, la expectación aumentó. Y, por qué no decirlo, hubo aceleres cardíacos y especulaciones sobre qué habría detrás de esa puerta con una placa dorada a un lado: “Área restringida”.

 

La violinista, en la media luz, toca a Vivaldi. Foto Spitaletta

 

 

Las estrechas escaleras de madera nos fueron llevando, de a poco, a otro nivel, en el que, en la penumbra, se escuchó un violín. Sonaba el segundo movimiento del Verano (de las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi), un adagio que se regó por todo el ámbito semioscuro. Lo interpretaba Katiana Soto, estudiante de Bellas Artes. Después, se escuchó una pieza de Shostakovich. Y entonces, acostumbrados al umbrío ambiente, en las viejas paredes, descaecidas, aparecieron nombres grabados, tal vez de los que trabajaron en la restauración que se hizo al edificio, terminada en 1990, con la dirección de la arquitecta Clemencia Wolf.

 

Seguimos subiendo. No sé por qué quería que surgiera, en esos muros mixtos, en esas antiguas tapias, la figura fantasmal de fray Rafael de la Serna, el franciscano fundador de ese edificio en los albores del siglo XIX. No se mostró. Y, de pronto, tras un ascenso despaciosos, estábamos en los balcones. Y la ciudad apareció distinta, desde otra perspectiva, lo mismo que las naves y cúpulas de la iglesia de San Ignacio. Y, abajo, la plazoleta, con ceibas, con la escultura de Santander, con el obelisco conmemorativo, con el busto del gobernador Marceliano Vélez, con los jugadores de ajedrez.

 

Hacia el suroriente, desde aquella insólita visión, las Torres de Bomboná (o Marco Fidel Suárez) y, más allá, las colinas de El Salvador. Hacia el occidente, la cúpula de la iglesia de San José. Y sobre nuestras cabezas, en la parte más alta del ático, después de una cornisa, unas claraboyas redondas y, como remate, un pararrayos.

 

Hasta allí arrimaba el ruido de la ciudad, con sus automotores rugientes y la polución incesante. El cielo, nublado, no tenía pájaros. Y había destellos sin lustre en el cobrizo domo del templo de San Ignacio. En el aire navegaba la melodía de Vivaldi. Sobre el tablado del balcón, uno pensaba que, como en un cuento de Felisberto Hernández, de pronto le diera por arrojarse al vacío con balaustradas y todo. Asuntos del animismo.

 

Y, aunque en el filme de Hitchcock, Vértigo, el ascenso y “caída” es en un campanario de iglesia, no estuvo exento uno de evocar, mientras iba descendiendo con cautela por las escalinatas, secuencias de aquella película con Kim Novak y James Stewart. Cuando cesaron las notas del violín y ya habíamos terminado el recorrido, hubo una sensación de tiempo detenido y me pareció escuchar viejas voces que nos susurraban desde otra dimensión.

(noviembre 30 de 2018)

 

Aspecto parcial del ático del Paraninfo. Foto Spitaletta

Las balaceras de entonces

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco más de la medianoche, cuando el tipo abrió la puerta con precipitud, se ubicó en la acera, justo bajo un árbol de Laurel de la India, y me hizo tres disparos. Acertó uno en la rodilla izquierda, que me dejó encalambrado. El dolor fue menor porque el efecto analgésico de los aguardientes me lo redujo. No logré llegar a la puerta de mi casa y me senté en el cordón del breve antejardín. Mamá se asomó por la vidriera, al tiempo que el agresor, Bernardo Arroyave, un paramilitar de Bello (era de la Defensa Civil) parecía poner a la luz de las lámparas públicas una cara entre risueña y asombrada.

 

Era marzo de 1981. Mis hermanos salieron a la calle y me recogieron. Llamaron un taxi y uno de ellos me llevó a una clínica en Medellín. Después, denuncié al sujeto que me había disparado con un revólver calibre 32 (menos mal que no era de mayor calibre y por eso volví a jugar fútbol), en la inspección de Niquía, pero nada. La impunidad total. De mi parte, no hubo venganza ni nada. Ningún rencor. El tipo, días después, se fue del barrio (vivía justo enseguida de mi casa, en la entrada al Polideportivo de Bello) y no supe más de él.

 

Este episodio lo recuerdo ahora porque, recientemente, un alumno me preguntó en clase si me habían tocado muchas balaceras, sobre todo en los nefastos días del cartel de Medellín, cuando yo era reportero de un diario.

 

Antes estuve cerca de tiroteos, pero nunca tan próximos como cuando marchábamos en una manifestación de estudiantes de la Universidad de Antioquia, tal vez en 1976, cuando el ejército disparó contra la multitud y muy cerca de mí se desplomó un estudiante. Después supe que se llamaba Elkin Córdoba. Murió en el lugar. En 1979, en disturbios en la U. de A., me cayó en el empeine del pie derecho un cohete de bomba lacrimógena. Las botas de cuero me salvaron de la fractura, pero cojeé durante quince días y el pie se puso como un banco.

 

Cuando el discípulo me hizo la detonante pregunta, advinieron imágenes sonoras y visuales de un tiroteo en el barrio Antioquia. Yo iba en un taxi para el periódico donde trabajaba y logré agacharme casi que sobre las rodillas del taxista, que aceleró. Los disparos parecían salir de todas las esquinas. Ninguno nos afectó. Antes, o después, pudo haber sido en 1989, subía por Ayacucho y al pasar por la iglesia de Nuestra Señora del Corazón de Jesús, en Buenos Aires, se armó la balacera. Me protegí contra un muro. Disparaban de arriba y de abajo. No sé cuánto tiempo transcurrió. Cuando se silenciaron, pensé encontrar en la calle, tirados en el piso, varios cadáveres. No había nadie. Solo el terror colectivo y la curiosidad en el asfalto, en las ventanas y las puertas.

 

En efecto, estuve muy cerca de balaceras en Medellín y Bello. Una, por Sucre y Maracaibo. Dos tipos salieron corriendo de un almacén. De pronto, apareció detrás un policía. Doblaron la esquina y subieron. Yo estaba cruzando la calle y el policía pasó muy cerca de mí. En inmediaciones de la clínica Medellín los dos tipos, que se refugiaron a la entrada de un parqueadero, salieron a cortar el camino y la vida del agente. Lo recibieron a balazos y prosiguieron su fuga hacia la avenida Oriental. El policía quedó tendido en el piso. Muerto.

 

Hubo días en que el fragor de los disparos me despertaba a las dos o tres de la mañana. O estaba uno en algún bar, y en el vecindario traqueteaban las balas. Una vez, en el morro de El Volador, mientras trotaba entre la vegetación, sentí el estruendo de un tiro de fusil y fracciones de segundo después el silbido muy próximo a mi cabeza. Quizá habían disparado “por accidente” desde la Cuarta Brigada. Otra tremenda “balinería” se produjo en la calle 51, cerca de la Plaza de la Madre, en Bello, en momentos en que salía de un cafetín. Me tiré en la acera y a los cinco minutos había pasado el intercambio.

 

¡Ah!, una noche de hace años invité a unos compañeros de trabajo a ir a Bello. Desde el principio mostraron su reticencia. Les dije que dejaran de ser prejuiciosos. “¿Tienen miedo o qué?”, les dije. Y aceptaron quizá por vergüenza y por la insistencia. Cuando estábamos desembarcando al frente del bar Lukas, por una calle vecina se armó la disparadera de allá para acá y de acá para allá. Nos metimos debajo del vehículo. Cuando cesaron los balazos, tampoco había heridos ni nadie caído en el asfalto.

 

Tal vez el mayor pánico colectivo que haya visto en el centro de Medellín, por la avenida Primero de Mayo, sucedió una tarde cuando yo salía del teatro Metro Avenida y de pronto se escucharon explosiones. “¡están disparando!”, gritó alguien. Y la gente corrió. Se metían a los almacenes, se tiraban al piso, el estruendo continuaba y había señoras patas arriba, y fruteros que desparramaban su mercancía, y muchachos a toda velocidad hacia la plazuela Nutibara. Los gritos se extendieron y de pronto nos dimos cuenta: una volqueta vetusta bajaba por la calle y su exosto infernal vomitaba sonidos de horror que estimularon la paranoia colectiva. Al fin de cuentas, por esa geografía se esparció una risa nerviosa, general, que aumentó hasta transformarse en risa dolorosa, gozosa, porque era como si las atronadoras descargas de un vehículo nos hubieran hecho pasar por inocentes.

 

Ah, no está por demás decir que al tipo que me disparó jamás lo volví a ver, aunque de él tengo un recuerdo. La bala no me la extrajeron y sigue ahí, como el dinosaurio del microrrelato. A veces, cuando hay frío, la rodilla duele.

 

La virgen de los sicarios, filme de Barbet Schroeder