Gillette, filoso utopista y magnate

(Crónica con cuchillas y una megalópolis con igualdad y felicidad)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Tal vez, a algunos les pasó de niños: jugar con espuma de afeitar refregada en el rostro y tomar la máquina del padre para hacerse el adulto, con sonrisas de picardía frente al espejo de tocador. En un tiempo, cuando tales máquinas aún no eran de desecho, ejercían cierta atracción, no tanto por lo duraderas, sino porque tenían una forma simpática, con un torno en el mango para abrir las que pudieran ser imaginadas como las dos valvas de un molusco.

 

Si bien las barberas, sobre todo en algunas regiones de Colombia, tuvieron su presencia doméstica, el invento de las cuchillas de afeitar va a ser una especie de revolución en los modos de rasurarse. Sucedió en los Estados Unidos, en las postrimerías del siglo XIX, una centuria propia de la biología, los inventos, las teorías sobre el origen del hombre y el ascenso del capitalismo.

 

Si bien hay evidencias de que, en tiempos inimaginados del neolítico, el hombre de las cavernas se arreglaba la barba y se la cortaba con rudimentarias hojillas de piedra, es muchos años después cuando tal faena será menos dificultosa. Y, por qué no, hasta placentera. Y aquí empieza la historia de un pionero, que revolucionó la rasurada y, de paso, creó un emporio. Después, se volverá un socialista utópico. Y morirá en la quiebra.

 

King Camp Gillette, nacido en Wisconsin en 1855, era un masón que, con imaginación y talento para los negocios, diseñará un artefacto que alterará hasta las maneras de llevarse las manos a la cara: la maquinilla de afeitar, pero, a su vez, la cuchilla, delgada, desechable y de bajo costo. El hombre, que no solo era un genio de las innovaciones, escribió en 1894 un libro medio idealista (El hombre a la deriva), en el que planteó que “nuestro sistema actual de competencia genera extravagancia, pobreza y crimen”.

 

Pero a la vez que veía con estupor las miserias de muchos trabajadores, Gillette pensaba cómo hacerse dueño de un modo de vivir, sin tener que vender su “fuerza de trabajo” a otros. Y percibió que si la maquinilla de afeitar era durable, la cuchilla debería ser desechable. Botar la cuchilla sin tener que cambiar de afeitadora. El cuento es que para 1901, las cuchillas costaban mucho. Y la gente las reutilizaba y hasta les sacaba filo cuando ya estaban amelladas de tanto uso.

 

Si el hombre primitivo para aderezarse la barba usaba el sílex afilado, y después el hierro, el bronce y hasta el oro, con las cuchillas que iba a diseñar Gillette, ayudado de otros investigadores, iba a trastocar la tradición y a hacer más “agradable” la afeitada. Siguió a la letra lo que le dijo, cuando Gillette apenas tenía 16 años, el inventor y empresario William Painter: “fabrica algo que se use y se tire, y los clientes tendrán que volver por más”. Esa, además, es una de las máximas que rige al capitalismo.

 

Tras muchas idas y vueltas, y hasta de cortarse la cara usando viejas afeitadoras, Gillette pudo desarrollar una cuchilla delgada de acero, en la que muchos no creían que fuera posible, y creó la Gillette Safety Razor Company. Las primeras cuchillas (Blue Gillette Blade) se vendieron al público en 1903. En el primer año solo vendió 90 maquinillas. Llegaron más socios y más ventas. Las cuchillas en sus sobres tenían impresa la efigie del señor Gillette, nuevo magnate, con sensibilidad social y cultivador de inconformismos.

 

Las maquinillas y las cuchillas se regaron por el mundo. Y su fabricante se tornó en celebridad. En 1904, eran ya noventa mil las afeitadoras. Después, el mercado creció hasta ser parte de la cotidianidad de millones de hombres.

 

Sin embargo, la faceta más interesante de este capitalista exitoso y universal llegaría después de sus conquistas mercaderiles. Su pensamiento inicial, de ser parte de las utopías socialistas del novecientos, se aclaró más. Escribió un libro al alimón con Upton Sinclair (escritor y periodista, autor de La jungla) y otro de su cosecha, en los que planteaba un nuevo tipo de sociedad. Uno de sus sueños tenía que ver con el trabajo: solo cinco años de trabajo y el resto, a lo que cada uno quisiera.

 

Crear una megaciudad, en la que habitarían 60 millones de estadounidenses, que se llamaría Metrópolis, era parte de su utopía. Cerca de las cataratas del Niágara, la ciudad ideal tendría energía propia. En el centro estaría una empresa, la United, que lo fabricaría todo. En ella los habitantes trabajarían gratis cinco años de su vida y, a cambio, recibirían alojamiento, ropa y comida gratis a lo largo de su vida. De ese modo, decía Gillette, se eliminarían la codicia y la ambición, ya que todo, con solo pedirlo, estaría al alcance de la mano de todos.

 

En aquella ciudad utópica, habría veinticuatro mil torres de apartamentos, con zonas comunes. En estas estarían las cocinas comunales, en las que, como en la factoría, trabajarían voluntarios. Así, por ejemplo, las mujeres no serían más las presas de los oficios domésticos.

 

Gillette, magnate que pensó en la felicidad, el bienestar y la justicia social, también fue víctima de la Gran Depresión de 1929. El crack lo afectó y, tras haber vendido su parte de la empresa, se fue a vivir a un rancho en las montañas Santa Mónica, al sur de California, donde murió en 1932, a los setenta y siete años.

 

El hombre de las cuchillas y las afeitadoras sigue estando a ras de piel en el mundo. Pero, quizá, su mayor aporte haya sido el de la ciudad (quizá como la de Tommaso Campanella), en la que una empresa produjera lo esencial para todos: alimentos, ropa y vivienda. Ah, y las industrias que no contribuyeran a satisfacer las necesidades vitales, serían destruidas.

King Camp Gillette era más filoso de pensamiento que las cuchillas que inventó.

 

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King Camp Gillette, socialista utópico y capitalista. Inventor de las célebres cuchillas de afeitar.

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