Cacao, una novela social

(La iniciación literario-proletaria del escritor brasileño Jorge Amado en las plantaciones del sur de Bahía)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Jorge Amado es una cara múltiple de ese Brasil de extensas tierras, de latifundistas y “coroneles”, de variopinto paisaje literario, de las músicas y fiestas populares, del carnaval y las comidas. Puede ser el novelista de las gastronomías, como se ve en las recetas de Zélia Gattai, su segunda esposa, también escritora; y el reivindicador de las putas como seres que están más allá de la venta de amores de urgencia, que defienden la dignidad y muestran la entereza de las mujeres en sus luchas reivindicativas.

 

Amado, un escritor precoz, nacido en cuna rica, con un padre dueño de tierras dedicadas al cultivo, tendrá como novelas de iniciación El país del carnaval, que escribió cuando apenas era un garoto. Abrazador del marxismo, el joven Amado escribió una suerte de “novela proletaria”, la segunda de su cosecha: Cacao, cuando no había cumplido los 22 años (1933). Es una historia en la que el autor intenta desplazar el romanticismo, aunque no escapa del todo de esa tendencia anímica y estética, que durante buena parte del siglo XIX puso en vilo a media humanidad, y con reticencias de folletín.

 

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En todo caso, Cacao es ya una muestra del ADN literario de Amado en su primera etapa de escritor (hasta la trilogía Los subterráneos de la libertad —1955—), en la que bucea en los destinos y explotación de la mano de obra, sobre todo en su Bahía natal. Como militante del Partido Comunista brasileño, el novelista se adentra en esta obra en la situación de los trabajadores en las haciendas cacaoteras, y da cuenta de situaciones de humillación y maltrato de parte de los patronos contra sus subordinados.

 

En Cacao, como él mismo lo advirtió, puso “un mínimo de literatura y un máximo de honestidad” para mostrar la vida de los trabajadores de las plantaciones del sur de Bahía. Eran días en el mundo en que se debatían las fuerzas del capitalismo (con sus variantes en Italia, España y Alemania, del fascismo y el nazismo) con la visión de la construcción del socialismo en la Unión Soviética. En Brasil, tierra abonada para las dictaduras, como sucederá en otros países de América Latina, la plantación Fraternidad, que es la sede de los principales hechos de la novela, es la que le da cabida al protagonista, un muchacho venido a menos tras la muerte de su padre y la extirpación de los bienes de aquel por el tío que “declaró nuestra pobreza” y así, el joven estuvo más cerca del proletariado que de la “decadente aristocracia de San Cristóbal”.

 

En las primeras páginas de esta breve obra, hay una sentida descripción del fútbol, elemento clave, como la música y el carnaval, de la cultura popular brasileña: “Me acostumbré a jugar al fútbol con los hijos de los obreros. La pelota, pobre pelota rudimentaria, se hacía con una vejiga de buey llena de aire”, cuenta José Cordeiro, protagonista-narrador, una especie de alter ego de Amado.

 

En la novela, que muestra aspectos de la iniciación sexual de los jóvenes, unas veces con las prostitutas, otras con animales en una evidente presencia de la zoofilia, hay una manifestación de la lucha de clases, las diferencias sociales, el desprecio de las castas aristocráticas hacia los desposeídos y el hambre como una constante entre muchos trabajadores. Para los cuales era lo mismo si el cacao subía o bajaba de precios, porque, igual, la paga era una miseria y casi siempre estaban controlados por los comisariatos, como los que, en otras geografías, había establecido, por ejemplo, la United Fruit Company (en Centroamérica y Colombia).

 

Cacao es una novela con trenes, con zonas de tolerancia como la calle de los siete pecados capitales o la de la calle del Barro, con diálogos bien construidos, con fotógrafos ambulantes y muchachas de campo con trajes pasados de moda, y con un romance trunco entre una muchacha de clase alta con el pobretón y orgulloso protagonista de la narración. Este es un defensor de los proletarios, que, además, es un aspirante a escritor, con deseos de mostrar en su obra los desajustes sociales, las injusticias y los alcances y expectativas de la llamada lucha de clases. Ah, y como si fuera poca la aspiración, de la “conciencia de clase”.

 

Es una novela de sexo, celos, segregaciones clasistas, niños y putas. Que a veces solo enuncia a ciertos personajes y no alcanza a caracterizarlos a fondo, como a Mané Frajelo, el rey del cacao, pero, en cambio, penetra con lucidez en la fiesta y en la llamada cultura popular, como los bailes y celebración del Día de San Juan, y pinta con detalles reveladores los comportamientos de María, la hija del dueño de la plantación, que escribe poemas (muy malos) y colabora con revistas y periódicos oficiosos.

 

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En la novela, que a su vez cuenta dentro de la historia la manera como el narrador se tornó novelista, hay usos de interés del género epistolar, como la recolección de cartas y sus consecuentes intercambios entre los corresponsales, más que todo de trabajadores y putas. “Releyendo estas cartas, pensé escribir un libro. Y así nació Cacao. No es un libro exquisito, de frases bien construidas y sin palabras repetidas. Es verdad que ahora, yo soy obrero tipógrafo, que leo mucho y aprendí algunas cosas”, escribe el narrador, el sergipano (del estado de Sergipe) del cual la hija del patrón se enamoró.

 

Cacao, novela sin trama (lo que constituye para la época un salto adelante), con la presencia de luchas obreras a través de huelgas imposibles, es una radiografía de la denuncia, en tiempos en que, en América Latina, ya la literatura se ocupaba de las afrentas sociales contra los trabajadores, como lo había hecho unos años antes (1924) el escritor colombiano José Eustasio Rivera con la extraordinaria La vorágine. O como mucho antes lo había ensayado Mariano Azuela, en México, con Los de abajo.

 

En un tango, La brisa, hay una estrofa que dice: “Mas no éramos iguales / y eso nos separaba, / un mundo de distancia / había entre los dos. / Tú eras de familia / muy rica y distinguida, / yo, en cambio, solamente / era un trabajador”. Y algo así, o por lo menos en esa tonalidad de abismos sociales, sucedió en Cacao, cuando, al final de cuentas, el protagonista ve irse a María en un tren (el tren de la ausencia), y efectúa una meditación de fin de romance sin cosecha: “Yo era un trabajador, un simple alquilado, con tres mil reis por día, unos pantalones sucios, uñas rotas y manos callosas… María era la hija del patrón, del hombre más rico del sur de la provincia, del rey del cacao”.

 

Como caída del telón de esta creación sobre “alquilados”, el amor a los trabajadores, a los proletarios, es, de parte del protagonista, mucho mayor que una tentación como la que representa María; un afecto más vibrante y puro que “un amor mezquino por la hija del patrón”. Al final de cuentas, flotan las preguntas: ¿Qué es una novela proletaria? ¿Hay una estética particular de esta asignatura literaria? ¿Es la que habla de las peripecias y desventuras de los trabajadores? En cualquier caso, durante buena parte del siglo XX se discutió en diversos escenarios acerca del dogmatismo y cortedad del llamado “realismo socialista”. La de Amado es una novela que trasciende esta última corriente y se aleja del panfleto y la propaganda.

 

Con el paso del tiempo, con las nuevas revelaciones y quiebres de la historia, de la Guerra Fría, de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética, en fin, Jorge Amado, que renunció al Partido Comunista, no será un renegado. Al contrario, continuará como un estandarte de la cultura popular brasileña y de las gestas de los proletarios y olvidados de la fortuna, pero en sus obras ya serán otras y más complejas las preocupaciones, las estructuras novelísticas y los personajes. Cacao fue una experiencia de juventud, que mostró a escala todo el vuelo que después iba a alcanzar uno de los más talentosos y prolíficos escritores de Iberoamérica.

 

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El novelista brasileño Jorge Amado. Foto El País.

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Prado: a dream becomes a neighbourhood

(A walk among Guayacan trees, little palaces and sitting lions)

 

Old El Prado, Medellín. Photography Obando

 

 

 

By Reinaldo Spitaletta

Translation by Adriana Elgueta

 

The architectural diversity, with old houses built according to bourgeois ‘good taste’, at a time when the city still watched screenings of the film Under The  Sky of Antioquia (1925), whose frames did not come to show what was going to be the most beautiful neighbourhood (or barrio) in Medellín. According to its founder, Ricardo Olano, one of the features of the neighbourhood named in 1926 as neighbourhood El Prado.

 

El Prado was born under the guidelines of a ‘garden city’ and, as Olano himself warned, the eccentricity of its first inhabitants has made it into a mix of dreams and realistic awe. To walk its 50-foot wide streets, with front gardens and tree lines that still respect its founder’s plans, is a whole sensational experience, as we shall see.

 

Someone strolling by could only just make out the mahogany windows or curly cumin plants, wrought iron, closing gates and flapping wings, Belgian stained glass, a feast for the eyes, a banquet of aesthetic dimensions. If the wanderer has an appreciation for gates, well, say no more. Arched, rectangular, enormous, with gigantic door knobs in the shape of a lion’s head or a devil, some already altered by spurious rails due to sudden new changes. Prado has meandering streets, with blunt corners, towers and spires, Spanish and English tiles, two and three-storey houses, some like little palaces, others like medieval castles, including the odd one resembling a steam boats like those that slice through the waters of the Magdalena river with their tropical music and with the pride of the elite heritage.

 

 

Swiss-style chalets and the occasional reminiscence of Scottish architecture, there still are some lampposts with an air of tango about them, or a Parisian street. The pedestrian, or perhaps said another way, a kind of flâneur, or experienced wanderer, would observe Republican features, European and some colonial vestiges in the façades of the buildings. Rosette windows, cornices, decorations with triumphant leaves, strange flowers that evoke those from a book by the Catalan writer Mercé Rodoreda. Although a little neglected today, everything is possible in its geography.

 

 

Prado, whose first street (or carrera as they say in Colombia) was the continuation of the old Palacé, at a corner of which Darién built his first mansion (today metamorphosed into the Church of the Holy Spirit, erected in 1957, with a red bougainvillea vine which could be the biggest in the city), Joaquín Cano’s house still shows such luxurious distinctions of Medellín’s high society. Olano promoted the planting of yellow and lilac Guayacan trees, the first spread through the streets. Cadmio trees so that the breeze from the Sugar Loaf hill spreads wafts of scents throughout the neighbourhood. Various types of peppers complemented the garden, which was later elaborated with casco’evaca trees.

 

Prado Window. Photography Carlos Spitaletta

 

In the only neighbourhood in the city declared Cultural Heritage, you can find the house where one of the most famous engineers from Antioquia lived, Juan de la Cruz Posada, whose mansions still stands on the corner of Palacé and Belalcázar, currently occupied by a fashion shop known as Casa Prado.

 

The neighbourhood, bordered by Popayán (street 50C, although some extend it as far as Neiva, 50D), San Martín (street 46), Cuba (street 59) y Jorge Robledo (calle 65) grew from a spine formed by Palacé (street 50), with other streets parallel to it, like Venezuela y Balboa. Perhaps the strangest of buildings in the barrio is the Egyptian Palace, designed by Nel Rodríguez for optometrist and astronomer aficionado, Fernando Estrada, in Sucre between Cuba and Miranda streets.

 

Built like a little palace from Luxor (Egyptian town that houses the ruins of Thebes), its owner, a lover of the culture and history of the Fahroe named it Palacio Ineni, after the Royal Princess of such noble family. Pink granite pictograms y hieroglyphs, an observatory, Masons meetings in its upper romos, central patios with various lounges surrounding it made the residence of the founder of Óptica Santa Lucía, the most curious one in Prado. Today, however, ruin threatens her.

 

To walk through this barrio of eclectic architectural styles, is to find a little Arabesque in Casa Blanca (Balboa and Darién) and Welsh castles, like Casa Walsingham, on the corner of Balboa and Jorge Robledo Streets and diagonal to the mansion where Mrs Luz Castro de Gutiérrez lived, the venue for the Miss Antioquia beauty pageant in the old days.

 

Although Prado still conserves its lush greenery, today it’s a mixture of old people’s homes and convents (there are 22), with artistic hubs, psychiatric, oncology and pediatric clinics. Its only park, Olano, boasts two ceiba trees and new gardens. Its founder’s residence is now the seat of Faculty of Education of the University of Antioquia, in Balboa and Jorge Robledo. To enter through its gigantic arched gate is to negotiate a maze on two enormous levels.

 

Almost all Prado still has is worth a visit. It tells stories, it conveys emotions. There are sitting lions and bohemian lofts. Turrets and mansions that appear inhabited by ancient ghosts. Its aged splendour still shines on many of the old houses, sometimes unbelievably so. Its thick trees still harbour birds, to stroll through its scenes is like the experience of walking into the past, to the days when presumptuous families of Medellín’s elite built the area seeking comfort with exquisite taste. It was and, despite its decadence, it still is a “dream that became a barrio”.

 

(At ninety years of age, a historical neighbourhood worth preserving)

 

Church of the Holy Spirit. Photography Carlos Spitaletta

 

Literatura en voz alta

(Un ejercicio doméstico en la cocina o el comedor, con invitados como Shakespeare, Cervantes y Víctor Hugo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En Nadie encendía las lámparas, un cuento de Felisberto Hernández, un hombre lee en voz alta una narración en la que hay “una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse”, pero siempre surgía un obstáculo que la hacía desistir. En el relato del escritor y pianista uruguayo, un autor que, como lo dijera Ítalo Calvino, no se parece a nadie, se recupera la remota memoria de cuando en veladas familiares y de amigos se leían libros, con muchos escuchas y un lector guía.

 

Con mi compañera, alias la Mona, colonizamos desde hace años la cocina y el comedor para hacer lecturas en voz alta, más que todo en las mañanas, quizá como una forma muy poco ortodoxa de abrir el apetito matinal, y, claro, más que nada para sentir las infinitas músicas y descifrar —o al menos, intentarlo— los misterios de la literatura. No recuerdo cuál fue el primer libro que se nos convirtió en una suerte de embrujo para tal función. Porque, es una obviedad, no todos los cuentos y novelas son aptos para dicho ejercicio. Todavía no lo hemos hecho, por ejemplo, con Ulises, de Joyce, aunque alguna vez lo intentamos con el monólogo de Molly Bloom, ni con las novelas de William Faulkner y Virginia Woolf.

 

En cambio, ya nos bebimos, de modo metafórico, hasta los venenos de los que se habla en El conde de Montecristo, y nos convertimos en espectadores de nuestro propio montaje con Macbeth (que pudiera también ser una obra con distintos niveles de horror); Ricardo III; Otelo, Hamlet, El mercader de Venecia, el rey Lear y Sueño de una noche de verano… Shakespeare es una delicia para esta rutina doméstica. Y luego de leer cada día algunas escenas o apartados, el desayuno sabe mejor.

 

De cualquier modo, y aunque durante el resto de la jornada cada uno lea por su lado lo que más le interese, se nos tornó una necesidad cotidiana este encuentro mañanero con distintos autores. El Quijote lo devoramos no sé en cuántos días, tal vez unos dos o tres meses, como también Los miserables. A veces, ella, cuando recuerda algunos pasajes de la novela de Víctor Hugo, como decir, por ejemplo, la parte de Waterloo, no cesa su risa de encanto por aquel “rendíos, valientes franceses”, que espeta un general inglés, y la respuesta categórica, única, impecable, de Cambronne: “¡Mierda!”.

 

De Isaac Bashevis Singer hemos leído la voluminosa novela Sombras sobre el Hudson, al tiempo que nos internamos en los días luminosos, también siniestros, del Renacimiento, con consejas, guerras, conspiraciones, crímenes y otras venganzas, como suceden en Bomarzo, novela del argentino Manuel Mujica Láinez. En ese mismo sentido, leímos La agonía y el éxtasis, de Irving Stone, sobre Miguel Ángel.

 

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Stendhal nos iluminó muchas mañanas (y a veces, una que otra noche) con La cartuja de Parma, con su tempo allegro con brío, con las peripecias tanto de amor como de guerra de Fabricio y con personajes no hechos para el olvido como Gina Sanseverina. Tal vez, en estas “veladas diurnas”, la mayor dificultad por las interrupciones furiosas a cada momento contra Emma, de parte de la Mona, nos llevaron por una larga temporada a conversar —a veces, hasta la exaltación— sobre el “bovarismo”, la pequeña burguesía, la emancipación de la mujer y otros temas conexos con esta novela excepcional de Gustave Flaubert.

 

Creo que las lecturas domésticas en voz alta, con todo lo que implica un acercamiento de ese modo a la literatura, sin dejar de lado esas otras maneras de abordarla con la soledad individual, con la meditación y la concentración, sin compañías, en fin, es otra posibilidad de encontrarnos con las historias, los dramas y entramados de la condición humana. Y compartirlos. Sí, casi siempre se detiene la lectura para buscar palabras en el diccionario. Para establecer características de época, para hacer anotaciones sobre los caracteres, los conflictos y un largo etcétera. Es una aventura hogareña que linda con lo maravilloso.

 

Cuando leímos El amor en los tiempos del cólera, no faltaron los olores a condimentos, a almendras amargas y, en particular, las conversaciones de cocina en torno a la berenjena. Al principio, a Fermina Daza le daban náuseas las preparaciones con esta solanácea que tiene nostalgias árabes y que, con plátano maduro, en una mezcla de delicia llamada boronía, es una exquisitez con gusto caribe.

 

Ahora mismo, hemos pasado el primer tomo de una novela monumental como El Don apacible, de Mijaíl Shólojov, y en la que los cosacos, sus comportamientos, cultura, modos de ser, de cantar, de amar, de beber, nos llevan a conocer de otros espacios y tiempos. A cabalgar por otras geografías. Una de las descripciones más impresionantes sobre la guerra puede encontrarse en esta obra que superó los mandamientos del dogmático “realismo socialista” soviético.

 

Una lectura compartida en casa no deja de tener sus atracciones, como el olor a café y la calidez de una cocina. Y como en el relato de Felisberto, puede ser una manera sutil para la seducción y otros enamoramientos.

(3-09-2018)

 

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Pintura de Jonathan Wolstenholme.

 

 

Aquellas librerías muertas

(Crónica que incluye alguna cortesana y otros difuntos)

 

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Aspecto de la Librería América

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Una librería es un símbolo de civilización, un negocio cultural que marca para siempre a quien lo visita y le deja impresiones gratas. Hay pueblos grandes que no tienen ninguna. Hace años, cuando con Memo Ánjel recorríamos el suroeste de Antioquia para la escritura de un libro (salió Café del Sur), encontramos en una tienda-librería (me parece que fue en Ciudad Bolívar), casi todas las obras de William Faulkner, que escaseaban en grandes librerías de Medellín.

 

El recuerdo más viejo que tengo de una librería puede ser aquel cuando entré con mamá a la Librería Católica, en inmediaciones de la iglesia de La Veracruz, muy cerca entonces del “cuadradero” de los buses de Bello. No sé con exactitud qué iba ella a averiguar, en todo caso no era ningún catecismo ni libro religioso. Me parece que ella andaba buscando una obra que yo jamás he visto en ninguna parte: El coche número 13.

 

Después, sin ser muy asiduas las visitas, pasaba por la Librería Aguirre, al frente del teatro Ópera, en Maracaibo entre Palacé y Junín. Sin embargo, a fines de los setentas, la más atractiva librería, o al menos así me lo parecía, era la Continental, cuando ya estaba en la esquina de Palacé con la avenida Primero de Mayo. Rafael Vega, su dueño, formador de libreros, era un tipo de exquisiteces tanto musicales como literarias. Y los fines de semana uno se iba a ver estanterías, a escuchar música clásica (y a Gardel, porque era el único cantor popular que allí se vendía), a rebujar en lo que daba la idea de una inmensidad infinita de libros.

 

Tenía la Continental la facultad de que uno podía quedarse allí, leer apartes de libros, permanecer varias horas en una suerte de paraíso e irse al final de cuentas sin haber comprado nada.

 

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Tal vez para muchos estudiantes de los setentas, que empezábamos a formar bibliotecas familiares, la que más nos representó en facilidades para la adquisición de libros fue La Anticuaria, de Amadeo Pérez, en Ayacucho con Sucre (después tuvo sucursal en Niquitao, en la zona de la plazuela San Ignacio). Allí uno podía escoger sus preferencias y los dependientes le hacían un paquete para irlo pagando por cuotas. Lo guardaban y al cancelar, después de varias semanas, pues uno se iba feliz a casa con su “pocotón” de libros.

 

En los setentas y ochentas, además del cine, del café-bar, de los paseos por Junín o de sentarse con un tinto en Versalles por horas a arreglar el mundo, las librerías eran una atracción de juventud. En Junín, al frente del edificio Coltejer, estuvo durante muchos años la Librería Nueva, con su vitrina hipnotizante en la que, como en un tango, a veces uno pegaba la ñata contra el vidrio. La Nueva entonces era ya vieja (la fundó el pedagogo Luis Eduardo Marín, en 1926) y, en medio de muchachas bonitas y olores a pan fresco, era un referente de aquella calle inevitable.

 

¿Quién que quiso tener libros prohibidos no fue a averiguarlos y conseguirlos en la librería de Óscar Vega, en Colombia con Caldas? De aquellas “conquistas” (Fanny Hill, por ejemplo) solo conservo a Cora Pearl, Confidencias de una cortesana. El señor Vega era un cómplice cultural de muchachos que estaban más allá de homilías y pulpitazos.

 

A veces, el programa era irse de recorrido por las librerías del centro. Y en el periplo no faltaban ni La América (fundada en 1943 por Jaime Navarro) ni la Científica, de Humberto Donado. Ambas, consecutivas. Sí, ahí en el Perdón de La Candelaria, en Boyacá entre Junín y Palacé. En la primera, con su enamoradora vitrina y su caja registradora color gris plomo, que cerró a principios de 2018, había libreros como Luis Fernando Solórzano, de Heliconia, que contaba historias de fantasmas y otros espantos.

 

En una librería, que en rigor era más papelería, la Bolívar, conseguí casi toda la colección Obras Inmortales, de tapas rojas, de la editorial Bruguera, en la que había desde historias siniestras hasta la Anábasis o Expedición de los diez mil, de Jenofonte. Víctor González, un muchacho de Bello, que allí laboraba, nos las vendía a mitad de precio. Por puro paisanaje y camaradería.

 

Cuando quedaba en Palacé, entre Maracaibo y Caracas, la Dante era una atracción tremenda. La había fundado Antonio Cuartas Pérez en 1927 y su último local cuando ya su creador había muerto años atrás, estuvo en Colombia con la Oriental. No era ni sombra de lo que fue. Detrás del Hotel Nutibara, en una esquina de Maracaibo, funcionó una sucursal de la Científica. Tengo el vago recuerdo de que por allí también quedó una librería que vendía las obras de la Editorial Progreso, de Moscú.

 

Tal vez una de las últimas librerías que hubo por La Playa (bueno, ahora hay algunas como la Legis, de libros jurídicos) fue Mundo Libro, cerca de Bellas Artes. La administraba Pacho García, de permanente amabilidad. Y después de haber tenido el centro un número interesante de librerías, de pronto todas (o casi todas) se murieron. Sobreviven algunas, como el Acontista, en Maracaibo con el Palo; Librópolis, en el pasaje Orquídea Real, y la del Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Ah, y las del Centro Popular del Libro, en el Pasaje La Bastilla.

 

Aquellas librerías extintas, en las que hubo tertulias y encuentros, son parte de un mundo que ya no es. Seguro los más veteranos recordarán la Don Quijote, la Pluma de Oro, la Atenas, la Horizontes, la Ilustración y otras. El centro se quedó huérfano de estos lugares imprescindibles y, por lo visto, de nada valen las nostalgias.

 

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Medellín, de ladrillo y guayacán

(Una crónica con paletas y pinceles callejeros para pintar cuadros de ciudad)

 

Medellín, cielo frío, flores en despedida y el ladrillo infaltable. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

Mi ciudad es color ladrillo, aunque los extranjeros la ven color naranja, según les he escuchado pronunciar, no sin curiosidad y con los ojos muy abiertos. Es una ciudad rara, rodeada de verdores. Bueno, color ladrillo es un decir, porque si bien es cierto es el predominante en altos edificios y en numerosas casas, podría ser que un fogonazo del guayacán la convirtiera toda en un incendio amarillo. Usted quizá se ha dejado sorprender por estas flores en el piso, por esas otras que todavía no han caído, y sentir que habita en otro planeta, que es imposible que aquí uno pueda caminar por una acera tapizada de amarilleces y que un solo árbol sea capaz de ofrecer tanta alegría. Sí, es probable que nadie quede impune ante tal maravilla. Y entonces tome fotos o quiera coger algunas flores del suelo, para besarlas o echárselas al bolsillo.

Medellín tiene el color de ceibas y cámbulos urbanos, el de las flores del gualanday y también el de las frutas tórridas. En una carretilla se puede encontrar la inverosímil variedad del trópico: colores con olor a mango y piña y guanábana y mora, con sabor a papaya y mandarina, a patilla y zapote. Los vendedores ríen, haya sol o lluvia. Saben que en sus ventorrillos ambulantes hay torrentes de luz.

A veces, persigo carretillas que transportan frutas tropicales y verduras y revuelto (un término un poco en desuso que las señoras de antes pronunciaban con mucho sabor) y me parece que la calle se torna huerta, como las que se observan los fines de semana en algunos “mercados campesinos” en distintas partes de la ciudad, como en la plazoleta Mon y Velarde, en inmediaciones del parque Bolívar, y en el Carlos E. Son una paleta de colores urbanos, con morcillas y arepas con quesito, por si acaso.

Alguien pudiera decir, no sin razón, que una ciudad también tiene colores metafísicos, según las estaciones anímicas. Por ejemplo, para doña Leticia Palacio, habitante de San Javier, Medellín es azul, porque, según advierte, en días soleados las montañas se ven de ese color, un color que se va extendiendo por patios y calles, por entejados y torres, y entonces ella dice que así es el vestido de las vírgenes, como la que ella tiene afuera de su casa en una urna de cemento, una imagen de la Inmaculada Concepción, y así el color de las hortensias de su antejardín.

Se han oído voces que hablan del color sepia de la ciudad, son palabras de viejos, encerrados en asilos y casas de la “edad dorada” que recuerdan sus años iniciales, cuando todavía el mundo era reciente, una parroquia, una aldea sin tantas ínfulas. Así de ese color ven, por ejemplo, la catedral metropolitana o la callecita del barrio donde crecieron. De ese modo pintan la ciudad con el color de sus nostalgias.

 

Por Prado, antiguo barrio de élite y hoy una mezcla de zona cultural con inquilinatos y conventos, abundan los asilos de viejos. Los colores de ellos, sus caras, sus camisas, sus palabras, son de tonos tristes. Llevan el color de una soledad irredenta contra la cual no hay ninguna posibilidad de conjuro. Es un barrio de calles amplias y muchas flores, más que todo, según las calendas, los guayacanes de amarillo intenso. Tiene la trinitaria más grande de la ciudad, de flores lilas, adornando la iglesia del Espíritu Santo, diseñada por Nel Rodríguez.

Hay días en que la ciudad toma el color amarillo turbio de su río o el de las barquitas tristes de los areneros, cerca de Moravia, donde hace años hubo un morro lleno de bazofia. Otras, el de los muchachos que se suben a los buses a vender confites y buhonerías, discos compactos y estampitas virginales, o el de los taxis, con su monótono amarillo. Es una ciudad inesperada. En agosto puede vestirse de claveles y pompones; en diciembre, de bombillos de fantasía, y en abril del color indefinible de la lluvia.

Julio, por ejemplo, riega con su canícula las calles, que brillan y sudan. Y toma, a mediados del mes, los colores de una virgen de incendio en sus pies y escapularios de devoción. Los buses, los taxis, algunos carros particulares, se adornan con cintas rosadas, blancas, azul pálido y recorren la ciudad con una tronamenta de pífanos y bullicios de automotores. Agosto, por su parte, y como para no quedarse sin protagonismo, riega flores de asfalto, con silletas que tienen historias coloniales y hortensias atardecidas.

Lo mejor de todo es que cada uno, si le place, puede pintar la ciudad a su gusto. Rosa como el parque Lleras, fucsia como el parque del Periodista; bermeja, como el de la tierra de los barrios altos; mandarina, como el solar de la casa de doña Esperanza, o como el color del viento que viene de Santa Elena cargado de flores y de soles mañaneros. Y, como en un tango, puede teñirse con el color de los ocasos (como el de Borges y Piazzolla: “tango que he visto bailar contra un ocaso amarillo”). Ya, para certificar, no hay fábricas de arreboles, porque el poeta que las inventó ya no vive, y el mundo de la ciudad es ahora menos cromático y más sobresaltado.

 

cielo con guayacanes de Medellín y un pájaro que cruza. Foto Spitaletta

Garufa, vos sos un caso perdido

(Crónica tanguera con bar de esquina y tropa de carnaval)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No solo en el barrio montevideano que el tango menciona había de esas figuras notorias, tipos ranas, o sea, con astucia para moverse entre galladas y malevos, sino que en el nuestro también clareaba uno que otro de esa índole. Eran tiempos de acumulación de conversa en las esquinas, muchachada sentada en la acera, en los umbrales de las puertas. Y mirando hacia adentro, hacia el bar, donde estaban los mayores, los que ya se habían graduado de hombres, como se decía.

 

En aquel bar, sí, en una esquina, qué cosa rara, sonaban tangos. Era un café de “mala muerte”, o al menos así era la cara que ponían las señoras cuando pasaban por un lado, mirando de reojo los chorizos colgantes, el mostrador curtido, las sillas metálicas de tijeras, las mesas redondas y veían al Bizco, su dueño, entre filas de cajas de cervezas y baldosas desteñidas. Y fue en El Florida donde, creo, escuché por primera vez a Garufa, tango de Víctor Soliño y Roberto Fontaina (letra compartida) con la música de Juan Antonio Collazo.

 

Era (y es) un tango pegajoso, de fácil escucha, con una historia simpática, entre humorística y picaresca, sin dramas. Claro. Es que correspondía al espíritu de los años veinte, cuando en Montevideo se crearon agrupaciones carnavaleras, con estudiantes y bohemios, como fue, por ejemplo, la famosa Troupe Ateniense, de la que fueron parte Gerardo Matos Rodríguez, Adolfo Mondino, Alberto Vila (que va a estrenar el tango en cuestión), Ramón Collazo y los que crearon a Garufa.

 

Sí, digo que es un tango de simpatía. Historia sin pretensiones, con tonalidad y ambiente urbano, de barrio, pero, a su vez, con momentos en que el protagonista debe ir al centro de la ciudad, donde están los ambientes de goce y diversiones muy distintas a las de la periferia. De más sensaciones y timbres diferentes. “Del barrio La Mondiola sos el más rana / y te llaman Garufa por lo bacán / tenés más pretensiones que bataclana / que hubiera hecho suceso con un gotán”.

 

Y aunque entonces, en los días en que por primera vez escuché a Garufa, no se requerían traducciones ni mediadores. Se oía y listo. Sin preguntas. Pero ya desde el mismo título hay una comunicación, una caracterización. ¿Qué es garufa? Es a aquel a quien le encanta la diversión, la juerga, la nocturnidad callejera. La Mondiola es un barrio montevideano, costero, con presencia de jaranas y guachafitas. Y en la estrofa inicial se menciona la bataclana, que llegará a ser un sinónimo de mujer de vida liviana.

 

En 1922 llegó a Buenos Aires una compañía teatral francesa, la Bataclan. En el espectáculo, las coristas actuaban con poca ropa, insinuantes, coquetas. Y así, conectadas con mujeres de la noche, derivó la bataclana. Y así se enriqueció la lengua. La siguiente estrofa da cuenta de quién se trata el protagonista, un laburante que al fin de semana se torna doctor (como cualquier político): Durante la semana, meta laburo, / y el sábado a la noche sos un doctor: / te encajás las polainas y el cuello duro / y te venís p’al centro de rompedor”.

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Parque Japonés de Buenos Aires.

Y entonces el tango comienza a discurrir por aguas de turbulencia, en las que, sin embargo, se puede navegar sin temores: “Garufa, ¡pucha que sos divertido! / Garufa, ya sos un caso perdido”. Y tal vez estas consideraciones eran las que más nos sonaban, el dibujarse en el aire un sujeto risueño (como los había tantos en el barrio) al que los ojos de la madre siempre tenían en la mira, porque se estaban perdiendo en la fiesta. “Tu vieja dice que sos un bandido, porque supo que te vieron, la otra noche, en el Parque Japonés”.

 

El original no menciona al Parque Japonés, que es en Buenos Aires, lugar de diversiones y otras algazaras, sino la montevideana “calle San José”, de alboroto permanente. En la versión que se hace al otro lado del Río de la Plata, en la voz de Rosita Quiroga, la calle san José se muta en el parque ya dicho. La del mismo nombre en Buenos Aires era una callecita casi muerta.

 

La caracterización clave llega al final del tema. Con los datos incorporados, el oyente se imagina de quién se trata el tal Garufa. Es un milonguero de tiempo completo, un “vareador”, es decir, aquel que saca a pasear muchachas, coquetón, contento y que, en el lenguaje de la hípica, es quien entrena caballos de carreras. Es un “tirapaso” endemoniado, que puede bailarse el himno de Francia (La Marsellesa) o la ópera El trovador, de Giuseppe Verdi, incluida la Marcha a Garibaldi.

 

Con un café con leche y una ensaimada
rematás esa noche de bacanal,
y al volver a tu casa, de madrugada,
decís: “Yo soy un rana fenomenal”.

 

Recuerdo que en las interpretaciones que entonces se escuchaban en los bares con traganíqueles de barriada, uno no entendía ensaimada, que es un pancito dulce espolvoreado con azúcar, sino “ensalada”. Este tango, que representa a un personaje urbano, trabajador, pero que no perdona fin de semana para echarse una cana al aire, pinta a un tipo que aún no pasa de moda. Pese a los cambios de épocas (este tango se grabó por primera vez en 1928), Garufa está ahí, con sus sencilleces y su historia sin rebuscamientos.

 

Quizá la mejor versión es la de Tita Merello con la orquesta de Carlos Figari. La grabaron, entre otros, Elba Berón, Nina Miranda, Edmundo Rivero, Agustín Irusta, Enrique Dumas, Carlos Dante y Alberto Castillo. Garufa sigue sonando. Y en ciertas noches, evoca la esquina de un perdido barrio en la que había un encantador bar de “mala muerte”.

 

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Tango III, pintura de Cecilia Campi

La soledad de Eleanor Rigby

(Una crónica con los Beatles, García Márquez y la nostalgia)

 

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En 1966, Eleanor Rigby se convirtió en otro éxito de los Beatles

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La nostalgia es una construcción interior, con memoria parcializada, en la que se despoja el pasado de sus aristas cortantes, de sus afilados cuchillos descuartizadores y se deja en el recuerdo solo aquello que no ha producido dolor ni resentimientos. Es una bonita manera de reconciliarse con la dulzura, sin acritudes, de lo que se ha ido. Y vuelve con lagrimones secretos y ansias de revivir emociones perdidas.

 

A diferencia quizá de muchos miembros de mi generación, no tengo nostalgia de los Beatles, porque, cuando este cuarteto de Liverpool estaba ya en la cumbre de los gustos juveniles, a inicios de los sesenta, no lo escuché entonces. Y, bueno, me llegaron más bien algunas de sus canciones por las interpretaciones de otros, y aun por traducciones que de algunas piezas, se hicieron, por ejemplo, en España. Una muy célebre fue aquella del Submarino amarillo (también una clásica película psicodélica), interpretada por Los Mustang.

 

En Colombia, por ejemplo, Harold Orozco cantó en español varios temas de la banda inglesa, como Michelle.

 

En 1965, cuando los Beatles eran ya una especie de bomba atómica entre las juventudes universales, Paul McCartney, una especie de iluminado, había tenido un sueño con una melodía lenta y dulzarrona, cuando visitaba en Londres a su novia Jane Asher. Y de aquella conexión con lo onírico nació Yesterday, uno de los temas más versionados en la historia de las canciones. Esta historia la cuento en un apartado del libro Tiovivo de tenis y bluyín (Editorial UPB), relacionada con otro hecho, nada musical, sucedido en Bello por aquel tiempo.

 

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En una columna de prensa de 1980, García Márquez dice que la “única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles”. Quizá puede ser válido el aserto para miembros de otras generaciones, hasta la de los ochentas. Insisto, no es mi caso. El escrito, de una vibrante belleza periodístico-literaria, y que en otros días ponía (con otras columnas del aracateño) en mis cursos de Periodismo de Opinión, dice que la nostalgia es una trampa “que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen”.

 

En el artículo se menciona la pieza Eleanor Rigby, de Paul McCartney y John Lennon, una composición que incluye chelos, violas y violines en su acompañamiento musical, y que plantea en su letra un rictus doloroso acerca de la soledad y la gente que pasa sin que de ella quede una huella muy visible. Como todos saben, es la historia de una sirvienta que recoge el arroz de una iglesia donde ha habido una boda y que parece vivir en un sueño. Es (y tampoco la escuché en aquellos tiempos sino muchos años después de su salida al mercado disquero) una canción tristona.

 

Eleanor es, como el padre McKenzie, parte clave de la historia de esta composición, una mujer que “vive en un sueño y espera en una ventana con la cara que guarda en un frasco, junto a la puerta”. Y Eleanor pasa; tal vez su vida es una espera, una sucesión de deseos truncos, una soledad sin aspavientos. Y muere en la iglesia donde trabajaba, y la entierran, sin velorios ni funerales masivos, salvo la presencia de gente solitaria.

 

En 1966, cuando salió la canción (del álbum Revolver, con contenidos existencialistas y de denuncia) y escrita y compuesta en esencia por McCartney con la participación de Lennon, yo vivía en el barrio Andalucía, de Bello, en una casa esquinera frente a un parque redondo. Eran días de los fines de primaria y quizá en el radio casero se escuchaban algunas baladas de la Nueva Ola, folletines de amores y aventuras, ritmos de las Antillas y tal vez canciones de Margarita Cueto. De los Beatles, ni idea. Nada.

 

El nombre de la protagonista lo tomó, según McCartney, de la actriz Eleanor Bron (actuó en la película Help!, con los Beatles) y el apellido de una tienda de víveres de la ciudad de Bristol. Lennon y Paul se conocieron en la iglesia de St. Peter. Y después de que la canción ya era famosa, alguien vio en el patio-cementerio del templo una tumba con el nombre de Eleanor Rigby y lo conectó con la canción. “El patio de la iglesia St. Peter era un lugar que John y yo frecuentábamos regularmente, es posible que haya visto la tumba con el nombre y quizás inconscientemente lo haya recordado o relacionado”, dijo McCartney.

 

Esta canción sobre la soledad y, si se quiere, acerca del anonimato en el que viven muchos trabajadores, muchos que buscan un destino mejor y que nunca lo encuentran, es una muestra de aquellos años en los que el celebérrimo cuarteto se zambullía en las filosofías existencialistas, que en los sesentas tornaron a la palestra de las reflexiones y los debates. Se nota, por ejemplo, en el Hombre de ninguna parte (Nowhere Man): “Él es un hombre de ninguna parte, / sentado en su tierra de ninguna parte, / haciendo todos sus planes de ninguna parte, / para nadie”.

 

Eleanor Rigby muestra la imagen de una muchacha desolada, de una que solo tiene como rol, además del trabajo, una espera infinita plena de incertidumbres. “¿De dónde vienen los solitarios?”. Y adónde irán. A qué mundo pertenecen. Eleanor, como en un tango, se maquilla el dolor y está “lista para el viaje / que desciende hasta el color final”. No es tarde para tener una nostalgia sobre esta bella canción de los Beatles.

 

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Un extraño cuento de Thomas Mann

(Reseña de El Armario, una creación de juventud del autor de La montaña mágica)

 

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El armario, un cuento con visos góticos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El joven Thomas Mann, antes de irrumpir con una explosión novelística en las primeras luces del siglo XX, era un escritor de cuentos que comenzó a saber que, en efecto, su vida, en la que muy rápido descubrió que trabajar para otros no era negocio, estaría dedicada a la literatura. Sus comienzos con La caída (1894) lo marcaron con un estigma indeleble en su entonces todavía vida bohemia entre Italia y Múnich. Escribió otros cuentos, como La voluntad de ser feliz y El pequeño señor Friedemman (obra maestra, trágica, con música de Wagner), este último publicado en una revista berlinesa de la editorial Fischer.

 

Ya estaba escribiendo Los Buddenbrook, obra en la que, según él, tardó dos años, cuando concibió y publicó un extraño cuento, El armario (1899), que puede ser una especie de retorno a lo gótico, o, de otra manera, una recordación a guisa de homenaje al polifacético escritor prusiano Hoffmann, un estandarte del romanticismo alemán. Hay que decir que, mucho tiempo después, el consagrado autor de Muerte en Venecia, La montaña mágica, José y sus hermanos y de las Confesiones del estafador Félix Krull, entre otras obras de formidable calidad literaria, escribiría en sus diarios lo siguiente: “El romanticismo es un mundo sucio. No quiero saber más nada de él”.

 

Mann, que tendrá en varias de sus creaciones la enfermedad (o la peste) como un tema fundamental, introduce en este relato de juventud la suerte de un hombre que ha sido diagnosticado con una enfermedad terminal y al que, según los médicos, le queda muy poco tiempo de vida. Es un tipo que representa una edad entre los veinticinco y los treinta años y al cual, de acuerdo con las evidencias que se transmiten en el cuento, el tiempo le importa muy poco. Aquí, en esta breve narración, ya se advierte el interés del autor por el tratamiento del tiempo, como lo va a hacer, en otra dimensión y con otras características, Marcel Proust.

 

Digo que El armario es un cuento extraño porque, además del asunto del tiempo sin calendarios ni relojes, como lo ve y siente el protagonista Albrecht van der Qualen, tiene la presencia inaudita, o quizá insólita, de una mujer sorpresiva, que aparece de súbito una noche, cuando el viajero que ha detenido sus pasos llega a descansar en la habitación del tercer piso de un inquilinato. El coñac que porta puede darle una dimensión de conquista y tranquilidad al hombre que se topa en el armario de la habitación a una mujer desnuda, de “alargados ojos negros” y con expresión de dulzura en sus labios. Insinuante.

 

Albrecht es un viajero de tren que se aparta de su itinerario (parece ir a Florencia) en el expreso Berlín-Roma. En el cuento aparecen tres mujeres. La primera, que él ve por la ventanilla, es una dama gorda y alta, embutida en “una larga gabardina”, con una bolsa de viajes que a él le da la impresión de que pesa toneladas. Es una visión fugaz, en la que la imagen que prevalece es la del labio superior de la señora perlado por diminutas gotas de sudor.

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Thomas Mann

La otra, es la casera, alta y flaca, vieja y larga (así la describe), que lo atiende después de que Albrecht, en un arrebato sin explicación, decidió bajarse del tren en una estación de una ciudad desconocida y camina y camina hasta llegar a un extramuro donde encuentra un inquilinato. Y, claro, la tercera, es la aparición al final de una mujer inexplicable que cuenta historias tristes y que hace del relato también una especie de evocación de Scheerezada y sus noches infinitas.

 

En El armario, con velocidad de tren de pasajeros, hay una visión de la muerte, del sueño y del tiempo que al final de cuentas poco debe interesar a uno que está condenado a durar poco. O sí: el enfermo está en un tiempo regresivo que lo hace, además de olvidar los medidores de minutos y horas y días, aprovechar el presente. Albrecht, que no se nota angustiado por su situación de muerte inminente, es un ser poco o nada piadoso, que está solo por recoger la flor del día. Le parece que la señora del inquilinato es “como un espectro, como un personaje de Hoffmann”, quizá vista de ese modo por la luz (y las sombras) de la lámpara de petróleo. Lo conduce hasta una habitación “lastimosamente fría, con paredes desnudas y blancas”, con tres sillas rojas, un lavabo con espejo y un armario ropero. Ah, claro, y una cama de apariencia pesada.

 

Van der Qualen ha llegado a un arrabal. Esto puede ser un símbolo. Una metáfora de lo último que queda en una trayectoria. El suburbio como alegoría de lo que se está yendo, de lo que está alejado del centro, que puede ser la vida, con las dinámicas más atractivas de una ciudad. El protagonista entra a un restaurante y sigue una dieta de enfermos, o esa es la impresión que da con la sopa juliana con pan tostado, la mitad de una pera, un bistec con huevo, queso cremoso italiano, compota y vino. La frugalidad de alguien que parece no estar ya interesado en los placeres de la mesa.

 

La aparición de una mujer inesperada (¿Cómo se metió al cuarto? ¿Quién la llamó? ¿Qué hace desnuda en un armario?) le proporciona al cuento, aparte de un aumento final en la tensión, un ingrediente carnal, erótico, con una exposición de piel y deseos a la vista. Es una mujer que cuenta historias y que el huésped acepta que se las cuente. Y es entonces cuando uno como lector puede pensar que se trata, en rigor, de una hetaira, una especie de rara cortesana que quiere hacer menos sola la soledad del visitante.

 

Sí, por qué no. Puede ser una dama que, como las que se preparan con historia y geografías diversas, con libros de viaje, con filosofía, con las artes de mostrar con gracia su cuerpo, pero ante todo con un extraordinario talento para la narración, la conversación, está ahí para hacer menos dramática la situación de un hombre que puede estar inmerso en una ensoñación ante la noticia, ya vieja, de que le quedan pocos meses de existencia. No hay indicios de que la mujer del armario cobre por sus servicios. Ni si el viajero paga.

 

El narrador termina con una serie de interrogantes al lector, para que las dudas —o, si se quiere, la imaginación— se esparzan, sin necesidad de cifras, de desenlaces precisos, ni siquiera sugeridos. Es un cuento sobre la incertidumbre. Lo que le confiere una rauda dinámica como la que se siente y se advierte al ver los paisajes que pasan cuando se mira por la ventanilla de un tren rápido. Un tren de ausencias y despedidas.

 

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Van der Qualen va en el expreso hacia ninguna parte.

 

Pelota de trapo, pelota de carey

(Crónica con fútbol callejero, cacharrerías y evocación de un filme argentino)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Muy de vez en cuando se apelaba al expediente, quizá más práctico que imaginativo, aunque se tornó en otras partes lugar común, de hacer pelotas de medias de mujer rellenas de retazos. Era un recurso de afán que resolvía una necesidad: tener un balón o cosa que se le pareciera para jugar un partido en el baldío, en la calle o donde fuera posible ejercer las maravillas del fútbol.

 

La pelota de trapo, que más en geografías fuera de Antioquia tuvo una particular atracción entre la muchachada, por estas coordenadas se convirtió en un modo del “desvare”. Había, claro, materia prima al uso. Desperdicios de las textileras y las ya “despistadas” medias de mamá, la tía o alguna monja de familia. Me parece que no era masiva. Por otra razón: abundaban las cacharrerías y era posible, en ellas, tan variopintas, conseguir las ya famosas “pelotas de carey”, que hasta tenían una vieja canción que las ensalzaba: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / son las mismas en La Habana, en Japón o Camagüey”.

 

Como paréntesis, podría anotarse que en Bello, Antioquia, los muchachos de los cincuentas o tal vez de antes, diseñaron una “imaginativa” parodia de aquella guaracha cubana que tenía variaciones sobre el mismo tema (“Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / a treinta las del perro y a cincuenta las del buey…”) y entonces se la aplicaron a Gardel, muerto en Medellín el 24 de junio de 1935: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Antioquia pa´tener recuerdos de él”.

 

Esta digresión sirve para agregar que la pelota de trapo tuvo una sucedánea en Medellín y alrededores con las de carey, más duras que adobe, que atiborraron de emociones a granel las calles y mangas, porque, como es de suponer, no era fácil conseguir un balón de cuero, con vejiga y todo. No estaba—como se advertía por ciertas escaseces—, el palo pa’ cucharas. Y había que ser recursivos o, al menos, conseguir menos dinero del que costaba un balón inflable, de aquellos que había que meterle a la fuerza la “tripa” y ponerles “ruana”. Una odisea.

 

Y más que las medias rellenas, la pelota de carey se volvió símbolo de congregación, de disputa futbolera, de acontecimiento urbano dichoso. Estrella de la cuadra y de los muchachos que la pateaban, o, mejor dicho, algunos con clase infinita, la acariciaban. Así que tantas veces había que “hacer vaca” para comprarla en el almacén de doña Rocío, en la cacharrería de don Pedro o ir hasta las muy bien surtidas cacharrerías de Guayaquil.

 

El infinito mundo callejero se agrandaba con los “picados” que se jugaban con una pelota amarilla, roja o verde, que rodaba, pegaba contra puertas y paredes, golpeaba ventanas y estremecía de rabia a las señoras. sí, cómo no, las mismas que llamaban a la “bola”, “la patrulla”, la “chota”, para que la policía apareciera de súbito y las decomisara. Por eso era preferible, ir hasta los retirados potreros a jugar los cotejos eternos, que a veces había que terminarlos con la inequitativa ley de “el que haga el último gol, gana”. Hubiera sido más gozoso haber dicho: “el penúltimo gol”.

 

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Cartel del filme argentino Pelota de trapo, con Armando Bo.

 

Una historia que circuló en la ciudad, hace muchos años, y que a mí me la contó el finado Felipe Mora, decía que en el Teatro Laika, de Aranjuez, los muchachos esperaron casi una eternidad para poder ver la famosa película Pelota de trapo, con Armando Bo, y el guion del muy reconocido periodista uruguayo Borocotó, estrella de la revista El Gráfico, de Argentina. Un domingo, con una fila infinita, la expectativa creció. Los que pudieron entrar temblaban de la emoción. Comenzó el filme, pero, de pronto, algo falló. “Operador, soltá al pelado”, se gritó en colectivo. Y nada.

 

Se prendieron las luces, se volvieron a apagar, pero la película no rodaba, no se proyectaba. Había inquietud general. Y entonces se inició el corito celestial de los hijueputazos. Sobre la pantalla cayeron frutas de mango y hasta empanadas a medio morder. La bombardearon con cuzcas de cigarrillo. Y se armó una asonada. Se quebró la silletería. Y aquellos concurrentes, frustrados, no pudieron ver Pelota de trapo, sobre un niño apodado el Comeuñas, que quería convertirse en una rutilante estrella de fútbol.

 

Y aunque a veces uno rellenaba medias, ya no de mujer sino de hombre, con periódicos y pedazos de camisas viejas, lo más recursivo era que, entre varios, compraran la pelota de carey, que, de no sufrir persecuciones y caídas accidentales en casas del vecindario, duraba mucho tiempo y resistía maltratos y otros abusos. Y de tal modo, en días en que un balón era objeto de lujo, la descastada pelota satisfacía las ganas de jugar un partido.

 

Se recuerda que, ya en la vejez dolorosa de una pelota de carey, no faltaba, cuando ya estaba rajada, que se rellenara de piedras y se hiciera la simulación de estar jugando. Se dejaba de pronto, como al desgaire, en algún lugar de la calle y se le gritaba a algún desprevenido transeúnte que la chutara. El resultado era de risotada general y, en ocasiones, de tener que salir corriendo ante la ira del que caía en la treta de la muchachería.

 

Hubo un tiempo feliz en que las calles y las mangas, como estadios, se animaron hasta el éxtasis con los encuentros futboleros que tenían a la pelota de carey como su más exquisita invitada. Después, el balón de aguja, la reemplazó, hasta producir, no se sabe cuándo, su extinción en el paisaje citadino. En la memoria de viejas generaciones, la pelota de carey se quedó como una suerte de musa, que inspiró a miles de muchachos en la práctica colectiva y solidaria de un partido de fútbol y en la maravillosa celebración de un gol.

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La pelota, el potrero, el fútbol…

 

 

El sustancioso sabor de Prado

 

El libro A qué sabe Prado en 90 años, un acercamiento a la historia de la comida en Prado. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El Prado, un barrio hecho sueño, según la expresión feliz de su fundador Ricardo Olano, es una mezcla de arquitecturas, vegetaciones, calles anchas y caserones desmesurados. En su geografía variopinta, se pueden encontrar leones en alguna entrada, mansiones galesas, arabescos de fachada, palacios a la egipcia y mucho hierro forjado. Es un patrimonio cultural. Y una manera, también muy atractiva, de percibir el extinto esplendor de una burguesía esnobista que propugnaba por parecer de “buen gusto”, según moldes europeizantes de época.

 

El barrio, tal vez el más bello de la ciudad, puede servir para una arqueología de costumbres antañosas, para la exploración de imaginarios y mentalidades de otros días, y para la indagación de significados urbanos. ¿Qué era la ciudad antes? ¿Qué es hoy? Prado, en todo caso, ofrece posibilidades tanto para el flâneur o caminante con criterio, como para el historiador, el reportero, el turista y los habitantes de otros sectores de Medellín. Para todos los interesados en la estética y en el florecimiento de los guayacanes. O en aquellos paseantes nocturnos que aspiran a deleitar su olfato con el perfume del jazmín de la noche.

 

En este barrio de esquinas curvilíneas, de ventanales multiformes, de portones y contraportones, de sorpresas visuales, todavía, pese a la notoria deshabitación familiar, se sienten olores diversos de comestibles hogareños y repostería. Ya en alguna esquina se pueden percibir los aromas de empanadas venezolanas o de comidas vegetarianas. Y en su pasado, rico en viandas como en silencios anochecidos, hay una miscelánea de historias y fantasmas.

 

Prado, hoy un barrio corporativo, con veintidós conventos, con abundancia de asilos geriátricos, con clínicas e instituciones educativas, mantiene visos de su viejo esplendor, aunque haya testimonios que dan cuenta de una decadencia melancólica en varias de sus edificaciones, como si fueran una suerte de proyección de una gótica obra de Edgar Allan Poe.

 

Aspecto de una mansión del barrio Prado. Foto Carlos Spitaletta

 

Prado, donde hay casas como de cuento de hadas, se yergue como el último bastión de un tiempo que representa una historia de grandes empresarios, de comerciantes e industriales, que tuvieron como sede familiar un barrio fundado en 1926. Y una manera del viejo urbanismo que pensó en la gratificación de los espacios y en el valor ambiental, en el que caben los amplios antejardines y la sombra refrescante de casco’evacas, pimientos, cadmios, mangos y los guayacanes de floración alucinante.

 

El barrio, en cuyo paisaje multifacético se pueden ahora ver algunos habitantes de calle durmiendo en aceras, tiene gentes dedicadas a la cultura, a las bellas artes, a la preservación patrimonial y a la investigación urbana. Declarado como patrimonio cultural de Medellín, sobrevive a las ambiciones desaforadas de pulpos constructores y otros depredadores de ciudad.

 

Y entre los que tienen a Prado como un laboratorio de cultura y de conservación histórica de la memoria y la identidad ciudadanas, está la Fundación Patrimonio para el Desarrollo. Allí, entre sus inquietudes, se erige la de la investigación de las comidas de hoy y ayer en el barrio. El proyecto A qué saber Prado en 90 años, liderado por el cocinero Hernán Tobón, es una muestra de las inquietudes y discusiones por la historia y sus aplicaciones.

 

¿Qué pasaba en las cocinas de las casas de Prado? ¿Cómo confluían diversos platos, tanto tradicionales y de raíz antioqueña con otros de carácter nacional e internacional? ¿Había chocolates con sabor a infancia? ¿Qué aportes culinarios hicieron, por ejemplo, las nanas? ¿Qué sentido tenían la mesa y la congregación familiar a la hora de las comidas? Estas y otras preguntas se hizo el investigador, que reunió a viejos y nuevos habitantes del barrio para construir un amplio menú de platos, entradas, sobremesas y bebidas del día y de la noche.

 

Es importante saber cómo y qué comían los habitantes de hace años, y lo que siguen consumiendo los actuales. ¿Qué parte de la tradición se mantuvo? Cualquiera podría inquietarse acerca de si los antiguos moradores se interesaban en viandas como el “calentao” o si hubo, a la campesina, una introducción madrugadora llamada “los tragos”. ¿Qué diferencias había en una mesa de Prado y otras, por decir algo, de Buenos Aires, de San Benito, de Manrique?

 

¿Se puede hablar de un desayuno patrimonial? En Prado, según las pesquisas de Hernán Tobón y su equipo de investigadores, los desayunos eran la conjunción entre arepas, calentao, quesito de hoja, mantequilla de bola, buñuelos y chocolate. Y al ágape había que sumarle el valor incalculable de la reunión y la conversa familiares. ¿Distinto al de otros barrios? ¿Parecido?

 

Prado, el de la multiplicidad de estilos arquitectónicos, el de los áticos y las torrecillas, es un grato espacio en el que las historias continúan floreciendo (como los guayacanes) y en el cual todavía se pueden disfrutar conversaciones domésticas alrededor de una mesa de comedor.

 

Nota: Se trata del prólogo al libro A qué sabe Prado en 90 años, de varios autores, entre ellos Hernán Tobón, y que fue proyecto ganador en 2017 en la modalidad “Celebrando el mes del patrimonio”.

 

Fuente en la sede de la Fundación Patrimonio para el Desarrollo, en la carrera Balboa. Foto Carlos Spitaletta