Don Leo, el de las empanadas gardelianas

(Retrato de un argentino que trajo nuevos sabores y tanto tango a Medellín)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Y desde el sur, y con el corazón mirando al sur y los proyectos al norte, llegó —montado en un viento de premoniciones de gloria— un argentino a Medellín. Era un gastrónomo, hincha de Vélez Sarsfield, que en una escuela especializada había “medio aprendido cómo envenenar a la gente”. En Buenos Aires tenía dos confiterías, una en Palermo; en el Barrio Norte, la otra. Era, según sus palabras, un trabajador maniático, con jornadas de vigilias y amaneceres, sol y luna juntos. Y medialunas, para saborear y vender.

 

Tanto laburo (y como decía un poeta: trabajar cansa) lo fatigó hasta el punto de que su médico le recetó un viaje terapéutico. Y que dejara de pensar por el momento en tantas deudas. Y en tales preparativos estaba cuando desde la lejana Medellín, sí, allá donde Gardel se tornó cenizas y mito en llamas, le llegó una carta de la cantante y saxofonista argentina Tita Duval, dueña con el marido (Roberto Rey) de un estadero de fama, El tambo de Aná: “Venite para Medellín. Aquí está el futuro”. El portador de la presagiadora invitación era otro cantante: Oscar Larroca, admirado por malevos que ya no son y otros camajanes de las barriadas de Medellín, Bello, Envigado, Itagüí…

 

Era una epístola en la que el impreciso azar, el aleatorio destino, ya configuraba una hoja de ruta para Leonardo Nieto. Aterrizó en Medellín en diciembre de 1960, comenzó negocios con Tita y el cónyuge de ella, pero tal determinación, venirse de la bella y misteriosa Buenos Aires hasta la provinciana e industrial ciudad de la “Eterna primavera”, casi le cuesta el divorcio. Su esposa y sus dos pequeñas hijas se habían quedado allá, mientras él, padre y esposo, se hartaba de lidiar borrachos, a los que, a veces, había que cargar hasta la salida.

 

En marzo de 1961, cuando ya su familia estaba en la ciudad, Leonardo y su hija mayor, Graciela, caminaban por la más seductora calle de entonces, la elegante y plural Junín. Y de pronto, la mirada avizora del gastrónomo se detuvo en los avisos y disposiciones de una repostería (después supo que era de unos catalanes, que la tenían desde 1957) llamada Versalles. Quizá le llegaron los aromas de una nueva vida. Los dueños la querían vender porque no había mucha clientela.

 

Y Leonardo Nieto la compró el 15 de agosto de 1961, la convirtió en una popular pastelería y heladería, que de pronto se vio atiborrada de consumidores de tinto y gaseosas y pandeyucas en forma de medialunas. Los “desplatados” se podían quedar allí el tiempo que quisieran con un pocillo de café, escuchando una hipnotizadora música ambiental. “Una vez, a una dama se le cayó el buñuelo, que rodó por todo el salón. Desde entonces seguí sacando buñuelos ovalados”, me dijo en una entrevista de septiembre de 1996.

 

Junín, la de los almacenes de lujo, la que ya tenía desde 1930 la repostería Astor, y en la esquina con Caracas, sobre la misma acera de Versalles, al café Miami; al frente los billares Metropol, y a media cuadra el exclusivo Club Unión, era una calle ineludible. La recorrían estudiantes del Cefa, con uniforme azul celeste a mitad de pierna, y toda una diversa muestra de viandantes. En la esquina con La Playa todavía estaba el edificio Gonzalo Mejía, con el Teatro Junín y el Hotel Europa.

 

Versalles se apegó al paisaje urbano. Se hizo parte imprescindible de la calle más sonada de la ciudad. Aquel café-repostería-restaurante  (que ya se parecía a una confitería porteña), comenzó a oler a churrasco y jugo de mandarina y pan francés. Después, se harían celebérrimas las empanadas argentinas. Al poco tiempo de su instalación, la tropilla de nadaístas, a la que habían expulsado del Miami, se hospedó en las mesas y sillas del lugar.

 

Llamaban la atención los “espanta beatas” del nadaísmo, entre los que estaban Gonzalo Arango, Dariolemos, Amílcar U, Jaime Espinel, Eduardo Escobar y otros. “Eran unos locos mansos. Dariolemos fue el que habló conmigo. Le dije que no me molestaba su visita. Yo venía de Buenos Aires, de todo el existencialismo. Y quería tenerlos ahí”, me contó Nieto en la citada entrevista de 1996, en la que agregó: “Hicimos un pacto: les dije que podían estar tranquilos en Versalles, pero que me colaboraran: en las horas pico, cuando yo trate de hacer un peso, ustedes me dejan el salón y después regresan”.

 

Los nadaístas, según Leonardo Nieto, más conocido como don Leo, constituyeron una suerte de prescripción contra el tedio. También una prohibida tentación para las colegialas de entonces, que pasaban por el frente y los observaban de reojo, para que el pecado fuera leve (o venial) y no mortal.

 

Dado el don de gentes de don Leo, Versalles se erigió en atracción de universitarios, intelectuales, profesores. También de los miembros de las ligas de atletismo y ciclismo, que allí tuvieron su sede. Por allí peregrinaron Cochise y el Ñato Suárez. El escritor Manuel Mejía Vallejo escribió, en el mezzanine, parte de su novela Aire de tango. La crítica de arte argentina Marta Traba estuvo entre sus continuos visitantes, lo mismo que teatreros como Santiago García y Enrique Buenaventura, en su paso por Medellín.

 

Versalles se colmaba de pintores, poetas, abogados, periodistas… En algún momento de su historia, Radio Visión realizó allí el Café del Deporte. Por el salón desfilaban futbolistas argentinos, y recalaron escritores como Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en distintas fechas.

 

El técnico de fútbol Osvaldo Juan Zubeldía, que lo fue antes de Estudiantes de La Plata, vino como entrenador al Atlético Nacional dados los buenos oficios de don Leo. Se conocían desde 1949, cuando ambos prestaron servicio militar en Junín, Argentina. A Zubeldía, don Leo lo bautizó como el “Piazzolla del fútbol” y así lo recomendó a Hernán Botero, entonces dueño del equipo.

 

Se puede decir, sin ambages, que tener un café, un restaurante, un lugar incluso como Versalles, no constituye mérito alguno. No sería más que un asunto comercial. Sin embargo, don Leo trasciende su salón y se torna un impulsador de cultura, en particular del tango. Los festivales internacionales del género fueron su aporte invaluable. Era el alma de aquellos en los finales de los sesentas y comienzos de la siguiente década.

 

El primer Festival Internacional de Tango, en 1968, en La Macarena, en el que participaron, entre otras estrellas, Aníbal Troilo, Edmundo Rivero, Tito Lusiardo, Tito Reyes, Enrique Dumas y Alba Solís, fue una concepción del dueño de Versalles. En alguna conversación con don Leo, se le encharcaron los ojos al recordar aquellas jornadas sesenteras de poesía, danza y música. Recordaba con emoción al bailarín Lusiardo, cuando decía, de rodillas, en un junio gardeliano de Medellín: “Carlitos, he llegado a este escenario para rendirte un homenaje, no con palabras sino con filigranas”. Lo único que Tito cobró para presentarse en esta ciudad, según don Leo, fue un frasquito de perfume para su esposa.

 

Relevantes artistas del tango llegaron a Medellín por las gestiones de Nieto, fundador de la Casa Gardeliana, en el barrio Manrique. Amigos suyos fueron Alberto Podestá, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingieri, Roberto Rufino, Roberto Ayala, Osvaldo Pugliese, Edmundo Rivero, Aníbal Troilo, Aníbal Arias, Osvaldo Montes y toda una pléyade de tanguistas.

 

La Gardeliana fue un sueño cumplido (una utopía) de un argentino-colombiano, que durante más de cincuenta años ha “hecho ciudad”, impulsado la cultura, dado toques exquisitos de gastronomía y puesto todo el corazón y el cerebro para que la presencia del gotán siga creciendo en Medellín. La muerte de la Casa Gardeliana, como un templo del tango (“la novia más cara” de Nieto), fue una especie de puñalada letal a un hombre que dejó parte de sus ánimos y afectos en su creación.

 

La figura paternal de don Leo goza del cariño de varias generaciones de medellinenses. Y su salón de té, café y churrascos sigue ahí, como un testimonio de calidad y de encuentros gozosos. Nacido en 1926, en Devia, Argentina,  Don Leo es parte sustancial de la cultura del tango, de los nuevos sabores que introdujo en la ciudad desde 1961 y de historias de bandoneones y filigranas dancísticas. Tiene alma de gorrión y de violín, y la generosidad repartida por todo su ser.

 

Supongo que todavía debe revivir con emociones jóvenes el momento cumbre en que un cantor de malevajes le entregó una cartita en la que unas palabras invitadoras pintaban futuro en la ciudad donde ardió sin consumirse el Zorzal Criollo. Y aunque su corazón siga mirando al sur, don Leo es y será de la urbe que, como misteriosa brújula, le marcó su norte.

 

Leonardo Nieto en el acto de entrega de la Gardeliana al Municipio de Medellín.

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Calle de café hablante y cines extinguidos

 

(Junín, la de la elegancia y la poesía ambulante, un paseo con lazos familiares)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay lugares de la ciudad en los que uno se siente no solo libre sino arropado por una sensación de seguridad (no en el sentido policíaco) dada por una especie de pertenencia, de familiaridad, de ser parte de una atmósfera, de un entorno que puede ser que ya no esté más, o de una raigambre intangible. Ahí, en esos ámbitos en los que es posible desde un dèjá vu hasta un “salto adelante” (flash-forward), como en ciertas películas o narraciones literarias, uno puede tornarse invisible o convertirse en parte de una sustancia del paisaje.

 

Ahí, en esos espacios urbanos (no sé si en los campos suceda algo similar), por los que uno ha transcurrido, visto el tiempo, sentido el ir y venir del mundo, escuchado voces que a veces son corales, a veces las de un solo hombre (o mujer) o la de un pájaro de ciudad, hay unas ataduras con tal geografía (que puede ser metafísica), como si fuera un nido, una techumbre acogedora, o la prolongación del hogar. Allí se reúnen, como en algún poema, lo ido y lo recuperado, pedacitos de porvenir y siluetas del pasado.

 

Son territorialidades que se incorporan en nuestro ser, en los sentidos, en memorias que se esconden durante años y resurgen en momentos críticos, o de fe (no teológica), o vuelven en el brillo de una vidriera, en el rumor del viento en un almendro umbrío, en la forma de caminar de una muchacha. Van con uno, sin desprenderse, con certidumbres adquiridas tal vez por las insistencias, las permanencias. A algunos les pasa en una calle o en una manzana, quizá en un parque, en el patio viejo de la escuela, en un antejardín, o en una manga de barrio donde años ha se jugó al fútbol.

 

Son conexiones con el misterio, se podría decir con cierta irresponsabilidad. O con momentos intensos que marcaron un itinerario, que otorgaron carácter o produjeron asombros y curiosidades. No hay, en esencia, una explicación racional a ese sentir. ¿Por qué aquí, en esta zona o calleja o espacialidad me siento como en mi salsa, en mis fueros, como si hubiera un cordón umbilical, ligadura maternal con una física, con una materialidad? Se podrá decir que se trata de vivencias sucesivas, de repeticiones, de estares continuados. O de idas y regresos. Sí, es posible.

 

A mí todas estas perplejidades y disposiciones anímicas me suceden en la carrera Junín en su recorrido de La Playa hasta el parque de Bolívar, en Medellín. Debe ser por tantos vaivenes desde tiempos añejos, cuando de adolescente iba y venía por esa pasarela en la que había vitrinas de elegancia, y sobre las cuales jamás aplasté la nariz contra el vidrio, y clubes de oligarcas, a los cuales entraría mucho tiempo después, y más que todo a labores de periodista (eso sí, sin corbata) o a celebraciones pagadas por la empresa donde trabajaba.

 

Quizá se deba a las entradas a la Librería Nueva, cuya vitrina de ofertas era siempre una convocación, o, sobre todo, cuando dejaba de ir a clases que trocaba por el cine María Victoria o por las salas Junín 1 y 2, cuando ya se había erigido el edificio de una prepotente textilera y derrumbado el que muchos todavía consideran como uno de los mejores teatros que había en América Latina: el Junín (aniquilado en 1968). Por aquellos días no era una atracción juvenil el Astor, con sus moros y chocolates, y sus mesas plenas de vejestorios. Tampoco el estadero Doña María, en un segundo piso, en el que durante años un cantante criollo imitaba a un cantante argentino, el de “mi tristeza es mía y nada más”, Ninguno de los desclasados que por allí pululaban aspiraba a entrar en el Salón Dorado del Club Unión, pero, junto con almacenes de prestigio y supermercaditos que entonces eran una novedad, el ambiente era familiar. Como si todo nos perteneciera, incluidas las camisas elegantes de Zhivago o los avisos de neón o las vajillas de plata del salón de té.

 

Y por esos caminares (que entonces Junín era para transeúntes y vehículos) uno derivaba aunque no se lo propusiera en el Salón Versalles, que olía a pan francés y café caliente. Al principio, uno pasaba y miraba y no entraba; imaginaba el interior, con sus mesitas de manteles blancos y sus cuadros en las paredes, y de pronto veía el ingreso de tipos de pantalones coloridos y melenas abundosas, con aires de desprecio de la mundanal cauda de pasantes de esos contornos. Al final de la calle estaba, sobre la derecha y en una esquina en la que Junín se abrazaba a Caracas. el que el imaginario denominaba el “teatro de las sirvientas”, el cine Aladino, al que jamás entré, más que todo porque su cartelera era poco atractiva. El Dux, en la misma acera de Versalles, tuvo momentos de gloria y había de vez en cuando películas de enjundia.

 

Aquel tramo, que ya para uno oscilaba entre el mito y la posibilidad de callejear sin tener que dar cuenta a nadie de aquellos recorridos, se introyectó en nuestras maneras de ser, de andar, de mirar, que a veces se desviaba de aquella riada por unos pasajes que en su momento eran una revolución en el urbanismo: los pasajes comerciales, con almacenes de discos, de ropas finas y dependientes bonitas, que formaban un tejido laberíntico con Palacé, la avenida Primero de Mayo, Maracaibo, con más cines, como el Ópera (enseguida estuvo en un tiempo un lugar de lujuria, llamado Rigoletto y diagonal, la Librería Aguirre), y el Metro Avenida (hoy convertido en entidad bancaria), la Librería Continental, el café Internacional y el Monterrey, que tenía entradas por Palacé y la Plazuela Nutibara.

 

Aquellos perímetros, de tanto frecuentarse, eran como una prolongación de la casa. El corazón de los recorridos era Junín, pero las otras calles se vinculaban como venas, parte de un torrente urbano que me alimentaba con paisajes, todos los días distintos, nuevas muchachas, nuevas películas, como las que íbamos a ver al teatro El Cid, al Odeón, al Lido, y después, cuando el cine era parte de una manera de vivir, al Libia, último bastión de la ciudad en el que se podía apreciar el cine-arte (bueno, una derivación tardía de este fue Cine Centro, que también se murió).

 

Años tantos en ese periplo por una calle con accesorios, con prolongaciones, con ecos de un tiempo en el que, a veces, poco importaba el reloj, me fue conformando con respecto a esa parte de la ciudad, una especie de cordón umbilical. Calle-madre, calle con aliento de poetas locos y muchachas bonitas, con tipos de camisas floreadas y futbolistas argentinos y periodistas en Versalles. Con un café de toda la tarde, con palabras sin agotamiento, en una mesa por la cual, de vez en cuando, se paseaba una empanada argentina y un recuerdo de la sonrisa de Gardel.

 

Ahora, cuando no están ni la librería, ni los teatros, ni las vitrinas con ropas de distinción a altos precios, ni el cantante que imitaba a Leonardo Favio, ni una que otra gitana que a veces quería decirte cuán larga sería tu existencia y cuán afortunada, cuando los ricachones del club se fueron a lucir sus caudales a sectores alejados de lo que ellos llaman el “populacho”, aquella calle de inevitable historia, de educaciones sentimentales, sigue pareciéndome un oasis, un breve espacio para ser y no ser, que el hombre —lo dijo no sé quién— es ondeante, cambiante, pero, con todo, es parte de una calle, de una cuadra, de una entrañabilidad de adobes y cemento.

 

Paso cada tanto por la pequeña avenida y tal vez lo único que me sigue siendo familiar es Versalles, con sus rosetas y cafés cantantes, sus cuadritos de fútbol y tango y los recuerdos de mesas en las que hablábamos sin censuras ni cortapisas con un café que duraba más que cualquier flor. Y en cada travesía por esta callejuela impredecible (e imprescindible) vuelvo a sentir una voz que me dice que soy parte de un paisaje de neones, fotógrafos ambulantes y librerías inexistentes.

 

(A Carlitos Spitaletta, que me preguntó en qué parte de la ciudad me sentía tranquilo. La otra, es la U. de A.)

 

Aspecto de la carrera Junín, entrada al antiguo Club Unión, hoy un centro comercial.