Melancolía en un patio de recreo

(Crónica con estados de ánimo, música y algún cielo gris)

 

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                                                                        Melancolía, pintura de Edvard Munch

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si antes del Renacimiento la melancolía era una complexión de débiles y tristes, en este período se trastocó en síntoma de inteligencia y “don divino”. Así se les caracterizó a Leonardo, Miguel Ángel y Rafael. De tal modo, se naturalizó la que antes se constituía en enfermedad calamitosa en una virtud, un camino hacia la lucidez. Asuntos de la historia y de sus tránsitos, a veces insólitos.

 

Y esta brevedad preliminar para decir que aquello que así llamamos hoy, como una tristeza inasible, de levedades, la puede provocar desde la contaminación ambiental hasta las flores amarillas del guayacán. Pero más allá, hay colores, sabores añejos, armonías y acordes musicales, una pared con mensajes de amor o el recuerdo de una carta a la antigua, que llega al vuelo con sus alas invisibles.

 

Podemos comenzar el catálogo con la grisácea apariencia de un día invernal. A decir de muchos, la tristeza es gris, plomiza, de monótona paleta. Llueve o está a punto de llover, y se activan los mecanismos que abren las compuertas de la melancolía. “Huy, qué día tan tristón”, se articula en charlas de café, en el trabajo, a la vista del firmamento sin colorido de una jornada de humedades y fríos.

 

En el Renacimiento, esa etapa cumbre de la humanidad, de altas sensibilidades y proyección de las artes y las ciencias, se pensó que los hombres sobresalientes eran, de necesidad, melancólicos. Estaban, además, tocados por la locura, como una suerte de defensa contra la enfermedad y la muerte. O, desde otra perspectiva, como una burla a la mortalidad, a la peste. El Bosco pone en boga a la Nave de los locos, en épocas en que la risa era un arma contra la solemnidad y la adustez ceremonial.

 

Además de los días cenicientos, la melancolía la puede despertar la eliminación de tu equipo de fútbol de las finales de un torneo. Se siente un vacío. Un caer por el abismo. Es como una soledad sin remedio. Y, en otro frente, la ocasiona un lejano toque de campanas que te puede hacer tornar a la infancia o a una memoria de lo perdido. O las voces del patio de recreo de una escuela, cuando pasas por su frente, una mañana de nubes tristonas.

 

La vista de un álbum añoso, el recordar las colecciones de caramelos o cromos de otros días, el sabor de una vianda que puede trasladarte a las culinarias domésticas de hace temporadas son como microbios melancólicos: se insertan en vos y no hay manera de eludir sus efectos. La melancolía puede estar en una ventana abierta, en la que ya nadie se asoma, pero que tiene las huellas de figuras que ya no existen. O en una fachada descaecida. O, tal vez, en la casa vieja que, con un avisito amarillo de curaduría urbana, espera su demolición.

 

Puede producirse por la vista de una pelota que, aguas abajo, naufraga en el río, con muchachos que ya desistieron de perseguirla y la abandonan a su destino fatal de zozobras. O por la presencia súbita de una imagen evocadora, como la de los olores de la infancia, o los sabores de las madrugadas en que había que salir para la escuela…

 

No sé a usted cuales sonidos le pueden despertar la melancolía. Quizá el de las locomotoras cuando las ve en un filme o las escucha en un disco, con su pito largo y atristado, o el de las viejas máquinas de coser. O el del pregonero de antiguas golosinas. El recuerdo de los perfumes de palomitas de maíz en el atrio o el aroma de una bebida matinal que la abuela le servía, lo pueden desmoronar en su interior.

 

Claro que hay diversidad de músicas que alteran la sentimentalidad y lo ponen a uno en trances melancólicos. Abundan. Y pueden ir desde las más populares canciones hasta las más refinadas composiciones orquestales. Así, como, por ejemplo, el bambuco El regreso, o un tango gardeliano, o las suicidas letras de los pasillos ecuatorianos, también están numerosas piezas clásicas, lacrimosas, que auscultan y penetran en regiones recónditas y pueden provocar una conmoción interior.

 

Cada uno tendrá sus tops. Una que sí es infalible para el ejercicio de la melancolía es la Sonata Claro de Luna, de Beethoven, en su Adagio Sostenuto. O el Adagio de Albinoni. O, cómo no, Una furtiva lágrima, romanza de la ópera Elíxir de amor. Es inevitable no acceder a espacios desgarradores cuando suenan los Recuerdos de la Alhambra o una pieza guitarrística como el Romance anónimo. Lo dicho: cada uno puede hacer sus listados, a veces de larga duración y extensión.

 

La melancolía es un asunto cultural. Puede que a un chino poco le entristezcan los acordes de las Gymnopedies, de Satie, como a un occidental poca tristura le produzca la música de la Danza de Shiva. El Intermezzo número 2, de Luis A. Calvo, puede ser tan triste como el Allelujah, de Leonard Cohen, o el Va pensiero, de la tragedia lírica Nabucco, de Giuseppe Verdi. O como el Opio y ajenjo, de Julio Flórez, o el bambuco El enterrador. En el Poema 15, Neruda dice: “Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, / y te pareces a la palabra melancolía”.

 

En tiempos medievales, los médicos recomendaban para el tratamiento de la melancolía la música de laúd, dietas de hierbas acuáticas, el autoflagelo, los viajes marítimos y otros recetarios. Hoy, la melancolía tiene más caché. El Renacimiento hizo su labor. Puede ser ahora un mecanismo sutil del espíritu para abrir la sensibilidad y reconocer las intempestivas transmutaciones del mundo.

 

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Melancolía I, de Alberto Durero.
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