Elogio de los tenis o el ejercicio de la comodidad

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Por Reinaldo Spitaletta

Las primeras que tuve eran blancas, unas zapatillas de lona, suela más bien delgada, marca Croydon, y si no estoy mal, mamá las había comprado en un almacén cerca del parque, y cuando me las entregó creí que el mundo estaba patas arriba. Eran unas zapatillas (ya para entonces, principios de los sesenta, les decíamos tenis) que hacían parte del uniforme escolar, solo usado para eventos especiales, como desfiles de fiestas patrias y misas en la iglesia del Rosario. Yo las utilizaba todos los días, por lo que, además de ensuciarse muy rápido por las destapadas y polvorientas calles de Bello, al mes ya estaban de botar.

Tener tenis era símbolo de distinción. Uno creía que con ellos se caminaba mejor, se corría a más velocidad y se ejercía dominio sobre calles y aceras. Además de la marca referenciada, había otras, como Midas, con tenis algunos a modo de botín, todos de tela, casi siempre blancos, negros y azul claro, aunque luego aparecieron rojos y cafés. Tenían en la suela de goma o caucho unas rayas, y algunos, dos o tres orificios como respiradero de los pies. Eran compañía imprescindible en clase, pero, sobre todo, en los partidos de fútbol y en las caminadas a charcos y otras aventuras de muchachos.

Nunca me gustaron, y además jamás tuve, los denominados zapatos colegiales, que me parecían muy formales, sin gracia, sin la posibilidad de gastarlos jugando a la pelota, corriendo en la lleca, metiéndolos a los pantanos de los días lluviosos. Eran, más bien, para muchachos muy seguidores de la norma, sin las posibilidades de ser parte del afuera, me daba la impresión. No había como los tenis, que servían para todo, menos, tal vez, para hacer la primera comunión, que requería traje especial con calzado elegante, imitador del de los adultos.

Por aquellos días, los tenis eran sinónimo de niñez y juventud, aunque algunos adultos los llevaban, pero sin ser lo usual. Los mayores se vestían de traje entero, zapatos de cuero y casi ninguno, a no ser en canchas y escenarios de deportes, calzaba zapatillas tenis. Entonces no había muchos modelos, ni los tenis traían cámaras de aire, lucecitas y otras sofisticaciones. Eran simples y prácticos, sin que con ellos se establecieran diferencias sociales. Estaban hechos para la placidez y el relajo.

No sé cuándo aparecieron para la limpieza del tenis blanco, sustancias pintorescas, como el Griffin All White, que se utilizaba para poner capas sobre ellos, sin necesidad de lavarlos. A veces, por resultar más barato, en vez del producto mencionado, se les abigarraba con blanco de zinc. Ningún muchacho de entonces usaba las zapatillas deportivas completamente limpias. La impecabilidad no estaba hecha para los tenis, que mientras más sucios, daban más carácter. Una vez, después de un partido en una manga empantanada, llegué con mis tenis blancos que más parecían negros de la mugre. Tomé una afeitadora del tío Benjamín, que por aquel tiempo se hospedaba en casa, y los “afeité”.

No lavé la rasuradora sino que la dejé empantanada en su lugar. Cuando él la iba a usar, descubrió la patraña, mejor dicho, la cochinada, y de inmediato le pidió permiso a mamá para darme mi merecido, según sus palabras. Se dio cuenta por mi cara de burla. Se zafó el cinturón, pero entonces yo ya estaba lejos, dimos varias vueltas por la casa, él detrás de mí, y al fin de cuentas, logré abrir la puerta de la calle y escapar. Después, el tío, más calmado, olvidó el incidente.

Los tenis tienen una larga historia. Comenzaron a fabricarse, tras el descubrimiento de la vulcanización, por parte de Charles Goodyear, y también por el deporte del tenis, creado a finales del siglo XVIII. Caucho y tela fueron las materias primas de las zapatillas que, en el siglo XX, revolucionaron el calzado deportivo. Los ingleses ya habían experimentado con la fabricación de zapatillas para la práctica del croquet, en Liverpool, en 1876. Pero fueron los norteamericanos los que le dieron categoría masiva. En 1916, se crearon los Keds, y luego los Converse, para el ejercicio del basquetbol.

La década del cincuenta se erigió como la del dominio mundial de los tenis, sobre todo como símbolo de juventud y rebeldía. Y para los sesenta, tiempo de revoluciones musicales, artísticas, políticas y sociales, el tenis estuvo ligado a las protestas juveniles, los bailes y los conciertos masivos. Roqueros y jipis los calzaron como parte de una indumentaria funcional y contestataria. Sin embargo, en ciudades como Medellín, muchachos de barriada, cuyos gustos musicales estaban más en las Antillas y en los tangos rioplatenses, y que se denominaron “camajanes”, no utilizaron los tenis. Sus zapatos, fabricados por expertos zapateros de barrio, eran los golondrinos: blanco y negro, de cuero y tacón. Con ellos tiraban paso en cantinas y en bailes domésticos.

Los roqueros de entonces, como decir Los Beatles, los Rolling, Pink Floyd, Elvis Presley, y otras estrellas, utilizaron tenis como parte de su calzado cotidiano y aun en las presentaciones. Después, con novedades en sus diseños y materiales, y fabricados por transnacionales, que además explotan con maquilas y otros mecanismos capitalistas de producción mano de obra en todo el mundo, los tenis se erigieron como un zapato para todos los momentos y ocasiones, no solo para la práctica deportiva. Todas las edades son sus usuarias. Hombres y mujeres encontraron una manera de ser, descomplicada y cómoda, que si bien puede no estar clasificada entre los rígidos cánones de la elegancia y el chic, sí es parte de una actitud despreocupada frente a los esquemas de lo formal.

Los tenis, sobre todo los más prácticos, deben dar la sensación de uno estar descalzo. En general, deben ser livianos, sin pretensiones astronáuticas ni muy ornamentados, sin apariencias de gigantismo o de aparatosidad. Están hechos para una existencia en la que la vanidad debe estar metida en el tinaco de la basura. Aquellos tenis de la infancia, que a veces nos hacían creer que estábamos calzando las botas siete leguas que Pulgarcito le despojó al ogro, olían a tierra y a juegos de calle. Y servían para marcar goles y correr hasta el lugar donde nacían los arcoíris.

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