Los disparos de Arizona Colt

(Un spaghetti western despidió al teatro Junín y otras historias antipatrimoniales)

 

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Más de cuatro mil localidades tenía el Teatro Junín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Cuando vi en una vieja reseña de prensa que la última película que presentaron en el demolido Teatro Junín había sido Arizona Colt, los recuerdos, en un flashback cinematográfico, peregrinaron hasta un viejo teatro de Bello, donde vi en 1967 el filme protagonizado por Giuliano Gemma. Sí, un spaghetti western, de los tantos que entonces, en la infancia y en la adolescencia, vimos en las pantallas del Rosalía, el Iris y aquel bonito teatro a la italiana, diseñado por un italiano (Albano Germanetti), en el que, creo, nos enloquecíamos con los disparos del cazarrecompensas de esta ingenua película del Oeste.

 

Y entonces, con frenesí, la busqué y volví a verla, no porque se trate de una obra de arte, sino, ante todo, por ir tras la resurrección de un esfumado recuerdo. Retorné a las montañas monótonas, amarillentas, a veces ocres, a veces grisáceas, de una geografía imaginada por los productores y los escenógrafos, los pueblos de cartón, los avisitos del banco, el saloon, los jugadores de cartas en mesas de cafés atiborrados, los mostradores con whisky o con cerveza y los modos repentinos de sacar un Colt y disparar con inusual puntería y rapidez. Sí, casi todas las películas de esta índole son similares, los mismos argumentos, un bandido bueno, otro malo, y unas mujeres bellas que están dispuestas a jugársela por uno de ellos o a sucumbir ante la fuerza y la malevolencia.

 

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Afiche del filme Arizona Colt, un spaghetti western de los sesenta

 

Arizona Colt es la historia de un cazarrecompensas que, al principio de la película, está preso en una cárcel de un pueblo, al que llega el Gordo, un bandido mexicano, desalmado y rudo, que quiere reconstruir su banda de exterminadores y, para nutrirse de personal, asalta el presidio y libera a todos los presos. Uno de los que escapa es nada más y nada menos que el conocido de autos, Arizona Colt. Este se niega a hacer parte de la secta del implacable Gordo y ahí se inicia una confrontación que durará toda la película.

 

La banda tiene como objetivo asaltar el banco de Blackstone Hill, donde hay, claro, un sheriff, un saloon, unas calles polvorientas y unas muchachas atractivas. Y aunque todo es predecible en la película, que no deja de ser entretenida, hay momentos de alta tensión y no faltará el beso buscado al final de la película, que era, en los días de ensoñaciones y fantasías, una manera de estimular la gritería en el teatro, de provocar el berrido de “¡soldadura!” con el fin de que los “besanderos” se quedaran pegados en su “chupada de piña” y prolongaran la emoción de la sala.

 

A Giuliano Gemma, un tipo bien parecido, actor, doble cinematográfico y escultor, lo conocíamos por sus representaciones de Ringo (Una pistola para Ringo, El retorno de Ringo) y, como lo supimos años después, fue parte de la película El gatopardo, de Luchino Visconti. En Arizona Colt, filmada en 1966, se caracteriza un busca recompensas, de una increíble habilidad para desenfundar, disparar y tender emboscadas. Es un solitario. Un hombre que va. Alguien al que una mujer no puede detener. No es un tipo para quedarse a vivir en ningún pueblo.

 

En este western a la italiana, de paisajes áridos y desvaídos arenales, vuelan los disparos, hay dinamita, se agujerean sombreros a balazos y hay una vindicta. Nada nuevo bajo el sol de los desiertos y los pueblitos aislados. Y, a diferencia de otros filmes similares, los revólveres, los mismos de la fábrica legendaria de Samuel Colt, serán los únicos mencionados y nada que ver con la competencia de estos, los Smith & Wesson.

 

Volver a esta película, tras tantos años de haberla visto y olvidado, fue una suerte de reencuentro con un tiempo de cierta inocencia y mucha imaginación, la que, ante todo, nos proporcionó el cine y buena parte de las películas del Oeste, con John Wayne, Gary Cooper, George Peppard, Henry Fonda, Gregory Peck y una corte casi infinita de otros actores. Caballos, revólveres, sombreros, cinturones con balas y estuches, rifles en bandolera, el banjo, alguna armónica, las inmensidades desérticas, las bandas sonoras, revivieron con esta vuelta a tiempos que no volverán. Fueron parte de nuestra educación sentimental.

 

Hay que decirlo. No es tan “lata” (un término que usábamos para referirnos a películas hueso o malas) y tiene cierta candidez en su desarrollo y aun en sus locaciones sin despliegues imaginativos y más bien parte de un extenso lugar común. Y, en efecto, esa fue la última proyección que hubo en el desaparecido Junín, el colosal teatro parte del edificio Gonzalo Mejía, que, con el hotel Europa, era una obra de Agustín Goovaerts, el arquitecto belga que vivió y trabajó un tiempo en Medellín y Antioquia.

 

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El imponente Teatro Junín, parte del edificio Gonzalo Mejía, en Junín con La Playa.

 

La demolición, para construir ahí una especie de esperpento como el rascacielos de Coltejer, se inició el 7 de octubre de 1967, cuarenta y tres años después de su inauguración. Cuando se murió el vasto teatro, de más de cuatro mil localidades, ya era, como dicen testimonios de los penúltimos que en él estuvieron, un “pulguero”, venido a menos, como si a propósito lo hubieran abandonado a su suerte de arrasamiento y destrucción. Nada raro en una ciudad experta en borrar su patrimonio.

 

La víspera de su caída, el periodista Miguel Zapata Restrepo, director del radioperiódico Clarín y que después, a principios de los setenta fue alcalde de Bello, dijo: “Mañana empezará la pica a desmantelar el viejo teatro. La cornisa barroca que anunciara las luminarias aztecas del celuloide y que fuese testigo de tantos actos heroicos en el corazón de Medellín, no volverá a iluminarse más. El Junín ha cumplido su tarea y ahora sucumbirá como cuota de sacrificio ante el progreso…”.

 

El cronista no escapó a la mentalidad de época que confundía progreso con derribamiento de construcciones conectadas con la memoria, la historia y la identidad. Y, por lo demás, que gozaban de refinada estética y armonía en los diseños, acabados, composición y distribución espacial.

 

No creo que sobre decir, por otra parte, que ninguno de los teatros bellanitas sobrevivió a los cambios de usos del suelo ni a los ardides de la especulación inmobiliaria. Gajes del “progreso”. El que diseñó un arquitecto italiano (el Teatro Bello) lo desmoronaron para construir una entidad oficial horrorosa en su concepción y acabados. Un bodrio. Como dice un tango: “Muchachos, todo lo ha llevado el almanaque. / Todo, todo ya se fue”.

 

Me parece que Arizona Colt goza de un merecido olvido. Solo que un recorte de prensa visto en una interesantísima exposición llamada “Ausentes Teatros”, sobre los desaparecidos teatros Junín, Bolívar y el Circo España, me dispararon quizá la nostalgia, pero, ante todo, me despertaron las ganas de volver a mirar una película que ya tenía borrada. Y que, viéndolo bien, puede seguir para siempre en la tiniebla de la desmemoria.

 

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Arizona Colt, un filme de 1966 con Giuliano Gemma.

Flor de azálea, golondrina del amanecer

Canciones de otros días (2)

 

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Flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…

 

Por Reinaldo Spitaletta

En las casas de antes, con patios y solar, y algunas con antejardín (aunque era este más escaso), las materas eran parte del decorado. Sembradas de novios, margaritas, hortensias y, sobre todo, bifloras y azaleas, adornaban el ámbito doméstico y daban alegrías a las señoras, incluidas tías y vecinas. Mamá, por ejemplo, gustaba, además de las de jardín, de las matitas medicinales y aromáticas y por eso tenía desde romero, albahaca, manzanilla, limoncillo, yerbabuena hasta la infaltable ruda. También colgaba penca sábila con herraduras y cintas a la entrada de la casa.

 

Y esta introducción floral y con perfumes de jardín viene al caso—o tal vez no sea el caso— por una de esas flores de abuela, las azaleas, de exigente cuidado, que, me parece, eran las más consentidas o mimadas debido a que, cualquier maltrato, las marchitaba. Por esos tiempos, cuando ni siquiera uno estaba pendiente de flores y menos de canciones para adultos, sonaba un bolero mexicano que tenía ese género de flor en su título, pero acentuado de otra manera, azálea. Sí, Flor de azálea, que me parece que la primera versión que escuché fue la de Los Panchos.

 

La canción, que sonaba en la radio con cierta frecuencia, se fue pegando hasta de las paredes y la letra se hizo conocida. “Como espuma / que inerte lleva el caudaloso río / flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…”. Algo en ella era contagioso, no sé si eran los acordes de las guitarras, o la melodía, o las voces de los intérpretes, o las imágenes que provocaba. “Pero al salvarte / hallar pudiste protección y abrigo / donde curar tu corazón herido por el dolor”. A veces uno se quedaba alelado por esas palabras y no entendía cómo era que esa flor tenía el corazón adolorido.

 

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En general, por aquellas épocas no era que uno se detuviera a analizar letras, o a detenerse en frases, y así de pronto hubiera sido fácil pensar que esa flor era más bien una mujer de la noche, pero tampoco daba.

 

Después, en realidad no sé cuándo, me enteré de que el bolero, compuesto por Manuel Esperón y Zacarías Gómez Urquiza, estaba hecho para una muy bonita actriz mexicana, Elsa Aguirre, de la que Jorge Negrete, que le llevaba un montón de años, se enamoró. Estos chismes de farándula habría que adobarlos más con la inquina que María Félix, entonces todavía casada con el charro Negrete, le tomó a la muchachita, musa de la citada canción: “Quisiera ser la golondrina que al amanecer / a tu ventana llega para ver / a través del cristal”.

 

Con el paso del tiempo la pieza me fue gustando y está en mi repertorio de recuerdos. A algunas muchachas, y aun señoras, que tenían flor en su nombre las llamaba así: Flor de azálea, como una expresión de simpatía. Me gustaron distintas versiones del bolero, como la de Negrete (quizá la mejor), Javier Solís, Alfredo Sadel, Pedro Vargas, Roberto Sánchez y una de Toña la Negra, que es como una contestación al ya clásico bolero de cristales, alboradas y golondrinas.

 

Por estos días grises de noviembre he vuelto a escuchar el viejo bolero y recordado aquellos patios florecidos cuando el mundo todavía era de juegos y cuadernos de tareas. Y no sé por qué Flor de azálea me sigue pareciendo una canción de una dulce tristeza.

 

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Elsa Aguirre, actriz  mexicana, musa del bolero Flor de azálea.

Fisonomías de la imaginación

(Caras y caretas desde la adultez hasta la infancia y viceversa)

 

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Obra de Leonardo da Vinci

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa se hablaba de fisonomías —y la casa pueden ser muchas casas, pero casi siempre se refiere a la de infancia, y a una sola, más como representación, como símbolo, aunque hayan sido varias—. “Yo soy muy fisonomista”, se le escuchaba decir a mamá cuando pretendía análisis de personalidad del vecino, o del lechero, o del tendero, y de no sé cuánta gente y, según ella, era posible determinar quién era, cómo pensaba, que demonios llevaba adentro, de acuerdo con la conformación de la frente, la nariz, algún rictus de los labios, la cumbamba… Era divertido. Muy fisonomista ella. Y así, seguro, nos examinaba y, aunque no lo llegué a saber, de pronto hasta era capaz de adivinar qué había hecho cada uno de sus tres hijos por la noche, antes de dormirse. Tal vez por eso, nos miraba temprano, con minuciosa atención, y a lo mejor pensaba que “este muchacho estuvo dedicado toda la noche a los malos pensamientos”.

 

Después, en los libros que íbamos descubriendo, había descripciones de rostros, muy meticulosas, fotográficas, retratos de palabras que transmitían toda una emoción y un acercamiento para que imagináramos, cada lector a su gusto, cómo eran esas fisonomías. Pasaba sobre todo en la literatura del siglo XIX, tan detalladora y descriptiva. Para seguir con lo de la casa, a papá, tal vez en contravía de las apreciaciones de mamá, le daba por establecer acerca de las caras de los santos que mamá acumulaba, en una iconografía escabrosa y más bien aterradora en paredes de cuartos y en la cocina, las perversiones que cada uno tenía. De san Expedito opinaba que, con certeza, había sido un mariconazo. Lo mismo de san Benito y san Ambrosio. A san Martín lo salvó, lo mismo que a san Pedro Claver, a los que le atribuyó, según sus apreciaciones, ser varones a carta cabal. No se salvaron ni el corazón de Jesús, uno que había en la sala, con un incendiado rostro que parecía con colorete y labial, ni otros cuadritos sobre agonías y purgatorios. Decía de las vírgenes que todas tenían la misma carita, y que no pasaban de ser pura apariencia. “Esconden alguna maldad”, apuntaba entre risas.

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San Expedito

 

Así que la fisonomía y sus atributos estuvieron en boga durante años en casa. Y era tanta la habladera al respecto, que a uno se le fue pegando y cuando estaba en la calle observaba las caras de los transeúntes, o de las señoras que iban a la tienda, y también la del tendero, la del carnicero, la de los vendedores de bastimento de la plaza de mercado. Creo que fue un ejercicio interesante de imaginación. Nada científico, claro. Pero que tenía sus atracciones. Las trasladamos después a los caminados. Y especulábamos sobre cómo sería cada viandante de acuerdo con su manera de transitar, de mover los brazos, si tenía los pies rectos o torcidos, hacia adentro, hacia afuera, en fin, era una simpática manera de perder el tiempo.

 

Seguro se trataba de la influencia del lombrosianismo decimonónico, que conectaba los comportamientos, en particular los agresivos, con las características del rostro, un determinismo absurdo y, si se quiere, ramplón. Sin embargo, había en esas visiones que estaban más del lado de lo fantástico que de la ciencia, aunque la ciencia tiene mucho de fantasía, asuntos como los que decían que si un hombre tiene cara más ancha que alta es un tipo tramposo y agresivo, o de ser cuadrada revestía un atractivo para las damas y bobadas parecidas, que llegaron en un momento a ser peligrosas en la sociedad, porque se supo de rechazos a aspirantes a un empleo por su frente amplia, o porque tenían determinados rasgos faciales, y hubo estigmas y discriminaciones. Lo de la casa era más un juego.

 

Un ejercicio que puse alguna vez en un seminario de literatura tenía que ver con las fisonomías. Cómo era la cara del Quijote y cómo la de Sancho, o cómo era el rostro de Jean Valjean y en qué se diferenciaba, por ejemplo, del de Thenardier o el de Javert. Se pueden dibujar los rostros de Madame Bovary y Ana Karenina; los de Úrsula Iguarán y Fermina Daza; los de Séptimus y Leopoldo Bloom… A veces imagino las fisionomías de Francisco de Asís y la de Zorba, o más aún, las del Libertador e incluso la del Cristo, tan desvirtuada casi siempre, tan kitsch y pintarrajeada. En cualquier caso, se puede apreciar en la cara quién es el que más ríe y quién el más amargado; el que ha sufrido persecuciones y el maltratado por la sociedad. Es como si fuera un receptáculo de las alegrías y los sufrires.

 

Y todo esto para decir que, hace poco, en una de mis peregrinaciones urbanas, me dio por mirar caras de gente vieja, más que todo de hombres de más de cincuenta o sesenta años y aún de mayor edad, y cómo serían de jóvenes (también el ejercicio se puede hacer al contrario). Es un divertimento y otro modo de darle trabajo a la imaginación, aquella facultad que no sé ya en qué siglo llamaron “la loca de la casa”. ¿Qué tanto de las facciones de infancia se conservan? ¿Cambia la nariz? Creo que lo que más prevalece es la mirada. Uno puede reconocer a alguien que no ve hace muchos años solo por la manera de mirar, así sus ojos estén ya vidriosos. Es, me parece, una señal particular de larga duración.

 

Inicié por Ayacucho, mientras ascendía desde la carrera Nariño hasta Suiza. De frente venía un hombre de andar sereno y daba la impresión de estar atravesado por alguna dificultad, según su cara de arrugas en el entrecejo y dos que le atravesaban la frente. Lo visualicé en un tiempo muy atrás, la piel menos quemada, limpia, con la energía en la mirada. Le armé rápido la que pudo ser su cara de ocho años, cuando iba el muchacho a la escuela, con cuadernos nuevos y la sonrisa antes de entrar al salón. Lo abandoné porque, detrás de este, andaba otro, de unos sesenta años, con actitud contenta, la nariz aguileña, los ojos más separados de lo normal si es que hay una “normalidad” en esa distancia. Estaba bien afeitado y de inmediato lo imaginé a los siete años, una cara limpia y de bien alimentado, ojos brillantes y la picardía en una risita del que acaba de hacer una pilatuna a sus compañeros de escuela.

 

Y así, hasta pasar por la estación Buenos Aires del tranvía y llegar a la acera del café Sol de Oriente. Me topé dos o tres viejos, a los que rejuvenecí en cuestión de segundos, les hice un flashback y los encontré radiantes, sin preocupaciones, y con una energía nueva, la vida apenas abriéndose hacia un futuro que estaba lejano. Y fue ahí, cuando reconocí en el aviso del viejo café, de ese café que en otro tiempo tenía billares y muchas iconografías de cantantes de tango y futbolistas y ahora es solo una decadente y reducida cantinita que da grima, caras de gente que ya no está y que alguna vez vi o detrás del mostrador o repartidas en las numerosas mesas, entre botellas y copas. Reconocí el tiempo como un juzgador inexorable, inflexible.

 

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A la vuelta, cuando sin requerimientos quirúrgicos ya había retornado a la niñez a no sé cuánta gente, me dije que el próximo ejercicio estaría hecho para envejecer a los jóvenes. Y me gustaría hacerlo con muchachas, las mismas que, con su belleza reciente, no imaginan cómo serán en cuarenta años o más. Tuve la impresión fugaz de que el tiempo andaba más acelerado que antes y que esas chicas envejecerían más rápido de lo que, por ejemplo, envejeció mamá, tan preocupada en otras épocas por decir que ella era una gran fisonomista, y que por esa condición se daba cuenta de quién era buena gente y quién no. Tenía introyectado, sin saberlo, a Cesare Lombroso, cuyas teorías tanto daño hicieron, sobre todo a los más feítos y mal parados que cuando había unos detectives municipales y otros agentes malucos les daba por detener a negritos, a desgualetados y carianchos por “sospecha”.

 

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Retrato de Miguel de Cervantes

 

Tornemos a la literatura. Cervantes, como es fama, fue un fisonomista de sí mismo, como bien lo muestra en su prólogo a las Novelas ejemplares: Este que véis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha…”.

 

Todas estas caras y caretas vinieron así, sorpresivas, en una caminata, en la que, sin proponérmelo, evoqué los días y la casa (o casas) de infancia, donde una mujer de rostro blanco con mejillas sonrosadas, nariz recta y proporcionada, ojos carmelitas, cabello rubio, cara redondeada con boca pequeña, y una voz embrujadora que lucía sobre todo cuando cantaba, nos habló de fisonomías y fisonomistas. Y, sin saberlo, nos estaba dando nutritivas recetas para alimentar la imaginación.

 

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Marilyn Monroe vista por Andy Warhol

Perfidia y sus acordes enamoradores

Canciones de otros días (1)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

El bolero Perfidia, de Alberto Domínguez, llegó una tarde en un caserón del barrio El Pedregal, de Copacabana. Afuera, había gardenias y no recuerdo qué otras flores. Adentro, en una sala, sentado sobre su silla de ruedas, don Alfonso Hernández, nuestro profesor de guitarra, nos dijo a Roberto Arismendi y a mí que nos enseñaría los acordes. Comenzó a tocarla y con su voz un tanto cascada la iba cantando: “Nadie comprende lo que sufro yo / Canto… Pues ya no puedo sollozar / Solo…Temblando de ansiedad estoy / Todos…Me miran y se van” … El profesor entrecerraba los ojos y luego, tras una breve pausa, comenzó a desgranar acordes. Me gustaron mucho. Era como si una puerta invisible se abriera para mostrar un mundo inesperado. Me pareció que lo mejor de esa composición era el acompañamiento, rítmico, seductor, que iba trasladándose por la guitarra, Do, La m, Re m, séptima de Sol, y de pronto la letra otra vez: “Mujer… Si puedes tú con Dios hablar / Pregúntale si yo alguna vez / Te he dejado de adorar / Al mar / Espejo de mi corazón / Las veces que me ha visto llorar / La perfidia de tu amor”.

 

Yo apenas miraba el paso de los dedos del guitarrista y luego observaba su modo de interpretación, él siempre con los ojos entrecerrados, y como si estuviera abrazando la guitarra, que me pareció por momentos que era una mujer. Llegaba el instante de ensayarla nosotros, sin el profesor. Nos decía dónde cambiar, cómo arpegiar, como tocar los bajos, y así nos deslizábamos por los trastes. Era un momento de concentración y gusto. En efecto, sentía uno como una reencarnación romántica, como si estuviera bajo un balcón en plena serenata, la luna con su lumbre en el asfalto, sobre la acera y una muchacha en lo alto asomándose por entre las cortinas temblorosas de viento y expectativa.

 

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Perfidia, un bolero de Alberto Domínguez

 

Después, Roberto y yo la interpretábamos. Ya el ensayo era en la casa del compañero, por La Pedrera, en una casa cercana al río Medellín. Fue una de las canciones que incluimos en el repertorio breve de una serenata por el barrio María, a una muchacha que él pretendía y de la que no retengo su nombre. Salió bonita bajo un cielo estrellado y sin luna.

 

En una visita, de las pocas que ya entonces (tal vez año 72 o 73) hacía al abuelo, un señor zarco y que siempre ocultaba su calvicie con sombreros de fieltro, habitante de una vereda de Rionegro, toqué los acordes de Perfidia en una vieja guitarra que casi siempre vivía colgada de la pared de tapia, en uno de los cuartos. Cuando sonaron no solo mi abuelo Marcelino, que en su juventud era bohemio y llevador de serenatas con tiple, lira y guitarra, sino su mujer (la abuelastra), Maruja, mucho más joven que él, se encantaron con los sonidos. “Qué bonito suena”, dijo ella. La canté y ellos se embebieron con la pequeña historia en ritmo de bolero.

 

Luego, en reuniones de amigos, o de un club juvenil que teníamos en Copacabana, la canción de Domínguez era muy popular. En casa de los Zapatas, de los Díaz, de Estelita la hija de un comerciante en telas, y así, Perfidia por aquí y Perfidia más allá. Era pegajosa y, hay que decirlo, sonaba bonito entonces (quizá todavía): “Para qué quiero otros besos / Si tus labios no me quieren ya besar…”. No sé cuándo dejé de tocarla y cantarla. Hizo parte de un tiempo de búsquedas y encuentros (también de desencuentros).

 

A veces escucho alguna versión y vuelan las imágenes de días lejanos que, desde luego, no volverán. No sé cuántas versiones haya de ese bolero tan popular. Me suena por Los Panchos, por Nat King Cole, por Javier Solís, por Sarita Montiel, por Alfredo Sadel… Sin embargo, en el recuerdo está siempre la de don Alfonso, el profesor que una tarde nos llenó de entusiasmo con esos acordes que a veces resuenan en la distancia y en algún sueño extraviado en la mitad de la noche.

 

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“Mujer, mujer, si puedes tú con Dios hablar…”

Un río a la deriva

(El Aburrá o Medellín, una corriente sin caché y sin juglares)

 

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                                                  “Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar…”
                                                                    Jorge Manrique

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Una antigua imagen de infancia muestra al río de aguas todavía claras, junto a vegas tupidas de cañaverales. El bus-camión muy cerca de la orilla y la mirada del niño escudriñando el mundo, por el que había letreros de lugares para la diversión, extensiones de tierra amarilla y rojiza, calles en ascenso hacia las laderas y el vehículo de pasajeros atravesando el río por un puente y luego otra vez enderezando hacia el norte para llegar a un parque de dos iglesias, pocos almacenes y casas grandes alrededor.

 

El río ejercía entonces una suerte de atracción por su corriente, en tramos cortos muy rápida y en otros —los más— lenta, de serenidad de remanso. No recuerdo si había areneros, esos hombres de orilla que, con la piel al sol (o al agua) extraían material de playa, ni si los niños de viviendas cercanas, que eran pocas, hacían barquitos de papel para que navegaran en esa corriente que todavía atraía por sus músicas sin pretensiones y el vuelo de aves blancas casi a ras de sus aguas.

 

En todo caso en ese río, que se estaba muriendo porque ya no tenía meandros, ni radas, ni curvas, ya no provocaba, como en las quebradas, tirarse en él para sentir el placer de una caricia mojada. La imagen más vieja, digo, era la de los cañaverales, de los mismos que en sus hojas con pelusa albergaban saltamontes y de sus tallos se extraían las varillas maravillosas para confeccionar el liviano esqueleto de las cometas.

 

De tanto verlo, el río se tornó invisible y quizá por eso no nos dimos cuenta de su muerte, de su turbiedad, de los trabajadores “entamborándolo”, de las oquedades o conductos que se abrían en el cemento inclinado y por el que brotaban aguas negras y toda la porquería de la ciudad. Y así se oscureció, sus aguas de pronto opacas, sucias, malolientes, provocaron arcadas y en tiempos de soles intensos su asqueroso hedor se sentía en los buses y supongo que en el tren que todavía se desplazaba a sus orillas, dejando con sus locomotoras de leyenda una estela negra de carbones en agonía.

 

El rio que atraviesa el vallecito, el que antes de la llegada de barbudos y tipos con yelmos y espadas vieron los aburráes o los que junto a él, más bien en altozanos, habitaban y lo tenían (y temían) como una corriente vital que los conectaba con las voces de deidades orilleras. Los indios atisbadores y previsivos se alejaron de él porque sus aguas eran rebeldes en los tiempos lluviosos y arrasaban con lo que junto a él estuviera. Lo amaron, lo adoraron, le tejieron alguna oración como lo hacían con los hilos para sus mantas y cobertores, o con el fuego, o con el aire. Con la tierra.

 

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¿Dónde fueron las ninfas y las náyades? ¿Y dónde sus peces muertos? Foto de Melitón Rodríguez

 

Ese río de claridades en días remotos se convirtió en un muerto largo cuando emergieron las chimeneas, las trilladoras, las fundiciones, cuando arribaron los telares y el vallecito se pobló de trabajos y afanes y la ciudad principal se colmó de peregrinos de todos los puntos cardinales. Y cuando el primer escritor de tiempo completo que hubo por estos andurriales industrializados, el que venía de Santo Domingo y le ganó de mano a quienes decían que esta tierra de comercios y oros no era para novelarla, le dedicó unas líneas al río, todavía este vivía. Y lo primero que dijo el cronista sobre esa corriente que aún respiraba con branquias y pájaros fue: “no tiene leyendas como el Rhin, ni sacros misterios como el Ganges”; y avizoró que después, cuando ya nadie se interesara en su discurrir, sería peor.

 

Si en sus tiempos bellos nadie, ningún vate, ningún cantor, recalcó sus dotes, ya putrefacto serían menos las posibilidades de poetizarlo. “Genios y ondinas desdeñaron sus aguas; ningún poeta le ha dedicado una estrofa” ni ha sido objeto de leyendas, supersticiones, ni habitación de duendes burlones ni de cantos de sirena (o, sí, las que tras la alborada del siglo xx, para la convocatoria de los obreros, para los cambios de turno, le brindaron las de las fábricas); un río despojado de encantos y de memoria.

 

Por sus aguas diáfanas de los inicios y del lento decurso de la villa no se deslizaron naves ni se atrevió ningún pirata. Un río de olvidos. Uno carente de musas. Río sin inspiración. Y así, cuando lo mató la civilización, sufrió aún más un exilio del corazón. Apenas era una referencia para decir que, al otro lado, hacia occidente, quedaba la Otrabanda, la que por tantos años era no solo tan lejana de la plaza mayor, sino extramuro inhabitable, región de ciénagas y pantanos, de zancudos y misterios.

 

Nadie le inventó una mentira, ni le creó una mitología, ni le concedió siquiera una manera de ser digno de un suicidio memorable. No como en el Sena, donde tantos, poetas y desconocidos, han decidido cortar sus relaciones con la vida. Ni siquiera tuvo el carácter de fuente poderosa que, como el salto del Tequendama, hipnotizara a los que se habían cansado de existir y decidían volar en la caída prodigiosa que varios cronistas judiciales elevaron a insuperable fuente de información.

 

El río Medellín, el antiguo Aburrá, el que más abajo cuando busca el mar al que jamás llegará con sus aguas sin historia, se llama Porce y Nechí, ha sufrido el desprecio de los artistas, de los juglares, de quienes ricos en imaginación no se dignaron otorgarle una pizca de su creatividad, y aun de los habitantes sin pretensiones de bardos o troveros. Ni siquiera los puentes, como el diseñado por Enrique Haeusler, en donde el último fusilado de la ciudad vio el ocaso definitivo, le han dado categoría de río fundador. Es más, son más célebres los puentes que la corriente que cruzan.

 

Es una corriente sin náyades, sin espíritus acuáticos, sin peces agoreros, sin siquiera la condición de sátiro tropical de un mohán. Va y va, pero nadie se bañaría dos veces en ese río. No convocaría a ningún griego antiguo a mirarse en sus turbias aguas. Solo vería oscuridad. Ni siquiera es un río del tiempo, nada de novela, nada de relatos, o puede que sí, pero más en la tónica de narrar la trayectoria del cadáver de algún asesinado o de la señora arrastrada primero por el torrente de una quebrada y cuyo cuerpo derivó en el río. Un río sin balsas doradas ni con un barquero a lo Caronte que nos conduzca al inframundo con sus arcanos indescifrables.

 

Este río del olvido, sin músicas sinfónicas como el que pasa por Praga, y sin narrativas y valses como el Danubio, es, con todo, nuestro río. Es aquel que salió del anonimato cuando diciembre lo atravesó con bombillas navideñas y guirnaldas eléctricas, y tornó al anonimato en enero, cuando ni siquiera los reyes magos le regalaron un calcetín con bombones. Le han faltado guitarras y la melodiosa voz de alguna contralto. Es más, es un muerto sin responsos.

 

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El río del olvido y las desolaciones. Foto Gabriel Carvajal.

 

Ya es un río sin serpenteos. Aunque, en otras épocas, cuando aún se creía en Santos Inocentes, se decía que un barco enorme, como salido de una narración extraordinaria de Poe o de Melville, había encallado en su cauce sin abolengo. Carrasca, en su crónica, tuvo la esperanza de una canción: “Mas nunca faltarán en tus riberas ni poesía ni hermosura: que por mucho que te dañen la simetría y el confort urbanizadores, nunca podrán avasallar del todo el desgaire armonioso de tu gentil naturaleza”.

 

Creo que el pronóstico no se cumplió. Al río Medellín lo avasallaron con excrementos y otras contaminaciones. Algún día, cansado y triste, puede ser que se devuelva a su origen y se seque para siempre.

 

18-X-2019

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Río Medellín, un río muerto entre una “civilización” que lo olvidó.

Una novela sobre lo inevitable

(El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, el carnaval detrás de la muerte)

 

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“La promesa de lucha despierta el coraje”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Destino ineludible con aire de carnaval

 

En una Buenos Aires (no tan fantasmal, por ejemplo, como la que se muestra en otra novela de Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo) en la que ya el tango y la hípica, además del fútbol, están presentes en las esquinas, los cafés, las calles y los barrios, sucede una misteriosa repetición de hechos, de historias paralelas, que desembocarán en el cumplimiento inevitable de un destino trágico, o un sino ineludible, fatal. En una Argentina que para la década del veinte era una suerte de potencia mundial en economía, sobre todo un granero y un proveedor de carnes, hay una situación boyante que pone en estado de sitio a la miseria que, en la década siguiente, se impondría sobre todo en los sectores populares.

 

El sueño de los héroes (1954), la tercera novela publicada por Adolfo Bioy Casares, del que su amigo Borges ya había dicho de La invención de Morel (1940) que era una novela perfecta, es una ficción que oscila entre lo fantástico y el realismo, mejor dicho, entre algo que inventaron los de Buenos Aires: el realismo porteño. ¿En qué consiste? Quizá en una mezcla de tango, sobre todo algunos de Gardel que le cantan a lo inevitable, como Adiós, Muchachos, y de diversas culturas de migrantes que promovieron una muy atractiva manera de ser de los de esa ciudad, misteriosa como bien la cantó Manuel Mujica Láinez.

 

Esta novela, de prosa impecable (bueno, se puede decir de Bioy que, aparte de talentoso escritor, creador de situaciones, conflictos y personajes, era un prosista de postín), pone en evidencia la trayectoria de un hombre que estará durante tres años de intensos hechos (el matrimonio, el carnaval, el tejido de acontecimientos que lo conducirá a tener una “prodigiosa aventura”). A propósito de prosistas, para Borges el mejor en lengua castellana era Alfonso Reyes, y en Argentina, Mujica Láinez (que en Bomarzo, por ejemplo, da una cátedra al respecto). Ser buen prosista no está conectado de necesidad con ser buen novelista. En Bioy, sin embargo, se reúnen ambas condiciones. Un privilegiado.

 

En El sueño de los héroes, conjugación de lo sobrenatural con lo extraordinario real, el lector tendrá una inmersión en barrios como Saavedra y Barracas, en cabarets como el Armenonville, en cafetines como el Platense, a la vez que obtendrá pase para estar en medio de corsos, mascaritas, murgas de carnaval. El de 1927 y el de 1930. Y es un acceso por una puerta medio encantada hacia unos acontecimientos en los que habrá desde un brujo como Serafín Taboada hasta un sujeto al que llaman el doctor, pleno de maldad y cálculo. Y se encontrará con un hombre como Emilio Gauna, que tiene suerte (y la suerte que, como dirá Discépolo, es grela) en el amor y en las carreras de caballo, que no será suficiente para enfrentar otros azares y contingencias.

 

En la obra hay un ambiente de muchachos de barriada, una especie de pandilla juvenil, de patota sentimental, que girará en torno a la figura del doctor Valerga, y, aunque de fugaz presencia, en Taboada, un brujo de buen talante. Y, además, un peluquero, que en la primera carnavaleada que se narra en la historia está presente. Valerga es un tipo canchero, al que los pelafustanes le tienen respeto y admiración. Y que según el desarrollo de la novela se irá configurando como un ser despreciable y sin sentimientos.

 

El destino ineludible de Emilio Gauna

 

La novela tiene varios puntos clave, como las noches de carnaval, sobre todo la de 1927, que marcará sin que el protagonista, Emilio Gauna, lo sepa, su destino imparable, inmodificable, el que se tejerá como si fueran los hilos de una mortaja y que llegará al culmen en las nocturnas del carnaval de 1930. Mientras tanto, habrá conversaciones, conjuras, paseos por bares, y se irá montando la palestra en la que, al final de cuentas, habrá un desenlace quizá previsible, aunque no carente de sorpresas y otras inquietudes.

 

Su logro magno puede estar en el tratamiento del tiempo, un tiempo de tango, de romance, de conversaciones, de inesperadas situaciones. Es una conjunción de futuro y pasado, con un presente que fluye y en el que el lector a veces puede estar como si fuera a saltar del trapecio. Es posible que encuentre en el camino frases que apuntan al desenlace en cierto modo imprevisto, como la que en algún momento pronuncia Serafín Taboada, un tipo experto en vislumbrar futuros: “En el futuro corre, como un río, nuestro destino (…) en el futuro está todo, porque todo es posible. Allí usted murió la semana pasada y allí está viviendo para siempre”.

 

En cincuenta y cinco breves capítulos, en los que el manejo de la tensión es un logro tremendo, El sueño de los héroes discurre como un viaje sin retorno, en el que, sin evidencias muy claras, hay una lucha por evitar lo inevitable, lo que ya no se puede modificar. En algún punto del futuro una situación difícil de gambetear está esperando. No valdrán las luchas, ni los intentos por desviar el cauce de los acontecimientos, o, en otras palabras, de lo que vendrá. Estamos frente a una novela que hace un tratamiento del tiempo, el ayer, el ahora, lo porvenir, con elementos que van diseñando la tragedia.

 

Hay, entre los personajes, uno, como Clara, la novia y esposa de Emilio, que aparece como una especie de lúcida seguidora de pistas que se atreve a prever lo que ya no tendrá remedio. Nada de lo que haga para evitar lo que ya está escrito en los invisibles libros del destino podrá modificar la historia. Y tendrá al tiempo como uno de sus obstáculos no tanto epistemológicos sino oscilantes entre lo mítico y lo real. Un tiempo al que no se le pueden hacer trampas. Imparable. Las carnestolendas han marcado el principio y el fin. ¿Qué esconden las máscaras? Y aunque no suene ese tango (Que siga el corso), en el que Gardel hace uno de sus mejores histrionismos, parece estar de trasfondo: “Decime quién sos vos, / decime dónde vas, /alegre mascarita / que me gritas al pasar: / “—¿Qué hacés? ¿Me conocés? / Adiós… Adiós… Adiós…”.

 

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Saavedra, barrio de Buenos Aires

 

  1. Tango, ciudad y muerte

 

 

Un atractivo más de El sueño de los héroes está en el tango. Y en algunos muy representativos del inventor del tango-canción, Carlitos Gardel. Uno, que aparece con frecuencia, es Mi noche triste, que en la novela lo interpreta Antúnez, como también lo hace con La copa del olvido. Esa música urbana, que en la década del veinte incorpora el barrio a sus aventuras y peripecias, que ya para entonces tiene la presencia de avances identitarios como la orquesta típica, a la que ya Julio de Caro le ha dado su partida de bautismo, digo que ese género que con Gardel alcanza niveles celestiales, está en la novela como un leimotiv. Y, además, como un actor que ayuda a tejer la trama y las puestas en escena.

 

Por toda la obra se desliza Adiós, muchachos, un tango creado en 1927 por Julio César Sanders y César Vedani, grabado ese mismo año por Gardel con las guitarras de Barbieri y Ricardo. “Adiós, muchachos. Ya me voy y me resigno… / Contra el destino nadie la talla…”. Está hecho, se pudiera aventurar la afirmación, para Emilio Gauna, un muchacho que todavía no ha acumulado muchos recuerdos y todavía desconoce tantas pesadumbres del existir.

 

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Cabaret Armenonville, la Catedral del tango.

 

En la novela, que está plena de sombras, de claroscuros, de umbrosas predicciones, el tango está presente en discusiones de gallada, como la que sucede en una tienda en la que, además, también se comenta de fútbol. En una de esas, se advierte que el tango, “discutido por el mismo papa en persona”, nació en Montevideo, y la conversa deriva en que si Gardel no es francés hay que reivindicarlo uruguayo, “ni para qué recordar que el más famoso de los tangos también lo es”. Y es cuando Gauna sale al quite y dice que por mal argentino que uno sea “no va a comparar esa basura (se refiere a La cumparsita) con Ivette, Una noche de garufa, La catrera, El porteñito, qué sé yo”.

 

Y así, en una charla de cafetín, se ponen sobre la mesa discusiones que oscilan entre lo uruguayo y lo argentino, tanto en fútbol, literatura, poesía, caballos y tango. En El sueño de los héroes hay una buena dosis de cultura popular, de lo que se habla y siente en la calle, de apuestas y otros juegos de azar. Es una obra que parece evocar aspectos de la Odisea, en este caso un viaje por el interior del carnaval por diversas geografías porteñas, y en las que hay un llamado a repetir un recorrido: el de 1927 tres años después.

 

La ciudad (otro motivo de tango), del mismo modo, está presente. Se pueden trazar cartografías del tour urbano que hacen los personajes, en los que aparecen las calles y los lugares con nombres propios. Así, por ejemplo, se puede bordear el zoológico para aterrizar en la Plaza Italia, y, al tomar el tranvía 38, recalar en el centro y pasearte por Leandro Alem, por la calle Corrientes y llegar a los cafetines de la Veinticinco de Mayo.

 

Están el centro y la periferia, y así como se puede ir a Villa Devoto también se puede viajar a Nueva Pompeya. Ah, y todo mientras se canta Noche de Reyes (un sangriento tango de Pedro Maffia y Jorge Curi, interpretado por Gardel): “Pero una noche de Reyes, / cuando a mi hogar regresaba, / comprobé que me engañaba / con el amigo más fiel”.

 

En esta estupenda novela, en la que no falta el suspense, el autor superpone tiempos e historias, de un modo sutil, artístico, en el que se advierte la pericia del novelista no solo en la caracterización sino en la arquitectura. Hay un narrador omnisciente que, en ocasiones, cede el paso a la oralidad, a los diálogos, a las conversaciones que le dan a la obra un tono de intimidad y acercamiento al lector, que a veces puede sentir que es una especie de voyerista. Desde el principio, con un tono en el que caben el misterio y la intriga, hay presencia de la seducción que se puede advertir en Las mil y una noches, además de la inclusión de una promesa que se cumple al fin de cuentas: “A lo largo de tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación”.

 

Es una novela con cruce de caminos y de destinos. Está lo inevitable como un péndulo que oscila entre la vida y la muerte. Aquello que, por mucho que se quiera y se intente, es imposible de torcer. La suerte está echada.

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El tango Adiós, muchachos, es como un leitmotiv en esta obra.

Medellín, ¡cómo te siento!

 

Un aporte a la bibliografía sobre la ciudad. Un recorrido, combinación de historia, literatura y periodismo, por la geografía urbana, con paradas en el viejo Guayaquil, al cual se le dedican cuatro reportajes; una visión múltiple de reportero y de flâneur sobre la emblemática Junín, el parque Bolívar, los extinguidos cines del centro, poetas, cafés, barrios, calles imprescindibles. Un libro necesario para saber más sobre el pasado y el presente de una ciudad paradojal, a la que se ama y se odia, a la que se le cantan alegrías y a veces responsos. Así es Medellín, ¡cómo te siento!, de Reinaldo Spitaletta

(Editorial UPB, colección Club de Escritores, 288 páginas)

 

Un payaso de la posguerra

(Heinrich Böll y una de sus novelas más logradas y cuestionadoras de la sociedad burguesa)

 

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Heinrich Böll, Nobel de Literatura 1972

 

Me entraron ganas de reír, pero estallé en lágrimas. Opiniones de un payaso.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El payaso, más unido a las tristezas que a la risa, tal vez por una sinrazón o un colapso social, pasó de ser una figura conectada con la alegría a un símbolo de desgano frente a los avatares de la existencia. ¿Es un actor? ¿Se representa a sí mismo? Puede ser ambas cosas, pero es una manera del disfraz para construir la posibilidad de un cuestionamiento, manifestar la desazón acerca de un malestar en la sociedad o en el individuo. El payaso puede ser un esplín. Hay en su cara pintada, en su nariz colorina, en su vestuario, la unión estrambótica entre el bufón, el juglar, el bululú, el volantinero, el comediante… Un payaso puede ser la ocasión para decir, como en un bolero ranchero, que se lleva el alma rota. ¡Ah!, o como en un tango: “Lloras, payaso buen amigo. / No llores que hay testigos / que ignoran tu pesar…”.

 

Y en el ámbito de la literatura, donde ha habido variedad de estos personajes (como el de Cepeda Samudio, por ejemplo), crear un payaso puede ser ocasión propicia para darle la oportunidad de convertirlo en un crítico. ¿De qué? Quizá de los recovecos existenciales, pero, ante todo, de una política discriminadora, de las religiones, de la mendacidad del poder, de la naturaleza humana, ¿por qué no? Y en este punto vale introducir a Hans Schnier, el payaso de 27 años, imaginado por el novelista, periodista y Nobel de Literatura Heinrich Böll, escritor que de cierta manera se convirtió en la “mala conciencia” de un período histórico de su patria, la derrotada Alemania de la Segunda Guerra, a partir de la hora cero del desastre, pasando por el período de Posguerra (y, además, dentro del fogoso marco de la Guerra Fría) y del llamado Milagro alemán, cuya figura más visible y clave fue Konrad Adenauer.

 

Opiniones de un payaso (publicada en 1963) da cuenta de un período de la República Federal de Alemania, la del capitalismo, contrapuesta al mundo germano-oriental, bajo la órbita soviética, en la que, en esencia, el personaje central, procedente de familia de clase muy acomodada, ha sido abandonado por su mujer, o, visto de otra forma, por su concubina católica (él es un ateo, además de una especie de anarquista) Marie, que se ha marchado con otro tipo de su mismo credo (Züpfner) y con el cual se ha casado. En esta situación puede haber ya el tejido de una tragedia. El asunto, de todos modos, va más allá y el protagonista se erige como un cuestionador de un conglomerado de hipocresía, de falsas morales y de apariencias. Se trata de una atmósfera de imposturas sociales, de maquillajes (distintos a los del payaso) y otros afeites que conllevan la simulación y la farsa.

 

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La reconstrucción económica y política de la República Federal, en un momento dirigida por la democracia cristiana, aparte de haberse tratado de un negocio estadounidense como fue el Plan Marshall, subyace como una discreta escenografía de fondo en la novela. Y es cuando al catolicismo alemán le corresponde una especie de liderazgo (como pasó en el Segundo Reich con el protestantismo) en aquella palestra en la que la “economía social de mercado” se presenta como la salvadora (una metáfora de la resurrección). Y todo el aparataje tiene, entre otros objetivos, marginar a cualquier oposición parlamentaria en la Alemania occidental.

 

La novela está enmarcada en los días en que, a propósito, o tal vez para ocultar una culpa, o no hacerle frente a toda la ignominia que el régimen hitleriano, el Tercer Reich, desarrolló hasta su caída estrepitosa, se incorporan mecanismos para el olvido o la desmemoria. Como si se intentara borrar el pasado reciente. En un proceso de “desnazización”, en el que en rigor hubo una remilitarización de Alemania, los políticos “traicionan el lenguaje”. O lo acomodan. Y para ello se sirven de la Iglesia, de la doctrina social católica, del desprecio a figuras que puedan adulterar un falso idilio del Estado con los ciudadanos.

 

Así que Opiniones de un payaso va siendo, o es, una novela en la que se postula al escritor como una especie de historiador, pero que va más allá del acontecer, hasta penetrar en la conciencia colectiva, en los comportamientos, en unos eventos de inhumanidad que se oponen por ejemplo a los llamados de la libertad y la independencia. En Schnier hay un existencialista, un analizador del espíritu de su época. Y, al mismo tiempo, la representación del fracaso, de esa coyuntura que surge al no incorporarse al sistema, al rechazar los espejismos de la sociedad.

 

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Aparte de los cuestionamientos a lo político oficial, o, en otras palabras, a los discursos del poder, a las mamparas que este usa, la novela penetra en las composiciones familiares, en las “verdades” reveladas de la religión para discutirlas y criticarlas. Ausculta la moral impuesta por los mandamientos, las mitras y las homilías. Y explora por ejemplo la “concupiscencia carnal”, otra especie de leitmotiv de la obra de Böll, con la que se jugará con buenas dosis de humor negro a través de sus páginas.

 

En aquella Alemania que resurgió de sus cenizas (que en parte ella misma provocó) hay el restablecimiento del clasismo, como también de la separación social de los obreros y otras capas del pueblo, en la que la clase dominante marca el compás con el que los demás deben danzar (y obedecer). Los que no gozan de privilegios tendrán que pasar las mismas (o peores) carencias y humillaciones que vive alguien que eligió el arte como modo de vida, que es el caso del payaso. Sin embargo, este apela al humor, a la crítica social, a los reclamos frente a una sociedad elitizada. Es un diseccionador de la cultura burguesa.

 

Hans, cuya hermana murió en la guerra, que pertenece a una familia que explota el lignito, rechaza sus raíces y pone en cuestión a sus ancestros. Así como puede discurrir en torno a moverle el piso a la teología católica, a sus ritos y comportamientos, puede ofrecer repulsa a la represión y a los métodos coercitivos oficiales contra las libertades y conquistas de derechos individuales. Y así como siente una aversión por los moralismos, puede, como terapia, cantar himnos católicos y letanías, solo porque le gusta “la muchacha judía” a la que están dedicadas (Virgo veneranda, Virgo prædicánda).

 

El payaso, que conoce a San Agustín, a Kierkegaard (“una lectura útil para un payaso en ciernes”), que gusta de Chopin y tiene idea sobre Bertolt Brecht, sabe hablar con los ojos y goza (o padece) de un ‘don místico’ que es sentir los olores a través del teléfono. Hay todavía en él algo del expresionismo alemán, pero, quizá, también los modos de llorar por un ojo y reír por el otro, como lo representa alguna pintura de Picasso. En medio de la renuncia a la vida muelle que pueden dar las riquezas (viene de un mundo en el que no falta nada en cuanto a lo metálico) al escoger un oficio mal visto por su familia y por la sociedad del pragmatismo, Schnier, que sufre de jaquecas y melancolía, apela al coñac. No como un escape, sino como un recurso analgésico de mitigar el sufrimiento.

 

En esta novela de una convincente y compleja estructura literaria, en la que la memoria va y viene, y en la que no faltan ni el dolor ni el suspenso, tampoco la risa, se puede encontrar el lector con Thomas Wolfe o con un joven borracho disfrazado de Fidel Castro en el carnaval. Se puede escudriñar, digamos, la relación del payaso con el padre y con la madre (una señora muy tacaña), con su hermano Leo, con esa fuerza en apariencia ineludible que representa Marie y con el drama de irse quedando sin un céntimo.

 

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Estampilla conmemorativa

 

Opiniones de un payaso, un canto a la belleza, un diseño maestro para referirse al hombre en medio de circunstancias adversas, se yergue con toda su estatura artística como un hito de lo literario al servicio de las preguntas en torno a qué es el hombre en una sociedad de la apariencia y la segregación. Y también para discernir, si fuese el caso, las diferencias entre el arlequín (el de la Comedia del Arte), el Pierrot, el clown y el payaso que, con dolor de rodilla incluido, sabe que con su oficio puede reírse de los otros y de él mismo.

 

En la novela aparece una mixtura de trenes, periódicos vespertinos, el “patológico reflejo de los televisores”, el complejo de los Nibelungos y las manchas que deja un aborto. Hay una desfloración poética, por lo sutil, por lo insinuada apenas con el lavado de unas sábanas, y la angustia de un payaso que de pronto descubre cómo evitar el suicidio. Y Schnier, mientras hace gimnasia facial frente a un espejo, se da cuenta que tiene “el rostro de un suicida”, o, desde otro ángulo, el “rostro de un muerto”. Se dice a sí mismo que no es un payaso, sino un “muerto que hacía de muerto”.

 

Y más que opiniones, hay confesiones, reflexiones de un payaso que siempre está reafirmando su condición, su escogencia de camino, su oficio, en el que va asistiendo a su devaluación irreversible. A Schnier le gustan la música y el cine, los cigarrillos y la monogamia (hay en esta condición una suerte de sátira). De los músicos, aparte de Chopin, vibra con Schubert (con ambos llora cuando los escucha). Y recuerda, como su profesor de música, que Mozart es “celestial”, Beethoven “sublime”, Gluck “único” y Bach “grandioso”. “Bach me hace siempre el efecto de un tratado de teología en treinta tomos, que me deja abrumado”.

 

La crítica —sutil y abierta, explícita e implícita— a la guerra, el nazismo, el postnazismo, la religión, el matrimonio, es un pilar de la novela, en la que aparece un personaje desencantado con la sociedad y la familia. El payaso, con su carga de dificultades, es un ser que lucha contra la masificación, la doblez, la pérdida de identidad y las limitaciones del sujeto. Es corajudo al dimitir a una condición de aburguesamiento, de no dejarse encasillar en un mundo de convenciones. Hans Schnier es un escéptico.

 

Al retornar a Bonn, su ciudad, ya sin Marie que lo acompañó en sus giras, el payaso es otro. Un desesperanzado. Alguien que, en medio del ascetismo, aprendió sobre las pérdidas y los despojos. Y, como en una letra de Horacio Ferrer, Schnier tiene la “ternura de un bello fracaso”. Es alguien que, pese a las caídas, a los bolsillos rotos, a la falta de denarios, sigue cantando, porque ha aprendido el difícil oficio de vivir.

 

 

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“Lo que mejor me sale es la representación del absurdo cotidiano: observo, sumo mis observaciones, las elevo a la potencia y luego saco la raíz…”

 

 

Barrio con murga y eucaliptos

(Memoria con avioneta estrellada, voyerismo y un muchacho atropellado)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un sendero sombreado de eucaliptos. Perfumaban por las mañanas cuando, sintiendo los pasos sobre el rocío en la hierba, uno iba a un colegio a orillas de la autopista norte, que tenía, en su antejardín sin matas, el busto de un redentor de cemento y una torrecilla inclinada, de piedras, que a veces algunos muchachos intentaban enderezar. “Qué tontos son”, decía el director del establecimiento. “Si es la réplica criolla de la torre de Pisa”, agregaba con sorna.

 

En ocasiones, los eucaliptos susurraban como si transportaran historias aéreas desde muy lejos. Por donde la gente discurría había hojas secas y a su paso sonaban como si el mundo se estuviera resquebrajando. El barrio, con una iglesia estilo ramada, sin pretensiones de monumentalidad, estaba en una loma leve. Las calles (asfaltadas a diferencia de las de algunos barrios) se adornaban con antejardines. Las casas, casi todas muy parecidas, dado que había sido construido para trabajadores de una textilera, eran de fachadas bonitas y teja española. Cercano y casi circundándolo, había potreros extensos y arbustos. Solo los eucaliptos eran los dominadores en el paisaje próximo. Sobresalían.

 

Muy cerca del barrio pasaba (todavía lo hace, solo que ya está muerta) la quebrada El Hato. Había dos canchas de fútbol, más o menos en las inmediaciones, en las que siempre, los fines de semana, había partidos de torneos barriales y de la liga local. Había una escuela y un colegio de cristiandades. Era un sector simpático, en el que los sábados se ofrecían clases de danzas folclóricas y se repartían, desde la parroquia, mercados de caridad para algunos “pobres vergonzantes”.

 

Una noche, mientras estudiaba una composición de español y literatura, escuché las voces de unos muchachos que canturreaban La murga (“vamos a bailar la murga, la murga de Panamá”) acompañados de una guitarra. No solo me sobresaltó, sino que tuve ganas de salir a observarlos, porque les sonaba bien la canción. Era una pieza reciente que ya había volado por encima de los eucaliptos y por muchos mapas, de Willy Colón y Héctor Lavoe, como supe después. La composición que estudiaba era un análisis propio de la novela La mala hora, de García Márquez.

 

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La casa donde habitaba, con una fachada simple, una puerta ordinaria y sin ventanas, tenía una sala amplia y dos cuartos. Un patio encementado y una cocina con poyo y una poceta. Aquella estrechura nos hacía añorar otras donde habíamos vivido, enormes y con solar. No recuerdo si era embaldosada, creo que no. Tenía, eso sí, una atracción. Por el patio, en las paredes de ladrillo sin revoque, había un orificio que daba a otro, el de los vecinos, donde había tres muchachas. Se bañaban con “agua tirada” y uno podía ver una película doméstica con actrices sensuales, morenas, frescas, a través de esa mágica oquedad, propicia para el voyerismo.

 

 

Al frente, en una casa con antejardín sembrado de heliconias, vivía una dama rubia y cacheticolorada, ya entrada en años, llamada Amelia, y otras personas de las cuales no recuerdo sus nombres. Y a continuación, un señor jubilado de empresa textilera (don Próspero), su mujer (doña Maruja) y el hijo, Álvaro, que me parece ya estaba en la universidad. Había otros vecinos que casi ni se veían en la calle y por ahí, en las mañanas, pasaban peladas de colegio y trabajadores de fábricas.

 

Amelia a veces nos decía a mí y a un hermano que le lleváramos cartas a San Cristóbal, donde había un policía que ella decía que era su novio. Nos daba los pasajes y sus ojos brillaban al hacerlo. Después, al regreso, mostraba ansiedades y preguntaba acerca de su amor lejano, porque entonces todo quedaba más bien retirado. Entonces era un barrio aislado. Lindaba con las enormes instalaciones de una fábrica y mucho más lejos estaban el manicomio y un instituto para ciegos y sordomudos.

 

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En una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos…

 

Como un asunto extraño, no hice amigos y tuve la idea de ser siempre por allí un forastero. Nos miraban raro por no ser propietarios de la casa. Solo éramos inquilinos, una condición que parecía menospreciarse. El dueño de la casa era un cura. En ese barrio, llamado Santa Ana, nunca vi partidos de fútbol callejero. Quizá porque muy próximas estaban las canchas y, por lo demás, abundaban las mangas.

 

A veces, cuando me asomaba a la puerta, veía pasar muchachos con un balón. No me saludaban ni yo a ellos. No sé adónde iban a jugar. Un día se regó una noticia triste: uno de esos muchachos había sido atropellado por un bus en la autopista, porque el balón, mientras tecniqueaban, saltó a la vía y él, según se rumoró, por “salvarlo”, se atravesó. Se escucharon llantos y no me di cuenta cómo transcurrió el velorio y el entierro.

 

Junto al barrio también había una enorme finca, llamada Salento, en la que, antes de vivir allí, en Santa Ana, ya habíamos incursionado con amigotes para asaltar los palos de mango. Lázaro, el mayordomo, era tan bravo, como los perros que nos soltaba cuando nos sorprendía. Nunca pudieron alcanzarnos. A veces, la aventura terminaba con las frutas regadas y sin botín.

 

Una mañana, cuando me disponía a salir para el colegio, sentí el motor de un avión. Era ronco y lo sentía encima de mi cabeza. Mis hermanos ya se habían ido a estudiar. Era un sonido anormal y desesperante. Sentí el batacazo. “Huy, se estrelló”, me dije y al mismo tiempo salí corriendo hacia la manga. Cuando llegué, ya había dos o tres señores muy cerca al aparato despedazado. Olía a gasolina. Llegaron más personas y armaron una especie de acordonamiento. Se oyeron gritos de “¡va a estallar!”, aléjense”. No sé cuántos muertos hubo. En todo caso, los ocupantes de la avioneta no sobrevivieron.

Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro

El accidente atrajo curiosos de todas partes. Por la calle de mi casa ese día (además no fui a estudiar) desfilaron noveleros de cerca y de lejos. Vi pasar a algunos compañeros de colegio que vivían en Niquía y en Zamora. Se acabó la mañana y la gente afloraba. Se terminó la tarde, y el tumulto crecía. Parecían peregrinos agradecidos por algún milagro. La romería terminó con las primeras sombras nocturnas. Después, y no sé por cuánto tiempo, siguieron llegando fisgones. Se dijo que hubo quién se llevó fragmentos de la aeronave, algún tornillo, quién sabe, como agüero o tal vez como un insólito suvenir.

 

En aquel barrio, al que después en una novela le puse el nombre de Santa Ana de los Eucaliptos, vivimos tal vez nueve meses. Cuando nos fuimos, no extrañé muchas cosas. Solo las asomadas mañaneras por un cinematográfico hueco en la pared y las pisadas de las hojas muertas de aquellas coníferas descomunales. Ni siquiera a la señorita Amelia, que a veces nos pasaba postres de leche y arepas recién asadas.

 

Durante un tiempo soñé con el motor de una avioneta que se precipitaba a tierra y con el llanto de señoras que se lamentaban por un muchacho atropellado en la autopista.

 

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Había un bosque de eucaliptos y por ahí discurríamos hacia el colegio…

Canta el tiempo

Canta el tiempo en un tango

Arrabal de las cosas perdidas

La tarde se arrebola en los adioses.

 

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Pintura de Willem Haenraets.