Todos somos Whitman

A los 200 años del nacimiento del autor de Hojas de hierba

 

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El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cantar a todos los hombres, cantarse él mismo, cantarle al origen y al final, al paso del peregrino por los mapas. Decir que somos tierra. ¿Quién engendró ese poeta cuya voz sin desafines continúa diciéndonos que “el viaje que emprendo es eterno (¡Que todos me oigan!)”? ¿Quién le dijo a ese poeta de una isla pisciforme que nos enseñara que somos apenas una molécula de un cosmos infinito en el cual, sin embargo, la degradación de un ser puede degradar a todos?

 

¿De dónde brotó ese hombre que es uno y todos los hombres al mismo tiempo? Walt Whitman, a doscientos años de su alumbramiento, del inicio de su viaje luminoso por el destino de la democracia y sus azarosos vericuetos, nos sigue interrogando acerca de la palabra originaria, la misma que, como lo diría Filón de Alejandría, crea las cosas. Y, además, acerca de nuestra pertenencia a un género, a un destino, a lo que vendrá. Whitman, el de las polifonías, el que tiene la voz del marino y la del caminante, más que un poeta es un profeta.

 

Whitman, un hito en la historia de las literaturas, es una consecuencia de la modernidad (¿o una causa?), de la elevación del sujeto a instancias supremas. Un poeta que, como no sé quién lo advirtió, nos liberó de la moral. Un trovador de sí mismo que al descubrir la esencia humana se convirtió en todos los hombres en simultánea.  “Yo me celebro y yo me canto, / y todo cuanto es mío también es tuyo, / porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

 

Ese poeta que “ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra”, como lo dijo Borges, es un hombre que se multiplica en todos. Un observador de la sociedad y de la naturaleza, de la cultura, que creó narrándose a sí mismo, cantándole a su cuerpo y a los de los otros, a su espíritu y al del resto, una manera distinta (¿única?) de ser poeta. “Su mensaje trata de enseñar al hombre el arte de vivir”, dijo Enrique López Castellón en el ensayo Walt Whitman, el poeta y su obra.

 

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Una mujer me espera, contiene todo y no falta nada…

 

Whitman, “bien criado y parido por una madre excelsa”, el que conoció búfalos y expresó dolores ante la muerte de su querido Lincoln; el que bebió de Emerson y supo de estrellas y lluvias y nevadas, le cantó al hombre y la mujer (“No podemos hallar explicación para el amor del cuerpo de un hombre, o el del cuerpo de una mujer”). Y fue todas las voces, todos los paisajes, todas las vidas y las muertes.

 

Harold Bloom, el mismo que ha dicho que Whitman es su “propia musa”, señaló que los dos principales poetas estadounidenses, el que nos convoca en esta nota y Emily Dickinson, “llegaron a ser universales centrándose en sí mismos”. En efecto, el autor de Hojas de hierba descubre su “yo mismo”, lo reelabora, lo subvierte, lo eleva a dimensiones desconocidas y lo pone a circular entre el resto de la humanidad. Entonces aparecen el peón y el obrero, el soldado y el vaquero, el leñador y la prostituta… Todos son él y son los otros. “Soy el poeta de los cantos adánicos” en los cuales él se ofrece “sumergido en el sexo de mi ser y mis himnos”.

 

Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.

 

Tantas cosas se han dicho de Whitman. Y otras más se seguirán diciendo. Siempre será nueva su voz vieja. Su barba y su sombrero continuarán haciendo parte del mundo exterior, de la apariencia, de un poeta cósmico (¿cuántas veces se habrá dicho esta calificación?) que nos ofrece viajes por Manhattan o por el Misisipi y por la interioridad humana. Es el poeta de la libertad y de la belleza entendida como armonía entre la naturaleza y la cultura.

 

“Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman, / he dejado de ver tu barba llena de mariposas, / ni tus hombros de pana gastados por la luna, / ni tus muslos de Apolo virginal…”, le canta García Lorca en su Oda a Walt Whitman. Después de su muerte (Nueva Jersey 1892), el poeta duerme a orillas del Hudson y de todos los ríos del mundo. Su “yo mismo” nos pertenece a todos.

 

Whitman, cantor de la paz y de la guerra, del cuerpo y del alma, sigue siendo parte de los nacimientos y de los anuncios. “Anuncio el advenimiento de personas elementales / Anuncio a la justicia triunfante / Anuncio intransigentes libertades e igualdades…”. El poeta del ayer y del mañana nos sigue interrogando. Todos somos Whitman. Nos besa a todos con sus palabras de viejo sabio que se volvió multitud.

 

(Publicado en El Espectador, columna Sombrero de mago, 4-06-2019)

 

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Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia. Whitman. Ilustración de Matthew Allen

A Federico lo mataron por socialista y “por maricón”

(Breve memoria del autor del Romancero gitano y Poeta en Nueva York)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La luna, tan cantada por el poeta, no estaba en el cielo cuando lo asesinaron. Según uno de sus presuntos matones (y su nombre de mierda no quiero recordarlo), que proclamaba con ufanía su acto al entrar a un bar granadino, a García Lorca lo mataron por socialista, por ser partidario del Frente Popular, por masón y por homosexual. “Le metí dos tiros en el culo por maricón”, dijo.

 

Sucedió el 19 de agosto de 1936, cuando el nacido en Fuente Vaqueros hacía poco había terminado su obra teatral La casa de Bernarda Alba. Franco, el generalísimo (y dictadorsísimo), había ordenado la eliminación de un tercio de la población masculina con ánimos de “limpiar” al proletariado de los influjos rojos. La guerra civil había incendiado a España, y de pronto, un poeta de romanceros gitanos y cante jondo, era un peligro para el fascismo, un enemigo por sus maneras de decir, de cantar, de armonizar el mundo con el poema.

 

Cuando lo mataron, ya García Lorca había conquistado la gracia de anidar en el alma popular. Por ejemplo, los versos de La casada infiel (dedicada “a Lydia Cabrera y a su negrita”) iban de boca en boca, por las Américas y España: “Y que yo me la llevé al río / creyendo que era mozuela, / pero tenía marido…”. Lo mismo que La muerte de Antoñito el Camborio: “Tres golpes de sangre tuvo / y se murió de perfil. / Viva moneda que nunca / se volverá a repetir”.

 

A su muerte, ya era un poeta universal. Y con su asesinato, la guerra civil española estuvo en la mira de todo el mundo, con sus horrores y despropósitos. Se convirtió en una especie de héroe de guerra, lo que él jamás quiso ser, aunque estaba para cantar a la vida y a la muerte. Y, como diría Luis Cernuda, “para el poeta la muerte es la victoria”. García Lorca, que estuvo en Estados Unidos, en Cuba, en Buenos Aires, que de aquellos recorridos dejó una obra tan lograda como Poeta en Nueva York, en la que se tornó común la Oda a Walt Whitman (“y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson…”), fue, a su vez, una especie de rey de las metáforas.

 

“Cobre amarillo, su carne, / huele a caballo y a sombra.  / Yunque ahumado sus pechos  / gimen canciones redondas”…

Poeta, dramaturgo, pianista, discípulo musical de Manuel de Falla, García Lorca pronunció un discurso en su pueblo natal en la inauguración de una biblioteca, en 1931, que pasó a la historia con el título de Medio pan y un libro. “No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombras jamás las reivindicaciones culturales, que es lo que los pueblos piden a gritos”.

 

En su bella apología del libro, el poeta hace un recorrido por la cultura, por escritores, por la manera cómo hay que preservar la inteligencia y la memoria de los pueblos. “¡Libros!, ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: amor, amor, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras”, declaró el poeta, que terminó su discurso con estas palabras, convertidas en refrán: “Dime que lees y te diré quién eres”.

 

Parte de una generación que desde España iluminó las letras mundiales, la del 27, García Lorca entonó nuevas músicas, sonoridades distintas, emparentadas muchas veces con el canto popular, con las maneras de decir de la gente. La gitanería, las saetas, las bulerías, los miriñaques de una virgen morena, el llanto de la guitarra, las peteneras, van enriqueciendo las creaciones del poeta. “Pasan caballos negros / y gente siniestra / por los hondos caminos / de la guitarra”, dice en uno de sus cantos.

 

Tenía duende. O ángel. Era poeta, según sus palabras, por la “gracia de Dios o del demonio”. Y también por la “gracia de la técnica y del esfuerzo”. El asesinato de García Lorca hace ochenta años vistió de luto la tierra y dejó un crespón negro sobre el mundo. A Lorca lo amaron todos: Borges, Miguel Hernández, Alberti, Hemingway, Bukowski, Ginsberg, los maricas neoyorquinos, los intelectuales rusos, Lezama Lima. Y los pueblos. Y el amor continúa por el poeta que “se durmió de plomo” y siguió viviendo en las palabras.

 

(Medellín, agosto 16 de 2016, mientras se escuchan los acordes del piano del poeta)

 

 

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Federico García Lorca (1898-1936)

 

 

La felicidad ja-ja-ja-ja…

(Nota sobre un país feliz lleno de asesinos, mentirosos y arribistas)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ahí está indispensable Walt Whitman, con su canto grande, diciendo que podría transformarse y vivir con los animales, seres apacibles y dueños de sí mismos, que no lloran por sus pecados ni fastidian a los demás hablando de sus deberes para con Dios (ni con el diablo). La voz del poeta estadounidense advierte que a ningún animal (excepto al hombre) lo enloquece la manía de poseer cosas. Carecen de vanidad. No son arribistas. Ni esnobistas. Ni se arrodillan ante otros.

 

Y estos preliminares me sirven para decir, con cierta incredulidad, que Colombia, según una encuesta mundial, de esas que se hacen cada tanto, vuelve a ser el país más feliz de la tierra. ¡Cómo es posible! ¿De qué material estamos hechos los colombianos? Tal vez de sueños incumplidos. Quizá de promesas vanas. O de ingredientes que pueden estar entre el cilicio y la autoflagelación. ¿Sadomasoquistas? O a lo mejor haya un equivocado concepto de felicidad. Bueno, y cuál es entonces el apropiado, preguntará algún inquieto.

 

La encuesta entre 68 países señaló que Colombia tiene el mayor índice de felicidad, con ochenta y cinco por ciento. Y aquí habría, por ejemplo, que volver a Bertrand Russell y su célebre ensayo La conquista de la felicidad, a ver qué aspectos de los allí tratados coinciden con el modo de ser de los colombianos, habitantes de un país con alta inequidad social, con injusticias a granel, con un desempleo que supera el diez por ciento, con niveles educativos y culturales bajos, y, además, con muchos mentirosos y asesinos.

 

El asunto de la felicidad, tratado por budistas, hindúes, musulmanes, cristianos, judíos, por los antiguos griegos (ah, ahora figura Grecia como uno de los países más infelices del mundo, según la mencionada encuesta), por ateos y agnósticos, ha sido una preocupación humana. Así como la desdicha, la vejez, la amistad, la guerra, la paz…

 

El siglo XX, que según algunos historiadores y filósofos ha sido el más cruento de la desventurada historia de los hombres, no es un sinónimo de felicidad. Qué tal los modos de destrucción masiva, los campos de concentración, las persecuciones, las bombas atómicas, los genocidios, las devastadoras guerras, la ciencia al servicio de poderes siniestros, etc. Y lo poco que va corrido de esta centuria tampoco es paradigma de convivencia pacífica ni fraternidad universal.

 

En el pasado siglo hubo pensadores que, más que el concepto de felicidad, desarrollaron el de las angustias y desazones del hombre. Así, desde que el hombre es “una pasión inútil” hasta que es un “lobo para el hombre” (que ya tenía cierta antigüedad), pasando por el de somos seres para la muerte, lo que han primado son las concepciones de humanos desgraciados y poco dignos de habitar el planeta.

 

Así que hablar de felicidad se tornó arriesgado, y se llegó a decir, como lo sugiere Fernando Savater, que “nunca ha estado del todo claro si el secreto de la felicidad consiste en no ser completamente imbécil o en serlo”. La felicidad es para tontos, se rumora en corrillos y cafetines. O, ya en el mundo del capitalismo, se aduce que la felicidad está conectada con el dinero y la idea de éxito, o con el consumo, o con la posesión de bienes materiales. Con la vanidad y el narcisismo, como puede pasar en la ya vieja novela Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos.

 

Russell comienza a preguntarse qué es lo que hace desgraciada a la gente y a partir de ahí inicia un recorrido que atraviesa la familia, el trabajo, el aburrimiento, el sentimiento de culpa…, con el fin de detectar las causas tanto de la infelicidad como de su antónimo. Y todo esto puede servir a los interesados para aplicarlo en desentrañar por qué los colombianos son los “reyes mundiales de la felicidad”, o si se trata, por el contrario, de una simulación, tan cara a estos breñales.

 

La encuesta señala, por otra parte, que los ateos son los más felices del mundo, tal vez porque no están pensando en pecados, o en rezar con el fin de empatar. La unión Europea, con los niveles de vida más altos del globo, registró los más bajos porcentajes de felicidad. Así que habría que volver a empezar: ¿qué diablos es la felicidad?

 

¡Oh, capitán, mi capitán!, tal vez la felicidad (¿Una quimera? ¿Una ilusión?) nada tiene que ver con el poder político ni con el prestigio ni con el éxito; quizá, solo tenga relación (lo dice Epicuro) con la conversación amena, las artes y la gratificación sexual. O, más simple aún, con la mirada amigable y sincera de un perro. Así de sencillo.

 

“Me celebro y me canto a mí mismo / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti…”: Whitman.