El sugestivo ático del Paraninfo

(Vivaldi en la penumbra, algún fantasma y la belleza de un espacio histórico de Medellín)

 

Ático del edificio del Paraninfo de la U. de A. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El Paraninfo de la Universidad de Antioquia, de fachada neoclásica, con dos claustros y cinco naves, con jardines interiores y tres pisos, es una obra de arte y un lugar donde se puede leer la historia de Medellín de los últimos 220 años. Como, igual, puede suceder con la preciosa plazuela donde está ubicado: la de San Ignacio.

 

Y así como allí está el aula magna del Alma Máter, presidida por un Nuestro Señor de las Misericordias, pintado por Francisco Antonio Cano (debía de estar ahí Santander o el retrato de Fidel Cano, también pintado por F.A.  Cano, que estuvo ahí antes de la imagen sacra), se encuentra como parte de su arquitectura, en la que en el siglo XX intervino el arquitecto Horacio Marino Rodríguez, un ático que, en días muy lejanos, fue lugar de oración y, más que todo, de castigo para estudiantes díscolos.

 

El Paraninfo (así se le designa genéricamente a esa gran construcción que tiene el frente por Niquitao, un costado por Ayacucho y la espalda por Girardot) es un espacio que exuda belleza. Y está ligado a la cultura y a la historia de Medellín y Antioquia. Quizá aquellos Martes del Paraninfo, fundados por Jaime Sanín Echeverri, y que emanaron brillo supremo en el ejercicio de la secretaria general Luz Elena Zabala, sean una marca indeleble de los significados de este edificio emblemático.

 

Cuando Gisela Posada, funcionaria de la Universidad de Antioquia y líder del programa Cultura Centro,  me dijo, hace meses, que me invitaría a subir al ático (una inquietante torre que solo había visto por fuera), el interés por saber cómo era el interior de aquel torreón que desde hace años me hacía imaginar figuras fantasmagóricas, y que a veces, cuando estaba en alguna de las conferencias del Martes del Paraninfo, pensaba que, desde lo alto, debían los espectros estar atentos a las palabras de los invitados. Y fui todo expectativa desde aquella mención a ascender a un lugar que, además, tiene entrada restringida.

 

 

Entrada al ático. Foto Spitaletta

 

El Paraninfo, que alberga librería, biblioteca, emisora, sala de exposiciones, oficina de egresados, un cinema, una escultura —El Flautista— de Arenas Betancur, jardines de heliconias, es, quizá, la más hermosa construcción de la ciudad. Y aunque el que allí entra puede verlo todo, o casi todo, no se imagina cómo es el interior del ático. El Paraninfo, que en el siglo XIX, además de ser el Colegio de Antioquia y luego la Universidad de Antioquia, fue cuartel de tropas de guerras civiles, arsenal, prisión, es un centro cultural digno de visitarse.

 

Quizá en sus noches de mampostería y cañabravas, tan afectas a los espectros y a los espíritus burlones, circulen aún los ecos de las voces de Sábato, Benedetti, Horacio Ferrer, Eduardo Adrián, Jorge Luis Borges, Evtuchenko, participantes de aquellas memorables jornadas del Martes del Paraninfo.

 

El cuento es que, llegada la hora, en la que un reducido grupo, entre periodistas y funcionarios de la U, tuvo el privilegio de acceder al ático, la expectación aumentó. Y, por qué no decirlo, hubo aceleres cardíacos y especulaciones sobre qué habría detrás de esa puerta con una placa dorada a un lado: “Área restringida”.

 

La violinista, en la media luz, toca a Vivaldi. Foto Spitaletta

 

 

Las estrechas escaleras de madera nos fueron llevando, de a poco, a otro nivel, en el que, en la penumbra, se escuchó un violín. Sonaba el segundo movimiento del Verano (de las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi), un adagio que se regó por todo el ámbito semioscuro. Lo interpretaba Katiana Soto, estudiante de Bellas Artes. Después, se escuchó una pieza de Shostakovich. Y entonces, acostumbrados al umbrío ambiente, en las viejas paredes, descaecidas, aparecieron nombres grabados, tal vez de los que trabajaron en la restauración que se hizo al edificio, terminada en 1990, con la dirección de la arquitecta Clemencia Wolf.

 

Seguimos subiendo. No sé por qué quería que surgiera, en esos muros mixtos, en esas antiguas tapias, la figura fantasmal de fray Rafael de la Serna, el franciscano fundador de ese edificio en los albores del siglo XIX. No se mostró. Y, de pronto, tras un ascenso despaciosos, estábamos en los balcones. Y la ciudad apareció distinta, desde otra perspectiva, lo mismo que las naves y cúpulas de la iglesia de San Ignacio. Y, abajo, la plazoleta, con ceibas, con la escultura de Santander, con el obelisco conmemorativo, con el busto del gobernador Marceliano Vélez, con los jugadores de ajedrez.

 

Hacia el suroriente, desde aquella insólita visión, las Torres de Bomboná (o Marco Fidel Suárez) y, más allá, las colinas de El Salvador. Hacia el occidente, la cúpula de la iglesia de San José. Y sobre nuestras cabezas, en la parte más alta del ático, después de una cornisa, unas claraboyas redondas y, como remate, un pararrayos.

 

Hasta allí arrimaba el ruido de la ciudad, con sus automotores rugientes y la polución incesante. El cielo, nublado, no tenía pájaros. Y había destellos sin lustre en el cobrizo domo del templo de San Ignacio. En el aire navegaba la melodía de Vivaldi. Sobre el tablado del balcón, uno pensaba que, como en un cuento de Felisberto Hernández, de pronto le diera por arrojarse al vacío con balaustradas y todo. Asuntos del animismo.

 

Y, aunque en el filme de Hitchcock, Vértigo, el ascenso y “caída” es en un campanario de iglesia, no estuvo exento uno de evocar, mientras iba descendiendo con cautela por las escalinatas, secuencias de aquella película con Kim Novak y James Stewart. Cuando cesaron las notas del violín y ya habíamos terminado el recorrido, hubo una sensación de tiempo detenido y me pareció escuchar viejas voces que nos susurraban desde otra dimensión.

(noviembre 30 de 2018)

 

Aspecto parcial del ático del Paraninfo. Foto Spitaletta

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Las balaceras de entonces

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco más de la medianoche, cuando el tipo abrió la puerta con precipitud, se ubicó en la acera, justo bajo un árbol de Laurel de la India, y me hizo tres disparos. Acertó uno en la rodilla izquierda, que me dejó encalambrado. El dolor fue menor porque el efecto analgésico de los aguardientes me lo redujo. No logré llegar a la puerta de mi casa y me senté en el cordón del breve antejardín. Mamá se asomó por la vidriera, al tiempo que el agresor, Bernardo Arroyave, un paramilitar de Bello (era de la Defensa Civil) parecía poner a la luz de las lámparas públicas una cara entre risueña y asombrada.

 

Era marzo de 1981. Mis hermanos salieron a la calle y me recogieron. Llamaron un taxi y uno de ellos me llevó a una clínica en Medellín. Después, denuncié al sujeto que me había disparado con un revólver calibre 32 (menos mal que no era de mayor calibre y por eso volví a jugar fútbol), en la inspección de Niquía, pero nada. La impunidad total. De mi parte, no hubo venganza ni nada. Ningún rencor. El tipo, días después, se fue del barrio (vivía justo enseguida de mi casa, en la entrada al Polideportivo de Bello) y no supe más de él.

 

Este episodio lo recuerdo ahora porque, recientemente, un alumno me preguntó en clase si me habían tocado muchas balaceras, sobre todo en los nefastos días del cartel de Medellín, cuando yo era reportero de un diario.

 

Antes estuve cerca de tiroteos, pero nunca tan próximos como cuando marchábamos en una manifestación de estudiantes de la Universidad de Antioquia, tal vez en 1976, cuando el ejército disparó contra la multitud y muy cerca de mí se desplomó un estudiante. Después supe que se llamaba Elkin Córdoba. Murió en el lugar. En 1979, en disturbios en la U. de A., me cayó en el empeine del pie derecho un cohete de bomba lacrimógena. Las botas de cuero me salvaron de la fractura, pero cojeé durante quince días y el pie se puso como un banco.

 

Cuando el discípulo me hizo la detonante pregunta, advinieron imágenes sonoras y visuales de un tiroteo en el barrio Antioquia. Yo iba en un taxi para el periódico donde trabajaba y logré agacharme casi que sobre las rodillas del taxista, que aceleró. Los disparos parecían salir de todas las esquinas. Ninguno nos afectó. Antes, o después, pudo haber sido en 1989, subía por Ayacucho y al pasar por la iglesia de Nuestra Señora del Corazón de Jesús, en Buenos Aires, se armó la balacera. Me protegí contra un muro. Disparaban de arriba y de abajo. No sé cuánto tiempo transcurrió. Cuando se silenciaron, pensé encontrar en la calle, tirados en el piso, varios cadáveres. No había nadie. Solo el terror colectivo y la curiosidad en el asfalto, en las ventanas y las puertas.

 

En efecto, estuve muy cerca de balaceras en Medellín y Bello. Una, por Sucre y Maracaibo. Dos tipos salieron corriendo de un almacén. De pronto, apareció detrás un policía. Doblaron la esquina y subieron. Yo estaba cruzando la calle y el policía pasó muy cerca de mí. En inmediaciones de la clínica Medellín los dos tipos, que se refugiaron a la entrada de un parqueadero, salieron a cortar el camino y la vida del agente. Lo recibieron a balazos y prosiguieron su fuga hacia la avenida Oriental. El policía quedó tendido en el piso. Muerto.

 

Hubo días en que el fragor de los disparos me despertaba a las dos o tres de la mañana. O estaba uno en algún bar, y en el vecindario traqueteaban las balas. Una vez, en el morro de El Volador, mientras trotaba entre la vegetación, sentí el estruendo de un tiro de fusil y fracciones de segundo después el silbido muy próximo a mi cabeza. Quizá habían disparado “por accidente” desde la Cuarta Brigada. Otra tremenda “balinería” se produjo en la calle 51, cerca de la Plaza de la Madre, en Bello, en momentos en que salía de un cafetín. Me tiré en la acera y a los cinco minutos había pasado el intercambio.

 

¡Ah!, una noche de hace años invité a unos compañeros de trabajo a ir a Bello. Desde el principio mostraron su reticencia. Les dije que dejaran de ser prejuiciosos. “¿Tienen miedo o qué?”, les dije. Y aceptaron quizá por vergüenza y por la insistencia. Cuando estábamos desembarcando al frente del bar Lukas, por una calle vecina se armó la disparadera de allá para acá y de acá para allá. Nos metimos debajo del vehículo. Cuando cesaron los balazos, tampoco había heridos ni nadie caído en el asfalto.

 

Tal vez el mayor pánico colectivo que haya visto en el centro de Medellín, por la avenida Primero de Mayo, sucedió una tarde cuando yo salía del teatro Metro Avenida y de pronto se escucharon explosiones. “¡están disparando!”, gritó alguien. Y la gente corrió. Se metían a los almacenes, se tiraban al piso, el estruendo continuaba y había señoras patas arriba, y fruteros que desparramaban su mercancía, y muchachos a toda velocidad hacia la plazuela Nutibara. Los gritos se extendieron y de pronto nos dimos cuenta: una volqueta vetusta bajaba por la calle y su exosto infernal vomitaba sonidos de horror que estimularon la paranoia colectiva. Al fin de cuentas, por esa geografía se esparció una risa nerviosa, general, que aumentó hasta transformarse en risa dolorosa, gozosa, porque era como si las atronadoras descargas de un vehículo nos hubieran hecho pasar por inocentes.

 

Ah, no está por demás decir que al tipo que me disparó jamás lo volví a ver, aunque de él tengo un recuerdo. La bala no me la extrajeron y sigue ahí, como el dinosaurio del microrrelato. A veces, cuando hay frío, la rodilla duele.

 

La virgen de los sicarios, filme de Barbet Schroeder