Los ejercicios estilísticos de Raymond Queneau

(El escritor francés era un tipo desconcertante, polifacético y genial)

Por Reinaldo Spitaletta

La matemática música de Johan Sebastian Bach, uno de los imprescindibles en la historia de esta arte, da para remitirse a la arquitectura, a formas herméticas que subyacen en sus creaciones, pero, sobre todo, como una posibilidad de la inmensa masa sonora, a una invención en particular: la del arte de la fuga. Alguna vez, como puede haber tantas veces que dos o más personas estén reunidas escuchando a Bach, el escritor Raymond Queneau (1903-1976) junto a su amigo Michel Leiris estaban en la sala de conciertos Pleyel en la que se interpretaba El arte de la fuga (Die Kunst der Fuge). Y entonces en su conversa después de escuchar el prodigio, dijeron que sería muy atractivo realizar algo así pero en el ámbito literario y no tanto desde la perspectiva del contrapunto y la fuga.

En su concepción, pensaron, mejor dicho, pensó Queneau, construir una obra por medio de variaciones que proliferan hasta el infinito, según sus palabras, con un tema nimio, sin hondas significaciones. Un tema con variaciones. Una historia o suceso, tal vez muy intrascendente, de la vida cotidiana, que pudiera recrearse de distintas maneras, puntos de vista, ángulos, enfoques. Y así, con apelaciones a figuras retóricas y literarias, darle giros a una situación, en apariencia vulgar.

Queneau, que en los años treinta quedó impresionado con la música de Bach, en los cuarenta escribió sus primeras doce variaciones (el Dodecaedro, lo llamó), acordándose, claro, del músico y compositor alemán, y que son, en esencia, las doce primeros escritos de su libro Ejercicios de estilo, de los cuales haría noventa y nueve, que son, hoy, un referente de estudiosos de literatura, semiología, lingüística y filólogos y estetas y críticos, porque el texto, que aparenta ser un divertimento, o una inversión de talento en nimiedades, tiene mucho fondo.

Con los primeros doce, el autor quiso darlos a conocer. “El director de una revista muy distinguida que aparecía entonces en zona llamada libre mayo del 42 y que me había pedido un «texto», me devolvió el Dodecaedro con aire consternado, incluso diría con tristeza, como si hubiese querido jugarle una mala pasada”, recuerda el novelista y escritor, que en sus comienzos recaló en el puerto de los surrealistas.

Y van a ser militantes del surrealismo los que le publicarán, en 1945, algunos de los ejercicios, que ya iban creciendo en número. Y en la revista belga La Terre n’est pas une vallée de larmes, aparecieron nueve de ellos, que con el tiempo, como si fuera una cifra cabalística, se convertirían en noventa y nueve (“ni tanto ni tan calvo, el ideal griego, vaya”, diría Queneau).

Pero qué vaina son los Ejercicios de estilo, convertidos en manifiesto, provocación literaria, imaginación sin límites, desconcierto para académicos puritanos, en fin. Qué son esas variaciones, que cualquiera, menos avisado, pudiera decir contra ellas: ¡qué pérdida de tiempo! ¡Qué desperdicio de talento! Y otros, más observadores e inquietos, anotarán con goce sobre las bondades de unos ejercicios intelectuales y literarios, en el que la lengua (en este caso la francesa) alcanza cumbres sonoras y de significados múltiples.

Y para ilustrar el asunto, veamos entonces cuál es el tema principal, es decir, el leitmotiv sobre el cual girarán, se desarrollarán, pervivirán las otras noventa y ocho variaciones. Aquí va: se llama Notaciones y tiene ciento trece palabras:

“En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: “Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo.” Le indica dónde (en el escote) y por qué”.

Queneau, un tipo desconcertante, de “ingenio proteico”, era letrista de canciones, actor, guionista, realizador cinematográfico, traductor, pintor, dramaturgo, narrador, poeta, matemático, editor, una especie de espíritu renacentista en tiempos en que ya las especializaciones eran lo más común y corriente. Escribió unas quince novelas, entre las que están Zazie en el metro, adaptada y llevada al cine por Louis Malle; las Flores azules, y Diario íntimo de Sally Mara, un heterónimo suyo, encarnado en una pelada irlandesa. Siempre quiso escribir una Enciclopedia de las ciencias inexactas, a la cual dedicó mucho tiempo de investigación. Algunas de sus pesquisas, las utilizará en sus obras de ficción.

Los Ejercicios de estilo, muestra ingeniosa y enciclopédica, son como una suerte de la denominada “literatura incómoda”, que desde los tiempos de Marcial, con sus epigramas y sus “bagatelas difíciles”, marca un camino para la imaginación y la inteligencia. Tienen alto grado de artificiosidad, de pasatiempo filológico y, desde luego, de extravagancia. Hay en los ejercicios de Queneau una excentricidad, un salirse de los moldes para diseñar una propuesta que va más allá de lo recreativo o lúdico.

“Queneau es demasiado inteligente, creativo, divertido, experimental, incisivo y culto como para que interese al gran público, que valora justamente lo contrario a lo que representa este escritor”, dice Adolfo García Ortega, uno de los traductores españoles del escritor francés. Y para los estudiosos del autor de Hazzard y Fissile, se trata de un creador-bouquet, un hombre culto, además de lector culto, que hay que “paladearlo como los grandes vinos”.

Dentro de la llamada literatura incómoda, como la de Queneau, cabrían, por ejemplo, algunos sonetos de Góngora, aforismos de Gracián, la cortazariana Rayuela y la muy musical Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, alguna novela de Faulkner, por no señalar la más incómoda de todas, el Ulises de Joyce. “Mientras que el resto de literatos acostumbra a ser ajeno a la plena consciencia de sus propósitos, el autor de una obra incómoda, al igual que quien se propone realizar un ejercicio deportivo o cirquense, puede llegar a reducir el motivo y el mérito del trabajo a la mera consecución de la dificultad propuesta previamente”, dice Antonio Fernández Ferrer, autor de una versión de Ejercicios de estilo en español.

Así que para Queneau, como para los otros mencionados, la dificultad es un fin en sí misma, una meta, un caminar por rutas espinosas, que se tornan en ocasiones como un castigo autoimpuesto. Y, en ese sentido, no oculta sus alcances y métodos para conseguir el objetivo, sino que los exhibe, los muestra y, si se quiere, hasta los luce como prenda única, como parte de una cierta vanidad, ¿o será modesta vanidad?

Queneau, que fue de la gallada de Jacques Prévert, André Breton y del pintor Yves Tanguy, rompió después con el surrealismo y se embarcó en una aventura del lenguaje, cuando, en un viaje a Grecia, descubrió la diferencia que había entre el francés literario y el francés de la calle, libre y expresivo. Fue uno de los fundadores del Taller de Literatura Potencial e hizo parte del Colegio de Patafísica. Junto con otros miembros de la corriente de los incómodos y experimentadores, su metáfora es como la de la rata, capaz de trazar su propio laberinto del cual se propone salir. Y en este caso, el laberinto es de palabras, poemas, frases, sonidos, bibliotecas, libros, prosa, todo.

Ejercicios de estilo lo muestra a lo largo y ancho: hay apóstrofes y sonetos, subjetividad y teatro, odas y partituras, animismos y sorpresas. Y a veces, una especie de desencanto del mundo, que hace que un sombrero o un pisón en el metro o el bus, se convierta en una especie de anuncio de que la vida es más que un botón en la camisa. Es, en últimas, el ejercicio de la palabra conectado con el ejercicio de vivir.

Mosaico con gestualidades del escritor Queneau

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