Dos viejos en la oscuridad

(Crónica con guitarrista y violinista ciegos para recordar a Picasso y un tango)

 

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                                                                                       “Que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”
                                                                                             Naranjo en flor

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser uno de los miedos más inveterados en el hombre: quedarse ciego. Los antiguos humanos es probable que temieran a la oscuridad (“La oscuridad que ven los ciegos”, según Shakespeare), una aprehensión que se desvaneció en la modernidad, en parte gracias a la luz eléctrica, como pudo pasar, por ejemplo, con el fantasma de sir Simon Canterville, de más de trescientos años, que no resistió la atrevida burla de dos muchachitos gringos que le hicieron “bullying” hasta aburrir al desasosegado espectro inglés.

 

La ceguera, tan literaria y homérica, es una limitación que en una obra como la de H.G. Wells, El país de los ciegos, es toda una cualidad, una facultad natural en un ámbito en el que el inválido sería el vidente, al que los ojos no le sirven para nada, porque ven. Estos preliminares tenebrosos me llevan a un tango y a una obra de Picasso. Podría conducirnos, por qué no, hacia narraciones de Saramago, o a poemas de John Milton. O a uno de Borges.

 

El caso es que Viejo ciego, con música de Sebastián Piana, Cátulo Castillo y letra de Homero Manzi, más que todo en la versión de Roberto Goyeneche, aparte de sus virtudes poético-musicales, es una obra maestra de la interpretación, en tiempos en que el Polaco ya había perdido buena parte de su poder vocal. “Con un lazarillo llegás por las noches / trayendo las quejas del viejo violín, / y en medio del humo parece un fantoche / tu rara silueta de flaco rocín”.

 

Como muchos otros, claro, es un tango con tristuras, con elementos de drama y que puede acercar al oyente al llanto. Es una pintura con pocas pinceladas, que son suficientes para crear un ambiente, un personaje, una situación en la que se puede ir del esplín a la pena. “Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego, / al ir destrenzando tu eterna canción, / ponés en las almas recuerdos añejos / y un poco de pena mezclás al alcohol”.

 

Es posible ver al viejo ciego, su violín, sus tangos quejumbrosos e imaginar a los “bardos jubilados” que, cuando el músico sin luz deje “sus huesos debajo de un portal”, con una ‘canzonetta’ le harán el funeral. Qué acopio de melancolías. Imágenes con crespones de nocturnidad. Una invitación a la congoja, dulce y atroz a la vez. “A ver, viejo ciego, tocá un tango lerdo, muy lerdo y muy triste que quiero llorar”.

 

Y a todas estas, ¿dónde está Picasso? Tal vez, en la penumbra, escuchando ese tango argentino, o recordando una pintura de 1903, un óleo sobre lienzo que, (como la Lujanera de Borges: “verla, no daba sueño”) es un golpe visual al alma. Deja noqueado al observador. Se llama El viejo guitarrista ciego, uno de los cuadros más representativos del denominado Periodo Azul del maestro malagueño.

 

Picasso (y es probable que le ocurra a cualquier pintor) tenía un miedo enorme a perder la vista. Su padre, José Ruiz y Blasco, también pintor, se fue quedando sin visión. La etapa azul del artista que revolucionó la pintura del siglo XX se enfocó en cuadros sobre la bohemia, la calle, los mendigos, las prostitutas, la miseria humana. El viejo guitarrista, como el viejo violinista ciego del tango, tiene una presencia lánguida y sufriente. Es una figura que transmite dolores y desencantos.

 

Así, sentado, con sus piernas cruzadas, la guitarra parada, la cabeza inclinada a la derecha, en un ángulo cuasi acrobático de noventa grados, es el emblema de una desdicha sin nombre, de una miseria que duele. Y, aparte de todo, ciego y viejo, que ya es el súmmum de una tragedia, de la expresión máxima de la desventura. Sí, también es como “un flaco rocín”. Desvencijado.

 

¿A qué suena la guitarra de este viejo ciego? ¿Cuáles son los sonidos de su deplorable situación? ¿A quién le cantará con su voz débil, de hambre, de carencias? ¿Quién quiere escuchar la guitarra de este hombre desalado y sin fortuna? Pues me gustaría oírlo. Y pedirle que sus arpegios asciendan al cielo y convoquen pájaros para el recital. Tal vez su voz, gangosa, sin educación, sea una puerta que abra la imaginación a los que pasan junto a él, sobre la acera, en una ciudad innombrada.

 

Sí se le observa con cuidado, el viejo ciego parece tocar para él mismo. Su guitarra es la compañera, la musa, el hada madrina de la pobreza. Amante y razón de vivir. El viejo y su instrumento son una sola entidad. No podría existir el uno sin la otra. Sangra ella, sangra él. Canta ella, canta él. Un binomio de la soledad y la amargura.

 

Qué tal, por ejemplo, que los dos viejos ciegos, el del violín y el de la guitarra, se toparan. Se juntaran. El infortunio de no ver se podría disminuir con la solidaridad instrumental. El uno como lazarillo del otro, unidos en la música de la oscuridad, en una tiniebla sonora que todos los ciegos querrán ver y todo el mundo querrá escuchar. ¿Un ciego puede guiar a otro al abismo? Puede que en este caso no.

 

Ambos parroquianos, tan viejos y tan ciegos, se podrían ir cantando por las calles del adiós, como una manera de dar un poco de luz a las almas simples, que, de ese modo, podrán tener una dosis de emoción. ¿Quién querrá llorar con la música triste de estos dos viejos ciegos?

 

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Guitarrista ciego, Pablo Picasso.

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1 comentario

  1. Liliam Eugenia

     /  mayo 28, 2017

    Lo acabo de leer en la Pluma con los vídeos de los tangos. Es Precioso. Spitaletta es un gran escritor. BRAVO.

    *Liliam Eugenia Gómez Álvarez, * *PhD.*

    *Eco-Etología, Ingeniera Agrónoma* *Presidente Consejo seccional de plaguicidas de Antioquia*

    *Teléfono móvil: 312 853 18 84, Medellín.*

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