Vientos del pueblo…Vientos de Miguel

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N.B. Estas palabras las escribí en 2010 con motivo del centenario del natalicio de Miguel Hernández. Ahora, en un nuevo aniversario de su muerte, creo que tienen vigencia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En estos tiempos de crímenes y corrupciones, de balaceras y asaltos, de ciudades inseguras y mafias, se preguntarán algunos —muy utilitaristas— qué importancia tiene reunirse a hablar de un poeta. Qué interés puede despertar, hoy, en un país como Colombia, dizque “tierra de poetas”, conversar, por ejemplo, sobre un poeta de la sangre, de hospitales y guerras, de hambres y desolaciones como Miguel Hernández.

 

Tal vez sea un asunto de locos, de nuevos desadaptados, de una confraternidad de seres extraños que creen todavía en los milagros de la palabra, en la conversación y las posibilidades de la cultura como una expresión de civilización. Sucedió por estos días (agosto de 2010), para conmemorar con antelación el centenario del nacimiento del poeta de Orihuela.

 

En la Biblioteca Marco Fidel Suárez, de Bello, el Centro de Historia de esa ciudad realiza cada quince días una tertulia literaria. En ella se aborda en análisis y conversación sin pretensiones a Steinbeck o Dostoievski, se habla de Faulkner o Rulfo, de Cepeda Samudio u Osorio Lizarazo, de Borges o Kafka, de Mejía Vallejo o Gonzalo Arango, en fin, que en la más reciente celebración de la palabra se habló de aquel poeta perito en lunas, el pastor de cabras, el mismo que se extinguió en la cárcel y al cual un hijo se le murió de hambre.

 

“La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda”

 

No deja de ser raro en tiempos en que todavía la sangre llueve boca arriba, en surtidores hacia el cielo, que haya gentes dedicadas a recordar a ese poeta que venía de sangre en sangre, mientras el mundo se consume en despropósitos. Por estos días, muy cerca de ahí, de la biblioteca, una chica mató a otra por robarle unos tenis, y en la villa vecina las comunas se incendian a balazos. Entre tanto, una tertulia evoca de nuevo el canto del poeta.

 

“Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
A las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.”

 

Y alguien dice quién pudiera ser Miguel Hernández para cantarles a los heridos y a la libertad, a los hospitales de sangre y a la tierra, a esa misma que “ocupas y estercolas”. Y la conversación toma otros caminos para decir que Miguel Hernández, autodidacta, se formó en la lectura de la poesía del Siglo de Oro español, y en las de Virgilio y San Juan de la Cruz y Verlaine.

 

Poeta de corta vida (murió a los 31 años, el 28 de marzo de 1942) y de largo aliento, su compromiso militante con la libertad y, desde luego, con la poesía, hace que se convierta en un poeta necesario. De aquellos cuyos versos van de boca en boca, de memoria en memoria, hasta instalarse en el corazón del pueblo. “Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me avientan la garganta”.

 

Su poesía, mucha de ella nacida en medio de la guerra, se ha convertido en himno de combate, en denuncia de los desastres bélicos, en recordación de los días difíciles. Y en testimonio de lo que es la condición humana, sobre todo en tiempos de humillaciones y angustias. “Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame”.

 

Poeta de la guerra (cuando todas las madres del mundo ocultan el vientre), Hernández da cuenta de los desafueros de ella. Como se sabe, la Guerra Civil Española, de tantos muertos, fue, además, una suerte de escenario en la que se experimentó con anticipación el infierno que llegaría en 1939 con la Segunda Guerra Mundial. El nazismo y el fascismo tuvieron en España un buen caldo de cultivo. La Legión Cóndor, de la aviación alemana, destruyó la población de Guernica. Picasso creó una de las obras más perturbadoras sobre aquel genocidio.

 

Miguel Hernández escribió con sangre (algo así recomendaba Nietzsche). Fue un peregrino de cárceles y su existencia trágica terminó entre barrotes y tuberculosis. “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes”. El poeta de Orihuela, y de todas partes, nos sigue cantando con una voz de alerta, con elegías y canciones que nos siguen doliendo. Y abriendo caminos. Los vientos de su poesía siguen soplando con fuerza.

 

(En el centenario del natalicio del poeta de Orihuela)

 

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Pasos de mascotas y bares muertos

(Crónica con nube de esmog y conos de enamorados)

 

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Museo de la Memoria

Por Reinaldo Spitaletta

 

Caminar cuando la luz de la tarde está mutando, con sus violetas leves y un amarillo quemado en las nubes de ese cielo que, según Lupercio Leonardo de Argensola, ni es cielo ni es azul, tiene su encanto. Si usted es capaz de escabullirse por calles poco transitadas, si elude a la hora del hambre y el cansancio la jauría de motocicletas y carros con detonaciones, podrá disfrutar de una urbe que tiene fachadas insinuantes y antejardines sin mucho excremento de perro.

 

Antes de abordar calles menos alborotadas por vehículos, es posible que desde un balcón se escape el sonido de dados sobre un tablero de parqués y voces infantiles que se desprenden de una camioneta blanca, de transporte escolar. En una esquina, donde conversan varios concurrentes en una tienda enrejada, un tipo en muletas y con ropa más o menos raída, dice con voz de guasa: “Vean, pues, que me llamó una pelada para decirme que estaba en embarazo mío, y yo le respondí que si el bebé nacía en muletas, sí era mío”. La risa colectiva se perdió entre una brisa tibia que venía del Parque Obrero, donde unos colegiales estaban en la parte alta de una escultura, con sus morrales en el pedestal, y ellos, sueltos y despreocupados, como si fueran un elemento más de la obra.

 

El camino tiene mascotas con traíllas y señoras en sudadera. Y, no faltan, en el gimnasio al aire libre, los que muestran con ínfulas sus músculos de flexiones, lagartijas, pesas y otros ejercicios de fuerza. Tampoco los anuncios de iglesias salvadoras y panaderías con sillas plateadas y luces blancas. Hoy, por esta vía de contaminación vehicular y cielo sin gallinazos, me iré camino del puente, que aún está lejos, pero convoca para cruzar la Santa Elena, en la que en otro paseo y muy cerca del Brooklyn Bridge había un tipo en calzoncillos, rodeado de agua turbia, lavando sobre una piedra una prenda que desde arriba parecía un pantalón desecho.

 

Hace unos días, junto a la desmirriada “pantalla de agua” (sin agua y sin nada), del Parque Bicentenario, se extendía por el lugar en el que había parejitas de enamorados fumando y chupando paletas, un hedor de quebrada Santa Elena, muy parecido al que expele el río Medellín en los días de calor. Se erigía la hediondez de las aguas turbias. Más arriba, en los exteriores del Museo de la Memoria, los perros corrían en un juego divertido en el que sus amos parecían estar felices.

 

Desde el puente, que se eleva en el lugar que antes, hasta hace unos años, se llamaba la Vuelta de Guayabal, se podía (y se puede) apreciar la ciudad del oriente, con hacinamiento de edificios a granel, con torres desmesuradas en Loreto, con la cada vez más escasa vegetación de las lomas del Seminario. Las torres eclesiales de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y de La Milagrosa, atrapaban los últimos rayos de una tarde de estío, de luces moradas y naranjas, sin modestia.

 

Ah, y en la vieja y ya inexistente Vuelta de Guayabal, en la que hubo una iglesita y jíbaros de cierta alcurnia, donde llegaban a “mercar” tabacos achocolatados los de otros barrios, hubo, hace tiempos, una matanza de muchachos. Los fusilaron contra uno de los muros de la vieja factoría de Coltejer (Coltefábrica), la misma que se elevó con chimeneas y arquitectura en forma de sierra, desde 1907, con sus obreros que carnavaleaban a la salida de sus turnos en los cafés de los alrededores, y se murió en las postrimerías del siglo veinte para dar paso a varias urbanizaciones, como las Villas del Telar.

 

Por este viejo sector, antes el barrio La Toma, de una calle principal larga y estrecha, la 51, llamada Ricaurte, hubo bares a diestra y siniestra, algunos con nombres de tango, como El Torrente, y también el Monterrey y Copa de Oro…, ya desaparecidos, y en todo el puente de “Brooklyn” (el mismo que intervino el belga Agustín Goovaerts) estaba El Barcelona. Lo único de aquellos días que se preserva es la Santa Elena, la misma que noveló Jaime Sanín Echeverri en Una mujer de cuatro en conducta.

 

Así que por esa misma callejuela, que todavía conserva algunos pasajes o inquilinatos, la carramenta es hoy una especie de estampida de contaminación y ruido. Desde el puente nuevo, puro cemento, se observan en árboles orilleros de la quebrada, prendas femeninas colgantes: brasieres y calzonarias. Y no es que se trate de una instalación artística. No. Más bien, de una curiosidad que debe tener alguna historia. Como antes, por esos mismos lares, en los alambres eléctricos, colgaban zapatos viejos.

 

Muy cerca de ahí, por la carrera Bélgica, sobre una mesa de acera, de las que sacan en las tiendas y cantinas para los circunstantes, un hombre y una mujer tomaban a pico de botella sendas cervezas. Lo extraño, según la vista del caminante, y todo en fracciones de segundo, era que lo hacían sincronizados. Primero la botella arriba, las caras al cielo, tomadas con la derecha de cada uno, y terminaron al tiempo, y al tiempo depositaron los envases sobre la mesa. Quizá no se dieron cuenta de su perfecta simultaneidad.

 

Y en una heladería de Ayacucho con Suiza, una escena similar sobre una mesita redonda. Una pareja (ambos entrados en edad) chupando cono, la crema en sus bocas, mirándose con fijeza uno al otro, las manos izquierdas sobre la mesa, a punto de rozarse, todo en una coordinación y simetría que ni si la hubieran ensayado. Los últimos rayos de la tarde los iluminaban y no había duda: estaban enamorados.

 

Después, cuando ya la tarde agonizaba, sobre Nariño con Ayacucho, un señor atravesó la calle y no se percató del automóvil que venía. Sintió quizá el ruido del motor muy cerca y corrió sobre la cebra. Se resbaló. Cayó. El vehículo se detuvo. Le ayudé de la mano y se levantó con la cara asustada. Y muy atardecida. Siguió después, muy lento, hacia arriba, por la ruta del tranvía.

 

En la hora pico, con calles atiborradas, con humos y ruidos, en ese momento que llaman la hora del retorno, la caminata se hace insalubre. Uno busca caminos sin tanto tráfico. Pero, igual, contra la nube de esmog de Medellín parece no haber salvación. La luz ha cambiado. No es ya la del malva crepuscular, sino la de sombras alargadas, mortecinas. Hay un aire triste en las fachadas y una risa de desagravio en dos colegialas que corren quizá porque saben que su casa está muy cerca y el descanso también.

 

Los pitos y los motores suenan como la voz ronca de un monstruo mitológico que presiente que en medio de la selva de cemento, gases y pocos árboles, no tiene salvación. Y, al fin de del camino, podés ver que el cielo de Medellín ni es cielo ni es azul.

 

 

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Casa en Ayacucho, barrio Buenos Aires.

 

Curazaos para la imaginación

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Por Reinaldo Spitaletta

La calle comenzó a llenarse de festones de papel de globo. Los vecinos, en convite, habían comprado pliegos rojos y verdes, que recortaron en forma de triángulo, como banderines de piñata, los pegaron con almidón y cuerdas de cabuya, y con escaleras los fijaron de lado a lado, mientras en las casas ponían canciones de diciembre y algunos señores servían copas de aguardiente. “Las flores de curazao parecen hechas de papel de globo”, dijo alguien, tal vez con alardes de poeta, o porque estaba familiarizado con esas expresiones florales a veces solferinas, a veces rosadas, de esos arbustos enredadera de antejardines populares.

 

Esta imagen, de viejos almanaques y de añejos barrios, sirve ahora para recobrar memorias de representaciones urbanas que están ahí, a veces tan visibles que ni siquiera las vemos.

 

Así como en los antejardines de antes los sanjoaquines amarillos y rosados (bueno, todavía hacen presencia en algunos barrios) eran un ornamento común, tanto que el arbustillo con sus ramajes alargados y flores de cinco pétalos, que en otros contornos denominan Rosa de China o Cayena, era un elemento distintivo de la flora citadina. Y al hoy descastado sanjoaquín lo acompañaban, en materas o enterrados en el suelo, los curazaos.

 

Tal vez el más grande curazao de la ciudad es el que está en un lado de la iglesia del Espíritu Santo, en el barrio Prado, de Medellín, que se riega por una de las falsas techumbres, parte del diseño de Nel Rodríguez. Sembrado en una de las mangas, sube con destreza y se enreda en el cemento, extendiéndose sin ninguna modestia sobre vigas y columnatas. Es una presencia tenaz. Como para que nadie quede indiferente ante el espectáculo florecido.

 

El curazao, que parece flor sin abolengo, es una explosión cromática, que se riega por balcones y terrazas. No tiene la impresión de finura, ni está para celebraciones de matrimonios y otras fiestas. Existe para demostrar que es capaz de irradiar belleza y, sobre todo, colorido. Da alegría al paisaje, a veces tan asfáltico, tan cementudo y desértico. Y se sobrepone a las indiferencias, por la intensidad con la que florece. No hay remedio: no se puede ignorar, aunque se quisiera.

 

Cuando le da por extenderse, por acostarse sobre miradores o terrados, se podría pensar en una analogía: es como una maja florecida, que exhibe sus dotes y seducciones. No es la flor solitaria, sino solidaria, agrupada, como si cada una se arrimara a las otras para efectos de notoriedad. Se sabe de su poder para tratar, en infusiones y otras mezclas, la tosferina, el asma, la bronquitis y la tos.

 

Puede ser la planta, con flores incluidas, con más partidas de bautismo en América. En Antioquia, el nombre es el de curazao. Pero, por ejemplo, en nuestra costa atlántica asume la gracia de trinitaria o veranera. También el de buganvilia. En otras latitudes, como en Argentina, la llaman Santa Rita, al tiempo que en el Perú la apodan papelillo, y Napoleón en Honduras.

 

El de buganvilia (o buganvilla) le viene del explorador, aventurero y navegante francés del siglo XVIII, Louis Antoine conde de Bougainville, que en un viaje a Brasil se deslumbró con esta planta tropical, que él llevó a Europa, y su memoria quedó impresa este arbustito exuberante. El ilustrado noble era sabio en cálculo infinitesimal y fue el primer francés que dio la vuelta al mundo. Sobre Tahití, una isla que lo deslumbró (lo mismo le pasaría a Paul Gauguin), escribió un libro con una visión idílica, paradisíaca, en la que hombres y mujeres vivían felices, muy lejos de las afanes y corruptelas de la civilización.

 

El curazao, el mismo que abunda en las calles coloniales de Santa Fe de Antioquia, se agita con los vientos de la Guajira o se hace finura en un balconcito cartagenero, tiene ciudadanía en nuestros antejardines urbanos. Y su paleta exhibe púrpuras, lilas, anaranjados, rosas, amarillos y el clásico solferino. Quizá los más espléndidos se encuentran en los caserones momposinos, como los que había, hace años, en la casa del orfebre Guillermo Trespalacios, un señor que hacía pescaditos de oro y bordaba con hilos áureos pulseras y brazaletes.

 

Y en otros días, cuando en las festividades de fin de año el papel de globo (o de seda) servía para elevarse por los cielos o triangularse en flotantes festones callejeros, no faltaba el poeta de barrio que dijera: “la flor de curazao tiene la suavidad del papel de globo”. O al contrario. No podía faltar el ingenioso idealista que cogiera las flores coloretudas de la buganvilia para intentar hacer un globo inverosímil cuyo destino estaba en alturas celestiales, más allá de la imaginación.

 

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Buganvilias, curazaos, trinitarias, flor de papel… Tantos nombres para la misma belleza.

Los agitadores, ¿heroicidad o pendejada?

(Un cuento de Steinbeck sobre el Sistema y sus víctimas)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

John Steinbeck, el galardonado escritor del Valle de Salinas, tuvo una visión marxista sobre la realidad estadounidense, que le sirvió en muchos casos para su literatura. Su mayor logro novelístico fue Las uvas de la ira, enmarcada en los tiempos de la Gran Depresión del capitalismo y en el éxodo de cosecheros (aparceros de Oklahoma) hacia California, en una experiencia de sufrimientos y carencias que el narrador había contado antes en un gran reportaje, Los vagabundos de la cosecha, publicado en 1936 en The San Francisco News.

 

Steinbeck, crítico de la sociedad de su tiempo, no solo se destacó en la creación de novelas de alta calidad, sino en la cuentística, que no es tan extensa como aquella. En el libro El largo valle, con once cuentos, tiene obras de orfebrería literaria como Los crisantemos, una “sutil radiografía de la insatisfacción”, en este caso de Elisa Allen, protagonista del relato en el cual es tan importante lo expresado como lo sugerido. Y, además, lo que deja de decirse.

 

Uno de los cuentos en los que el tema (como en otras obras de gran aliento del autor de Viajes con Charley) es la lucha de trabajadores y simpatizantes “rojos” contra el sistema de explotación capitalista es Los agitadores (también traducido como La incursión), una estructura cronológica lineal que maneja con acierto la relación dialéctica entre tensión e intensidad, con dos personajes, “uno de ellos mucho mayor que el otro”. Dick y Root, que se van caracterizando a través del diálogo mientras avanzan de noche de una pequeña ciudad californiana hacia unas afueras o suburbios, a cumplir una tarea que se va desgranando en pequeñas dosis, que contribuyen al propósito del suspense.

 

En la medida de su marcha, aparecerán casas iluminadas, una vía férrea, el paso del tren que hará que el lector se entere de asuntos que irán tejiendo los impulsos del relato y cuál va a ser el destino de los dos hombres que van a cumplir una misión. El papá de Root es guardafrenos (el paso raudo del tren hace que esta situación se conozca) y ha arrojado al hijo de casa porque se enteró de los berretines peligrosos, de las andanzas que pudieran poner en riesgo el trabajo del progenitor. “Se han hecho a sus cadenas”, apunta el joven Root, que está en proceso de cumplir una tarea de dificultades altas, como si se tratara de una graduación. Un bautismo de sangre.

 

Hay, desde el comienzo, una especie de tira y encoge entre el experimentado Dick y el Root, que caminan por un sendero de acacias, y en el primer apartado (de cuatro) ya se habla de lámparas de querosene, carteles y panfletos. Los viandantes llegan a un almacén abandonado, en la que, a modo de ornamentación de un lugar que ya no es (¿un no-lugar?), hay un anuncio de Lucky Strike y la silueta de cartón de una mujer Coca-Cola, que pueden ser, por qué no, símbolos del capitalismo y de la sociedad consumista, con la que los dos visitantes están en desacuerdo.

 

El relato transcurre con elementos que, por instantes, retardan la acción, como un modo de aumentar expectaciones y de mostrar aspectos de los dos hombres que, sin duda, están a la espera. Hay una cita pendiente con otros que tardan, o que da la impresión de no llegar nunca. Y, entre tanto, Root intenta ocultar su miedo, al tiempo que el otro lo sondea, le mide el aceite, y de fondo, como un acicate, como un paradigma del coraje, hay un retrato rojo y negro que debe ser de un líder marxista. “—Escucha, muchacho —dijo suavemente—. Sé que tienes miedo. Cuando tengas miedo, míralo —señaló el retrato con el pulgar—. Él no tenía miedo. Solo tienes que recordar todo lo que hizo”.

 

Publicado en 1934 en The North American Review, Los agitadores (The Raid es su título en inglés) guardan en su esencia, y según como se mire, claro, la mística exacerbada de militantes comunistas o “rojos” que combaten contra un estado de cosas inicuo, pero, a su vez, puede tener la perspectiva de la alienación que podría producir una doctrina cuando se asume con dogmas y con puro corazón. Y casi nada de cerebro.

 

En su contenido se adivina cómo el comité, los que dirigen, los que han enviado a los dos hombres a una trampa segura, solo con el afán de tener argumentos para la denuncia y como pábulo para acusar al sistema, pueden lucir como impertérritos y desalmados frente a los que les espera a los dos que serán “sacrificados”. Dick y Root son víctimas propiciatorias y, pese a la información que reciben de uno de los miembros de la organización, están convencidos de que deben quedarse en ese lugar al que llegará una tropilla de antisindicalistas a convertirlos en carne de cañón. O, al menos, en receptores de una golpiza sin compasiones.

 

Es una narración en la que se advierte la sapiencia (y la endemoniada técnica) de Steinbeck para el género. Root, menor de edad, pasa una prueba de fuego y es otro mártir más de la agitación social (o de las injusticias y persecuciones a los miserables), lo mismo que Dick, que tiene más cancha en tales faenas revolucionarias. El muchacho saca valor y heroísmo de la nada, solo por sentir que su lucha podrá algún día desbarajustar el Sistema, el mismo que, según Dick, no ataca ni aporrea al hombre sino a la Idea. Ese es el cuento. Duro y cuestionador.

 

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John Steinbeck y su mascota.

La mitad del cielo

(Un breve repaso sobre el Día Internacional de la Mujer)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La Ilustración permitió, entre muchas otras luces, que las mujeres, antes subordinadas, invisibles, oprimidas y negadas, pudieran salir a flote y convertirse en diversidad de casos en seres sediciosos, aportadores al movimiento de transformación social que tuvo su apogeo en la Revolución Francesa, en 1789.

 

Por esas calendas radiantes, surgió, por ejemplo, Olympe de Gouges (1748-1793), defensora de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, tanto en lo público como en lo privado. Sus planteamientos, altamente revolucionarios, tenían que ver con el voto, el acceso al trabajo público, a la posesión de propiedades y a formar parte del ejército. Al redactar la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, esta dama, autora de obras teatrales, se erigió como una precursora de los llamados movimientos feministas que se sumaron a las banderas revolucionarias de igualdad, fraternidad y libertad. Olympe, la misma que había dicho “la mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe también el derecho de subir a la tribuna”, fue ejecutada en la guillotina.

 

Hay que recordar que entre los ilustrados franceses, como el marqués de Condorcet, uno de los creadores del programa ideológico de la revolución, se proclamaba el reconocimiento al papel social de las mujeres. Sin embargo, será la larga lucha de hombres y mujeres la que trace los caminos para que a unos y otras les sean reconocidos derechos y conquisten nuevos escenarios de participación. En el siglo XIX, las mujeres también se vinculan a los movimientos sociales por los Tres Ochos: ocho horas de estudio, ocho de trabajo y ocho de descanso, que tuvieron su cúspide en las gestas de los Mártires de Chicago.

 

La lucha de las mujeres por sus derechos, conduce a la vinculación de ellas a las justas por las reivindicaciones colectivas sociales. “Las mujeres sostienen la mitad del cielo”, dijo Mao. “Porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”, agregó. Pues bien, hay muchos casos históricos en que fueron las féminas las protagonistas de formidables movimientos, como el sucedido en Colombia entre febrero y marzo de 1920, cuando, en Bello, Antioquia, se presentó la huelga de señoritas trabajadoras de la Fábrica de Tejidos de Bello, fundada desde 1902 con el nombre de Compañía Antioqueña de Tejidos.

 

Las trabajadoras de esa compañía laboraban en condiciones indignas: descalzas, acosadas por supervisores (capataces), maltratadas por los administradores que las obligaban a trabajar enfermas, con jornadas de catorce y más horas, con “jornales” bajos, en fin. Cerca de cuatrocientas de ellas decidieron parar la producción, al tiempo que los hombres (unos ciento cincuenta) se mostraron reacios a participar en el cese de actividades.

 

En aquella huelga (la primera en Colombia con ese nombre), que gozó de las simpatías populares, floreció una dirigente: Betsabé Espinal, la misma que levantó su voz contra el administrador-gerente de la empresa, Emilio Restrepo, alias Paila, aquel que decía: “el que manda, manda”, y que convocó al resto la factoría a sumarse a la liza obrera. No fue un movimiento social de género, sino de reivindicaciones laborales y por la dignidad de las señoritas trabajadoras. Las muchachas, a las que más tarde se sumaron los hombres, triunfaron en sus peticiones.

 

Comportamientos como los de Betsabé Espinal se prolongarán en la historia. María Cano, poetisa y dirigente obrera antioqueña, es otro de los paradigmas en la vinculación de la mujer a los combates y resistencias populares. Su participación, al lado de dirigentes como Raúl Eduardo Mahecha e Ignacio Torres Giraldo, entre otros, en huelgas, organización de trabajadores, impulso a nuevas ideas y a agitar las aspiraciones del socialismo, la hizo nombrar por los obreros como la Flor del Trabajo.

 

Entre la historia y la ficción se erige otra mujer paradigmática: la Marquesa de Yolombó. Creada por Tomás Carrasquilla, doña Bárbara Caballero y Alzate se convierte en un prototipo de la mujer distinta, la que asume roles de avanzada (por ejemplo, en la educación), pese a las mentalidades coloniales y el predominio masculino en lo público y lo privado. La marquesa es un ser perturbador en medio de la minería, los títulos nobiliarios y la dominación colonial española.

 

La historia y la ficción dan cuenta de mujeres de una elevada capacidad de liderazgo, sabiduría e inteligencia. Lisístrata, surgida de la imaginación de Aristófanes en el siglo V antes de nuestra era, diseña y lleva a cabo con otras mujeres una suerte de huelga sexual con el fin de que sus maridos pongan fin a la guerra. Y qué tal la figura de Hipatia de Alejandría, científica y filósofa asesinada por defender la libertad y autonomía de la mujer.

 

Así que en el Día Internacional de los Derechos de la Mujer, o Día Internacional de la Mujer Trabajadora, ahora banalizado por el comercio y la ideología neoliberal, hay que reflexionar sobre mujeres como Clara Zetkin (precisamente la que en 1910 auspició esta conmemoración) y sobre todas aquellas que son un “taller de seres humanos” (lo dice Gioconda Belli), que aportan a las luchas y transformaciones sociales. Ellas no sostienen la mitad del cielo. Son el cielo mismo.

 

(8 de marzo de 2011)

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Piquete de mujeres huelguistas, en el filme La sal de la tierra (1954)

 

Fútbol y ciudad: o un modo de romper el tedio

(Conferencia con goles de domingo y ficciones de igualdad social)*

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Urss 4-Colombia 4

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con empate heroico

Muchos de ustedes, amables concurrentes, de seguro habrán leído el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra, que es un homenaje al fútbol como fiesta colectiva, como música del cuerpo y que a su vez denuncia las estructuras de poder que se han tomado a este deporte, que es hoy por hoy uno de los negocios más lucrativos de la tierra. Vean ustedes, por ejemplo, que Joao Havelange, durante 24 años presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, era como una suerte de presidente del mundo, un magnate todopoderoso, un príncipe intocable. Entre un jefe de estado de una superpotencia y el presidente de la FIFA no hay mucha diferencia. Es decir, el fútbol es otra manera de ejercer el poder, y es toda una multinacional. Estos temas los desarrollaremos en otra conferencia, pero me parece importante enunciarlos desde ahora, para que veamos que el fútbol, con toda su estética, sus pasiones, su melodía, sus atractivos y su gran afición, no es un juego inocente.

Bueno, he mencionado este libro de Galeano sobre todo porque el epígrafe es muy hermoso, es una dedicatoria a unos niños que según el escritor se encontraron con él o él se encontró con ellos, cuando los pelados de una población llamada Calella de la Costa, venían de jugar un partidito, un picado, y en su discurrir cantaban con entusiasmo esta tonadita: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Me parece que ahí, en esas palabras cantadas de aquellos chicos, hay una clave muy importante, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento. Cuando el fútbol, debido a la introducción de procesos económicos, cuando ese deporte maravilloso se volvió un ingente negocio, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión va a pasar a ser apenas un recuerdo, una nostalgia. Es como una expulsión del paraíso. Pero fíjense ustedes que esos muchachos reivindican, tal vez sin saberlo, al fútbol como un juego, un divertimento, para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

Aquí, en este punto, me acuerdo precisamente de una anécdota, muy conocida, muy bella. En ese partido famoso entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962, pues ustedes saben que en ese momento la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a la Araña Negra, Lev Yashin. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Cómo les parece la propuesta. Uno perdiendo tres a cero y entonces salir a divertirse. Sin embargo, esa pareció haber sido la clave del éxito y de cómo una derrota aplastante casi se convirtió en una victoria; en realidad fue una victoria moral, de la cual los colombianos vivimos durante muchos años. Y esos muchachos de Pedernera, Klínger, Maravilla Gamboa, Toño Rada, Marcos Coll, el Cobo Zuluaga, en fin, salieron a divertirse. Iban perdiendo y todo, pero salieron a jugar, el fútbol como una de las diversiones más gratas. Esos colombianos, sin saberlo, también encarnaban a los muchachos de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban animando con sabrosura, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, y después les anotaron otro, pero siguieron divirtiéndose, jugando, gambeteando, y consiguieron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, y empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho no ganaron porque ahí sí la Araña Negra se les creció y les tapó de todo. Me parece aquella faena una bella lección de pundonor y amor al juego.

Bueno, decir ahora que el fútbol es parte de la cultura de nuestro tiempo es un lugar común, es decir, algo requetesabido. Hoy el fútbol está presente en todas partes, es como un nuevo dios, con el don de la ubicuidad. Lo que pasa es que ahora, como se trata de un negocio de millones y millones de dólares, como el fútbol es una profesión, entonces ha desaparecido aquello de la diversión, de jugar sólo por pura pasión, sin ánimo de lucro. Primero debe estar la ganancia, la plusvalía, el rédito, antes que la belleza, antes que la estética, y muy por encima del solaz del que juega. No importa que el futbolista esté aburrido, deprimido, lo que interesa es que con su concurso no se vaya a caer la estantería del negocio.

Esto no sucede, como es evidente, cuando el fútbol es un juego sin pretensiones monetarias, cuando se practica en las calles, en los barrios, en las mangas, como una simple y muy gozosa actividad de la muchachada, cuando se hace no sólo como un ejercicio del cuerpo sino también de la imaginación. Es ahí cuando el fútbol y la vida urbana se van a hermanar, y cuando verdaderamente el fútbol tiene un sentido unificador, un sentido de fiesta, un sentido de comunidad, es decir, es en ese momento cuando el fútbol va a tener un carácter cultural importante, y cuando lo principal va a ser aquello de los muchachos citados por Galeano: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Bueno, después de esta introducción, o de este cotejo preliminar, vamos ahora sí a comenzar el partido de fondo.

  1. De la dicha en los estadios

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Vamos a usar algunas metáforas, prestadas de la religión, vamos todos a suponer que si a Dios, después de inventar al hombre, se le hubiera ocurrido inventar el fútbol, el mundo podría ser hoy un paraíso con la forma de un estadio, en el cual seguramente el Creador oficiaría de número diez. O veámoslo de otro modo: el fruto de la sabiduría en aquel remoto edén bíblico pudo haber sido el fútbol pero a los hombres de entonces, que sólo eran dos, Adán y Eva, no les fue dado conocerlo porque se dejaron seducir por una tentación que, sin duda es mejor y más placentera, más divertida si se quiere, que el balompié: la atracción inevitable de la carne.

Pero aun sin ser el fútbol una creación divina, nada en el mundo se parece más al paraíso que un estadio lleno. Claro que hay estadios que se han convertido en verdaderos infiernos… El hombre desde siempre ha buscado modos de ser feliz. En general, para un aficionado de fútbol una manera de encontrar la dicha es estar en un estadio. Durante noventa minutos en una cancha de fútbol, como por arte de birlibirloque, desaparecen las inequidades sociales, las injusticias, los dolores del alma. Y entonces en un estadio el obrero se torna igual al burgués, y el industrial se abraza con el desempleado, y todos se unifican en torno a esa fervorosa pasión colectiva, se dejan calentar por esa fiebre a cuarenta grados, que los lleva al delirio y a la apoteosis masiva, y los puede conducir a la utopía fugaz. Y ustedes saben que utopía significa “un lugar inexistente”. Allí, en el estadio, la concurrencia pierde la individualidad. No hay un sujeto, hay una masa.

Podríamos decir, metafóricamente también, que en un estadio se acaban las diferencias sociales, y me parece que esas, precisamente, son las funciones de lo edénico, de lo paradisíaco. Crear una suerte de ficción imposible, pero verosímil.

Sin embargo, al final, como en el despertar de un hermoso sueño, todos vuelven a la realidad, que puede ser amarga para unos, dulce para otros, pero que en todo caso es imposible exorcizar con un partido de fútbol. Es como en la fiesta, durante ella todos se parecen, todos se igualan, tal como lo canta Serrat, o como lo expresan los analistas de las carnestolendas. Después de la celebración, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas.

Y ahora que estamos hablando de fiesta, nada más festivo que un estadio lleno. Ese lugar es una especie de templo en el cual se oficia el ritual contemporáneo de esa nueva religión que es el fútbol; sin embargo, en esa iglesia con tribunas todo es profano, todo es bulloso. No hay lugar para el silencio y la meditación, pero sí para los cantos, muy distintos, por supuesto, al gregoriano que es para adorar a la divinidad. Sucede que precisamente no es Dios el que ha inventado el fútbol sino el fútbol el que ha inventado un dios, o a numerosos dioses. Y es a tales dioses a los que la gente, la muchedumbre que asiste al rito dominical, o de miércoles, o de sábado, les reza con sus estribillos y coros.

En un estadio se reviven las formas del ceremonial religioso, pero de una manera más extrovertida, o más pagana. En las tribunas están recogidos los feligreses con su incienso de gritos y vivas y cánticos; abajo, en la grama, están los sacerdotes, los oficiadores del culto. Ese culto que hoy precisamente mantiene en vilo, entre la agonía y el éxtasis, a todo el orbe.

Insisto en que el fútbol hubiera podido ser inventado por Dios, que es un amante de los juegos creativos. Ya ven ustedes que se puso a jugar y creó al hombre y otras desventuras. Pero parece que Él prefirió dejar el privilegio del invento del fútbol a los hombres, que con el tiempo lo volvieron una fuente de ganancias. Se podría decir hoy que el fútbol es oro.

  1. Una quimérica equidad social

 

Hay tantas preguntas que se pueden formular sobre el fútbol y tal vez muchas de ellas no tengan respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el futbol tiene tantos adeptos en el mundo, como ninguna religión, como ningún credo político, como ningún otro deporte? ¿Qué es lo que tiene el fútbol que hace estallar de goce al poeta, al albañil, al filósofo, al estadista, al vagabundo, al destechado? Y otra más: ¿En qué consiste el embrujo del fútbol, de ese deporte que bien jugado puede llegar a ser arte? ¿Por qué un partido de fútbol puede paralizar una ciudad, un país?

El futbol puede convertirse en estupefaciente, en la dosis personal, en una especie de anestésico, o quizá de bálsamo. Es una combinación de asombros que ha interesado desde su origen a todas las capas de la sociedad. Este deporte es, como lo decía Benedetti, el único nivel de vida ciudadana en el que el bramido del presidente de la república o del ministro o del gobernador no tiene a mal hermanarse con el alarido del paria social.

Decíamos hace un ratico que un estadio lleno o semipleno es capaz de igualar a la sociedad. Se crea allí un iluso comunismo, una quimérica equidad de clases sociales. En apariencia cuando se desarrolla un partido no hay en las tribunas privilegios económicos, aunque unas localidades sean más caras o más baratas que otras, ni tampoco hay privilegios políticos ni de rangos burocráticos, aunque eventualmente haya palcos destinados para las personalidades. No obstante, todos, el cura, el alcalde, el raponero, el embolador, el chofer de bus, el candidato, el médico, el rector universitario, el estudiante, todos posan sus traseros en las gradas de cemento (bueno se sabe que unos llevan almohadillas y cojines). Es decir, el fútbol los pone en la misma escala a todos.

Fíjense y verán que todos aúllan con el gol, todos se enfurecen con el árbitro cuando considera que pita mal, todos le mientan la madre, todos vociferan, todos son expertos en tácticas y estrategias, todos son comentaristas. Todos gozan cuando gana su escuadra o se entristecen cuando pierde. El fútbol es una gran fábrica de emociones.

Pero tras el pitazo final la realidad vuelve con todas sus asperezas, vuelve a distanciar a los hombres, torna a ser una balanza desequilibrada. El desempleado vuelve a su sufrimiento de no encontrar trabajo; el obrero a sus labores de seguir enriqueciendo al patrón y el patrón a continuar la explotación del obrero, y el magnate a sus comodidades y lujos y el pobre a sus carencias. Bueno, cada uno puede hacer un listado de estas situaciones.

Vean que mientras unos salen del estadio en un lujoso carro, otros lo hacen en buses, o en taxi, o a pie. A veces, después de comprar la boleta, ni siquiera queda para el pasaje. Bueno, pero tras esa efímera igualdad, tras la asistencia al culto, todo vuelve a ser lo mismo que antes del partido, o tal vez peor. Aunque de cualquier modo todos se han desahogado, todos se han vuelto afónicos por la gritería. Han realizado una catarsis. Quizá mientras se suceden las emociones futboleras el desposeído no piensa en las masacres, no piensa en la situación de su país, o en la situación de su barrio, ni en la seguridad social, ni en los problemas de inseguridad, no se preocupa por si hay que cambiar el régimen, y a lo mejor cuando el partido termina tampoco esas sean sus preocupaciones. Porque en el estadio, en la cancha, deja todas sus impotencias, y se descarga contra el árbitro o contra un jugador del equipo contrario. O del propio. En todo caso, allí, en ese lugar sagrado, su desfogue no será contra el presidente de la república, ni contra su patrón, ni contra un sistema político.

En ese sentido podríamos decir que el fútbol es un muy extraño símbolo de pasajeras igualdades, pero también un estupefaciente, una droga adormecedora de las angustias generadas por los desajustes sociales y económicos, o por el caos de una ciudad.

Tal vez el fútbol no fue creado para eso, para que fuese un nuevo opio del pueblo, pero se podría decir, según la historia, que sí ha sido aprovechado por ciertas clases en el poder para desviar la atención o para conjurar determinadas situaciones. Este aspecto lo ampliaremos en otra charla de este ciclo sobre fútbol.

Aquí vuelvo a citar a Mario Benedetti cuando dice que es mejor para los que detentan el poder que la gente odie al árbitro y no al oligarca o al magnate financiero. Así pues que el fútbol también actúa como un narcótico y es ahí cuando pierde también su aparente inocencia.

Claro que como lo se ha dicho tantas veces todo ese repertorio de emociones que hay en el futbol, y que puede como espectáculo ser un factor de alienación, no va a detener ningún movimiento social. Así como tampoco un gol, una chilena, una jugada hermosa pueden cambiar a un gobierno o derrocarlo, porque es que el fútbol y los procesos sociales tienen sus propias leyes y dinámicas, muy distintas en ambos casos.

  1. El barrio, la calle, la esquina

Poco a poco iremos entrando al mundo del barrio, donde la cultura del fútbol ocupa un importante sitial en la vida cotidiana. Digamos que este deporte ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y capas pobres de la población. Estas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño de la muchachada, y en un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol es una presencia permanente en el barrio, no se escapa a la conversación de granero, ni al corrillo de la esquina, ni a la tertulia del cafetín. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier pelado es capaz de hablar de alineaciones y estrategias, de controvertir sobre aspectos futbolísticos. Y es que el fútbol se ha convertido en un pan de cada día, como en una necesidad de la gente. Se han transformado incluso los espacios urbanos para su práctica. Una acera puede convertirse en una cancha, en un estadio a escala, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de antes comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre la acera, dado que esta parte es una frontera entre la casa y la calle. Cuando se está en una acera se está sin estarlo en la calle, y se está sin estarlo en la casa. Vean ustedes que una acera es algo bien complejo.

Hubo un tiempo en que en las calles, algunas de ellas sin asfaltar y que eran muy aptas para juegos como el trompo, las canicas y otras fascinaciones ya desaparecidas, digo que hubo un tiempo en que las calles eran un inmenso campo para el ejercicio de muchos juegos, como los de la guerra libertada, las rondas y materiles, la rayuela o golosa, el salto de la cuerda, en fin, y en esas mismas calles no se podía jugar fútbol libremente, es decir, era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario, jugar al fútbol en la calle. Esto ahora puede parecer cómico, o increíble, pero así era. Cuando la muchachada jugaba un picadito en la calle se exponía a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a volarse con pelota y todo. Otro era que el balón se fuera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba preso un tiempo.

Así pues que la futbolería urbana también vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los tombos de entonces pudieron evitar el auge del futbolito callejero, que, por lo demás, aumentaba día a día debido a que se fueron acabando los solares, las mangas, los lotes urbanos. Y para la práctica de fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era muy empinada, como en tantos barrios de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un abismo, o muchos vitrales sin rejas. Lo que importaba era jugar, divertirse, ganar o perder, pero divirtiéndose. No importaban ni las patrullas ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público. Pero a su vez era un gesto romántico, una aventura de galladas barriales, que lograron colonizar la calle, o, mejor dicho, la convirtieron en estadio.

Desde hace muchos años el fútbol es parte de la diversión del barrio. Es el plato fuerte en las cenas de esquina. Está en todos los inventarios de emociones, en todos los diccionarios del alma urbana. Es un factor unificador, que le ha otorgado identidad, carácter, a nuestras calles. Y también si se quiere es una muestra de vitalidad de la urbe. En una calle de domingo siempre habrá un balón y un grito de gol.

Bueno, todo esto nos puede servir para decir que es en el barrio donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero, aquel que todavía no ha sido ensuciado por el mercantilismo y la usura. El de la calle, o el de la canchita de barrio, es un futbol sin pretensiones de mercado, idealista. Claro que, como lo decía hace poco el exjugador Alexis García, ya hay muchas madres que en embarazo piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser futbolista profesional. El capitalismo acaba con cualquier ingenuidad y es el fin de la inocencia.

  1. El sueño del pibe

Uno ve aquí, en la ciudad, barrios que transpiran fútbol, barrios que son un homenaje al gol. Incluso en los más pobres el fútbol se ha erigido como un arma, o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes estrellas que ganan millonadas en Europa, el surgimiento de figuras que se cotizan en oro, todo ese proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los pelados de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se vuelve el puente que llevará a muchos de la escasez a la abundancia. Eso se cree.

Hay un tango muy famoso, y es un tango muy sonado en traganíqueles de esquina, que se llama El sueño del pibe (de Juan Puey y Reinaldo Yiso). Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, que es llegar a la primera, estar en un estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera ese tango hoy se baila en muchos barrios. Muchos pelados no solo juegan por placer, sino que además lo hacen para tener la posibilidad de llegar a ser estrellas. Y en ese sueño meten ya el capital, o al contrario, el capital es el que se ha metido en los sueños de todos.

Volvamos a la calle. Resulta que el muchacho de las barriadas es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy estrechos, es capaz digo de desarrollar muchas destrezas, es capaz de moverse con agilidad dentro de unos límites reducidos, es capaz de hacer paredes cortas, esguinces, gambetas, y aprende a patear con precisión. Aprende también a driblar rivales y carros. Se vuelve repentizador. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional han dicho, o decían en otro tiempo, que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y la trapacería son necesidad. Se podría especular acerca de que ciertas dotes, como la picardía y la capacidad de no arrugarse en la contienda, de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza. Esto podría verlo uno muy claramente en novelas de la picaresca española, como El Lazarillo de Tormes o La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.

Bueno, ya no recuerdo cuál era el técnico que decía que en situaciones y lugares adversos es “donde se aprendería como ineludible apoyo de supervivencia, la rapidez de improvisación y los reflejos para sacar ventajas en la lucha”. Creo que era Helenio Herrera.

  1. La gracia del domingo

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¿Quién de nosotros no se ha despertado alguna vez una mañana de domingo con las ganas incontenibles de jugar un partidito de fútbol? El domingo tiene su cuento. Para algunos es un día de tedio, pero para muchos es una jornada llena de sorpresas, de alegrías, porque el balón está presente en la cuadra, porque es la ocasión para reeditar encuentros con los amigos en torno a la magia de una pelota. Es allí, y en ese día, cuando el futbol vuelve a ser placer, a ser diversión pura. Aparecen las pequeñas porterías de metal, algunas con redes metálicas o con costales que hacen las veces de red, y entonces el asfalto sonríe porque la muchachada va a pisar el cuero, porque va empezar un ritual gozoso, algo que romperá la rutina del barrio.

Las tardes dominicales, en cambio, son otra cosa, porque en ellas incide el otro fútbol, el profesional. Que ya es oficio, o trabajo. Que es como la misa. Los aficionados se preparan para entrar en contacto con la divinidad, unos mediante la radio o la tv, otros con su presencia en el estadio. El fútbol ahí se vuelve hábito, costumbre, y a veces pasa a ser una rutina más. En el estadio ya no está el protagonista de las jugadas de cancha de barrio, sino el espectador (o el oyente, o el televidente). Ya no es un ser activo. Se aquieta, como el feligrés en la iglesia. Es un receptor. Se vuelve grey, rebaño. Y allí en ese lugar sacro y profano que es el estadio, el espectador puede pasar del éxtasis, de la apoteosis, a la tragedia y la angustia. El espectador es un ser que goza, pero, a su vez, sufre. Es el depositario de lo que en la cancha realizan los sacerdotes. El aficionado se incorpora al ritual para salvar su alma o para perderla. Pero todo esto, sea negativo o positivo, es posible gracias a ese fenómeno mundial llamado fútbol.

  1. Los afectos tristes

Ya estamos a punto del pitazo final, que es cuando el espectador se reencuentra con los desamparos de la vida cotidiana, de su rutina envolvente. Quisiera citar al filósofo francés Gilles Deleuze: “Vivimos en un mundo más bien desagradable en el que no solamente las gentes, sino los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. Los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia para actuar y los poderes establecidos tienen necesidad de nuestras tristezas para hacernos esclavos. El tirano, el sacerdote, los secuestradores de almas, tienen necesidad de persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen así menos necesidad de reprimirnos que de angustiarnos, o de administrar nuestros pequeños terrores íntimos”.

Se ha dicho que el fútbol es sospechoso de hacer evadir de la realidad a la gente, de desviarla de sus calamidades diarias, de apartarlas de la desdicha. El fútbol es anestesia, es pasión desbordada, es un enamoramiento, o una traga (un metejón). Puede llegar a ser un remedio contra el aburrimiento. Si uno quiere y lo mira con otros ojos, puede encontrar en él la poesía de la vida corriente, esa que habla de gambetear la pobreza, de sacarle el cuerpo al infortunio. El fútbol tiene una estética, y hasta una lujuria. El gol se puede comparar con un orgasmo. Un orgasmo universal.

Creo que todos somos penitentes, adeptos, exégetas, apóstoles, víctimas propiciatorias y puede que hasta seamos esclavos del fútbol. Puede ser que un gol no nos redima de los desamparos y desasosiegos, pero por lo menos nos hace saber que estamos vivos, ¡vivos!, que era lo que querían decir aquellos muchachos de Calella de la Costa, cuando venían de jugar al fútbol y cantaban: “ganamos, perdimos, / igual nos divertimos”. Muchas gracias.

Medellín, junio 10 de 1998

*(Primera conferencia del ciclo Fútbol, Historia y Literatura, a propósito del Mundial de Francia)

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“Ganamos, perdimos; igual nos divertimos”.