Rubén, el filósofo de la barbera

Nota: El pasado 26 de enero de 2018, murió el barbero y amigo Rubén Orozco, a los 83 años. Famoso durante mucho tiempo en Ayacucho, por su conversación amena y sus apreciaciones sobre filosofía y esoterismo, Lindbergh, como también se le conoció, se volvió un personaje del barrio Buenos Aires de Medellín. Reproduzco una breve nota que le hice en febrero de 1989. Honor a su memoria.

Rubén Orozco H.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hombre se paró en el altar y comenzó a emitir improperios contra los sacerdotes. “¡Ustedes son unos fariseos, unos explotadores!”, le gritaba el desaforado feligrés al cura que oficiaba la misa, en medio del desconcierto y sorpresa del rebaño de fieles. La policía apareció minutos después y se llevó al presunto “loco”.

 

Un médico diagnosticó “locura mística” y ordenó que el hombre fuera internado en el manicomio, durante tres meses. A los tres días, salió del hospital mental, tras “encarretar” con mentiras al doctor. Rubén Orozco, protagonista de esta aventura psíquica, es un veterano barbero de 53 años, lector de filosofía y literatura, conversador incansable, melómano, sin partido político ni religión, “aunque soy profundamente religioso”.

 

Desde los 13 años de edad, el pereirano Orozco se dedica al arte de las barberas y las tijeras. En el barrio Buenos Aires de Medellín tiene su fuente de trabajo, llamada durante muchos años Barbería Lindbergh, en honor a la memoria del famoso aviador norteamericano. “Tuve que quitarle ese nombre, porque todo el mundo me decía Lindbergh. Estaba perdiendo el mío. Entonces la bauticé Rubén”, dice el hombre de cara redonda, gafas y cabello ondulado, salpicado de canas.

 

Rubén es el típico caso del barbero culto, amador de músicas y de hojas de libros, que aprendió en ese oficio a “ser tolerante con el ignorante, saber intercambiar mentiras con el hipócrita y ser auténtico con el filósofo”, según sus palabras. En la barbería, además de los instrumentos propios de su trabajo, tiene un cuadrito original de Eladio Pizarro que muestra a don Quijote motilando a Sancho, y reproducciones de acuarelas de Emiro Botero.

 

Autodidacta, Rubén es devoto lector de Jaspers, Kierkegaard, Heidegger, Sartre y Fernando González. “También me gustan Vargas Vila, Gonzalo Arango y Rafael Pombo”, declara con una voz de profundas sonoridades. “Hubo una época en que leí mucho existencialismo y a autores orientales de esoterismo”.

 

Para Rubén Orozco el barbero clásico es aquel que hace el corte de acuerdo con la forma de la cabeza y cara del cliente. En su barbería, junto a un espejo, un avisito anuncia que “se hace el auténtico corte Tyson y Barakus”. Y para tener éxito con la gente hay que llevarle la corriente. “Me toca pasar por liberal, conservador, comunista, hincha del DIM…”, dice.

 

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En el fondo de su barbería (que queda en su casa), en Ayacucho entre Alemania y Suiza, tiene un sitio especial para tertulias y audiciones. Allá van sus amigos músicos, como Pedro Nel Arango, Delio Hoyos, Ruth Marulanda, José Jota Jaramillo, Rafael Ortiz, Ramón Hernández; también filósofos y pintores y trovadores y profesores universitarios. Rubén, admirador de Gardel, tiene 700 grabaciones del Zorzal Criollo y dos canciones inéditas de Pepe Aguirre, grabadas una noche de bohemia en la que, el cantor chileno, visitó la barbería. Ambos eran amigos.

 

Rubén o Lindbergh, que sostiene que “no se miran las cosas, sino el alma de ellas”, conserva con especial agrado una dedicatoria del maestro Emiro Botero: “Para mi estimado amigo Rubén Orozco, quien tiene en su barbería el mejor sitio de reunión para la gente que piensa”.

 

El filósofo de la barbera y las espumas, de las badanas y la piedra de alumbre, cultivador de pepinos gigantes en el solar de su casa, dice que “la creencia conduce a la demencia, cuando se fanatiza”. Él —“siempre he estado cuerdo”— afirma que cuando cayó en ese aparente estado de locura, lo que sucedió, en realidad, fue el encuentro con la verdad. “Todo lo veo innominado e insondable, la verdad va por dentro”.

 

(febrero 27 de 1989, El Colombiano, segunda parte de la serie Barbas y Espumas, sobre barberos de Medellín)

 

NB: En mi libro Oficios y Oficiantes (Editorial UPB) también incluí una crónica titulada El barbero de las locas lecturas, sobre Rubén y su barbería.

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La refinada ironía de El apartamento

(Revisión de una de las mejores películas de la historia, dirigida por Billy Wilder)

 

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                                                                 Fotograma de El apartamento. Jack Lemmon y Shirley MacLaine.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El apartamento, una comedia agridulce, una sátira contra el arribismo, una alegoría acerca de la soledad, es un filme que, con alto puntaje para alcanzar la calificación de perfecto, le dio a su director y coguionista, Billy Wilder, la categoría de maestro del cine. Estrenado en 1960, en plena Guerra Fría, cuando ya entre las dos superpotencias existía una áspera rivalidad en la carrera espacial, por ejemplo, se yergue como una obra de buen gusto, con extraordinarias actuaciones y un trasfondo crítico de una sociedad moralista y enajenada por el trabajo.

 

Ya para entonces en los Estados Unidos había quedado atrás, aunque no desaparecido del todo, el tiempo oscuro del macartismo y en la palestra política internacional ya se había gestado la Revolución cubana, que en la película va a tener su sentido y menciones fugaces, a través de un personaje de bar, una mujer de “vida alegre” que tiene a su marido en La Habana.

 

Y en uno de los países más moraloides, o, en otro sentido, hipócritas frente al sexo, ya en los cincuenta se había realizado una apertura en ese ámbito, en particular con la creación, en 1953, de la revista Playboy, de Hugh Hefner. Y también, para los días anteriores a su filmación, el espacio era atravesado por una nave rusa, el Sputnik II que llevaba a bordo a la perrita Laika. En una escena de El apartamento, la casera, la señora Lieberman, dueña del departamento de soltero que habita el protagonista, C. C. Baxter, un arribista solitario, una especie de perdedor, en un exterior del edificio, va a soltar un cuestionamiento, mediante una puya sobre el mal tiempo, que atribuye a “las porquerías que hacen en Cabo Cañaveral”, entonces plataforma de lanzamientos de las naves espaciales gringas.

 

En El apartamento, película de la que se puede decir que toda su producción es impecable, hay una metáfora de la soledad creada por un sistema que absorbe gran cantidad de mano de obra y mecaniza a los oficinistas. En Nueva York, en un edificio de una empresa de seguros en la que trabajan 31.259 personas, sucede buena parte de la historia escrita por Wilder y I.A.L. Diamond. Y en esa suerte de colmena humana, con una atiborrada presencia de empleados, estarán las dos piezas clave de esta comedia cuestionadora, de diálogos de antología: Baxter (Jack Lemmon y Fran Kubelik, la ascensorista (Shirley MacLaine).

 

Baxter, joven con aspiraciones de ascenso rápido, que habita en un apartamento cerca al Parque Central, y trabaja en el piso 19 de la compañía, se convertirá en una especie de Celestina que les presta las llaves a algunos de sus jefes para que puedan tener aventuras extraconyugales con empleadas y otras chicas conquistadas en lugares de la noche, a fin de obtener simpatías y, más que todo, la posibilidad de subir en la escala laboral. Y sus ojos de tipo bonachón, que encarna a un loser, se posarán en la dulce muchacha del ascensor que, aparte de su bonita cara y su mirada de melancolía, es una iletrada.

 

Pero de ella, la de la figura enamoradora, se “tragará” uno de los máximos jefes de la compañía, el señor Sheldrake, encarnado por Fred McMurray, un sujeto sin entrañas, duro, que después va a abandonar a su mujer para cambiarla por Fran. Y, a su vez, el “perdedor”, el tipo que por prestar su apartamento a veces debe esperar en las afueras del edificio y soportar las calamidades del mal tiempo, también pone sus ojos y sentimientos en la damita que todo el día sube y baja.

 

Con una banda musical encantadora, con una fotografía sin tacha, El apartamento, que hace reír, pero también impacta por sus aspectos dramáticos, es un tejido artístico, con actuaciones de lujo y enjuiciamiento social. Hay un actor secundario de enorme capacidad, el doctor Dreyfus, vecino de Baxter, representado por Jack Kruschen, que parece un chismoso (junto con su señora Mildred), pero que juega un rol clave en los momentos de mayor tensión de la obra.

 

Los jefes a los que Baxter les presta la llave le prometen intervenir ante el señor Sheldrake para que le otorguen un ascenso (no solo de empleo sino de piso) y la maraña de relaciones se va tornando tensa, como en un triángulo amoroso, atravesado por drama y humor negro. Baxter, que tiene intervenciones parecidas a las de Buster Keaton, pero, sobre todo, a las de Charles Chaplin, es un personaje con visos de aparente bobaliconada, pero, a su vez, con manifestaciones de inteligencia.

 

La película, en rigor una obra de arte, tiene algún momento parecido a Casablanca (la presencia de un pianista en un bar restaurante, que toca la misma pieza cada que entra la ascensorista) y hay en su lenguaje una ácida crítica al capitalismo (quizá recuerde, en otro sentido, a Tiempos modernos, de Chaplin), configurado en el comportamiento de algunos jefecitos que se creen dueños de la vida de sus subordinados, a los que tratan con indignidad y humillación.

 

La soledad de los empleados, quizá su anonimato de muchedumbre, en un amontonamiento laboral, da la sensación de enajenación, de automatismo. Se notan los procesos de la productividad y de la división del trabajo. Y tal vez, la celebración de los festejos navideños en la empresa, es la única opción de desbordamientos y oportunidades para la conquista sexual y la liberación del cuerpo, que ya no está apostado frente a un escritorio.

 

Sin embargo, la devoradora soledad la representa el protagonista, el del apartamento de soltero, que se siente a veces víctima del escarnio y la manipulación de sus jefes. Y que, tal vez por su timidez, mastica en silencio su amor imposible por la ascensorista, a la que descubrirá con melancolía que es amante del gran jefe.

 

En el filme, que no deja nada al azar, hay un entramado que mantiene alerta al espectador que, más allá de situaciones hilarantes, está sujeto a ciertas tristezas por lo que le sucede a Baxter. En una película en la que los primeros planos no abundan como sí los planos generales, algunos detalles tienen una profundidad y significados de relieve, como los del espejo roto de la ascensorista.

 

Hay frases de inteligente sentido práctico, como la pronunciada por Kubelik: “Si te enamoras de un casado no te pongas rimmel”, o el diálogo en el ascensor entre Fran y el resfriado Baxter, que lo pescó por estar afuera bajo el frío de la noche a la espera de que uno de sus jefecillos terminara con su emergente faena amorosa. El Apartamento alcanza cumbres insuperables en su fase final, cuando se celebra la Noche Vieja y habrá un desenlace inesperado y de emotivo impacto. La resolución, con instantes trágicos, del triángulo de amor, del divorcio del gran jefe de su esposa, de la salida a medianoche de la ascensorista que deja plantado a su amante Sheldrake para ir a encontrarse con Baxter, que ha hecho maletas para la mudanza y ya se encuentra sin trabajo.

 

Tal vez una de las más bellas escenas del cine está en esa parte, cuando los dos “perdedores”, sentados sobre un sofá, con olor y espumas chispeantes de champaña, toman un póker y ella le dice al animoso Baxter que se calle y reparta las cartas. Un final de enorme sensibilidad y rico en insinuaciones.

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El apartamento, para los que gustan de los tops y clasificaciones, puede estar entre las diez mejores películas de la historia del cine. Obtuvo los Oscar de mejor película, director, guion original, dirección artística y montaje, y estuvo nominado a los de actriz (Shirley MacLaine), actor (Jack Lemmon), actor secundario (Jack Kruschen), fotografía en blanco y negro y sonido.

 

Wilder, austríaco, de ascendencia judía, es uno de los más talentosos directores de la historia cinematográfica. Trabajó como periodista en su país natal y en Alemania. A la llegada del nazismo, se fue a Francia y luego a Estados Unidos. Su mamá murió en el campo de concentración de Auschwitz.

 

El apartamento es un filme al que siempre hay que volver. En su concepción magnífica, con críticas a las relaciones de poder y a las imposturas, hay una poderosa manera de las conexiones humanas, de alta y baja estofa, en un mundo de competencias y rivalidades, en el que, casi siempre, el hombre es apenas un tornillo o una arandela de los procesos de mecanización y de altas ganancias para los dueños de las corporaciones.

 

Es un alegato contra el puritanismo, la masificación y la vida gris de tantos oficinistas, metamorfoseados en seres automatizados y que no conocen la solidaridad. Entre sus elementos simbólicos, las llaves del apartamento pueden ser la representación de la esclavitud y humillación del hombre que trabaja, degradándose, ante la esperanza de obtener una posición de más rango.

 

Esta película de Wilder es un referente inevitable de buen cine, de refinada comedia con acento crítico y de la ironía. El director y guionista, que murió a los 95 años, se puede retratar con una frase que recordaba el escritor Manuel Vincent: “Más allá de Auschwitz, a este mundo ha venido uno a divertirse y a empujar con la yema del dedo la aceituna hacia el fondo del martini mientras resumes el mundo y la existencia con una frase feliz: Fuck you.”.

 

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Lola Vélez, una vida dedicada al arte

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La Tongolele bellanita, una pintura de Lola Vélez (tomada del blog Historias callejeras)

 

Declaración de Duelo del Centro de Historia de Bello *

 

Despedir en su hora definitiva a la maestra Lola Vélez no deja de ser un acto de dolor ante su ausencia corporal, pero a su vez es un momento para decirle de nuevo gracias por su arte, por sus aportes a la cultura y la sensibilidad de un pueblo que siempre la admiró y respetó.

 

Ella, una artista íntegra, supo interpretar las angustias y alegrías de la gente para dejar en sus frescos, óleos y acuarelas un testimonio estético de su paso por el mundo. Lola Vélez, emblema de una población obrera y llena de desamparos, contribuyó a que Bello fuera llamada la Ciudad de los artistas y siempre supo que la belleza es una posibilidad para mirar el entorno con ojos de asombro y para no perder la esperanza en un futuro mejor.

 

Lola Vélez, toda una existencia dedicada al arte con profundidad y seriedad, nunca apeló al fácil expediente del escándalo para hacerse publicidades frívolas ni permitió que los diversos poderes la hicieran caer en las tentaciones comercialoides. Respiraba arte y talento, y por eso ya en vida era parte de la historia artística de un país que casi siempre ha mirado con desprecio a sus creadores.

 

Discípula de los maestros Pedro Nel Gómez y Rafael Sáenz, tuvo igualmente el privilegio de estudiar con el muralista mexicano Diego Rivera y de compartir amistad e ideas artísticas con Frida Khalo.

 

Con su partida Lola deja huérfanos a sus canarios, sinsontes y turpiales de su casa que es patrimonio cultural de Bello; a sus payasos tristes, a sus girasoles, a sus arcángeles y a su Tongolele aldeana; nos priva no sólo de su presencia señorial sino que nos deja huérfanos de su portentosa paleta.

 

Sin embargo, no es hora de tristezas, porque Lola Vélez nos deja un legado cultural invaluable, un ejemplo de disciplina y entrega total al arte; Lola pintó como si cada pintura suya  fuera la última de su vida; sirvió de ejemplo a muchos artistas jóvenes y su obra continuará viviendo. La maestra Lola seguirá siendo un faro para las generaciones de hoy y del porvenir.

 

Por eso, en esta hora de sombras por su ausencia física también hay luz, la luz de una pintora excelsa que no ha muerto, porque la muerte no existe cuando la vida se prolonga en una obra viva como la suya. Claro que la extrañaremos. Extrañaremos su sonrisa y su trato cordial, la fraternidad con la que siempre acogió a los visitantes de su casa-museo, extrañaremos esa presencia necesaria de la mujer, de la artista. El nombre de Lola Vélez no será unido a la tristeza, porque ella vivió para la alegría. Paz en su tumba y larga memoria a la maestra. Viva Lola Vélez.

 

Reinaldo Spitaletta

Presidente Centro de Historia de Bello

Marzo 23 de 2005

*Reproduzco esta vieja nota de pésame por la muerte de la artista, en momentos en que su casa (que debía ser declarada patrimonio cultural del Municipio) va a ser demolida. 

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la casa de la artista Lola Vélez, en Bello. (Foto del blog Historias callejeras)

Los que no llegaron al partido

                                       Para recordar a un equipo de fútbol que cayó del cielo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Qué nada ni qué diablos, carajo!, no nos iban a ganar de camiseta, de que algunos jugaban con tenis-guayos, que nosotros, sin tanta pompa ni vanidades, teníamos los mejores en cada puesto aunque no hubiese ni para la gaseosa del final de juego, ni siquiera para el Pielroja que nos sabía a gloria cuando terminábamos un cotejo en días en que algunos guardaban la mesada de domingo, sin ir a cine, solo para que en el partido, o, mejor dicho, cuando este finalizara, y si había victoria mejor todavía, nos fuéramos en patota a la tienda de don Juan a comprar leche condensada, paletas y el infaltable “peche” de tabaco negro.

 

Qué va, mano, nos querían intimidar porque éramos los del Congolo apenas unos atarugados, puro alfeñique, pobretones, así supe que nos calificaron, y comenzaron a enviar avanzadas de provocadores por la cuadra, que agitaban palabrería de que les van a dar una paliza, que ustedes no pueden con La Cumbre que son tecniquiadores, que llevan mucho tiempo jugando juntos, que les mandan a decir que lo mejor es que, para que conserven cierto orgullo, no se pongan de braveros en la cancha y permitan que les pasen por encima.

 

No, mijitos, ni riesgos que nos íbamos a poner con tembleques, o a desvelarnos porque nos tocaba jugar para definir quién pasaría a la ronda final con los duros de un barrio al que ya lo habíamos derrotado no solo en fútbol sino a punta de piedra, en días en que se acostumbraba a corretear pelaos de otras galladas, y nosotros ya habíamos establecido quiénes éramos los que mejor tirábamos pedruscos, con puntería pura, y con destacamentos como de aquellos que a veces se veían en películas, con combates entre indios y vaqueros, soldados e indios, o cuando las de capa y espada, pero todo era puro pedregal, a veces con rotura de bezaca, o con quebrada de vidrios del vecindario, que siempre llamaba la policía, para nada, porque cuando aparecía la Chota ya todo había terminado.

 

Así que no había tutía, bacán: ganaríamos la lid futbolera, por lo dicho, no había quién nos derrotara, y cuando más, los rivales sacaban empate, íbamos derechito a ser campeones, todos pensábamos en esa meta, porque éramos buenos, sí, de verdad. Un equipazo. El arquero, Avendaño, volaba de palo a palo y tenía unos reflejos que en menos de una espabilada les quitaba de los pies la pelota a los contrarios, y además poseía una virtud, que para los rivales era defecto: hacía atajadas de taponazos con una sola mano, malabarista del balón, cuando le tiraban algún chutecito para el papayazo, para la exhibición, entonces ponía la esférica a dar vueltas en sus dedos, con efecto, como si fuera un mapamundi al que él le imprimía movimientos como cuando se patea un balón con chanfle, que los del otro equipo quedaban babeando de la rabia y la impotencia. Era un poquito humillador, pero así es el fútbol, hay que sacar de casillas al rival, ¿cierto?

 

Teníamos un crack, al motorcito, el Califa, que no sé quién lo apodó así, porque yo era el mejor para bautizar a los otros con sobrenombres, pero me parece que fue Colombina, el entrenador, que por esos días había leído unos relatos de Las mil y una noches, según nos dijo, con su pose de chicanero, que igual así lo queríamos porque nos enseñaba a pararnos en la cancha, a observar los movimientos del contrario, a ser vivos, a no dejarnos intimidar con nada. Sí, me parece que fue él quien le puso la chapa al que antes se llamaba Alejandro, un gambeteador endemoniado, que cuando menos uno pensaba ponía un pase inesperado y te dejaba en posición de anotar.

 

Califa era un jugador de los que uno no quería tener como rival y, sí, era uno de los que nos iba a procurar la victoria contra La Cumbre, que además teníamos a Chucho Palotes, el centro delantero que sacaba como de un sombrero de mago, o no sé qué, unos cañonazos cruzados que ningún arquero podía atrapar. Bueno, y yo, te lo digo, yo no estaba para acobardarme por los codazos de los marcadores, que aprendí a esquivarlos y provocarlos diciéndoles maricones, así no se juega, que por la punta derecha era un volador, un driblador, gana-raya, con pases atrás, descolocadores de defensas,  y cuando me daban ocasión me les colaba hacia adentro y lleve pues, que el arquerito quedaba regado.

 

Rendón era patadura y Herrera el zarco un mediocampista con clase y fuerza, un ocho de calidad. Mejor equipo no podía haber, así que los pretenciosos de La Cumbre tendrían que chupar por bobos, por creídos, por sobradorcitos, que con nosotros no había caso, pelao.

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El domingo estaba próximo pero nos parecía lejano, qué bueno que fuera ya, decíamos en la manga de La Selva, donde entrenábamos con los chistes de Colombina incluidos, que nos desternillaba de la risotada, cuando decía que los del otro equipo eran eso, del otro equipo, mariquitas sin remedio. El partido iba a ser en la cancha de Santa Ana, porque no prestaban para esa fecha la muy profesional de Fabricato, en la que a veces entrenaban los de Medellín y las tribunas con techo de asbesto se repletaban.

 

Cómo era posible que se les ocurriera a los rivales, mariconcitos sin talento, que podían vencernos, cuando todos nosotros nos entendíamos de tal modo que hasta podríamos jugar con los ojos cerrados, uno sabía dónde poner el pase, cómo acelerar, cuándo pausar, estábamos sincronizados, y la voz recia de Colombina, sus instrucciones a veces de puro grito las teníamos estudiadas, incorporadas, que mirá que parecíamos, sin pendejadas, Brasil 70, con qué clase, sí, sin vanidosidades, sin babosadas, solo que lo que se hereda no se hurta, decía mamá a veces, y en el fútbol le entendí su dicho. Nosotros podríamos llamarnos, según decía un vecino que no se perdía compromiso, Once Toques, pero ¡qué va!, si toques eran los que sobraban en un partido, abundaban, Chucho para allá, el Gordo para acá, el motorcito para todos lados y así, que por la derecha los ponía a los defensas a penar porque mi velocidad y gambeta sacaba de quicio a cualquiera. No abusés de la finta, decía Colombina, que me enseñó a jugar con la cabeza en alto, difícil faena para desplazarse tan rápido pegado a la banda, todo se aprende a punta de jugar y jugar, y por eso nuestra confianza, ¡cómo se les iba a pasar por la cabeza a los de La Cumbre que podrían ganarnos!, jamás de los jamases, se oyó decir a doña Peregrina, que a veces nos llevaba a la cancha un botellón con fresco.

 

No nos ganarían de camiseta, que las de ellos eran finas, compradas en almacén deportivo, en cambio las nuestras, amarillas con franjas negras, las confeccionaban las mamás, sí, las de nosotros, con retazos de fábrica y, en serio, quedaban hasta bonitas y la sentíamos parte nuestra, pegada a la piel, sudadas, que las de ellos eran verdes, de popelina, y casi todos tenían medias de fútbol, porque nosotros a veces, no todos, jugábamos con calcetines de colegial.

 

Todos queríamos con ansias que nos hacían sentir cosquilleo en el estómago que el domingo llegara rápido. Era, decía Colombina, la ocasión para darle más gloria al barrio, para que nos fajáramos un partido como de Mundial. Teníamos muy planchaditos los uniformes, lavados los tenis, el balón de vejiga estaba impecable porque le habíamos sobado con sebo y ya la cuota para pagar al árbitro la habíamos aportado. Los carnés de cartulina estaban en orden. Solo faltaba jugar. Hora del encuentro: diez de la mañana.

 

El sábado, cuando algunos estábamos en la esquina del bar Florida, que siempre estaba soltando tangos, incluido El Sueño del Pibe, a Humberto, back central, le dio por invitar a Chucho y al motorcito de arabescos con la pelota a una caminada nocturna por Prado y Manchester, que así se prepararían mejor para la contienda, dijo uno. Yo no quise ir y más bien pasé a la tienda de don Juan a decirle que mañana le traeríamos buenas noticias para que nos hiciera alguna rebaja en las lecheritas. Colombina había advertido que nos acostáramos temprano, que él también iba a hacer lo mismo. Sí, eso dijo.

 

No sé qué pasó, pero por la noche, los de La Cumbre mandaron a varios azuzadores a gritar en el barrio: los van a quebrar, los van a matar, los van a dejar vueltos papilla, malparidos, y yo que ya estaba en casa, salí a contestar las ofensas, pero ya los carechimbas iban lejos, y me quedé con las ganas de irme detrás de ellos pero los gritos de mamá interrumpieron mis intenciones.

 

Cómo así que nos iban a ganar de pataduras, de cuento, de güevonada, que a nosotros nadie nos metía miedo, cómo así, ni más faltaba. Y el domingo llegó. Y yo, que siempre esperaba a otros para irme a la cancha, me adelanté. Ya iban a ser las diez y apenas estábamos cinco, lo que nunca. Ni siquiera Colombina había llegado. Los contrarios ya estaban completos, tecniquiando, trotando, pateando. Y los cinco de nuestro equipazo, el de los toques embobadores, apenas mirábamos, eso sí, con el uniforme puesto. El árbitro comenzó a dar pitazos, a llamar a los equipos. En esas, apareció Avendaño, y ya éramos seis. ¿Y Ochoa y el Motorcito y Chucho y los otros? ¿Y Colombina? ¿Dónde estaban? ¿Qué les pasaría? Que nos iban a ganar de bulla y camiseta de tela fina, ¡qué va! Que nos iban a pasar por encima, menos. Que nos bailarían y goleaban, no, ¡qué va!… Nos ganaron por Doble U, sí, por W, que mucho tiempo después, cuando ya el fútbol de competencia poco me interesaba, supe qué significaba esa convención que nació con carreras de caballos en Inglaterra. Lo que nunca supe a ciencia cierta, y creo que nadie se enteró con exactitud, era qué le había pasado a más de la mitad del equipo de la camiseta amarilla con listas negras, al onceno que más fútbol jugaba en los días en que todavía éramos muy felices y ricos en ensoñaciones.

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Una sensación de soledad y derrota. Los jugadores no aparecieron y perdimos por W.

 

 

Cuadros de una exposición urbana

(Crónica de caminante, con arreboles, lluvia y un estudio de Chopin)

 

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Parque Obrero, barrio Los Ángeles.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad, con sus sostenidos y bemoles, tiene música y ruido, canto y desafines, contaminación y sorpresas. Caminarla con el sentido de toparse con lo inesperado puede hacer de ella una caja de Pandora o, tal vez, una posibilidad para descubrir lo que, en sí mismo, parece no tener ningún interés. Estos cuatro cuadros, con su marco de aceras y edificios, se colgaron en esquinas y parques para transmitir en mis caminadas que la cotidianidad está cargada de pequeñas alegrías y desapercibidos asombros.

 

1.

 

La antes llamada plaza de la Independencia, en cuyos extremos hay hoy un pebetero con un pedestal deteriorado y la estatua de San Juan Bosco, tiene a un lado el colegio de María Auxiliadora, en el mismo lugar donde hace años quedó la Escuela de Minas de Medellín. Al frente, caserones antiguos, el edificio Wolf y en la esquina de El Palo con Cuba, una pequeña edificación de apartamentos.

 

Algunos de las mansiones de antes se instalaron casas de banquetes. El primer domingo del año, en medio de la soledad propia de tales días, en una de aquellas suena el Danubio azul, de Johann Strauss (hijo) y desde la calle se aprecia una pareja, ambos de negro, él de frac, ella de traje largo, dando las vueltas y llevando el compás de una música que parece dejar en el ambiente una suerte de extrañamiento, o, mejor, de impostura.

 

En el medio de la plazoleta, con jardines enrejados y algunos almendros, un habitante de calle arruma ropas envejecidas y pedazos de madera. El vals se esparce por el asfalto y hay, a esa hora del atardecer, varias loras que, con sus gritos y alharacas, buscan refugio en los árboles del sector. En el piso, el viento arrastra algunas hojas muertas.

 

2.

La tarde tiene color anaranjado y un poco de resaca del comienzo de año. Sobre la carrera Giraldo con La Playa, detrás del teatro Pablo Tobón Uribe, junto al parque Simona Duque, se aprecia la presencia multicolor de alguien que, encima, lleva decenas de muñecos y otros juguetes inflables. Solo se ven sus pies y los movimientos rítmicos del arrume de patos, globos, gallinas, perros y otras figuras que pueden representar alegrías infantiles.

 

El hombre (supongo que era un hombre y no una mujer) continúa su camino, atraviesa el parquecito y dobla la esquina. De pronto, vienen imágenes de los viejos vendedores de caramelos que, por diversos lugares, deambulaban con su vara plena de paragüitas, caballos, vacas y pájaros de azúcar. Cuando miro de nuevo, ya la móvil caravana de juguetería y feria ha desaparecido.

 

3.

 

Hacia el occidente, algunos arreboles parecen saludar el comienzo del año. Ayacucho, la tradicional calle, cantada por Carrasquilla y que es la arteria y corazón del barrio Buenos Aires, está repleta de caminantes. Suben y bajan. Los vagones del tranvía están, a su vez, atiborrados. Es la última jornada de las vacaciones de fin y principio de año, en un domingo que, para algunos, puede ser todavía un motivo para la ebriedad.

 

En el lugar donde debía estar construido el centro popular de frituras y de la clásica chunchurria, rodeado de latas, sobre un corredor del tranvía un hombre juega con su perra pastor alemán, llamada Luna, según dice en su collar negro. Le tira pelotas luminosas y ella corretea contenta, mientras algunos curiosos se detienen a observarla.

 

Más arriba, lo que antes fue un clásico café de Medellín, fundado en 1932, hoy es solo una suerte de caricatura triste de su pasado de esplendor. Reducido a una pieza con orinal y mostrador pequeño, el Sol de Oriente tiene una música de despecho, malsonante y a alto volumen.

 

En otro espacio, junto a un caserón de fachada ruinosa, donde a veces se hace un señor a vender películas, libros y revistas de otro tiempo, un muchacho palmotea y llama la atención de los transeúntes: “Lleve la avenita, a tomar a avena, avena a mil, traída directamente de Europa”. Los viandantes miran y siguen su rumbo.

 

Hay gentes que se toman fotos, otros que alzan las manos a los viajeros del tranvía, otros se reúnen en las heladerías y, muchos, casi en amontonamiento, entran al “Mercado del tranvía”, un lugar de gastronomía diversa. La atardecida Ayacucho, con sus avisos de comercio y sus caminantes, tiene todavía las ornamentaciones de una navidad que ya pasó. En una banca, tres hombres conversan con cervezas en la mano. Parecen estar despidiendo las jornadas de asueto decembrino.

 

4.

La calle Miranda, con su separador central arborizado, huele a humedades. La lluvia comienza a caer y parece que irá creciendo. Un señor que lavaba un carro en la acera, hace un gesto de fastidio. La espuma blanca todavía se conserva sobre el gris cemento. Más adelante, pasando Brasil, la iglesita de María Reina de los Ángeles, muestra la soledad. Apenas dos o tres feligreses sentados frente al altar.

 

Aumenta la lluvia y hay que caminar bajo los pocos aleros que todavía se conservan en un barrio antañoso (Los Ángeles), de casas amplias y poco tráfico en un atardecer de inicios de año. El puente festivo está a punto de terminar. Lo que sí está en ciernes, pero in crescendo, es la lluvia. Cerca al parque Obrero, por la mitad de la calle, un hombre camina con cinco perros, cuatro oscuros y uno amonado. No parecen alterarse por los goterones; voltean hacia Echeverri y dan la impresión, todos, de estar contentos.

 

Me detengo a escamparme en las afueras de una casa de entrada cubierta, a modo de plancha que cubre la puerta principal y la del garaje. La lluvia es más fuerte ahora. Y de pronto, entre los sonidos mojados, comienzo a distinguir una música, unos acordes. Es un piano. Alguien está tocando un estudio de Chopin. Una belleza las dos músicas, la de la lluvia de enero y la del pianista invisible. En el parque, los árboles rumoran con su follaje mojado.

 

Antigua plazoleta de La Independencia, hoy más conocida como María Auxiliadora.

Gazapos en el cine

(Una muestra de descuidos en películas de alta y baja calidad)

 

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El cabello de Dorothy crece así no más en la misma conversación con Espantapájaros.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el extinguido Teatro Bello, con arquitectura a la italiana, vi hace años La agonía y el éxtasis, un filme de Carol Reed, basado en la obra de Irving Stone sobre la vida de Miguel Ángel Buonarroti. Casi toda la película gira en torno a las maravillas y dificultades que tiene el gran artista de Caprese para pintar la Capilla Sixtina.

 

La cinta, con Charlton Heston (Miguel Ángel) y Rex Harrison (el papa Julio II), estuvo nominada a cinco premios Oscar y no ganó ninguno. El caso es que, en esos tiempos, cuando se estilaban los filmes de capa y espada, los romanos, los de gladiadores, era ya una leyenda para muchos pelados de entonces el actor que representó al escultor del David y de Moisés, que ya lo habíamos visto en Ben Hur, una superproducción de la Metro Goldwyn Mayer, en la que el león, símbolo de esa compañía, no ruge al principio, debido al contenido religioso de la película.

 

Ben Hur, según supe después, tiene varias imprecisiones históricas, como la de condenar al protagonista a la pena de galeras, que entonces no existía en el imperio romano. Y en este punto, vale recordar algunos gazapos de películas de buen calibre, como de otras que son más bien del montón. Los cazadores de estas imperfecciones tienen clasificaciones y estadísticas.

 

Se dice, de acuerdo con estas sumatorias, que la de más gazapos es Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, con una actuación estelar de Marlon Brando. Arruma 562 fallas. Una, para que ustedes busquen el resto: la sombra de una cámara que filma una secuencia se proyecta sobre la espalda de un soldado. La sigue en cantidad de gazapos una espectacular película de Alfred Hitchcock: Los pájaros, con 546, como uno en el que las heridas de la actriz Tippi Hedren parecen curarse por artes mágicas.

 

Los gazapos, que en los diarios siguen proliferando, y que en otros años se atribuían de modo simpático a un diablillo de las imprentas, en el cine sí que son visibles. No faltan los relojes de pulsera en películas de gladiadores, así como soldados de tenis en filmes como Espartaco, El manto sagrado y Gladiador.

 

Sucede hasta en las mejores familias. Ni siquiera el cuidadoso Stanley Kubrick se escapó de estas “metidas de pata”, como le acaeció en El resplandor, cuando se aprecia, en un plano abierto de exteriores, la sombra de un helicóptero. En la célebre Casablanca, de Michael Curtiz, hay una muy conocida falla que sucede en la estación de París, donde Rick (Humphrey Bogart) espera a Ilsa (Ingrid Bergman) bajo la lluvia.

 

Ilsa no aparece y, en su lugar, surge Sam, que le entrega a Rick una nota en la que se confirman los más nefastos augurios. Así describe un gazapero el fallo: “Rick está empapado, goterones caen del ala de su sombrero al papel diluyendo la tinta. En la toma siguiente avanza hacia el tren, seco como si se hubiera sometido a un centrifugado”.

 

Otro muy sonado gazapo está en Dos hombres y un destino, de George Roy Hill. Paul Newman y Katharine Ross dan un paseo en bicicleta mientras suena la tonadilla “Raindrops Keep Fallin’ on My Head”. Él con sombrero bombín, ella con un vaporoso vestido blanco. La mujer va sentada en el cuadro o barra de la cicla y, en el siguiente plano, así, sin dársele nada, sobre el manubrio, “como si en un parpadeo hubiera hecho una acrobacia digna del Circo del Sol”, tal como lo advierte un busca gazapos.

 

Para los muchachos de los sesenta, una de las sex-symbol más entrañables fue Raquel Welch. En una de las películas en las que aparece con protagonismo y poca ropa es en Hace un millón de años, dirigida por Don Chaffey. La chica prehistórica del filme tiene peinado de peluquería, pestañas postizas y bikini de piel de bisonte. Y, según se ha dicho, más que una errata pudo ser una provocación del director.

 

Anacronismos, cámaras fantasmagóricas, sombras inexplicables, técnicos colados en una escena, discontinuidad en los planos y otras maneras de las “imperfecciones” y descuidos se han interpuesto en filmes de alta calidad, así como de la más descomedida basura. En El mago de Oz, por ejemplo, hay cuadros que dejan ver un error (¿acto mágico?), cuando el cabello de Dorothy (Judy Garland) crece más o menos dos centímetros en la misma conversación que ella sostiene con el Espantapájaros (Ray Bolger). No ha faltado quién solicite la fórmula para acrecentar el pelo en cuestión de segundos.

 

Ah, en El resplandor, un clásico del suspenso y del terror, hay otro gazapo. En un fotograma el pequeño Danny tiene un sánduche apenas medio mordido y en el siguiente, sin más ni más, parece haberse tragado ya más de la mitad del emparedado.

 

Scripts, guionistas, directores, en fin, a veces se “elevan” y “dan papaya” a los perseguidores de gazapos, que, como se dice, debe ser gente más que todo desocupada que se “ocupa” de detectar los errores de los demás, sin ninguna consideración por los aciertos de los otros. En todo caso, un gladiador con un reloj en la muñeca sí es un anacronismo letal.

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Película Troya, con Brad Pitt, y un “milagroso” avión.

 

 

 

 

 

 

 

El sufrimiento de un hombre

(Panorámica de un relato de Mijaíl Shólojov sobre la guerra, sus tristezas y miserias)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La literatura puede ser la más alta manera de mostrar el sufrimiento humano. Producido en ocasiones por una pérdida, o por una enfermedad, o quizá por una carencia económica, el que se presenta por las guerras —tal vez, el más sobrecogedor de todos— tiene una vasta muestra de obras que examinan la condición humana en estado de desventuras. Desde La Ilíada, pasando por obras sobre las cruzadas, por otras tantas de despojos y crueldades, hasta los perturbadores testimonios narrativos sobre la primera y segunda guerra mundiales, están los desgarramientos originados por las confrontaciones bélicas.

 

Y ahí, en medio del apocalipsis, se escuchan los gritos y se sienten los dolores de las trincheras, de los bombardeos, de la tierra de nadie, de las víctimas de una guerra civil, de las agonías y muertes en los campos de exterminio y concentración, de las invasiones, como las de los alemanes a la Unión Soviética y el sacrificio heroico de Stalingrado.

 

Y en este punto, para no entrar ahora en los enormes territorios de una literatura que tiene muestras extraordinarias de las disputas guerreristas, la mirada se posará en un relato de un escritor que, para ciertas voces occidentales, se trató de un invento del “comunismo” soviético, una hechura del comité central del Partido Comunista: Mijaíl Shólojov (1905-1984), Nobel de Literatura de 1965 y autor de la monumental novela El Don apacible.

 

Militante y defensor del denominado “realismo socialista”, el autor cosaco, creador de “literatura comprometida” y un maestro de las descripciones de grandes escenarios, escribió, entre otras obras, como Campos roturados y Lucharon por su patria, un relato largo sobre el dolor y el sufrimiento, enmarcado en la invasión alemana a la Unión Soviética y en el posterior avance victorioso del Ejército Rojo sobre Berlín: El destino de un hombre.

 

Shólojov, que además fue destacado como corresponsal de guerra, escribió este cuento en 1956, como una suerte de memoria de los años de la invasión nazi, con un protagonista que va desgranando una historia de desgracias y peripecias tristes que vivió en la Segunda Guerra Mundial, e incluso desde antes. El hombre le va contando sus penurias a un narrador, que apenas es visible al principio y al final de la obra, y que es una especie de escuchador que va haciendo algunas acotaciones. Por lo cual, se podría decir que, en esencia, se trata de un monólogo.

 

En esta obra triste, que tiene un final no tan doloroso por la presencia de un niño (Vania) que mitiga la gran soledad y las ausencias de los seres queridos del protagonista, se crea una panorámica de la guerra, del fascismo, de la muerte y la barbarie en los campos de concentración. Si bien desde el principio del relato, cuando el “héroe” evoca sus días de la guerra civil, de la muerte por hambre de sus padres, la situación se va tornando más compleja en los momentos en que el hombre, un conductor de profesión, se interna por los incendiados vericuetos de la conflagración mundial.

 

El lector ya sabe que el tipo es casado, con tres hijos (dos muchachas y un varón), sabe de Irina (la esposa) y de las lágrimas que brotan de ellos por el reclutamiento de su padre y marido. La despedida, en momentos de embarcarse en el tren, es el principio de una serie de episodios trágicos que le ocurrirán al hombre que está viajando hacia el frente: “Me desgajé de Irina, le cogí la cara con las manos, la besé, y sus labios estaban como el hielo. Me despedí de los chicos, corrí al vagón y salté al estribo, ya en marcha”.

 

Primero va a Ucrania, donde apenas combatió poco menos de un año, sufrió dos heridas, hasta cuando, en otro lugar de su patria, los alemanes lo tomaron prisionero. Y es ahí cuando van a comenzar las más inimaginables situaciones de dolor de Andréi Sokolov, que es el nombre del protagonista de un conmovedor relato atiborrado de crueldades y radiografías de guerra.

 

En la obra se va sintiendo el avance demoledor del ejército del Reich, el sometimiento de un territorio, las duras faenas que les toca desempeñar a los prisioneros de guerra, los fusilamientos, las torturas, las penas permanentes de un hombre que está también rodeado de algunos traidores y de camaradas que resisten ante la arremetida y las humillaciones del enemigo. La guerra, en toda la dimensión del horror, se puede escrutar en esta obra breve e intensa.

 

A Sokolov, en medio de una lucha tenaz por la sobrevivencia, le tocará matar por primera vez, y no propiamente a un alemán. Después, en un intento de fuga, en el que el relato eleva la tensión, el hombre va a tener experiencias peores: “unos perros policías me siguieron la pista y me encontraron en un campo de avena sin segar”. Lo que vendrá, tras la captura, es más duro. “La piel y la carne saltaban de mi cuerpo en pedazos. Desnudo, bañado en sangre, me llevaron al campo de prisioneros”.

 

Dos años de cautiverio son la muestra de la degradación humana, pero, a su vez, de la solidaridad. El hombre, en medio de los martirios y los castigos, se va agostando; además, porque la dieta y las raciones son exiguas, infames. Para Andréi y sus compañeros de prisión, el desencanto y la desazón eran mayores porque llegaban los rumores de que los alemanes se habían apoderado de Stalingrado.

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En El destino de un hombre (como en tantas otras obras sobre esta misma situación), se aprecian la decadencia humana, las encarnizadas formas de despojar al otro de la palabra, de sumirlo en el fango de la abyección y aun en el de su propia mierda. Pero en medio de tantas miserias, la poesía se eleva sobre las ruinas materiales y espirituales, como una forma de la resistencia y del valor.

 

El lector podrá encontrarse con distintos caracteres, con diversas maneras del arrojo y la dignidad, enfrentadas a la insensibilidad del verdugo. En tan pocas páginas, Shólojov es capaz de dibujar con creces un mapa de atrocidades y, al final de cuentas, de la esperanza en un mundo distinto, en el que, al menos, sentimientos y emociones como el amor no desaparezcan del todo.

 

La vida y la muerte están en una permanente conexión en esta obra, en la que es probable durante su lectura derramar un lagrimón o indignarse ante tantas tropelías. Podría ser, por qué no, una especie de alegato contra la guerra, como sucede con otras creaciones acerca del asunto. Y, a la postre, se trata de una reivindicación del hombre, de aquel que, tras innumerables padecimientos, es capaz de sobreponerse y sentir que no todo está perdido, pese a que muchos seres y cosas jamás podrán ser recuperados.

 

El destino de un hombre es una sucesión de ingratos acaecimientos que le van sucediendo a Sokolov que, en un momento, parece haberse quedado solo en el mundo. Sin embargo, en medio de tantas desolaciones y muertes, para él brillará una luz auspiciosa, que le hará reflexionar en el futuro y en vislumbrar que, entre tantos desvalimientos, la vida todavía tiene posibilidades de triunfo.

 

Vale la pena recordar algún trozo de la intervención del escritor en momentos de recibir el galardón de la Academia Sueca, en 1965: “La época en que vivimos está llena de incertidumbres; no hay un solo país en el mundo que desee la guerra, y sin em­bargo hay fuerzas que arrojan a países enteros a las hogueras de la guerra. ¿No es inevitable que cualquier escritor se sienta conmovido en lo más hondo por las cenizas del indescriptible incendio de la Segunda Guerra Mundial? Un escritor hones­to, ¿podrá no rebelarse contra quienes desean condenar a la humanidad a la autodestrucción?”.

 

El relato de Shólojov (en el que, por supuesto, no falta el vodka) es un doloroso muestrario de los daños (casi siempre irreparables) que provocan las guerras. Es un bello canto a la sobrevivencia y al coraje, más allá de un mendrugo de pan y una cebolla.

 

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Fotograma de la película El destino de un hombre, basada en el cuento de Shólojov.