Buscando a Steinbeck y los sicomoros

Libreta de viaje (1)

(Crónica de verano en el Valle de Salinas, con lechugas y una casa victoriana)

 

 

Casa de John Steinbeck, en Salinas. Ahora es un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quería llegar a Salinas, ciudad del condado de Monterrey, en California, por varias razones (¿o serán sinrazones?): conocer la cuna del escritor John Steinbeck, al que comencé a leer desde la adolescencia (La perla, El pony colorado fueron las primeras) y mirar de cerca los sicomoros. Ya tenía nociones del valle largo, del río Salinas (“profundo y verde”), de los viñedos, porque casi todas las novelas y cuentos del autor de Las uvas de la ira, se inician con una descripción geográfica de ese inmenso lugar.

 

Salir en automóvil desde Los Ángeles con la conducción de un doctor en matemáticas, la compañía de Ángela, una paisana bellanita, y mi hermano Sergio, tenía su gracia y emoción. Las impecables carreteras, rodeadas por colinas que a veces daban la impresión de un paisaje extraterrestre (de los que uno ha visto en películas), ejercen una atracción sobre el viajante. No cansan a la vista, pese a una posible monotonía en el relieve y en sus colores ocres.

Paisaje del Valle de Salinas.

 

Era imposible no conectar aquello con un recuerdo literario de los cosecheros de Oklahoma, los okies, que en los tiempos de la Gran Depresión, por la 66, iban en peregrinación hacia California a buscar la “tierra prometida”. Era el verano, con sol espléndido, con pinturas verdosas en las montañas leves, con el mar a veces a la vista, con el encuentro de trenes largos y con la extensión infinita de cultivos de lechugas y viñedos que han hecho del vino californiano uno de los más destacados del mundo. Atrás iban quedando pueblitos y una que otra ciudad (Ventura, Santa Bárbara, Obispo, San Miguel…) y también imaginarias remembranzas de películas del Oeste.

 

Y así, durante cinco horas, con algunas paradas, mientras quedaban atrás molinos de viento y decenas de tractores (que igual más adelante seguían abundando), el corazón latía por la ansiedad de estar en la tierra que uno había presentido —e intuido— a través de la literatura de Steinbeck. Ah, antes de la partida, e igual en otros tiempos, quería conocer el nabo, que es como “una remolacha blanca” (así la describió Christopher Reed, el que conducía el automóvil), que es, según las condiciones, como les sucedió a tantos en los días del Crack, comida para pobres. El ganado se siente a gusto con ellos. Y todo porque, además de mencionarse en algunas ficciones de Steinbeck, también está destacado en El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

 

Una de las estaciones, sobre todo para orinar y tomar agua, se hizo en un poblado de 500 habitantes, en San Ardo, cuyo centro consistía en dos o tres tiendas, una estación de gasolina y unas cuantas casas, una de ellas con esculturas orientales en sus antejardines. La muchacha que nos atendió, robusta y sonriente, nacida en Santa Cruz, contó cuál era el origen del nombre de aquella aldea solitaria (llegamos a una hora en que el sol era candela y tal vez todos dormían).

 

 

Muy cerca hay otro pueblo, San Bernardino. Al que arribamos era llamado en otros días San Bernardo. Sin embargo, porque la oficina postal confundía a ambos, y las cartas de uno se iban para el otro, los del primero decidieron aplicar una aféresis. Y así quedó rebautizado: San Ardo. Por lo demás, afuera puede uno arder en el verano, a unos 37 grados. Volvimos a la carretera central y continuaron los viñedos y las lechugas, agricultura tecnificada y con muchos surtidores.

 

Salinas, de unos ciento cincuenta mil habitantes, apareció. Una calle larga nos llevó a la principal y por supuesto hay una “street” con el apellido del escritor. Fuimos sin vacilaciones al Centro Nacional Steinbeck, en la Main Street, porque faltaba una hora para que lo cerraran. Eran las cuatro de la tarde. Tras mirar un documental sobre la región y la vida del autor, pasamos a otra sala, enorme, con divisiones temáticas, sobre la vida y obra del escritor. Fotografías, el infaltable fetichismo de camas y escritorios, afiches de las películas de adaptaciones de sus libros (como De ratones y hombres, Las uvas de la ira, Al este del Edén, Tortilla Flat…), las noticias sobre el Nobel que se le otorgó en 1962, luces, sombras, los reportajes como ¡Fuera bombas! y Hubo una vez una guerra, fotos de su primer matrimonio con Carol Henning…

 

El pony colorado, en el museo Steinbeck.

Junto a la salida de aquel espacioso lugar dedicado a la memoria y trayectoria del escritor, está Rocinante, un GMC verde botella, en el que el escritor se fue en 1960 a recorrer su país en compañía de su caniche Charley, cuando, según su hijo, ya sabía que se estaba muriendo. Sin embargo, duró más tiempo y en el 62 recibió el Nobel de Literatura. Murió seis años después en Nueva York.

 

Muy cerca del museo está la casa victoriana donde nació el autor de La luna se ha puesto. Es un restaurante (estaba cerrado cuando llegamos), con antejardines, placas conmemorativas y una grama que dan ganas de extenderse en ella y ponerse de cara al sol. Claro, apenas por unos segundos, porque el verano es quemante.

 

Salinas, una apacible ciudad fundada en 1847, que era una parada de diligencias entre Monterrey y San Juan Bautista, vive de la agricultura (lechugas, espinaca, fresas, zanahorias, coles, apio, brócoli… la llaman la “ensaladera del mundo”)). No pude ver los nabos, pero sí los sicomoros en distintas avenidas, movidos por un viento atardecido que me recordaron varias tramas del escritor al que le gustaban las historias cortas de Hemingway y “casi todo lo que escribió Faulkner”.

 

Salinas quedó atrás, con la imagen de Steinbeck por muchas partes. El automóvil siguió a Monterrey. “Allá también encontrarán a Steinbeck”, nos dijo una de las sonrientes empleadas del museo. Una vieja pluma de escribir flotaba sobre el asfalto caliente.

 

(La visita a Salinas se hizo el 9 de julio de 2018)

 

 

John Steinbeck y su perro Charley.  Centro Nacional Steinbeck. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Interior del Centro Nacional Steinbeck, en Salinas, California. Foto Reinaldo Spitaletta

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La amistad y la fuerza bruta bien noveladas

(Un recorrido por De ratones y hombres, de John Steinbeck)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Ser filocomunista, o, con un poco más de distancia ideológica, simpatizante comunista, o, en todo caso, alguien que respalda las luchas sociales, es, en Estados Unidos, un signo inequívoco de pertenecer al odio. No es bien visto —o al menos en otros días así era— quien se preocupe por las lizas de los trabajadores o de los olvidados de la fortuna. Así le sucederá a John Steinbeck, Nobel de Literatura en 1962, por haber incluido en varios de sus libros de ficción los pesares y desventuras de los cosecheros, de los braceros, de aquellos desamparados que eran víctimas del voraz mercado capitalista y de los bancos. En su máxima creación, bueno, esta afirmación puede ser discutible, Las uvas de la ira, basada en las peripecias de los okies que en la Gran Depresión de fines de los veinte y comienzos de los treinta se van a California en busca de alguna esperanza de sobrevivencia, Steinbeck cuestiona al establecimiento y en cierto modo, sin sutilezas, asume cariños por los derrotados y por las gestas sociales de los desvalidos.

 

Steinbeck, nacido en 1902, en Monterrey, California, es un escritor que en sus temáticas asume desde las historias de piratas, la ocupación alemana en algún país nórdico, la guerra, los amores contrariados como puede darse en Al este del Edén y otros ámbitos en los que están los trabajadores de conserverías y los desilusionados ante malas cosechas. En su extenso repertorio de ficciones, que incluye un único libro de cuentos (El valle largo, con joyas como Los crisantemos y La serpiente), el autor de La perla, volverá por sus fueros de mostrar las pobrezas y aspiraciones de trabajadores de ranchos, trashumantes, que en los tiempos del Crack económico, se desplazan en búsqueda de empleo. Y así concibe una de sus más intensas y bien logradas novelas: De ratones y hombres, también traducida como La fuerza bruta, de 1937.

 

La breve novela, que también goza de adaptaciones teatrales y cinematográficas, es un canto muy afinado a la amistad, la solidaridad y los afectos entre dos hombres: uno con un severo retraso mental, Lennie Small (que por lo demás es un gigantón) y George Milton, inteligente, pero sin casi ninguna ilustración. Ambos, que parecen inseparables, se mantendrán hasta el fin en medio de peripecias, sueños, frustraciones y una relación incondicional de protección mutua, aunque, por supuesto, el que lleva la batuta del rumbo de las cosas es George.

 

Como casi todas las obras del autor, ésta también tiene un inicio geográfico, con descripciones del valle de Salinas, con sauces y sicomoros que tendrán relevancia en la novela, con hojarascas que crujen ante las pisadas de las lagartijas y conejos que se asoman por entre los matorrales. Y de pronto, en el atardecer, aparecen las siluetas de dos hombres, uno tras del otro, y aquí el narrador los irá describiendo de una manera tan precisa y necesaria, que solo con unas pinceladas y sugerencias el lector puede saber algo o mucho del carácter de cada uno.

 

Y casi de inmediato, tras una cinematográfica toma del paisaje, comienzan los diálogos, recurso clave en toda la novela y que el autor maneja con sapiencia y exactitud, sin barroquismos, sin excesos. La medida correcta y necesaria para dar cuenta de situaciones, modos de hablar, aspiraciones y maneras de actuar de los protagonistas. Los ratones, aunque aún más los conejos, son suertes de símbolos sobre la vida y la muerte en las manos y en los sueños de Lennie. La novela, de urdimbre perfecta, va tejiendo diversos nudos y amarres que un lector atento verá desde el principio, sin saber hacia dónde conducen, en qué otro río desembocará la impetuosa corriente de acontecimientos que rodean a los dos hombres o que ellos mismos generan.

 

Hay un hondo conocimiento de la espacialidad, de los movimientos de los personajes, del rancho y sus labores. En la medida que se avanza en la lectura, la novela crece en belleza y sentimentalidad. “Vamos a tener conejos de muchos colores”, le dice el grandullón a su protector George. Hay, en medio de los trabajos, de la organización de rudeza de los mismos en la granja dedicada a la siembra de cebada, una presencia perturbadora, la de una mujer que es la esposa del hijo del dueño, llamado Curley. Y que se torna en un elemento de quiebre de la obra, una aparición que disocia la aparente calma de los hombres del lugar.

 

Si bien sobre el tontarrón forzudo se ciernen sospechas, miradas extrañas, comportamientos que parecen raros sobre todo al patrón, es George el que está atento a no dejar que se desvele entre los trabajadores el problema mental de su amigo. Curley es un provocador, un sujeto engreído que busca camorra y que gusta de la pelea. Y en ese sentido, está siempre en actitud de molestar a Lennie, cuya presencia desbordante en lo físico no arredra al hijo del dueño del rancho.

 

Museo de Steinbeck, en Salinas, California.

 

En medio de aquel lugar de trabajos de fuerza, en la que una mujer de vestido rojo es una frecuente tentación, hay un personaje extraordinario, Slim el mulero, un canchero, el líder de la ranchería, dotado de sapiencia y de los dones de la serenidad. Y, en medio de los trabajadores, está el viejo Candy que es dueño de un perro viejo y es cuando va a aparecer una pistola Luger, todo como parte del montaje que, con habilidad de orfebre, va disponiendo el narrador. No hay nada gratuito en esta obra de enormes intensidades y tensiones que pueden conducir al lector a un nerviosismo permanente.

 

Todo lo que en esta novela aparece tendrá un uso, un destino, una función, como suele pasar en el teatro y sus escenografías, con sus utilerías nada gratuitas. El drama va in crescendo, aumenta con dosis calculadas de suspenso, con la muerte siempre al acecho. Un torrente de tristezas se va conformando en la medida en que avanzan los hechos, en que las situaciones se conjugan para conducir a un desenlace de dolores y desprendimientos indetenibles. La fuerza de los sucesos, que están hilada con sutileza, será incontenible, como un volcán en erupción.

 

En medio de las diversas conexiones entre los personajes, el narrador muestra con detalles precisos las condiciones de trabajo en el rancho, las maneras de salirse de la rutina con algunos juegos y reuniones, pero, ante todo, la explotación de la mano de obra, con largas jornadas. Y, en medio de estas circunstancias, se va dibujando la fuerza desaforada de Lennie, un tipo que, pese a sus limitaciones de pensamiento, manifiesta una ternura inusitada.

 

La novela está llena de tristuras, de sueños truncos, de derrotas. Hay una conexión existencial, vital, o, de otra forma, mortal, entre un perro viejo y el destino final de Lennie. Y, por otra parte, una adecuada medida de la acción y la reacción, de las causas y sus efectos. Y, como telón de fondo, se despliega, con un personaje negro, el racismo y la segregación. En el caso de la mujer (de uñas pintadas de rojo y “cabello peinado en bucles como salchichas”), como una especie de mítica Lilith, una causadora de perdiciones, como si fuera el diablo de Tolstoi, es imprescindible en la confección de la tragedia.

 

Porque, ante todo, De ratones y hombres es una evocación, o una reconstrucción contemporánea, bueno, de los años treinta del siglo XX, de las antiguas tragedias griegas. Hay un destino ineludible. Una imposibilidad para huir de lo ya trazado por los dioses de la desesperación y la desesperanza. Es una novela sobre el derrumbamiento de un sueño. Qué capacidad la de Steinbeck para incorporar en siete capítulos una historia compleja de desolación, fraternidad y muerte.

 

Alguien, no sé quién, dijo alguna vez que esta novela es sobre aquella gente que sobra, que está al margen, destinada a llevar sobre sus hombros la desgracia. Es posible. A la vez, es una novela plena de humanidad, de dolorosas separaciones, de fuerza bruta que se puede deshacer en lágrimas furtivas o en la carencia elemental de una salsa de tomate.

 

Hay en ella una reflexión sobre la fuerza bruta; el manejo apropiado o desproporcionado de la misma; acerca de su uso que, en muchas veces, puede ser mortal. Lennie es aquel personaje dotado de desmedida fuerza, pero sin inteligencia. Es, con su estatura y su apariencia desvalida, con su ternura inconsciente, un personaje inolvidable y doloroso. Es, con palabras de su amigo George, como un niño, “solo que es demasiado fuerte”. Y esa fortaleza desaforada es la que mueve los mecanismos de relojería de la novela.

 

Steinbeck, un tipo odiado por muchos y admirado por miles en su patria, el mismo que en sus últimos tiempos decidió viajar por su país acompañado de su perro Charley, detestó a los críticos, los cuales, entre otras cosas, manifestaron siempre su desprecio por este escritor. Sin embargo, en vida alcanzó las simpatías y afectos de los trabajadores, a los que incluyó en numerosas novelas y algunos de sus cuentos. Uno de sus cuestionadores más acérrimos ha sido el gran gurú de la crítica en los Estados Unidos, Harold Bloom, autor de El canon occidental. “Es triste, pero Steinbeck no consiguió sacarse de la cabeza la música de Ernest Hemingway; uno no puede leer tres párrafos de Steinbeck sin pensar en un Hemingway mal escrito”, dictaminó Bloom.

 

A Bloom, en todo caso, lo contradicen decenas de miles de lectores, de jóvenes y viejos que hoy en distintas geografías se introducen en las atmósferas y mundos tremendos de un escritor que retrató con creces y con autoridad literaria los días más inhóspitos y tristes de muchos trabajadores de su país, en particular de aquellos que soportaron en sus hombros la crisis del capitalismo. De ratones y hombres puede ser una de las obras más sentidas y apoteósicas sobre la amistad. Esa misma que, pese a las circunstancias adversas, no terminará con el sonido de un disparo.

 

Casa victoriana donde vivió el escritor John Steinbeck, en Salinas, ahora convertida en un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

Servidumbre y resistencia

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“Volveré y seré millones”, dicen que dijo Espartaco.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando un redactor de El Mundo me preguntó cuál era mi político predilecto, sin vacilar le contesté: Espartaco. Y sí, porque era un enamorado de la libertad que se alzó contra la república romana entre los años 73 y 71 antes de Cristo. El subversivo que perturbó a un estado todopoderoso, murió en su gesta en la que sublevó a miles de oprimidos. En sus arengas advertía que los esclavos nada tenían que perder, excepto sus cadenas y, en cambio, tenían todo un mundo por ganar.

 

Espartaco, a quien se atribuye la frase lapidaria de “volveré y seré millones”, cuando estaba agonizando en una cruz, en la que pereció como muchos otros de sus compañeros rebeldes, es un paradigma de la libertad y de las luchas por la dignidad humana. Puso en vilo a un poder inconmensurable y legó a la historia enseñanzas sobre la desobediencia y los alzamientos contra la dominación.

 

Centenares de años después, en los tiempos del Renacimiento, un joven francés, que va a ser guiado y publicado por Michel de Montaigne, el inventor del ensayo, “el más humano de los géneros”, que dijera el finado Jaime Alberto Vélez, escribió en 1548 una pieza que sigue alentando reflexiones sobre los alcances de la libertad como un logro de la razón y contra las vejaciones del arrodillamiento y la subordinación escogida por gusto propio.

 

En efecto, el ensayo titulado Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie, es una obra de plena vigencia filosófica y política, concebida hace quinientos setenta años, sobre la sumisión mental, la aceptación sin ninguna repulsa de la degradación y la aparente necesidad de tener un patrón, alguien que imponga su yugo y sus condiciones. ¿A qué se debe el desdén por la autonomía, por la capacidad de pensar por sí mismo? ¿Acaso se llegan a amar las cadenas, la subyugación, las humillaciones?

 

El ensayista se sorprende de ver “un millón de hombres miserablemente dominados, la cabeza bajo el yugo, no porque estén obligados por una fuerza mayor, sino porque están fascinados y por así decirlo embrujados por el nombre de uno que no debiesen temer porque está solo, ni amar porque es inhumano y cruel hacia todos ellos”. Y su reflexión lo conduce a preguntarse de dónde procede el sometimiento y por qué se acepta así no más, sin descargas de oposición, sin desencadenar puja alguna.

 

Y en sus interrogantes y búsquedas de explicación de la servidumbre que se acepta a placer, de La Boétie, que escribió su célebre razonamiento a los 18 años de edad, plantea que son los pueblos los que se avasallan y se cortan el cuello con mano propia. Y le parece inconcebible, pero real y manifiesta entre el pueblo, la posición errónea de “quien pudiendo elegir entre la sumisión y la libertad, rechaza la libertad y toma el yugo”.

 

Cervantes, tiempo después, dirá en su colosal novela que “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres…”.

 

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Étienne de La Boétie

El no conocer la libertad y sus delicias, el haber vivido amarrado a la voluntad de otro, el permitir el encadenamiento sin ninguna refriega, conduce a la obnubilación, y, por qué no, al amor por las ataduras. Y entonces se comienza a querer al amo, al “sometedor”, a quien ejerce el poder y que, por la enajenación del sometido, este ve como un salvador, un mesías. No hay réplicas ni críticas, sino adoración.

 

En el Elogio de la dificultad, el pensador colombiano Estanislao Zuleta decía, entre otros asuntos, que “Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón”.

 

No pensar, no cuestionar, no preguntarse el porqué de esto o aquello es un modo de la servidumbre voluntaria. “La naturaleza del hombre es ser libre y desear serlo”, dice de La Boétie en su ensayo al que Montaigne le brindó elogios aparte de divulgación. “Las gentes sometidas no tienen ardor ni pugnacidad en el combate”, agrega el joven que sabía que el ardid de los tiranos es embrutecer a sus vasallos, hacerles creer que todo está bien, cuando, en realidad, todo anda mal para los esclavos.

 

Espartaco, antiguo esclavo, supo al fin de cuentas que no solo hay que reconocer las cadenas y tener conciencia de ellas, sino desarrollar unas incontenibles ansias de romperlas.

 

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No pensar, no cuestionar, no preguntarse el porqué de esto o aquello es un modo de la servidumbre voluntaria.

 

 

 

Aquel fútbol-arte del Mundial 70

(Crónica con Pelé, muchachos en una sala de barrio y un hechizado televisor)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un remoto recuerdo de adolescencia me lleva a vislumbrar unas imágenes en blanco y negro de un partido entre Brasil y Uruguay, en el Mundial México 70, entre una muchachería que, reunida en torno a un televisor, no dejaba de gritar con asombro ante las jugadas de maravilla del rey Pelé. En una casa de la carrera 50, en el barrio El Congolo, cuando terminaba cada faena del scratch, nos íbamos a jugar en la plazoleta del bar Florida y a revivir las jugadas de aquellos cracks de entonces.

 

Una de las jugadas más espectaculares de Pelé fue una en que, tras un inteligente amague al arquero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz, sin tocar la esférica, amenazó con irse por un lado y tomó por el otro. El cancerbero quedó regado, desconcertado, y el número 10 de Brasil pateó al arco. Salió desviado por milímetros. Quizá hubiera sido uno de los goles más bellos de la historia.

 

En la sala de una casa de sastres, que por cortesía nos dejaban entrar a ver los partidos en un receptor en blanco y negro, cada encuentro era una perplejidad. Vimos una tarde a Brasil contra Perú, dos equipos que tenían un poder ofensivo demoledor, además de una exquisita técnica. Eran los cuartos de final de la Copa del Mundo que llegó a ser la más vistosa, la del fútbol-arte, la de las jugadas de ensueño, una fantasía que para los muchachos de entonces se erigía como paradigma de la llamada “inteligencia en movimiento”, como denominó al fútbol un académico francés.

 

Y de pronto, en ese cotejo de toma y dame, un avance de Pelé, por la derecha, eludiendo rivales y luego disparando al arco. El palo le negó la anotación. Después, una devolución a Rivelino: empalma desde la raya de las dieciocho un tiro con el borde externo, que pega en el paral y se convierte en un golazo. Varias llegadas de Perú fueron sofocadas por el Gato Félix, portero brasileño, hasta cuando Tostao, en un avance por la izquierda, pateó y metió la bola por un ángulo imposible. Después, un golazo peruano, y la riposta brasileña con Pelé, Jairzinho, Tostao, Rivelino, Gerson, una corte de malabaristas y cerebros del fútbol.

 

Gol de Teófilo Cubillas y el marcador se apretó a 3-2, con una antesala de exquisiteces de ambos bandos. Y llegó la puntilla con un soberbio gol de Jairzinho, tras varios toques entre Tostao, Pelé y luego un pase al vacío por la izquierda que el número 7, tras una finta de antología sobre el arquero, anota el cuarto gol de Brasil. Era una locura. La muchachada creía estar dentro de la cancha y había abrazos y muchos signos de admiración flotando en aquella sala de barrio.

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Pelé le amaga a Mazurkiewickz en el que pudo ser un gol histórico.

Aquel Mundial, con solo dieciséis equipos en contienda, era una sensación inédita para los pelados de entonces, o, mejor dicho, para los de ese barrio de calles destapadas y algunas casas sin repellar, con solares y baldíos, con mangas muy cerca y con las calles convertidas en estadios. Cada uno, tras ver las gestas de aquellos oncenos formidables, quería imitarlas en el fútbol callejero o en los picados que se realizaban en desniveladas canchas muy cercanas a la quebrada La García. Se aprendían malabares, se aplicaban distintos regates, cada uno creía ser Pelé o Rivelino o Cubillas o Gigi Riva, en fin, que abundaron los talentos en aquella asamblea de deidades del fútbol.

 

En la agitada salita, por otro lado, que convocó a casi toda la gallada de aquella cuadra, en la que estaba la tienda de doña Marta y habitaban muchachas bellas como las Flórez, las Sánchez, las hijas de don Fabio, en fin, las miradas de asombro ante una pantalla eran como del otro mundo. Sentados en el piso encementado, mientras los adultos lo hacían en taburetes, no había posibilidad para el aquietamiento. Se brincaba, se alzaban los brazos, se pronunciaban palabras de júbilo por tantas jugadas geniales de los bandos en disputa.

 

Claro que la selección de nuestros amores era la de Brasil, la más completa, la del rey y su corte de estrellas que hacían del fútbol una obra plástica, de tremendas pinceladas, de imposibles gambetas y entendimientos inauditos entre todos. Jugaban de memoria. Cuando recibía alguno el balón ya sabía dónde ponerlo, incluso sin mirar. Era un mecanismo de relojería, de sutilezas, de imaginación desbordada.

 

Y en ese mismo espacio, cuyos asistentes aumentaron, se vio la gran final, la contienda entre Brasil e Italia, cuyo marcador se abrió por un cabezazo celestial del rey Pelé ante un pase de Rivelino. Era como si cada uno de los televidentes hubiera hecho el gol. La locura. Pelé había realizado un movimiento en sostenido y durante fracciones de segundo se suspendió en el aire para, después, sacar una descarga incontenible. Al rato, empató Italia, tras un error en la mitad del campo de Brasil y Roberto Boninsegna anotó.

 

Llegó un golazo de Gerson, con un tiro cruzado desde fuera del área. La apoteosis en la sala de los sastres era incontenible. Y después, Jairzinho hizo el tercero, tras habilitación de Pelé. Pero faltaba una joya del juego colectivo. Desde su campo partió Brasil, con toques y gambetas, hasta llegar la bola a Pelé que, en una maniobra cerebral, dejó dispuesto a Carlos Alberto para el 4-1. Una demostración de sapiencia, habilidad y genio era aquel Brasil.

 

El recuerdo luminoso de aquellas jornadas en que a través de un televisor un grupo de muchachos alimentó sus ganas de jugar, de intentar practicar lo visto en aquel fascinante Mundial de Fútbol, llega ahora, muchos años después, cuando ya los partidos de barrio quedaron muy lejos. Tras las peripecias del partido televisado siempre aparecía un balón o una pelota de “carey” para ir a patear ilusiones en los estadios de la imaginación.

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El arquero de Inglaterra, Gordon Banks, le tapa a Pelé un cabezazo.

De pícaros, lazarillos y buscones

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Pícaros eran los de antes. Casi todos desarrollaban las artes del rebusque porque el hambre acosaba y pegaba el estómago a la espalda. La picaresca española, la que abrió las compuertas al Siglo de Oro, tiene paradigmas en aquellos seres que, acosados por las agonías del estómago, acudieron a los engaños, a la “fundación” de cortes de los milagros, a las imposturas, porque, además, no tenían mucho que perder, distinto a ser carne de inquisición o presa de horca, o a que les cortaran una oreja (“Tiene las orejas nones”) o la nariz, como pena a sus triquiñuelas y descocados desafueros.

 

La picaresca española, la de los lazarillos y buscones, fue una secuela de las hambrunas y miserias. Los más pobres, de poco o nada de escudos en la faltriquera, apelaron al ingenio para sobrevivir en un mundo de inequidades, de reyezuelos en cuyo imperio no se ponía nunca el sol. Ya no son las aventuras de caballeros y escuderos, sino las de una suerte de “lumpen”, de excrecencia social, que prende las luces de la inteligencia para iluminar la truhanería y las andanzas malévolas.

 

Digo que en ocasiones hay que volver a las lecturas de los lazarillos, como el de Tormes o el de Manzanares, o al Guzmán de Alfarache (de Mateo Alemán), o a las aventuras de El buscón llamado don Pablos, del inefable Francisco de Quevedo, porque, a nosotros, gentes de un país como Colombia, lleno de bandidos a los que todavía nos les han cortado orejas y narices para hacerlos avergonzar en medio de sus “adoradores”, nos viene bien la lectura de la ingeniosa picaresca (y no tanto de la denominada sicaresca a la criolla).

 

Los pícaros colombianos carecen de la gracia de aquellos personajes creados hace más de cuatrocientos años, en una España que expulsó judíos y moros, que llevó a tanta gente a las infames torturas de la inquisición, y que tuvo en sus grandes escritores y poetas los artistas y testigos indicados para leer costumbres y mentalidades. En Colombia, el catálogo de pícaros es inmenso, por no decir infinito, y puede estar formado por presidentes de la república como árbitros de fútbol, por contratistas del Estado como alcaldes, pero eso sí sin la inteligencia ni el salero de aquellos personajes de la literatura.

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Pintura de Diego Velázquez

¿Y a qué viene todo esto?, se preguntará con razón el lector. Quizá solo es la constancia de un ejercicio como el que hicimos unas cuantas personas un viernes de octubre, en una mesa de tertulia, en una tierra de gramáticos y bandidos, como es Bello, Antioquia, hablando de la picaresca española, de Cervantes, de Lope de Vega, pero en particular del Buscón y con especial énfasis en su autor, el madrileño don Francisco de Quevedo, del cual también tocamos sus vicios y antisemitismo, qué vaina, si es que algún defecto debía de tener, ni más faltaba.

 

“¿Ay, y es que los poetas no son seres puros?”, preguntó, no sin cierta inocencia, una muchacha, a quien, tras advertirle que de los poetas (y de todos los artistas, muchos de ellos gente impotable) lo importante es su obra, se le habló de François Villon y su vida poco ejemplar; de Jean Genet y sus manías ladronescas; de Louis-Ferdinand Céline y sus simpatías por los nazis, etc. Los poetas también son pecaminosos, mi querida.

 

La situación límite del hambre (aparte de sus orígenes) lleva a don Pablos a la práctica de la picardía, a desarrollar dotes de estafador, a agudizar el magín, como, por ejemplo, lo que hizo con un ama, que tenía trece pollos en el corral, y él una hambruna de la madona. La escuchó llamarlos con el tradicional “pío, pío” y esto le dio pábulo al ingenioso buscón. Le armó un discurso temerario, que se estaba burlando de la inquisición, que además estaba blasfemando al decirles “pío” a los pollos, cuando ese es nombre de papas, que son vicarios de Dios. Las ardides verbales fueron tantas, que don Pablos pidió los dos pollos para llevarlos donde un pariente a que los quemaran y así ella, el ama, quedaría salvada. Además, ella le dio otro en gratitud. El banquete que armó don Pablos con sus amigotes fue celestial.

 

Claro que, volviendo al cuento, en nada se parecen las andanzas de aquellos pícaros de literatura, a las de tantos antisociales colombianos, de cuello blanco y de los otros, de cuello mugriento (“no riñan, que para todos hay”). Porque los de por aquí, aparte de su ordinariez y descaro, ponen —algunos— cara de santurronería, ojos de seminarista, boquita de “yo-no-fui” y fingen, en muchos casos, ser bienhechores de la sociedad. Se erigen en dueños de la moral y las “buenas costumbres” y nada raro que alguno de ellos termine con el tiempo honrado en los altares, con velitas y todo. Ah, y con las orejas y la nariz completas.

(octubre 7 de 2013)

 

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Garúa, solo y triste por la acera…

(Crónica sobre un tango de Troilo y Cadícamo, con recuerdos del barrio Antioquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Una noche de hace mucho tiempo, sin música de alas, pero sí de copas aguardenteras, el escultor Gabriel Restrepo y yo entramos, quizá tambaleando, al Cuartito Azul, en la segunda planta, más íntima y tanguera, del Patio del Tango, del gordo Aníbal Moncada, en el barrio Antioquia. Nos sentamos sin protocolos y pedimos más bebidas espiritosas. Y, de pronto, en medio de una concurrencia que parecía asombrada, Gabriel comenzó a entonar Garúa, de Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo.

 

Este tango, que, como muchos otros, tiene la lluvia como gran metáfora, presenta un tejido sutil de palabras que crean un paisaje nocturno, con fríos espectrales, gotitas casi incorpóreas, olvidos y lágrimas celestiales. Es una letra, o, si se quiere, un poema, de alta concepción sobre el estado del tiempo y su influjo en la animosidad.

 

Garúa, grabado el 4 agosto de 1943 por la orquesta de Aníbal Troilo con la voz de Francisco Fiorentino, tuvo primero música que letra. En la calle Corrientes, entre Libertad y Talcahuano, quedaba el cabaret Tibidabo, donde la estrella era el joven Pichuco. Una noche, tras un toque, el bandoneonista y director de orquesta vio entre el público a Cadícamo, ya célebre autor de tangos que, entre otros, interpretó Carlos Gardel. En el altillo del café le hizo escuchar una melodía a ver si el autor de Niebla del Riachuelo le ponía letra.

 

Cuando Cadícamo caminaba de regreso a su casa, en la madrugada, había una llovizna leve, sutil y delgada. Y el mundo era frío, con sensaciones de desolación. Y ahí —se cuenta— ocurrieron los primeros versos: “¡Qué noche llena de hastío y de frío! / El viento trae un extraño lamento. / ¡Parece un pozo de sombras la noche / y yo en la sombra camino muy lento!”.

 

Ese tango memorable, que entraña espíritu de barriada y amores y olvidos, se iba formando con un mensaje categórico, claro, sin retruécanos ni rebusques. La garúa, que es lluvia fina y persistente, es asimilada por el poeta como púas, lo que da a entender un dolor, un sinsabor: “Mientras tanto la garúa / se acentúa / con sus púas / en mi corazón…”. Cadícamo con esta creación pone como trasfondo “la demolición de viejos sueños compartidos por varias generaciones de porteños”, al decir de Jorge Göttling en su libro Tango, melancólico testigo.

 

A la noche siguiente, Cadícamo tornó al cabaret con la letra lista y entonces comenzó el ensayo de Troilo con el cantor Fiorentino. “En esta noche tan fría y tan mía / pensando siempre en lo mismo me abismo / y aunque quiera arrancarla, / desecharla / y olvidarla / la recuerdo más”. Estaba en gestación, o, mejor, en marcha, uno de los tangos más representativos de la década dorada del cuarenta. Después de la grabación mencionada, de la RCA Víctor, llegó la de Pedro Laurenz con Alberto Podestá, de Odeón, y en ese mismo año se llevaron al vinilo versiones de Mercedes Simone y de Alberto Gómez.

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¡Garúa! / Solo y triste por la acera / va este corazón transido / con tristeza de tapera. / Sintiendo tu hielo, / porque aquella, con su olvido, / hoy le ha abierto una gotera”. Hay una vinculación de lo urbano, de lo arquitectónico en estos versos sentidos, que tienen un hondo dejo de melancolía, de tristura agridulce: “¡Perdido! / Como un duende que en la sombra / más la busca y más la nombra… / Garúa… tristeza… / ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!”.

 

De múltiples versiones que existen de Garúa, tal vez, y para gusto personal, la más entrañable y de fraseo exquisito, con una dramatización sin sobreactuaciones, es la de Roberto Goyeneche con Aníbal Troilo, de 1962. El Polaco muestra y demuestra en este corte su talento de cantor, su interpretación cabal de la letra, de lo que quiso decir el autor, dándole el sentido poético a cada verso: ¡Qué noche llena de hastío y de frío! / No se ve a nadie cruzar por la esquina. / Sobre la calle, la hilera de focos / lustra el asfalto con luz mortecina”.

 

Es un tango de soledades, de desgarramientos dolorosos, de una situación en la que el barrio, la ciudad, el estado del tiempo, como trasfondo, afectan las manifestaciones del corazón y los sentimientos. “Qué noche llena de hastío y de frío / hasta el botón se piantó de la esquina…”. Sí, ahí está la urbe, la barriada, el policía (el botón, o tombo como lo adaptamos al vesre en Medellín) y unos bombillitos débiles que transmiten, en la solitaria noche, el vacío, la ausencia.

 

El tango llega a su cúspide sentimental, a su próxima caída de telón, en un momento en que el protagonista, el narrador, se siente como “un descarte”, solo y aparte, abrumado por el recuerdo y la pena. “Las gotas caen en el charco de mi alma / hasta los huesos calados y helado / y humillando este tormento / todavía pasa el viento / empujándome”.

 

Goyeneche, que luego grabó otras versiones (por ejemplo, con la Orquesta Típica Porteña, de Raúl Garello), aparece cantando Garúa en la película El derecho a la felicidad, de 1968, acompañado por Ernesto Baffa. Adriana Varela, por otra parte, tiene una interpretación digna de este tango, acompañada por la Orquesta Filarmónica de Montevideo, parte del álbum Cuando el río suena.

 

Esta joya tanguística de Troilo y Cadícamo fue la que, una noche de bohemia, en el Cuartito Azul del gordo Aníbal, un escultor cantó con una emoción tan intensa, que el resto del auditorio, seguro pasado de tragos, les pareció una interpretación bonita y entonces aplaudieron y brindaron en colectivo. Después, buscaron la versión de Goyeneche y la noche se llenó de duendes y de dolientes sombras.

 

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¡Qué noche llena  de hastío y de frío….

 

 

 

 

 

 

 

Los colores de los parques

(Crónica con cosechas de pájaros y vendedores de globos)

 

Rei Prado caminante

El caminante pinta los parques con sus colores interiores.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No hay parques en blanco y negro. Digamos en gracia de discusión que para pintar un parque se necesita una paleta policroma, porque si bien es cierto que todo depende del estado de ánimo, en particular del pintor, un parque es una sumatoria de emociones. Vamos al parque. Esta invitación ya es más que un arco iris, más que la cajita de colores del escolar, mucho más espléndida que las floraciones del guayacán.

Un parque es, más que todo, un estado interior. Uno puede guardar un parque en sus intimidades y cada vez, según las melancolías o los goces, sacarlo, ponerlo a su disposición, formarle bancas de madera o cemento, sembrarlo de arrayanes o gualandayes, instalarle una fuente, que además puede tener patos, chorritos de colores, matas acuáticas, y, de desearlo, alguna quimera que haga burbujas con su boca. Si quiere, sentará a dos enamorados bajo un almendro, y a un anciano que intenta leer un libro apolillado.

Un parque, en rigor, no requiere lujos: sólo buenos deseos y un poco de vuelo mental. El niño es quien más lo disfruta porque es capaz de crear mientras lo utiliza. Los pájaros para él pueden ser ángeles custodios, el olor a flores puede ser el aroma de un duende burlón, las sillas quizá se conviertan en auto o, para los más dotados, en un avión supersónico. Un parque sin niños ya tiene una carencia, un vacío. Es incoloro. Insaboro. No provoca. Por eso hay que ponerlos allí, a correr, a mirar el cielo, a buscar hormigas.

Y si no hay chiquillos, tampoco habrá crispetas ni algodón de azúcar ni el vendedor de bolis, ni ninguna mamá. Y eso es grave, porque entonces quién podrá escuchar un “quedáte quieto, no corrás más”, un “si te sigues mojando en la fuente no te vuelvo a traer”, o un extraño “qué lindo se ve mi niño montado en aquel árbol”. Un parque ríe cuando hay un vendedor de globos y niños que se alelan mirándolos, queriendo uno, rojo, o verde, o azul, en fin, para tenerlo en sus manos y volar.

Un parque sin dos que se besan, se acarician, se dicen tequieros, no es un parque. Nada más sobrecogedor que una banca ocupada por los amantes, por los que se han citado allí para acercarse, para sentirse, cantarse uno al otro. Celebrarse. Quizá los parques fueron inventados para que en ellos hubiese siempre dos que se aman, que son capaces de escribir sus nombres en el tronco de un árbol, de mirar con ojos embobados a los azulejos que los emulan entre las frondas.

Un parque es la posibilidad de un encuentro. Puede ser que haya gentes que vayan solas al parque para hablar con ellas mismas, para olvidar, para recordar, para hacer menos sola su soledad. Otras van para huir de sí mismas o para buscar a alguno de sus pares, con quienes recuperar el tiempo perdido. Por eso, en ciertos parques, abundan los jubilados, con su piel cansada, manos callosas, ojos de estupor frente al mundo. Conversan. Callan. Y vuelven a mirarse para buscar más palabras.

Hay parques con próceres de bronce y palomas que depositan excrementos sobre sus glorias. Parques con iglesia. Parques difamados, prohibidos. Desahuciados. Peligrosos. “No vas por allá que es un antro de vicio”. Parques para que el vagabundo sueñe. Un barrio sin parque es como un cielo gris sin golondrinas.

Hay parques que cada cual pinta con los colores de su alma. O de sus sueños. Luchar porque haya parques es una conquista de la imaginación.

La imagen puede contener: nube, cielo, montaña, árbol, planta, tabla, exterior y naturaleza

 

  • ¿Plazas o parques?

  • En Medellín, caso curioso, llamamos parque a la plaza. Parques a la inglesa o francesa, poco o nada hay en la ciudad. Pero sí hay parques (mejor dicho, plazas) donde, pese a todo, a contaminaciones y otros espantos, hay cosechas de pájaros, hojas vivas y muertas, nidos y uno que otro poeta que se solaza con pedacitos de cielo y una lectura de banca.
  • Y, lo dicho, si no hay parques como deben ser (quizá el Volador, puede ser uno, y el que era antes el Bosque de la Independencia, hoy jardín botánico), hay plazuelas y plazoletas, como la Nutibara, la de Zea, la de Tomás Cipriano Mosquera, la de Mon y Velarde, y aun la del arzobispo Manuel José Caycedo. También la Uribe Uribe y la placita de Torres, por los bajos de Buenos Aires. Ah, este barrio, Buenos Aires, nunca tuvo parque.
  • El parque, o lo que así denominamos en la vieja Villa, es un espacio que da carácter al barrio. Si bien los del Centro son de muchos ciudadanos, de visitantes y residentes de banca, los de la periferia son clave en la vida cotidiana, la sociabilidad, los ejercicios de jóvenes y jubilados, los juegos infantiles… ¿Qué tal Belén sin parque, o La Milagrosa, o Campo Valdés, o El Poblado? Conquistadores, por ejemplo, tiene parquecitos a granel. Y Manrique, un clásico, nada. Ah, sí una plazoletica con virgen.
  • El parque Berrío (antigua plaza mayor) sigue siendo el parque central, aunque el de Bolívar, con más historias, más asuntos conectados con la cultura y la sociedad, es un emblema, un referente de ciudad, aunque hieda a meados. La retreta dominical volvió y hay mucha gente que conversa. Ya no aparece los jueves La barca de los locos. Y todavía suenan las campanas de la catedral.

 

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El ojo justiciero de Rodolfo Walsh

(Análisis de un cuento con boxeo, mesías y un celador místico)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Rodolfo Walsh, un argentino de origen irlandés, se constituyó en América Latina y el mundo en un pionero del que, en los sesenta, el estadounidense Tom Wolfe llamaría el “Nuevo Periodismo”, una aplicación de técnicas literarias al reportaje. En 1957, el escritor y periodista, además de militante de izquierda, publicó su Operación Masacre, una investigación sobre el asesinato de prisioneros tras un levantamiento de estado en Argentina.

 

Los fusilamientos clandestinos del 9 de junio de 1956 de la dictadura cívico-militar llamada Revolución Libertadora, después le permitieron al reportero una honda inmersión en los hechos y con su libro se adelantó, por ejemplo, en nueve años al de A sangre fría, de Truman Capote, llamado con mucho bombo novela real o de no ficción. La investigación de aquellos sucesos comenzó cuando un hombre se acercó en un bar a Walsh y le dijo: “Hay un fusilado que vive”.

 

Walsh, escritor de relatos policíacos, reportero que tenía en el periodismo otro modo de la militancia y de la denuncia, estuvo siempre del lado de los atropellados, de los ofendidos por los gobiernos opresores, de los humillados por el poder. Lo demostró con creces en varios de sus trabajos periodísticos, pero, de igual modo, en la literatura, sin caer en lo panfletario ni en la consigna. El cuento Un oscuro día de justicia, de su serie breve sobre irlandeses, podría ser una comprobación del aserto.

 

Después de Operación masacre, y dentro de esa misma concepción de periodismo que echa mano a las armas de la literatura para narrar lo real, lo verídico, Walsh publicó los reportajes El caso Satanowsky (1958) y ¿Quién mató a Rosendo? (1969). En marzo 24 de 1977, cuando se cumplió el primer aniversario de la dictadura militar de Jorge Videla y compañía, Walsh dirigió una carta abierta a la junta del gobierno de facto, con un resumen de las tropelías cometidas por los militares en un año y acerca de cuánta gente habían desaparecido. La epístola acusatoria la repartió él mismo. García Márquez, tiempo después, advirtió que esa carta “quedará como una obra maestra del periodismo universal”.

 

Un día después de su puesta en circulación, su autor fue desaparecido. La carta denunciaba, entre tantas arbitrariedades de la junta militar, los hasta ese momento “quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados”, como la “cifra desnuda de ese terror” implantado por Videla y su séquito de represores. Así terminó la trayectoria vital de un militante, un periodista y un escritor. Su obra sigue perturbando a los lectores y anunciando la creación de un futuro de justicia y equidad.

 

En la serie de los cuentos de Irlanda, del que hace parte, además, Irlandeses detrás de un gato y Los oficios terrestres, se muestran situaciones en un colegio de internado, desalmado y brutal. Un oscuro día de justicia, joya del género, es un cuento sobre las relaciones de poder, la infancia, el internado como otra manera del panóptico, del control y la vigilancia, y, claro, sobre una injusticia que no puede redimirse al final de cuentas. Es una gran metáfora acerca de la dominación y de los usos religiosos para la implantación de una categoría que no falta quién o quiénes consideren como una aberración: la obediencia.

 

Un oscuro día de justicia se terminó de escribir en noviembre de 1967 y tiene, como trasfondo, la experiencia personal del autor en colegios, posiblemente extraídas de sus estudios en los internados Capilla del Señor, de monjas irlandesas, y del Instituto Fahy de Moreno, de curas irlandeses. “Lo autobiográfico es nada más que un punto de partida, una anécdota y a veces ni siquiera una anécdota entera sino media anécdota”, le dijo Walsh a Ricardo Piglia, en una entrevista de 1973.

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Este cuento también tiene como telón de fondo, y si se quiere como parte del escenario, el boxeo, en un país como Argentina que ha tenido, o más bien tuvo, en dicho deporte glorias del mismo, aunque algunos de esos iconos, como Justo Suárez (referenciado en el relato) y el Mono Gatica, no obtuvieron jamás el fajín de campeones mundiales. El cuento, también un simbolismo acerca del concepto de pueblo, tiene un personaje que ha enloquecido por la religión, se cree un iluminado y es, además, el celador del internado, el que tiene a su cargo la nocturnidad de los estudiantes, en este caso, 130 pupilos del establecimiento. El cerebro de Gielty, que así se llama, “fulguraba noche y día como un soplete, pero lo que hizo de él un loco no fue el resultado de esa actividad sino el hecho de que iba consumiéndose en fogonazos de visión”, dice el narrador.

 

Y tiene una víctima de la suerte de maldad del celador y de la utilización que la del Gato, un muchacho mayor que el pequeño Collins, hace Gielty. Sí, un manejo excepcional del contrapunto realiza Walsh en su cuento, de difícil lectura y honda manifestación de los laberintos del poder: de un lado, el celador aturdido por lecturas religiosas y, del otro, al presentido héroe, a otra suerte de salvador del “pueblo”, Malcolm, el tío de Collins, que encarna la posibilidad de terminar en un ring con el reino de un sujeto enajenado, capaz de rezar de rodillas toda una noche y tener influjos místicos.

 

Decía que, para el lector, no es fácil enfrentarse al texto, por la estructura que otorga a la temporalidad varios factores que pueden impacientarlo. El cuento comienza con una afirmación categórica y general, con un tono bíblico: “Cuando llegó ese oscuro día de justicia, el pueblo entero despertó sin ser llamado”. Y, al principiar por el fin, la narración dice de hechos y situaciones que ya sucedieron, como pasa con la caracterización del celador: “Y ahora rezaba sintiendo venir a Malcolm como lo había sentido venir a través de la bruma de los días de las semanas…”. Y, claro, el lector, en apenas dos párrafos todavía no sabe quién diablos es Malcolm.

 

Si, como se sabe, es una historia que transcurre en un colegio religioso, y que, por lo mismo, tendrá aspectos de disciplina conventual y vigilancia en exceso, también entre los educandos hay sectores que promueven la vida licenciosa y poco academicista. El celador se va irguiendo en una figura inhiesta, mayestática, que puede causar temores y reservas, y que asume un poder que no tiene pero que él, por estar obnubilado con lecturas de religión, asume como si tuviese muchas potestades.

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La ceremonia que él llama el Ejercicio (todo lo contrario a ejercicios espirituales loyolanos o jesuíticos) es un demostración de su mando, de su desdoblamiento nocturno, de tomar más allá de supervisiones y ojeadas a los pupilos, un poder ministerial. Y es aquí cuando aparece el boxeo, pero sin las normas deportivas, sin el uso de guantes, como una destreza que sirve para azotar y mostrar capacidades sobre el más débil. Sí, lo que podría ser una festividad fuera de programa de los muchachos del internado, Gielty la impulsa para que se sepa de su autoridad desbordada.

 

En el internado, los pelados, o algunos de ellos, como el Gato, fuman y se hacen notar en asuntos non-sanctos. Y hay distribución de fuerzas, dominios, matoneos. Y esto lo sabe Gielty, quien utilizará al muchacho de “largos ojos”, relampagueantes de amarillo, para llevar a cabo su Ejercicio. Un chiquillo como Collins se tendrá que enfrentar a uno más cuajado y canchero como el Gato, en un ring formado por las almohadas de los dormitorios. El celador está a cargo de doce internos, los más pequeños del colegio. Y, de antemano, se sabe que Collins será un perdedor frente a los golpes de su rival. Y es en este punto donde comienza a crecer la tensión del relato, cuando se le envía al tío Malcolm una comunicación clandestina para que sea él el justiciero, el que venga a salvar a su sobrino, pero, a la vez, a todos los pupilos de las actitudes opresivas de Gielty. El muchacho que ya ha sufrido golpizas, guarda en un relicario el papelito en que Malcolm anuncia su arribo, en apariencia triunfal.

 

Gielty, que siempre cargaba dos libros (¿La biblia? ¿uno de Darwin?), les ha dicho a sus “protegidos”, también como una manera de justificar el espectáculo sangriento por él armado, que “deben aprender a pelear y abrirse camino en la vida”. El relato está montado sobre la idea de crueldad, aunque, también, en los lomos de un ejercicio de poder y cómo librarse de él. Narrado con solvencia, bien hilvanado, con acierto en los elementos, algunos propios de la cultura irlandesa, Un oscuro día de justicia es una conjunción de peripecias de infancia y adolescencia, controladas por la autoridad colegial, y que tiene, desde afuera, una expectativa, una posible confrontación liberadora, que se materializa en la figura de Malcolm, boxeador y mesías.

 

Todos los muchachos aspiran a que el recién llegado, el hombre que viene de más allá de los muros del colegio, va a ser el triunfador que “trompeará al celador Gielty hasta la muerte”. Lo tienen como una certeza. De más allá vendrá, como una luz vengadora, el que va a poner en cintura al odioso celador de estudiantes. ¿Qué pasará? ¿Cómo sucederán las acciones? ¿Cuánto durará el pugilato?

 

Walsh introdujo en su cuento, como parte de su bagaje político teórico, como conceptos sobre significados de pueblo, una suerte de redención que viene de afuera, que es llamada y no construida por los que sufren una abyección, una arbitrariedad. Y ahí está la parte crítica. El pueblo debe crear sus propios mecanismos de defensa, su propia manera de enfrentar las fuerzas que lo esclavizan o lo mantienen en condición de rebaño. Puede ser una crítica a la concepción de los héroes, también al “foquismo”, tan en boga entonces por la presencia y acción del Che Guevara. Como sea, es un relato de orfebrería, de tejido literario admirable e inteligente concepción…

 

En su conversación con Piglia, publicada en el diario Página/12, Walsh recordó, en cuanto a formas estilísticas y posibles influencias que, más que de Joyce y su Retrato del artista adolescente (que también transcurre en internados, esos sí de jesuitas), tuvo más que ver Lord Dunsany y su libro Cuentos de un soñador.

 

Gielty que en el cuento aparece como una promesa de la teología o de la ciencia, era un destacado en las lecturas espirituales que se hacían los fines de semana en la institución. Y en una de sus exposiciones, les habló a los adormilados muchachos de Las partes del ojo, con conocimientos sobre el comportamiento de la luz y “los variados artificios que permiten percibirla”. Les platicó de seres de las profundidades marinas, de las retinas, del ojo pineal de la lamprea “y el profético ojo del nautilo”, en una mezcla entre diseños divinos y evolución.

 

La aparición del ojo y sus partes puede tener múltiples interpretaciones. Como la del ojo divino, que todo lo ve; el ojo centinela, el que está atento a los movimientos mínimos sospechosos; el ojo como un descubridor de la luz, incluso la interior. Tal vez puede ser que, dentro de sus concepciones alucinadas, Gielty crea que en rigor él es un ojo todopoderoso, un guardián (aunque poco angelical), un ojo vengador y cruel. O peligroso, como el de la medusa mítica.

 

Un oscuro día de justicia es un cuento que simboliza el poder a escala. Da señales de la maestría del autor en la disposición espacial de personajes y situaciones, y, en particular, con un lenguaje que seduce al lector, aunque tenga que aguardar al principio la tensión que no tarda mucho. Walsh, con esta metáfora política, dejó una constancia de talento y de crítica a la opresión. La literatura fue una de sus grandes pasiones; las otras dos, el periodismo de denuncia y la resistencia. Fue un gran desobediente.

 

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Un aguacero

(Crónica con colegiales bajo la lluvia y una señora que se escampa)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El aguacero, con renovado vigor, ennegreció el cielo de las seis de la tarde y le puso dramatismo a la espera de buses y taxis. La señora de blusa anaranjada, con una bolsa negra de plástico en sus manos, se protegió bajo un saliente. En la carrera Bolívar, por el antiguo Fundungo, entre el cementerio de San Pedro y la espalda del jardín botánico, tres colegiales gritaban y saltaban sobre los charcos, con la risa y los gritos del ejercicio de la juventud.

 

La lluvia arreció. La señora de rostro imperturbable dijo que por eso es que “uno se enferma, con estos cambios de clima después de salir del trabajo”. La factoría donde ella es mano de obra está a unos treinta metros de donde un alero otorga protección a la mujer que es operaria de una fábrica de calzado de treinta trabajadores.

 

Pasan unos minutos y aumenta el chaparrón. Discurren motos con sus ocupantes bajo capotes impermeables. Dos chicas, en pantaloncitos cortos, corren por la acera y se acomodan dos locales más allá, debajo de un saliente de un edificio de motel. No cesa la lluvia. De pronto, una pausa en el goteo. Y la señora, que ha dicho que debe ir hasta la estación Hospital del metro, pero a tomar un bus, se anima a caminar.

 

Hay un interregno. Está escampando. Por Bolívar, en la misma acera del cementerio, hay varias cantinas. Los charcos se agitan con las llantas de los carros al tiempo que se escuchan con estridencia mezclas de vallenatos y canciones despechadas. Cuando parecía que la lluvia se había cansado, ha tornado con entusiasmo y otra vez los viandantes se protegieron, como si se tratara de trincheras o burladeros, bajo algunos aleros y marquesinas.

 

Junto a la estación Hospital, antes de llegar a la calle Barranquilla, y sobre la acera en la que hay marmolerías, adentro de los locales se ven lápidas y se siente en el aire húmedo el polvillo que surge de la labor con los minerales. Disminuyen las gotas. El fragor de los motores y la fricción de las ruedas contra el pavimento mojado llenan el mundo de una especie de sobresalto, o quizá con una variante del desasosiego que aumenta con las sombras del anochecer reciente, más oscuro que de costumbre.

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Ahora, cuando apenas se sienten caer leves gotitas, y algunos chorros que se desprenden de los techos por los desagües, hay un brusco cambio en el paisaje. De lugares que parecían inhóspitos, descaecidos y sombríos, se deriva a una geografía distinta, por la vegetación exuberante, los antejardines, las fachadas amplias y las luces del alumbrado público titilando en el asfalto. La carrera Popayán, con ventanas amplias en las casas y uno que otro avisito de corporaciones, tiene cierta serenidad.

 

El caminante, de cachucha mojada y tenis aguados, voltea hacia arriba, por la calle Jorge Robledo, ancha y de casas descomunales. Sube dos cuadras, ya ha atravesado la que lleva nombre, o, mejor, apellido de “descubridor” del océano Pacífico, y se gira por Palacé. El barrio ofrece a la vista guayacanes, mangos, pimientos y caserones de diversidad arquitectónica. Pasa por el frente de la iglesia del Espíritu Santo, en penumbras, y gira por Darién, en la que lo primero que observa son algunos visitantes de repostería conversando con una dependiente. Los antejardines huelen a humedad y se respira un aire de flores anochecidas.

 

Por Venezuela, en dirección hacia el centro de la ciudad, el caminante observa una inmensa casa esquinera que ya muestra signos de refacción y entonces voltea por Urabá y asciende la leve cuesta en búsqueda de la carrera San Martín, donde terminará un breve recorrido que lo sorprendió con un aguacero, con el que, sin proponérselo, evocó los días de escuela cuando bajo la lluvia cantaba y saltaba, hundía los tenis en el fango y al final de cuentas, sobre los turbios ríos urbanos que creaba el aguacero, lanzaba a la corriente un barquito de papel.

 

  • Aquellos barquitos de papel
  • Hubo un tiempo, tal vez de borrosa memoria, cuando las calles, que eran un campus para el ejercicio de la imaginación de los pelados, se volvían astilleros, puerto y mar. Se anhelaba el aguacero porque era la posibilidad de corrientes con las aceras como orilla, por los cordones de cemento como muelle, que convocaban a tomar hojas de cuaderno, nuevas o usadas, para la elaboración de barquitos.A veces, la invención era para evocar alguna aventura de los Hijos del capitán Grant, de Verne, o revivir los mares de Sandokán, de Emilio Salgari, dos escritores que entonces, cuando la televisión todavía no asaltaba el tiempo para la creatividad, animaban la hechura de barquitos callejeros.

    Casi ninguna de aquellas construcciones para la navegación urbana sobrevivía a los abismos que hacían recordar a algunos muchachos de buena lectura los horrores de Arthur Gordon Pym. Y al final de cuentas, aquellas naves, veleros expuestos a la furia de las aguas, desaparecían en los remolinos de las alcantarillas. La tormenta había cesado. Habría que esperar el próximo aguacero para tornar a la fabricación de un sueño de papel.

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Domingo con color de fútbol

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol.

 

El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo. Para hacer un cambio de ritmo.

 

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas sin abolengo, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo del balón. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que, en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

 

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación pura. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

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El domingo, que para algunos es la recuperación de la infancia, es la posibilidad de ir a un muy escaso potrero urbano (antes eran legión) a recordar los días en que el fútbol abundaba en las barriadas. Las mañanas dominicales de antes (¿se acuerda?) eran para cerrar calles y congregar la muchachada, combinada, claro, con los más veteranos. Una proeza en el asfalto. Había el pelado de las florituras con la pelota. Y al que ponían en los arcos pequeños, casi siempre era un torpe para las gambetas y las paredes, y entonces se elegía para salvaguardar la pequeña portería, con redes de costal o sin nada. Casi siempre, este cancerbero sin talento era la víctima de los fusilamientos, de los taponazos. Había que intimidarlo para que, asustado, dejara pasar el balón en cualquier momento.

 

Hoy, pese a la cada vez más escasa presencia del fútbol callejero, el domingo es una posibilidad para la ensoñación de marcar un gol de taquito; de imaginar en pequeñas espacialidades cómo eludir un “bosque de piernas”, alzar la cabeza para buscar un compañero bien ubicado, ese que te devuelva el balón con calidad y te pueda dejar de frente a la gloria efímera de una anotación bien concebida y mejor celebrada por todo el equipo.

 

El domingo, día de campanas y empanadas parroquiales, está hecho para el encuentro en la cancha. Sí, puede ser en una de grama artificial, en la de arenilla, en la desnivelada de un barrio alto, en la de cemento, o, como pasaba en otros tiempos de modo abundante, en la calle. Sí, el domingo es para transmutar la calle en estadio.

 

¿De qué color es el domingo? Tiene, a veces, el de los tenis gastados en faenas futboleras. O el de camisetas desteñidas por tantos soles. O puede ser el de la alegría que da el ir en gavilla, tecniqueando la pelota, rumbo a una unidad deportiva. En cualquier caso, el domingo está diseñado para la fraternidad del fútbol como diversión singular, como un ejercicio de la amistad y los afectos. Como una posibilidad del encuentro y el intercambio de emociones.

 

Qué curioso. En las viejas barriadas, también en las ciudadelas y unidades cerradas, el domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta de hincha. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

 

¿Sí será el día más bonito de la semana? El domingo se inventó para que viejos y jóvenes se encontraran en los estadios a desgañitarse en gritos y a esperar para darlo todo en el instante cumbre: el éxtasis de un gol.

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