¿Cuándo se jodió Medellín?

(Panorámico recorrido por diversas violencias que han azotado la ciudad)

 

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El Pájaro, escultura de Fernando Botero, destruida en un atentado que dejó veinte muertos en el parque San Antonio, en 1995.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En Antioquia, la violencia, expresada de distintas formas (sutiles, algunas veces; disfrazadas, otras; y muy evidentes y descarnadas, casi siempre) se tornó parte de la cotidianidad y en una manera irracional de resolver conflictos, situaciones dispares, y quizá, por qué no, de conseguir dinero. Peligroso señor es Don Dinero, y quererlo mucho puede conducir a estropear convivencias y a salir del otro como se pueda, ojalá “borrándolo” del paisaje. Hay, sobre todo en Medellín, una violencia de vieja data que por momentos se amortigua, pero no cesa. Va y vuelve. Se agranda y se encoge ¿Por qué?

 

No tengo la respuesta. Hay que buscarla entre todos y es materia de estudio de distintas disciplinas. Con el reciente asesinato de un diseñador gráfico, Mauricio Ospina, en un negocio público de Laureles, cuando sicarios dispararon contra otros dos hombres y el joven Mauricio se erigió como “víctima inocente”, han tornado los análisis, las meditaciones, las reflexiones sobre la violencia en una ciudad que tiene dolorosos antecedentes, mucho antes de la irrupción nefasta de las mafias y los carteles de las drogas; mucho antes que emergiera, quizá como un subproducto de una cultura arribista y esnobista, tal vez con innúmeros complejos identitarios, el capo Pablo Escobar.

 

El antioqueño es disímil. No es igual el del nordeste al del suroeste. Y el de Urabá no es, ni de fundas, similar al del oriente. Hay muchos antioqueños. Y la historia ha dado, hasta ahora, buena cuenta del aserto. Desde antes de la Independencia, cuando dentro de los cánones del despotismo ilustrado, la Corona quería volver más rentables a sus colonias, el antioqueño, una rica mezcla todavía en formación, era visto como un perezoso, según la visión al respecto que tuvo el visitador Juan Antonio Mon y Velarde, el “regenerador”. A Antioquia la aniquiló la colonia. En cambio, a partir del siglo XIX, surgirá una región de prosperidades comerciales, auríferas, cafeteras y, en los albores del XX, se disparará el sector industrial.

 

El oidor español, que había establecido y organizado las tres rentas (aguardiente, degüello y tabaco), la emprendió contra la corrupción y el desgreño administrativo, propició agriculturas (como la del anís) y se avergonzó ante la ignorancia y atraso cultural de una notoria cauda de habitantes. Después, llegó la formación de un pueblo que, desde principios de la era republicana, tenía inmersas en cerebro e intestinos las discriminaciones sociales, con una élite que, muchas veces “blanqueada” por el oro y la compra de títulos nobiliarios y otras canonjías, promulgaba la imagen de que se trataba de una “raza”. Los discursos eugenésicos, que se prolongaron hasta bien transcurrido un tramo del siglo XX, proliferaron y hubo menosprecios para los más pobres, los humillados y ofendidos.

 

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Teatro Junín, símbolo de la vieja  Medellín.

 

El clasismo fue una de las características de los modelos económicos y sociales establecidos en Antioquia en el siglo XIX, una Antioquia que ya tenía celebridad por sus expansiones fronterizas desde la centuria anterior con los movimientos colonizadores. Y todo se estratificó. Así, el “buen tono”, la “urbanidad”, la “etiqueta”, el “chic” parisién, eran maneras de distinción de las clases altas y, con tales ejercicios, los de abajo, los peones, los artesanos, los negros, los indios, los despojados, eran solo mano de obra a la que había que controlar —y explotar— con distintos mecanismos.

 

De ese modo, con el oro, pero eso sí, sin sangres moras ni judías, porque había que limpiar toda traza impura que pudiera manchar el pasado católico, blanco, y menos con huellas indígenas o negroides, en Antioquia pelecharon diferenciaciones sociales, con brechas y abismos muy sórdidos y anchos. Los de arriba eran los impolutos, los elegidos, los llamados a mandar y a ejercer el poder. Los otros, tenían que obedecer. Eran los malolientes, los descastados, los que tenían mezclas raras y peligrosas. Así, hubo antioqueños muy distinguidos, de “buena familia” y otros, desheredados. Pudiera ser, entonces, que el oro, o, mejor, Don Dinero, pudiera igualar a los de abolengo con un paria en ascenso social (un emergente). Y el fenómeno aflorará, con todas sus implicaciones socioeconómicas y aun políticas, en los setentas y aún después, con la aparición de “don-nadies” elevados a la máxima potencia por los “milagros” del narcotráfico, el contrabando y otras trastadas. Las “carangas” resucitadas que llamaron.

 

La violencia, de vieja data, que estipulaba diferencias, que maltrataba a los sin fortuna, que eran en las guerras civiles los reclutados como carne de cañón (o de machete), fue estableciendo sus cotas. El modelo empresarial antioqueño, pensado y construido en las primeras décadas del XX, tuvo aliados en el Estado, la Iglesia, la educación confesional, las dietas literarias impuestas a los católicos (qué puede leer un católico, qué cine o teatro puede ver), la vigilancia a través de patronatos y otras instituciones, el control de las conductas mediante catequesis y también con las censuras (fue el tiempo de las juntas de censura), todo un enjambre, pero a su vez, un edificio complejo de manejos y dispositivos de poder.

 

Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas…

 

Digamos que todos estos enunciados han sido —y seguirán siendo— pábulo de investigaciones, tesis académicas, artículos de revistas indexadas, en fin, y que hay que escrutar para dar respuestas, o, al menos, alguna interpretación, a qué es esa vaina de la “antioqueñidad”; por qué una ciudad como Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas (como las que hubo, por ejemplo, en la construcción del Metro de Medellín) y sigue siendo un campo de cultivo de divisas conservaduristas y de “godarrias” dominantes y casi inamovibles.

 

A ese espejismo, aupado con ideas de progreso (aquí el progreso ha sido más que todo aquella ‘movención’ conectada con infraestructuras, chimeneas, métodos de producción, y poco o casi nada con la cultura, el pensamiento, la educación, las ciencias), a ese oropel de lo antioqueño como sinónimo de transformación, de riqueza, de pujanza y de haberse creído una “raza” superior, hay que sumarle lo que Fernando González, uno de los pensadores que ha desbrozado caminos en torno a la “antioqueñidad”, es que nos quedamos con el complejo del hideputa. Y, como bien lo mostrará el maestro Carrasquilla en homilías, relatos, crónicas, cuentos y novelas, en un “bovarismo”, en una identidad resquebrajada y más mirando hacia modelos extranjeros que a la construcción de una cultura propia. Estamos muy inflados. Más de la cuenta. Sobrevalorados.

 

Son múltiples factores: la geografía, las riquezas naturales, la transformación de materias primas, los mercados, la búsqueda de nuevos horizontes (como en el cuadro de Francisco Antonio Cano), los que nos han hecho creer que somos inequívocos, “superiores”, emprendedores a ultranza, únicos. Y a tal caracterización hay que sumarle mil variables más, que trascienden el “dicharacherismo”, los decires como “el antioqueño no se vara”, el amor cuasi enfermizo al dinero, el materialismo hirsuto y vulgar…

 

¿Y entonces la violencia? Con una especie de ruptura, o de corte histórico, que comienza a notarse a partir de la segunda mitad del siglo XX, a la que contribuirán la violencia liberal-conservadora en los campos colombianos, las nuevas migraciones, con desplazamientos obligatorios o forzados, distintas a las de los primeros años de la centuria, cuando los cantos de sirena de la industria convocaban a miles de trabajadores que marchaban del campo a la ciudad para emplearse en las fábricas, digo que desde esas calendas la ciudad se transmuta. Ya ni siquiera la planeación (planea el que tiene el poder) es posible. Los que llegan, como una turba, como una ola gigante tras una tormenta marítima, como un vendaval, se asientan primero a orillas del río (un río al que siempre la ciudad le ha dado la espalda) y luego ascienden por las laderas.

 

Y advienen nuevas discriminaciones. Nuevas violencias. Nuevos atropellos, como los de 1951, con una alcaldada que mandó a todas las putas, una legión casi infinita (en los cuarentas, Medellín, tan goda y rezandera, tenía autorizadas nueve zonas de tolerancia) al barrio Antioquia, en una arbitrariedad, cometida por Luis Peláez Restrepo (y auspiciada por dueños de empresas y otros potentados). Y hay entonces un corte en la ciudad. Que se va sintiendo —y resintiendo— en los sesentas y setentas, con las crisis industriales, con el desempleo, los cambios de renta de la tierra, los nuevos usos del suelo, la tugurización, en fin.

 

En esos años hay una ascendente sumatoria de violencias, de despojos, de segregaciones. Y después, con la aparición, en los sesentas, de varias guerrillas en el país, a las que se sumó, en los setenta, tras el desvergonzado fraude electoral de 1970, la del M-19, los discursos son otros. El narcotráfico emergerá, en un territorio abonado por pobrezas y otras miserias, como una suerte de huracán que removerá entejados y pondrá a tambalear la endeble edificación de esa “Antioquia grande”, tan cacareada por demagogos y otros politiqueros.

 

La violencia de los ochentas y noventas, con carro bombas, sicariato, masacres, a la que se le debe adicionar la expansión del paramilitarismo y las bandas criminales, metamorfoseará la ciudad y sus alrededores en una espantosa caldera del diablo. Se envilecerá el valor de la vida y aumentará el poder de Don Dinero, ese que es capaz de erigir al hampón en santo y al verdugo en sujeto de adoración. Aquella antigua consigna de “consiga dinero como sea, pero consiga, mijo”, pone en evidencia, muchos años después, las distancias exorbitantes entre las clases sociales. Y entonces, con pistolas, subametralladoras, explosivos, el lumpen gana posiciones y turbulentas trepadas en la “escala” social.

 

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Mauricio Ospina y la protesta por su asesinato.

 

¿Cuándo comenzó a joderse la ciudad? La pregunta, formulada en otras geografías, en otras circunstancias, como sucede en una novela de Vargas Llosa, puede tener respuesta en la conformación de lo que ha sido Antioquia. En la historia. En la antropología. En las viejas literaturas. En los archivos. Quizá se inició el desbarranque cuando las élites, tan presumidas, tan todopoderosas, iniciaron sus humillaciones y desprecios hacia los “carenciados”. Como haya sido, hoy, en una ciudad que en 2018 tuvo más de 600 homicidios, incluido el del creativo joven, muerto en una incursión de sicarios en el barrio Laureles, los problemas sociales son graves y la inequidad es un cáncer o una gangrena que todo lo carcome.

 

Y a la par de los mejoramientos infraestructurales, o, más bien, como prioridad de una ciudad, deben estar en primer plano todos los rubros relacionados con la cultura, la educación, el trabajo productivo, la investigación científica, la creatividad, la sensibilización en artes, el impulso a los saberes y a la convivencia pacífica. No se necesitan tantas demagogias y visajes de los mandamases. No se requieren cosméticas y otros maquillajes oficiales. No más engañifas del poder. Hay que iniciar una transformación de fondo en las “superestructuras”, en las mentalidades. Empresa colosal e inaplazable.

 

La muerte (y otras muertes) de un joven talentoso y pacífico no puede ser en vano; tiene que servir para que prosigamos con una reflexión, permanente y crítica, en torno a la ciudad, sus desventuras, sus desquiciadas formas de resolución de conflictos y para ir construyendo un mundo en el que las palabras y los argumentos, la razón y el pensamiento, sean parte de la cotidianidad y de la discusión en torno a las diferencias, y a la búsqueda de acuerdos y desacuerdos civilizados.

 

(Enero 1º de 2019)

 

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La muerte de Pablo Escobar, pintura de Fernando Botero.

 

 

 

 

Gonorrea “pasada al papayo”

(El lenguaje de la violencia y el envilecimiento de las palabras)

 

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Diálogo entre escuderos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El lenguaje, además de simbolizar, representar, crear metáforas, designa realidades objetivas y subjetivas. Y es, en sí mismo, por su corpus y organización, una realidad material, física, con masa y movimiento, y, claro, también es una entidad metafísica, dotado de inmaterialidad y silencio. Una complejidad. Y así como hay un lenguaje del poder (y otros de los contrapoderes), con disfraces, sutilezas, ocultamientos más que revelaciones, hay otro que es el de la violencia, con sus matices y hemorragias. El lenguaje de la sangre y de la muerte.

 

En Colombia, país de violencias, de guerras y guerritas, de conflictos múltiples y cuantiosos despropósitos, el lenguaje ha tenido variaciones y permanencias. Una expresión propia de los años cincuenta, de la Violencia liberal-conservadora, como “pasar al papayo”, se mantuvo durante décadas, como una prolongación del gusto por matar, de las intenciones de “borrar” al otro, de despojarlo de su máxima condición: la de vivir. Una metáfora vegetal, más del campo que de la urbe, trascendió calendarios y llegó a ser popular hasta los años ochenta, tiempo en que ya ha surgido otro lenguaje violento: el de las mafias del narcotráfico.

 

En los cincuentas, tiempo del pavoroso laureanismo, de la guerrilla liberal del llano, de la aparición de autodefensas campesinas, de horrores permanentes, el lenguaje de la violencia se pobló de expresiones eufemísticas, como “ángel de la guarda” para referirse al revólver, o como “fosforear”, que era incendiar, meterle fuego al monte, a las huertas, a las casas. Y de otras como “pavear” y “palomiar”, que era matar desde los matorrales, oficio de “pájaros”, asesinos desde las sombras.

 

Eran los tiempos de “tostar” y no propiamente café sino de dar muerte a otro. Entonces, una canción infantil como El pirata (“soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”), se trastocó con la misma melodía en un himno de los guerrilleros del sur del Tolima: “Soy soldado de los guerrilleros / que conquistan un mundo mejor / y prometo vencer en la lucha / contra el dólar y su dictador”.

 

Eran los tiempos del macabro “corte de franela”, de “aplanchar” a otro, o sea, darle plan con el machete (después llegaría el filo), de dejar a alguien “picado para tamal”, o sea, cortado en pequeños trozos, o de ponerlo como a bocachico. “Bocachiquiar” consistía en sajar el cuerpo de la víctima para un desangre lento. Como en el perturbador relato de la Colonia penitenciaria, de Kafka. Y según la realidad de espanto, el lenguaje asumía modos de designación de la misma o de su camuflaje. El enemigo desea arrebatar a su rival la lengua (y no solo literalmente, como pasó en aquellos días de furias y desangres, en particular en la ruralidad colombiana) para que de él, de su contrario, no quede ningún testimonio, ningún rastro. Dejar al otro sin palabras es otro modo del asesinato. Un borrón físico y de la memoria.

 

Los mismos apelativos de muchos bandoleros de los cincuentas tienen conexión lingüística con el ejercicio de la violencia. Así, por ejemplo, Tirofijo, Sangrenegra, Puñalada, Martirio, Maligno, Desquite y otros tenían acepciones acordes a las maneras de ser y actuar de sus portadores. Eran apodos o que ellos mismos seleccionaban, o, como era más usual, puestos por sus amigotes o por los que serían sus víctimas o temían serlo.

 

En Medellín, por ejemplo, donde las élites manejaron un lenguaje de exclusiones, de segregaciones raciales y clasistas, el muy extendido trabajo de la prostitución llevó a que, en los cuarentas, hubiese en la ciudad nueve amplias zonas de tolerancia, entre las que estaban Lovaina, Las Camelias, sectores de Guayaquil como La Guaira, y abundaran las enfermedades venéreas. La palabra gonorrea se pronunciaba en voz baja, era una especie de castigo divino, de maldición bíblica, en los tiempos en que todavía no estaba la penicilina.

 

Después, en los ochenta y noventa, y bajo el influjo de lenguajes promovidos por las mafias, el sicariato, los combos barriales, la palabreja se convirtió en insulto, en continua manera de la agresión verbal. Luego, como en nuestra lengua ha pasado por ejemplo con la palabra hijueputa (o hideputa), de la que hay un elogio de maravilla en la conversa que sostiene Sancho Panza con el escudero del Caballero del Bosque, se tornó en favorabilidad de sentimientos, en manifestación de cariño. Todo, como se sabe, según la entonación. Todo depende del “tonito” con que se pronuncie.

 

Un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”…

 

El lenguaje de la violencia —que ha penetrado todas las capas sociales— en zonas en las que la vida cotidiana ha estado atravesada por sus distintas presencias, es parte de la insensibilización masiva. Se pierden los contextos, las causas y efectos, se envilecen las palabras quizá de tanto repetirlas o de tanto vivir las situaciones que nombran. Así un muerto en la calle, puede ser solo un “muñeco”, uno que “pasaron al papayo”, un “chulo”, un “tostado”. Y ya. La violencia acaba con sentimentalismos, con lamentaciones. Y, peor aún, envilece las palabras, las vacía de significado.

 

En el libro Lenguaje y silencio, de George Steiner, en el que hay un análisis acerca del mundo de las palabras, encogido cada vez más, en el que la cultura literaria se ha esfumado debido a la presencia de la cultura de masas, se dice que “el lenguaje de la política se ha contaminado de oscuridad y de locura” y se eleva un clamor porque, en periódicos, leyes y actos humanos, se devuelvan a las palabras sus significados, como una salida para evitar el caos. La violencia es una generadora de caos. Y va pervirtiendo el lenguaje. Lo empobrece.

 

La repetición de la violencia, que se convierte en rutina, en paisaje, desensibiliza al ciudadano. Lo vuelve un indiferente, un apático, y con estas actitudes ganan los impulsores de la brutalidad y el salvajismo. Recuerdo en una céntrica avenida bellanita, un diciembre, un cadáver tirado en el piso. Y otros, desinteresados y fríos, continuaban su bailoteo muy cerca. Como si nada. “El muerto al hoyo y el vivo al baile”, se ha dicho. Y como formas de naturalización de la violencia, e incluso peor, de la banalización de la misma, se ha llegado a condenar a la víctima: “algo debía”, se dice, y a sacar en limpio al victimario. Mejor dicho, todo se volvió una “gonorrea”. Qué güevonada pues.

 

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Violencia y lenguaje.

 

Odio y acuerdo de paz

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser que el odio haya surgido, para quedarse emponzoñando mentes y corazones, el 9 de abril de 1948, un día funesto en la historia de Colombia. O con la hecatombe que vino después, un derramamiento de sangre de pobres y hasta de ingenuos campesinos a los que mandaron a matarse durante años, en la Violencia liberal-conservadora. Miles murieron. Y otros, los sobrevivientes, se marcharon con sus miedos a engrosar los cordones de miseria en las ciudades.

 

Puede ser que el odio, tras los cortes de franelas y los descuartizamientos, las violaciones y los incendios, haya continuado con el Frente Nacional y su manera de excluir a vastos sectores de la población. Y luego con el surgimiento de las guerrillas de los sesentas, una década de bombardeos (a Marquetalia, por ejemplo), reformas agrarias frustradas, fraudes electorales y las enormes brechas en la sociedad.

 

Quizá el odio ya galopaba por montes y selvas desde los días de La Vorágine, de las caucheras y los asesinatos masivos de indios y negros, desde tiempos en que el país apenas despertaba a la llamada modernidad. Y desde la masacre de las bananeras, cuando el gobierno conservador de Abadía Méndez hincó su rodilla ante los intereses yanquis y permitió y aupó una matanza de cientos de trabajadores de la United Fruit Company. Pero todos los odios se recrudecerán cada día en un país de inequidades y desajustes en la repartición de la riqueza.

 

Y ya habían muerto muchos de los heraldos del odio, los Sangre Negra y los Desquite, y los de “arriba” habían promovido el desprecio y humillación hacia los de “abajo”, a los que, como lo señalara Osorio Lizarazo, calificaban de “plebe, populacho, chusma, gentuza, turba, hampa, canalla”. El odio parecía tener un estimulante caldo de cultivo en las desigualdades y en el enorme catálogo de desventuras de la mayoría de la población.

 

Los setentas, los ochentas y los noventas, con guerrillas exacerbadas que vacunaban, extorsionaban, destruían infraestructura, en fin; y con el narcotráfico y sus mafias, más la evolución de un proyecto de terror en campos y ciudades diseñado por el paramilitarismo, configuraron un país inviable. Las semillas del odio ya habían reventado hacía mucho rato. Y se regaba su floresta de desgracias por todas partes.

 

Estamos llenos de símbolos de la infamia y nuestra historia arroja sangre por todos sus poros. Quizá por ello, y por muchos factores más, haya gentes que estimulen el odio y el ánimo de vindicta. Y les parezca una “traición” o “felonía” que un grupo armada que protagonizó un conflicto larguísimo de más de cincuenta años, haya decidido, en un acto inteligente, abandonar las armas y disponerse a participar en la política y la vida civil.

 

El apaciguamiento de los fusiles, el desminado de vastas zonas rurales, la entrega hasta ahora del sesenta por ciento del armamento a los delgados de la ONU, dan fe del compromiso suscrito entre las Farc y el gobierno colombiano para la dejación de estos artefactos mortales. Se trata, hasta ahora, de una noticia en tono mayor, que debe alegrar a miles de víctimas, al ejército, a la población en general de un país de trazas violentas que durante su historia republicana poco ha conocido de la paz y el sosiego.

 

A quienes nos ha tocado desde nuestro nacimiento habitar una nación de guerras intestinas, de desafueros a granel, de atentados, magnicidios, despojos y tronamenta de armas, el asistir a un histórico cambio de una agrupación guerrillera, la más grande y lesiva del país, es todo un acontecimiento esperanzador. No parece así para otros, que, desde sus comodidades, han propiciado las injusticias y promocionado la violencia.

 

Puede tener desperfectos, puede no ser del gusto de todos, pero sí tiene el acuerdo de paz  con las Farc mecanismos de comprobación y verificación internacionales que garantizan que no haya falsas desmovilizaciones (como sucedió en otras épocas), ni operetas y artificiosas entregas de armas, como aconteció con el paramilitarismo en los tiempos de Uribe y Mancuso.

 

Aquí, como en la novela de José Eustasio Rivera, a muchos el corazón se los ganó la violencia y el odio. Y estas dos entidades persisten. Se sabe que los conflictos sociales no terminan con el acuerdo de paz. Y más en un país de tantas miserias e injusticias sociales, donde la “plebe, la canalla, el populacho” ha sido carne de cañón de los poderosos. Pero la incorporación de una guerrilla (o exguerrilla) a la civilidad, sí es un paso importante para que los muertos por la violencia sean menos. Y el odio disminuya.

 

(Junio 19 de 2017)

 

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Célebre fotografía de Sady González sobre el Bogotazo, 9 de abril de 1948

¿Qué es ser colombiano?

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los resultados de la magra votación del plebiscito pueden conducir, de nuevo, a la búsqueda de pesquisas y a un ejercicio de indagaciones que ayuden a interpretar lo que significa ser colombiano (si es que tal condición quiere decir algo o nada, o mucho, quizás). Tal vez, en la superficie, pertenecer a este ámbito que algunos políticos y predicadores denominan “patria” (los poetas resolvieron el enigma hace años: patria es la infancia y basta), es polarizarse en torno a figuras grises, a la vulgaridad de sus maneras de ser y de dominar al rebaño “desconcertado”.

 

Y digo “magra” a la elección que produjo el triunfo del NO sobre el SÍ, con participación de minorías, porque, y vuelve y juega, las mayorías son abstencionistas. Mas no deliberativas. Son pasivas, apáticas, con una actitud que parece de desprecio consciente pero solo es “importaculismo”, como lo han calificado en barras y mentideros.

 

Decía Octavio Paz, el gran poeta y ensayista mexicano, que “despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad”. Para el caso colombiano, diferente por supuesto a cualquiera otro del limitado orbe, no hemos despertado. Y más bien la pesadilla ha sido parte de la cotidianidad. El dinosaurio (Santos, Uribe, las Farc, en fin) sigue ahí, lanzándonos su aliento hediondo, del cual ni siquiera nos damos cuenta.

 

Ser colombiano tal vez no vaya más allá de ser víctima. O victimario. Puede ser una extraña idea de felicidad, que en medio de la sangre, del espanto, se ríe, se canta (incluidos los goles de una seleccioncita de fútbol), la que hace que el colombiano (cualquier cosa que esto signifique) tenga rasgos de raras patologías, incluido el sadomasoquismo, convertido en empresa y divisa. Tenemos muchas máscaras. Las lucimos en el carnaval y en un juego de pelota con cabezas humanas. O en erigir como héroes a seres que no son paradigmas de civilidad, ilustración, democracia… el catálogo puede causar rasquiña. Vida y muerte pueden ser en Colombia la misma cara de una falsa moneda.

 

Somos estupendos simuladores. Apariencia vana. Ya en las novelas y relatos de Carrasquilla esa condición se radiografía para el caso antioqueño. También con Fernando González. El complejo del hijo de puta nos trastocó en seres desvergonzados. O, de otra manera, de esos, tan abundosos, que se avergüenzan de su madre, de su padre. Mas no de lo que, en esencia, debe producir penas y ruborizaciones: las inequidades, las manipulaciones, el crimen, la inconsciencia…

 

Se demuestra una vez más que la paz es más compleja, más difícil de construir, que la guerra. Sobre todo en una región del mundo acostumbrada a los dolores y a la resolución de las diferencias a punta de machete (como en Palonegro, “batalla estéril como vientre de mula”) o escopetazos. El pacto nacional del que ahora se habla, con exceso de babosidades, no puede ser un acto ni una metáfora excluyentes (como por ejemplo lo fue el Frente Nacional). Debe evitar nuevos crímenes. Nuevas inequidades. El respeto a la vida humana (otra vez Paz, qué coincidencia) “que tanto enorgullece a la civilización occidental (que por lo demás, poco ha respetado esa consigna) es una noción incompleta e hipócrita”.

 

Tal vez somos todos —o al menos eso que con tanta pompa se bautiza como colombiano— parte de un circo desmirriado, en el que espectadores y actores son integrantes de una perversa función en la que se derrumban los trapecistas y los payasos lloran por su incapacidad para hacer reír. Y tal vez, en un país llamado Colombia, sucede como en las narraciones del marqués de Sade: “no hay sino verdugos y objetos, instrumentos de placer y destrucción”. Quizá en este país de pesadilla y como en un laberinto de soledades, “gracias al crimen accedemos a una efímera trascendencia” (El laberinto de la soledad, Octavio Paz).

 

Quizá ser colombiano no es, como en alguna ficción, un acto de fe, sino una sumatoria de irreflexiones. Casi todas promovidas por los que siempre —y desde la historia de infamias, desde las sinrazones de nuestra desvirolada historia— han mantenido el poder para dominar a placer a un pueblo cada vez más desdibujado. ¿Está la oligarquía colombiana dividida? ¿Qué mecanismos inconscientes hacen que algunos celebren con tiros al aire (a veces, al aire de los pulmones) un resultado electoral?

 

La polarización (“miti y miti” casi) que se notó en la flaca votación plebiscitaria debe conducir, si de civilización se trata, a una amplia discusión nacional, deliberación democrática, que no tenga como centro (o sofisma) lo que dicen o piensan los figurines de uno y otro bando, sino para que esa entelequia que llaman pueblo comience a descubrir su rol transformador.

 

 

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Imagen de aspectos de la violencia en Colombia

Las balas de gonzaloarango

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enarbolando su bandera de pirata, gonzaloarango, símbolo de irreverencia e iconoclasia, tuvo más de santo que de demonio, si así puede considerarse a alguien que, con sinceridad, luchó por ideales de justicia y de belleza. Y contra la bobaliconada de una sociedad hipócrita, de falsas (o dobles) morales. ¡Ah! y sobre todo de tartufos, unas veces de camándula y otras de fusil. O de banda presidencial, queridos compatriotas. Vista desde ahora, en un país de barbaries sin cuento y estructuras mafiosas, la irrupción nadaísta podría parecer el oficio de un grupo de querubines rebelados que se propuso espantar beatas y hacer esconder monjitas.

 

Sin embargo, a la luz de los tiempos del Frente Nacional y más de trescientos mil muertos de la Violencia, en medio de un ambiente de mojigatería y rosario de seis de la tarde, la prédica nadaísta era una suerte de pústula, un vómito en la cara del presidente y del mercader, un baldado de excrementos sobre el virginal país de la doblez, un escupitajo a la sacrosanta tradición y a las letras de cambio.

 

El nadaísmo -que no se propuso destruir el orden sino desacreditarlo- en esos días de inciensos fue más que “la menstruación de una gallina”, y más que “la Santísima Trinidad tomando su té en el Astor”, y mucho más que “una masturbación de monjes en comunidad”. Fue la réplica de una generación que no soportaba más el olor a mortecina del establecimiento, ni sus valores bursátiles, ni de esa patria boba, hoy más boba -y más violenta- que nunca.

 

Y gonzaloarango fue su profeta, su ángel de fuego. Y su Cristo (¿o su Anticristo?). Quizás sus posturas no fueron muy originales (¿qué es lo original?), y posiblemente hayan sido tomadas de otras latitudes, pero el ruido que armaron aquellos jóvenes autodenominados “geniales, locos y peligrosos” en el seno de la conventual provincia se erigió como un referente distinto, un llamado a la desobediencia y a la necesidad de insurrección.“Luchar por liberar al espíritu de la resignación”, decía su primer manifiesto.

 

El profeta (o “profetica”) de Andes sintetizó la contienda de los nuevos contra los viejos imaginarios, contra las obsoletas representaciones de un país sometido. Fue la suya -y la de sus adeptos- una actitud de búsqueda de lenguajes diferentes, la de desnudar las miserias nacionales desde una perspectiva literaria, poética, periodística. La palabra, provocadora de cataclismos e incendios.

 

Decir ahora que Santa Teresa era una mística lesbiana o decir que uno no es católico por respeto de sí mismo, y porque son católicos “Darío Echandía, José Gutiérrez Gómez, Fernando Gómez, Laureano Gómez…” no tendría ninguna gracia ni causaría ampollas; sería apenas una insulsa dicharachería. Pronunciarlo en aquellos sesentas, esparciendo azafétidas y yodoformo en un congreso de “escribanos católicos”, sí era un bombazo, un acto subversivo y emancipador. O, según algunas señoras, una muestra de muchachos groseros y malcriados. Todo según el color…

 

A los cuarenta años* del nacimiento del nadaísmo, gonzaloarango es el símbolo del despertar de un país narcotizado, plagado de sotanas y guerras intestinas; un símbolo del hombre que se resiste a ser grey y no permite ser absorbido por la mediocridad, ni por el unanimismo, ni se deja obnubilar por los cantos de sirena de los dueños del poder, ni por los oropeles del capitalismo.

 

A lo Fernando González (uno de sus inspiradores), enseñó caminando y así encontró su propio camino. “No llegar es también el cumplimiento de un destino”, dijo en 1958, tras haber sido un simpatizante del dictador Rojas Pinilla.

 

Fueron el profeta y sus compinches una especie de guerrilleros verbales, de insolentes muchachos que, con sus pataletas y emboscadas de palabras, alteraron la ritualidad y el tedio de la aldea. De pelado, en su pueblo natal, había fundado un centro literario con el nombre del Indio Uribe (otro irreverente) y dejado sus castidades gracias a la presencia y los buenos oficios de la damisela Rita Machuca.

 

Gonzaloarango (nacido el 18 de enero de 1931) se murió de “camionazo” (1976) cuando ya también se había esfumado el movimiento que creó. Le sobreviven, me parece, algunos reportajes (en particular, el de Cochise), varios poemas y manifiestos, uno que otro cuento, y prosas como Medellín a solas contigo (cuando por treinta centavos compraba quince minutos de paisaje) y Elegía a Desquite, pero, sobre todo, su actitud de hombre honesto, de santo que, a gritos, reveló verdades a un país de asesinos y mentirosos.


*(Artículo escrito en 1998, por el aniversario cuarenta del nadaísmo. Hoy lo traigo de nuevo, por el aniversario de nacimiento de Gonzalo Arango. Vale)

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Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo