Cuando los ojos no sirven para nada

(El país de los ciegos, de H.  G. Wells, sobrecogedor relato de un pionero de la ciencia ficción)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El siglo XIX, el de los inventos y las ciencias, el de las utopías y la sífilis, dio al mundo desde las anticipaciones de Verne hasta las prodigiosas imaginaciones de un inglés que, con los elementos de la historia y la filosofía, escribió lo que algunos han considerado una “literatura menor”, tanto que ni siquiera en su tierra natal, Inglaterra, figura entre los grandes escritores. ¿Por qué? Pues seguro, como suele pasar, no se le considera entre los círculos canónicos como un hacedor de obras literarias serias.

 

El humanista e imaginador H. G. Wells, autor de una Breve historia del mundo (1922), nacido cerca de Londres, en 1866, fue un pensador, crítico de las inequidades sociales y promotor de luchas por los derechos de los trabajadores y de las mujeres. En su primera novela, La máquina del tiempo (1896), la lucha de clases concurre como parte de un engranaje social. Un pionero, con Verne y otros, de la literatura de ciencia ficción, Wells, con obras de ingenio y desmesurado magín, como El hombre invisible y La guerra de los mundos, ocupó la mente de jóvenes y adultos de generaciones pasadas.

 

Conectado con un tiempo en que la ciencia estaba entre los asuntos de interés colectivo, el novelista, como lo anotó Borges, descreía de magias y talismanes, de lo sobrenatural, para darle dique solo a lo que estuviera emparentado con el conocimiento científico. “El hecho de que Wells fuera un genio no es menos admirable que el hecho de que siempre escribiera con modestia, a veces irónica”, apuntó el poeta argentino en su prólogo a La máquina del tiempo y El hombre invisible, de la colección Biblioteca Personal.

 

Una de sus obras más leídas ha sido La guerra de los mundos (1898), la cual, cuarenta años después de su publicación, fue dramatizada para la radio, en Nueva York, por otro genio: Orson Welles, que causó un pánico colectivo con una adaptación de “alta fidelidad”. El narrador e historiador, muerto en 1946, es autor de unos cien libros, y de relatos tan inolvidables y perturbadores como La puerta en el muro y El país de los ciegos. “Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos”, puntualizó Borges.

 

Este último relato, escrito en 1904, es, por qué no, una especie de utopía o, al contrario, como se pondrán en boga en el siglo XX, de distopía. La narración, ubicada en una parte de la inmensa geografía de América Latina, sitúa un mítico país, en un valle inaccesible, en el cual los habitantes se dedican, casi como en una suerte de arcadia, a vivir con tranquilidad, sin requerir para el efecto el sentido de la vista.

 

En los Andes ecuatorianos, entre montañas nevadas, con algunos nombres de picos y montes inventados por el escritor, se presenta un acontecimiento singular. A Núñez, un “alpinista”, o, en un sentido más terrígeno, un andinista, le acaece un accidente, cuando guiaba a unos ingleses a lo más alto del Parascotepetl. Ya el lector, cuando esto sucede, sabe que en algún lugar entre el Chimborazo y el Cotopaxi, “se abre el valle misterioso donde existe el país de los ciegos”.

 

Núñez, al que los ciegos bautizarán como Bogotá, rueda y rueda, en medio de una tormenta y alud de nieve, hasta despertar en un lugar apacible, en el que se topará con sorpresas que podrían ser inverosímiles para él. En efecto, aquello que circulaba como una leyenda popular, como un mito, es real. Existe un país en el que nadie ve y en el que, para desgracia del hombre extraño que ha caído como del cielo, en el país de los ciegos el tuerto no es el rey. No, nada de creerse superior allí, porque los demás no ven. Nada de pensar que se puede dar un golpe de estado a los invidentes, porque ellos, en su extraña tierra y en su organización cuasi perfecta, no requieren el mundo sensible de lo visual.

 

Los decires populares, tan inteligentes y probados por la práctica, en este caso no funcionan. Si Sancho Panza, por ejemplo, tiene como una de sus filosofías existenciales la que emana de innumerables adagios, para Núñez será como un estrellamiento con una realidad inesperada. Él, tan completo, tan racional, tan creyéndose superior, no puede moverse con propiedad en aquellos territorios en los que solo las llamas ven. Se dará cuenta de que sus ojos solo sirven para que los demás lo analicen y cataloguen como un retrasado mental, o un loco, un tipo que tiene unas protuberancias en la cara que, según el tacto de ellos, es más bien un monstruo. Un anormal.

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Ese forastero que llegó a alterar la cotidianidad de un mundo en el que apenas se sugieren gobernantes o alguien que puede tener un sentido de la organización de los demás, está perdido en un país en el que las sombras son parte de la normalidad. Para los habitantes de ese perdido lugar no hay colores, no hay cielo, no hay estrellas. Los otros sentidos son los que tienen primacía: se toca, se huele, se gusta, se oye. Nadie sabe que es ver. Ni cuál es el significado de la vista. “Sus sentidos son todavía rudimentarios (lo dice uno de los ciegos más jóvenes, refiriéndose a Núñez). Fíjense cómo tropieza y dice palabras faltas de sentido”.

 

Núñez, que procede de un mundo de prevalencia de las imágenes, de la vista como uno de los sentidos más importantes, se siente cada vez más impedido en un territorio donde “las inflexiones de la voz habían reemplazado a las expresiones de la fisonomía”. Al aleatorio invasor, que además tenía intenciones colonizadoras, se le considera un limitado. Su complejo de superioridad se va a pique cuando, tras disímiles intentonas, no puede vencer a ningún ciego. Y en un momento, lo que ellos sentirán por él, “visto” como un idiota, es lástima.

 

En un momento de intensa angustia, Núñez lo que quiere es escapar. Desiste de su voluntad de poder, de ver a los otros como si fueran solo buenos salvajes, y lo que quiere es tornar a la vida que dejó en otra parte del inmenso mundo. Y tuvo que aceptar la servidumbre. Después, reconociendo la derrota, la ineptitud de la vista en un país de ciegos, se resigna a ser un ciudadano más de un país en el que no existen los ojos.

 

Los ciegos tienen un orden que puede parecer monótono y, sobre todo, insólito a cualquiera que posea el sentido de la vista y haya vivido como un “homo videns”, como un sujeto que puede apreciar el mundo que entra por los ojos (“el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”, como decía Machado) y que todo, o casi todo, lo reduce a lo visual. Cualquier vidente podría advertir que la realidad existe porque se puede ver. Sí, un espejismo es visible aunque sea irreal lo que proyecta.

 

En el maravilloso cuento de Wells hay, sin duda, un cuestionamiento a ciertos órdenes sociales y la reivindicación de otros mundos, quizá muy raros, pero que no requieren muchas cosas para existir, para sentirse cómodos y tranquilos. Núñez, que de algún modo es una metáfora del conquistador que a la postre es conquistado, va a sentir en aquel universo sombrío los pálpitos y llamados del amor. Y en ese momento es cuando aparece Medina, “una muchacha poco apreciada por los demás ciegos a causa de que su rostro, vigorosamente delineado, no tenía aquel aire achatado y fofo considerado por los habitantes del valle como el ideal de la belleza femenina”.

 

Y en este punto, el relato sube la tensión. Y Medina y Núñez inician un romance increíble y mal visto por los otros ciegos. Ya el que llegó del mundo de la luz (que nada significa para los habitantes cuyos antepasados se remontan a quince generaciones atrás) parece estar adecuado y acondicionado en aquellos recónditos lugares. Y, por lo demás, su corazón vibra con la presencia de Medina.

 

¿Qué pasará? ¿Acaso será posible que Núñez se case con una ciega cuando los otros insisten en que es un ser atontado, con visibles problemas mentales y físicos? La resolución poética que Wells le da a este extraordinario relato es una perspectiva de reivindicación de la luz, del mundo que está, pese a todas sus situaciones insostenibles y crueles, lleno de belleza. ¿Qué fuerzas se disputarán su primacía en el final de esta ficción maravillosa? ¿Podrá más el amor por una muchacha que también ama o la fuerza de un mundo luminoso que está más allá del valle?

 

El país de los ciegos tiene circunstancias y apariencias de apólogo moral y político. Y vestuario de utópicas sociedades marginales, que, a la postre, también pueden ser solo una reverberación ilusoria. Puede que dentro de esas refracciones lumínicas (o, en este caso, por su falta de luz) no todo sea feliz. Y la historia, o, de otra manera, las causas de una ceguera, podrían estar en el origen, en el que una peste, una no establecida enfermedad, dejó sin luz a unos hombres que se marcharon a habitar entre soledades, lejos del mundanal ruido de las sociedades del llamado progreso.

 

El país de los ciegos que, según Ítalo Calvino, es “una meditación sobre la diversidad cultural y sobre la relatividad de toda pretensión de considerarse superior”, termina de una manera muy similar a los finales de los tres estados de la Divina Comedia, con un “rutilar innumerable de estrellas”. Un relato sobrecogedor, que incita a que el lector, al final de cuentas, pueda realizar una reflexión sobre los significados de la luz y la oscuridad. A lo mejor, sobre “la oscuridad que ven los ciegos”, al decir de Shakespeare.

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El miedo a la oscuridad y otras cegueras

Por Reinaldo Spitaletta

Hace tiempos, un grupo de excéntricos realizó en Estados Unidos (país que vibra con las estadísticas y los “tops”) una encuesta sobre los catorce peores miedos de la humanidad. La pregunta era: ¿qué le causa más miedo? El insólito resultado arrojó como “ganador” el miedo a hablar frente a un auditorio. El temor a la muerte, por ejemplo, ocupó el séptimo lugar. En el curioso sondeo aparecieron miedos a la soledad, a volar, a la mordedura de un perro, a subir o bajar por una escalera eléctrica, a la quiebra financiera. En cambio, lo más sorprendente, por lo menos para mí, es que el miedo a la oscuridad clasificó de duodécimo. Siempre he tenido pavor por las tinieblas físicas y espirituales. Y también por “esa oscuridad que ven los ciegos”, al decir de Shakespeare.

Años ha, cuando estaba en la adolescencia (si hoy dicen “adulto mayor”, ¿se podrá decir adolescente mayor?), leí un sobrecogedor relato de H.G. Wells, El país de los ciegos. En síntesis, el cuento habla de las peripecias de un “vidente” que llega, de forma accidental, a esa región insospechada y, para su desgracia, la facultad de ver no le sirve para nada. Todo allí estaba diseñado para los que carecían de visión. Ni siquiera el tuerto podía ser rey en aquella extraña comarca. Uno de mis miedos fundamentales es a quedarme ciego. A veces he soñado (o, peor, tenido pesadillas) con esa posibilidad aterradora. Y me he despertado invadido de oscuridades y sobresaltos. Y he recordado, sin querer, la ficción del autor británico y también he intentado en esos momentos de espanto entender la actitud de Demócrito de Abdera, atomista griego, que se arrancó los ojos porque la realidad exterior y visible no lo dejaba pensar. Esta actitud me es incomprensible.

Al leer La casa de las dos palmas, de Manuel Mejía Vallejo, volví a repensar en la oscuridad shakesperiana y recuerdo las emociones que me causó un personaje como Zoraida Vélez, mujer de luces interiores, que reinventa el mundo mediante el olfato y el tacto y el oído y el gusto. Zoraida, la ciega, ve hacia adentro. Es música y perfume. Arpegio de guitarra. Cuerda bien afinada. Sabor a hierba húmeda. Aprende a recorrer los espacios como si en realidad viese. No quiere, por ejemplo, que su amante sepa de su limitación visual. Luz lejana. Recuerdo de extinguido arrebol. Y Medardo, otro personaje, tiene la clave de la imaginación: “La sabiduría del ojo es mirar lo que no existe”. Zoraida es canción y viento y silbo de pájaros. Y dolor. El dolor que ocasiona el no poder ver las luces del amanecer.

Al encontrarme con Zoraida Vélez y con sus oscuridades, memoré a Lucía, una muchacha de Copacabana, que se quedó sin luz en los ojos. En cambio, la luz se le regó por todo el cuerpo. Y por la mente. Mujer luminosa. A la guitarra le extraía armonías imposibles. Hacía llorar las cuerdas. Y su voz, quizá susurro de palmeras, convocaba al ensueño. Era un desafío para la luz. No sé cómo lo hacía, pero pintaba. Y en sus dibujos había soles y lunas y noches de estrellas. Veía con las manos y los oídos. Veía, en todo caso, más que nosotros los videntes. Y nos enseñaba a mirar. “El ojo tiene que aprender a imaginar muchas cosas”, decía. Ella, como Medardo, sabía mirar lo que no existía.

He creído, de otro lado, que la miopía es una ceguera parcial, y notado que los cortos de visión son seres reconcentrados. Tienen amplio conocimiento de la oscuridad y saben del valor de la luz. Uno los ve (o medio los ve) aferrados de los libros, caras de ausencia, interiorizados. Se encierran en sí mismos. Escuchan sus músicas interiores. Monologan. No gustan de bailes ni de amontonamientos. Cultivan su individualidad y por alguna razón que no he investigado, no se masifican. Y parecen tener una inclinación hacia la locura. Bueno, es apenas una creencia o presunción que tengo, motivada, tal vez, en mi miedo a las tinieblas.

Edipo quiso autocastigarse sacándose los ojos. Las tinieblas como modo del infierno. Demócrito, en cambio, se privó de la luz para ejercer el pensamiento. Escribió setenta y dos obras. La oscuridad como fuente de conocimiento. Borges, un ciego de maravilla, hizo una de las defensas más bellas de las tinieblas en su Elogio de la sombra. “El tiempo ha sido mi Demócrito”, sentenció en algún verso. Luz y sombra. Sombra y luz. No puede existir la una sin la otra. La oscuridad, como la soledad, es una ausencia. Ver lo que no existe es un privilegio. No ver lo que existe es una tragedia, como la que les sucedió a casi todos los personajes del Ensayo sobre la ceguera, de Saramago . Lovecraft, un escritor de miedos distintos a los de Poe, advirtió que la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, “y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”.

El país de los ciegos, de H.G. Wells