El último encuentro: la vejez y la venganza

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“Se pasan las horas, los días, los meses y los años, y el tiempo pasado nunca vuelve, ni se sabe el que vendrá. Conténtese cada uno con aquel espacio de tiempo que se le concede para vivir”.

                                                                                         Marco Tulio Cicerón. De la vejez

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se llega a decir que es una novela sobre la soledad; no, o más bien sobre la decadencia y la vejez; no, señores, se trata de una venganza muy particular, no digamos a la manera, por ejemplo, de El barril de amontillado ni a la usanza de un oriental que esperó años preparándola hasta que la cumplió (en un cuento de Jack London), no; es una venganza elegante, sin sangre, también sin piedad. Es una venganza al estilo de un novelista que con esta obra, tras años de ausencia en las librerías en español, tornó en 2004 a las palestras literarias en traducciones al castellano, cuando ya llevaba muchos años de suicidado (en San Diego, Estados Unidos, 1989).

 

Se trata, ¿o todavía no lo intuye, amigo lector?, del húngaro Sándor Márai, un escritor que en sus creaciones hace hablar a ciertos personajes como si estuvieran dictando una conferencia, en un tono en el que la razón se va imponiendo a las emociones, con frialdad y precisión. No, se vuelve a decir de pronto en alguna tertulia literaria, no, mis queridos: es ante todo una novela sobre un triángulo amoroso. O, de otro modo, acerca del adulterio, de la infidelidad. Puede que sí. Pero otro lector podría aseverar que es, en esencia, una ficción muy regulada y mejor medida, como si la escribiera de forma paradojal un sastre de alta costura, que se refiere a la desgracia de una mujer llamada Krisztina, trágica esposa y amante, que cuando es descubierta en su traición por el marido, este no solo deja de hablarle, sino que ella se encierra en una casa cerca del castillete donde, en medio de melancolías no reveladas, pasó tantas jornadas, tal vez con muy escasos paisajes.

 

El último encuentro, cuyo título en húngaro se refiere a la extinción de velas, que en la obra por cierto se constituyen en un símbolo de enorme importancia, referidas a un mundo que se agota, a una manera de vida que agoniza sin remedio, es, también se puede afirmar, una novela sobre la amistad (en la que se presentan rupturas, quiebres dolorosos). La obra, cuyos escenarios están en un viejo castillo de caza en inmediaciones de los Cárpatos, se inicia en realidad con una clave para el lector, cuando un general (después sabremos que es un viejo de setenta y cinco años, general del imperio, llamado Henrik), recibe una carta que lo hace meditar en una lejana fecha de cuarenta y un años atrás (hay varios números clave en la novela, como una extraño cifrado cabalístico) y a partir de esa suerte de notificación, El último encuentro irá en un crescendo (la música también es sustancia en ella), en una borrasca de altas tensiones, como si se tratara de una ficción policíaca, con suspense y ciertas pistas, que el lector irá descubriendo hasta alcanzar instantes en los que se puede quedar sin respiración.

 

Es una novela que huele a moho, a vejeces y vejestorios, como un personaje de encanto, una anciana de noventa y un años, la nodriza Nini (setenta y cinco años en ese mismo castillo fantasmal), que tiene un rol amoroso, como de abuela de poco hablar, en medio de una situación que el autor sabe dosificar, sin excesos ni alargues inútiles, solo con una maestría en la tasa y la medida. Sándor Márai emplea en esta breve novela el recurso del dato escondido, muy utilizado en reportajes de crónica roja y en relatos detectivescos, pero con una finalidad de alta estética y de elegancia en la narración. Porque se está tratando, en medio de una atmósfera de descaecimientos y pátinas tristes, del derrumbe de un mundo, el despeñamiento de una cultura. “La nodriza se sentó. Había envejecido en el curso de aquel año. Cuando pasa de los noventa, la gente envejece  sin resentimiento. La cara de Nini estaba llena de arrugas y era rosada: envejecía como los paños más nobles…”, dice el narrador al principio de la novela que tiene como trasfondo la caída de vértigo del imperio austrohúngaro.

 

La obra, con ambientes cerrados y algunos desarrollos al aire libre, en particular los de cacería, tiene flashbacks a lo película, que permiten al lector ir tejiendo la trama, atar cabos e introducirse en atmósferas a veces mefíticas, a veces plenas de morriña, con la certeza de que se topará con dolorosas formas de lo que ya no tiene cura. En aquella mansión, que por momentos puede recordar la ruina de la Casa Usher, se “desmoronan los restos de varias generaciones y se deshacen las vestimentas de seda gris y paño negro de las mujeres y de los hombres de antaño”. Todo allí está moribundo. La vida se va, con lentitudes pero inevitable en su descenso. Uno, como visitante de este castillo desventurado, se encuentra con retratos de gente que ya no está y regresa a lo gótico, a tiempos de penumbras en comedores inmensos y habitaciones a granel. Y, como una suerte de invocación a otras maneras de ser, la música de Chopin (también hay valses vieneses) nos recoge en calendas románticas que, por lo demás, huelen a escaparates y retratos al óleo.

 

Y así, con sutilezas narrativas, el autor introduce a sus lectores en la infancia y adolescencia de dos personajes distintos, quizá complementarios, que es ahí, en la diversidad y lo diferente, cuando nace la amistad. Uno con riquezas y abolengo; el otro, sin cuna de oro e inclinado a la bohemia y rico en sensibilidad artística. Henrik y Konrád crecen juntos y, como se sabrá después, aman por separado a una mujer enigmática, que completa el triángulo mortal (y moral) de la historia. Solo que el segundo es, si se analiza, un amigo que, arrastrado por la lujuria y por las afinidades con Krisztina, seduce a la dama que, aunque no es un personaje de tantas intervenciones, es fundamental en El último encuentro. Puede ser que la gran tragedia que cruza la novela sea la de ella, que muere en un aislamiento de espanto. Incomunicada.

 

Konrad que, con Krisztina, tiene un refugio: la música, donde el otro, su amigo militar que “tiene callos en los oídos” y al que le eran suficiente la música cíngara y los valses vieneses, es un intérprete que, con la madre de Henrik, toca La Polonesa-Fantasía de Chopin, el compositor polaco-francés, que, en la novela, era pariente de la mamá del inquieto Konrád.

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Y mientras el lector, mediante un narrador omnisciente en tercera persona, se va enterando de aspectos del pasado de los protagonistas, la obra vuelve a un presente en el que parece no habrá posibilidades de sobrevivir a lo que decae. El general se prepara con todas sus medallas y uniforme de gala para recibir, después de cuarenta y un años, a su amigo, que, como sabremos después, se ha ido (escapado) al trópico asiático, a Singapur,  y que ahora vuelve desde Londres, donde consiguió una casa de campo en las afueras. ¿Por qué tantos preparativos, por qué se había fugado uno y el otro se quedó a la espera con más certezas que incertidumbre?

 

La vieja construcción parece revivir en sus candelabros, en sus vajillas, en sus vinos y potajes, porque algo va a pasar, porque está por suceder el último encuentro, como un duelo sin espadas, entre dos amigos que hace años (bueno, cuarenta y uno) no se ven. El que llega está viejo; el que lo recibe, también. Son el mismo tiempo, pero otras las circunstancias, otro el que tendrá la palabra, ante la mudez del rival. La obra entra en una suerte de monólogo, de juicio imperturbable de Henrik contra Konrád, que no tiene defensa y que, por lo demás, no la necesita, porque sabe que es culpable. Un culpable sin arrepentimientos aparentes. Lo hecho, hecho está, pero hay que dar la cara (ya arrugada y perjudicada por el paso destructor del tiempo) ante el otro, que está igual de viejo, pero puede ejercer el discurso a guisa de juez.

 

“Los dos sentían que el tiempo de espera de las últimas décadas les había dado fuerzas para vivir. Como cuando alguien repite el mismo ejercicio durante toda la vida. Konrád sabía que tenía que regresar y el general sabía que aquel momento llegaría algún día. Esto los había mantenido con vida”. Después, se desatarán las fuerzas narrativas, el talento del novelista, la manera de mantener al lector en vilo, sin parpadeos, dando de a poquito nuevas claves, descosiendo amarres, todo en un cálculo producto, además, de una planeación, sin titubeos.

 

De pronto, hay contextos históricos, señales y eventos. Sugerencias. Se sabe sobre el influjo de la revolución rusa en obreros de lejanías asiáticas. Se sabe de aspectos de la Gran Guerra, y de la tragedia de un país como Polonia (patria de Konrád: “Mi patria dejó de existir. Se descompuso. Mi patria era Polonia, Viena, esta casa y el cuartel militar de la ciudad, Galitzia y Chopin. ¿Qué queda de todo aquello?).

 

Y mientras la obra asciende en intensidad, vuelve La Polonesa- Fantasía, y los significados de la amistad, del erotismo, y los sentimientos que produce la cacería, una faena en la que un hecho fundamental en la novela desencadena un cataclismo: una huida, el hallazgo de una traición y una larga espera. Y en alguna parte, y por razones íntimas y casi que inquebrantables, retorna la filosofía de la amistad: “La amistad es una ley humana muy severa. En la antigüedad, era la ley más importante, y en ella se basaba todo el sistema jurídico de las grandes civilizaciones”, dice el general. Y agrega: “en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte…”.

 

Henrik y Konrád eran amigos legendarios, como Castor y Pólux, “compañeros durante veintidós años en lo malo y en lo bueno”. Y de súbito, o, más bien, tras un proceso, unas conexiones, unos hechos que parecen producto de la fatalidad, surge, en una actividad venatoria, con monteros y ciervos, con rifles y momentos en los que las ganas de matar a un amigo se erige en acontecimiento fundamental, hay un quiebre en la obra. Un punto en el que la historia se parte, la amistad se resiente, se resquebraja y el mundo se oscurece. Y a estas alturas, hay, introducidos con sutileza y efectividad, elementos policíacos, pistas y pesquisas.

 

El último encuentro es otra demostración de la capacidad envolvente de la prosa de Sándor Márai, de su magín y facultades para las sutilezas y el conocimiento del hombre. Se puede preguntar, sin afanes de respuesta, como pasa en buena parte de la literatura, ¿qué es un hombre? ¿Cuándo un hombre deja de serlo para convertirse en fiera? ¿Cuándo es capaz de mantener la razón pese a los dolores y las agresiones?

 

En el último encuentro hay sobrevivientes de la Gran Guerra, pero, sobre todo, de una guerra no convencional entre dos amigos que se separan durante años por un amor, por una infidelidad, por una especie de ultraje a la confianza, y vuelven a verse tras una larga y forzosa separación. Uno se explayará en la palabra, en las acusaciones, en la reconstrucción de la ofensa. El otro escuchará, sin muestras de contrición. “¿Qué venganza puede haber entre dos viejos a quiénes ya solo los espera la muerte… Han muerto todos, ¿qué sentido tiene entonces la venganza? Sin embargo, sí lo tiene, por lo menos en esta obra de extrañas perfecciones.

 

Hay un ventarrón, las velas se apagan, la oscuridad aparece. En una mesa gigante, y alejados, están los dos viejos: quién es la víctima, quién el victimario. No hay lugar para la culpa ni la exculpación. El tiempo que queda es poco. La muerte lo borra todo. Y al final, un retrato ausente, un cuadro exiliado vuelve a su sitio en una antigua pared llena de melancolías.

 

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Vejez

 

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Se envejecieron los ojos, menos la mirada.

Y la voz, claro que sí; mas no del  todo las palabras.

Se arrugaron los años en el rostro y el cuello

Se cayeron las pestañas y menguaron los cabellos,

Pero el mundo se acercó más al pensamiento

Que en ocasiones fue recuerdo.

Se paisajeó de nieves —pero no del Kilimanjaro—

La crencha cada vez menos engrasada.

Y desde un cielo distante

A veces llega sonriente la voz de un niño azul

Que cada que puede nos dice adiós

Con su cometa.

 

Reinaldo Spitaletta

 

La agonía de Sándor Márai y un caballito de palo

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era ya casi el crepúsculo, cuando en el piso del corredor de una cabaña de Santa Elena, vi un caballito de palo. Acababa de leer estas frases de los Diarios de Sándor Márai 1984-1989: “La lengua surgió como interjecciones, no como palabras, al igual que la música surgió en forma de ritmo, no como melodía” (pag. 68). El insecto, como una especie de monstruoso rocinante, se movió con lentitud sobre las baldosas y se dirigió hacia la base de una columna. Al fondo, el cielo comenzaba a pintarse de arreboles y se escuchaba un clamor de pájaros del atardecer.

 

El escuálido animalito color madera me llevó a una rápida digresión: el ser humano debe metamorfosearse como una posibilidad de dejar al planeta con cierta tranquilidad, y lo mejor sería que lo hiciera en uno de estos insectos, que todavía evocan parte de la floresta, de lo silvestre. Al principio del libro, el escritor húngaro, nacido en 1900 y suicidado en 1989, de una manera más bien poco estética, pero efectiva, de un disparo en la cabeza, había narrado un episodio sobre un insecto en la cocina de su casa.

 

Su mujer, Lola (diminutivo de Illona), comentó que durante la noche un bicho de caparazón negro y de dos centímetros y medio de largo, roía la comida que se dejaba en la cocina, como frutas y trozos de pan. Y la magia del escritor convertía un hecho intrascendente en una atracción aterradora, en una suerte de visión nerviosa: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente…”. Después, Márai se interroga cómo es que encuentra la comida, cómo perpetra el robo, quién demonios le informa sobre lo que debe hacer y cómo hacerlo. Un misterio. Una hecho que produce miedo.

 

El caballito de palo de pronto comenzó a crecer y crecer hasta convertirse en un apocalíptico monstruo. Así podría pintarse el fin del mundo, con todos los insectos con dimensiones imposibles aterrorizando los últimos instantes de la humanidad. El cielo estaba cada vez más rojizo y tenía la apariencia de una acuarela. Me olvidé del flacuchento caballito y continué con la lectura de un diario, el último que escribió el autor de Los rebeldes y El último encuentro, en el que expresa con tranquilidad, aunque con buena dosis de furia, la decadencia física, los obstáculos y miserias de la vejez, el irse consumiendo con inexorabilidad para llegar a la nada.

 

En esta especie de memoria final, que no de testamento, Sándor Márai da cuenta de su cultura, de lo ido, aunque sin nostalgias ni sensiblerías, y del camino hacia la muerte. Es una certificación del mundo del siglo XX, con sus crueldades y logros, que van desde los genocidios y represiones, hasta los descubrimientos científicos que permitieron, por ejemplo, que el hombre llegara a la Luna. El lector se encontrará con una agonía, o con varias, porque también está la de Lola, la mujer que estuvo casada con el escritor durante sesenta y dos años, y que en el largo exilio derivan en los Estados Unidos, donde ambos morirán.

 

Es una constancia sobre la vejez y acerca de la impotencia de un creador de no poder escribir más novelas. Los Diarios son la voz de un testigo de las miserias y las hazañas de una centuria de campos de concentración, bombas nucleares, despojos y hedores. La vida y la muerte (tal vez, con mayor fuerza esta última) se mueven en las páginas dolidas, brillantes y con tono de desventura, del autor de Confesiones de un burgués.

 

Márai (lo dice en el diario) escribía para su mujer. Puede ser un pretexto. Tal vez, sea una manera de darle a L. su dimensión real, enorme, de ser sensible e inteligente. Y al ver la rápida demolición que ella va sufriendo, el escritor advierte acerca de las soledades (las clasifica en su texto) y de las ausencias. Es un libro sobre la enfermedad (y quizá la peor es la vejez, la misma que en la novela Yo el Supremo, de Roa Bastos, se describe como la enferma-edad, la sola-edad) que se va comiendo por dentro, como un gusano, al hombre. Bueno, por dentro y por fuera. Son palabras para esperar, como él mismo lo dice, el final, que a veces tarda, que a veces cojea. Es el tránsito hacia la decadencia absoluta, con glaucoma, con pasos cansinos, con todos los achaques, pero todavía con una mente clara en un cuerpo descaecido.

 

Durante sus últimos cuarenta años, Márai escribió diarios, como sustitutos de la prensa, como un modo de conectarse con la realidad, con lo circundante, con las inestabilidades de un mundo de inequidades y violencias, y también con algunas expresiones que pueden ser orgullo del hombre (el arte, la ciencia), que es un depredador. Pero en estos últimos, los de 1984-1989, que pueden ser un tratado sobre las desventuras de la vejez, y acerca de las angustias finales de un escritor, hay un canto a la vida, a la que se extingue, a la que se vivió. Y, a su vez, una despedida. “La proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerzas que desánimo”, dice.

 

En estos apuntes bien meditados hay una radiografía de cómo es la muerte consumista, la que produce dineros a los negociantes de la salud, la que ha deshumanizado a la medicina, pero, más todavía, a los médicos y personal adyacente. Los médicos “son seres repugnantes, mercachifles que venden estómagos, ojos, corazones, pocos hay que muestren un atisbo de humanidad”, advierte, tras su paso por hospitales, sobre todo acompañando a su esposa, destruida por un cáncer y cada vez más próxima al final. “El robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso”.

 

Una bella reflexión acerca de la muerte, de la vejez, también y en menor medida de los días de embriagadora juventud, del amor y la cultura, es la que consigna en sus últimas palabras el cuestionador Márai, que sabe que “es mucho menos peligroso un malvado que un imbécil”. Hay un recorrido por sus últimas lecturas y relecturas (Cervantes, Voltaire, poetas húngaros, Shakespeare, el autorretrato de Cellini, Sófocles…) y, con cierta sutileza, por la preparación del suicidio: “no perder la ocasión de matarme antes de que llegue el tiempo de la impotencia”.

 

Hay, asimismo, aparte de la presencia de la agonía, un testimonio de cómo es ir quedándose solo en el mundo, un mundo ancho y siempre ajeno; qué se siente al ir perdiendo hermanos, amigos y la esposa, hasta ser el único sobreviviente de sus coetáneos y allegados. La frase que su mujer pronunciara, “¡Qué lento muero!”, es más para él.

 

Al final de los días, el escritor no solo está desahuciado, sino que ha ganado en escepticismo, en hondura de pensamiento, que le permite concluir, por ejemplo, que “todo lo que han dicho los curas y filósofos es una completa mentira” y que “todo es un asco”. Hay un cuestionamiento a la denominada civilización, a sus espejismos, a su arteriosclerosis. Y a la explotación comercial de la agonía.

 

Después de todo, me he hundido tanto en la lectura de los Diarios 1984-1989 de Sándor Márai, que cuando vuelvo a mis circunstancias, ya no hay arreboles y por ninguna parte veo al caballito de palo.