Abanico de los vientos perdidos

(Crónica sin acaloramiento, con emperadores y códigos secretos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé cómo llegó a casa aquel abanico sevillano, de marfil y nácar, con calados y, además de claveles en la tela, la estampa de un toro oscuro de mucho trapío. Mamá lo utilizaba en jornadas de calor y a veces lo llevaba a las corridas, para airearse en los tendidos de sol. Después, cuando ya el olvido era una certeza, no volvimos a saber de aquel artefacto curioso, que a veces uno tomaba con cierta guasa para refrescarse en tiempos de canícula.

 

El abanico, tan antiguo como tantos perendengues inventados por los orientales, poco se ve hoy en las manos de las muchachas y tal vez solo sea parte de una utilería esporádica en festejos y bailoteos. Pero tiene una larga historia, que corre desde los faraones, a los que, a orillas del Nilo, los esclavos los venteaban con abanicos de plumas, hasta el inmenso país chino en los tiempos lejanos del emperador Hsien Yuan.

 

El muy milenario abanico, al que los romanos llamaban flabelo, estuvo en la clásica Grecia. Lo menciona, por ejemplo, Eurípides en su tragedia Helena, la de la “desdichada Troya”, cuando un eunuco la abanica para que los insectos no vayan a hacer un banquete con su piel delicada. Los japoneses, que lo elaboraron más tarde, en el siglo VII de nuestra era, lo consideraban objeto ritual. Incas y aztecas también supieron de sus usos refrescadores. Moctezuma obsequió varios de plumas al conquistador Hernán Cortés.

 

Una leyenda de hace cuatro mil quinientos años habla de un emperador chino que, cuando los gansos atravesaban la muralla, dejaban caer plumas, con las cuales él mandaba a fabricar abanicos con varillas de bambú. Ah, valga decir que esta manufactura no es solo ornamental y parte de un repertorio de elegancia y coqueteos de las damas. También se usó como arma en China y Japón, y todavía en ciertas prácticas de tai chi chuan de los monjes taoístas o el kung fu de los monjes de Shaolin, los abanicos reemplazan espadas y palos.

 

El abanico tiene una estética. Y no hay en su utilización una distinción de género, aunque entre las mujeres significa elegancia, modos de la seducción y garbo. Existe un simpático manual de códigos del abanico y sus movimientos. Un lenguaje del amor y los deseos. Así, una abanicamiento rápido quiere decir “te amo con intensidad”, como uno pausado transmite que “soy una señora casada y me eres indiferente”.  Un movimiento del artefacto para cubrirse del sol, declara que “sos feo y no me gustás”.

 

Los abanicos de antes poseían un acabado fino, una presencia atractiva y, en sí mismos, eran objetos de culto. Había en ellos una artesanía de buen gusto. Los españoles, por ejemplo, tuvieron en distintas ciudades talleres para su elaboración. Entre sus simbolismos y representaciones, están las del viento, las fases lunares, las entidades aéreas que van de un lugar a otro, invisibles. Las cortesanas los usaban como parte de un entable de la concupiscencia y las vibraciones de piel.

 

El abanico, hoy venido a menos, sobre todo porque lo han reemplazado los ventiladores eléctricos y el aire acondicionado, tiene presencia en obras de arte. Velázquez, el gran pintor hispano, concibió La dama del abanico, así como Gauguin plasmó Muchacha con abanico. Con sus pliegues y despliegues este artilugio es sinónimo de preciosismo y suntuosidad. Y, sobre todo usado por mujeres, adquiere toques de gracia y distinción.

 

Con todo, lo más destacado de sus usos puede estar en los lenguajes cifrados. Un abanico que la dama ponga junto a su corazón quiere decir que “has ganado mi amor”, así como uno medio abierto, presionado sobre los labios, es toda una invitación: “puedes besarme”. Pero no todo es bello y apasionante. Mover el abanico entre las manos es ya una aseveración de poco regocijo: “te odio”. Bueno, eran otros tiempos cuando con los abanicos se establecían relaciones, con mensajes subliminales, con señales que bien pudieran ser parte de un hermético lenguaje de espías. En la obra teatral El abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde, un artefacto como del que estamos tratando es un síntoma de una infidelidad, o, por lo menos, la primera pista del adulterio.

 

Hoy, aventarse con un abanico colorido, de acabados elegantes, puede resultar un anacronismo, o, cuando menos, toda una pose extravagante, propia de excéntricos. Algunos abanicos que se reparten en ciertos espectáculos, son de cartulina, desechables, parte de una publicidad. Cumplen, eso sí, con la función práctica de airear.

 

Sobre el abanico español que hubo en casa, nunca se supo de su paradero. Era de aquellos elementos extraños que aparecen y desaparecen en los hogares, como las cajitas de música, ciertas porcelanas finas y algún cofre con joyas de fantasía: al final de cuentas nadie vuelve a interesarse por ellos. Y se esfuman. No creo que mamá hubiera sabido acerca de los lenguajes secretos del amor y el desamor que se podían transmitir con los movimientos de un abanico. O si los sabía, jamás me enteré. Cosas que el viento se llevó.

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Las cometas muertas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Alta, muy alta, la brisa va, y alta, también, la cometa, que ahora es cielo. Caballito del aire, con bridas,  y, abajo, como un polo a tierra, el inquieto jinete que la guía, sin espuelas ni látigo. Solo con su imaginación.

 

La cometa puede ser la forma más excelsa, o por lo menos una muy alta, de comunicarse con el infinito. O para no ser tan pretenciosos, con la nube, que en un instante puede ser dragón, después golondrina, y más tarde águila, quizá. Porque la “loca de la casa” ayuda a transformarlo todo: y así también puede ser elefante volador, camello en desiertos azules, vulgar gallina, o un mapa de lo real maravilloso.

 

La receta es simple: un viento generoso, papel de seda (o de China) o tela de colores, hilo, cola, tirantes, cañas, un alma de niño, o dos, o tres, que en estos rubros no hay límites. Y listo. Es si no echarse a volar, que las cometas siempre vuelan con quienes las elevan. Si no lo cree, puede mirar ahora hacia ese morro imprescindible de Medellín, cementerio de indios, El Volador, que no solo tiene el nombre preciso para los amantes del viento, sino que tiene viento. Y cometas. Observe que no solo ellas están volando, sino también los que se pegan a su hilo.

 

Mire aquella, hacia el occidente. Es una cometa acróbata. Y el de más allá, el rojo y azul, es un barrilete saltimbanqui. Y la que está más alta, que se mueve con coquetería, es la cometa de las buenas nuevas. Y no crea, mi querido lector, que lo que voy a narrarle es fanatismo, o ceguera de hincha de fútbol, pero lo vi. Al cerro de los muchos vientos llegó Santiago, un pelado de trece años, a elevar una cometa verdiblanca del Atlético Nacional. Y dele, y dele, y dele, y nada. Se caía. “Le falta cola”, se decía. Y cola le ponía. “Le falta viento”, y el viento arreciaba. “Le faltan ganas”, y ganas le agregaba. De pronto apareció un señor moreno, con esposa e hijo, según supe. Y con una cometa roja y azul de tela fina. Preciosa. Era, claro, del DIM. Y con solo desenrollarla y exponerla al viento, subió y subió. “Es que siempre estamos arriba”, declaró el hombre, con orgullo. En el mismo Altozano, Santiago continuaba luchando con su cometa rebelde, sin poder alzar vuelo.

 

Cometa, barrilete, pandorga, papagayo, armazón ligero, pegasos contemporáneos, son la felicidad que el viento se lleva. “Niñez feliz de cañas y papeles”, decía el poeta Gerardo Diego. Y más felicidad aún, cuando, indemnes, retornan a tierra y proporcionan la posibilidad de nuevos vuelos.

 

Pero, a diferencia de los árboles, las cometas no mueren de pie. Qué puede haber más triste que la caída mortal de un barrilete. Ah, quizá unos versos de tango: “Y he sido igual que un barrilete / al que un mal viento puso fin / No sé si me falló la fe, la voluntad / o acaso fue que me faltó piolín”.

 

Las cometas urbanas yacen en tumbas altas: en las alambradas eléctricas, en los cables de alta tensión, en una torre de energía. O, como las del viejo parque de Miraflores, en una ceiba bonga centenaria. La ciudad está llena de cementerios de cometas. El dragón vencido por desafiar al viento; Ícaro derretido por querer llegar al sol. Y un niño que llora su desgracia con fragmentos de hilo en las manos.

 

Quizá a usted le ha pasado. Se siente un estropicio interior, un desgarramiento, el establecimiento de una ausencia definitiva. Primero, tal vez, el coleo; las convulsiones en el aire; una suerte de ataque epiléptico cerca de las nubes y la impotencia total. El viento define (y traza) el destino de las cometas: las débiles morirán, así que no insista. La suya terminará colgada de un alambre o de la rama de un árbol.

 

En todo caso, una cometa muerta tiene aspecto de tragedia. Un esqueleto colgante, esmirriado. O enredado como testimonio de lo que el viento se llevó. O derribó.

 

Alta, muy alta, va la brisa. Y alta, también, la cometa del señor del DIM. Esposa e hijo miran el cielo, boquiabiertos. Santiago insiste, pelea, maldice, pero su cometa está condenada al fracaso. Esta vez la muerte sucede en el piso: la destrozó, lleno de rencores.

 

En el cielo de El Volador hay una plenaria de cometas. Tal vez, por hoy, todas sobrevivirán.