Y nos queríamos tanto…

(Sobre aquellos amigos de infancia y adolescencia, con balón y cielo de cometas)

 

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Amistad, pintura de Maribel Piñero

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La infancia, en la medida en que la vida camina, se torna una especie de paraíso remoto (para algunos, tal etapa pudo haber sido toda una desventura), de situación sin tiempo, aunque sí con espacialidades, que al final de cuentas se vuelve una arcadia, una época de dichas sin pretensiones, la fantasía de un espejismo. No había en su ejercicio teorías sobre la felicidad ni sobre la niñez ni sobre la familia, solo juegos, inventiva, imaginación. Y una ganancia: la relación emotiva con los que requeríamos para una rayuela, un escondidijo, un “coclí-coclí al que lo vi, lo vi”, o para patear una pelota.

 

Las primeras conexiones sentimentales pudieron haber sido con un hermano (o hermana, según el caso), con quien nos dimos a manejar carros de carreras, a dar batazos imaginarios, a perseguir libélulas o cucarrones verdes o a chutar un balón… Y luego, en una práctica inconsciente de buscar a otros, nos relacionamos con los vecinos, los de la cuadra, los del edificio de tres pisos. Hasta llegar, en la edad escolar, a tener acercamientos de recreo y de aula con los condiscípulos. Y sin darnos cuenta se crearon las filias, la disposición afectiva, la necesidad de estar con otros para reír y comprar helados con la mesada escolar. O ir al cine matinal.

 

Y así, en aquellos años que tardaban, que tenían como referencia temporal a diciembre, como un límite al cual arribar para estar más entre los otros, para renovar juegos, para hacer volar los sueños y los globos, las serpentinas y las luces, en una ansiosa espera que se demoraba, pero llegaba con sorpresas. Y digo que tardaban (¿cuándo llegará?, era una insistente pregunta) por dar una referencia temporal, de almanaque, que en rigor no importaba. Nos esperaba la calle, los otros, la alegría de una aventura que podía ir desde una jugarreta con bolas de cristal hasta una caminada en busca de charcos y árboles frutales para asaltarlos.

 

Eran los días no mensurables (insisto en que poco importaban los relojes) en que, sin saberlo, estábamos ejercitando los sentimientos, los acercamientos, el sentido de la amistad. Antes de entrar al primero elemental (no tuve kínder), no recuerdo haber tenido algún amiguín en el entorno. Aunque no faltaba el muchacho simpático que invitaba a un juego colectivo en la acera o en algún baldío, que abundaban entonces.

 

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Juego en viejos patios de recreo

 

En la primaria, sobre todo en los primeros dos o tres años, había afinidades con pocos compañeros, y estas tenían que ver con alguna vecindad, o porque nos gustaba hacer alguna pilatuna en el recreo, como mirar las piernas de las maestras (o, como sucedió con la señorita Elvia, que se paraba en un corredor con baranda, sobre el patio de la escuela, y no se ponía calzones. Era un espectáculo que vimos unos cuantos pelaos), o porque nos gustaba más una asignatura que otra, como la geografía con sus mapas y mapamundis desplegados en el aula, o las ciencias naturales.

 

En esos primeros años no escaseaban, al salir del recinto escolar, las peleas a puños (las denominábamos bonches). De vez en cuando, para no dar tanta pantalla a la salida, nos citábamos en otro lado. No faltaban los chivatos, los lamboncitos, que les soplaban a las maestras, al día siguiente, quiénes éramos los contrincantes y cómo había resultado la pendencia. Les gustaba ver los reglazos que nos propinaban ante todo el personal. Bueno, y, tal vez por instinto, o por eludir el castigo, quitábamos la mano cuando el listón disciplinar venía en el aire. Era peor, porque entonces te lo ganabas en el brazo o el hombro.

 

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El amigo sincero es el hermano claro y elemental como la espiga: Carlos Castro Saavedra

 

Había ciertas complicidades con compañeritos de salón. Recuerdo, ya en quinto elemental, cómo molestábamos al director del grupo, el señor Castor Rave, que creía siempre —bronca que me tenía— que yo era el promotor de burleterías y murmuraciones en su contra. Qué va. Con Alejandro Molina, que estudió conmigo los cinco años de primaria, nos juntábamos a tirar papelitos contra el tablero o frutas de mamoncillo cuando el profesor estaba de espaldas a los alumnos.

 

Sin saber a fondo (bueno, todavía no tengo una teoría al respecto) qué era la amistad, había con algunos compañeros de clase o de barrio más acercamientos, como si se tratara de un común denominador, de cosas o acciones que nos identificaban, nos proporcionaban placer y afectuosidades. No eran muchos, más bien contados, pero era la posibilidad venturosa de una ida a cine, a un charco, a un partido de fútbol, de hacer una colección de cromos o láminas, de ir a la biblioteca pública (con Molina siempre íbamos a la sala infantil de la biblioteca de Bello) a tragarnos todos los libros de los Hermanos Grimm, Perrault, las fábulas de Samaniego y Pombo y Esopo…

 

De pronto, y al cambiar de escenarios, al entrar al bachillerato, había una disgregación, un alejamiento, y así a los más cercanos compañeros de primaria les perdí el rastro. Y aparecieron otros. Nos unía, al principio, el fútbol, el cine, la búsqueda de una novia, el pasteleo en clase, y después, las discusiones en torno a lo que creíamos que era la existencia y el futuro. Algo similar sucedía con los miembros de la gallada barrial. Y siempre había alguno más próximo con quien compartir secretos y planes.

 

Se puede decir que, hasta un poco antes de finalizar la adolescencia y poco antes de obtener la mayoría de edad (bueno, entonces la cédula de identidad se sacaba a los 21 años), hubo una bella disposición a estar mucho tiempo con los amigos o con los que se consideraba que lo fueran. Era un bello tiempo de juegos de calle, de vacilar muchachas, de saberse todas las canciones de moda, de tener el cabello largo, de usar camisas coloridas y sicodélicas… Había con quien entenderse en la cancha, de tenerlo cerca, de hacer paredes, de inventar regates… Como me pasó con Chucho, por ejemplo, uno con quien gozamos el barrio, los partidos, el cine de domingo, las caminadas al cerro Quitasol, los paseos en bicicleta…

 

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En lo único que discordábamos era en el afecto por un equipo. A él, su padre, empleado bancario, le daba una mesada interesante, le tenía bicicleta (en mi caso tenía que alquilarla) y lo consentía con pagarle a modistas de barriada para que le confeccionaran las camisetas de su onceno preferido. Y con Chucho, que portaba el nueve en la espalda, inventábamos mentiras y otras historias de esquina. Su padre, que era un buen lector, de pronto dejó de leer porque comenzó a sufrir dolores de cabeza (eso fue lo que contó Chucho a los de la barra) y, según su hijo, los facultativos le dijeron que no leyera más. Por eso, o no sé por qué más, pude tener varios libros del señor Hernández, que su hijo me regaló: uno, que leí de un tirón, fue Moulin Rouge, de Pierre La Mure, una novela sobre la vida y obra de Toulouse Lautrec.

 

Después, cuando los caminos nos separaron, Chucho quedó como una alegre memoria de los trece, catorce y quince años, cuando aspirábamos a ir a la Luna, viajar a las estrellas y ser delanteros de un equipo profesional de fútbol. Después, en otros espacios, en otros ámbitos, los amigos fueron pocos. Y ya eran otras las motivaciones y, creo, se había perdido un eslabón que tenía mucho que ver con cierta inocencia y la búsqueda de lo que se quería ser cuando “grandes”.

 

De aquellos amigos de infancia y adolescencia, a los que no volví a ver, no supe más de ellos (o acaso hubo algún fugaz encuentro, lleno de lo inesperado y de lo que ya no puede ser), me quedaron barquitos de papel, barriletes de cola larga y vuelo alto, globos de fin de año, pelotas de trapo y de “carey” y uno que otro balón de tripa y los gritos de gol en una manga y en la calle y unos días y noches de esplendor en las palabras y en los abrazos. Una memoria de lo que no volverá.

 

De aquellos amigos de escuela, de cuadra, de las clases de secundaria, me quedaron acordes de guitarra, cuadernos con “poemas” amorosos que compartíamos en lecturas acompañadas de risotadas, algunos ventanales rotos y desafiantes pedreas entre barrios. Ah, y un inolvidable libro de un escritor francés, y aquellas paredes endemoniadas —tuya y mía, mía y tuya— que, desde la mitad de la cancha hasta el arco contrario, hacíamos Chucho y yo, y que, casi siempre, terminaban en la sin igual apoteosis de un gol.

 

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La amistad puede empezar desde la más tierna infancia y durar toda la vida

 

La niebla del adiós

(Un tango de Cadícamo y Cobián sobre barcos muertos y amores perdidos)

 

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Pintura de Quinquela Martín, frente al riachuelo de La Boca

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En la década de los treinta, con secuelas de la Gran Depresión del capitalismo, cuando en la que fuera una ciudad cautivadora y, para decirlo con un término que entonces no existía, primermundista, Buenos Aires se llenó de miserias y otras desventuras para los trabajadores. El tango (también la literatura, como la de Roberto Arlt, por ejemplo) las narrará. Y tendrá poetas dolidos, con antenas predispuestas para las conmociones humanas, como Enrique Santos Discépolo. La Reina del Plata, sufrió en aquellos años la mishiadura (o la indigencia).

 

El riachuelo, una corriente que, comparada con el gran río, el Río de la Plata (que es un “mar con cinco lunas de anchura”), es apenas un chiste, una caricatura; pero entonces no era una cloaca, como lo va a ser después. Era, en ese sur orillero, donde llegaron genoveses y crearon La Boca, una presencia simbólica que le daba identidad a la barriada de cantinas y un equipo de fútbol que llegaría a ser el más popular de la Argentina, el Boca Juniors.

 

Igual, por aquellos años, cuando ya un poeta, un letrista de comprobada calidad, como Enrique Cadícamo, a quien Gardel le grabó veintitrés de sus temas, va a decir que el riachuelo no es una corriente para navegar sino para fondear. Y en 1937, Nieblas del Riachuelo, con música de Juan Carlos Cobián, se erige en un tango metafórico y bello, que se hizo para un filme, La fuga, de Luis Saslavsky y Miguel Mileo, con las actuaciones de Tita Merello (que estrenará ese tango icónico), Francisco Petrone, Amelia Bence y Santiago Arrieta. En el cine Monumental se estrenó la película el 27 de septiembre de 1937.

 

Ese tango, muy versionado, tiene una primera grabación de parte de la orquesta de Osvaldo Fresedo con la voz de Roberto Ray. Después vendrán muchas más, como las de Edmundo Rivero, Horacio Molina, Susana Rinaldi, Adriana Varela y tal vez la más sentida de todas, la de Roberto Goyeneche con la Orquesta Típica Porteña a cargo de Raúl Garello. Nieblas del Riachuelo (se conoce más en singular Niebla del Riachuelo), más que un poema de barrio, de lugar, o de descripciones locales, es todo un fresco acerca de la soledad, la espera y los retornos frustrados. Un tango sobre los adioses.

 

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Roberto Goyeneche

 

Enrique Cadícamo (1900-1999), con una enorme cantidad de letras, además de varios libros de poemas, era una suerte de adelantado que dejará en más de trescientos títulos (entre los que hay un centenar de tangos) una rúbrica singular. Como lo dijo Jorge Götling en su libro Tango, melancólico testigo, “todos los autores de tango se parecen a Cadícamo y él no se parece a ninguno”. Y en Niebla del Riachuelo dejará una constancia de su talento para caracterizar situaciones límite de la condición humana.

 

“Turbio fondeadero donde van a recalar / barcos que en el muelle para siempre han de quedar. / Sombras que se alargan en la noche del dolor… / Náufragos del mundo que han perdido el corazón”. En estos primeros versos se advierte una coloración oscura, un pigmento caliginoso, como una pintura de la melancolía. Se establece un clima de tragedia y de pérdida.

 

El riachuelo, el mismo que la contaminación matará, que se volverá un basurero, una corriente muerta, le sirve a Cadícamo para establecer un ambiente en el que se pinta (muy distinto, claro, a las marinas de Benito Quinquela Martín, gran pintor de La Boca) una larga tristeza y una metáfora de los desdichados, de los que fracasan, de los que la vida y otras circunstancias los han derrotado: “Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar / Barcos carboneros que jamás han de zarpar… / Torvo cementerio de las naves que al morir, / Sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir…”.

 

Y al momento de entonarse el estribillo aparece un narrador en primera persona, que va diciendo en un tono de confidencia y casi de secreta intimidad lo que significan las esperas y los alejamientos: “Niebla del Riachuelo / Amarrado al recuerdo / Yo sigo esperando. / Niebla del Riachuelo / De ese amor, para siempre / Me vas alejando”. Y remata con una certera (y dolorosa) situación de ausencia, un desprendimiento, una despedida sin remedio y sin anestesia:

Nunca más volvió.
Nunca más la vi.
Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
Esa misma voz que dijo: Adiós.

 

En la segunda parte, el tango canta a una especie de vejez, de marchitamiento, de ineludible soledad y decadencia. Se advierte el tono de la nostalgia y de lo irrecuperable. Y más que a una lluvia real, concreta, se refiere a una especie de lluvia metafísica, que da la impresión de llanto interior y de una soledad sin límites. Es como si, desde aquel tiempo, el autor hubiera previsto que aquella cinta de agua, que entonces la basura y otros desechos no habían arruinado, tendría un futuro de abandonos y destrucción.

 

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Enrique Cadícamo

 

Niebla del Riachuelo, que también ha sido cantada en bolero (Noro Morales, Rafa Galindo, Panchito Riset, Omara Portuondo, Lita Nelson, Chucho Avellanet, Óscar de León, entre otros) y hasta con aires flamencos, es un tango de una belleza entristecida, que muestra el desaliento y la imposibilidad de continuar de pie tras un largo camino de luchas, a veces inútiles. Tiene la belleza de la luz de los impresionistas y del mar del cual los viejos marinos se tienen que despedir para siempre, a pesar de sus deseos de seguir navegando.

 

El riachuelo de Cadícamo no es para ir en botes, para navegarlo, para mirar desde sus aguas turbias las orillas del barrio. Se vale el autor de lenguaje marino, de artefactos propios de las naves y de la navegación, de la figura de un viejo bergantín, para dar cuenta del final de un camino, de un viaje. No habrá otra partida, no hay anclas para levar. No habrá una nueva aventura ni otras peripecias.

Anclas que ya nunca, nunca más han de levar,
Bordas de lanchones sin amarras que soltar…
Triste caravana sin destino ni ilusión,
Como un barco preso en la botella del figón.

 

El riachuelo, visto por Cadícamo, es un cementerio donde se acaban los deseos, se terminan los sueños y ya no hay manera del retorno. Es como una navegación dolorosa, definitiva, por el río de los adioses.

 

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El riachuelo visto por el pintor Benito Quinquela Martín

¿Qué es Colombia?

Panorámica de un país de exclusiones y de violencias a granel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

¿Qué es Colombia? En realidad, no es un acto de fe, como se proclama del “ser colombiano” en Ulrica, un cuento de Borges. No es un sueño de Bolívar, al que su aspiración de un país de fraternidades se la distorsionaron y erigieron en una gran republiqueta, con príncipes feudales, con clérigos a favor de los terratenientes, con una educación confesional… Colombia son muchas aristas, tantos ángulos, tantos puntos de vista. En esencia, es un país desigual (uno de los más inequitativos del mundo, según el Coeficiente de Gini), en cuya historia de perplejidades siempre ha estado presente, como un mecanismo perverso de resolución de conflictos, la violencia.

 

Como en La Vorágine, una bella y dolorosa novela social, de denuncia, cuya entrada es inolvidable, como también lo es el resto de la obra, en Colombia, digo, uno se puede jugar el corazón al azar y se lo gana la violencia, como le sucedió a Arturo Cova. ¿Qué es este país extraño, en el que hubo un Concordato centenario, cuyas emanaciones todavía se prolongan, y que no ha podido convertirse nunca en un Estado laico? Somos una enorme extensión de tierras que pertenecen a unos pocos y que el proyecto paramilitar, cuyos albores se establecen en los ochenta del siglo pasado, volvió una contrarreforma agraria. Los mejores lotes han sido para la ganadería, cultivos de palma africana, para el ejercicio del poder despótico sobre las mayorías despojadas. Y para crear fosas comunes, para forjar un poder espurio basado en el terror. Un país que jamás ha tenido una reforma agraria, que carece de soberanía alimentaria y, peor aún, de otras soberanías. Un coto de caza de Washington. Una neocolonia. Eso es Colombia.

 

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“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”.

 

Sometidos por magnates, por intermediarios del capital extranjero, por un régimen oligárquico, que se ha mantenido como un club de exclusividades de unas cuantas familias, los colombianos, es decir, aquella ficción llamada el pueblo, ha estado sometida al látigo del vasallaje de unos pocos. Ha sido, y la historia así lo comprueba, un país de asesinos, en el que el crimen, el borrar al otro, al opositor, ha estado a la orden del día. Magnicidios a granel, por citar solo algunos, como el de Gaitán y como el de Uribe Uribe, que, tras la guerra de espanto de los Mil Días, arrió las banderas del liberalismo. Esta doctrina se conservatizó desde hace años y ha sido parte esencial del dominio de una minoría sobre los hombros de los desterrados y olvidados de la fortuna.

 

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Imagen del 9 de abril de 1948, el Bogotazo.

 

¿Qué es Colombia? Un país de exclusiones. Y de una prolongada violencia. En los mediados del siglo XX, la barbarie liberal-conservadora asoló los campos y convirtió a las nacientes ciudades en un hacinamiento de los sobrevivientes. Y el Frente Nacional, una alianza de las élites en el poder, se cuidó de tener en cuenta a otras expresiones políticas. Nada de terceros partidos, de oposiciones de verdad, de disensos. Nada. Y la violencia continuó. Los sesentas, con el surgimiento de guerrillas, con bombardeos a las autodefensas campesinas, apoyado el fuego celestial por los Estados Unidos, siguió sembrando de llamas, una extensión del infierno, los campos en el cual, pese al poeta, ya el verde no era de todos los colores.

 

Los trescientos mil muertos de la denominada Violencia (cuyo número fue de horror entre 1950 y 1953), se prolongaron con nuevas etapas de masacres, de terror en montes y urbes. Y a todo aquel desangre hubo que sumarle el ocasionado por las mafias del narcotráfico que, a partir de los setentas, se establecieron con todo su tropel de sicarios, de narcoterrorismo, de poder al que, como se sabe, también cedieron los banqueros, los potentados, porque, ante todo, las ganancias eran pingües para unos y otros.

 

Un país doloroso. Foto de Natalia Botero

 

¿Qué es Colombia? No es, como lo dijera, con algo de demagogia, o quizá a modo de cumplido, el gran poeta Rubén Darío, una “tierra de leones”. Más bien ha sido, al tiempo que a las mayorías se les mantiene en la ignorancia y se les domestica, una tierra de desalmados. No solo de bandoleros, de aquellos que ante tantas miserias y degradaciones, tuvieron que erigirse como vengadores, sino de unos pocos privilegiados que han mantenido bajo su férula, y en la oscuridad, a trabajadores, desempleados, jornaleros…

 

El bandidaje mayor ha sido el de los oligarcas y sus representantes políticos. Una especie de ley, medio estrambótica si se quiere, ha sido que cada presidente que se elige es peor que el anterior. La historia da fe, con creces, del aserto. El de ahora, un mamarracho, un pelele, una sirviente del imperialismo estadounidense, una ficha deplorable del uribismo (y, en general, de la élite corrupta que domina a placer la nación), ha tenido en su contra la resistencia civil de trabajadores, estudiantes, clases medias, artistas, en un paro nacional que estalló el 21 de noviembre último y que continúa con marchas y cánticos.

 

La represión, además de la aprobación de reformas antipopulares, ha sido el expediente principal de Iván Duque contra la gente, contra los explotados y oprimidos. Estos, aunque aún falta mucho para ejercer una oposición masiva, han ido construyendo unos modos de desobediencia. El gobierno, sin embargo, hace el sordo y responde con el Esmad (que asesinó al estudiante Dilan Cruz) y mantiene una actitud indiferente ante la oleada de asesinatos de líderes sociales.

 

¿Qué es Colombia? Es una distopía, una aberración, un solar de señores feudales y de los intereses de organismos como el FMI, el Banco Mundial, la Ocde… Una heredad de sátrapas y criminales, de desvergonzados hampones empotrados en el Estado y el gobierno. No somos ningún acto de fe los colombianos. Un país trágico, ¡ah!, y si no fuera por tantas miserias y atentados contra la dignidad humana, seríamos también una comedia lamentable.

 

Nota: Artículo para la edición especial de La Pluma (lapluma.net), portales lapluma.net y Tlaxcala, diciembre 31 de 2019

 

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Colombia, uno de los países con mayor desplazamiento forzado del mundo.

La galería de J. Mario Madrid

(Un veterano pintor abre las puertas de su arte a la ciudad)

 

El pintor bellanita J. Mario Madrid, en su galería de la calle Caracas de Medellín

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La soledad creativa puede tener varios sinónimos. Uno es J. Mario Madrid, un pintor bellanita, con nostalgias de trenes y talleres de ferrocarril, que todos los días de su vida ha pintado y es un creador compulsivo de madonas, majas, borrachos de cantina y toda una suerte de temas que lo convierten en un pintor muy disciplinado y talentoso, aunque no haya tenido prensa ni otras vitrinas. No es amante del escándalo ni de la farándula.

 

J. Mario Madrid, lleno de silencios, es un artista autodidacta que ha aprendido del Renacimiento, de los impresionistas, del expresionismo, de muchas escuelas a las que él ha estudiado de su cuenta y con rigor. En sus trazos, en sus claroscuros, en sus técnicas, se pueden hallar restos de Johanes Veermer, de Tintoretto, de Caravaggio, de Pisarro, que si se quiere puede estar ahí, en sus lienzos, algo de Toulouse Lautrec. Y en su búsqueda intensa y larga, de muchos años, se encontró a sí mismo, al artista que en silencio y soledad lucha con los temas, con las composiciones, con los colores. Y logra hallar su propio rumbo, su identidad.

 

La galería a través de la vidriera de entrada

 

Mario en su atelier es una especie de poeta que ensaya sonoridades, y, en su caso, tonos, mezclas, pinceladas… Es un paradigma de lo que debe ser un creador: un alto porcentaje de disciplina, de trabajo, de permanente actividad frente al caballete. Y, claro, de talento. Mario crea muchachas que cantan acompañadas de una guitarra, perros callejeros, señoras bonitas que tejen o se reúnen a una mesa a conversar. Es un maestro de la composición, del orden y la armonía en sus cuadros. Un apasionado.

 

La ciudad, que lo ha ignorado durante tantos años, puede, ahora, estar en contacto con la proverbial obra de J. Mario Madrid, en su galería de la calle Caracas, entre Girardot y Córdoba. Una enorme y singular posibilidad de apreciar las obras de un señor que no envejece y que, al contrario, por su intensa creatividad, se torna cada vez más joven. Celebramos la galería de este gran artista colombiano y estadounidense, nacido en un barrio con fábrica y locomotoras, del que nunca se ha despegado.

 

Una de las obras en proceso de J. Mario Madrid

 

En las obras de Mario, aparte de encontrarnos con sus agonías, inspiraciones, obsesiones y su propia expresión, su estilo, nos topamos con otros artistas de los que él aprendió y sigue aprendiendo. Todos somos lo que hemos leído, lo que hemos visto, y Mario, siendo él mismo, es, a la vez, otros. Una parte personal, íntima, a lo Madrid, de la historia del arte.

 

Muchas gracias, maestro, por tus obras y por la decisión inteligente de dar a conocer tu arte ante una ciudad a veces ausente, indiferente, pero que también tiene sensibilidad. El goce estético es de todos. Y las obras de J. Mario Madrid lo hacen posible.

 

Medellín, 13 de diciembre de 2019, a propósito de la apertura de la galería

 

El pintor en su galería.

 

 

Casa con iglesia al frente

(Había una canción macondiana y otra que hablaba de solamente una lágrima)

 

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“Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire…”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Desde el balcón veíamos a los feligreses entrar a la iglesia, tras el toque de campanas. Señoras y señores, algunos pelados y muchachas, todos con una especie de pereza, de reticencia o de obligación marcada. Era una iglesia de fachada de ladrillo y un campanario no muy alto. Parecía improvisada. Y, con el tiempo, quizá con empanadas y bazares, con los fondos de los sanisidros en los que había ruletas y remates, la iglesia de Santa Catalina Labouré se modificó, con una construcción más amplia, con un frontispicio a modo de pirámide y con más presencia en el sector.

 

Nunca supe quién era el párroco y, creo, no haber entrado jamás a ninguna ceremonia allí. Detrás, casi llegando a la quebrada La García, había una enorme manga, limitada con tunales y en la que, dos o tres días a la semana, jugábamos partidos. El balón, a veces, o muchas veces, se iba a la corriente y había que salir por las orillas, aguas abajo, a rescatarlo. A un costado de la iglesia, habitaba un pelafustán con ínfulas de bravero, en apariencia mayor que mis hermanos y yo, todavía imberbe, al que le decían Judas. No gozaba de aprecios en la zona. Una vez, en un picado, el tipo, que además era engreído y de caminar a lo malevo, le dio un puño a uno de mi equipo, creo que fue a Chucho, y se armó la zambra. Puñetazos e hijueputazos iban y venían. Al sujeto aquel, fatuo y agrandado, jamás lo volvimos a saludar, aunque nos dejó una desazón por no haber podido “machacarlo” como se merecía.

 

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La cantante Estelita Núñez y su éxito Una  lágrima (1969)

 

La cuadra nuestra era de casas de dos pisos. No había árboles. El agua la subíamos a través de una bomba de extracción, con una enorme palanca de hierro. Abajo, además de la dueña, una señora adusta, pelinegra y de rasgos bruscos, vivía una hija de ella, a la que papá apodó la Culatera, y una sobrina de la doña, blanca y mona, que cantaba a toda voz canciones de la Nueva Ola y el Go-Go. Se escuchaba entonces en la radio a una mexicana, Estelita Núñez, cantando “una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…” y a mí me gustaba cómo la muchacha bonita la entonaba. Creo que me enamoré de ella (ella no se enteró) y mi dolor fue enorme cuando supe que tenía novio, que la visitaba dos o tres veces a la semana, parados ambos junto a la verja de hierro despintado.

 

A la muchacha la apodamos La Maconda

 

Por aquellos mismos días, muy cercano ya el único diciembre que por allí pasamos, se oía en las casas “Los cien años de Macondo” y había una muchacha que, al caminar, parecía bailando esa música sabrosa compuesta por un peruano y cantada por Rodolfo Aicardi y Los Hispanos. “Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire / en los años de Gabriel trompeta, trompetas lo anuncian…”. No había leído entonces Cien años de soledad y a la muchacha, de la que no supe nunca el nombre, la apodamos La Maconda.

 

Por aquella cuadra, en la que sin falta había una tienda en la esquina, había muchachas que desfilaban todas las mañanas con falditas a cuadros rojinegros y blusas blancas, con valijas y olorosas a jabón (así lo percibía desde el balcón), rumbo a los colegios. Los fines de semana, cuando estaban sin uniforme, cambiaban su aspecto. Se veían más atractivas. Volteando la cuadra, junto a la tienda, vivían dos, muy bonitas, que uno les hacía caritas, o les decía un cumplido, y ni siquiera volteaban la vista. Es más, cambiaban de caminado, se erguían, asumían una actitud de reinas de barrio y si te vi no me acuerdo. A lo mejor, miraban de reojo a ver qué era la vaina.

 

Otra, que luego se volvió paisaje y al principio era llamativa por lo excéntrica, mamá le puso el mote de La Cuperta. Pelicortica y de caminar hombruno, se paseaba con los brazos en bamboleo y la mirada desafiante.

 

Usábamos todavía camisas floreadas, de estampados extravagantes, de chalis y otras telas, y bluyines de industria nacional y tenis criollos. Todas las mañanas bombeábamos el agua, que se recogía en un tanque de cemento y en canecas metálicas. La muchacha del primer piso, que siempre sintonizaba programas juveniles, cantaba en las mañanas, al tiempo que La Culatera permanecía siempre en silencio. Eludíamos, en lo posible, al salir por el corredor común, la presencia de la dueña de la casa. Si sentíamos que estaba abriendo, uno esperaba. A veces, claro, era ineludible y teníamos que ver su rostro de bruja sin atributos. Ninguna escoba se prestaría para transportarla.

 

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Iglesia Santa Catalina Labouré, en Bello.

 

Los domingos, el sonar de las campanas nos despertaba. Uno aprovechaba para voltearse en la cama e intentar conciliar el sueño. Más tarde, había que salir a buscar compañeros para ir o a la manga de la quebrada o a alguna de Niquía. Estábamos en un sector comprendido entre los barrios El Congolo, La Milagrosa y Prado. Muy cerca, a unas cuantas cuadras, había un puente sin barandas, solo para caminantes, que atravesaba la García y unía a Niquía con la zona de Santa Catalina. Sobre aquel se contaban historias de ladrones, de gentes que tiraban a la quebrada, de fantasmas que se ubicaban allí a medianoche…

 

Cuando nos mudamos (de allí salimos para un barrio obrero, Santa Ana), la voz de la muchacha seguía escuchándose: “Una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. Sentí una especie de desgarramiento, de que algo mío se quedaba en ese espacio del que solo recuerdo una bomba manual de extracción de agua, un balcón con algunas bifloras desde el que veíamos las muchachas y a los que entraban y salían de misa, y la sensación de que la dueña era una mujer amargada.

 

Cuando nos fuimos, la iglesia todavía era la de la torrecita de poca altura, con unas campanas broncas y lo más vistoso que en ella ocurría era el denominado altar de San Isidro, con toldos pintorescos, juegos de azar, frituras y señoras que ofrecían viandas. En el aire del entorno flotaban las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y cuando, tiempo después, leí la novela de García Márquez, imaginé que la muchacha del primer piso era Remedios la Bella, por la cual creo haber soltado una lágrima por un amor carente de ilusiones y sin esperanza.

 

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Tocata y fuga

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“El hombre es hijo de las lágrimas”: León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ya no hay patria, ni gallada, ni jardín

La patria era la infancia y terminó

Ya no tengo sueños, pero sí un sueño, el cansancio

El semáforo de mi esquina siempre está en rojo

El esperado tiempo de la utopía se ha diluido

Las horas del poema se esfumaron

Del cuaderno de tareas no hay vestigios

En la calle zozobraron los barquitos de papel

(Había una rosa de los vientos y una cometa

Un molino en un campo de vacas rosadas

Una pelota que cayó una tarde a la quebrada

Y un canto de amor que el viento se llevó)

Mi semáforo solo tiene una luz: ¡pare!

Ya no es hora de serenatas ni de cartas

El pan de los años mozos se ha enmohecido

Ya no hay atardeceres con arreboles.

No sé si gané la luz, ah, talvez sí, solo la roja

Que me advierte que es tiempo de frenar

No hay esperas, no hay mañana, no hay reloj…

El guerrero sin espada está en reposo

No hay prisa, no hay futuro

Que no cambie el semáforo

Ya no hay chicles ni patria ni rayuelas

Y la muchacha de la ventana desapareció

Por la puerta de atrás el amor alcanzó el exilio.

 

28-12-2019

P.D.  Feliz año bisiesto

 

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“Barquito de papel está por naufragar…”

 

Una vieja canción no tiene olvido…

Canciones de otros días (3)

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Horacio Guarany, autor y compositor de Memorias de una vieja canción

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Eran días en que todavía una guitarra acompañaba mis angustias existenciales de los veinte años, esas mismas (o quizá muy parecidas angustias, quién sabe) que un poeta quindiano dijo que se las curó el Manifiesto. Días en que había llenado cuadernos con poemas, porque, como diría un vate de no sé dónde, “todos cantamos a la edad primera”. Y en una emisora juvenil escuché Memorias de una vieja canción, no por su autor y compositor, sino una versión, también de un argentino, baladista: Elio Roca.

 

Vivíamos en una casa con techo de tres aguas, antejardín y un pequeño corredor. Pertenecía a una organización parroquial y en la parte de atrás había un convento de monjas italianas. La canción me dejó pensativo y, no sé por qué, me acordé de lecturas juveniles que había hecho de la obra teatral de Antón Chejov. Tenía un aire ruso, melancólico. Quizá el mismo que se sentía en Sonia, una historia de celos y cárceles, cantada por Gardel. También se sintonizaba con Nathalie, de Gilbert Bécaud, que más que por él la escuchábamos en una pobre versión de unos chilenos.

 

De inmediato, me sentí arrobado por letra y música. El vocalista lo hacía con sentimiento y cada palabra me quedaba sonando: “Este día sin sol es todo mío / golpea mi ventana tanto frío”. Generaba imágenes. No sé si entonces era dueño de muchos recuerdos, porque, creo, estaba más pendiente del presente que de tiempos idos, que no eran muchos. Sentí de pronto como si ya hubiera vivido aquellas situaciones: “una vieja canción en mi guitarra / una vieja canción no tiene olvido”. Y advertí que había crecido entre canciones añosas, algunas del Caribe, otras de los Andes. Otras de más allá de los mares. Viejas, eso sí, con soles y añoranzas, con gaviotas y golondrinas.

 

“Es la misma que un día nos uniera, / en las playas lejanas de tu viejo país.  / Y el otoño al ver caer sus hojas, / viene hasta mí y me moja con su llovizna gris”. Quise volverla a escuchar. Tocaba esperar a que la programaran. Sentía como si algo de esa canción hubiera sido hecho para mí. Todavía no conocía ningún otoño, o, sí, en cine, relatos y pinturas. No en directo. Pero sí sabía de lloviznas grises y me forjé una especie de drama amoroso, que ya había padecido de adolescente, cuando una muchacha que nunca supo que la amé se marchó a Estados Unidos y no había vuelto a saber de ella.

 

“Porque no olvido tu canción / ¿será porque tanto te amé? / que aquí sentado en esta pieza, / sobre esta misma mesa, / anoche te lloré”. Sonaba triste. Sentimental. Y había una suerte de morriña, o tal vez de nostalgia amarga, o pudo ser un déjá vu, sí, porque era como si volviera a vivir una experiencia lejana, de otra vida, y la canción la reencarnaba. Y hasta la elemental clase de filosofía tornaba: “si el río va y no vuelve más”, el viejo Heráclito, de fuego y aguas, volvía con la cara del profesor que, al hablar, tomaba una pose trascendental. “Reloj eterno de las horas, / y esta canción que llora sobre mi ventanal”.

 

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La volví a escuchar. Era una canción que repetían en aquella emisora de jóvenes, que tenía un club de radioescuchas. Después, no sé cuándo, la escuché interpretada por su creador, Horacio Guarany, con su fuerza, su voz gruesa y sin aliños, su modo particular de decir: “No se mueren las penas por morirse, / jamás muere el amor por un olvido”. No sé por qué me pareció que yo era el autor de aquellas palabras, de esa música que en una parte aceleraba el ritmo y nos hacía viajar por estepas, por atardeceres de frío, por inmensas llanuras heladas. “Fumando en la alta noche estás conmigo”. Y, claro, aquellas ganas de fumar se despertaron y el humo formaba la cara de la muchacha ida, la que nunca volvería.

 

Por aquellas jornadas, estaba estudiando todavía en el conservatorio de música. Y una estudiante de piano, cuyo novio era un profesor de piano, me hizo escuchar esa canción por una cantante argentina, Gina María Hidalgo. Además, me grabó un casete con otros temas de la soprano popular. Me pareció linda la versión. Y así, la primera que escuché, se fue perdiendo en vericuetos de olvido y más se me quedaron impresas la de la cantante y la de Guarany. Después conocí otras, como la de Jairo y la de Luciano Pereyra.

 

Aprendida la letra, comencé a canturrear con la guitarra Memorias de una vieja canción. Entrecerraba los ojos y veía cuadros de El jardín de los cerezos, me imaginaba noches blancas en una Rusia a la que ya había viajado por la gracia de otros autores, además de Chéjov. Y aun porque, en el conservatorio, en historia de la música y apreciación musical, nos habían enseñado a compositores rusos del movimiento nacional del siglo XIX. Creo que desde entonces me gustan, por ejemplo, las composiciones de Mussorgski, Rimski-Kórsakov, Glinka y Borodin.

 

“¿Por qué no olvido tu canción? ¿Será porque tanto te amé?”. En todo caso, era y es una canción triste, una canción de amores idos, extraviados, que tiene más pasado que presente. Una canción que no sé si me aumentó la angustia existencial de entonces, creo que sí, y que ni siquiera aquella entrada fantástica de “un fantasma recorre a Europa…” me había curado. A los veinte años uno todavía quiere cambiar el mundo, con un grito, con un poema, con una piedra, con un mitin, con una guitarra… Aquella memoria no tenía nada que ver con una transformación, o sí, con la que las palabras y la música provocan en algún rincón del alma o de los pliegues más escondidos de los dolores imaginados. Porque los otros, los reales, que despiertan con canciones, pueden curarse de momento con una cerveza y el humo de un cigarrillo fumado en la alta noche. Memorias de una vieja canción sigue llorando sobre mi ventanal.

 

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“Una vieja canción en mi guitarra….”

La pesadilla de un cólico renal

(Crónica de clínica sobre una dolorosa afección, a la que han llamado “parto de hombre”)

 

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La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Alborada con un dolor irresistible

 

Se escuchaban ya, casi a la media noche, los estallidos de la alborada, una irracional celebración de mafiosos para dar la bienvenida a diciembre, cuando, al sentarme al computador, sentí un dolor en la parte lumbar. Creí que se trataba de una vieja dolencia. Pero no parecía. Era agudo sobre manera y me hizo poner de pie. Caminé por el pasillo de la casa y llegué a mi alcoba. La mona me dijo que me quedara quieto. Así lo hice. No funcionó. Me paré, me senté, iba de un lado a otro. La intempestiva cosa no auguraba nada festivo. Lejos, el sonido de la pólvora aumentaba. “Parece que este año disminuyó la alborada”, dijo ella. Y en esas, a pocas cuadras de la casa, se escuchó una explosión. Me asomé por la ventana. La calle estaba vacía y al otro lado de la noche, hacia occidente, se veían fogonazos. El dolor aumentaba.

 

Me tiré en la cama y quería revolcarme. De la espalda el dolor daba la vuelta y se instalaba en el vientre. Era ya insoportable. Afuera, las detonaciones llegaban en distintas direcciones. En efecto, según me parecía, no eran ya como las aturdidoras y masivas del año pasado. Fue cuando comenzaron los hijueputazos acompañados de ayes a granel y retorcimientos. Qué era lo que pasaba. Me sentía como un muñeco al garete al que un ventrílocuo sádico maneja con violencia. El dolor había cruzado el umbral de la tolerancia. Insoportable.

 

A la una de la mañana salimos hacia urgencias. Las solitarias calles del centro, con sus lámparas tristes, me producían una sensación de melancolía. Era primero de diciembre. En casa, Dana, nuestra mascota fox terrier, se quedó adormilada con una música especial que salía de un monitor en el que una imagen de varios perritos simpáticos parecía sonreír. El Instituto Neurológico, en Perú con la Oriental, no tenía muchos visitantes a esa hora. Bajamos por el ascensor al piso de atención. La mona hizo los trámites mientras yo permanecía en una silla, de la que me paré varias veces. Iba de un lado a otro. Entré a un wáter, no pude hacer nada. Solo quería vomitar. Las náuseas, que había sentido desde los primeros momentos del dolor, eran más fuertes. Salí. Ya estaba inscrito. No sé cuánto tiempo pasó cuando me llamaron para el triage, que efectuó un médico voluminoso, de uniforme verde pálido, barbado y en apariencia amable pero sin sonrisas.

 

Era el mismo que me había atendido hacia unos meses por un dolor lumbar. Dictaminó que era un cólico renal. “Te pondrán medicamentos para el dolor y el vómito”, dijo. Cuando salí del consultorio, la mona no estaba. Había salido a comprar café con empanadas, como lo supe después. Otra vez la espera. Para allá. Para acá. Entró a la sala un paciente que se retorcía. Lo acompañaba una muchacha. Fui al baño. El de los hombres, ocupado, hizo que entrara al de damas, donde devolví buena parte de la cena. En esas estaba, cuando me llamaron. Pasé a enfermería y un tipo alto y pálido me dijo me dirigiera a una camilla. “Te pondré tres inyecciones para el dolor y el vómito” y “te sangraré”. Me dio un frasquito para una muestra de orina. Fue una odisea recogerla.

 

Me recordó algún personaje gótico, vampiresco…

 

La espera dolorosa, quejumbrosa, se prolongó. Pude orinar y llevar la muestra al hombre alto y de mirada serpentaria. “Qué tal la alborada”, preguntó en un tono que no descifré. “Es una fiesta de paracos”, le dije, sin más. En aquel lugar no se escuchaba nada del mundo de afuera. “En tres horas te darán los resultados”, dijo. Y pasaron las tres horas. Y cuatro. Y cinco. La mona fue a preguntar. Y una médica (que yo había visto antes, de uniforme canela oscuro, pelilamida, muy blanca y delgada, que no sé por qué me recordó algún personaje gótico, vampiresco, tal vez de la novela Carmilla) le dijo que era culpa de ella, que se había olvidado. Me hizo pasar y dijo que todo estaba normal. “Si le repite el dolor, vuelva”. Como si fuera una gracia, un placer, o no sé qué, estar yendo a urgencias. La joven doctora de hablar suave y cabellos cortos se introdujo luego en otro espacio de enfermos, por una puerta por la que, antes, entraron a un tipo que se accidentó en una motocicleta en Santo Domingo Savio.

 

A las siete pasadas, tras ir a enfermería a que me firmaran la “boleta de salida” (pensé en una prisión), la mona me tomó de la mano y me ayudó a pasar al ascensor. Los dolores habían disminuido. Afuera, ningún taxi. Caminamos hasta la Oriental y luego hacia Argentina. Antes, una señora de que bajó una cortina metálica, nos dijo que le pusiéramos cuidado al local mientras ella iba, a otro, en la esquina, a llevar unas empanadas. De un edificio, salió un taxi. Era su primera carrera. Y solo sería de unas seis cuadras largas. Para mí, una eternidad.

 

En casa, con Dana en desconcierto al verme llegar a acostarme, los dolores retornaron. Me habían recetado analgésicos. Llamamos a una farmacia. Era el primer día de un trance que muchos han denominado “parto de varón”. Los dolores siguieron, como una condena.

 

  1. Bioenergética y pérdida de peso

 

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Obra de Francisco de Goya

Diciembre tenía cara descontenta. De ser maléfico y perturbador. Dormir era una proeza. Yo parecía como una suerte de apaleado. Dolores en una anatomía que al martes ya sentía como si hubiera sido puesta en un potro de tortura. Llamamos a un médico bioenergético, con residencia- consultorio en Guarne. Por la tarde, a la una, ya estaba en La Bonita, una finca de vientos fríos y paneles de energía solar. La tarde, verde, de brisas frescas, me dio una especie de hálito, de esperanza seductora en que esa ferocidad dolorosa que me tenía maltrecho, se iría escurriendo. Casi cinco horas de acupuntura, medicina cuántica, corrientes eléctricas, masajes con un ungüento, rayos infrarrojos y un cansancio infinito, me hicieron salir cuando ya los pájaros se habían resguardado y había un atardecer amarillo quemado.

 

Las noches, apartes de dolorosas e intranquilas, estaban atiborradas de sueños. Y de alguna pesadilla. Iba subiendo unas prolongadas —y empinadas— escaleras acompañado de Dana, la mascota. Arriba, una puerta abierta y de pronto, como si fueran trapecistas, dos muchachas se colgaban del techo, a la entrada. Parecían al principio colombinas de la Comedia del Arte. Tenían trajecitos verdes, rojos y azules, y hacían contorsiones libidinosas. Seguimos ascendiendo. Ya en el lugar, las dos se achicaron, casi al tamaño de dos avispones y se posaron en una ventana. Hacían morisquetas. De repente, arrancaron en un ataque de sorpresa, como aviones bombarderos, y una se aferró a mi cuello. Me aprisionó. La otra, inmovilizó a la perrita. “No le hagan nada a Dana”, impetré. Se escuchaba un ronroneo, una música sorda. Me faltaba el aire. Y sentí que ya no había nada que hacer ante una agresión de la que no había escapatoria. O sí: despertar con agitaciones.

 

El miércoles, con marchas del paro nacional, un medicamento homeopático que debía llegar al barrio Laureles, procedente de Rionegro, fue más fácil que, desde esa ciudad del oriente antioqueños, me lo enviaran por una empresa de entregas rápidas. Llegó a casa el jueves por la mañana. De a poco, fui consumiendo algunos alimentos ligeros. Sentía que cada vez estaba más limado. Rebajé en una semana siete kilogramos, con una dieta nada recomendable para los gordos que quieran disminuir peso en siete días. “Y qué nombre le pondremos”, decían algunas vecinas y señoras de un taller de literatura, intentando ponerle humor a mi parto de dolores sin cuento. Los cólicos habían desaparecido, pero me sentía como si hubiera estado en una cámara de torturas medievales.

 

Más de una semana sin calle, apenas con tardes de ventanales y, eso sí, escuchando audiolibros (no tenía ningún ánimo para leer) y músicas paradisíacas. Durante estos días fueron más claros los sueños y la “yegua de la noche” no cabalgó sino una o dos veces por mis ámbitos oníricos. El bioenergético me había pedido que recogiera los “cálculos” en un cedazo. Creo que salieron disueltos, tal vez como si un feroz pelotón antidisturbios los estuviera persiguiendo. Espero que no haya repetición. Una película de horror como esa, ¡ay!, no merece volverse a ver.

 

Medellín, diciembre 10 de 2019

 

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Amor y dolor, pintura de Edvard Munch

 

 

Nostalgia con pimienta y soledad

(Sobre esas cosas ausentes que duelen con dulzor)

 

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Fotograma del filme Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si me mencionás nostalgia puede que me traslade a una vieja sala de cine de la infancia y me ponga a gritar como Tarzán de los Monos, interpretado por Johnny Weissmüller, al que imitábamos, además de su alarido volador de bejucos, con brazadas en los charcos como la Piedrancha y el Búcaro. Si me decís nostalgia es probable que entrecierre los ojos y vuelva a ver la muchacha aquella de las chocolatinas y las mejillas rosadas a la que nunca pude besar, pero de la que siempre me pareció que ambos podíamos filmar una película de adioses y reencuentros gozosos. Si me decís nostalgia, quizá no me toparé con ella en un bolero edulcorado, pero sí en tangos de esquina, de Seeburg y Wurlitzer luminosos, donde se escondían romances (y romanzas) de barrio y un lagrimón en el empedrao.

 

No sé si haya una historia de la nostalgia, que, en Occidente, pudiera venir desde Grecia hasta las más recientes edificaciones de una ciudad como Medellín, en la que ya se suben lomas en patineta y se vuela en bicicletas por barrios planos. Seguro que sí hay alguna, con venusinas y mares de Ulises, con Ítacas y una flecha de Troya. Que incluya algún lugar circular del infierno de Dante. Una historia que involucre las voces de esas muchachas y muchachos que, en las afueras de Florencia, narraban picardías de piel y aconteceres de pestes mortales.

 

Si me decís nostalgia puede ser que me hagás devolver hasta las historias de Verne y Salgari, a los relatos fantásticos sobre aparecidos y otros fantasmas de mamá, a los partidos de fútbol con pelota de “carey” en una calle infinita… No estoy seguro de lo que se siente cuando alguien pronuncia esa palabra de pasado griego y que tiene que ver con el retorno de un dolor. Dolor de ausencia. Dolor de lo que se ha ido. Un dolor dulce por lo que fue y ya no será más. Es, no sé a quién se lo escuché, un vacío agridulce, un sangrar placentero, como la prosa de Proust. O como lo que se siente después de leer, por ejemplo, El café de la juventud perdida.

 

Me da esa sensación de pérdida revuelta con un devolverse, como un flashback de cine, a recorrer lo ya recorrido y que, por mucho que se desee, no se podrá volverlo a caminar. Sí, como en ese valsecito Bajo un cielo de estrellas: “Mucho tiempo después de alejarme, vuelvo al barrio que un día dejé…”. Un imposible. Pero que puede ser parte de un sueño, de una aspiración. Y para allá vamos, a decir que cuando me hablan de nostalgia, a veces con tonos despectivos, o con aires de “sobradez”, me suena que también la utopía es otra manera de la nostalgia. Sí, porque es sentir que se puede llegar, que hay que caminar, que hay que transitar, aunque el horizonte se corra y se haga inalcanzable. ¿Nostalgia del futuro?

 

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Una vieja sala de cine

 

Nada malo hay en “nostalgiar”, ¿o sí? Puede que en una de esas faenas se te desborde una “lágrima asomada”, o te tiemble la voz como a los cantantes envejecidos, y hasta se te quiebre. Qué más da. No es un problema (¿problema?) de edad, de madureces, de trajines cansados. No es porque ya después de tantos andares quieras recuperar los días perdidos, los años vividos, los deseos truncos. Porque de ser así, estaríamos de frente a los remordimientos, pesar por lo que no se hizo. Y la nostalgia, creo, es más bien una sensación a veces agria, a veces azucarada, sobre lo que ya no podrá volver. Lo cual también, en otro terreno, es digno de celebración. Como lo dicen los biólogos: “todo lo que nace es digno de perecer”.

 

Una historia de la nostalgia tendría que cubrir revoluciones y tantos intentos —frustrados unos, exitosos otros— de cambiar la sociedad. Y los cafés de la Ilustración. Y las palabras últimas de los fusilados o de los que iban a decapitar. Y el vertimiento de la sangre revolucionaria de Marat en la bañera. No sé, pero me parece que hay, además de rumores de mar y amores acabados, una inmensa nostalgia en los sonidos de las canciones napolitanas. Y no sé por qué cuando escucho ciertas arias operáticas o de zarzuelas, o una romanza como Una furtiva lágrima, creo que esa sensación como de soga que me oprime la garganta es lo que llaman la nostalgia.

 

Puede ser también que la nostalgia sea aquella manifestación sentimental que te hace idealizar lo que se escurrió, lo que se marchó sin darte cuenta, como la infancia (¡qué rápida es la infancia!) o los días de escuela. Tal vez cuando escuchás una cancioncita como la de Soy pirata, o hasta una canción virginal que entonaban las maestras de primaria en los mayos floridos (“Es María la blanca paloma…”), o te pica la memoria con cierto fastidio como el que sentía tras el término de las vacaciones y tu mamá, el día de comienzo de clases, te despertaba con “hoy volvemos a la escuela, anhelantes de saber…”, una tonada con música de una parte del Elixir de amor, de Donizetti.

 

En todo caso, no está mal la nostalgia. La misma que se expresaba en cartas, en los pañuelos de despedidas portuarias, en alguna cinta de Tornatore, en las músicas que sonaban antes de comenzar la película en el cine de barrio… Volvés, con ese sentimiento de dulzón pesar, a vivir en otra dimensión. Quizá con borrones, con vacíos, con sensación de estar incompleto. Porque la nostalgia también está hecha de olvidos. ¿Cómo no tener nostalgia cuando suena, digamos, Melodía de arrabal? ¿O Recuerdo, de Osvaldo Pugliese? Cómo no sentir que hay un desgarramiento, una especie de cuchillada, cuando se evoca la escritura de una cartita de amor adolescente.

 

Cuando vi por primera vez algunos originales de Van Gogh en un museo, sentí como si me devolviera a tiempos de antiguas lecturas y entonces no había manera de contener la lagrimada, qué vaina que te vean los demás llorando, como cuando lo hacías, solo, en una sala de cine al estremecerte con una escena de alta estética, o por una belleza en la composición, en los paisajes, con un primer plano, con una secuencia… O como cuando vuelven las canciones que tu madre cantaba, como el tango Silencio y todas las de Margarita Cueto. Qué diablos, la vida está hecha de faltantes, de desprendimientos, de lo que pudo haber sido y no fue y de lo que fue y ya no volverá a ser. Así es. Caldo de cultivo de nostalgias.

 

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Decía Fernando Pessoa que “no hay nostalgia más dolorosa que la de las cosas que nunca han sucedido”. Qué diagnóstico de penas. Qué radiografía pesarosa, desasosegada. Y, a su vez, irredimible. Como la imagen que creí haber visto de un cometa atravesando el cielo de la infancia o como la de haber volado y volado hasta despertarme con la sensación de que, en rigor, se trataba de una fiebre de turbulencias y sudores. Puede que haya nostalgias del ansiado carro que el Niño Jesús ni los reyes magos jamás me trajeron o del balón que no llegó a tiempo. La nostalgia es un viaje sin regreso.

 

De la figura de mi padre, que era un ser del Caribe, con músicas de mar, vientos y playas, recuerdo más que sus bailes de inmenso sabor, su modo de concentrarse hasta adquirir una apariencia de santón de la India en plena meditación cuando escuchaba el tango Niebla del Riachuelo, de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo. Parecía ir en un barco que a la postre naufragaría, o en una nao de mares y tiempos remotos:

“¡Niebla del Riachuelo!..
Amarrado al recuerdo
yo sigo esperando…
¡Niebla del Riachuelo!…
De ese amor, para siempre,
me vas alejando…
Nunca más volvió,
nunca más la vi,
nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
esa misma voz que dijo: “¡Adiós!”.”

Y entonces, por su recuerdo, cuando lo entreveo en la distancia, en los años que no volverán, lo conecto con ese tango de barcos carboneros que jamás han de zarpar.

 

¿Qué es la nostalgia? Si me apurás, puede ser lo que le falta a la utopía para realizarse y dejar de serlo. Creo que las utopías, como diría un director de cine argentino, sirven para que uno camine (incluido el gesto de la mujer de Lot, que hay que mirar atrás, aunque se vuelva estatua de sal), sí, hay que mirar atrás para saber que a la postre uno está solo. La utopía, según se sabe, es un lugar que no queda en ninguna parte. Tal condición la hace atractiva y única. Y, como don Quijote, hay que caminar aunque no se llegue nunca a ningún destino. La nostalgia también es no llegar jamás a meta alguna, porque lo clave es el ir, es el tránsito, el viaje, ¡oh!, viejo poeta de Alejandría.

 

Nostalgia son los pasos perdidos, las voces esfumadas, los besos olvidados, las noches con serenata, la mirada triste de un perro callejero, una melodía con rayos de luna de Glenn Miller… Es la casa que no está y las imágenes de aventuras en cinemascope que ya son parte de la educación sentimental, con cómics y revistas color sepia.

 

Si me decís nostalgia (que en italiano me parece que suena más bonito) me sentaré otra vez en una silla de cine, en un teatro a la italiana, ya muerto, en un pueblo obrero y fabril que ya tampoco no existe, y cerraré los ojos para ver de nuevo las estrellas. Como cuando nos tirábamos en la grama a mirar el infinito cielo de la infancia.

 

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“Nostalgias de escuchar su risa loca…”, dice un tango de Cadícamo y Cobián

Un hombre partido por la mitad

(El vizconde demediado, un relato fantástico de Ítalo Calvino sobre el bien y el mal)

 

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Partido por un cañonazo, el vizconde se mueve entre el bien y el mal.

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es posible que las imágenes más antiguas que prevalecen en la memoria, o en algún lugar indeterminado de la conciencia, sean las que se formaron gracias a antiguos relatos de infancia. Así pudieron quedarse, aparte de Pierrots, hadas madrinas, brujas y gnomos, otras más recordables como los ogros, los piratas, las islas desoladas y los mares con seres fabulosos en sus profundidades. En cualquier caso, aquellas historias, que ya en la adolescencia pueden estar más vinculadas a escritores románticos como Walter Scott, con sus caballeros y torneos, con sus cruzadas y castillos; a Verne, a Stevenson, y a un sinnúmero de autores que puede oscilar entre Poe y las aventuras de Emilio Salgari, son ahora, en apariencia, material de arqueología.

 

Aquellas historias, entre las que hay que incluir los libros de aventuras, tenían un fin, o por lo menos su efecto colateral era ese: divertir. También se les pueden atribuir otras propiedades maravillosas, como eran las de estimular el magín y las ensoñaciones. Y vienen a colación estas facetas de relatos que oscilan entre las noches árabes y los cuentos siniestros, porque en el caso del escritor italiano (nacido por accidente en Cuba), Ítalo Calvino, el mismo que inventó ciudades con nombres de mujer, su propósito era que el deber de un libro de ficciones, o como los que pertenecen en su caso a la trilogía Nuestros antepasados, era el de divertir.

 

Y de esa trilogía, su primer relato, que camina entre el realismo mágico y la literatura fantástica, es El vizconde demediado, publicado en 1952 por la editorial Enaudi, de Turín, y que antecedió a El barón rampante y El caballero inexistente. Las intenciones del escritor, nada perversas, más bien éticas o quizá morales, pues decía que si un lector compra un libro, hay que darle elementos para la gratuidad, para que pase un buen rato, eran, digo, las de proporcionar una lectura divertida. Y para eso, como argumentando su propósito, decía que un gran dramaturgo como Bertolt Brecht había afirmado que la primera función social de una pieza teatral era divertir.

 

“Cada encuentro de de dos seres en el mundo es un desgarrarse”

 

Y, en efecto, el arte, en sus distintas modalidades y dimensiones, debe divertir, aunque también, como se sabe, puede hacer pensar, razonar, sentir, especular y provocar. Una novela, por ejemplo, debe ser, cuando está bien hecha, una especie de fuente del conocimiento, o más aún, una teoría acerca de cómo se llega a conocer no solo la esencia humana sino todo lo que puede rodear al hombre, sus entornos, sus intervenciones, es decir, la naturaleza y la cultura. Calvino, con esta primera parte de su trilogía, se propuso contar una historia que funcionara, de un lado, como técnica narrativa y, del otro, que tuviera atributos para apoderarse del lector, como lo dijo en una nota preliminar del libro.

 

El relato fantástico, en el que el vizconde Medardo de Terralba va a una guerra contra los turcos (“había una guerra contra los turcos” es la primera frase de la obra), es una suerte de metáfora sobre las dos partes de un hombre —sus dos mitades—, y se instala en la ya larga tradición de la lucha de contrarios, de la dualidad o “binariedad”, que, aunque pudiera sonar maniquea, se divide entre bien y mal, en contrastes que van más allá del día y la noche. Un tipo al que un cañonazo otomano lo parte en dos, en forma vertical, en una simetría de espanto, es el que va a dominar la pequeña novela de Calvino, en una edad imprecisa, pero que va a estar adobada por las pestes, la lepra, (faltó la brujería) y la maldad.

 

La historia, narrada por el sobrino del vizconde, sucede entre aflicciones y miedos, entre los espantos de una batalla en la que hay destripamiento de caballos y de hombres, y en un tiempo en que también había altas dosis de intolerancia. Por algo se menciona a los hugonotes, que en Francia eran cortados a pedazos (como sucedió en la matanza de San Bartolomé). Y más que asuntos sobre cruzadas, una estrategia que tuvo el cristianismo más que para expandir su credo para acrecentar las tierras y otros dominios de los señores feudales, de cruz y rosarios, es una obra acerca de la tenebrosidad que esconde el hombre, de sus posturas crueles y destructivas frente a los otros.

 

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Contada en un tono entre aventurero y épico, Calvino evidencia sus influencias de viejas lecturas, como las que hizo, por ejemplo, de Robert Louis Stevenson, en particular de La isla del tesoro, en la que un personaje secundario como John Trelawney, el “Squire”, funge como médico, un extraño galeno al que parecen interesarles más las partidas de brisca que las curaciones de sus pacientes. Y también está, en la trastienda o entre bastidores, el capitán Cook, un histórico navegante inglés. Los anacronismos voluntarios (quizá haya alguna relación con Mark Twain, en particular con la novela Un yanqui en la corte del rey Arturo), son parte de la puesta en escena y los decorados.

 

Medardo, dividido en dos mitades, demediado, resto de un cañonazo de los infieles, debe sobrevivir para esparcir la maldad (la otra mitad, la buena, es en proporción, menor), porque en un buen tramo de la obra el sobreviviente, o resucitado, o salvado de un modo casi que inverosímil, ejerce, partido, su influjo maléfico sobre la población. Es un ser detestable y dominador. El Cojo, el Manco, el Tuerto y el Roto, así lo denominaba la gente, casi siempre víctima de su malévola personalidad, va expandiendo su nefasta presencia por los campos. La mitad mala de Medardo es como una devastación, una peste bubónica, una maldición. Sin embargo, como dirán en Pratofungo, aldea de leprosos, “de las dos mitades es peor la buena que la mala”.

 

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“Cada encuentro de dos seres en el mundo es un desgarrarse”, advierte Medardo. A su paso, las peras, las aves y hasta el cielo se parte por la mitad. Y siempre habrá una gran tensión en la medida en que el vizconde (o su parte malvada) aparezca por distintos lugares. Su enamoramiento, o quizá capricho, o su ejercicio del poder, lo conduce hasta una muchacha, Pamela, que es esencial no solo en el desenlace del relato sino en mostrar ciertas debilidades de la complicada mitad maléfica del noble, que bien pudiera ser un héroe de las sangrientas confrontaciones contra los turcos.

 

La obra tiene apartados extraordinarios, como el viaje de la nodriza Sebastiana a la ciudad de los leprosos. Y de cómo el doctor Trelawney parece temer a esa enfermedad que en algún tiempo se denominó un “castigo de Dios”. Hay, a su vez, una visión aterradora de estos enfermos, marginados y discriminados. El insospechado encuentro de las dos mitades de Medardo es otra faceta, en la que el lector puede apreciar varios fenómenos y, aún más, una crítica al matrimonio como institución o como sacramento, según se observe.

 

Y es precisamente el matrimonio, y el enamoramiento de las dos mitades de la misma muchacha, el que da salida a la trama, o pone la narración en tierra derecha. ¿Quién domina a quién? ¿La parte del malvado o la del bondadoso? El vizconde demediado pretende ser una representación de las luchas entre lo bueno y lo malo, entre la luz y la oscuridad, en un relato corto e intenso, en el que se puede encontrar en algún lugar de la campiña por donde ha pasado Medardo media rana, medio melón, media naranja…

 

El narrador, que apenas era un niño cuando en la lejana batalla partieron a su tío, carece de padres y no pertenece ni a las familias de los amos ni de los esclavos, y tendrá en el doctor una figura protectora y una suerte de imagen del padre. Trelawney, que habita cerca de un cementerio, se encontrará con la posibilidad de ver los fuegos fatuos y para el narrador estos serán otra forma de la aventura, cuando con el doctor marcha por los bosques a descubrir las llamas que brotan de los restos putrefactos de los muertos.

 

Sí, claro, puede este relato calificarse como un divertimento. Bien contado y mejor concebido. En casi todo estará presente la maldad del vizconde, esa que no perdona a nadie y que siente gusto cuando la ejerce. Y al final de cuentas, y con la dolorosa partida del médico en un barco del capitán Cook, el único que quedará incompleto será el narrador.

 

El de Calvino, ya a mediados del siglo XX, parece un experimento romántico, una manera de tornar, por ejemplo, a los relatos góticos, a las batallas medievales, a las sangrientas cruzadas y los misterios. Puede haber una pizca de Stevenson y de su Doctor Jekyll y Míster Hyde. El bien y el mal siempre serán tema de literatura, y de almas a veces tentadas por demonios o abrazadas por el fuego místico de alguna divinidad. En efecto, El vizconde demediado es un relato que divierte.

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“Así transcurrían nuestras vidas, entre caridad y terror”