¿Barrios de edificios o edificios sin barrio?

(Un recorrido por viejos y nuevos paisajes urbanos, y una agonía)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Empezando porque casi todos son unos edificios sin decoro, ni decoración. Simplones. Sin gracia, antiestéticos, y que, desde afuera, dan la impresión de ser una deplorable colección de calabozos, arquitectura carcelaria, el hacinamiento de un poco de gente que ni se conoce. Ni se saluda. Ni les interesa si los otros existen o no. No hay Juanes ni Carlitos ni doñas Leonisas. Menos Nélidas, Victorias o Azucenas. Tampoco Auroras ni Américas ni Rubielas. Que todos estos son nombres de mucho tiempo atrás, “gracias” que ya no son (¿cuál es su gracia?, se preguntaba para que alguien dijera su nombre). Y los de ahora, ni se pronuncian, no solo porque algunos son difíciles (o impronunciables), sino porque se desconocen.

 

No sé si es que lo que antes llamábamos barrio está creciendo “de pa’rriba”, a lo rascacielo, pero con menos ampulosidad y ambición. Y con mayor degradación de la arquitectura, o de las viviendas. No se me quitan las ganas de hablar de estas edificaciones, con sobrenombres de torres —que ojalá fueran una Eiffel, o, al menos, una Babel, o una de ajedrez— como unas expresiones tuguriales. Es que he visto unas tan feas, tan feas, que uno tiene que voltear la cara, como en un tango, con ganas de ponerse a llorar por lo esperpénticas, adefesios urbanos, sin casta, ni son ni ton.

 

Claro, se me dirá, no sin razón, que hay unos edificios de apartamentos de gran dignidad, con amplitudes interiores, ventanales y luz natural, pero, no abundan. Excepciones. Y para el caso, da igual. Porque lo que quiero indagar es si un complejo de torres o edificios sigue siendo un barrio. O solo una urbanización, ciudadela, conjunto y no sé qué otras denominaciones, sin otro sentido que el de la habitación, pero sin sociabilidad. No me suena por ningún lado que tal congregación de altas construcciones sea un barrio. Y es lastimoso. Porque un barrio es vitalidad, encuentro de lo público y lo privado, ejercicio de la palabra, vecindad y lugares para practicar la amistad.

 

Un barrio, para muchos de nosotros, que ya tenemos cierta edad o que, por lo mismo, alcanzamos la mayoría de edad de todas las razones, con autonomía y los sesos todavía en buen estado, digo que un barrio es la patria. O, al menos, la sucursal. Un barrio es un poco de paisaje de tienda y de ventanas abiertas, de vecina que todavía se viste con trajecitos de atrevimiento para llamar la atención, de muchachos que persiguen un balón de esquina a esquina. Es tener árboles con azulejos y carpinteros y uno que otro arrendajo. Y teja española y balcones que atardecen con golondrinas.

 

Cuando se camina el barrio, con aceras diversas, de vitrificados, de cemento viejo, con hendiduras, unas lisas, otras muy desequilibradas, con gente en un corredor, con sillas que conversan, es una aventura de las cosas simples. Allí un aviso de peluquería, allá otro de misceláneas, más al fondo una panadería con vitrinas frescas. De pronto, una sorpresa: “se reparan teléfonos antiguos”. O con un aviso “sastrería: reformas”, hecho de cartón duro o de acrílico. Y todavía hay forraduras de botones, venta de helados, la sede colorida de unos juglares, bueno, de todo como en las boticas de hace años.

 

El barrio da carácter, conciencia de estar atado a un territorio, cierta manera de enlazamiento, de pertenencia a una comunidad. Es un espacio diverso para las historias, los intercambios (de miradas, de saludos, de transacciones de tenderete…), el mundo de afuera. En cambio, los edificios son más el adentro, el aislamiento, el creer que se está seguro entre enmallados, en tener porterías y porteros, en el carecer —en general— de relación con el otro, que es más un representante de la desconfianza, un enemigo en potencia. Un extraño.

 

Hasta el fluir del chisme, las consejas, cierta maledicencia, hacen el ambiente barrial más apetecido, más humano. Y aunque hoy los muchachos son más de las interioridades, por los aparatos, por las tecnologías, en el mundo múltiple de un barrio se da la posibilidad de la reunión afuera, en una disputa futbolera (cada vez menos significativa en las calles), en una sentada de esquina para la simple conversa sin otros atributos que el estar con los demás.

 

Puede ser, claro, asunto de costumbre. De no aceptar los cambios y quedarse más con las permanencias, las continuidades. O, se podría decir, materia de resignación. Pero lo que soy yo, que ya he vivido en multiplicidad de barrios (también en uno que otro edificio) me sigue interesando la vida color ladrillo, los antejardines, las ventanas y fachadas, algunas descaecidas y vetustas. Ver los contadores de agua y de energía, los trabajadores que los van leyendo, incluso tener que toparse con la impertinencia de los que van proclamando milagrerías y anuncios de dioses. Me sigue gustando el pregón del frutero y, quién lo creyera, todavía el de los voceadores de periódicos, un elemento (el diario) que ya es más parte de una arqueología.

 

Sí, lo sé también. El barrio es una entidad que está en crisis, en agonía, aunque todavía, dice uno, le falta mucho para fenecer. Está, parece, en vías de extinción. Hace años, cuando en los barrios se erguía una construcción de cuatro pisos, era una novedad. Recuerdo algunas, con fachadas de mosaicos, con escaleras por fuera, a la vista. Pero no chillaban. Porque, de otra parte, los residentes se vinculaban con la cotidianidad. No estaban marginados. No había entonces la noción de gueto.

 

En muchos lugares de la ciudad, los viejos barrios están cediendo sus espacios al crecimiento vertical, a la vivienda en altura. Ya hay sectores “contaminados” por la irrupción cancerígena de torres, que, por lo demás, son más bien grotescas. Ah, sí, una que otra tiene buena presencia, como dirían las señoras de antes. Que las hay, las hay. Pero he visto unas groserías, que ni las cárceles (bueno, Agustín Goovaerts diseñó en Antioquia unas muy bonitas, pero qué pereza estar en una de ellas, por bellas que fueran). Dense un pasoncito, por ejemplo, por ciertas partes de lo que antes se llamó Miraflores, o por La Floresta, o por los altos de Calasanz, o lo que era una belleza de barrio como el San José Obrero, de Bello, hoy destruido.

 

Hay unos conceptos de alta dignidad, en lo que a edificios residenciales se refiere, como la unidad Marco Fidel Suárez, más conocida como las Torres de Bomboná, o los que están en La Playa o unos que sobreviven en Maracaibo, o en el parque Bolívar. Pero, en cuanto a la construcción genérica de edificios, que pululan como una peste, como una invasión de langostas, hay unos muy desventurados, inhumanos, con menos ángel que demonio.

 

En Medellín, todavía nos quedan algunas barriadas sin tantas heridas, como en partes de Aranjuez, Manrique y, sobre todo, la conservación (a duras penas, a regañadientes) del espléndido barrio Prado. Poco en Boston, poco o casi nada en Buenos Aires, en el viejo Bomboná, en El Salvador. Y nada de nada en El Poblado. En Laureles (un barrio de viejitos, como dicen los pelados) los edificios borraron los caserones, pero el sector conserva rasgos de su antiguo esplendor y belleza.

 

Soy un tipo de barrio. Soy como los tangos de los años cuarenta (y los de antes), con poesía de ladrillo y acera (vereda), con zanjones y faroles de enamorados. Como los viejos barrios parisinos, neoyorquinos, porteños, que conservaron su historia, su estructura, su espíritu original, sin oponerse a rascacielos ni deslumbradoras torres. Sí, soy del “barrio de tango, luna y misterio”, con perros que todavía le ladran a la luna. Y en los que los muros todavía nos siguen hablando.

Barrio, del arquitecto Pablo Della Torre

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Un aviso funerario

Por Reinaldo Spitaletta

Ayer no más, diagonal a mi casa, había un aviso fúnebre sobre la acera y recostado a la pared. Desde la esquina donde vivo, en un segundo piso, no pude leer de quién se trataba. Tal vez pudo haber sido la dama, ya vieja, como de setenta años, que iba casi todos los días a una legumbrería, muy cerca de aquí, en la que, según he sabido, las señoras del barrio iban (van todavía) no solo a comprar plátanos y cebollas, sino a hablar de la vida del sector, de si escucharon unos balazos anoche, de que se robaron una motocicleta en la otra cuadra a una muchacha que no era de por estos lados, sabés querida que vimos entrar a un tipo raro en casa de doña Mery, y todas esas parlas y otras parecidas las he conocido porque mi mujer, que no es tan vieja, también va a ese lugar de la mañana a conversar y escoger tomates.

Lo del letrero funerario me llamó la atención por unos instantes, pero luego olvidé el asunto, porque de muertes ya estamos acostumbrados en la ciudad, pero más que todo, en esta calle, en la que, como caso curioso, casi todos somos viejos, pues eso es lo que desde el balcón observo, y entonces se cree, eso dicen, que la pelona, como la llama doña Genoveva, dueña de una tienda en esta misma cuadra, está al acecho y cualquiera puede ser el escogido. En realidad, nunca supe el nombre de la señora de edad que yo suponía sería la muerta y hoy apenas me he enterado de que se llamaba Aurora, porque mi mujer me lo ha dicho, aunque en rigor sabía que en efecto alguien había muerto allá, no porque hubiera un anuncio, sino porque hoy vi a un hombre abatido, en el balcón, aferrado a la reja, la cabeza gacha y como sollozando y me he puesto a decir por dentro pobre tipo, parece tan solo y desamparado, y a mí ni siquiera se me ocurre pasar hasta allá y saludarlo con un rictus de pesar en los labios, de esos que le duelen a uno, porque las palabras no fluyen, y decirle un “lo siento” que suene sincero, porque lo que deduzco es que el hombre se quedó solo y ese es un destino ineludible, dice uno, como para no entrar en pensares que pueden molestar el alma.

El caso es que sí se murió la señora del señor que vi en el balcón y a mí me ha ido entrando como una pensadera sobre cómo es quedarse uno solo, porque supongo que el vecino debe estar en esa condición, ahora sí, solo de remate, no he visto a nadie más que le acompañe, y desde hace tiempos no he visto a otros diferentes a él y a ella en el balcón. No sé por qué no me nacen ganas de ir hasta allá y desde abajo, muy juntito a donde estuvo puesto el aviso, mandarle un saludo de solidaridad, pero no, creo haber perdido el sentido de vecindad, tal vez desde que decidí mantenerme alejado de los demás de por aquí, cuando precisamente en esta esquina me asaltaron dos tipos a pleno sol y bueno, yo no grité, no insulté, ni sentí miedo, pero sí rabia porque yo veía que otros miraban sin inmutarse, o tal vez sí, como si fuera un espectáculo el que a uno le estuvieran birlando cualquier cosa, y claro, no llevaba casi nada, unos billetes arrugados y una lapicera y no más, y sentí ganas de vomitar en el asfalto cuando los dos muchachos se fueron, despacio, cada uno con una especie de bamboleo. “¿Le robaron, señor?”, preguntó alguien, con una voz de estupideces y yo no contesté.

Me parece que en otros días esta esquina era más calmada. Eso me decía mi mujer, porque yo casi no paraba por aquí, unas veces trabajando, o quedándome después del turno en un bar del centro, echando monedas a las canciones del traganíquel, mirando a la copera, que tenía unas caderas grandotas y una cara de aburrimiento. Era mejor verla por detrás, y tal vez por esa razón la hacía ir cada rato al mostrador para que me trajera más pasantes de zanahoria y limón. Ella, creo, sabía que el propósito oculto era que le mirara el trasero y en ocasiones, tal vez cuando el tedio la dejaba, lo contoneaba con entusiasmo. Valía la propina. Digo que no era tan fregada esta parte del barrio porque nunca, al llegar tarde, pasaba nada. Pero sí me daba cuenta de que las ventanas tenían ojos detrás de las cortinas y la señora del aviso funeral era una de las que se asomaba con deleitoso cuidado, seguro a ver qué tan borracho había llegado su vecino. A veces, uno alzaba la mano, para que los husmeadores se sintieran pillados.

En esta esquina mis soledades fueron creciendo y llegó un momento en que nadie de por aquí me importó. Ya se habían ido aquellos que conocí hace tiempos y los que llegaron no me llamaron la atención, tal vez porque uno se torna huraño con el pasar de los días, cuando las corvas empiezan a doler, y en las rodillas principia como una tembladera, como una tiesura, qué se yo, y salir a caminar no es ningún atractivo, sino una especie de castigo. Me gustaba más estar fuera de esta jurisdicción de señoras que ya no tenían ningún encanto y que no valía la pena verlas caminar desde el balcón, y de hombres, como yo tal vez, a los que se les notaba el hartazgo o el cansancio, que los dos son síntomas de ya no tener ganas de nada. Y cosa extraña, por aquí no es que abunden los jóvenes, excepto los que llegan de otros lados a robar motos, como supe que dicen las señoras de por acá, por ser lugar de desolación.

El aviso blanco de letras negras me puso a pensar sobre cómo he perdido el interés por el barrio, no me importa quién vive al lado ni al frente, ni diagonal, ni tampoco las noticias que mi mujer trae cada que va a lo de las legumbres y leches y arepas. En otros días, quizá hubiera salido a la calle y sin premuras me hubiera acercado a leerlo, pero solo por una curiosidad, no porque me importara en realidad quién era el muerto, que me ido acostumbrando a las ausencias, sin más ni más. Claro que, a ella, a mi mujer, parece habérsele contagiado mi indiferencia porque, que yo me haya dado cuenta, no ha expresado ninguna intención de ir donde el hombre que parece haberse quedado solo en el mundo. O puede ser también que me interesa poco lo que ella haga o deje de hacer y entonces yo pueda ser un tipo que haya perdido toda sensibilidad y mi mujer no sea más que otra sombra. El cuento es que la triste imagen del hombre me ha trastornado y tal situación me preocupa, más por mí que por él, porque parece que ya estoy sintiendo ganas de ir a tocar su puerta y decirle que nos vamos a tomar una cerveza en la tienda de doña Genoveva para hablar de por qué diablos por aquí ya nadie se preocupa por leer los avisos de muertos ni por los hombres que se van quedando solos.

Pintura de Ignacio Monje