Garufa, vos sos un caso perdido

(Crónica tanguera con bar de esquina y tropa de carnaval)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No solo en el barrio montevideano que el tango menciona había de esas figuras notorias, tipos ranas, o sea, con astucia para moverse entre galladas y malevos, sino que en el nuestro también clareaba uno que otro de esa índole. Eran tiempos de acumulación de conversa en las esquinas, muchachada sentada en la acera, en los umbrales de las puertas. Y mirando hacia adentro, hacia el bar, donde estaban los mayores, los que ya se habían graduado de hombres, como se decía.

 

En aquel bar, sí, en una esquina, qué cosa rara, sonaban tangos. Era un café de “mala muerte”, o al menos así era la cara que ponían las señoras cuando pasaban por un lado, mirando de reojo los chorizos colgantes, el mostrador curtido, las sillas metálicas de tijeras, las mesas redondas y veían al Bizco, su dueño, entre filas de cajas de cervezas y baldosas desteñidas. Y fue en El Florida donde, creo, escuché por primera vez a Garufa, tango de Víctor Soliño y Roberto Fontaina (letra compartida) con la música de Juan Antonio Collazo.

 

Era (y es) un tango pegajoso, de fácil escucha, con una historia simpática, entre humorística y picaresca, sin dramas. Claro. Es que correspondía al espíritu de los años veinte, cuando en Montevideo se crearon agrupaciones carnavaleras, con estudiantes y bohemios, como fue, por ejemplo, la famosa Troupe Ateniense, de la que fueron parte Gerardo Matos Rodríguez, Adolfo Mondino, Alberto Vila (que va a estrenar el tango en cuestión), Ramón Collazo y los que crearon a Garufa.

 

Sí, digo que es un tango de simpatía. Historia sin pretensiones, con tonalidad y ambiente urbano, de barrio, pero, a su vez, con momentos en que el protagonista debe ir al centro de la ciudad, donde están los ambientes de goce y diversiones muy distintas a las de la periferia. De más sensaciones y timbres diferentes. “Del barrio La Mondiola sos el más rana / y te llaman Garufa por lo bacán / tenés más pretensiones que bataclana / que hubiera hecho suceso con un gotán”.

 

Y aunque entonces, en los días en que por primera vez escuché a Garufa, no se requerían traducciones ni mediadores. Se oía y listo. Sin preguntas. Pero ya desde el mismo título hay una comunicación, una caracterización. ¿Qué es garufa? Es a aquel a quien le encanta la diversión, la juerga, la nocturnidad callejera. La Mondiola es un barrio montevideano, costero, con presencia de jaranas y guachafitas. Y en la estrofa inicial se menciona la bataclana, que llegará a ser un sinónimo de mujer de vida liviana.

 

En 1922 llegó a Buenos Aires una compañía teatral francesa, la Bataclan. En el espectáculo, las coristas actuaban con poca ropa, insinuantes, coquetas. Y así, conectadas con mujeres de la noche, derivó la bataclana. Y así se enriqueció la lengua. La siguiente estrofa da cuenta de quién se trata el protagonista, un laburante que al fin de semana se torna doctor (como cualquier político): Durante la semana, meta laburo, / y el sábado a la noche sos un doctor: / te encajás las polainas y el cuello duro / y te venís p’al centro de rompedor”.

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Parque Japonés de Buenos Aires.

Y entonces el tango comienza a discurrir por aguas de turbulencia, en las que, sin embargo, se puede navegar sin temores: “Garufa, ¡pucha que sos divertido! / Garufa, ya sos un caso perdido”. Y tal vez estas consideraciones eran las que más nos sonaban, el dibujarse en el aire un sujeto risueño (como los había tantos en el barrio) al que los ojos de la madre siempre tenían en la mira, porque se estaban perdiendo en la fiesta. “Tu vieja dice que sos un bandido, porque supo que te vieron, la otra noche, en el Parque Japonés”.

 

El original no menciona al Parque Japonés, que es en Buenos Aires, lugar de diversiones y otras algazaras, sino la montevideana “calle San José”, de alboroto permanente. En la versión que se hace al otro lado del Río de la Plata, en la voz de Rosita Quiroga, la calle san José se muta en el parque ya dicho. La del mismo nombre en Buenos Aires era una callecita casi muerta.

 

La caracterización clave llega al final del tema. Con los datos incorporados, el oyente se imagina de quién se trata el tal Garufa. Es un milonguero de tiempo completo, un “vareador”, es decir, aquel que saca a pasear muchachas, coquetón, contento y que, en el lenguaje de la hípica, es quien entrena caballos de carreras. Es un “tirapaso” endemoniado, que puede bailarse el himno de Francia (La Marsellesa) o la ópera El trovador, de Giuseppe Verdi, incluida la Marcha a Garibaldi.

 

Con un café con leche y una ensaimada
rematás esa noche de bacanal,
y al volver a tu casa, de madrugada,
decís: “Yo soy un rana fenomenal”.

 

Recuerdo que en las interpretaciones que entonces se escuchaban en los bares con traganíqueles de barriada, uno no entendía ensaimada, que es un pancito dulce espolvoreado con azúcar, sino “ensalada”. Este tango, que representa a un personaje urbano, trabajador, pero que no perdona fin de semana para echarse una cana al aire, pinta a un tipo que aún no pasa de moda. Pese a los cambios de épocas (este tango se grabó por primera vez en 1928), Garufa está ahí, con sus sencilleces y su historia sin rebuscamientos.

 

Quizá la mejor versión es la de Tita Merello con la orquesta de Carlos Figari. La grabaron, entre otros, Elba Berón, Nina Miranda, Edmundo Rivero, Agustín Irusta, Enrique Dumas, Carlos Dante y Alberto Castillo. Garufa sigue sonando. Y en ciertas noches, evoca la esquina de un perdido barrio en la que había un encantador bar de “mala muerte”.

 

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Tango III, pintura de Cecilia Campi

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La soledad de Eleanor Rigby

(Una crónica con los Beatles, García Márquez y la nostalgia)

 

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En 1966, Eleanor Rigby se convirtió en otro éxito de los Beatles

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La nostalgia es una construcción interior, con memoria parcializada, en la que se despoja el pasado de sus aristas cortantes, de sus afilados cuchillos descuartizadores y se deja en el recuerdo solo aquello que no ha producido dolor ni resentimientos. Es una bonita manera de reconciliarse con la dulzura, sin acritudes, de lo que se ha ido. Y vuelve con lagrimones secretos y ansias de revivir emociones perdidas.

 

A diferencia quizá de muchos miembros de mi generación, no tengo nostalgia de los Beatles, porque, cuando este cuarteto de Liverpool estaba ya en la cumbre de los gustos juveniles, a inicios de los sesenta, no lo escuché entonces. Y, bueno, me llegaron más bien algunas de sus canciones por las interpretaciones de otros, y aun por traducciones que de algunas piezas, se hicieron, por ejemplo, en España. Una muy célebre fue aquella del Submarino amarillo (también una clásica película psicodélica), interpretada por Los Mustang.

 

En Colombia, por ejemplo, Harold Orozco cantó en español varios temas de la banda inglesa, como Michelle.

 

En 1965, cuando los Beatles eran ya una especie de bomba atómica entre las juventudes universales, Paul McCartney, una especie de iluminado, había tenido un sueño con una melodía lenta y dulzarrona, cuando visitaba en Londres a su novia Jane Asher. Y de aquella conexión con lo onírico nació Yesterday, uno de los temas más versionados en la historia de las canciones. Esta historia la cuento en un apartado del libro Tiovivo de tenis y bluyín (Editorial UPB), relacionada con otro hecho, nada musical, sucedido en Bello por aquel tiempo.

 

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En una columna de prensa de 1980, García Márquez dice que la “única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles”. Quizá puede ser válido el aserto para miembros de otras generaciones, hasta la de los ochentas. Insisto, no es mi caso. El escrito, de una vibrante belleza periodístico-literaria, y que en otros días ponía (con otras columnas del aracateño) en mis cursos de Periodismo de Opinión, dice que la nostalgia es una trampa “que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen”.

 

En el artículo se menciona la pieza Eleanor Rigby, de Paul McCartney y John Lennon, una composición que incluye chelos, violas y violines en su acompañamiento musical, y que plantea en su letra un rictus doloroso acerca de la soledad y la gente que pasa sin que de ella quede una huella muy visible. Como todos saben, es la historia de una sirvienta que recoge el arroz de una iglesia donde ha habido una boda y que parece vivir en un sueño. Es (y tampoco la escuché en aquellos tiempos sino muchos años después de su salida al mercado disquero) una canción tristona.

 

Eleanor es, como el padre McKenzie, parte clave de la historia de esta composición, una mujer que “vive en un sueño y espera en una ventana con la cara que guarda en un frasco, junto a la puerta”. Y Eleanor pasa; tal vez su vida es una espera, una sucesión de deseos truncos, una soledad sin aspavientos. Y muere en la iglesia donde trabajaba, y la entierran, sin velorios ni funerales masivos, salvo la presencia de gente solitaria.

 

En 1966, cuando salió la canción (del álbum Revolver, con contenidos existencialistas y de denuncia) y escrita y compuesta en esencia por McCartney con la participación de Lennon, yo vivía en el barrio Andalucía, de Bello, en una casa esquinera frente a un parque redondo. Eran días de los fines de primaria y quizá en el radio casero se escuchaban algunas baladas de la Nueva Ola, folletines de amores y aventuras, ritmos de las Antillas y tal vez canciones de Margarita Cueto. De los Beatles, ni idea. Nada.

 

El nombre de la protagonista lo tomó, según McCartney, de la actriz Eleanor Bron (actuó en la película Help!, con los Beatles) y el apellido de una tienda de víveres de la ciudad de Bristol. Lennon y Paul se conocieron en la iglesia de St. Peter. Y después de que la canción ya era famosa, alguien vio en el patio-cementerio del templo una tumba con el nombre de Eleanor Rigby y lo conectó con la canción. “El patio de la iglesia St. Peter era un lugar que John y yo frecuentábamos regularmente, es posible que haya visto la tumba con el nombre y quizás inconscientemente lo haya recordado o relacionado”, dijo McCartney.

 

Esta canción sobre la soledad y, si se quiere, acerca del anonimato en el que viven muchos trabajadores, muchos que buscan un destino mejor y que nunca lo encuentran, es una muestra de aquellos años en los que el celebérrimo cuarteto se zambullía en las filosofías existencialistas, que en los sesentas tornaron a la palestra de las reflexiones y los debates. Se nota, por ejemplo, en el Hombre de ninguna parte (Nowhere Man): “Él es un hombre de ninguna parte, / sentado en su tierra de ninguna parte, / haciendo todos sus planes de ninguna parte, / para nadie”.

 

Eleanor Rigby muestra la imagen de una muchacha desolada, de una que solo tiene como rol, además del trabajo, una espera infinita plena de incertidumbres. “¿De dónde vienen los solitarios?”. Y adónde irán. A qué mundo pertenecen. Eleanor, como en un tango, se maquilla el dolor y está “lista para el viaje / que desciende hasta el color final”. No es tarde para tener una nostalgia sobre esta bella canción de los Beatles.

 

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Un extraño cuento de Thomas Mann

(Reseña de El Armario, una creación de juventud del autor de La montaña mágica)

 

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El armario, un cuento con visos góticos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El joven Thomas Mann, antes de irrumpir con una explosión novelística en las primeras luces del siglo XX, era un escritor de cuentos que comenzó a saber que, en efecto, su vida, en la que muy rápido descubrió que trabajar para otros no era negocio, estaría dedicada a la literatura. Sus comienzos con La caída (1894) lo marcaron con un estigma indeleble en su entonces todavía vida bohemia entre Italia y Múnich. Escribió otros cuentos, como La voluntad de ser feliz y El pequeño señor Friedemman (obra maestra, trágica, con música de Wagner), este último publicado en una revista berlinesa de la editorial Fischer.

 

Ya estaba escribiendo Los Buddenbrook, obra en la que, según él, tardó dos años, cuando concibió y publicó un extraño cuento, El armario (1899), que puede ser una especie de retorno a lo gótico, o, de otra manera, una recordación a guisa de homenaje al polifacético escritor prusiano Hoffmann, un estandarte del romanticismo alemán. Hay que decir que, mucho tiempo después, el consagrado autor de Muerte en Venecia, La montaña mágica, José y sus hermanos y de las Confesiones del estafador Félix Krull, entre otras obras de formidable calidad literaria, escribiría en sus diarios lo siguiente: “El romanticismo es un mundo sucio. No quiero saber más nada de él”.

 

Mann, que tendrá en varias de sus creaciones la enfermedad (o la peste) como un tema fundamental, introduce en este relato de juventud la suerte de un hombre que ha sido diagnosticado con una enfermedad terminal y al que, según los médicos, le queda muy poco tiempo de vida. Es un tipo que representa una edad entre los veinticinco y los treinta años y al cual, de acuerdo con las evidencias que se transmiten en el cuento, el tiempo le importa muy poco. Aquí, en esta breve narración, ya se advierte el interés del autor por el tratamiento del tiempo, como lo va a hacer, en otra dimensión y con otras características, Marcel Proust.

 

Digo que El armario es un cuento extraño porque, además del asunto del tiempo sin calendarios ni relojes, como lo ve y siente el protagonista Albrecht van der Qualen, tiene la presencia inaudita, o quizá insólita, de una mujer sorpresiva, que aparece de súbito una noche, cuando el viajero que ha detenido sus pasos llega a descansar en la habitación del tercer piso de un inquilinato. El coñac que porta puede darle una dimensión de conquista y tranquilidad al hombre que se topa en el armario de la habitación a una mujer desnuda, de “alargados ojos negros” y con expresión de dulzura en sus labios. Insinuante.

 

Albrecht es un viajero de tren que se aparta de su itinerario (parece ir a Florencia) en el expreso Berlín-Roma. En el cuento aparecen tres mujeres. La primera, que él ve por la ventanilla, es una dama gorda y alta, embutida en “una larga gabardina”, con una bolsa de viajes que a él le da la impresión de que pesa toneladas. Es una visión fugaz, en la que la imagen que prevalece es la del labio superior de la señora perlado por diminutas gotas de sudor.

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Thomas Mann

La otra, es la casera, alta y flaca, vieja y larga (así la describe), que lo atiende después de que Albrecht, en un arrebato sin explicación, decidió bajarse del tren en una estación de una ciudad desconocida y camina y camina hasta llegar a un extramuro donde encuentra un inquilinato. Y, claro, la tercera, es la aparición al final de una mujer inexplicable que cuenta historias tristes y que hace del relato también una especie de evocación de Scheerezada y sus noches infinitas.

 

En El armario, con velocidad de tren de pasajeros, hay una visión de la muerte, del sueño y del tiempo que al final de cuentas poco debe interesar a uno que está condenado a durar poco. O sí: el enfermo está en un tiempo regresivo que lo hace, además de olvidar los medidores de minutos y horas y días, aprovechar el presente. Albrecht, que no se nota angustiado por su situación de muerte inminente, es un ser poco o nada piadoso, que está solo por recoger la flor del día. Le parece que la señora del inquilinato es “como un espectro, como un personaje de Hoffmann”, quizá vista de ese modo por la luz (y las sombras) de la lámpara de petróleo. Lo conduce hasta una habitación “lastimosamente fría, con paredes desnudas y blancas”, con tres sillas rojas, un lavabo con espejo y un armario ropero. Ah, claro, y una cama de apariencia pesada.

 

Van der Qualen ha llegado a un arrabal. Esto puede ser un símbolo. Una metáfora de lo último que queda en una trayectoria. El suburbio como alegoría de lo que se está yendo, de lo que está alejado del centro, que puede ser la vida, con las dinámicas más atractivas de una ciudad. El protagonista entra a un restaurante y sigue una dieta de enfermos, o esa es la impresión que da con la sopa juliana con pan tostado, la mitad de una pera, un bistec con huevo, queso cremoso italiano, compota y vino. La frugalidad de alguien que parece no estar ya interesado en los placeres de la mesa.

 

La aparición de una mujer inesperada (¿Cómo se metió al cuarto? ¿Quién la llamó? ¿Qué hace desnuda en un armario?) le proporciona al cuento, aparte de un aumento final en la tensión, un ingrediente carnal, erótico, con una exposición de piel y deseos a la vista. Es una mujer que cuenta historias y que el huésped acepta que se las cuente. Y es entonces cuando uno como lector puede pensar que se trata, en rigor, de una hetaira, una especie de rara cortesana que quiere hacer menos sola la soledad del visitante.

 

Sí, por qué no. Puede ser una dama que, como las que se preparan con historia y geografías diversas, con libros de viaje, con filosofía, con las artes de mostrar con gracia su cuerpo, pero ante todo con un extraordinario talento para la narración, la conversación, está ahí para hacer menos dramática la situación de un hombre que puede estar inmerso en una ensoñación ante la noticia, ya vieja, de que le quedan pocos meses de existencia. No hay indicios de que la mujer del armario cobre por sus servicios. Ni si el viajero paga.

 

El narrador termina con una serie de interrogantes al lector, para que las dudas —o, si se quiere, la imaginación— se esparzan, sin necesidad de cifras, de desenlaces precisos, ni siquiera sugeridos. Es un cuento sobre la incertidumbre. Lo que le confiere una rauda dinámica como la que se siente y se advierte al ver los paisajes que pasan cuando se mira por la ventanilla de un tren rápido. Un tren de ausencias y despedidas.

 

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Van der Qualen va en el expreso hacia ninguna parte.

 

Pelota de trapo, pelota de carey

(Crónica con fútbol callejero, cacharrerías y evocación de un filme argentino)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Muy de vez en cuando se apelaba al expediente, quizá más práctico que imaginativo, aunque se tornó en otras partes lugar común, de hacer pelotas de medias de mujer rellenas de retazos. Era un recurso de afán que resolvía una necesidad: tener un balón o cosa que se le pareciera para jugar un partido en el baldío, en la calle o donde fuera posible ejercer las maravillas del fútbol.

 

La pelota de trapo, que más en geografías fuera de Antioquia tuvo una particular atracción entre la muchachada, por estas coordenadas se convirtió en un modo del “desvare”. Había, claro, materia prima al uso. Desperdicios de las textileras y las ya “despistadas” medias de mamá, la tía o alguna monja de familia. Me parece que no era masiva. Por otra razón: abundaban las cacharrerías y era posible, en ellas, tan variopintas, conseguir las ya famosas “pelotas de carey”, que hasta tenían una vieja canción que las ensalzaba: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / son las mismas en La Habana, en Japón o Camagüey”.

 

Como paréntesis, podría anotarse que en Bello, Antioquia, los muchachos de los cincuentas o tal vez de antes, diseñaron una “imaginativa” parodia de aquella guaracha cubana que tenía variaciones sobre el mismo tema (“Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / a treinta las del perro y a cincuenta las del buey…”) y entonces se la aplicaron a Gardel, muerto en Medellín el 24 de junio de 1935: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Antioquia pa´tener recuerdos de él”.

 

Esta digresión sirve para agregar que la pelota de trapo tuvo una sucedánea en Medellín y alrededores con las de carey, más duras que adobe, que atiborraron de emociones a granel las calles y mangas, porque, como es de suponer, no era fácil conseguir un balón de cuero, con vejiga y todo. No estaba—como se advertía por ciertas escaseces—, el palo pa’ cucharas. Y había que ser recursivos o, al menos, conseguir menos dinero del que costaba un balón inflable, de aquellos que había que meterle a la fuerza la “tripa” y ponerles “ruana”. Una odisea.

 

Y más que las medias rellenas, la pelota de carey se volvió símbolo de congregación, de disputa futbolera, de acontecimiento urbano dichoso. Estrella de la cuadra y de los muchachos que la pateaban, o, mejor dicho, algunos con clase infinita, la acariciaban. Así que tantas veces había que “hacer vaca” para comprarla en el almacén de doña Rocío, en la cacharrería de don Pedro o ir hasta las muy bien surtidas cacharrerías de Guayaquil.

 

El infinito mundo callejero se agrandaba con los “picados” que se jugaban con una pelota amarilla, roja o verde, que rodaba, pegaba contra puertas y paredes, golpeaba ventanas y estremecía de rabia a las señoras. sí, cómo no, las mismas que llamaban a la “bola”, “la patrulla”, la “chota”, para que la policía apareciera de súbito y las decomisara. Por eso era preferible, ir hasta los retirados potreros a jugar los cotejos eternos, que a veces había que terminarlos con la inequitativa ley de “el que haga el último gol, gana”. Hubiera sido más gozoso haber dicho: “el penúltimo gol”.

 

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Cartel del filme argentino Pelota de trapo, con Armando Bo.

 

Una historia que circuló en la ciudad, hace muchos años, y que a mí me la contó el finado Felipe Mora, decía que en el Teatro Laika, de Aranjuez, los muchachos esperaron casi una eternidad para poder ver la famosa película Pelota de trapo, con Armando Bo, y el guion del muy reconocido periodista uruguayo Borocotó, estrella de la revista El Gráfico, de Argentina. Un domingo, con una fila infinita, la expectativa creció. Los que pudieron entrar temblaban de la emoción. Comenzó el filme, pero, de pronto, algo falló. “Operador, soltá al pelado”, se gritó en colectivo. Y nada.

 

Se prendieron las luces, se volvieron a apagar, pero la película no rodaba, no se proyectaba. Había inquietud general. Y entonces se inició el corito celestial de los hijueputazos. Sobre la pantalla cayeron frutas de mango y hasta empanadas a medio morder. La bombardearon con cuzcas de cigarrillo. Y se armó una asonada. Se quebró la silletería. Y aquellos concurrentes, frustrados, no pudieron ver Pelota de trapo, sobre un niño apodado el Comeuñas, que quería convertirse en una rutilante estrella de fútbol.

 

Y aunque a veces uno rellenaba medias, ya no de mujer sino de hombre, con periódicos y pedazos de camisas viejas, lo más recursivo era que, entre varios, compraran la pelota de carey, que, de no sufrir persecuciones y caídas accidentales en casas del vecindario, duraba mucho tiempo y resistía maltratos y otros abusos. Y de tal modo, en días en que un balón era objeto de lujo, la descastada pelota satisfacía las ganas de jugar un partido.

 

Se recuerda que, ya en la vejez dolorosa de una pelota de carey, no faltaba, cuando ya estaba rajada, que se rellenara de piedras y se hiciera la simulación de estar jugando. Se dejaba de pronto, como al desgaire, en algún lugar de la calle y se le gritaba a algún desprevenido transeúnte que la chutara. El resultado era de risotada general y, en ocasiones, de tener que salir corriendo ante la ira del que caía en la treta de la muchachería.

 

Hubo un tiempo feliz en que las calles y las mangas, como estadios, se animaron hasta el éxtasis con los encuentros futboleros que tenían a la pelota de carey como su más exquisita invitada. Después, el balón de aguja, la reemplazó, hasta producir, no se sabe cuándo, su extinción en el paisaje citadino. En la memoria de viejas generaciones, la pelota de carey se quedó como una suerte de musa, que inspiró a miles de muchachos en la práctica colectiva y solidaria de un partido de fútbol y en la maravillosa celebración de un gol.

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La pelota, el potrero, el fútbol…

 

 

El sustancioso sabor de Prado

 

El libro A qué sabe Prado en 90 años, un acercamiento a la historia de la comida en Prado. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El Prado, un barrio hecho sueño, según la expresión feliz de su fundador Ricardo Olano, es una mezcla de arquitecturas, vegetaciones, calles anchas y caserones desmesurados. En su geografía variopinta, se pueden encontrar leones en alguna entrada, mansiones galesas, arabescos de fachada, palacios a la egipcia y mucho hierro forjado. Es un patrimonio cultural. Y una manera, también muy atractiva, de percibir el extinto esplendor de una burguesía esnobista que propugnaba por parecer de “buen gusto”, según moldes europeizantes de época.

 

El barrio, tal vez el más bello de la ciudad, puede servir para una arqueología de costumbres antañosas, para la exploración de imaginarios y mentalidades de otros días, y para la indagación de significados urbanos. ¿Qué era la ciudad antes? ¿Qué es hoy? Prado, en todo caso, ofrece posibilidades tanto para el flâneur o caminante con criterio, como para el historiador, el reportero, el turista y los habitantes de otros sectores de Medellín. Para todos los interesados en la estética y en el florecimiento de los guayacanes. O en aquellos paseantes nocturnos que aspiran a deleitar su olfato con el perfume del jazmín de la noche.

 

En este barrio de esquinas curvilíneas, de ventanales multiformes, de portones y contraportones, de sorpresas visuales, todavía, pese a la notoria deshabitación familiar, se sienten olores diversos de comestibles hogareños y repostería. Ya en alguna esquina se pueden percibir los aromas de empanadas venezolanas o de comidas vegetarianas. Y en su pasado, rico en viandas como en silencios anochecidos, hay una miscelánea de historias y fantasmas.

 

Prado, hoy un barrio corporativo, con veintidós conventos, con abundancia de asilos geriátricos, con clínicas e instituciones educativas, mantiene visos de su viejo esplendor, aunque haya testimonios que dan cuenta de una decadencia melancólica en varias de sus edificaciones, como si fueran una suerte de proyección de una gótica obra de Edgar Allan Poe.

 

Aspecto de una mansión del barrio Prado. Foto Carlos Spitaletta

 

Prado, donde hay casas como de cuento de hadas, se yergue como el último bastión de un tiempo que representa una historia de grandes empresarios, de comerciantes e industriales, que tuvieron como sede familiar un barrio fundado en 1926. Y una manera del viejo urbanismo que pensó en la gratificación de los espacios y en el valor ambiental, en el que caben los amplios antejardines y la sombra refrescante de casco’evacas, pimientos, cadmios, mangos y los guayacanes de floración alucinante.

 

El barrio, en cuyo paisaje multifacético se pueden ahora ver algunos habitantes de calle durmiendo en aceras, tiene gentes dedicadas a la cultura, a las bellas artes, a la preservación patrimonial y a la investigación urbana. Declarado como patrimonio cultural de Medellín, sobrevive a las ambiciones desaforadas de pulpos constructores y otros depredadores de ciudad.

 

Y entre los que tienen a Prado como un laboratorio de cultura y de conservación histórica de la memoria y la identidad ciudadanas, está la Fundación Patrimonio para el Desarrollo. Allí, entre sus inquietudes, se erige la de la investigación de las comidas de hoy y ayer en el barrio. El proyecto A qué saber Prado en 90 años, liderado por el cocinero Hernán Tobón, es una muestra de las inquietudes y discusiones por la historia y sus aplicaciones.

 

¿Qué pasaba en las cocinas de las casas de Prado? ¿Cómo confluían diversos platos, tanto tradicionales y de raíz antioqueña con otros de carácter nacional e internacional? ¿Había chocolates con sabor a infancia? ¿Qué aportes culinarios hicieron, por ejemplo, las nanas? ¿Qué sentido tenían la mesa y la congregación familiar a la hora de las comidas? Estas y otras preguntas se hizo el investigador, que reunió a viejos y nuevos habitantes del barrio para construir un amplio menú de platos, entradas, sobremesas y bebidas del día y de la noche.

 

Es importante saber cómo y qué comían los habitantes de hace años, y lo que siguen consumiendo los actuales. ¿Qué parte de la tradición se mantuvo? Cualquiera podría inquietarse acerca de si los antiguos moradores se interesaban en viandas como el “calentao” o si hubo, a la campesina, una introducción madrugadora llamada “los tragos”. ¿Qué diferencias había en una mesa de Prado y otras, por decir algo, de Buenos Aires, de San Benito, de Manrique?

 

¿Se puede hablar de un desayuno patrimonial? En Prado, según las pesquisas de Hernán Tobón y su equipo de investigadores, los desayunos eran la conjunción entre arepas, calentao, quesito de hoja, mantequilla de bola, buñuelos y chocolate. Y al ágape había que sumarle el valor incalculable de la reunión y la conversa familiares. ¿Distinto al de otros barrios? ¿Parecido?

 

Prado, el de la multiplicidad de estilos arquitectónicos, el de los áticos y las torrecillas, es un grato espacio en el que las historias continúan floreciendo (como los guayacanes) y en el cual todavía se pueden disfrutar conversaciones domésticas alrededor de una mesa de comedor.

 

Nota: Se trata del prólogo al libro A qué sabe Prado en 90 años, de varios autores, entre ellos Hernán Tobón, y que fue proyecto ganador en 2017 en la modalidad “Celebrando el mes del patrimonio”.

 

Fuente en la sede de la Fundación Patrimonio para el Desarrollo, en la carrera Balboa. Foto Carlos Spitaletta

Dos viejos bien iluminados

(Reseña de dos cuentos de Hemingway con guerra civil y bar limpio)

 

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Un lugar limpio y bien iluminado, como en un cuento de Hemingway.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Un gran narrador de historias cortas, de cuentos y una nouvelle como El viejo y el mar, siempre puede ser un motivo —o una incitación— de lectura permanente y, además, de comentarios reiterados al respecto. Papá Hemingway, como le decían desde muy joven, es un escritor de aquellos que se puede llevar en el bolsillo, encontrárselo uno en un café, presentirlo en un riachuelo, en el viento, en las hojas secas…, en una guerra. Nos acompaña a muchos quizá desde la adolescencia, cuando sus relatos, como Campamento indio o El vino de Wyoming, nos procuraban imágenes perdurables, como las que nos quedaron grabadas por la encerrada acción cinematográfica de Los asesinos.

 

Es posible que el mejor Hemingway se halle más en sus cuentos que en las novelas. Como sea, en el “short story” hay una habilidad de caracterizaciones con economía de lenguaje, usando apenas sugerencias, pocos datos, lo esencial. Una octava parte del témpano, como él mismo decía. Como pasa, por ejemplo, en El viejo en el puente y en Un lugar limpio y bien iluminado, ambos en España, que era, como se sabe, la “segunda patria” del escritor estadounidense. Las dos narraciones tienen, como común denominador, viejos en su trama.

 

El más breve de los dos, con un trasfondo de guerra civil, con la inminencia de la llegada de los fascistas al puente donde hay un viejo de 76 años que espera, que sufre por lo que ha dejado atrás, un gato, dos cabras y cuatro pares de palomos, tiene una reconcentrada tensión. Es una historia que puede hacer brotar lágrimas en el lector, conmovedora. El otro, en el que se insinúa una especie de estado de excepción, o de toque de queda (con una patrulla, un soldado y una muchacha), sucede en un café y en él hay un habitué de allí, un viejo que toma coñac y se emborracha. Lo caracterizarán, es decir, lo narrarán y pondrán en escena, los dos camareros, uno casado y con más edad que el otro.

 

En ambos mundos (hablando de Hemingway, no es gratuita esta designación) no se nombran ni al viejo ni a los otros personajes que aparecen. Se diseñan sus personalidades con una capacidad de síntesis admirable, sí, como si estuviera aplicando las normas de aquel viejo manual de estilo y redacción del Star, periódico donde Hemingway dijo que aprendió a escribir, a usar solo verbos y sustantivos, y nada, o muy poco, de adjetivos.

 

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Con menos de 700 palabras, Hemingway crea un clima dramático, con visos sentimentales, en El viejo en el puente. El narrador, un miembro de la resistencia antifalangista entra en conversación con el viejo cansado, al que los fascistas han expulsado de su pueblo natal, San Carlos, en el que se han quedado sus amores, los antedichos animales. En el corto diálogo, el viejo, ante lo irremediable, expresa su optimismo por la suerte del gato (“un gato sabe cuidarse”), pero su desazón por los otros que son parte de su existencia. Tras doce kilómetros de caminata, el viejo está en el puente, descansando. Algo, la sutil naturaleza del relato, con su guerra como telón de fondo, advierte que ese puente, ese lugar hasta el que ha llegado, será la última etapa de ese hombre que parece no tener a nadie más en el mundo que sus animales.

 

Un lugar limpio y bien iluminado tiene como centro de gravedad la presencia de un viejo solitario que había intentado suicidarse una semana antes. Está construido el cuento con las voces de los camareros y muy poco con la del viejo, al que uno de los dos mozos —el de menos edad y soltero— comienza a detestar. Tanto que formula una afirmación categórica, terrible: “un viejo es algo asqueroso”.

 

En uno como en otro, Hemingway vuelve a dar cuenta de su proverbial capacidad para el diálogo (que llega al súmmum con Los asesinos). El cuento se inicia con una referencia al tiempo, “era tarde”, una sombra, una luz y un único cliente, el viejo, que era, según los camareros, un buen cliente, pero ya estaba a punto de emborracharse (con la aprensión de ellos de que se podía ir sin pagar).

 

Y después sabemos que el viejo intentó colgarse de una soga, pero lo salvó una sobrina, y más tarde nos damos cuenta de las diferencias existenciales de los dos camareros, uno casado, otro soltero; uno, el más viejo, que siente afecto y solidaridad por aquellos seres solitarios que necesitan un bar, un café bien iluminado y limpio; el otro, somnoliento y cansado, desea solo irse a dormir más temprano, sin importarle si el viejo requiere de aquel ámbito para mitigar sus penas, sus ausencias, quizá sus soledades. Y tomarse otro coñac.

 

El viejo, un poco sordo, no sabe que uno de los camareros desea con toda su alma, o tal vez su rencor, que él, el viejo de ochenta o más años, se hubiera matado la semana pasada. Uno de los camareros, el más joven, tiene prisa por salir más pronto del café; el otro aspira a quedarse hasta más tarde y destaca con convicción que un café deber estar bien iluminado y gozando de limpieza.

 

El camarero mayor, tras cerrar el bar, se queda monologando sobre la nada, “la nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, nada a nosotros tu reino…” y de pronto aparece en una barra de un bar que tiene buena luz, pero su barra no está lustrosa, pide un trago y se va a dormir, siempre con la obsesión, o la idea fija de que un café limpio y bien iluminado es otra cosa.

 

En ambos cuentos, con dos viejos distintos y una vejez verdadera, se notan el cansancio, el tedio, el vacío que va dejando en el hombre la instancia última, el paso previo a la muerte. La diferencia está en que uno de los viejos, tan solo como el otro, todavía sale a tomar coñac a un bar limpio y con buena luz. El otro es un expulsado que lo ha perdido todo: su gato, sus dos cabras y sus palomos.

 

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Ernest Hemingway estuvo muy cerca de la guerra. Varias de sus obras lo atestiguan.

 

Los ebrios de la Independencia…

Libreta de viaje (8)

 

Torre del Reloj en la avenida Madison. Foto Spitaletta

 

 

(Crónica con los cuadros finales de Nueva York y Los Ángeles, con santuario de meditación y luces de bengala)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

 

El cuatro de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, en Nueva York hay una suerte de acelere en el ambiente pese a que, como es feriado, muchos almacenes y restaurantes se cierran. Parece como si todos los ciudadanos esperaran la noche, que en verano tarda, para ver el cielo pleno de fuegos artificiales. Y cuando el sol se oculta, a las nueve de la tarde-noche, por Manhattan hay diversos agites. La Grand Central, la bella estación de trenes y subways, es un hormiguero, o tal vez una colmena. En cualquier caso, es un gentío que va y viene, con afanada cara de expectativa.

 

Por montones ya están en las playas a la espera de las bengalas multicolores. Varias líneas del metro se atiborran. Se ven y sienten correndillas por los amplios zaguanes de la estación central. En las calles, de poco tránsito al anochecer, sin la majestad de los avisos luminosos (hay muchos apagados), la gente camina con desespero. No falta el que tambalea porque ya lleva la dosis de licor puesta.

 

A las diez de la noche, muy cerca de la 42, la gente parece alma que lleva el diablo, como dice un lugar común. El patriotismo de bandera y luces les obnubila. En un “comedero”, uno de los pocos abiertos que hay, se aglutinan clientes que desean hamburguesas, ensaladas, cualquier cosa. La fila ansiosa recuerda la de algún “país comunista”.

 

Puentes de Brooklyn y Manhattan. Foto Spitaletta

 

Y de pronto, antes y durante la medianoche, el cielo neoyorquino resplandece. Desde la tierra se elevan los cohetes que explotan en la oscuridad y lo iluminan todo de estrellitas y otras formas de los espléndidos fuegos de artificio. El recuerdo del nacimiento de una nación, la memoria de John Adams, Thomas Jefferson y otros está flotando en el aire nocturno de las bengalas de independencia.

 

2.

Los Ángeles (donde fuimos con el mismo objetivo: presentar la novela Balada de un viejo adolescente), una ciudad de múltiples actividades culturales y turísticas, alberga, como lo hizo el océano Índico, frente a las costas de Bombay, parte de las cenizas de Mahatma Gandhi. En una zona de verdores y calles muy anchas, por donde a veces circulan a altas velocidades autos deportivos descapotados, a pocas cuadras del Sunset Boulevard, está el Santuario del Lago (Lake Shrine).

 

En las inmediaciones de Pacific Palisades, zona residencial de clase alta, con museos y boutiques, se enclava un bello santuario, con templos, lago, flores y un molino de viento. El gurú espiritual Paramahansa Yogananda erigió el Mahatma Gandhi World Peace Memorial, entre frondosos jardines con un templo propicio para la meditación. Hay fuentes de agua cantarina y pájaros. Y tiene una característica esencial: allí pueden entrar gentes de todas partes del mundo, sin distinción de razas, religiones, credos políticos y otras maneras de la separación. Un lugar para unir afectos y pensamientos.

 

En el santuario se erigió el monumento mundial a la paz y mientras se camina en medio de la tranquilidad es posibles encontrarse con gente que, en distintas posiciones, medita entre la pacífica naturaleza. Hay biblioteca y tienda de suvenires. Y en el hermoso lago, con lotos y otras plantas, los cisnes se adormecen bajo el sol del verano.

 

Santuario del Lago, en Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

3.

 

El downtown de Los Ángeles, en el que confluye la arquitectura moderna con la clásica, en donde está el edificio de Los Ángeles Times y del Ayuntamiento, hay una mezcla de emociones estéticas y variopintos turistas que hacen fila para entrar a los museos, como el de arte contemporáneo y el imponente Broad. También el museo estadounidense-japonés, en la zona del Little Tokyo. Están, en ese mismo centro cívico, las instalaciones del Walt Disney Center Hall y el Center Music. En este último, que tiene fotografías gigantescas de grandes intérpretes de ópera y directores musicales, hay una enorme efigie de Gustavo Adolfo Dudamel, músico y director de orquesta venezolano, que ahora es el director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles.

 

Maravillosa arquitectura en el centro de Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

Una de las construcciones más extrañas es la de la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, diseñada por el arquitecto español Rafael Moneo. La iglesia, de doce pisos de altura, con campanarios en distintos lugares y con una enorme campana reina, tiene plazoletas espaciosas, fuentes, cascadas de agua y jardines, tiene un mausoleo con centenares de criptas y nichos. Allí, entre otras, está la tumba del actor Gregory Peck. Sus vidrieras coloridas muestran a los evangelistas, a Santa Cecilia y otras figuras. Puede albergar a tres mil peregrinos. Ah, y también tiene un amplio centro de conferencias y salones de reuniones. Es una catedral moderna, inaugurada en 2002. Reemplazó a la de Santa Vibiana, destruida por un terremoto en 1994.

 

Quizá le falten a su alrededor más árboles. Sobre todo, con la agobiante canícula del verano, el peregrino siente la reverberación en los pisos de la amplia plazuela y quiere, muy rápido, ir a buscar sombra y el sabor de una cerveza fría.

 

N.B. El periplo cultural de Balada de un viejo adolescente se hizo gracias al patrocinio de la empresa Ítaka, de Medellín, y la empresa Pasión por la Educación, de Los Ángeles.

 

Interior de la catedral de Los Ángeles.

 

Santuario del Lago en honor a Mahatma Gandhi. Foto Spitaletta

 

 

 

Los que hablan solos en el subway

Libreta de viaje (7)

 

Estación Grand Central, en Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

(Crónica del metro neoyorquino, con un tipo rabioso y otro que sangra en la frente)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Estaba de pie en un vagón del subway, el de la línea 7, color púrpura, rumbo a Queens. El tipo se apresuró a sentarse cuando yo amagué que lo haría y me miró después con ojos helados. Su bigote oscuro pareció bailotear en su cara pálida. Junto a mí, en una silla, una muchacha chateaba. Pelilarga y atractiva, de unos 18 años, se tornó de pronto en objetivo de la mirada centelleante del pasajero. Se fijó en ella durante un tramo largo del metro, que del subterráneo pasó a la parte elevada.

 

El hombre movía los labios con cierta continuidad, que me dio la impresión de concupiscencia retenida. En la estación Corona, el viajante que estaba junto al tipo que seguía murmurando mientras miraba con odio a la chica, se bajó. Me senté junto a él. La muchacha, que no parecía preocuparse por el asedio óptico del bigotudo, continuó manipulando el celular, mientras sonreía mirando la pantalla. Al sentarme, el tipo empuñó la mano derecha, con rabia. Le alcancé a escuchar “fucking…”. Miraba a la muchacha con veneno, porque cada vez apretaba con más fuerza su derecha. La chica, de buenas formas, se bajó en la estación del estadio de los Mets. La mirada electrizante del hombre, que se puso de pie, la siguió hasta que se perdió de su vista.

 

El tipo, junto a mí, siguió refunfuñando, mano derecha crispada. Yo solo miraba al horizonte por la ventanilla del frente. “Fucking…”. De reojo, no le perdía movimiento al vecino. En la última estación, la Main Street, permanecí sentado unos segundos más. El hombre se paró, salió del vagón y con paso rápido subió por unas escalas. No supe más de él. Lo último que pensé al respecto era que se trataba de una especie de enfermo mental, o tal vez de alguien al que alguna predicación le desencajó el cerebro y lo puso a ver el pecado por doquier, sobre todo, en las muchachas bonitas, como la del tren.

 

Zona cercana al Empire State, en Nueva York. Foto Spitaletta

 

En el metro de Nueva York (el subway), que es uno de los más grandes del mundo, que trabaja las 24 horas y tiene casi quinientas estaciones y más de mil kilómetros de vías primarias, se presenta la posibilidad de medir las soledades y ver la multifacética variedad de personas que allí viajan, algunos con turbantes, mujeres con burka, tipos de sombreros orientales, alguno, en pleno verano, con dos chaquetas y chaleco puestos… Es una maravilla la diversidad de pasajeros.

 

Una tarde, cuando con Sergio, mi hermano, tomamos un tren y nos equivocamos de sentido (íbamos a Queens y este iba en dirección al Bronx), un puertorriqueño de casi dos metros de estatura, camiseta con los colores de la bandera de ese país, hablaba en inglés a voz en cuello. Nadie le paraba bolas, excepto el compañero con el que iba. De pronto, se subió alguien en otra estación y el grandulón, moreno y barbado, comenzó a hablar con el conocido en español, bajita la voz. Nos dimos cuenta que estábamos errados de metro, al llegar a la estación de la 125 Street.

 

En el subway entran cantantes latinos, salvadoreños y mexicanos, a interpretar sus piezas desconsoladas y a esperar algún dólar en su sombrero. Y uno que otro a ofrecer productos chinos o indonesios. Eso sí, algunos de los que van sentados hablan solos, mientras no falta el que vaya leyendo un bestseller o un diario con caracteres orientales. Una chinita, que se bajó en Grand Central, iba leyendo durante un buen tramo un libro y parecía gozar con la lectura, movía los labios, recitaba trozos de lo leído. Parecía feliz.

 

En otro viaje, hacia Manhattan, la presencia de un tipo cuya frente goteaba sangre, me llamó la atención. En un tiempo de calor, tenía puesta una chaqueta negra y, por debajo, se notaba otra, además de un suéter. “Debe tener fiebre”, pensé. Portaba un maletín de mano, varias carpetas y un periódico en inglés. Pensé en sacar un pañuelito desechable de mi bolso, dárselo y que se limpiara la frente, pero no lo hice. Se paró y pidió permiso con cortesía cuando se iba a bajar en Bryant Park.

 

Aspecto de la Estación Central / Grand Central. Foto Spitaletta

 

En el tren, cuando viajábamos a South Norwalk, Cunnecticut, donde veríamos el partido Colombia-Inglaterra en casa de dos colombianos, una señora rubia, de vestido negro, también hablaba sola. Junto a mí, una chica, igualmente rubia, también de negro, ponía su pierna derecha sobre la desocupada banca de enfrente y cantaba lo que iba escuchando en su móvil. En esta línea, que parte de Grand Central, una bella estación con mármoles y lámparas de araña, cuando estábamos en las cómodas sillas, dos señoras hablaban de la Universidad de Yale, situada en New Haven, última estación en este recorrido.

 

Y no solo en los trenes hay gente que va soliloquiando. En los autobuses no falta el que también se dedique a buscarse a sí mismo en voz alta, como aquel hombre que, en una línea de bus articulado que viaja a Wall Street, cantaba y hablaba, hablaba y cantaba para sí mismo, sin saber que otros lo escuchábamos. O sin importarle.

 

Y así como hay olores perfumados, no falta alguien que apeste a ajo, o que desprenda una sobaquina del demonio. Pasa en todos lados, y más con el calor del verano neoyorquino. Varias imágenes olfativas, me recordaron un pasaje de Manhattan Transfer, novela de John Dos Passos, escrita en 1925: “En el atestado vagón del metro iba el repartidor de telegramas aplastado contra la espalda de una mujerona rubia que olía a Mary Garden. Codos, paquetes, hombros, nalgas se entrechocaban a cada sacudida del estridente exprés”.

 

En un vagón de subway, que no nos llevó jamás a ninguna estación fantasma (hay una, muy famosa, la City Hall), un rumor que salía no se sabe de dónde, decía: “voy a tener un flamante comienzo en la vieja Nueva York”. Después, sobre una acera, en la séptima avenida, un joven, con una especie de tarro a modo de recipiente de dinero, mostraba un cartel: “estoy cumpliendo años lejos de casa. Ayúdenme”.

 

Museo Metropolitano de Nueva York. Foto Spitaletta