El viejo encanto de las cajas de música

Por Reinaldo Spitaletta

 

El particular sonido de las cajas de música, que se asemeja a melodías de infancia, o a melopeas para dormir hadas con insomnio, o tal vez para evocar las campanitas de los carros de helados, ha desaparecido de la escala cromática de los sueños. No sé a quién podrá interesarle hoy un artefacto de estos, que hunde sus orígenes en los finales del Siglo de las Luces y comienzos del XIX, con fabricación en Suiza, pero también en la región de Bohemia. Creo que, ahora, estos portentos de la mecánica de relojería, que eran artesanos de esta índole sus hacedores, son más parte del pasado y de la nostalgia de viejos apegados a la magia de las antiguallas o de amantes de la colección.

 

Tener en casa una cajita de música era una convocatoria al misterio, porque, al brotar, por ejemplo, Para Elisa, o una pieza de Chopin, o la simpleza de unos campaneos, todo cambiaba en su apariencia. Mamá tenía una en la que, al abrirse la tapa, se escuchaban rumores de lejanos mares, de olas eternas, un murmullo de gaviotas. Había momentos en que uno sentía que adentro alguien tocaba una mandolina triste y que, con las púas vibratorias, se emitían señales para que los ángeles batieran sus alas.

 

Durante años, ese como baulito de sorpresas, de madera y metal, con incrustaciones de nácar, estuvo en casa, a veces sobre un tocador, o encima de un chifonier o en alguna mesita de sala de recibo. Después, desapareció y se albergó en cajones, o temperó en tarros de confites ingleses, y se silenció por tiempos. De vez en cuando, ella le daba cuerda y se extasiaba con sus sonoridades, tal vez en un vuelo hacia la infancia, o en un flashback que llegaba hasta sus días de juegos de muñecas y pasaba por momentos de la adolescencia.

 

No supe el final de la cajita, y hace unos treinta años, anduve por “sanandresitos” y cacharrerías buscando una cajita de música solo para recordar la que tuvo mamá, y no había nada parecido por ninguna parte. Tiempo después, volví a buscar una de ellas y paseé por el viejo Guayaquil, por almacenes cercanos a Junín, por los que había adyacentes al parque de Bolívar. Y nada. Encontré una en donde menos esperaba: en un almacén de objetos religiosos, de un pasaje comercial del centro de Medellín. La compré y se la regalé de cumpleaños a una amiga.

 

Cuando era reportero de un periódico local, solía llamarme desde Boston, una lectora de mis crónicas de domingo. Se llamaba Nacha (así se identificó) y dijo que alguna vez hizo parte de un partido de izquierda y que ahora estudiaba un doctorado de no sé qué vaina en los Estados Unidos. Había leído, precisamente, una vieja nota que escribí en 1986, titulada “La cajita de música de mamá”, y advirtió que ella, la Nacha, tenía alma de feria, que gustaba de tiovivos porque se sentían melodías que parecían salir de cajas musicales. “Soy una feria”, repetía y yo le dije que, por su tono festivo, pero con dejes de una nostalgia sin paisajes, se me estaba pareciendo al personaje de Cepeda Samudio que decidió un día vestirse de payaso. Se rió y dijo que ella era parte de un carnaval interior, un corso, un dar vueltas de calesitas, con banderines ondeantes y melodías de circo. Un día, a la sala de redacción me llegó un paquete, y, ¡adivinen!, era una caja de música, con una bailarina colorida que danzaba con una música de marchas marineras. Un envío de la mujer que tenía espíritu de feria.

 

Una caja de música, que si se abre para revisar su mecanismo se encuentra uno con discos metálicos, cilindros giratorios, espinas, láminas afinadas, en fin, podría ser la residencia de genios como los de Las mil y una noches, o de duendecillos locos que a veces les da por tocar el arpa o la celesta. Hace rato que entraron en el ámbito de lo decadente, de lo que ya pasó de moda, o se exilió en los oscuros cuartos del olvido. No creo que a los niños de ahora les interese tener un aparato de esos, ni a nadie le debe interesar regalar una de ellas como muestra de cariño o, incluso, como una declaratoria amorosa.

 

Ya no suenan las cajitas de música. Y si lo hacen, como pieza de museo, como representación de un tiempo que ya no es, es porque hay en medio una abuela, una vieja tía, o una reliquia de familia que pudo haberse heredado y conservado. Curiosidades que ya no atraen. Se acabó su seducción. Elementos de una arqueología sentimental.

 

La cajita de música que me regaló la lectora desapareció un día de mi escritorio y no supe nunca dónde fue a parar. Quizá a algún tacho de basura, porque, en sí misma, era un vejestorio, la pátina del tiempo había arrugado a la bailarina y descompuesto sus engranajes. Y como la de mamá, y como otras que vi en algunas casas, son un recuerdo nebuloso, del que, no obstante, todavía brotan melodías que si se escuchan muy seguido, pueden hacerte “piantar” un lagrimón.

 

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La última hoja del cuaderno

Por Reinaldo Spitaletta

 

Volver a la escuela, tras unas largas vacaciones, era una suerte de martirio, que, sin embargo, tenía momentos previos de felicidad. Uno, era el de acompañar a mamá a la papelería o alguna cacharrería o miscelánea a comprar los cuadernos. Una aventura. Entonces no abundaba la variedad. Eran dos o tres diseños, pastas con mapa de Colombia o con algún dibujo, todo más bien simplón, nada de modelos desnudas ni de futbolistas ni de cantantes de cualquier cosa. Había unos que tenían efigies de conquistadores (Federmán, Heredia, Robledo, Belalcázar, Jiménez de Quesada…) y otros solo la marca.

 

El olor de los cuadernos nuevos era una manera de penetrar en otros ámbitos; uno cerraba los ojos y sentía cómo se entraba en letras, números, mapas, dibujos elementales, tablas de multiplicar. Había, además, que comprar colores, lápices, borradores, compases, sacapuntas y los forros para preservar los cuadernos que debían, en general, durar todo el año. Se adquirían de cien o de ochenta hojas, y todavía no se conocía el anillado ni las pastas duras. Así que eran con grapas, que se podían ver remachadas en toda la mitad del encuadernado.

 

Pese a la falta de variedad, uno se quedaba viéndolos, buscando cuál llevarse, con cierta fascinación por el olor a nuevo, por ver si en las guardas sí estaba trazado el horario, o si tenían las equivalencias de las medidas inglesas y el sistema métrico decimal. Un cuaderno era una posibilidad para la imaginación y los descubrimientos. Así, en blanco, tenían una incertidumbre, abrían sésamos y se colaba en su limpieza lo que uno iba poner en la primera hoja, aparte del nombre personal: nombre de la institución, del profesor, el curso, pero a eso había que agregarle marcos, corondeles, viñetas…

 

Digamos que hasta ahí había un deslumbramiento. Otro momento grato era el de irse a casa con el paquetado de cuadernos  , comenzar a forrarlos, tenerlos listos para la iniciación de la jornada. Toda una alegría. Mamá tenía en su repertorio de canciones, una que nos cantaba al amanecer del día en que teníamos que volver a estudiar. Era, lo supe después, con la música de un aria de la ópera Elíxir de amor, de Donizetti. Tenía unos versos que uno llegaba a odiar no solo cuando ella los entonaba, sino toda la vida.

 

Cual bandada de palomas que regresan del vergel,

Hoy volvemos a la escuela, anhelantes de saber.

Ellas vuelan tras el grano que las ha de sustentar,

y nosotros, tras la idea que es el grano intelectual.

 

La canción se prolongaba, y uno tenía que descobijarse, gruñir, oponer resistencias, pero de nada valía. Había que levantarse para ir a estudiar. Era el primer día. Nada que hacer. La voz continuaba: “Venid, llegad, la escuela abierta está”.  Y después hablaba de la “ciencia” y la “virtud”.

 

Pero retornando a los cuadernos, ya, transcurrido el primer día, se presentaba la posibilidad de marcarlos con los datos correctos. Y el más atractivo, era, por las facilidades que ofrecía, el Cuaderno de tareas, o también llamado Cuaderno de borrador, en el que uno podía rayar, poner “pensamientos”, pintar casitas sin puerta, y toda una revoltura de cosas y deseos. Era para eso, para ensayar. Tenían la desgracia de envejecer más rápido, de doblarse en las puntas, de regárseles tinta. Pero, a diferencia de los otros, que eran los de cada asignatura, la última hoja se podía mantener virgen.

 

Porque en los otros, que eran los que revisaban los profesores, la impecabilidad y el orden eran asunto de disciplina, de cuidados, de mantener la limpieza. Que las borronaduras podían dar para regaños y llamados de atención. Pero la última hoja de los “cuadernos serios” daba para todo. En ella se pintaban morisquetas, corazones partidos, declaraciones de amor, se dibujaban besitos y, dado el caso, se escribía algún insulto, o el sobrenombre de un compañero, o decir que esta escuela era la peor de todas. La última hoja era la de la libertad y los ensueños.

 

En el cuaderno de tareas, las hojas daban, también, para la confección de aviones, globitos, barquitos, hélices. No sé cuántos cuadernos de esos terminaron metamorfoseados. Hice muchos veleros, como si tuviera un astillero, que navegaban en los arroyuelos callejeros cuando la lluvia era una fiesta, porque, además, nos dejábamos mojar por los chorros de los entejados y saltábamos en cada charco para que el agua saltara. Eran los días en que era un gusto “emparamarse”.

 

Al final del año, los cuadernos lucían desvencijados, los forros rotos, las pastas descaecidas, y su olor era posible que se pareciera al del sudor, la tinta china reseca y era probable encontrar en ellos trazas de cofio, minisigüí, goma arábiga y guachas. Ya no producían emoción alguna y estaban prontos para irse a descansar para siempre en la oscuridad del olvido.

La enmascarada

Por Reinaldo Spitaletta

 

Le dicen “doctora” aunque solo estudió una licenciatura para cuidar niños expósitos y por herencia le correspondió reemplazar el poder y mando de su padre en una empresa de comunicaciones, tema sobre el que ella poco sabía, pero le tocó, nada que hacer. Ante los empleados aparentaba (y sigue en esa tónica) que era una conocedora, experta en mensajes, redacciones y titulares. Los otros ponían cara de respeto, aunque, se llegó a sospechar, por dentro eran burleteros y escépticos. La dama de cabello negro y facciones angulosas, de familia rica de un pueblo del oriente de la provincia, sus coetáneos la llamaron a ella y a sus otras cuatro hermanas, las Meninas, en voz baja y sin despertar sospechas ni resquemores.

 

Se viste casi siempre de trajes sastre, tacones medios y usa collares de piedras finas. Gusta a más no poder del halago, y las subordinadas  cada que tienen ocasión le ofrecen piropos y lisonjas: “como está de elegante la doctora”, “que pulsera tan linda tiene”, “como tiene de bonito el cabello” y así hasta la náusea, que ella sonríe y eleva el mentón. También pestañea como muñeca de exportación. Sabe dos o tres lenguas, sobre todo porque, de jovencita, su papá la llevó a vivir a Roma y Boston, donde él oficiaba de cónsul, y gusta de las baladas de San Remo y la canción francesa. Toca mal la guitarra (de vez en cuando lo hace en fiestas de la empresa), un churrunguis chunguis pavoroso, pero ella cree que, además acompañada de su voz temblorosa, es la representación de una intérprete del carajo. Ha dicho que le hubiera gustado tener la voz de Edith Piaf.

 

Con el fin de detectar posibles descontentos entre los trabajadores, dice en sus reuniones de cada quince días, que las hace por secciones, que es una defensora de los derechos laborales y que la empresa es en realidad de todos. “Aquí todos somos iguales”, se ha escuchado decir hasta el cansancio de los que tienen que soportar sus “discursitos” sobre democracia y gobernanza, que ni ella misma entiende, pero lo hace, más que todo, como parte de una táctica para obnubilar a sus dependientes y tener la apariencia de conocedora de las instituciones, la ley y la autoridad.

 

La autoridad es su objetivo. Ser obedecida. Ser admirada. Ser una muestra de consideración y afabilidad, cuando, en el fondo, solo es autoritaria y posesiva. Sus órdenes no se discuten, o puede que sí, pero no hay “tu tía”. Es lo que ella diga y basta. Porque o si no, la empresa puede sufrir alteraciones, se pueden colar gestos de sindicalismo y posiciones de reivindicación social, eso se ha dicho en oficinas y pasillos, con discreción.

 

La menina, ah, y perdón porque hemos pronunciado ese apelativo con suavidad y sin intentos de ofender, está casada con el poder. Todo lo que tenga que ver con la presidencia, los gobernantes, lo que dé caché, según ella, y gabelas, ganancias y posición social, es bienvenido y hay que estar de su lado. No lo dice. Lo practica, con lo que, en rigor, puede ser un mérito de su forma de ser, aunque, todo esto, es porque hay gentes adentro de la empresa que la tienen chequeada y saben de sus debilidades. O fortalezas, según se le analice.

 

Dicen, no hay constancias, que estuvo enamorada de un líder de la subversión. Nunca los vieron por las cercanías, pero se sospechaba que tenían encuentros en el extranjero. No en montes ni pueblos sin servicios públicos. En ciudades de alcurnia. También se ha rumorado que en otros días tuvo un affaire con un exdirigente socialista de la universidad, cuando había movimientos estudiantiles de racamandaca, como lo calificó uno de los trabajadores de la empresa, en la que ella ejerce como reina, que gusta de que sus empleados sean, sobre todo, muy serviciales, por usar un eufemismo.

 

No desea a nadie en sus predios que sea medio altanero, o que le dé por desobediencias civiles, o que asuma posiciones en contra de sus dilectos del poder. “Aquí trabaja el que quiere”, dice, en ocasiones, cuando se ha enterado de alguna escaramuza, que ella puede calificar como conspiración. Sin embargo, deja que uno que otro exprese sus desavenencias con el poder, o que vaya con sutilezas a pedir aumento general de sueldos. Es parte del clima. Hay que tener algunas poses, o maternales, o de apariencia de avanzada. Todo sirve. Después, habrá uno que otro despido.

 

Tiene un pequeño séquito, mixto, de damas y caballeros, que cuidan de su apariencia, de sus espaldas, que están atentos a movimientos que puedan desfavorecer el ambiente de tranquilidad laboral. Ella, con toda la curia que pone por dar la apariencia de sencillez y de dulzura matriarcal, queda siempre al descubierto, como si se abriera su traje y dejara ver lunares, verrugas, pecas y arrugas a granel. La doctora, nariguda, de hablado postizo, sabe que casi todos están a sus pies. Y no teme que algunos, a los que ella apenas les está haciendo seguimiento, piensen que es una dictadorzuela engreída.

 

Ella siempre hará lo posible por tener máscaras atractivas, por tener libros en su oficina, sin trazas de haberlos leído, y por vocear que la empresa está al servicio de la prosperidad y apaciguamiento del país.

Las Meninas, de Velázquez

La agonía de Sándor Márai y un caballito de palo

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era ya casi el crepúsculo, cuando en el piso del corredor de una cabaña de Santa Elena, vi un caballito de palo. Acababa de leer estas frases de los Diarios de Sándor Márai 1984-1989: “La lengua surgió como interjecciones, no como palabras, al igual que la música surgió en forma de ritmo, no como melodía” (pag. 68). El insecto, como una especie de monstruoso rocinante, se movió con lentitud sobre las baldosas y se dirigió hacia la base de una columna. Al fondo, el cielo comenzaba a pintarse de arreboles y se escuchaba un clamor de pájaros del atardecer.

 

El escuálido animalito color madera me llevó a una rápida digresión: el ser humano debe metamorfosearse como una posibilidad de dejar al planeta con cierta tranquilidad, y lo mejor sería que lo hiciera en uno de estos insectos, que todavía evocan parte de la floresta, de lo silvestre. Al principio del libro, el escritor húngaro, nacido en 1900 y suicidado en 1989, de una manera más bien poco estética, pero efectiva, de un disparo en la cabeza, había narrado un episodio sobre un insecto en la cocina de su casa.

 

Su mujer, Lola (diminutivo de Illona), comentó que durante la noche un bicho de caparazón negro y de dos centímetros y medio de largo, roía la comida que se dejaba en la cocina, como frutas y trozos de pan. Y la magia del escritor convertía un hecho intrascendente en una atracción aterradora, en una suerte de visión nerviosa: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente…”. Después, Márai se interroga cómo es que encuentra la comida, cómo perpetra el robo, quién demonios le informa sobre lo que debe hacer y cómo hacerlo. Un misterio. Una hecho que produce miedo.

 

El caballito de palo de pronto comenzó a crecer y crecer hasta convertirse en un apocalíptico monstruo. Así podría pintarse el fin del mundo, con todos los insectos con dimensiones imposibles aterrorizando los últimos instantes de la humanidad. El cielo estaba cada vez más rojizo y tenía la apariencia de una acuarela. Me olvidé del flacuchento caballito y continué con la lectura de un diario, el último que escribió el autor de Los rebeldes y El último encuentro, en el que expresa con tranquilidad, aunque con buena dosis de furia, la decadencia física, los obstáculos y miserias de la vejez, el irse consumiendo con inexorabilidad para llegar a la nada.

 

En esta especie de memoria final, que no de testamento, Sándor Márai da cuenta de su cultura, de lo ido, aunque sin nostalgias ni sensiblerías, y del camino hacia la muerte. Es una certificación del mundo del siglo XX, con sus crueldades y logros, que van desde los genocidios y represiones, hasta los descubrimientos científicos que permitieron, por ejemplo, que el hombre llegara a la Luna. El lector se encontrará con una agonía, o con varias, porque también está la de Lola, la mujer que estuvo casada con el escritor durante sesenta y dos años, y que en el largo exilio derivan en los Estados Unidos, donde ambos morirán.

 

Es una constancia sobre la vejez y acerca de la impotencia de un creador de no poder escribir más novelas. Los Diarios son la voz de un testigo de las miserias y las hazañas de una centuria de campos de concentración, bombas nucleares, despojos y hedores. La vida y la muerte (tal vez, con mayor fuerza esta última) se mueven en las páginas dolidas, brillantes y con tono de desventura, del autor de Confesiones de un burgués.

 

Márai (lo dice en el diario) escribía para su mujer. Puede ser un pretexto. Tal vez, sea una manera de darle a L. su dimensión real, enorme, de ser sensible e inteligente. Y al ver la rápida demolición que ella va sufriendo, el escritor advierte acerca de las soledades (las clasifica en su texto) y de las ausencias. Es un libro sobre la enfermedad (y quizá la peor es la vejez, la misma que en la novela Yo el Supremo, de Roa Bastos, se describe como la enferma-edad, la sola-edad) que se va comiendo por dentro, como un gusano, al hombre. Bueno, por dentro y por fuera. Son palabras para esperar, como él mismo lo dice, el final, que a veces tarda, que a veces cojea. Es el tránsito hacia la decadencia absoluta, con glaucoma, con pasos cansinos, con todos los achaques, pero todavía con una mente clara en un cuerpo descaecido.

 

Durante sus últimos cuarenta años, Márai escribió diarios, como sustitutos de la prensa, como un modo de conectarse con la realidad, con lo circundante, con las inestabilidades de un mundo de inequidades y violencias, y también con algunas expresiones que pueden ser orgullo del hombre (el arte, la ciencia), que es un depredador. Pero en estos últimos, los de 1984-1989, que pueden ser un tratado sobre las desventuras de la vejez, y acerca de las angustias finales de un escritor, hay un canto a la vida, a la que se extingue, a la que se vivió. Y, a su vez, una despedida. “La proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerzas que desánimo”, dice.

 

En estos apuntes bien meditados hay una radiografía de cómo es la muerte consumista, la que produce dineros a los negociantes de la salud, la que ha deshumanizado a la medicina, pero, más todavía, a los médicos y personal adyacente. Los médicos “son seres repugnantes, mercachifles que venden estómagos, ojos, corazones, pocos hay que muestren un atisbo de humanidad”, advierte, tras su paso por hospitales, sobre todo acompañando a su esposa, destruida por un cáncer y cada vez más próxima al final. “El robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso”.

 

Una bella reflexión acerca de la muerte, de la vejez, también y en menor medida de los días de embriagadora juventud, del amor y la cultura, es la que consigna en sus últimas palabras el cuestionador Márai, que sabe que “es mucho menos peligroso un malvado que un imbécil”. Hay un recorrido por sus últimas lecturas y relecturas (Cervantes, Voltaire, poetas húngaros, Shakespeare, el autorretrato de Cellini, Sófocles…) y, con cierta sutileza, por la preparación del suicidio: “no perder la ocasión de matarme antes de que llegue el tiempo de la impotencia”.

 

Hay, asimismo, aparte de la presencia de la agonía, un testimonio de cómo es ir quedándose solo en el mundo, un mundo ancho y siempre ajeno; qué se siente al ir perdiendo hermanos, amigos y la esposa, hasta ser el único sobreviviente de sus coetáneos y allegados. La frase que su mujer pronunciara, “¡Qué lento muero!”, es más para él.

 

Al final de los días, el escritor no solo está desahuciado, sino que ha ganado en escepticismo, en hondura de pensamiento, que le permite concluir, por ejemplo, que “todo lo que han dicho los curas y filósofos es una completa mentira” y que “todo es un asco”. Hay un cuestionamiento a la denominada civilización, a sus espejismos, a su arteriosclerosis. Y a la explotación comercial de la agonía.

 

Después de todo, me he hundido tanto en la lectura de los Diarios 1984-1989 de Sándor Márai, que cuando vuelvo a mis circunstancias, ya no hay arreboles y por ninguna parte veo al caballito de palo.

 

 

La Voz*

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

Tiene una voz delgada y suave, que a veces cuesta oírla. La Voz flota ahora sobre una mesa ovalada; sentados alrededor doce tipos escuchan. Los que están en la parte opuesta sienten el susurro, se concentran y saben entonces que La Voz les dice acerca de lo bien que salió la edición de hoy sobre el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington, dice estar orgullosa de la sala de redacción y de su capacidad para reaccionar ante los grandes sucesos, sobre todo se admira de tantas páginas llenas, análisis, antecedentes, y de la columna de opinión que, sobre la marcha, al tono de los acontecimientos, escribió el Editor de Estilo Periodístico del diario, no sé cómo hace para documentarse y redactar tan rápido y tan bien, además su crónica histórica sobre el terrorismo es una muestra de sapiencia, y bla, blabla. La Voz vuelve a tomar impulso, los que están cerca de ella la oyen con respeto, como si brotara de una figura sacra. Los de más allá siguen en su esfuerzo por escucharla. La Voz cuenta que ha sido ésta su prueba de fuego, apenas lleva dos meses en la Proto-Secretaría de Redacción ¡y le toca ya un evento de tal magnitud! ¡Increíble! La Voz tiene bigote oscuro y cabello aindiado, tez morena y ojos de monje tibetano. No mueve las manos, es una voz sin inflexiones, plana, y cualquiera podría pensar que es afeminada, aunque los gestos muy imperceptibles son masculinos, la cara es masculina, no hay duda, pero cuando La Voz camina se le nota cierto gracejo sexapiloso, de nalguita parada.

 

Hay gente perspicaz entre los redactores, ahora elogiados, que piensa que La Voz alguna vez quiso ser mujer pero se quedó a mitad de camino, y eso puede tener implicaciones psicológicas. La Voz, en cada reunión de editores, habla del periodismo “duro y puro”, que es, según ella, el que tienen que hacer en la mayoría de secciones, y del periodismo más liviano también, porque hay público para todo y los lectores piden uno y otro. Parece que la llegada suya a la Sala de Redacción es toda una revolución; ella sabe tratar a los otros, no grita, no regaña y si lo hace es con una voz tenue; da instrucciones acerca de cubrimientos, hay que escuchar todas las partes protagonistas de una noticia, escribir historias, que eso les enseñaba ella a sus estudiantes en la universidad, donde estuvo hasta hace poco, porque quiso volver a las redacciones, a sentir el palpitar de los acontecimientos, a vibrar con el día a día, con los afanes de infarto del cierre de edición. Dice asuntos obvios, según piensan algunos, pero, al menos, no es prepotente. Cuando habla de sí misma asegura que era un gran redactor, que sabe bastante de economía política, que ha leído decenas de libros de periodismo y de nuevo periodismo, tra la rarará, canturrea La Voz. Los demás la oyen.

 

Hoy hay que hacer un seguimiento mejor que el cubrimiento. No podemos bajar la guardia, así que los de Cultura se sumarán ahora a los de Internacional y a los que trabajaron en la consecución de reacciones, es que hasta los de Deportes tendrán que participar, porque un atentado contra el corazón de los Estados Unidos no se da todos los días. Esta es una redacción muy capaz. Insiste en el orgullo que siente, en haber tenido el tacto fino de aceptar el empleo, en estar al lado de un equipo tan tenaz e incansable. La Voz hace un repaso de la edición: número de muertos, las crónicas de ambiente enviadas por las agencias internacionales, los testimonios del gobierno estadounidense, la solidaridad de otros gobiernos, el perfil de Osama Bin Laden, los sobrevivientes, estuvimos a la altura de los grandes periódicos del mundo. La Voz es casi irrefutable. El Editor de Estilo, después de un silencio de La Voz, dice que a él le pareció una belleza, por lo conmovedora, la crónica que sacó la competencia acerca del perro labrador que salvó a su dueño, que para primera página había fotos más impresionantes por lo reveladoras y nosotros sacamos una más bien obvia, pero en general estuvimos bien. La Voz lo mira con sus ojos budistas, luego cambia de paisaje y observa los brillos de la mesa. Por los ventanales entra una luz intensa, de sol tropical. El estilista remata: “Era mejor el título inicial de Apocalipsis USA, que el que se publicó en la segunda edición de Terror en las Torres, aunque hollywoodescos ambos, me quedo con el de la primera”.

 

2.

Las muchachas de la sección de Estilos de Vida están “matadas” con La Voz. Ella sabe de modas, de tendencias, opina que hay que estar más cerca de los cocteles de sociedad y de las señoras de bien, con sus tés canastas y sus obras de beneficencia. En cada reunión destaca lo lindas que salieron las fotos del gerente de tal financiera y las reinas y las modelos de la casa de tales, la gente bella por fin se está notando en las páginas sociales. El director del diario me ha dicho que les transmita sus congratulaciones. La Voz no para de hablar cuando de light culture se trata, porque esos temas son vendedores. Hoy hay que cubrir la feria de modas con una separata, dice un día. Hoy hay que hacer énfasis en los trajes de novia, dice otro. Y así va tejiendo un universo artificial de farándula y cosmética. La editora de la sección la oye y a veces entorna los ojos, parece decir que este es el jefe necesario, el salvador, el que estaba por llegar y llegó. En cada reunión se sienta al lado de La Voz, y cree estar santificada, ungida por esa revelación celestial.

 

Hoy, bueno, es decir, mañana, hay que sacar un tremendo despliegue sobre la visita de la Primera Dama a la ciudad, viene a dar unos kits escolares a muchachos de los barrios pobres. La Voz dice que hay que entrevistarla, consultar dos o tres pelados, las fotos deben revelar la emoción de los niños al recibir los útiles, buenos planos de doña señora. El editor de Orden Público dice que precisamente los niños de esos barrios están afectados, junto con sus padres, por las andanzas de paramilitares y que sería interesante mostrar para la edición de mañana una relación de cómo vive la gente, las preocupaciones diarias, su miedo… Ah, sí, pero podemos hacerlo otro día, con más profundidad, por ahora no, quedaríamos como enfrentando la visita de la Primera Señora. Está buena la propuesta, hay que irla trabajando. La Voz es fina. Y curtida en diplomacias de segunda.

 

La editora de Sociedades suspira, cada vez se convence más del tino periodístico de La Voz. A su lado, ella recibe su luz. La Voz poco sabe de deportes, es más: su figura denota jamás haber pateado un balón ni corrido en competencias de colegio, pero sí sabe que es una “sección muy vendedora”, en todas partes del mundo la mayoría de lectores de diarios van a las páginas deportivas. El fútbol es clave, pero hay que dar cuenta de otras disciplinas, ¿verdad, querido? El editor del área responde de inmediato, claro, sabemos de la importancia capital de nuestra sección. Eso, creo, se refleja en las páginas. Todo marcha como una máquina de relojería suiza. Todos atienden las sugerencias de La Voz. No hay por qué chistar, si La Voz es razonable y lleva mucho tiempo en el oficio. El editor de Orden Público, sin embargo, dice que no le ha gustado mucho  el cubrimiento de los partidos de fútbol, es una escritura sin emoción, plana, no motiva a la lectura. El Editor de Estilo advierte que está de acuerdo, que hay que insuflarles más dinamismo a esas páginas, el deporte es sudor, alegría, frustraciones, adrenalina, pero es poco lo que se ve de tales asuntos en la sección deportiva. La Voz, un tanto desconcertada por las disidencias, titubea, pero, sí, es verdad, yo no sé mucho de fútbol y esas cosas, aunque sí sé cuándo está bien o mal hecha una nota. Habrá que revisar, dice, entornando los ojos.

 

3.

El Presidente de la República llega a la ciudad. Hay que disponer cuatro redactores para el cubrimiento, cree, según su criterio, el que está encargado hoy de la Secretaría. La Voz goza de merecido descanso. Ya los reporteros tienen sus credenciales. Ya están en el sitio del evento magno. El presidente habla de su amor por los pobres y de su amor por los ricos. Viste un poncho folclórico y un sombrero de ganadero. Hay que lucir como autóctono. Eso da buena imagen. Se entera de dos o tres problemas locales, una carretera inconclusa, otra que ya no resiste tanto vehículo… Las crónicas van llegando, las fotos también. No merece más de dos páginas el suceso presidencial. Es suficiente para enterar a los lectores, piensa el encargado. En primera página titulará a cuatro columnas. También suficiente. El director del periódico llama desde su finca de recreo. El encargado cuenta cómo ha transcurrido la edición y revela los planes de cobertura, paginaje, cuántas notas; no, ni riesgos, eso es muy poco, cómo va a ser posible que una visita presidencial merezca apenas dos páginas, me monta otras tres, carajo. Un presidente como este merece toda nuestra consideración, nuestro periódico defiende las instituciones democráticas, debemos darle amplio despliegue a la obra del estadista…, como usted diga, señor director. Revuelo en la sala de redacción. Es que La Voz hace mucha falta, piensa la editora de Sociedades. Y más tarda en pensarlo, que en aparecer la figura delicada de La Voz, que toma las riendas, organiza, va y viene, envía más reporteros a las calles a realizar un sondeo sobre las palabras del presidente que todavía están en directo por la televisión, desmonta un reportaje sobre un barrio de pobres asustados y entonces ya son seis páginas para la noticia del día. La Voz es generosa.

 

La edición es impecable. Seis páginas. Y en primera, titular a seis columnas, con una enorme foto del presidente dándole la mano a un líder comunal. La Voz observa con placer su obra, sonríe por el sagrado deber de informar bien a sus lectores, recibe congratulaciones de la editora de Sociedades, que le pasa la mano por encima del hombro. El encargado de ese día también la felicita. Qué haríamos, sin usted, le dice con un tono de disimulada resignación. La Voz lo mira con gesto despectivo.

 

4.

La Voz es toda dulzura. Ahora está reunida con la junta directiva del diario, quieren reorganizar la redacción. La Voz es muy respetada, porque siempre es cariñosa con el director y los otros miembros del staff de mando, saluda con venias a sus superiores, y lo que más gusta de ella es que habla muy piano, sin aspavientos. No se desdobla ni descompone cuando la critican o le dicen que por qué una edición salió así o asá. Dice que mejorará en la próxima y que no habrá más fallas. La Voz aparenta menos edad que la que tiene, por eso, a veces, las mujeres de la redacción  y de otras dependencias la buscan para averiguarle el secreto de su juventud. Ella les sonríe y dice que todo está en no protestar, en aceptar el mundo tal como es. Algunas la miran con incredulidad y se dicen para sí mismas ¡huy, me quiere tomar el pelo!

 

La reunión transcurre sin aparentes contratiempos hasta cuando toma la palabra el Editor General y advierte que no está contento con las últimas ediciones, y menos con las de domingo, son muy planas, no sorprenden a nadie, no hay artículos para los jóvenes, hay que meter más farándula, esto es una fábrica de noticias y de diversión, así que no todo puede ser muy serio, ni muy avejentado. No. La Voz asiente y observa al Editor General con mirada auscultadora, como de monje shaolín. Se soba el mentón y de reojo examina al director, de impecable corbata y vestido oscuro. El director se da cuenta del gesto y le replica con otra mirada suspicaz. El Editor General insiste en que se están perdiendo lectores, porque hay secciones muy seriotas, con historias muy largas, ahora hay que estar en la onda de lo corto, de lo rápido, para qué diablos la profundidad. Nadie tiene tiempo de leer. La Voz se soba el mentón. El director sonríe. Ahora el editor mira a La Voz y se le adivina un aire de superioridad. No me gusta -le dice- cómo está saliendo el diario y usted es la responsable de los contenidos. La Voz asiente, hace una venia, parece que va a decir algo, pero apenas articula sonidos ininteligibles. Se le va la voz. Traga saliva. Y nada. El otro sabe que la ha dominado y que no hay posibilidades de refutaciones. El director se para y le da la mano al Editor General. Qué bueno eres, por eso te contratamos.

 

La Voz camina hacia la sala de redacción. Algunos notan que el trasero no está tan parado, hay torpeza en el andar. Parece estar enferma, qué indisposición tendrá, cuchichean las reporteras de Sociedad. La Voz entra a la oficina, se sienta y después apoya su cabeza contra el escritorio. Cualquiera pensaría que está llorando, aunque no se escuchan sollozos ni hay convulsiones ni moqueos. Sin embargo, el rumor se esparce, La Voz –dice- llora, ¿se le moriría la mamá?, ¿qué desgracia le comunicarían? Algunos reporteros pasan por el frente y miran con disimulo. Después, La Voz está frente a su computador, teclea, se para y torna al aparato. La redacción está aturdida, porque cuando La Voz escribe se queda ahí, sin movimientos bruscos, casi sembrada en la silla, con la mirada fija en la pantalla. Ahora es otra. Los cuchicheos aumentan. Parece que nadie puede concentrarse porque La Voz está extraña, como si tuviera afonía. La editora de Sociedades se atreve, va hasta la oficina, habla unos segundos con ella y luego sale: “¡Hay reunión de editores ya!”.

 

La Voz comienza su charla anunciando que de ahora en adelante hay que estar más sintonizados con la ciudad, pero no con los problemas de la gente, sino con lo que pasa en discotecas, con la moda, con los centros comerciales. El Editor de Estilo pregunta a qué vienen esos cambios, si el periodismo debe cubrirlo todo. La Voz lo mira como la miraba a ella el Editor General. No le responde. Vamos a vender más si nos dedicamos a lo que digo, advierte. Hay gestos de sorpresa en los editores, pero nadie se atreve a cuestionar. La de Sociedades sonríe y dice que está de acuerdo. Me parece –agrega- que en la sección cultural debemos estar más a tono con la juventud, menos bellas artes, menos noticias de literatura y más farándula. Hay que poner a la gente a vibrar con las últimas producciones. Nadie más opina, excepto el Editor de Estilo: Me parece que vamos en contravía del buen periodismo. ¿Qué es el buen periodismo?, pregunta La Voz. El otro dice que darle a la gente elementos para que piense y deje de ser un rebaño. La Voz ríe, en medio del silencio general. Luego, otros la imitan en la risa. La Voz se para y camina otra vez con su nalga bien erecta. Los demás también se paran. El rebaño –dice el Editor de Estilo- somos nosotros. Nadie le hace caso.

 

 

5.

El periódico es ahora otro: más fotos, textos cortos, uniformidad en las páginas: en Economía se muestra a los ricos; en Deportes, resultados y notas breves sobre partidos de fútbol. En Cultura, noticias acerca de los vestidos de los famosos. En Política, las actividades de los que están de acuerdo con el gobierno. Toda una maravilla. A la sala de redacción llegan casi todos los días ramos de flores de los entrevistados. La Voz recibe llamadas halagüeñas de señoras de costurero y té canasta, y la invitan –eso dice la editora de Estilos de Vida- a tomar la media tarde en clubes de sociedad. El diario está renovado. No hay ahora quién pueda proferirle discordancias a La Voz. Todos saben que hay que hacer lo que el Editor General, a través de La Voz, dice que se haga. La Voz, en todo caso, anda con más suavidad y con la cabeza en alto como si desfilara por una pasarela de feria textil. Ha aumentado su ropero y estrena corbatas con frecuencia. Ya están lejanos los días cuando hablaba de “periodismo duro y puro”. ¡Ah!, por lo demás, no se le ha vuelto a ver en actitud de lloriqueo o de depresión. Se cree, o al menos es lo que murmuran en la sala de redacción, que le doblaron el sueldo. Está orgullosa de sí misma. Y los otros (nosotros), de ella.

 

*La Voz hace parte del libro Oficios y Oficiantes, publicado por la Editorial UPB, 2013.

Fotograma del filme Todos los hombres del presidente. Woodward y Bernstein en reunión con el editor del Washington Post.

La excárcel, un nadaísta y Goovaerts

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando estaba cerca de lo que fue la cárcel de La Ladera, pensé que tal vez no hubiera sido necesario tumbar todo el panóptico, diseñado por el belga Agustín Goovaerts, sino adaptarlo para biblioteca, colegio, museo del crimen, archivo histórico, teatro u otro espacio cultural, y permitir a las generaciones que no lo conocieron un acercamiento a la arquitectura carcelaria de otros días.

 

Me detuve a observar, a cierta distancia, y el parque-biblioteca que allí se erigió, en el que predomina lo gris, con algunas canchas deportivas y un recuerdo lejano de lo que fue la antigua prisión (unos arcos, un fragmento de muros), me pareció triste, solo decorado a la distancia por el tutelar cerro Pan de Azúcar, que desde lo alto lanza sus brisas, disueltas en numerosas barriadas que rodean al viejo Enciso.

 

Estaba en el ejercicio de la miradera, cuando en una esquina apareció una mujer, de unos treinta y cinco años, que se agachaba en el asfalto. Cuando estaba cerca de ella, se sonrió y me dijo: “Marihuana al cien. Me la acabo de encontrar ahí, donde duermo (señaló a los bajos de unas escaleras)”. Mostró un paquetito (un moño) y siguió sonriendo. Se veía limpia, aunque el cabello lucía un poco enredado. “Yo no fumo marihuana, ni siquiera cigarrillo”, agregó. “Mejor que no fumés nada de eso”, le dije. “Esta es para regalar”, señaló mientras yo seguía caminando, rumbo a la carrera 58, que en su nombre original se denominó Enciso y fue, en la práctica, la que le cedió el nombre al sector que antes se llamó barrio Praga, como una prolongación del de la iglesia románica bautizada como Niño Jesús de Praga.

 

La Ladera quedó atrás, lo mismo que la habitante de calle que yo suponía continuaba sonriendo por el hallazgo. Me había propuesto al salir de casa, que esta caminata se dedicara al olfato, y percibí aromas de pinos, a aguapanela hirviente, a arepas recién asadas y a hollín y humo de carros. Seguí pensando en cómo sería antes esa enorme construcción que albergó presos y guardianes, en la que alguna vez estuvo encarcelado el nadaísta Gonzalo Arango, y también un tío mío, que lo capturaron por una modalidad antes en boga: “por sospecha”, aunque, me imagino, pudo haber sido por porte de alguna papeleta de marihuana para consumo personal.

 

De la cárcel, además de haberme leído el libro del profetica Arango, Memorias de un presidiario nadaísta, había visto hace unos años la fotografía de siete presos que se bañaban desnudos, entre ellos, un tal Toñilas, célebre bandido de Medellín. La estampa la había captado en los sesentas la fotógrafa antioqueña, de ascendencia italiana, Giovanna Pezzotti. También recordaba que mamá nos había contado sobre la visita que ella y su hermana Betsabé, fueron a hacerle a Benjamín, que era el tío ya referenciado, por lo demás, fotógrafo y gran lector, sobre todo de filósofos alemanes (Schopenhauer y Nietzsche) y de escritores como Stefan Zweig y Hermann Hesse.

 

No sé por qué cada que paso por el parque-biblioteca La Ladera, donde está la biblioteca León de Greiff, me digo que hubiera sido una atracción conservar la edificación de la vieja cárcel. Y me llegan imágenes nunca antes vistas por mí de Agustín Goovaerts contratado por la Gobernación de Antioquia como Ingeniero Arquitecto del Departamento. De este extranjero, siempre tan mentado, en particular por su construcción de la antigua gobernación (Palacio de Calibío), hoy Palacio de la Cultura, en la plazuela Nutibara, había visto hace tiempos otra cárcel: la de Sonsón, que todavía se conserva.

 

El belga es el mismo que diseñó y construyó el edificio Gonzalo Mejía, donde funcionaron el Teatro Junín y el Hotel Europa, demolido en los sesentas para dar paso a un “rascacielos” con forma de lanzadera: el edificio Coltejer. Había diseñado el Palacio Nacional, hoy convertido en un centro comercial de tenis y otras mercancías; además de casas, hoteles, fachadas de iglesia, pedestales, monumentos, capillas y no sé qué otras construcciones. La Ladera tuvo una presencia múltiple: en los imaginarios de la ciudad; en las historias y consejas sobre presos, prostitutas y ladrones; en la crónica judicial. Pero su construcción, una combinatoria de Art Noveau con arquitectura regional, en la que se dio preponderancia al paisaje, al entorno, alcanzó niveles de renombre popular.

 

Arriba de la cárcel, en las colinas de Enciso, la burguesía antioqueña, en particular los dueños de la textilera Coltejer, esnobistas como ninguno, montaron un enorme aviso, con letras separadas, a lo Hollywood, luminoso, que se veía desde cualquier punto de la ciudad, como también, en otro morro tutelar, en El Volador, al occidente de Medellín, los de la fábrica Everfit pusieron el símbolo de su empresa: un gamo saltarín que alumbraba de noche. Las letras del “primer nombre en textiles”, con el tiempo, desaparecieron en medio de las casitas de desplazados y urbanizaciones populares que llenaron los altos.

 

Los olores de la zona, en que, como cosa rara no se percibía aún el de la marihuana, me hicieron memorar, y no sé la causa exacta, ni la relación de una cosa con otra, a los tiempos activos de la cárcel, que tuvieron que haber sido tumultuosos y de miedo. Hace años leí la memoria de Gonzalo Arango sobre su estada de espanto en La Ladera, y tornaron imágenes de patios, calabozos, celdas, de Miss Colombia, un marica que hacía shows en la prisión y de otras presencias.

 

El poeta se quejaba de los hedores del presidio, y convocaba los aromas de plantas y flores; de alelíes y azahares; de perfumes errantes, que no mataban las fetideces emitidas por el hampa urbana que allí moraba. La cárcel era propicia para componer himnos a la inmundicia y a la bajeza. “Debo repasar el libro del profeta”, me dije, mientras mis pasos se alejaban de las ruinas de La Ladera y de la sincera sonrisa de una mujer de la calle.

 

Varias cuadras después, me había olvidado de la dama, de las huellas de la cárcel y del fundador del Nadaísmo. Caminaba por el barrio Boston, observando fachadas descaecidas y sintiendo el olor a humedad de la quebrada Santa Elena. El cielo era gris. Más arriba, seguía estando, con modificaciones estructurales, el histórico puente de La Toma, obra de Agustín Goovaerts.

 

Antiguo Palacio Nacional de Medellín, obra de Agustín Goovaerts (tomada de internet)

Flores del alma o un vals del adiós

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era como una despedida. Cuando lo escuchaba —más que todo, la música emergía de pianolas bien iluminadas— en cafés de barrio, se me formaba un nudo en la garganta y no sabía por qué. En la letra del vals había (hay todavía, claro) una mezcla de memoria y olvido, de júbilo y desgracia, que dolían, pero, a su vez, alegraban porque no era una tragedia. Era (es) una revelación, con ingredientes de promesa y de consuelo.

 

La común, la que molían con frecuencia, era la versión de Dante y Martel, con la limitada y popular orquesta de Alfredo de Angelis, y no sé si había otra interpretación de bar. Es posible, pero no la recuerdo. Comenzaba con unos versos que, para esos días, me parecían plenos de gloria: “Recuerdos de una noche venturosa que vuelven en mi alma a florecer”. Producían imágenes, tal vez las de muchachas que esperaban en balcones, o tal vez en ventanales, a que su amor —el amor— apareciera en una esquina.

 

Recuerdos que se fueron con el tiempo, presiento que reviven otra vez”, y había en la continuación, una como lucha entre el hoy y el ayer, lo ido y lo que vuelve, lo que está y lo que ya no es. Uno, claro, lo escuchaba de corrido, sin pararles muchas bolas a cada verso, sino a la generalidad, o a veces, todo quedaba sumergido en una confusión, en un borroso episodio, en el que había amores y desilusiones.

 

En la segunda estrofa llamaban la atención, quedaban resonando, la noche, la soledad y la luna, y después arribaba el olvido y aquello —como una constancia existencial— de “tú sabes que te quiero y te querré”, a manera de certeza, como si el paso del tiempo no alterara nada y todo pudiera cumplirse como se dice y se aspira en el presente, o se imagina o se presiente.  “A nadie quise tanto como a ti”, que suena bien, es, si se observa con detenimiento, un lugar común de los enamorados o de los que en ese trance estuvieron. Y después, (¿si habrá después?) se llega a saber que todo ha sido una ilusión.

 

El vals, escrito por Alfredo Lucero Palacios y Lito Bayardo, con música de Juan Larenza, termina con una partida y la “amargura del adiós” para llegar a la conclusión, entre categórica y dudosa, de “acaso con los años me hayas olvidado, ¡pero nunca yo!”. Pasaron muchos años, no sé cuántos, sin escuchar el valsecito dulce y tristón hasta cuando vi la película Tango, de Carlos Saura, en la que lo interpretan Viviana Vigil y Héctor Pilatti y entonces tuve unos chispazos de recuerdos de adolescencia, cuando en bares de obreros y vagos, sonaba de vez en cuando en los traganíqueles.

 

No es que haya sido, lo confieso, una valsecito entrañable para mí, como sí lo son, por ejemplo, Bajo un cielo de estrellas, Pedacito de cielo o Romance de barrio. Se mantenía guardado quién sabe en qué territorio ignoto hasta cuando escuché una versión electrizante, muy vieja y bella, de la orquesta de Pedro Laurenz, con la voz de Martín Podestá, al que solo le permiten cantar las dos primeras estrofas, porque el resto lo hace la orquesta de un modo de maravilla, con fraseos delicados y contundentes, con sentimentalidad en los instrumentos, y entonces me recorrieron recuerdos y ensoñaciones.

 

Una canción como esta, quizá elemental, y por eso mismo sentida, hospeda tiempos y geografías idas, fragmentos de memoria, la brevedad del ser. Ilusiones perdidas. Está hecha para los adioses, para las despedidas de gentes y cosas que jamás volveremos a ver, algunas de las cuales pueden ser parte del olvido, que pocas flores tiene.

 

Fotograma del filme Tango, de Carlos Saura

Malevo viejo

Por Reinaldo Spitaletta

 

Le digo de una vez que era el piano de Rodolfo Biagi el que nos adormecía, y nos quitaba la gana de estar volteando, ¿me entiende?, de salir con el cuchillo empretinado y armar una bronca, mejor dicho, camorrear, buscar pleito, que era lo que nos hacía vivir, aunque escucháramos aquello de réquiem compadrón, cuando el hermano, hermanolo bandoneón lloraba en las pianolas de la cantina de esquina, que ahí era donde recalábamos para encontrar un poco de paz interior, dice uno después de tantos tropeles, cuál paz si allí se iba era a oír las melodías de Jorge Ortiz, de un tal bacán Larroca, el de la sangre maleva, el de La Boca, Avellaneda, que era el que más sonaba, arrabal puro, sangría, cuchillada, puñal debajo de la mesa cuando llegaban los tombos, y el Bizco, sí, el dueño del bar, nos hacía guiños y uno creía que era que estaba bizquiando, más que nunca, más que todos los días, Bizco hijueputa, así le decíamos, porque sí o porque no, porque esa era nuestra manera de expresar cariños o, como se sabe, odios y rencores, no sé, ahora que estoy retirado, después de recibir tantos puños y puñaladas, bueno, cuatro no más, y no mortales, puesto que aquí me tenés, con cicatrices, como las del tango, pero vivito y coleando, hermano, hermanolo, recordar es vivir, decían, pero a mí la recordadera me trae a la mente el pianito de Manos Brujas, qué man para hacer sonar bonito ese instrumento, que a veces nos poníamos a ver quién era el más gago de nosotros, o de otra manera el menos enredado para hablar, y cantábamos en puro desafío el vals Adoración, que íbamos aumentando en velocidad…a ver quién no se equivocaba si supieras el dolor que llevo dentro de mi alma que no puedo hallar un momento de calma que alivie mi pecho de este gran dolor, y ahí íbamos en acelere, antes de que nos brotara el torrente de risa, risotada, hermano, mano, que con Mano a mano también gozábamos, pero con lagrimones pa’dentro, y decía que el embalaje llegaba cuando tú eres alma de mi alma buena que calma la pena que con gran empeño quiero que este sueño sea el sueño eterno de este gran amor, y agárrense del pelo, pelados, que la raya final está cerca, tú eres fuente inagotable que alimenta mi cariño con la misma ingenuidad de un niño yo confío en ti como si fuera en Dios, y ahí nos doblábamos de tanta risa junta, que al fondo estaba el mostrador, con el Bizco detrás, tal vez acariciando el machete, sintiendo su filo, que el tipo era valiente cuando le tocaba, que por acá siempre había movención, sobre todo cuando llegaban el malevaje de La Cumbre, o del Mesa, que eran más bien desafiadores, que ni los de Prado se consideraban tan braveros, pero para nosotros el miedo nunca existió, que si el Bizco una vez lo vimos voleando machete pa’llá y pa’cá, que dominaba paradas, la treintaiuna y no sé qué más, que el tipo venía del monte, montañero, montuno, de esos que poco aparentan pero cuando les sacan la piedra, hay que buscar escondederos, sí, que lo vi lo vi, lo vimos en trances contra tres y cuatro que eran buenos pa’ la puñaleta, pero qué va, con ese man no había nada que hacer, sí que era peligroso, que pudo haber volado cabezas cuando le diera la gana, pero apenas se quedaba en los planazos y en uno que otro puntacito para que el otro sangrara y dejara la güevonada, así decía, que a mí me caía bien el sujeto porque aunque no nos fiaba ni puta mierda, se portaba bien al avisarnos cuando estaba por llegar la tomba, la tómbola, la chota, la batida, que eso era muy común, requisas en los bares, y uno ahí mismo dejaba debajo de la mesa la puñaleta, o ya el Bizco se la guardaba cuando había tiempo de la maniobra, y si bien, como le decía, por estos mapas se paseaban malevitos de otros lados, como si fueran muy guapos, muy cojonudos, y qué va, por acá los dejábamos fritos, con puños era apenas suficiente, pelados, que a nosotros no nos iban a venir a atacar a la casa, malparidos, qué se creían pues, que un tal Márquez, que era un malevo de Playa Rica, pero con más amistades en el Mesa, llegó a increparnos, una noche en que precisamente estaba sonando Biagi con un tangazo, soñemos que me quieres y te quiero, y yo estaba tragado de una mona que vivía cerca del River Plate, y yo le echaba monedas a este tango como para darle serenata a la muchacha, a la percanta que poco caso me hacía y ahí apareció el man que le digo, que les digo, que ya me llené de oyentes, y tumbó el disco, hijueputa, no sé qué se estaba creyendo el mancito, que se daba aires de valentón, mirando pa’ todo lado, sacando pecho, farfullando murmurando resoplando y de una me paré me dirigí al piano donde él estaba todavía mirando los títulos de las canciones lo hice voltear para que me mirara de frente y le puse un manazo que se fue al piso, lo dejé que se levantara, le dije que si estaba armado o que yo le prestaba cuchillo, hijueputa, para que nos matáramos ya, y el hombre se arrodilló, me pidió perdón, se le sentía el miedo y salió cabizbajo y chorreando sangre que la camisa ya la tenía muy manchada, y a mí me fue dando como pesar del malparido, al que después apuñalaron en la Callecita y lo hicieron partir de aquí a la eternidad, que seguro encontró a otro con menos etiqueta, ja, ja, ja, que como le iba diciendo el Bizco también colgaba unos chorizos ahí, casi encima del mostrador, un arrume que se iba en las noches, cuando nosotros, escuchando a Berón con aquello de trasnochando como todo calavera, nos apretujaba la hambruna y la mesa, además de vasos y copas, se llenaba de chorizos fritos, mantecosos, que el man los traía de San  Jerónimo, según contó, de donde además era él, montañero que estaba pegando en el barrio, donde también había muchos que no se habían quitado el capote de encima, ¿que qué es el capote?, pues la tierra de capote, de esa negra que parece mojada a toda hora y que sirve para sembrar matas, ja, ja, ja, que le cuento pues que a mí me gustaba beber y comer chorizo y fumar Lucky Strike cinco letras, un cigarrillo delicioso, que ya no venden y bueno yo ya ni fumo nada, que los pulmones están acabados según dijo el médico, y a uno ya los años no lo dejan sino recordar güevonadas de puñalera, de aquellos discos de Echagüe y El rey del compás, qué melodías sonaban donde el Bizco, pero también, que uno se iba de correría, en el Viejo Café y el Torrente, en el Barquito y Tres amigos, y en La Isla, donde me tocó ver peleas a cuchillo y me lamía por entrar a repartir puñaleta, pero uno dejaba que los otros que además no eran amigos de uno se mataran entre ellos, o por lo menos, que se cortaran, como la vez en que a mí, ya por los lados de Niquía, se me vinieron en manada y después de herir dos o tres, uno me mandó un cuchillazo por detrás, que no me morí de milagro, porque, como se decía, uno se muere de turno, y ya ve, aquí sigo, vivito, aunque muy disminuido, que me ve estas gafas oscuras porque perdí el ojo izquierdo en una pelea, una zambra bonita que tuvimos en la esquina de los Relleneros, ahí junto la casa de doña Ana, hace tanto tiempo ya, que ni me acuerdo cómo fue que no puse cuidado y con la navaja el maricón de Atehortúa me jodió, que me parece que no es tan bueno haber sobrevivido a tantas riñas, ¿se acuerda que los periódicos así se referían a todas esas peleas, a las que también llamaban reyertas? y a veces, donde el Bizco leíamos Sucesos Sensacionales porque había mucha sangre y contaban historias de putas y malevos, que uno buscaba salir ahí algún día, pero qué va, nunca mojé prensa, pelado, y lo único que me sigue gustando de aquellos días es el pianito de Biagi, que me hace volver a tiempos viejos, en los que uno era joven y bello y enamoraba muchachas a las que solo dejaban salir a la ventana, y a otras les prohibían de una la amistad con uno, que como así que va a conversar con un vago, patán, peligroso y marihuanero que así era como nos llamaban los papás y mamás de las muchachas bonitas. Bueno, pues, déjeme respirar que ya no voy a contar más nada de mi vida, obra y milagros, que usted lo que busca es banderiarme para decir que los malevos de antes eran muchachos buenos en comparación con los de ahora, que me parece que ni siquiera saben quién fue el gran Rodolfo Biagi ni lagrimearon con aquella melodía de yo sé que es imposible quererte y adorarte, que es un pecado amarte y darte el corazón… y le cuento, pa’ terminar, que esto me está mamando, no creí nunca que se me iba a hacer realidad lo que decía otro tango que no estaba donde el Bizco sino en el Viejo Café: “malevos que ya no son”, y vea pues, ya no soy, qué vaina, ya no soy, aunque uno nunca deja de ser lo que fue. Nunca. Nunca, papá.

 

Ilustración de Alberto Breccia para La Historia de Rosendo Juárez (internet)

El lambón*

Por Reinaldo Spitaletta

 

En su repertorio de sonrisas alberga la de paje nuevo para esbozarla invariablemente ante su patrón, al cual, además, le soba las solapas al tiempo que lo asedian unas irremediables ganas de embetunarle sus zapatos, ordenarle el escritorio, limpiarle los espejuelos y decirle que hoy tiene un traje precioso, que dónde lo compró, porque él quisiera tener algún día uno así, aaah (suspiro).

 

Se aprende (las extrae de libracos de citas célebres) palabras de adulación y lisonja para recitárselas, en reuniones especiales, al gerente de la empresa, porque, cree él, de tan honrosa manera puede conseguir un aumento de sueldo, por encima del de todos esos empleaduchos huraños, que solo cumplen con su deber sin apelar a zalemas, por bobos. O por tímidos. Piensa él.

 

Vive pendiente de todos los movimientos de su “trompa” (así, al vesre) para caerle en el momento propicio, abordarlo con saludos de voz engolada y, de paso, ponerle alguna queja referente a un compañero de trabajo, del cual, dice con dramatismo, es un peligro para la compañía porque se dedica a leer en horas de almuerzo o porque piensa más de la cuenta, según las  actitudes que él le ha visto, y así, con un parloteo de loro amaestrado, se va arrimando, derritiéndose en elogios a su jefe, moviendo las manos como niño recitador de escuela.

 

Cuando se avecinan las fiestas de fin de año, envía al “trompa” y su secretaria sendos presentes, porque supone él que tal acto, en sí mismo hermoso cuando está despojado de connotaciones utilitaristas, le reportará ganancias, como ser, por ejemplo, recibir alguna bonificación extra, tener  acceso a informaciones confidenciales, ganar cierta influencia y simpatía, en fin.

 

Estos especímenes, que sin falta ni falla conocen las fechas de cumpleaños de sus superiores, a quienes les cantan, desafinados, el “happy birthday” (con deplorable pronunciación), abundan cual mal herbaje. Son expertos en decoración (“ay, patrón, cómo tiene de bonita su oficina”), en culinaria (“ay, yo sé hacer unas tortas, que usted, patroncito, se chuparía los dedos”), en finanzas (“me parece que le están pagando más de la cuenta a don Pacho”). Saben de todo (aunque, en rigor, de nada) a fin de parecer eficientes.

 

Si al jefe le gusta determinado candidato a una corporación pública, a ellos, claro ni más faltaba, toda la vida les encantó ese, porque, por supuesto, salvará las instituciones y hará, cómo dudarlo, que nuestra empresa, así como suena, “nuestra empresa”, se desarrolle más y más, ah, mmm, muah. Si al jefe le entusiasma tal cantante, más se demora en decirlo que aquellos en tararear una canción del artista, van a las revistas de farándula a averiguar datitos sobre el figurón para poderlos declamar después, en ocasión especial, y entonces, ante el prodigio, su jefe opinará huy qué buen gusto tienen, ¡caramba!,  con gente así la empresa llegará lejos.

 

El curioso ejemplar se distingue, a distancia, por su caminar de camello, su vocación a prosternarse ante todos los altares, su pose de gentecita trascendental. Se cree, ¡cómo no!, dueño de la compañía y con derecho a estar siempre -cada vez que ocurra- muy cerca de ese hombre que él llama el benefactor, el que le otorga la “yuquita diaria”, su ángel de la guarda. Su salvador. Tiene ínfulas de mandón, y con su exceso de zalamería intenta ocultar su manifiesta ineptitud.

 

Por alguna razón no identificada por psicólogos, el lambón tiende a taconear con fuerza a fin de ser notado. Cree, por lo demás, que si se viste parecido al gerente ganará puntos, y está convencido de ser el más eficiente trabajador. Es diplomado en intrigas, chismes, correveidiles, rumores y toda suerte de especies exóticas. Si se entera de alguna comidilla indigesta, por ejemplo del descontento de algún empleado por el bajo salario, lo comunica a su “trompa” con exceso de detalles y agregándole otros ingredientes, bsssbsss (baja la voz, enfatiza, hace morisquetas). Cree ser un tipo imprescindible, leal, hidalgo, caballeroso, ¡ejem! En realidad, es todo lo contrario. Y algo más.

 

El lambón (obsérvelo y verá) tiene cara de sapo, mirada de siervo (otros dicen que de perro faldero), orejas de burro, rodillas de penitente, voz de rezandero, lengua viperina (también de zapato viejo: arrugada y sin brillo. Es posible, asimismo, que su lengua sea como la de can de solterona), boca de mojarra y espíritu de esclavo. Es, como se nota, un monstruo despreciable que al mirarse al espejo se ve como un adonis, por lo cual se puede decir que, en esencia, es cegatón, además de bobote.

 

¡Ah! Se me olvidaba decir que él cree que jamás lo despedirán de la empresa. Pero cuando el “trompa” se cansa de tanta bufonada, lo arroja de patitas a la calle y contrata a otro lambón.

 

P.D. Aunque la lambonería no es un oficio, en Colombia algunos la asumen como tal. Qué vaina. Vale.

 

*En Colombia, se denomina lambón al adulador lameculos. Esta nota hace parte del libro Oficios y Oficiantes, publicado en 2013 por la Editorial UPB.

 

Atardecido paisaje de Año Viejo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Me fui a traficar con el paisaje, que es lo que más abunda en el mundo, según Saramago, y no pude venderle a nadie (tampoco lo ofrecí, caray) un atardecer de incendio de Año Viejo. Estaba en un lugar montaraz, quizá el mismo donde un expoeta nadaísta quiso comprar, hace tiempos, treinta centavos de arreboles con flores de sietecueros y hojas peludas y venosas que cubren alambradas de púas.

 

El último atardecer del año, visto desde el oriente rural de Medellín, entre bosques nativos y cantos de pájaros vespertinos, tirado en la manga, a la espera de que los mosquitos se dieran un banquete con mi sangre sin alcohol, solo por observar los cambios de luces del cielo, en el poniente anaranjado, violeta, rosado; y de súbito, sobre ese lienzo lejano, de horizonte en ocaso, un mar celeste. Sí, un mar de colores cambiantes, con islotes oscuros. Y ninguna embarcación.

 

Pudo ser un modo de volver a la infancia perdida, cuando las nubes eran ogros y princesas, osos y hadas desnudas, y tirarse en la hierba, bocarriba, era como un desafío a la imaginación. La luz del Año Viejo me recordó antiguos días de juegos callejeros y bolsillos con bolas de cristal, de tiempos sin tiempo. Había en aquella acuarela atardecida, barquitos de papel y naufragios de esquina de barrio.

 

Creí ver un alcaraván entre un sembradío de lechugas Batavia. Luego, un globo atravesó el cielo luminoso y el aire frío me hizo frotar las manos. Pensé en echarme parte de aquella visión al bolsillo de atrás, donde años ha guardábamos sapos y pitas para trompos sin baile. Ninguna picadura hasta ese momento, tal vez porque la loción repelente estaba funcionando. Me pareció que les estaba jugando sucio a los mosquitos y que no era legítimo alejarlos de ese modo, con una especie de guerra química, pero no había tiempo de ponerme a luchar con ellos. Y perderme el cambiante cielo, el último cielo de 2015.

 

Debía memorizar a toda velocidad, más baja que la de la luz, claro, la mutante escenografía celestial, que ya no era de mar e islas, sino que tenía la forma danzante de una mujer desnuda, hecha de pequeñas nubes y colores crepusculares. El viento, cada vez más helado, movía las hojas de los árboles que ya no eran verdes, sino de tonos incandescentes, que parecían quemarse en cañadas y altozanos.

 

A quién pudiera venderle estas imágenes: a los invisibles ladridos de perros, a las detonaciones de cohetes de despedida, al lejano brillo de la ciudad que apenas se vislumbraba muy abajo. Quién querría comprarme el último atardecer, si todos igual pudieran venderlo, o robarlo, o quedarse alelados con la gratuidad del cielo y las ondulaciones de las montañas.

 

Tal vez en otros días, por estas breñas hoy casi urbanizadas, hubo voces de ángelus, oraciones para recibir la noche, campesinos cansados buscando cama cuando en los alrededores no había torres de energía. Ahora, merodeaba por una vereda con carretera solo para carros, sin espacio para caminantes, un tipo que quería robarse el paisaje para vendérselo a los citadinos, con el pretexto de que se trataba de la última pintura celeste del Año Viejo.

 

De pronto, ya no había mar y la variada paleta de rojedumbres y violetas y amarillos de llamarada se había esfumado. Había olor a grama y a exiliados eucaliptos. Las sombras convocaron nuevos cantos. De no sé dónde, llegaron sonidos de músicas tropicales que despedían el año. No pude convertirme en contrabandista de paisajes de la última tarde del año y entonces esperé sobre la grama oscurecida la luz de las nuevas estrellas.