Un tragicómico travesti en un pueblo sin redención

(Recorrido por El lugar sin límites, de José Donoso)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Es una novela que puede ocurrir en cualquier pueblo latinoamericano, en el que todavía la fuerza del gamonal es asimilada a la de un ser divino, que todo lo puede, a quien hay que rendir tributos y pleitesías. En una alejada estación de tren, por el que ya no pasa ni el viento, en medio de viñedos, hay un caserío sin electricidad, también sin iglesia (lo que sí es una rareza), pero con la alegría de un prostíbulo agraciado, manejado por La Manuela, un travesti, y su hija, la Japonesita, tras la muerte de la madama mayor, la Japonesa.

 

En un poblado, que puede ser, con obvias diferencias, claro, como Luvina, o como un Macondo en miniatura, como Comala, como Balandú, en fin, en la Estación El Olivo, cerca de la ciudad de Talca, el tedio y la rutina, dos características de la desazón de vivir, solo son rotas con la presencia del burdel, en el que La Manuela en sus tiempos de joven (y aun de viejo) bailaba español y cantaba una torería como El Relicario (“pisa morena, pisa con garbo…”.), y al que llegó el maricón tras “triunfar” en otros pueblos con su espectáculo de bailarina ambulante. El lugar sin límites, del chileno José Donoso, es una ficción breve, pero muy compleja en su estructura literaria, con tiempos quebrados, saltos atrás y adelante (prolepsis, analepsis) y un manejo de espacios y lenguajes locales muy avezados en su exposición, en la que se combinan narradores en tercera y primera persona.

 

El Olivo, una extensión infinita de viñedos, es de una clase de cacique o mandamás llamado Alejandro Cruz, o Don Alejo, aunque, tras una apuesta muy singular con la Japonesa, lo único que no queda de su propiedad es el prostíbulo. En ese pueblo, el gamonal “es como Dios. Hace lo que quiere. Todos le tienen miedo. ¿No ves que es dueño de todas las viñas, de todas, hasta donde se alcanza a ver?”, como dice la Japonesa, que siempre tuvo la idea feliz, pero errónea, de que todo allí cambiaría, que el progreso, o, al menos, lo que de esa manera se ha denominado en Occidente, llegaría a aquellos parajes.

 

El gamonal, un tipo que parece cortado con las mismas tijeras que el resto de gamonales latinoamericanos, promete no solo el “oro y el moro” para engatusar al peonaje, sino que dice que venderá terrenos para que la gente construya. Y, como si fuera poco, anuncia que se electrificará el poblado. La más contenta con la promisión es la Japonesa, que, con su mirada de dama emprendedora, aspira a tener un prostíbulo más destacado que el de otras señoronas de las inmediaciones, como la Pecho de Palo, con “putiadero” en Talca.

 

El don, casado con doña Blanca, rubia y linda, “muy señora”, tiene otra mujer en Talca, y otras más. Para eso posee dinero. Y manda. Y todas trabajan por él en campaña electoral para que salga elegido diputado. Además, en el prostíbulo, el dueño de todo se lleva las mejores rameras. Y, cómo no, también baila con La Manuela, quien, con su vestido de cola colorada, le arroja una flor al dueño de todo, mientras las hermanas Farías cantan con voces agudas y gangosas. La monotonía de aquella aldea solo se rompe con las emociones y parrandas en la casa de lenocinio.

 

El lugar sin límites, que tuvo en 1977 una adaptación cinematográfica por el director mexicano Arturo Ripstein, es una obra en la que se rescata el lenguaje popular de Chile y se pone como protagonista a un ser que, para entonces, en los sesentas, era un estigma. Un maricón sufría con su condición, a veces escondida, a veces explícita, pero, en este caso, con La Manuela, un travestido, un bailaor de españolerías, no hay closet que valga. El personaje, de contera, hace que otros, muy machos, sientan en el fondo de sus hombrías una inclinación oculta (¿vergonzante?) hacia La Manuela.

 

Sucederá, por ejemplo, con Pancho Vega, dueño de un camión, habitante cercano del caserón de don Alejo, huaso pendenciero, que, además, tiene ciertos privilegios, de los que no gozan los demás inquilinos de la tierra del latifundista. Tendrá un rol clave, sobre todo en el desenlace de la novela y, en buena parte, en la tensión que se establece al principio de la misma. El machote siente atracción por el mariconazo pero, con el tiempo, realiza una contrición, un arrepentimiento de haber desestabilizado su condición heterosexual, y se torna agresivo con la “loca”.

 

La obra, que puede confundir o sacar del camino a lectores poco avisados, en particular por el manejo de los tiempos, es un retrato de la situación marginal de muchos “sin tierra” y también de los “rotos”, seres urbanos que, pese a su miseria, no pierden la alegría y las ganas de goces paganos. No solo es una radiografía de situaciones sociales de Chile, sino de los rezagos semifeudales de otros contornos.

 

Por las fechas en que se publica la novela (1966), en Chile ya cantaban a los desahuciados por la fortuna y los olvidados de la historia, Violeta Parra y sus hijos Ángel e Isabel. “Cantando me iré, / Silbando me iré, / Cantando lejos / Me consolaré”, decía alguna copla. Porque, pese a las pobrezas, el dolor y las angustias se pueden calmar con vino y baile, como acontece entre los concurrentes al lupanar de la Japonesa, que después también será parte de La Manuela y, al fin de cuentas, de la hija de estos dos, la Japonesita, una muchacha que a los dieciocho años sigue siendo virgen.

 

La novela, llena de sugerencias más que de evidencias, es un tratado maestro de las relaciones afectivas (y de negocio) entre un travesti y una prostituta que, con su inteligencia y recursividad, llegará a ser la única propietaria en un pueblo que tiende a desaparecer y cuya suerte está manejada por el poder de un solo hombre. En la red de relaciones sociales están, además, varias prostitutas como la Lucy, la Clota y la Nelly, y gentes como don Céspedes y Octavio.

 

En una de esas francachelas de burdel, se presentará un acontecimiento que transformará las relaciones de varios de los personajes y contribuirá a que la Japonesa, como ganadora de una apuesta increíble, se torne en dueña de la esmirriada casa donde funciona su negocio de placer. En efecto, la mujer le había dicho al terrateniente que si ella lograba que La Manuela le hiciera el amor, se quedaría con la casa. Es una de las escenas más sugestivas y bien logradas de la novela.

 

El arte de la Japonesa obtuvo como resultado que La Manuela, un sujeto “bien armado”, como un burro, y cuyo “aparato” solo le servía para hacer pipí, como él mismo lo expresa, entre en aquella dimensión —imposible para él— y de ahí, de esa especie de milagro, nazca la muchachita que, ante la muerte de su madre, será la que dirija los destinos del burdel.

 

La novela es una metáfora de un pueblito sin futuro, dominado por un solo hombre, en el que lo raro, o, incluso, si se quiere, lo subversivo, lo constituye el prostíbulo y, en particular, seres como la Japonesa y La Manuela, un tipo, o tipa, que debe sufrir las burlas y atropellos de otros que enarbolan su varonía, entendida como la capacidad de agredir. Como una exteriorización de la ofensa y la humillación.

 

También es el ascenso y decadencia, o, el drama y desencanto, de un hombre que no lo es, o, al menos, no acepta serlo, en el sentido de sus predilecciones sexuales. Tiene, en cambio, una especie de talento con el que sobrevive, el dar espectáculo vestido de bailarina flamenca. Un personaje de una bien estructurada sicología, tal vez, como se ha dicho en otros ámbitos, una prolongación del lado oculto del novelista.

 

Más allá, la ficción es un trasunto de la realidad. Una alegoría de las relaciones de poder y de opresión en una localidad que, aunque esté cerca de ciertas expresiones civilizatorias, está muy lejos de la justicia y el respeto por “los de abajo”. La ficción huele a vino, a vendimia, a fango, a camino polvoriento. Y a sudor de camas agitadas. Y, aunque en la superficie no lo parezca, todo allí, en la Estación, es decadente, incluido el dueño. Y, en una suerte de trágica ambivalencia, es el descaecimiento de un hombre-mujer, como La Manuela, que al final nos enteramos de su nombre original: Manuel González Astica.

 

El título de la novela surge del epígrafe de la misma. Como se sabe, hay escritores que utilizan este recurso para buscar la tonalidad de la obra, para que sea una guía de lo que se interpretará y sucederá en la creación, quizá como una antesala. Otros, porque desarrollarán las intenciones que en él se enmarcan o se presienten. En este caso, con un epígrafe tomado del Doctor Fausto, de Christopher Marlowe, Donoso advierte al lector que va a entrar al infierno, un lugar (o no-lugar quizá) que carece de límites.

 

Es una pieza literaria en la que habitan los símbolos: los de la decadencia, los de la masculinidad y, si se observa en otras esferas, los de la emasculación. Y también los roles de las meretrices en un villorrio sin esperanzas de redención. Como en el Canto III del Infierno de Dante: “Perded toda esperanza los que entráis”. Sí, de aquel infierno parece no haber ninguna escapatoria. Uno de los símbolos más dicientes puede ser el del Wurlitzer, el tragamonedas que solo puede funcionar si hay electricidad. Y esta jamás llegará a la Estación El Olivo.

 

Tal vez, en ese lugar sin límites, todos penan en un infierno del que parece jamás podrán salir. Pero el de los mayores sufrimientos, el que pierde la identidad, y sufre los vejámenes de unos y otros, es La Manuela, un personaje sobre el cual el lector tendrá que hacer diversas cavilaciones y, de paso, imaginar cuál ha sido su suerte final. Puede ser que, al concluir el recorrido, el alma le quede llena de inquietud, como en el bolero Vereda tropical.

 

(Ensayo publicado en el suplemento Palabra y Obra, periódico El Mundo, 13-08-2017)

 

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El último día de Gardel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

“Este será tu último año”, le advirtió la pitonisa del barrio.

 

Todo el mundo solía hacer fila para que doña Concepción les leyera las cenizas de cigarrillo, los asientos de chocolate, las cartas de la baraja, el tarot. Era un fenómeno, decía la voz general. Claro que  Gardel  no creía en esas tonterías  baratas, que “esa basura a un duro como yo no le hace falta, porque de todos modos me tengo que morir de cualquier cosa”. Sin embargo, y no se sabe todavía el motivo, decidió entrar, rompiendo la cola, hasta la habitación en penumbras de la maga, porque “yo no nací para esperar nada, y aquí estoy porque he venido a ver qué es lo que usted sabe, mi señora, que me parece que todo es pura estafa, ¿o no?”.

 

—Pues no, mi querido. Sentate no más —le dijo—.  Ella lo observó sin parpadeos y el hombre se sorprendió con la serenidad de la adivinadora.

 

—¿Cómo querés tu futuro?

 

—Con cigarrillo.  —contestó él mientras encendía un Lucky cinco letras.

 

Cuando doña Concepción, tras examinar las cenizas, le dio el vaticinio, Gardel soltó una carcajada, pero sin poder disimular su súbito nerviosismo. Expresó  un temblor al prender el siguiente cigarrillo y también temblaba por dentro, sin comprender por qué. Tal vez fue la seguridad de ella la que lo desconcertó. Salió sin pagar la consulta, se abrió paso entre  la gente y caminó hacia el bar Florida.

 

—Bizco, servime un aguardiente.

 

El cantinero  lo observó con aire de conmiseración que no pudo saber por qué  le salía, sirvió la copa y de pronto se dio cuenta de que Gardel tenía miedo. Nunca en tantos años lo había visto así. Gardel, que jamás se había arrugado ante nadie, ni siquiera  frente a los más guapos del barrio, que era mucho decir  porque  cada uno tenía a sus espaldas más de un muerto. El Bizco advirtió un desencajamiento en la fisonomía de su cliente: “Algo muy malo le debió haber  pasado”, se dijo el hombre mientras  empezaba a recordar la tarde  aquella cuando Gardel le tumbó del Wurlitzer “Sangre maleva” al Tato Márquez. Aquella actitud, en rigor, era como suscribir una pena de muerte. Nadie, en la historia del bar había protagonizado un desafío tan temerario, pero Gardel ese día tenía ganas de terminar con el reinado de Márquez, y ¡plum!, apretó el interruptor y la música y las palabras cesaron. La concurrencia,  aterrada,  miró al atrevido. Gardel se sentó, como si acabara de llegar del orinal.

 

—Gardelito, se te acabó la vida, carajo —dijo Márquez.

 

—Eso creés vos, pedazo de hijueputa, —replicó, al tiempo que desenfundaba  la puñaleta y se abalanzaba con salto gatuno sobre Márquez. El cuerpo del malevo, sangrante, tirado en el suelo del bar era como el testimonio de que un nuevo rey había llegado al trono del barrio.

 

Desde entonces a Gardel todos le tenían miedo, que es otra forma del respeto por obligación. Las muchachas, sin embargo, veían en él a un galán, con una sonrisa  permanente, tan parecida a la del cantante que estaba en todos los cafés de barrio, enmarcado. A ellas les gustaba verlo pasar —eso decían— por ese caminado de bamboleo, de tipo que se cree único, exclusivo, que se sabe  mirado y deseado.  Y también  temido. Pero  eso  sí, siempre  impecable en el vestir de camisas bien planchadas y pantalones de dacrón o de pana, zapatos lustrados al charol y cabello peinado a la gomina.

 

—¿Qué será  lo que le pasa? —pensó el Bizco mientras lavaba unas copas. El café olía a detergente y a chorizos secos.

 

La mirada de Gardel se detuvo en la sonrisa petrificada  del cantor,  en  el cuadrito  detrás del mostrador. “Qué va, cuál último año. Esas son güevonadas”, se dijo con certidumbre y pidió otro trago. El Bizco lo observó  como si estuviera interrogándolo con los ojos.

 

—-Hoy estás más bizco que nunca —le dijo Gardel, alargando la sonrisa.

 

—Oíste, Gardel, vos sabés que no me meto en nada ni con nadie: por eso he sobrevivido. Pero me parece que tenés miedo, mucho miedo.

 

La frase le cayó como un machetazo.

 

—¿Miedo  yo?, de qué, si nunca me  arrugo, papá, cómo así, de dónde putas me va a venir a mí el miedo, si es que eso tan horrible no está hecho para mí, hombre,  vos sí que sos un güevón, bizco de mierda, dame otro guaro y no me fastidiés más, que de pronto me acelero con vos y ya sabés cómo es la movida conmigo.

 

Las palabras le salían en surtidores, los ojos fijos sobre el Bizco, pero, claro, el Bizco parecía mirar a otro lado. Y entonces Gardel recordó a doña Concepción: “Este  será tu último año”. Bebió con avidez, se limpió los labios con el dorso de la mano y tornó a mirar el cuadrito sonriente. “Vaya, si es que somos el mismo”.

 

Fue hasta el Wurlitzer, metió una moneda y seleccionó. La voz del cantor le susurró  una canción, que ya era un lugar común en el café: “Barrio plateado por la luna, rumores  de milonga es toda tu fortuna…”.

 

—Sólo me falta cantar como él —se dijo, no sin vanidad y volvió con aire de suficiencia hasta el mostrador. El Bizco, de espaldas a él, organizaba copas y vasos.

 

—Gardel —dijo el Bizco—, creo que algo malo te va a pasar. Vos sabés que no me meto en nada, pero te veo muy raro hoy. ¿Estás enfermo o qué?

 

—Ve, hombre, Bizco, lo que sea es asunto mío. A mí no me pasa nada y estoy muy aliviado.

 

La voz de la maga resonó  en el cerebro  de Gardel confundiéndose con la que brotaba del traganíquel: “En tus muros con mi acero, yo grabé nombres que quiero…”.

 

Y por qué me habrá de pasar algo, más bien le puede  pasar  a este  bizco que  ya se  está sobrepasando,  no sé por qué tuve  que  ir adonde esa vieja hijueputa, que de maga no tiene nada,  engañadora  y  estafadora, bueno,  por  lo  menos  no  le pagué nada.  “Barrio…  barrio…  que  tenés   el  alma  inquieta de  un  gorrión  sentimental…”. ¡Cuál  último año de mi vida ni qué nada, más bien éste será el último de esa perra tumbabobos…!

 

—¡Otro aguardiente!

 

El Bizco, al servirlo, vio que Gardel estaba temblando.

 

—Oíste, ¿cierto que estás enfermo?

 

—Cuál enfermo, bizco metido,  ya te dije que nada me pasa y no me jodás más, que  esa bizquera te la puedo arreglar  a punta de puñaleta, y entonces  el enfermo vas a ser vos, pedazo de nada.  —Su voz se unió a la del cantor: “…que al rodar por tu empedrao, es un beso prolongao que te da mi corazón”.

 

—Gardel, pero si estás  temblando.  —remató  el Bizco, que casi no alcanza a terminar  la frase porque un puñetazo de Gardel se estrelló contra su cara. El Bizco rodó detrás del mostrador, con un estropicio de botellas.

 

—Bizco, hijo de mala madre, que te dije que yo no estoy temblando, ni me pasa nada, que vos te la buscaste, hijo de la gran puta.

 

Gardel caminó como si nada hacia la pianola, introdujo una moneda, oprimió las teclas, se fascinó (o tal vez se encandiló) con las fosforescencias del Wurlitzer, miró cómo se movía un disco, cómo hacía contacto con la aguja, sintió un estremecimiento y de pronto oyó en confusiones la detonación del inesperado disparo y muy adentro aquella voz ineludible: “Este será tú último año”.

 

 

(Del libro El último día de Gardel y otras muertes, editorial UPB, 2010)

 

La Payanca

Por Reinaldo Spitaletta

Entró al café, los colores fosforescentes del Wurlitzer iluminaron su cara de fantasma, miró una silla libre y tras sentarse pidió una cerveza. El del mostrador lo observó como si estuviera viendo un muerto y sintió escalofríos, la muchacha de delantal blanco y escote, le llevó la botella y el vaso, y él, con una voz que la petrificó, le dijo: “Soy Carlos Gardel, por favor, poneme el tango Volver”. Los rayos del traganíquel brillaron en los dientes del recién entrado y la muchacha pensó: “Sí, su sonrisa es la misma de Gardel” y al decirlo sus ojos se detuvieron en una pared de la que colgaba un retrato del cantor. Se sacó una moneda de doscientos pesos del bolsillo de su delantal y la echó por la ranura, pisó dos teclas y el tango se regó por el lugar que olía a orines y sudor. Eran las seis de la tarde, y varios parroquianos conversaban en las mesas.

—¿Cómo se llama este bar?—, le preguntó el hombre a la salonera.
—La Payanca—, contestó ella y luego volteó la cabeza hacia el del mostrador, que seguía con una cara de desconcierto. Gardel decía: “Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…”.
—¿Ah, pero no vio el letrero?
— No, pero tiene como nombre el apodo de una mujer que yo conocí en un quilombo.
—¿Quilombo?
—Sí, un prostíbulo. Y decime, nena: —¿te gusta Gardel?
—Sí, para el gasto, —dijo ella, con una sonrisa pícara, —a mi papá le agradaba mucho, pero a mí casi no me gusta tener recuerdos.
—Bueno, sabés que yo soy Gardel, ¿cierto?—, dio un sorbo a la cerveza y de pronto descubrió la efigie del cantor. —Huy, qué pinta tengo ahí— y sintió el fraseo, la voz honda: “errante en la sombra te busca y te nombra…” y tomó otro trago.
—Tomo y obligo fue lo último que yo canté, —dijo con un sollozo.
—Permiso, señor, voy a atender otra mesa.

El del mostrador parecía no entender nada de lo que estaba pasando. Veía, en efecto, a un tipo fantasmal, que si hubiera tenido puesto el chambergo hubiera sido el mismo cantor. “Nada raro es que haya vuelto después de quemarse en Medellín”, pensó y se rió para adentro de su ocurrencia. “Qué güeva soy: Gardel no hay sino uno y hace tanto que se murió”. Afuera, la ciudad tenía los afanes del atardecer, algunos que pasaban miraban de rapidez hacia el bar y quedaban como aturdidos al toparse con el tipo que, de cara a la puerta, tenía rasgos gardelianos. El cantor había terminado su tango de acetato.

—Por favor, échele otra moneda al mismo número—, pidió el de la fisonomía de arrabal amargo, que ya no sonreía. Las luces de neón de la pianola permitieron que la muchacha descubriera algunas “patadegallinas” alrededor de los ojos del hombre que en rigor sí era como el doble del cantante. “A mi papá sí que le gustaban los tangos de Gardel, pero a mí no me desvelan”, pensó y siguió mirando las arrugas del cliente. El del mostrador ya buscaba la salida para ir hasta donde el tipo del rostro mortuorio. Alguien pedía un tinto y el fragor de los motores y de los transeúntes se oía afuera. El bar también olía a aguardiente. “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a encontrarse con mi vida…”. Se oyó a alguien que hacía un desafinado dúo al Inmortal. El de la apariencia gardeliana agachó la cabeza, se dobló y descansó sobre la mesa. La botella cayó al piso.

De pronto, la cabeza volvió a subir con fuerza, porque el del mostrador ya la levantaba y con ojos de fiera o tal vez de criminal, algo así dijo la muchacha después, miraba la cara del sorprendido cliente, que acaba de ver casi junto a su nariz el revólver con que le apuntaban.

—Usted no puede ser Gardel. Él es único, ¿entiende? ¡Entiende! ¡No tiene dobles!

De afuera no se escuchó el disparo.

 

“Échele cinco al piano”: Aquella pianola de mi barrio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era como si la orquesta, bueno, o tal vez el cantante con un leve acompañamiento de guitarras, estuviera en el bar, en medio de luces de neón, fosforescencias ebrias. Siempre creí ver algo más que un montaje mágico en aquellas cajas musicales que, antes, instalaban en casi todos los cafetines para que las tardes y las noches tuvieran más vestuario de bohemia, más anís en el ambiente, un poco más de seducción en las sillas: como la que emanaban aquellas meseras que dejaban entrever sus pectorales de encanto, apenas insinuado, y forjaban carrizos de infarto, según se oyó decir muchas veces, sentadas en un rincón, expectantes a las solicitudes de la clientela. Pero el máximo deslumbramiento radicaba en los pianos (llamados así en Antioquia,  tal vez como una metáfora de teclas), luminosos, como un arco iris de barrio.

 

Esos artefactos tragamonedas, de sensuales formas (quizá todo traganíquel es mujer), estuvieron -están todavía- ligados a lo urbano, a la obrería, a la pasión de la calle. No estaba dentro de las posibilidades concebir un café de esquina despojado de aquella maravillosa máquina de discos, cantadora, de rectangulitos que nombraban al intérprete y al compositor y el ritmo. Uno, de tanto hundir el teclado, memorizaba el G-5, el A-3, el D-1, y podía cerrar los ojos al oprimirlas, como lo puede hacer, con certidumbre, un pianista experto.

 

Siempre era posible hallar en sus selecciones (había de cincuenta, de cien, de doscientas) una canción para cada estado de ánimo (como en el tango). Ahí, iluminado, podía surgir como el genio de una lámpara el canto para el triste, o para quien tenía la alegría en la piel y en la mesa. O para los ausentes, que todo era factible en esas como vitrinas sonoras, hermosas, seductoras cajas de sorpresas musicales.

 

Los traganíqueles nacieron con el siglo XX, el mismo del cambalache, y de alguna manera fueron competencia para las orquestas, sobre todo en ciudades cosmopolitas como París, Berlín o Nueva York. Pero, simultáneamente, era como un modo especial de poder tener, con sonido ancho y venturoso, a cualquier grupo musical o cantante metido en aquellas cajas armónicas (las juke-boxes de los gringos o las velloneras de los puertorriqueños). Se sabe que en 1890 fue puesta en operación la primera de aquéllas en un bar de San Francisco. Uno de los pioneros, fabricante de tales aparatos, fue Noel Seeburg, creador en 1907 de la Seeburg Piano Company que, en rigor, se convirtió en la mayor rival de otra compañía, la del legendario Rudolph Wurlitzer, inmigrante alemán residente en Estados Unidos.

 

Wurlitzer se había instalado en Cincinatti, donde montó un almacén de instrumentos musicales. Después, junto a su hermano Anton, crearía la célebre casa de pianolas The Rudolph Wurlitzer Company, productora, además, de atractivos aparatitos para música de carruseles y de órganos para acompañar las películas de cine mudo. Hacia 1935 producía semanalmente trescientos traganíqueles; al año siguiente aumentó a novecientos (también cada siete días). En 1946, la Wurlitzer fabricaba cincuenta y seis mil “pianos” al año. Era la locura mundial, que la guerra no había matado.

 

En 1993, murió en Estados Unidos, a los noventa y seis años de edad, otro pionero de la industria de “juke-boxes”: David C. Rockola (de donde deriva e nombre de rocola, tan popular en otras regiones de Colombia para designar a nuestro piano de esquina). Rockola, que en 1934 introdujo al mercado una caja que contenía 12 canciones para seleccionar, llegó a ser el mayor productor del orbe después de 1974, cuando la legendaria factoría Wurlitzer cesó sus actividades.

 

Hoy, con los tremendos y acelerados avances de la tecnología, se producen traganíqueles hasta de quinientos discos, con sistema laser, con otros sistemas, de sublime sonido según dicen los que han escuchado esas máquinas; pero sin duda –bueno, eso dice uno- aquellos viejos pianos de barriada y del centro de la ciudad no mueren en la memoria de los que alguna vez, muchas veces, metieron moneditas en su alcancía para hacer brotar la melodía de su alma, para evocar un amor perdido, para brindar por el nacimiento de un nuevo querer. Era todo un ritual: acercarse al piano, mirar el catálogo diverso, dejarse iluminar la cara por aquellas luces multicolores, darse un aire de importancia y, luego, depositar una moneda, muchas monedas tintineantes, que te daban la posibilidad de ser, por unos momentos, una especie de director de orquesta. O de obrador de milagros.

 

El ritual (algo hace recordar al concertista de piano) es cada vez menor, o casi está desaparecido, porque los traganíqueles (o gramófonos de monedas) están en extinción o se volvieron material de coleccionistas, pero, con todo, uno jamás podrá olvidar aquellos Seeburg o Wurlitzer que con sus fosforescencias musicales iluminaron -como lunas de cafetín- las noches del barrio que en muchos casos hacían brotar en sus bares un largo lagrimón. Aquello de “échele cinco al piano”, ya no va más.

Guayaquil o la algarabía del Ánima Sola

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Preliminares para una breve nostalgia

 

Las primeras imágenes que tengo de Guayaquil están relacionadas con camiones de escalera, con la luminosidad de las pianolas Wurtlitzer y Seeburg, con unas señoras gordas que esperaban en las escaleras de las pensiones y con un pandemónium desconcertante en la que yo veía mucha gente grande y casi a ningún niño y me asfixiaba en medio de la algarabía y la confusión. Había avisos de cacharrerías, de agencias de abarrotes, de almacenes de discos, de ventas de guitarras, de bazares y cantinas; y las casas de La Alhambra, esa calle inevitable con evocación morisca, parecían residencias de fantasmas y de desterrados.

 

A veces me veo cogido de la mano de mamá, que era una señora gorda y rubia, que no esperaba en las escaleras, sino que iba rápido, casi arrastrándome para que yo no me detuviera a mirar a las damas de labios muy pintados y escotes amplios que entonces a mí me parecían más una carencia en la tela o un defecto de confección que una atracción fatal.

Recuerdo el Almacén Sin Nombre –que así se llamaba- y después la fantasía que era entrar a la Plaza de Mercado de Cisneros. Las galerías tenían ellas sí nombres y había un mundo de cosas, olores a legumbres y carnes, a tomates y coles, a maíz trillado y a mil productos más. Mamá, que tenía la extraña capacidad de narrar historias, me decía a veces que sobre esos techos hacía muchos años un tipo que viajaba en globo se había desplomado sobre ellos y causado el pánico en la plaza y sus alrededores. Se trataba, claro, del célebre Salvita.

 

Guayaquil tenía todas las atracciones para un chico, porque por ejemplo, en Pichincha, en el almacén Caravana (fundado por Víctor Orrego), estuvo la primera escalera eléctrica de la ciudad y entonces había que estar ahí, subiendo y bajando. O había que entrar a las cacharrerías, en las que había juguetes y botones, telas y muñecas, hilos y pedrerías. O embelesarse en el almacén La Cita lleno de guitarras, donde a veces entraba mi abuelo a comprar los encordados para sus instrumentos.

 

Guayaquil era la reunión del universo todo en unas pocas cuadras. Era la posibilidad de tener todos los paisajes, todos los gritos, las voces, las músicas y la gente de todas partes. Era sentir en directo el pito largo del tren y las bocinas alegres de los camiones (buses) de escalera… Otra imagen que tengo de aquellos tiempos de infancia tiene que ver con el partido entre las selecciones de Colombia y la Unión Soviética, en el Mundial de Chile. Como siempre, mamá estaba comprando verduras y yerbajos en la plaza, y en las radios de algunos puestos se escuchaba la narración serena de Jaime Tobón de la Roche. Había hombres con caras tristes que luego iban cambiando en la medida en que Colombia anotaba goles y de pronto toda la plaza estalló en una especie de cataclismo. Mamá, sin embargo, seguía mirando mercancías y curioseando entre bultos de bastimentos. ¡Colombia acaba de empatar el partido! ¡Cuatro a cuatro! Había –digo- una especie de ensoñación colectiva, pero mamá estaba al margen de aquello. Recuerdo, sí, que alguien dijo que los porteros de ambos equipos eran animales: se trataba de la Araña Negra, Yashin, el ruso, y del Caimán Sánchez, el colombiano. Creo que me empezó en aquella plaza gigantesca, en la que cabían muy cómodas sesenta mil personas, el gusto por ser portero. Después abandoné aquella posición cuando comprobé que era más emocionante hacer goles que evitarlos.

 

En ese Guayaquil de esos días una vez a mi abuelo materno, un campesino de Rionegro, le sacaron la billetera que guardaba en el bolsillo de atrás, le extrajeron el dinero y le volvieron a echar la cartera, ya vacía. Fue entonces cuando supe de los famosos “cosquilleros” o carteristas, los tipos de las manos brujas, los dos dedos que algún tango cantaba. El pobre hombre no sé cómo consiguió los pasajes para irse hasta Bello, hasta mi casa, en el barrio Manchester, donde mamá le escuchó la historia de la cartera no sin carcajearse pero a su vez conmoverse con la ingenuidad de su padre.

 

Más adelante volveré con otras evocaciones, como las de cafetines de tango y otros dedicados a la música bailable, como el Jai Alai, en un sótano de Maturín, o para hablar de un barrio que durante muchos años fue el único de la ciudad que tuvo vida nocturna y los borrachitos trasnochados veían salir el sol por entre mostradores y mesas de bar. Guayaquil en cualquier caso es mito y es historia, es la radiografía de las características del antioqueño, nos representa con nuestras almas de prenderos, de cacharreros, de comerciantes, de gentes pujantes con habilidades infinitas para el negocio, o para la estafa, o para buscar riqueza con base en el trabajo o en el hurto, que en Guayaquil todo estaba permitido. Era un lugar de vértigo, un sector de turbulencias, especial para los amores de emergencia, para conseguir desde una aguja hasta un inodoro importado o para sentir que se estaba en un mundo distinto al del resto de la ciudad.

 

 2. De putas, cantantes y algún disparo

 

Quisiera ahora hacer un corto recorrido histórico para ubicar a Guayaquil y relacionarlo con lo que fue la ciudad a finales del siglo XIX y parte del siglo XX. Precisamente, en el ocaso del Diecinueve la parroquial villa de Medellín iluminaba sus noches no solo con la luz temblorosa de las estrellas, sino con los muy novedosos brillos de las bombillas eléctricas, cuando todavía en ciudades de Europa se alumbraban con lamparitas de petróleo y aceite. La bucólica aldeíta iniciaba su despacioso despertar de chimeneas fabriles mientras –muy febriles- los comerciantes y los prestamistas y los usureros, todos de misa de seis de la mañana y muy cumplidos en el pago de diezmos se repartían alrededor del parque de Berrío. Todos entonces demostraban su innato talento para conseguir plata y practicar novenarios. Tenían habilidad para montar cacharrerías y para rezar en público. De ese modo, agitándose de a poquitos, iba creciendo el arcadiano villorrio, con sus chismes de atrio y su olor a almacén.

 

El siglo XX trajo las industrias que transformaron el paisaje económico no solo de Medellín sino de sus alrededores. Y aparecieron los obreros. Los pitos de las nacientes factorías llamaban con sus cantos de sirena a los moradores del campo, que así se urbanizaban. Y advinieron los trenes y los tranvías y los primeros carros, y todo ese estropicio del progreso acabó con el silencio de convento de la Villa. Que en todo caso seguía siendo una aldea más bien apacible. Con decir que en 1914 se cometieron seis homicidios. Bueno, digamos que esos son los costos que tiene el progreso.

El caso es que los aires monásticos se fueron transformando y aumentaron las tiendas de abarrotes y los bancos, también las iglesias, y ya había poetas que no solo armaban vocinglería en el café El Globo sino que escribían buenos versos. Los Panidas estremecían con su canto este aldea de “gente necia y local y chata y roma” en trance de urbe, y cuyo modelo económico excluía, como era obvio, el arte y la literatura, quizá por considerarlos rubros muy improductivos y porque en aquellos días no se podían vender novelas en las cacharrerías. Claro que después, sí. Algunos se acordarán que en la cacharrería La Campana (en Amador con La Alhambra) vendían poesía en unos folletos denominados El Parnaso.

 

Detrás del humo de las locomotoras arribaron más negociantes y curas; trabajadores y putas, malandros y embaucadores. La romántica década de los años veinte -también llena de alcohol y lujuria- trajo cafetines y tertuliaderos. Y llegaron máquinas y libros y pianos y circos y compañías teatrales y modas de muy lejos. Para entonces ya se notaba con mucho ímpetu ese fenómeno surgido en los albores del siglo XX en Medellín, cuando los pelados pasaban con prodigiosa precocidad y sin muchos traumatismos, del biberón a la copa de aguardiente; de las canicas y los trompos al indescifrable azar de las barajas; de la escuela a la casa de citas, y por supuesto de las caricias y los mimos de mamá a las más emocionantes sobaditas de las rameras.

 

Y así, entre ambientes bursátiles y de plaza de mercado, ese pueblo pacato y cristero también dedicaba parte del reloj a la bohemia y la poesía, al baile y los asuntos secretos de la piel. Para 1920 había en Medellín seis fábricas de tejidos, cinco de cigarros y cigarrillos, tres de fósforos, quince tejares, once trilladoras de café, ocho fábricas de velas y jabones, dos cervecerías y seis fábricas de chocolates. Y al mismo tiempo la ciudad derivó de las camándulas y los telares hacia los tertuliaderos de esquina, a los bares de Guayaquil, a los clubes de sociedad. Y entre ventorrillos de revuelto y prenderías la ciudad fue cambiando su cara de monja, aunque Medellín era entonces y es todavía una ciudad de doble sentido: pagana y religiosa a la vez. En aquellos días más de un feligrés llegó a comulgar con un atroz tufo de aguardiente.

 

También quisiera referirme muy rápido a otro asunto. La República Liberal que advino en los años treinta marcó asimismo ciertos comportamientos ciudadanos, se rompió un poco la represión religiosa y se le dio rienda suelta a los placeres mundanos. En el puerto seco de Guayaquil se daba la economía formal mezclada con las rutinas de los vividores y los tahúres. Y como lo definiera un cronista, este turbulento y llamativo sector llegó a convertirse en una ciudad dentro de otra.

 

En esta parte de la ciudad, donde en otros días se movieron más negocios y cuentas que en Wall Street, había tantos cafés y pensiones como puticas llegadas casi siempre del campo, muchas de ellas se metían a ejercer el oficio apenas recién bajadas del tren. El paisaje de Guayaquil estaba pintado de lunfardos, estafadores (aquí nació el paquete chileno), negociantes, buhoneros, carretilleros, prestamistas, guapos, cuchilleros como el que después crearía Manuel Mejía Vallejo en su novela Aire de tango; en esa conjunción de asombros y despelotes había vendedores de arepas y natillas, morcilleras, transportadores, importadores, abarroteros, barberos, es decir, Guayaquil era el centro de todos los oficios. Era mucho más que sus bares con traganíquel y sus mujeres tristes que esperaban de pie junto a las escaleras de las pensiones.

 

Guayaquil era una “ciudad” cosmopolita en la que recalaron gentes de todos los confines de Antioquia y Colombia. Era un mundo de alucinación, de voces numerosas, en medio de una plaza de mercado y una estación de trenes. Por sus calles y laberintos era posible hallar a Tartarín Moreira fungiendo de detective o al Ánima Sola, inventada por un cacharrero de la ciudad. Con su olor a fritangas y a dinero sudado, era, hasta fines de la década del setenta, el alma de Medellín, un centro de bohemias y negocios, convocador de obreros y campesinos recién “desmusgados” y olorosos a tierra de capote. A todos los sedujo Guayaco con su música y con sus ritmos. En la muy bulliciosa calle de los Tambores los aires del Caribe y de México soplaron con ardorosa fuerza. Se oían la Sonora Matancera, Charlie Figueroa, Los Panchos, Toña La Negra, Celia Cruz, Leo Marini, Pedro Infante, Agustín Lara, Juan Arvizu y Daniel Santos.

 

De sus pianolas emanaban rancheras, boleros y guarachas, al tiempo que en otros bares del sector se escuchaban bambucos, pasillos ecuatorianos y por supuesto tangos. Guayaquil era una auténtica babel musical. La canción de Buenos Aires se tornó muy popular por estos lados, hasta el punto de que en ciertos cafés se alumbraba con velitas la sonrisa eterna de Gardel tal como si se tratara del Corazón de Jesús.

 

Los bohemios de entonces -bueno, tal vez ya muchos estén “chupando anturio”- recuerdan con particular cariño y con nostalgia cafetines como el Armenonville, el Patio de Tango, el Pigal, el Martini, la Payanca, la Gayola, el Perro Negro y muchos otros.

 

Quisiera tributarle un breve homenaje a un señor que fue un personaje popular de la ciudad, el Gordo Aníbal. Él tenía su Patio de Tango en Junín con Amador (ustedes saben que después y por muchos años lo tuvo en el Barrio Antioquia). Bueno, una noche estaba actuando allí un cantor llamado Guillermo del Coral, que era además un imitador de Gardel. En el momento en que interpretaba Volver, un concurrente ebrio y muy emocionado gritó: “¡Ya no necesitamos más a Gardel. Con vos, pibe, tenemos!”. Y entonces desenfundó un revólver y cuando toda la espantada asistencia creía que le iba a disparar al cantante, el hombre baleó un enorme cuadro del Zorzal Criollo. Un tiro atravesó el corazón de papel del artista que de esa manera misteriosa volvía a morir, sí, moría por segunda vez en Medellín. El Gordo Aníbal conservó el cuadro durante muchos años en su Patio del Tango.

 

Guayaquil, la del mito y la de la historia, continúa en el imaginario colectivo, en la memoria de una ciudad de la cual cada uno, cada ciudadano, tiene una visión propia. Guayaquil sigue siendo, digamos para mí, aquel universo múltiple, el cielo y la tierra juntos, en el cual una señora gorda y rubia hace muchos años me llevaba de la mano tal vez para que no me perdiera en aquel laberinto de cacharreros, malandrines, putas y poetas. O para que no subiera las escaleras de las pensiones en búsqueda de aventuras. O de la “carne en polvo” que llamó algún poeta guayaquilero.